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miércoles, 18 de marzo de 2015

De Erentxun a Taylor, del comercio a la música

Nunca podremos calcular lo que debemos a aquellos que han puesto banda sonora a nuestra vida. La peor de las melodías, la mayor de las pavadas musicales puede aún emocionarnos sólo porque acompañó a alguno de nuestros momentos más íntimos. Nadie puede dudar que la música no es sólo música, como una nube no es sólo una nube.

Esta especie de milagro, que ningún neurofisiólogo puede aún explicar, posee dos caras: una bien sugestiva, relacionada con la historia, con la dualidad apasionante entre la magia musical del silencio y el callado prodigio del sonido. Pero posee otra cara algo menos amable: el ruido a veces puede ser insoportable, y la música también, siempre que denominemos música a todo lo que posea, al menos, un acorde de do y otro de sol.

Mikel_Erentxun-24_Golpes-FrontalAyer y hoy se han publicado dos artículos sobre el nuevo disco de Mikel Erentxun, eximio componente que fue de ese dúo indescriptible conocido por Duncan Dhu. El de ayer, una entrevista firmada por Itxaso Marín en Público, se iniciaba con estos tres sublimes párrafos:

Decía Paulo Coelho en El Alquimista que "nadie logra huir de su corazón" y que por eso "es mejor escuchar lo que él dice". Una lección que ha aprendido Mikel Erentxun (Venezuela, 1965).

Después de que una angina de pecho le pusiera en alerta sobre la vida hace dos años, ha entregado su corazón en forma de canciones: "Dieciséis historias escritas en primera persona, a garganta y sangre".

Las primeras frases de Corazones fueron escritas en la cama de un hospital con vistas al mar. Pequeños apuntes de lo que sería un álbum artesanal, en el que Erentxun lo ha dado todo: "Más yo es imposible".

La periodista titulaba el artículo con una frase genial del cantante: “A los músicos se nos ve más como payasos que como cultura". Luego, en una de las preguntas, se aclaraba el asunto:

¿Cree que se respeta la música en España?

No. Creo que no se le da la importancia que tiene y al final los músicos estamos más cerca del entretenimiento que de la cultura. Estamos más cerca de ser payasos, que de ser pintores o escultores.

¿Cómo explicar a este buen hombre que la música siempre será entretenimiento, y que él, entre muchos otros, con sus musiquillas superficiales y sus pueriles letras, ha contribuido a que la música se convierta para muchos sólo en entretenimiento, en puro pasatiempo intrascendente? ¿Cómo explicarle que hay payasos que en tres gestos ponen más arte que él en toda su discografía?

mikel-erentxun-5La vanidad de estos cantantillos los lleva de la vulgaridad al ridículo. Comprendo que después de tantos años de alabanzas, de ejércitos de fans rasgándose los vestidos y pidiéndoles un hijo, deben tener el ego algo dañado, pero desde fuera sólo nos queda alucinar con tanta presunción injustificada. Que este hombre se erija en portavoz de los músicos es como si aquel mono que pintaba cuadros surrealistas se hubiera arrogado la representación de todos los pintores de este mundo.

En otro momento de la entrevista, el amigo Erentxun afirma que después de este disco ya se puede morir tranquilo, porque “es un disco completo”. Ahí queda eso. Su disco es artesanal y sobre todo es distinto, entre otras cosas porque está grabado en analógico, de lo que hace bandera y por lo que este buen hombre siente que va a contracorriente. Efectivamente, un verdadero transgresor.

Hay dos preguntas personales que no tienen que ver con la música y que nos dicen mucho sobre el fondo humano de este gran compositor:

Aparte de envejecer, ¿le preocupa algo actualmente?

No. Sólo envejecer.

¿Y políticamente?

Eso sí, tengo muchas inquietudes sociales. Me preocupa la situación de mucha gente e incluso gente que conozco. Y me preocupa la deriva política de este país, la corrupción, lo que pasa es que da tanto asco que al final uno trata de evadirse y de buscar placebos y opios distintos, pero lo bueno es buscar tu propio opio, no el que te imponen.

Hoy, en un reportaje de Silvia Hernando para Infolibre, reconocía el músico que se considera mejor compositor que cantante. La periodista afirma que «Tras verse a sí mismo "en el filo de la vida" por una afección cardíaca, el músico donostiarra saca nuevo disco en solitario: 'Corazones’ (…). Tras un trance así, dice, "te salen James Taylor at UNC Obama concertcosas súperprofundas, hay una carga emocional insuperable". El acento de súperprofundas es de la periodista, aunque la conmovedora palabra parece ser del artista.

Contrasta todo esto con el concierto que disfrutamos ayer. Antes de coger la guitarra y pulsar una sola cuerda, James Taylor quedó envuelto por un larguísimo y vibrante aplauso, en el que unos miles de corazones agradecían al (esta vez sí) artista toda una vida de música. Agradecíamos que nos hubiera regalado ese hermoso fondo sonoro para nuestras cuitas y nuestros gozos. Con cada aplauso reconocíamos nuestra deuda con esa guitarra limpia y clarividente, con esa voz irrepetible, con la personalidad artística del que no sólo juega a poner cuatro acordes uno detrás de otro ni al frívolo y estúpido pasatiempo de la fama mercantil, sino que siente lo que hace y se lo toma en serio, ofreciendo arte, un arte sencillo y elegante, pionero, innovador, preñado de luz y de inteligencia. Está claro que el gusto interviene en música, pero la música, como cualquier otro arte, nunca, nunca será una mera cuestión de gustos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Graciosillos

9788415405245Por estos pagos meridionales siempre ha existido la figura del gracioso sin gracia, ese pobre individuo que se las da de ocurrente y que sólo obtiene de los asistentes alguna que otra risa piadosa. Verán, todos hemos contado algún chiste sin fortuna, y nos hemos sentido ridículos porque nadie parecía haberlo pillado, pero la característica fundamental del gracioso sin gracia es que insiste, porque nadie puede quitarle, ni con toda la incomprensión del mundo, el convencimiento de ser un gran humorista.

Hoy día estos personajes han encontrado su lugar en la sociedad, su profesión y su reconocimiento: son monologuistas. Reconozco haberme sentado más de una vez ante la televisión mientras peroraba uno o una de estos profesionales del humor. Estupefacto, me preguntaba de qué cojones había que reírse. Aquello sonaba como una exhibición admirable de charlatanería. ¿Cómo podían esos artistas de la facundia hablar tanto y tan seguido sin asfixiarse? Y aún más, ¿cómo podían soltar tantos chistes malos seguidos sin que el respetable les lanzara lechugas podridas? En vez de eso, la sala estallaba en carcajadas y aplausos. Ante bobadas nada sutiles y faltas de la más mínima agudeza, la gente se meaba de la risa, y yo allí con esa cara de bobo que se me quedaba, temiendo que algo se me estuviera escapando.

