lunes, 7 de enero de 2008

Dioses ridículos

Creer significa, según apuntan nuestros queridos académicos, “tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado”. A estas alturas parece obvio afirmar que existen muchos ámbitos de nuestra realidad a los que difícilmente podemos aplicar la comprobación o demostración puramente físico-matemática, pero tampoco desbarramos si reconocemos la existencia de una razón filosófica que consiste precisamente en tratar de acercarnos a las verdades a través del argumento racional. Se puede demostrar mediante complejos métodos de medición la existencia de esta mesa sobre la que escribo, pero su realidad también puede demostrarse apelando a nuestros limitados sentidos y a nuestra capacidad de tratar las sensaciones que con ellos adquirimos. Como bien nos indicaba Douglas R. Hofstadter, en su maravilloso Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle (algo que Tani Curiel nos recuerda en los últimos Poemas del Desperdicio), incluso en el aparentemente sólido edificio de las matemáticas uno podría demostrar que una verdad es mentira; pero aun así seguimos viviendo de una forma diríamos que estadística: de acuerdo, Gödel puede demostrar que admitiendo que dos y dos son cuatro, y argumentando convenientemente y sin errores de cálculo, podemos concluir que dos y dos son cinco, pero cuando alguien me da dos tomates, y luego me da otros dos, lo cierto es que me encuentro con cuatro tomates en las manos, y ni a Gödel se le ocurriría discutir esta certeza práctica. Esta mesa sobre la que escribo podría ser sólo un sueño, pero lo cierto es que, si lo es, va durando lo suficiente como para que me las componga dentro de él, y para componérmelas nada mejor que considerar que aquí está la mesa, ante mí, y que puedo colocar libros sobre ella, y que la tengo que esquivar para no descalabrarme la rodilla. Lo que luego yo quiera hacer con ella, modelarla para que se convierta en un altar de mis desdichas o en un arsenal de recuerdos, eso ya es otra cuestión, porque la mesa, con sus cuatro patitas y su materialidad no deja de estar ahí, todos los días, aguardándome a la vuelta del trabajo.

Cuento todo esto en referencia a aquello de creer. Todos creemos de una forma u otra en muchas cosas, en algunas que todavía no conocemos, en otras que nunca conoceremos, incluso en algunas que no hay previsiones de que nadie conozca jamás. Todos nos creemos que (y creemos en que) el cerebro está compuesto de neuronas, y que las neuronas se relacionan mediante neurotransmisores químicos que, a su vez, provocan estímulos eléctricos que recorren a velocidades vertiginosas los axones de las neuronas; e incluso algunos creemos que todo ese barullo electroquímico es el que nos permite hablar, amar o llorar. Y realmente estamos creyendo en la existencia de todo ese entramado, porque nosotros mismos no hemos podido comprobarlo ni demostrarlo, pero creemos en ello porque los neurofisiólogos hacen públicas sus investigaciones, y si lo deseáramos podríamos comprobar si son ciertas o no, incluso podríamos ver con nuestros propios ojos las neuronas. Digamos que hay una comprobación indirecta y tácita. Pero ningún neurofisiólogo es capaz aún de explicar cómo funciona en su totalidad el cerebro humano, de ahí que la creencia de que todos nuestros sentimientos se podrían explicar con el mero estudio fisiológico del cerebro (aun cuando los avances científicos todavía no nos lo permita), no esté tan extendida como la creencia en la propia neurona. Aun así, podríamos argumentar sin mucha complicación por qué creer en ello no resulta mucho más descabellado que creer en la neurona.

Aquí surge el problema: ver para creer. Y no, no me refiero para nada al individuo que solicita siempre una prueba irrefutable de la existencia de algo para creer que existe, porque no hay nadie así. Me refiero a aquellos que, aprovechando la imposible demostración matemática de tantas instancias de nuestra vida, y dejándose caer por el tobogán de su pereza argumental (motivada bien por un deseo patológico de originalidad, bien por un complejo terrible de inferioridad o por alguna otra tara no superada), se embarcan en creencias que, afirman tajantes, nadie puede discutir ni con fórmulas matemáticas ni con argumentos filosóficos. Es como si los estuviera escuchando: “¡Bah, déjame de filosofías, yo te hablo de algo que está más allá de la filosofía!”. Son personas que pueden levitar y que no necesitan demostrar que lo hacen, pobres diablos que buscan con ansia el otro lado de la vida porque no están del todo contentos con este lado, iluminados que indagan en la poesía de lo esotérico porque no les complace demasiado ni la poesía artesana ni la hermosura que esconde lo cotidiano. Por supuesto, suelen ser individuos que combinan dos peculiaridades necesarias: están en profunda desavenencia con su presente, y son suficientemente cobardes como para huir interiorizando como realidad verdadera cualquier majadería. Por supuesto, esto les lleva a una costumbre que nunca falta en ellos: el proselitismo, que es el movimiento que les protege de la realidad, una actividad que tira de ellos para que no se detengan nunca y se vean a sí mismos como lo que realmente son (como somos todos), para que nunca concluyan que la mesa es una mesa, aunque eso sí, la rodeen invariablemente para no descalabrarse la rodilla.

