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jueves, 26 de marzo de 2015

Divagaciones sobre la más santa de las semanas

Después de casi un año de ensayos, la banda de cornetas y tambores que ha venido ambientando muchas de mis noches podrá procesionar por fin con el santo y la virgen de turno. Luego descansarán unas semanas y comenzarán prontito los ensayos para el OLYMPUS DIGITAL CAMERAaño que viene. Recuerdo el encontronazo que, hace ya bastantes temporadas, tuve con una de estas bandas. Mis niños eran pequeños y a las nueve y media de la noche solían estar en la cama. Meses antes de la Semana Santa, cierta banda intensificó sus ensayos, llevándolos diariamente hasta más allá de las doce de la noche. Se plantaban a unos cien metros escasos de nuestras ventanas, en el parque, y los trompetazos y redobles de tambor se colaban en nuestros dormitorios como si toda la banda se hubiera metido en la cama con nosotros.

Un día, harto de protestar a la Policía Local, con la reacción acostumbrada de esta institución, es decir, ninguna, y conocedor de que la normativa municipal permitía a los músicos tocar a sus anchas hasta las once de la noche (aunque a todos los efectos, y puesto que nadie iba a reñirles, podían tocar hasta la hora que les saliese de sus sagrados cataplines), harto de aquello, digo, bajé a hablar con los muchachos. La banda estaba compuesta por un numeroso grupo de chavales, que me recibieron extrañados. Les expuse la situación y mientras unos mantuvieron silencio, otros conversaron conmigo, entendiendo mis problemas pero quejándose de que los echaban de todos lados, y que en algún sitio tenían que tocar. Hasta ahí, y a pesar de mi irritación, todo fue sano y cordial. Pero hete aquí que el capitán de la banda salió de entre la muchedumbre.

1215Era un tipo de mediana edad, con impoluto traje de chaqueta azul marino y medalla de la hermandad. Las entradas generosas, el pelo hacia atrás, engominado, los rizos brillantes en la nuca y las grandes patillas profundamente sevillanas podían valer tanto para mandar al cielo a la madre de Dios como para guiar, de corto y con arte, una yegua en el Real de la Feria. El tipo se dirigió a los chavales que hablaban conmigo y, con esa chulería típica de la auténtica sevillanía, les dijo que no me hicieran ni caso, que mis protestas no eran más que tonterías, y que tenían que seguir con el ensayo. Todo mi enojo se concentró en aquel tipo, y sólo la idea de ser vapuleado por toda una banda entera de cornetas y tambores me impidió que, tras mirarlo fijamente, me fuera para él y le sacara a guantazos toda su chulería. No recuerdo bien lo que dije, pero me fui a mi casa como un ciudadano ejemplar: jodiéndome con lo que hay.

Desde entonces nuestra adaptación al ruido de coches discoteca y de las santísimas bandas ha mejorado una pizca la situación, mientras la Policía Local y el Ayuntamiento persisten en su tradicional pasividad. Y es que en esta ciudad hablar de Semana Santa es tocar la esencia eterna de nuestra condición de sevillanos. En esta ciudad insondablemente mariana, hemos trascendido como en ningún otro rincón del planeta los ya life-of-briande por sí insensatos preceptos de la religión oficial. Nos hemos saltado a la torera las Verdades del secular imperio católico, y las hemos engalanado con nuestros cristos variados y nuestras vírgenes de truculento nombre. Como a otros les da por lanzar burros desde un campanario o por estallar un saco de petardos para expresar su esencia inmortal, los sevillanos nos lanzamos a las calles para derrochar fervor y rezar en buena comandita ante unas figuras que relegan a los Churriguera al minimalismo.

A pesar de los instantes de auténtica inspiración artística, en los que las calles y el azahar ponen mucho más que la propia farsa santa, y a pesar de que una gran parte de los espectadores asiste a la función con una sanísima (que no santísima) distancia espiritual, en Sevilla se agita un cosmos de hermanos mayores, de pregoneros iluminados, de mantillas y peinetas, de promesas y milagros, de penitencias, bocadillos, devoción y prehistoria, de solemnes pamplinas convertidas en evidencias místicas que a ningún condenado ateo debería nunca ocurrírsele poner en entredicho.