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Si lo pensamos bien, los mejores humoristas de este país, genios como Tip y Coll y Gila, hacían precisamente lo mismo, charlar delante del público, pero a nadie se le ocurrió llamar monólogo a lo que hacían. Era simplemente humor. Parece como si el monólogo hubiera surgido gracias a una época especialmente devota, ansiosa de sencillez y democracia cultural, porque al fin y al cabo el monologuismo no deja de ser la demostración palpable de que cualquiera puede soltar una monserga ocurrente y triunfar. A fin de cuentas, en todas las artes, en el mundo de la cultura y también en el de la educación, hay una tendencia a eliminar las élites no mediante la extensión de la excelencia, sino con la exaltación de lo mediocre, con el reconocimiento artístico de esa vulgaridad a la que todos tenemos acceso con dos ocurrencias improvisadas. Todos podemos ser artistas, porque ya no hace falta el esfuerzo y el genio: con el derecho universal a ser artistas y removiendo un poquito el aire a nuestro alrededor, ya podemos obtener las risas, los aplausos, el agradecimiento de la audiencia.

IMG-20150221-WA0001El otro día asistí en la sala TNT-Atalaya de Sevilla a una Misa Patólica oficiada por el fundador del Patolicismo, Leo Bassi. En cierto momento comentó algo parecido a esto:

Contemplo a todos esos monologuistas charloteando en la televisión, hablando y hablando sin parar, contándome lo que les pasa con la vecina del quinto, con el portero o con su novio, y yo me digo: ¡a mí qué coño me importa! Me cuentan sus problemas con la tablet que compraron en Mediamarkt o con la tienda de ropa a la que fueron a comprar unos calzoncillos. Y vuelvo a exclamar: ¡a mí qué coño me importa! Los bufones debemos ser gente incómoda, gente que se ríe de todo, sobre todo de aquellos que traen sufrimiento a las personas; gente que no mantiene el sistema sino que siempre, siempre trata con humor de contribuir a su mejora.

El monologuismo me suena a entretenimiento barato, a pasatiempo sin sustancia y sin maldita la gracia. Para aumentar nuestra desdicha, creo que la gran mayoría de las series televisivas, y casi todas las comedias cinematográficas que se han rodado en este país en los últimos lustros, no deja de ser una extensión del virus monologuista, una sucesión desastrosa de ocurrencias que pocas veces roza siquiera el arte y su dignidad. Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, refiriéndose a la vulgaridad, a la insipidez del terror totalitario. Hoy sufrimos el mal de la banalidad, que nos conquista con las funestas armas de la chabacanería y de una cretina e insoportable locuacidad.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Elogio de Lara o el plácido apocalipsis de los integrados

Contemplo con estupor, incluso con una mueca de asco, las declaraciones que un sinfín de personalidades artísticas, políticas, periodísticas y empresariales hacen sobre la insuperable figura de José Manuel Lara. ¡Cuánto hizo este hombre por el mundo editorial español! ¡Qué inteligencia la suya en el dominio de los medios de comunicación! Esto último es cierto: nadie se ha explicado aún cómo un mismo magnate ha podido mantener un periódico filofranquista como La Razón y una cadena tan rumbosa y guay como La Sexta. Él mismo lo decía el otro día en una entrevista que le hicieron años atrás, justo cuando adquirió La Sexta a aquel pequeño Berlusconi en jose-manuel-larael que se nos convirtió nuestro añorado Milikito: lo que me importa es que haya clientes para mis negocios. Algo de esto se advierte en todos los que fueron sus negocios: la importancia crucial del anuncio, de las ventas y de los ingresos sobre cualquier otro tipo de consideración. No obstante, cuando se habla de él se lo pinta como el prócer cultural español por excelencia, un empresario que, poniendo a un lado sus propias ideas políticas, cuidó de la salud mediática de los españoles, proporcionándoles a cada uno de ellos el medio de información donde confirmar las propias ideas, además de una infumable ristra de pasatiempos con forma de libro.

En lo que respecta a los libros, se nos cuenta que José Manuel Lara revolucionó el panorama literario español, dándole la vida y el reconocimiento que necesitaba. No conozco estadísticas, pero juraría que entre los mayores de cierta edad nunca se ha leído en este país tanto como ahora (por debajo de esa edad, se lee poco más que un puñado de microexpresiones en el móvil). De hecho, noto a mi alrededor un arrebato lector que podría confundirse con el auge de la literatura. Desgraciadamente, lo primero que José Manuel Lara hizo fue mantener y acrecentar si cabe el auge de la editorial creada por su padre, Planeta, un negocio que si publicó alguna vez algún libro que merezca ese nombre, seguramente lo hizo por error, y en alguna colección menor y poco conocida. Durante mucho tiempo hubo en este país la buena costumbre de diferenciar la literatura de verdad de los sucedáneos librescos que publicaba Planeta, pero la costumbre se perdió. Hoy, alborozados y orgullosos, leemos de todo y a todas horas, y eso es indudablemente bueno, buenísimo.

La Guerra Civil y la dictadura no pudieron con los vientos dulces de las generaciones literarias españolas, que se habían sucedido sin descanso desde tiempos de Cervantes. Muchos desde el exilio y otros desde dentro del infierno, hubo autores españoles que siguieron publicando algunos libros asombrosos, y otros menos asombrosos. Sea como fuere, hoy resulta desalentador comprobar cómo algunos escritores menores de aquellos tiempos realzan su figura si comparamos sus obras con los librosautores punteros actuales. Como en otros ámbitos culturales, se ha impuesto la sencillez, la libertad de ser sencillo y el derecho de ser uno mismo por encima de esa supuesta evolución que debería caracterizar a la cultura. Cualquier frase en el peor libro del menos soportable Camilo José Cela posee más grandeza que la mejor frase del más avanzado de nuestros aspirantes actuales a Premio Nobel. Uno leía en tiempos a Ana María Matute, a Delibes, a Sender, al propio Cela, y consideraba que en general escribían libros sin sorpresa, historias que, sin estar nada mal construidas, se arrastraban a duras penas hasta desembocar en un olvido gris. Si resucitaran, cualquiera de esos escritores sin sorpresa sería hoy un genio, a años luz de la gran mayoría de nuestros exitosos artistas. Por decir algo, tenían la costumbre de poner en cada frase una intención literaria, hábito hoy olvidado casi por completo. No hablemos, claro, de los grandes escritores. Ante sus obras, lo que hoy en general se aplaude no son más que libelos apresurados y fatuos, novelillas insustanciales que no pasarían el más relajado de los filtros editoriales.