A estas alturas, y para quien no me conozca lo suficiente, es preciso que aclare que soy un enamorado de los sueños, que me encanta embarcarme en otras realidades, y que incluso pienso que nadie es capaz de vivir sin transitar varios mundos a la vez. Pero me parece una estupidez convertirme en un versado predicador de uno de esos mundos. Jamás podría escribir un tratado sobre las Hadas, aunque puedo cantarles, componerles poemas, inventarles escenarios que en mis ojos (y sólo en ellos) acaban siendo tan o más reales que los de mi rutina. Jamás un Hada podrá evitar que la realidad sea lo que es, porque esa tarea nos pertenece precisamente a nosotros, por muy limitados que andemos en estos menesteres.

Varias veces traté de hablar con amigos católicos practicantes, y su fe los llevó siempre a detener nuestra conversación declarando su incapacidad para entender los motivos de mi ateísmo, pero claro, sin el más mínimo interés por escucharlos. Incluso una de ellos acabó, con el tiempo y sin mi participación, renegando de su fe, pero cuando volví a encontrarla su sordera permanecía intacta, eso sí, instalada en otras creencias distintas. Luego hablé con otro amigo que había sufrido la dolorosa pérdida de una persona amada, y entre lamentos desamparados me habló del tiempo, de la importancia crucial del presente, de El poder del ahora (Ekhar Tolle dixit), y de otros muchos secretos que el universo guardaba y que yo jamás descubriría porque yo miraba el universo con los ojos de la razón, y no era así como se mira el universo. Y cuando le dije que el librito me parecía pueril y execrable, y traté de conocer más sobre ese otro tipo de mirada, obtuve la misma respuesta que de mis amigos católicos: no te comprendo, pero maldita la falta que me hace si tengo esta fe que me salva de la superficialidad. Tuve otra amiga, ésta embarcada en un gatuperio de conjeturas espirituales y bálsamos milagrosos, representante de ese género de individuos que llaman a la hipocondría naturopatía, y que huía hacia la comunión universal de las almas (incluidas, por supuesto, las de los animales y plantas, incluso las del agua y las piedras), y que luego, claro, se hacía un lío con los sentimientos, y se desmayaba entre sesión y sesión naturopatética, y se sentía incapaz de saborear con su excelso espíritu una buena cantata de Bach o un buen párrafo de Stevenson.

Creer es inventar, pero con elegancia. Seguir consignas o perpetrar algunas nuevas es un mero síntoma de desvarío gratuito. El amigo Sagan, al advertir sobre los planteamientos de su Cosmos, decía lo siguiente: “Queremos buscar la verdad a donde quiera que nos lleve. Sin embargo, para encontrar esta verdad necesitamos imaginación y escepticismo a la vez. No nos asusta especular, pero tendremos cuidado al distinguir entre especulación y hechos. El cosmos está repleto, sin duda alguna, de hermosas verdades, de exquisitas interrelaciones, y de la terrible maquinaria de la naturaleza”. Todo aquel que cree que está más allá de esta terrible maquinaria, que podrá realizar hazañas mucho mayores que las de buscar hermosas verdades y juguetear con divertidas mentiras, comete una doble equivocación: se equivoca al mirar a la realidad y, lo que es peor, se equivoca al mirarse a sí mismo. Y colabora a que el mundo se llene de dioses ridículos y bobos.

5 comentarios:

it dijo...

Bueno, bueno, bueno.... habemus Sire.