DSC04597Un domingo de Ramos en que mi amigo Curro Bizcocho asistía al regreso de la Paz por el Parque de María Luisa, y al paso de las filas de afligidos penitentes, que con el capirote chafado y sus cruces al hombro caminaban descalzos e incluso arrastraban cadenas, un hombre que tenía al lado le preguntó con acento argentino:

—Perdone, entiendo que al llegar al final a todos estos señores los crucifican. Y el año próximo sacan a otro grupo, ¿verdad?

Curro se fijó bien en aquel rostro y le contestó:

—¡Tú eres Carlos Núñez, de Les Luthiers!

A partir de entonces Carlitos y Curro se hicieron buenos amigos. Compensaciones de la santísima semana…

martes, 2 de julio de 2013

Sobre la memoria y el olvido

CM350_GAusterlitz, el personaje de Sebald, regresa al lugar donde nació. Poco antes de que los alemanes ocuparan la entonces unificada Checoslovaquia, el niño fue enviado a Gales y puesto a salvo del desastre inminente. Sus padres permanecieron en la ciudad con la pretensión de partir unos días después, pero el mazazo de la terrible ocupación nazi fustró sus planes, y tras su confinamiento en uno de los campos de concentración fueron asesinados como tantos otros judíos.

Austerlitz visita la pequeña fortaleza de Terezin, en la República Checa, y buscando gente con su apellido encuentra a Vera, su antigua nodriza, vecina de la familia, que lo ayuda a reconstruir su pasado. Con ese poso imborrable de melancolía que siempre dejan los grandes sufrimientos, Vera relata la vida de la madre de Austerlitz en Theresienstadt (nombre alemán para Terezin), un pueblo que los alemanes tomaron y convirtieron en un gueto judío. Lo clausuraron con muros y lo utilizaron, además, para filmar una película de propaganda titulada El Führer regala una ciudad a los judíos, para la que adecentaron las calles y mostraron a la población realizando todo tipo de actividades cotidianas. De hecho, en los preliminares de la grabación, aquellas pobres personas creyeron que el régimen nazi se apiadaba de ellos, y por unos días renacieron en ellos las esperanzas de que aquella pesadilla por fin terminaría. La gran mayoría de la población fue trasladada a campos de exterminio y asesinada. Hoy Terezin es un museo vivo y punzante de la ignominia…

Recuerdo a Sebald y su Austerlitz porque el otro día consultaba varios libros sobre las víctimas de nuestra Guerra Civil. Mi abuelo paterno, en busca y captura no sé muy bien por qué motivos (tal vez pequeños hurtos), fue descubierto y denunciado por un cura y encerrado en la cárcel de Sevilla. Poco después, un 9 de noviembre de 1936, fue sacado de la cárcel y fusilado por el bando de guerra. El general Queipo de Llano fue quien tomó Sevilla y el que garabateó en un tosco y petulante castellano estos bandos de guerra. Se estima en miles los muertos que produjeron sólo en la ciudad, una ciudad en la que, salvo en el barrio de la Macarena, apenas hubo resistencia a la ocupación militar. Muchos miles más fueron los asesinados en los pueblos de la provincia, en los que Queipo de Llano llegó a imponer un número mínimo de fusilados, y en los que cualquiera que hubiera expresado de alguna forma su libertad política y de conciencia se convertía automáticamente en delincuente.

Queipo en Sevilla

Hoy, los restos de este sujeto, que fue despreciado incluso por su propio régimen, y que fantoche y socarrón apodaba al dictador Franco Paca la culona, descansan en la basílica de la Macarena, en el mismo barrio que opuso la última resistencia al fascismo en la ciudad. Entré en la basílica hace sólo Tumba de Queipo de Llano en la basilica de la Macarena Queipo de Llanounos años. Mi amiga alemana Heidi nos había visitado en Semana Santa, y al pasar cerca del edificio, que bullía de gente, no quise dejar de responder a su curiosidad. Mientras Heidi tomaba fotos de las recargadas orfebrerías de la iglesia y los pasos, yo sentía un asco insoportable.