En mi opinión, lo que ocurre es que los que mandan en el corral y las prisas propias del consumismo nos han convencido de que no hay que darles tantas vueltas a las cosas. En cuestión de libros, hay que contar historias fundamentalmente entretenidas. El arte y sus complejidades perturban al lector, que ya soporta bastantes problemas como para tener que andar descifrando las ocurrencias literarias de un listo. ¿No es mucho más fácil y democrático contar las historias en un lenguaje llano que todo el mundo comprenda? Podemos perdonar la torpeza expresiva de un escritor, pero no que se haga el entendido y se nos ponga barroco. El arte de la literatura debe adaptarse a la nueva era: no tenemos tiempo ni para escribir ni para leer textos elaborados. Cuénteseme una buena historia, y dejémonos de zarandajas. No sólo porque podemos tumbarnos y leer a velocidad de crucero, sino porque a todos se nos permite hacer pinitos literarios sin que venga un escrupuloso a ponernos reparos. Todos tenemos cosas que contar, y ¿no es en eso en lo que consiste la literatura, en contar? Preocuparse de las formas es ponerse picajoso.

Premios PlanetaEn sintonía con este panorama, José Manuel Lara ha contribuido a allanar el paisaje literario español y a atiborrarlo de grandes obras ligeras. El catálogo de Círculo de Lectores —que también pertenecía al ínclito empresario— es la prueba científica definitiva de la situación literaria española y tal vez europea y mundial. Este buen hombre no sólo se limitó a poner en marcha estrategias empresariales impecables para que sus best sellers hicieran honor a su nombre, sino que al parecer hizo lo posible para controlar a algunos díscolos competidores que han tratado siempre de joder la marrana y de complicar el deseo democrático de las masas de estar, sin despeinarse, en el candelabro de la cultura. Una buena librera me comentó hace un par de años que Planeta, además de andar comprando y desactivando editoriales —y de paso arrinconando un arsenal de títulos que contravenían no sólo el deseo general de sencillez, sino las ideas reaccionarias de los nuevos propietarios—, andaban absorbiendo a las distribuidoras de los libros, y consiguiendo que la distribución de la competencia se convirtiera en una pesadilla, mientras que los propios títulos llegaban al rincón más recóndito, a la librería más humilde de la geografía patria. Tal vez no muchos lectores sepan que Lara poseía, entre otras muchas, editoriales como Espasa, Destino, Temas de Hoy, Seix Barral, MR Ediciones, Emecé, Minotauro, Timun Mas, Crítica, Península, Ariel, Paidós, Booket y Austral, además de ser dueño de la Casa del Libro.

Por supuesto, José Manuel Lara no ha sido el único que ha contribuido a esta papanatez literaria imperante. Otras editoriales se han adaptado no sólo a los deseos más ligeros de los lectores, sino a la oferta ágil y cada día más vacua y frívola de los avezados creadores. Muchos otros han puesto su granito de arena para que hayamos pasado de unos tiempos oscuros y retorcidos en los que cada frase en un libro era una oportunidad para la belleza, a una era bastante más alegre y democrática en la que la expresión es lo de menos, siempre y cuando nos cuenten una historia bonita. Lo mismo pasa en el cine, lo mismo ocurre en la música, y lo mismo sucederá en todo lo que tenga que ver con el sentido creador de las mujeres y hombres del futuro. Así pues, descanse en paz ese incansable lector, ese gran hombre ansioso de conocimiento que fue José Manuel Lara, y alegrémonos porque nadie duda de que sus herederos acabarán la faena. Y lean, léanlo todo aunque sea pura bazofia. Es buenísimo leer.

LafarsadelPremioPlaneta-LusMaraAnso

miércoles, 15 de junio de 2011

Serrat indignado

Serrat

Aprovechando su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad Pompeu Fabra, Joan Manuel Serrat se ha declarado indignado. No he visto sentimiento más contagioso. Dice nuestro cantautor que vive tiempos confusos, y reivindica la recuperación de los valores democráticos. Para él, ha llegado el momento de que la gente de a pie tome el control del asunto. Advierte que la crisis actual no es financiera, sino del modelo de vida que nos guía… No sé si los parados, los inmigrantes y en general los pobres del mundo estarán muy de acuerdo… No confía en que los bancos, que dominan el sistema financiero, puedan traernos la paz, ni tampoco que los gobiernos que regalan el dinero público a esos bancos vayan a dejar de recortar los derechos sociales. Dijo textualmente que “La codicia de unos, la incompetencia de otros, la ignorancia y la poca vergüenza de muchos nos han situado en un mercado en el que todo tiene un precio, donde todo se compra y todo se vende”. Al final del acto se ha echado un cantecito y ha sido aplaudido a rabiar por un auditorio emocionado, entre los que había algunos dignos responsables políticos.

Pienso que la hipocresía es una agravante seria. Ser un indeseable a las claras no me parece mucho más detestable que ser un buen hipócrita. Y es que el tierno Serrat, que tanto nos ha  hecho disfrutar con algunos de sus discos, parece olvidar sus dilatadas y estrechas intimidades con muchos de los próceres del cotarro. La Moncloa y su bodeguilla no son lugares extraños para el cantautor, y todos conocemos su compadreo, pasado y presente, con los socios fundadores de esta democracia financiera y mercantilista que hoy denosta.

bodeguilla

Este país posee una exigua capacidad de análisis político e histórico, y para cerrar expedientes vitales se echa mano antes del mito que de la justicia. No hay político que se muera que no haya sido un histórico luchador por la democracia, y se olvidan inmediatamente sus escandalosas prebendas, sus irrespirables tejemanejes, su realismo desalmado y su pertenencia a una secta en la que, en lugar de la capacidad personal y la integridad moral, primará siempre el sometimiento a la jerarquía mafiosa del partido. Y lo mismo pasa con gran parte de nuestros intelectuales y artistas, que se revuelcan en ese mundillo papanatas en que quedaron todas aquellas quimeras culturales anunciadas por los primeros socialistas del cambio. A la mínima, estas buenas y creativas personas, con aura de bohemios y pátina de sabiduría, informales y con cuentas aseadas en uno de esos bancos infames, nos recuerdan que ellos son de los nuestros, de los de a pie, que son gente de la calle, y que la chusma tiene que recuperar los valores de la democracia...