No vengo a extenderme, sólo a decir que he leído. Y también comprendido.
Y a pedirle que abra un minúsculo, infimísimo, diminuto subapartado en la sección "creyentes"... para que nos apretemos ahí, como en un vagón con destino incierto, aquellos que no tememos, no evitamos la realidad, no abominamos de la ciencia, no practicamos el proselitismo, no fundamentamos el integrismo, entendemos a "la otra parte", consideramos que bajo muchos nombres se conoce a la Bondad yyyyyyy.... perseveramos contra viento y marea, contra cualquier evidencia metafísica o contable, contra nuestra propia razón.... profundamente conmovidos por la Gracia de la Fé.

Créame si le digo que todo lo que Ud. pueda decir y argumentar, mi querido Sire, ya lo he discutido antes, durante muchísimo tiempo con personas valiosísimas cheas de razóns y que, como en el caso de los gustos personales por la música clásica... es imposible llegar a acuerdo.
Y eso no debería dividirnos: sino unirnos más, en la diferencia. Y en el profundo interés que nos suscita la realidad tangible y aquello que (¿nuestra tecnología aún?)no se toca.

Siempre es una delicia (o debería serlo) la oportunidad de leer, mover y remover. Porque hace esforzarse en la búsqueda de las razones propias de uno mismo. En comprendernos a nosotros, en lo que creemos y en lo que no; en porqué lo hacemos o porqué no podemos hacerlo.

Un beso (castísimo),

it

Sir John More dijo...

Bueno, Doña It, hay algo de lo que ha dicho que no me ha gustado un pelo, que lo sepa. Porque le acepto con agrado que entienda mi entrada como un ataque a todo lo que suponga fe religiosa, aunque si lo lee con atención verá que no es así, pero la vehemencia (en este caso la mía, la del que escribe) usted sabe que no es rato que haga ver espejismos.

Le acepto que, como en la clásica, los gustos tengan un papel importante en la vida; por supuesto, una vez que uno ha discernido entre lo que es música y lo que es chimpún, los gustos personales desempeñan un papel crucial en el disfrute del oyente, sin duda, y en este caso de las creencias otro tanto de lo mismo. De hecho, es algo que también expreso en mi entrada, y por eso le acepto que, en vez de Duendes, Hadas y otros bichitos maliciosos, usted y otros muchos se fijen más en un Creador, porque así, en su postura, y con mucha conversación y diálogo, sé que ese juego producirá tan buenos resultados en su vida y en la de los que la rodean como puede producir en la mía y en la de los míos mi querencia juguetona por las Hadas, los Duendes y los bosques mágicos. De hecho, soy un enamorado de esa Creación a través de la música que se apunta en El Silmarillion del católico Tolkien, una teoría a mi parecer mucho más hermosa que la de la Biblia, todo sea dicho.

Le acepto incluso que crea que no podré decir nada que usted (sabionda entre sabiondas) no haya ya discutido en algún momento y lugar, y se lo acepto porque sé que este tema tampoco es tan complicado, y una vez entrevisto y convenido el meollo de la cuestión la cosa tiene poco que discutir.

Pero lo que no le puedo aceptar es que me mande un beso casto. Sé que a su Santo le parecerá lo más correcto, pero oiga, eso no se hace con un buen amigo… Valiente…

Así que, casta amiga, lea de nuevo mi panfletillo, que no va en contra de los creyentes sino en contra de los acólitos sordos y convencidos, que, además, no tienen por qué ser cristianos. Uf, hay tantos de ésos entre la progresía más ultramoderna… Y eso sí, debe usted explicarme algún día lo de la Gracia de la Fe, porque eso sí me ha asustado, que yo fui fraile antes que diablo… Besos diabólicamente castos.

it dijo...

Posss... ¿¿NO LE VOY A EXPLICAR A UD. ALGO??? ¡faltaba más!
¡yo le explico a Ud. tó! (haga el ingresillo correspondiente en la cuenta bancaria que ya sabe y... ¡zaca, hecho!)

No soy sabihonda, queridísimo.
Sólo sucede que, ¡vaya a saber porqué!, yo -la más frívola y frufrú de todas- me pasé añosssssssssssss... defendiendo la parte demandada bajo el epígrafe "¿pueden los creyentes ser inteligentes?". (Cuando digo años, son AÑOS). -Y fue impresionante comprobar los magníficos y bien argumentados razonamientos en contra. La solidez, la capacidad de cimentar y consolidar cada punto sobre: creacionismo, divinidades varias, razones neurológicas, históricas, sociopolíticas... aleccionador.
Y después de gustos y disgustos, de fuertes desavenencias y magnos acuerdos concluímos (la parte demandada, que síiiiii: que también éramos inteligentes) que lo que marcaba la diferencia entre unos y otros era algo tan incomprensible (porque suponía un "reparto ¿aleatorio? ¿intencionado?") como la gracia (el don, el regalo, el incrustado a dedo) de la Fé.