Hoy pienso que sí, que la memoria del sufrimiento produce melancolía, porque el tiempo sólo corre hacia delante y los efectos de la maldad y la injusticia nunca tendrán solución. Pero infinitamente peor que el dolor de la memoria es el olvido, la incapacidad para, con el sosiego de la paz recuperada, colocar los huesos indignos de un asesino en un lugar donde todos podamos evocar la indignidad y reflexionar sobre ella… Aunque, si bien lo pensamos, igual una iglesia es justo el lugar adecuado para que descansen los huesos del carnicero, un lugar donde, consciente o inconscientemente, se venera el olvido ―el del pasado y el de uno mismo―, la tradición sangrienta, la resignación del rebaño, la muerte como triunfo, la indignidad en suma…

domingo, 12 de mayo de 2013

El ruido, la furia y la gracia

Sevilla es una ciudad llena de mentiras y de asnos. Sevilla es una ciudad insufrible, no tanto por su constitución arquitectónica ni por el resultado de los siglos sobre sus calles, sino por su gente.

Sevilla está plagada de políticos mentecatos e inútiles, de servidores públicos analfabetos funcionales o puros analfabetos que llevan sobre la cabeza una urna que sólo piensa en votos… y en dinero.

Sevilla vive de pasiones majaderas, de supersticiones inconcebibles elevadas a la categoría de arte. Sus calles y tertulias se tejen de fútbol, de sevillanas rocieras y de una turba de enteraos que aprobaron por los pelos parvulitos. Aunque la mayoría de los que pasaron por la universidad son de esos que entienden de telecomunicaciones, de aprendizaje o de intervención social, pero monotemáticamente, sin alcanzar a comprender qué relación tiene un semáforo con el sosiego del alma.

En Sevilla casi todo funciona al estilo me la cargué, con gracia y soltura, con risas tapando siempre la engañifa y la aberración, cuando no la estafa y el delito. Y en eso los ciudadanos coreamos con alegría y desenfado las consignas de nuestros próceres políticos, culturales y eclesiásticos.

Sevilla es la tercera ciudad de Europa en kilómetros de carril para bicicletas, y sin duda alguna la primera en número de necios por kilómetro de ese mismo carril. Diariamente recorren los caminos verdes, construidos a la ligera y con fines puramente electorales (algo que se nota perfectamente en su diseño), miles de personas concienciadas con el medio ambiente pero poco o nada concienciadas con la seguridad física de viejos, niños, peatones despistados e incluso sus mismos compañeros de pedaleo.

Decabike

Todo esto que digo resulta obvio para cualquier persona que, además de disfrutar de la gracia y el salero de Sevilla, pretenda habitar esta basura de ciudad. Esta madrugada, hasta las tres, unos bastardos animaron nuestra noche con sus coches discoteca y esa música monstruosa que de música tiene lo que yo de astronauta, y que la gran mayoría de esta ciudad y de este jodido país escucha a todas horas, sobre todo porque ni aquí en Sevilla ni en España hay cuatro monos que tengan ni puta idea de lo que es música. Llamamos al único teléfono que puede llamarse a esas horas, el de Emergencias, y allí nos dijeron las varias veces que llamamos que avisaban a los “servicios operativos”, suponemos que de la poco visible Policía Local. Más bien creemos que los vándalos discotequeros se pasaron con el alcohol, con la coca o las pastillas, y que se fueron a dormir la mona. Hoy por la mañana, el Instituto Municipal de Deportes del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla está colaborando en la organización de una marcha ciclista que organiza Decathlon, para que se extienda aún más el uso de la bicicleta y para que la empresa francesa acabe de uniformarnos a todos. Desde las nueve de la mañana andamos escuchando la misma música de anoche, pero a un volumen muchísimo mayor. Hoy también nos dijeron en Emergencias que avisaban a los servicios operativos, pero lo curioso es que los servicios operativos ya están allí desde el principio. Así escribo este exabrupto inservible, envuelto por todos lados en ese chimpón endiablado que todo el mundo llama música.

No hace mucho paseé de madrugada por las solitarias calles del centro de Sevilla. Pensé que, en efecto, Sevilla era una de las ciudades más hermosas del mundo, pero al rato me alcanzó un grupo de jovencitos que charlaban elevando mucho esas voces de tinaja que dios les concedió, incapaces de hablar porque no saben, sólo capaces de gritar, y caí en que ese embrujo de Sevilla sólo se produce cuando está vacía, cuando parece que es una ciudad desierta, una ciudad en la que se puede escuchar algo más que el ruido de esta jodida civilización de mierda.