Me da que Serrat le hizo un guiño a su amigo Felipe (que por cierto acudió en 2006 a su doctorado Honoris Causa por la serrat 2Complutense) para que vuelva a torear, sin comprender que, primero, el susodicho vive desde hace muchos años como un maharajá y no estará muy dispuesto a mancharse las manos otra vez con el populacho, y segundo, que la deriva natural de aquel  cambio felipista es precisamente el voto masivo de la plebe al candidato conservador, el vaivén desorientado e ignorante del votante que llega a la urna para botar a unos sinvergüenzas más que para ejercer su soberanía, el disparate generalizado de votar a nuestros representantes como si del Festival de Eurovisión se tratara…

Serrat… Eurovisión… La unidad menor de la existencia no es el átomo, ni siquiera la partícula elemental, sino el círculo. El círculo vicioso, por supuesto...

domingo, 10 de abril de 2011

Pintura dulce

FolletoAyer sábado fue un día de verano en Sevilla. La ciudad bullía de gente, que tomaba cerveza en los numerosos bares, tascas y tabernas que riegan el centro. Antes de sumarnos a la fiesta, visitamos el Museo de Bellas Artes. Mariano Bellver, un vecino de la misma Plaza del Museo, ha cedido su hermosa colección y nos muestra pinturas de artistas andaluces y otras en las que algunos pintores extranjeros pintan Andalucía. Hay muchos cuadros menores, cuyo valor reside más en el contenido que en el continente: retratos de la vida de nuestras ciudades, muchos de ellos enseñando la Sevilla del XVIII y el XIX, paisajes que en algunos casos han cambiado bien poco. Pero otras obras son tan hermosas que me hace pensar que el arte es como el mar, un paraíso siempre por explorar, del que sólo conocemos la superficie. Aquí les presento algunas de esas delicias, aunque sólo sean aquí un pálido reflejo de lo que son en vivo, cuadros que difícilmente se reproducen en Internet, y que tal vez nunca se conviertan en obras de referencia, quizá porque su función sea admirar a los particulares…

Recorte Bellas Artes 1 Recorte Bellas Artes 2 Recorte Bellas Artes 3

José Pinelo Llull - Paisaje de Alcalá

José Pinelo Llull, Paisaje de Alcalá

Vicente Esquivel y Rivas - La nueva partitura

Vicente Esquivel y Rivas, La nueva partitura

Rafael Senet Pérez - La pesca en la laguna de Venecia

Rafael Senet Pérez, La pesca en la laguna de Venecia

Andrés Parladé - Grata conversación

Andrés Parladé, Grata Conversación

Emilio Sánchez Perrier - Paisaje campestre

Emilio Sánchez Pérrier, Paisaje campestre

José Denis Belgrano - El ensayo

José Denís Belgrano, El ensayo

Manuel García Hispaleto - Buscando el ratón

Manuel García “Hispaleto”, Buscando al ratón

José Jiménez Aranda - El recomendado

José Jiménez Aranda, El recomendado

domingo, 3 de abril de 2011

Jazmines, Collins, el arte y la insinuación (3ª y última parte… uf)

[continuación de la 2ª parte]

El arte es morirte de frío

auguste_louis_lumiereVisto lo visto, en el disfrute de una obra de arte intervienen tres parámetros fundamentales (les ahorro la gráfica tridimensional):

a) La técnica usada,

b) lo que la obra insinúa y

c) lo que el espectador cree que la obra insinúa.

La técnica, ciertamente, no es un elemento del todo mecánico, porque admite mejoras. Uno puede aprender la técnica de un arte y luego usarla de modos completamente originales. O incluso puede inventar técnicas no conocidas hasta ese momento. Estos dos últimos casos pueden  aumentar el valor de una obra, pero son méritos que siempre irán ligados estrechamente a la historia de ese arte. Hoy, a no ser por motivos históricos, nadie se asombra ante una película de los hermanos Lumière, y sólo el conocimiento de la historia del cine puede hacernos valorar la crucial e inestimable aportación de estos amigos. En mi opinión, es básicamente un mérito técnico, no artístico, y por eso caduca, mientras que los méritos artísticos de una obra jamás prescriben. Tal vez algunas de las obras de estos hermanos conserven, junto a la cualidad de ser los primeros frutos de una nueva técnica, una calidad artística añadida…

Por otro lado, la insinuación propia de la obra reside tanto en la expresión como en la impresión que produce. La obra puede expresar, mediante el lenguaje que sea, una serie de ideas, que no sólo son valiosas por sí mismas, sino por el modo en que estén trenzadas, o incluso por la oportunidad temporal de las mismas. Pero la obra también puede provocar impresiones en el espectador, impresiones calculadas por el artista.

No hace falta decir que existe una holgura inevitable en la determinación del mensaje contenido en una obra, y no es posible (ni tampoco deseable) aislar con exactitud este mensaje, aunque suele haber muchas pistas que nos pueden servir para saber si un artista pretendía decir algo, pistas que suelen estar en la propia obra.

En este sentido, es curioso comprobar cómo ha habido determinados movimientos que han tratado de ir despojando al arte de su mensaje. Se dice que el arte debe ser plástica y directamente aprovechable, que son nuestros sentidos más primarios los que deben captarlo, y que para ello no hace ninguna falta que la obra exprese ningún mensaje ni siquiera que intente causar impresiones concretas en el observador. Pretende impresionarlo, pero a lo bestia, cayendo sobre él con su novedad, con su técnica salvaje, o con su sencillez insultante, pero siempre sin salir de las formas puras. Hasta cierto punto, y más en unos artistas que en otros, este movimiento expresó un deseo legítimo de sobrepasar una barrera, de inventar nuevos métodos artísticos para despertar de cierto cansancio expresivo. Sin embargo, creo que todos estos movimientos acabaron perdiéndose en las formas, hasta el punto que prácticamente cualquier forma sirve hoy para el arte, permitiendo que en su determinación como obras artísticas o no artísticas intervengan decisivamente juicios comerciales o el de un enorme (nada elitista) grupo de esnobs charlatanes que juegan a las tendencias y las modas, mezclando churras con merinas y muy ajenos a términos como grandeza y profundidad (ARCO y demás saraos).