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Leí bien su post, queridiño. Pero como el latinajo: tradutor, traditor.... y como mujer (buena y bonita, ejemmm) que soy: tomé lo que me dio la gana de él.

Yo soy celta. Feliz bajo un árbol. -Dicho así parece una tontería. Léalo otra vez: ¿ve hadas, druídas, ondinas y espíritus menores, ahora??

Muchos besos (siguen siendo castos: NO LE DESEO NINGÚN MAL, jejeje) y gracias por su paciencia conmigo.

it

T dijo...

Sir, después de leer su respuesta a It, me contengo porque también yo venía a apòrtar mi granito de arena en la disputa. Porque también me cuento entre quienes creemos en Dios y eso no nos impide seguir en constante búsqueda y no rechazar ni los avances de la ciencia ni reconocer que la Verdad, siendo una, se nos puede manifestar de muy diferentes formas.

También he sido compañera de disputas, desde la misma trinchera, en la eterna discusión acerca de si los inteligentes podían ser católicos. Y la respuesta es sí, desde luego.

Sir John More dijo...

Bueno, querida T, después de su mensaje decido releer mi texto, porque si ya son dos las personas que han entendido algo que no creo haber dicho, puede ocurrir que yo no me haya explicado bien (algo que, por otra parte, suele ocurrir con frecuencia). Pero no, creo que en este caso dejé bien claro que mis críticas no iban dirigidas contra los creyentes (porque me cuento entre ellos), ni siquiera contra los creyentes en ninguno de los dioses más famosos. Tal vez algún día exponga las razones que me llevan a no creer en Dios, y que serán (como no puede ser de otro modo) contrarias a las razones que se argumentan para sí creer en él. Pero no era éste el tema de mi texto. Sea como fuere, como se infiere de mis palabras, yo también estoy convencido de que la inteligencia no está reñida con cualquier creencia, siempre y cuando ésta (sea religiosa o feérica) no nos ciegue y nos deje sordos.

Por otra parte, está claro que la palabra "católico" puede tener diferentes significados, pero en su acepción más común, que es la del seguidor más o menos fiel de los dictados de Roma y del Clero, considero que la palabra sí está bastante reñida con la inteligencia, y mucho más cercana a esa ceguera y esa sordera que mentaba arriba. Por supuesto, no voy a entrar, en un comentario, en tema tan largo y complejo, aunque en mi opinión tan diáfano. No obstante, considero que tanto con usted como con Doña It (¡el día que me la cruce...!) ando hablando con personas inteligentes, por lo que doy por supuesto (y espero hacer bien) que ambas reivindican su derecho a creer en Dios, derecho que ni por asomo se me ocurriría a mí cuestionarles a ustedes ni a nadie, ni siquiera a estos malnacidos con sotana que andan por las calles condenando a algunas personas porque ejercitan derechos y deseos que muchos de ellos tienen y no se atreverán nunca a ejercitar. Líbreme el cielo de condenar yo a nadie por sus creencias...

En cuanto a usted, Señora It, decirle que, con todos los respetos expresados más arriba, eso de la Gracia de la Fe cayendo sobre unos y no sobre otros me parece de una vanidad tremenda, aunque vista así, en términos de vanidad, ya me pega más en usted, oiga... :-p

De todos modos, téngame cuidado que por aquí por los sures (y tal vez por los nortes) la palabra gracia tiene varias acepciones, y una de ellas tiene una jartá de guasa. A ver si eso de la Gracia de la Fe cayendo sobre usted no va a ser sino una gracia de Dios... Eso sí (y que Dios y sus Santos se tapen ahora los oídos, que esto no lo pueden escuchar ni los Dioses decentes, ni los niños –pequeños, vaaaaale, los adolescentes sí... jo, qué perra me ha cogido con los adolescentes...-, ni los maridos), lo de que me manda besos castos para no causarme ningún mal me acaba de quitar la modorra que traía pegada desde que me levanté... ¡Qué miedo! Brase visto... :-pppp

Besos a las dos.