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domingo, 22 de abril de 2012

martes, 6 de marzo de 2012

Paisajes con móvil (VII)

---------------------------------------------------  Ángeles  ---------------------------------------------------
Ángeles

-------------------------------------------------  Dos mundos  -------------------------------------------------
Dos mundos

-----------------------  El gran pintor  -----------------------
El gran pintor

----------------------------------------------------  Tebeo  ----------------------------------------------------
Tebeo

-------------------------- El principio --------------------------
El principio

----------------------------------------------- La ciudad dorada -----------------------------------------------
La ciudad dorada

--------------------- El vicio de mirar  ---------------------
El vicio de mirar

--------------------------------------------  Hacia el crepúsculo  --------------------------------------------
Sol sin tren

------------------ Los brillos del recuerdo ------------------
Los brillos del recuerdo

-----------------------------------------------------  Luna  -----------------------------------------------------
Luna

---------------------------  Sombra  ---------------------------
Sombra

viernes, 18 de noviembre de 2011

Ochenta y cuatro años

Mam í, Pap í y yo

Miro esa manita sobre su pierna y me estremezco. Soy capaz de percibir lo que él sentía en ese instante: el cosquilleo provocado por el roce leve y preciso de esos deditos, la emoción ante el diminuto entusiasmo que las palomas me provocan, la fugaz pero certera felicidad que lo invade a él, y también a mi madre... Es bien cierto, los niños brillan como elegantes estrellas cargadas de futuro.

Me detengo en el perfil embelesado de mi padre y advierto su sentimiento gigante, cómo retira la mano derecha para dar una oportunidad a mi paso, al crecimiento que un día me llevará lejos de él. Tal vez he dicho algo, balbuceos divertidos que viajan directamente, sin demora ni cálculo, al centro de su corazón. Por ahí debe andar aún el reloj que lleva en su muñeca. ¿Qué será lo que sostiene en esa mano?

Es domingo, sin duda una cálida tarde de primavera de 1963. Según me dijeron comencé a caminar pronto, con sólo diez meses. Mis padres van vestidos de domingo. Sus ropas humildes pero aseadas demuestran que el día era especial. El pantalón remangado de mi padre y esas zapatillas de lona, su camisa blanca de hombre limpio y minucioso, sus brazos, todo conserva para mí un olor especial, el aroma del refugio, la fragancia del cariño.

plaza america

Mi madre, con sus manos jóvenes como brotes, sostiene el gorrito blanco con el que aparezco en otras fotos, y sonríe al fotógrafo, tal vez animándome a mirar al objetivo de una cámara que, a fuerza de fotografiar la ternura, se convirtió ella misma en el tierno símbolo de los sueños y la inmortalidad.

Yo entonces no tenía miedo a los pájaros y mi madre sonreía confiada. ¿Qué llevaría en ese bolso oscuro? El mundo giraba difícil y prometedor. La lenta melodía de una tarde de domingo sonaba entre el azahar y el arrullo de las palomas, entre las risas desordenadas de los niños. ¡Qué brazos más tersos los de mi madre, qué seguros los de mi padre! ¿Cómo podría medir ahora el cariño que entonces los unía? ¿Por qué luego, tan pronto, ese cariño se desvaneció?

Sandalias

Esa niña sentada al fondo, el hombre de la camisa oscura, el del bigote y el cigarro, que con los niños, detrás de nosotros, mira hacia el barullo que los arvejones provocan en las palomas; el pelo brillante de la señora con el bebé, que se fija en ¿qué?; las palmeras eternas, el museo de azúcar, la luz tardía que enciende el vestido de mi madre, ese lazo en su cintura, su pulsera, el anillo en la mano de mi padre, las diminutas sandalias que calzo, mi mano conmovedora dispuesta a señalar a las palomas, la medalla que cuelga sobre mi pecho... Pasado, todo pasado, aunque al escarbar en la imagen sólo encuentro futuro, ese futuro al que estamos condenados. Todo futuro salvo en mis padres, que posan ante el fotógrafo vestidos de presente, generosos, enamorados de la vida, henchidos de un amor que ahora fluye por mis venas...

Feliz cumpleaños…

Pap í y yo