Tàpies - Inspiració-expiració

Tàpies – Inspiració-expiració

Fijémonos en la pintura: con el impresionismo los pintores trataron de sacudirse el supuesto corsé del realismo (aunque el realismo siguió evolucionando sin parar, intacto por la aparición de nuevas orientaciones), y luego le siguieron otros movimientos que, cada vez con más pesadumbre y simpleza, y de un modo económicamente interesado, proponían no sólo el alejamiento, sino la ruptura con cualquier contenido mental consciente en estas obras. Si miramos un cuadro de Pollock observaremos la obra de uno de los últimos artistas sinceros en Pollock - Number 8este camino hacia la locura. Esa misma fuerza, la incomodidad con su propia vida, el dolor y la violencia contra el cuadro, las caricias derramadas en esos lienzos demuestran que ese camino  era sólo para los locos, pero, a la muerte de estos últimos pintores, una panda numerosa de no locos se hizo cargo del negocio, y comenzó a pintar cuadritos regulares, usando colores primarios para demostrar el regreso a los orígenes; como aquel inolvidable cuadro que vi una vez en una exposición en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla: vertical y pintado completamente de blanco, incluidas unas gafas pegadas en el borde superior del lienzo. O, de más alcurnia, una serie de ocho o diez cuadros que colgaban en la basílica del Monasterio de la Cartuja, sede del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla, y que un tipo había pintado de blanco con una mancha desvaída de humedad en el centro. Tanto mi mujer como yo pensamos que estaban colgados sólos los marcos, y que aquellos cuadros estaban restaurándolos, que la humedad desvaída pertenecía a la pared. Luego, cuando supimos que aquellos eran los cuadros reales, acudimos a los títulos que, desgraciadamente, no nos aclararon mucho: todos se llamaban Sin título 1, Sin título 2 y así sucesivamente. Por supuesto, nos vimos inmediatamente como unos pobres catetillos del arte. Y es que nada de lo dicho arriba es observable, nada en el arte vale un pimiento si no hay un espectador capaz de descubrir y disfrutar de este mensaje explícito e implícito de la obra. Cuando hay mensaje, claro…

Y ¿cuál es este espectador adecuado? No soy yo, tranquilícense los que disientan con todas estas tonterías; aunque mentiría si dijera que no pretendo llegar a serlo. El espectador adecuado es aquel que reconoce de la manera más fiel posible lo que una obra insinúa, que no advierte en ella ni más ni menos que lo que ésta insinúa. Un espectador así se vale fundamentalmente de su acervo cultural, de lo que sabe no sólo a través del estudio, de la observación y de la experiencia, sino también mediante la actividad solitaria y deductiva de su raciocinio, que interactúa a la vez con los sentimientos. Esto explicaría por qué nuestra relación con el arte resulta mucho más placentera cuando nuestra pasión y nuestra razón pueden disponer de más cultura (más información y más experiencia) a la hora de acercarse a una obra de arte.

Sobre gustos…

En nuestras sociedades, tal vez por una creciente e imparable pereza, tal vez por ser la inmediatez y la prisa valores en alza en todos los ámbitos de la vida, se tiende a convertir el arte en una transacción de ideas cada vez más pobre, es decir, una actividad donde todo se facilita y simplifica: la técnica sencilla e ingenua se confunde con la naturalidad, las insinuaciones de las obras deben ser directas y ante todo claras, sin recovecos; incluso la capacidad de los perceptores para descubrir insinuaciones o, aún más, para inventarlas se observa como elitismo, esa tendencia de los pocos de diferenciarse de la canalla.

La manida y falaz frase “sobre gustos no hay nada escrito” no sólo propone que el gusto es sagrado, que cada cual puede poner su gusto, al menos en cuestiones artísticas, donde le parezca. Si sólo se refiriese a esto sería una frase correcta, aunque también obvia e innecesaria. No, la frase también pretende zanjar la discusión sobre los contenidos artísticos. Según esta aserción, yo, que sé poco o nada de pintura, puedo tener mis gustos que serán no sólo tan respetables como los de cualquier estudioso del arte, sino tan razonables como los de éste. No sólo tengo el derecho de tener determinados gustos, sino que me asistirá a priori la misma razón que a cualquier experto en la materia. Si admitimos esto, bien podríamos admitir que, siendo la felicidad que obtiene un perceptor ignorante ante una obra pobre la misma que obtiene uno culto ante una obra inmensa, la calidad de la obra de arte pasaría a ser un valor relativo, una cuestión de expertos pero nada relacionado con el disfrute del arte. Las obras complejas y elaboradas, las asombrosas obras de arte pasarían a ser cosas de la élite, y el pueblo podría entretenerse sin complejos y sin la necesidad de preocuparse por lo que lo entretiene.

Es curioso porque este argumento sólo se puede derrumbar desarrollándolo hasta el final. Porque en mi opinión se puede demostrar que tanto social como personalmente los beneficios de una obra de arte de calidad y de un público capaz de comprenderla son obvios. No automáticos ni universales, pero sí obvios. Para ello, basta seguir esta conversación, algo simple pero suficientemente demostrativa, entre dos vecinos que se encuentran en el bar de la esquina, con una cervecita en la mano:

Vecino melómano 1: Ah, me encanta la música, vecino...

Vecino melómano 2: ¿De veras? Yo también suelo escuchar música.

Vm 1: Yo siempre, tengo discografías enteras, de Pedro Guerra, de Roxana y de Ismael Serrano… ¿Escuchó usted el último disco de Roxana?

Vm 2: [tímido] Pues no, lo siento, pero no me gusta mucho la música que hace…

Vm 1: [vehemente] Pues a mí los cantautores es que me pirran. ¿Qué cantautores le gustan a usted?

Vm 2: Bueno, pienso que la mayoría de los cantautores son como el Manuel Darío de Les Luthiers, que más que cantautor era autocantor… Me gusta Ruibal, algunos discos de Serrat, el cachondo de Krahe, Silvio Rodríguez, poco más…

Vm 1: Es usted raro, vecino.

Vm 2: Creo que pasé esa etapa…

Vm 1: [algo mosca] En fin, yo no creo que sea una cuestión de etapas, a cada uno le gusta una cosa y cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Vm 2: No sé, vecino, creo que hay músicos buenos y malos…

Vm 1: No, no, cada uno disfruta de una cosa, lo importante es disfrutar. A mí la música clásica o el rollo ese de los negros tocando como locos, el jazz, y no digamos el rock ruidoso no me gustan. No puedo con ellos. ¿Quién será el juez que a mí me diga que la música que yo escucho es mala o buena? Sobre gustos no hay nada escrito, ya lo dijo el poeta… [risas].

Vm 2: No dudo que cada cual debe hacer lo que desee, y escuchar la música que más le guste, pero aparte de eso, me reconocerá usted que hay diferencias en la calidad de los músicos. Contésteme a una pregunta: ¿quién cree usted mejor músico, Mozart o David Bisbal?

Vm 1: Joder, no hay color, hombre, también es que usted se ha ido al extremo; entre esos dos no hay color [el vecino melómano 1 había visto unos días antes la película Amadeus], por supuesto que Mozart.

Vm 2: Vaya, creí que lo importante era disfrutar. Conozco a algunos que disfrutan mucho más con Bisbal que con Mozart… De hecho, creo que son mayoría, y sin embargo usted me dice que Mozart es mejor que Bisbal. Y eso ¿por qué?

Etc…

Bisbal Mozart En el momento que en un conjunto hay diferencias de grado entre dos elementos, se puede establecer una gradación en ese aspecto concreto. Si Bisbal es claramente peor músico que Mozart, eso significa que la escala existe, que se pueden establecer unos parámetros que nos indican no quién es buen músico y quién es malo, sino que nos permite comparar (aproximadamente) entre dos músicos quién es mejor y peor. Contando, por supuesto, que yo, cuando me siento al piano y lo aporreo ya soy un músico…

La nube y el arte

Queramos o no, todos nosotros, más o menos conscientemente, entendamos más o menos, comparamos las obras artísticas que nos interesan. Esta comparación de obras también puede hacerse con pretensiones académicas, pero ahora no me refiero a Gráfica 3ese modo de preguntarse por la obra. Aquel que se interesa realmente por un arte hace un recorrido por la bisectriz que relaciona, por un lado, el mensaje (ético y estético) de la obra, con, por otro, su propia capacidad de comprender y sentir. O si se quiere (es más complicada de dibujar), la bisectriz tridimensional que relaciona estos dos parámetros con el de la técnica. En ningún momento el interés sincero por un arte sacrifica el gusto de disfrutar de ese arte por el afán científico de diseccionarlo, algo que sí podría considerarse esnob y artificialmente elitista. Cuando escucho música disfruto y valoro a la vez, automáticamente, porque el disfrute es, cada vez más, un disfrute activo. Como se ve en la gráfica, esta persona evoluciona, pero sin que ello quiera decir que no pueda seguir gustando de obras (E ó D) cuya calidad sea más baja que otras (B ó C) que ha descubierto recientemente. Incluso puede disfrutar, por razones ajenas a las propias obras, de algunas que hace ya mucho dejó en el camino (A). Uno puede reconocer que una obra tiene muy poca calidad, pero que significó tanto en su historia que no puede evitar profesarle un cariño especial. Pero lo normal, en una persona que ame realmente un arte, es que esa nube de gustos (en la que no siempre se ajustan perfectamente la insinuación de obra y la del espectador) avance. Todos nos encontramos en un nivel del camino, de un camino que, a la vez, vamos construyendo entre todos, pero ese nivel posee forma de nube difusa debido a que no tratamos con cuestiones exactas sino cuestiones que describimos con términos aproximados, y a que en el proceso intervienen una gran cantidad de aspectos fisiológicos, psicológicos y sociales. Cada cual posee su nube y su nivel para cada arte, e incluso para cada aspecto de cada arte.

En esta línea artística vital no hay ningún límite pasado el cual las obras sean buenas, quedando bajo ese límite las malas, pero sí existe la progresión, y en la progresión está la vida, el movimiento, el descubrimiento progresivo de los secretos de este maldito mundo. Quien se queda anclado en la obra A, o en la nube de obras que la rodea, solicitando de los demás que respeten su elección (confundiendo el respeto con la tolerancia), tiene todo el derecho de hacerlo, por supuesto. Pero de nuestro Vecino Melómano no se puede decir que lo que le guste sea la música, sino algunos sonidos concretos que son, obviamente, musicales. No sólo no llega más allá, sino que no quiere llegar, y está en su derecho… en su derecho de ser un ignorante musical. Esto es esencial: en cualquier arte el ignorante no es el que sabe menos de ese arte, sino aquel que se ha detenido en cierto punto, que se ha anclado en un nivel concreto de ese arte, que no necesita avanzar, descubrir nada más porque lo que descubrió le es más que suficiente. No hará falta añadir que esta ignorancia, como la sabiduría, no es un termino exacto, un valor todo o nada, sino gradual.

HermannHesse Con la cultura y el interés por experimentar y disfrutar se sube en esa flecha que relaciona la insinuación propia y la de la obra, porque así vamos eligiendo obras más y más ricas, nuestra percepción alcanza niveles más complejos y sabrosos, y nuestro gusto disfruta con goces cada vez más inolvidables y demoledores.

Ahora podemos entender eso que nos ocurre tan frecuentemente, por qué cualquiera puede distinguir sin demasiada dificultad cuándo una obra se encuentra por debajo de su nivel (no interesa, porque resulta particularmente obvia y fútil) o por encima (no se la comprende, se reserva para más adelante, para algún día en que podamos comprenderla). Para alguien que ha leído a Nietzsche, seguramente Hermann Hesse resultará prescindible, pero para un adolescente que comienza a leer y a preguntarse por la vida, tal vez su obra resulte realmente apreciable. Esa línea nebulosa de insinuación es la línea de nuestra propia vida, que avanza (viviendo, aprendiendo, disfrutando) por la senda de la cultura y el placer de contemplar el mundo.

Y al fin Collins y su batería

Fue un gran batería, un magnífico intérprete que nunca pareció estar ahí por la música en sí. De hecho, en cuanto Gabriel y Hackett lo dejaron, él soltó laPhil Collins batería y comenzó a gritar en el micrófono su edulcorada superficialidad. El aroma evocador del jazmín (recuerden, yo iba caminando una mañana y pensando todas estas pavadas) se ha mezclado con ese juego fascinante de voces e instrumentos que Genesis llevó hasta un punto delicioso, y entonces repaso las poses del Collins maduro, bajo esa percusión electrónica prefabricada con la que vistió todas sus machaconas cancioncillas. Collins se limitó a la insinuación explícita y vulgar de sus letras, y con su música se lanzó a insinuar nada, negocio, entretenimiento (que suele ser el eufemismo usado para todo aquello con lo que se intenta rellenar sin complicaciones el mortal aburrimiento de la gente).

Collins dejó de tocar la batería en uno de los mejores grupos de rock de la historia, y se convirtió en un tipo cuya música era superada en calidad por cientos de músicos de ayer y de hoy. Pero sobre todo Collins se simplificó con un afán comercial, como muchos otros hacen, y bien que consiguió lo que pretendía, que hasta lo fichó Disney para realizar una de las más pastelosas bandas sonoras de la casa. Si una obra de Vasks o Part atrae a un grupo siempre reducido de personas, son cientos y miles los que se mueren por cualquier tontería de Bunbury o Amaral, y la sociedad ha demostrado que en esaBunbury tesitura no va a optar por mejorar la educación musical de la gente, sino por dar a la gente lo que la gente pide, en ese círculo diabólico e irresponsable de papanatización social. Los medios de comunicación dedican un tiempo infinito a propagar estos sonidos, infectando con su repetición eterna el orgulloso y desprotegido gusto de nuestro primer vecino melómano; entretanto, en las escuelas, los niños aprenden el nombre de las notas musicales y a tocar el Himno de la Alegría con la flauta, mientras sus maestros tararean para sí la letra que el amigo Miguel Ríos tuvo a bien ponerle a la pegadiza musiquita. A mí me encantaría que todo esto cambiase, que los maestros fueran de los profesionales mejor pagados, más exigidos y con más formación y cultura, que trabajaran para enseñar a los niños no a sumar ni a restar, sino para despertar en ellos el gusto por saber y por disfrutar de la vida del modo más consciente posible. Me encantaría esto y mucho más, pero eso nunca, el Señor me libre de pretender que ustedes cambien sus gustos…

martes, 29 de marzo de 2011

Jazmines, Collins, el arte y la insinuación (2ª parte)

[continuación de la 1ª parte]

Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sinsentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible, tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón, anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte le seguirá de cerca.
Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia.

E.M.Cioran, Silogismos de la amargura

Elogio de la inexactitud

hofstadterPensé que primero debía aclarar que hay ciencias exactas y ciencias inexactas. Estas últimas son verdaderas ciencias, y además muy respetables. De hecho, diariamente vivimos basándonos en las conclusiones que de ellas se derivan. Por ejemplo, nadie sabe cuál es la probabilidad exacta de que un meteorito nos caiga en la cabeza, pero todos suponemos que es suficientemente baja como para no andar por ahí muertos de miedo por esa eventualidad. Y aunque el número π sigue sin ser definido en sus probablemente infinitos decimales, los círculos no dejan de poseer una perfecta y hermosa redondez. Incluso las certezas más aparentemente exactas están sustentadas por probabilidad y caos: toda la física se basa en una configuración absolutamente inasible de los átomos, lo que no impide que a escala humana podamos contar con certezas suficientes para vivir, deduciendo además leyes más que precisas. En otro ámbito, estudiar la fisiología humana es galcollinscontemplar mecanismos físicos y químicos rigurosos y fascinantes que consisten, a la postre, en un trasiego informe de aniones y cationes a través de poros caprichosos de proteínas; y entonces el azar microscópico de millones de células se convierte en una delicada caricia o en el movimiento minucioso del arco sobre un violín.

Cuento todo esto porque, luego de pasar junto al jazmín y de escuchar la batería de Phil Collins, mi pensamiento quiso descubrir los esquemas de funcionamiento de todo esto, y aunque estos esquemas (propuestas científicas) aparentasen ser algo imprecisos, me pareció al pensarlos que se correspondían con innegables realidades. Sé que otros muchos habrán descrito estas realidades con bastante mayor precisión que yo, pero ustedes saben que lo de pensar y escribir no deja de ser un juego, y en los juegos lo de menos son las conclusiones y lo de más el jugar mismo.

Técnica e insinuación

Lo primero que pensé fue que cualquier obra de arte era algo así como la suma de técnica y de insinuación. La técnica, como bien dice nuestro diccionario, es el “conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte”, así como la habilidad para usarlos. Por tanto, dado que la asimilación de esta técnica es una cuestión de esfuerzo, toda ella está, excluyendo imposibilidades físicas o psicológicas, al alcance de todos. Mi amigo José Antonio Maidero, magnífico pintor desaprovechado por este mundo, me demostró una vez que cualquiera podía dibujar lado derecho aprender a dibujar con una dosis de realismo impensable. También me lo demostró el método que propone Betty Edwards en su libro Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro. Síganlo y verán que el más torpe de ustedes puede realizar con el lápiz dibujos asombrosos, técnicamente asombrosos. Es cierto que hay técnicas que exigen de nosotros peculiaridades físicas cuya ausencia nos impide dominarlas. Si mis cuerdas vocales son frágiles, puedo educarlas hasta sacar voces para mí inconcebibles, pero nunca podré alcanzar la capacidad técnica de Karrin Allyson. Es lo que le pasa a Sabina, sin ir más lejos.

Pero si la obra de un artista proviniese sólo de su habilidad técnica, por muy asombrosa que ésta fuese, y por mucho esfuerzo que hubiera requerido obtenerla, todos podríamos ser artistas en casi todo, y el diseño de un satélite artificial que cruza el sistema solar sería un trabajo bastante más artístico que un poema de Aleixandre. Cualquiera que tenga una mínima sensibilidad sabe que no es así, sin necesidad de desmerecer la habilidad y el trabajo que los ingenieros astronáuticos hayan demostrado en el diseño del aparatito. ¿Qué es lo que hay que añadir a la técnica para que algo se convierta en objeto artístico?

El extremeño

Pienso ahora en el cuadro que colgaba en el salón de mi casa cuando yo pequeño: lo firmaba El extremeño, y creo recordar que estaba realmente pintado a mano, aunque algo me decía que ese buen señor pintaba varios de esos cuadros al día. A la pintura, un paisaje bucólico con pajar y todo, se le notaba a la legua su composición mecánica y fría. El cuadro no insinuaba nada más allá de lo que uno veía. Por supuesto, uno podía fantasear con el pajar, o buscar formas extrañas como las que buscamos en las manchas del mármol, pero ni siquiera para la imaginación desbordante de un niño como yo el cuadro decía nada más que lo que decía a simple vista. No insinuaba nada. La insinuación podría ser, pues, la habilidad de orientar la técnica hacia la expresión personal, más o mGráfica 1enos profunda, de algo más, de una idea, de un sentimiento, de una duda, de un miedo...

Entre las pretendidas obras de arte encontramos trabajos cuya alta calidad técnica nos sorprende pero que, por el contrario, no insinúan gran cosa (obra A de la gráfica), mientras que otras insinúan mucho sin usar una técnica demasiado depurada (obra B).

Yo siempre he creído, y es un ejemplo, que Vargas Llosa era un escritor de una gran técnica pero poco insinuante, aunque cada día creo con mayor convicción que tampoco hay que exagerar: no es tan bueno técnicamente, y lo demuestra regularmente en sus artículos de El País...

El gusto por el arte parece conllevar una mayor tendencia a valorar más la insinuación, puesto que la técnica parece al fin y al cabo algo mecánico, mientras que la insinuación resulta de la asombrosa integración de un montón de funciones humanas. Además, se diría que cualquier obra de arte tiene como fin insinuar algo, aunque si lo hace echando mano de una técnica depurada, mucho mejor.

Insinuaciones surtidas

La relación entre obra de arte y espectador no es, obviamente, un fenómeno automático ni irreflexivo. Si delante de la obra se pretende algún tipo de bienestar consciente, el perceptor no puede esperar que la técnica y la insinuación contenida en la obra le entren pasivamente por los sentidos, sino que debe buscar, y en esa búsqueda el perceptor encuentra en la medida que sabe buscar.

Así pues, en la insinuación artística intervienen dos aspectos necesarios:

1. Lo que la obra objetivamente insinúa.

2. La habilidad del receptor para descubrir esa insinuación, echando mano de su acervo cultural y de su educación sensible.

La interacción de estos dos valores produce la insinuación final, que no es un dato fácil de calcular, porque no es la media de los dos valores anteriores, ni su suma, sino una interacción entre ellos. Así, la falta de un aspecto no puede compensarse ilimitadamente por la abundancia del otro.

Gráfica 2 En mi opinión, la interacción óptima se consigue cuando el receptor sabe adecuar su percepción (lo que para el receptor la obra insinúa) a la insinuación real de la misma. En la gráfica, la flecha sobre la bisectriz del cuadrante contiene los casos en los que la calidad de la obra se ajusta a la percepción del observador, independientemente de que la obra B sea mucho mejor que la A. En ambos casos el perceptor acierta en su análisis artístico, es decir, entiende la obra.

La capacidad de una persona para descubrir insinuaciones que el autor no pretendía es interesante desde el punto de vista creativo, pero no puede, por mucho que algunos lo pretendan, añadir nada a la calidad de la obra. Tomemos la pieza 4’33” de John Cage (obra C en la gráfica), que para quien no la haya  Cageoíd... bueno, sería mejor decir, para quien no la conozca, consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Se podría afirmar que Cage intenta demostrarnos la importancia del silencio en la música —aunque imagino mil formas más hermosas y artísticas de hacerlo—, pero afirmar, por poner por caso, que la obra trata sobre la fragilidad de la existencia, supone un exceso exagerado de la insinuación perceptora sobre la del supuesto artista. El espectador usa su imaginación para añadir a la obra algo que no está razonablemente en ella. La imaginación es una de las mejores cualidades humanas, pero en este caso no sirve para valorar la obra de Cage, que a muchos les parece una boutade, y a otros nos parece directamente una tontería.

[continúa en la 3ª parte]

sábado, 19 de marzo de 2011

Jazmines, Collins, el arte y la insinuación (1ª parte)

Jazmín

Pasé junto al jazmín. Hoy sólo estaba lleno de promisorios brotes. Cierta mañana, hace unos meses, tras una noche de diluvio lucía rebosante de pinceladas blancas y aromosas. Igual no le gusta el frío, y esta noche pasada lo hizo. Sonaron en mi móvil Dance with the Moonlit Knight y Firth of Fifth, de Genesis.

Jazmín

Collins

Entre otras maravillas, la batería de Phil Collins suena prodigiosa, y pienso en la penosa involución que sufrió su carrera. El tercer tema del disco, More Fool Me, aparecido originalmente en el disco Selling England by the Pound, comenzó a sonar. Era, con mucho, y a pesar de la guitarra de Hackett, la peor canción del disco, y la muestra temprana de que Phil Collins, aparte de un grandísimo batería, era un tipo de un gusto musical bastante pobre.

El grupo, hasta 1975, fue liderado por Peter Gabriel (voz, flauta, percusión), aunque todos (Rutherford al bajo, Banks a los teclados y Hackett a las guitarras) colaboraron con su genio a genesiscrear música de verdad. En 1975, después de varios de los mejores discos de rock de la historia,  y tras producir The Lamb Lies Down on Broadway, un disco difícil pero impresionante, Gabriel se había alejado demasiado del resto de la banda, y decidió seguir su carrera en solitario. Aunque Collins había sido la segunda voz del grupo, e incluso se había lanzado con la voz principal en algunos temas, ahora se convirtió en la única voz de Genesis. El grupo compuso dos discos hermosos (Trick of a Tail y Wind and Wuthering), aunque en ellos se echaba de menos la voz poderosa de Gabriel y se observaba ya un ligero escoramiento al pop, a la comercialidad de los sonidos. Aun así, los dos trabajos conservaban una alta calidad.

Después de Wind And Wuthering, Steve Hackett anunció también su marcha por diferencias creativas con el resto, y entonces el grupo se escoró definitivamente al pop, a una música mucho menos elaborada, más repetitiva y bastante más vulgar. Collins, como luego demostró con su carrera individual, debió sentirse muy bien al verse libre de los corsés artísticos que priWindandwutheringmero Gabriel y luego Hackett quisieron imponer al grupo, y al fin, con sus dos silenciosos compañeros, se lanzó progresivamente a la música ligera y machacona, bailable y sencillita que Collins no ha dejado de hacer hasta ahora.

A principios de este mes de marzo Phil Collins anunció que abandonaba la música para dedicarse “a ser padre a tiempo completo”. Además, aclara en su propia página web que su despedida no se debe a que haya sido maltratado por la prensa, ni a que no se sienta amado por sus fans, ni tampoco a que ya no encaje en el medio, pamplinas más propias de un personaje del tomate que de un supuesto gran artista. Y tengo que reconocerlo: deseándole toda la salud y la felicidad posibles, me alegro muchísimo de que por fin deje la música. Desde que abandonó la batería de Genesis, este buen hombre ha estado regularmente llenando los medios de comunicación con sus gritos insoportables y sus iterativas banalidades musicales. Pasó de ser uno de los mejores baterías del mundo a ser uno de los cantantillos más pesados y chirriantes de la  historia. Pasó de la grandeza, la dulzura, el contraste y la personalidad del rock más inteligente y sensible, a lo pegadizo y venal, al bailoteo, al tarareo de una música directa, simple, una música volátil, llena de poses y vulgaridad.

Observen sobre el terreno el asunto. La primera pieza es la que escuchaba por la mañana, contenida en la caja de 4 discos titulada Genesis: Archive 1967-1975, con música en directo del grupo. La cancioncita posterior es Don’t Lose My Number, del disco que Collins sacó en solitario No Jacket Required, con la que ustedes podrán echarse un bailecito la mar de molón. Comprobarán la diferencia entre el Collins batería (concéntrense en el sonido portentoso del instrumento)

Phil Collins 2

y el Collins chundachundero de los últimos tiempos

Phil-Collins

Entonces, cuando acabó la canción que Collins perpetraba ya en 1975, seguí caminando preguntándome qué diferencias había entre la voz entera de Gabriel y ese lamentable sonsonete que es la voz de Collins, o entre la batería intensa y valiente del Collins músico y la otra, electrónica y tediosa, del Collins empresario; y fui dándole vueltas al jazmín, al arte y sus voces, a las insinuaciones del arte y a la pereza de nuestros sentidos…

[continúa en la 2ª parte]