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domingo, 1 de noviembre de 2009

Silencio por amable respuesta

Verás, sé que a veces me muestro excesivamente romántico, que caigo en sentimentalismos infantiles, pero en aquellos días eternos de los trece años era precisamente a lo que dedicaba mi tiempo: a amarla con aquel amor punzante y descabellado, con aquella pueril obsesión, aguardando el golpe de suerte que lo cambiaría todo.

En la ventana del salón, apoyado en el alféizar, desde aquel tercer piso observaba el fluir del barrio, y hasta allí llegaba la fragancia de las estaciones que pasaban vestidas con sus galas acostumbradas. Los años de colegio tocaban a su fin, y Márium se hundiría pronto en las revueltas del futuro. Su rostro era perfecto, redondo, suave, sublime como un sueño, pero si no me declaraba antes de que estallara el maldito verano la perdería para siempre. Ni siquiera vivía cerca, no pasaría nunca bajo mi ventana, porque vivía a unas manzanas de aquel paisaje, en el otro lado del universo.

Los plazos se cumplieron, abandonamos el colegio, y mi declaración quedó para siempre pendiente. Entretanto, seguí mirando desde mi ventana, creciendo sin ruido, con la tristeza de aquella pérdida clavada para siempre en mi ánimo.

Por eso no te extrañará que aquel día yo creyera estar soñando. Tal vez repasaba libros de histología, o de microbiología, quién sabe, un auténtico contraste con aquel paraíso tapizado de estanterías de madera: la Dante Alighieri. Se encontraba casi vacía: los estudiantes de letras disfrutaban del sol tumbados en los jardines de la universidad, mientras yo me enfangaba en la distinción de los tejidos o en memorizar infecciones devastadoras. Y entonces ella entró.

Habrían pasado unos eternos cinco o seis años desde la última vez que la había visto, pero allí estaba. No había cambiado nada, seguía tan hermosa, tan tersa y adusta. Su imperceptible cojera, que a mí siempre se me antojara virtud, seguía marcando su forma de caminar. En el silencio de la sala entró por mi izquierda, la vi avanzar ante mí, a unos metros de distancia, y llegar hasta el mostrador de mi derecha, donde se ocultaba el bibliotecario. Y me olvidé de todo. Viví aquellos instantes aturdido, fascinado por una visión que era evidencia de cada uno de los aromas de mi infancia. La miraba sin pestañear, y comencé a preguntarme si no aprovecharía esta segunda oportunidad que la vida me daba. Ella consiguió el libro que había venido a buscar, lo alzó y lo apretó contra su pecho de ángel, y por fin deshizo sus pasos hacia la puerta de salida. Yo seguía sin mover un músculo, limitándome a seguirla con la mirada, y supe entonces que la dejaría ir, que no haría nada, que ni siquiera la saludaría, porque a veces la vida es sólo cuestión de imágenes, pura estética; tal vez lo sea siempre, y quizá nosotros deberíamos dejar de complicar tanto las cosas…

Hace poco, veinticinco años después de aquel encuentro, supe de ella y le escribí una larga carta, un simple saludo que me sirvió para atar un manojo de recuerdos y enviárselos con la esperanza de una sola de sus sonrisas. Pero sólo obtuve silencio, un silencio natural y procedente, la mudez propia de las fantasías, la callada enseña de mi inextinguible amor por Márium.

Márium

sábado, 29 de agosto de 2009

Los juegos del tiempo

El bote se balancea suave y con agrado sobre las ondas perfectas del agua. El bullicio como familiar de las orillas es el color adecuado sobre el que sus risas y las de sus amigos se dibujan y toman contraste. El buen vino rebusca en sus venas cada gramo de alegría, cada centímetro de inspiración, y los ponen en juego en un atardecer que se desliza con elegancia de bailarín hacia el crepúsculo. Su juventud es una manzana brillante, un león distinguido y poderoso, una cumbre diáfana. Choca su copa con la de sus amigos, hombres hambrientos de luz, y entona canciones sobre la tersura oscura de aquellas aguas, sobre la feracidad y la abundancia de aquellos valles, sobre la dicha rotunda y embriagadora de existir.

Entretanto, el otro hombre, muy, muy lejos de allí, la mira un instante de reojo, allá parada junto a la barra, pero en su interior se recrimina porque valora su propio orgullo, porque no necesita temer nada, porque estará a su lado si ella lo desea, y cuando ella no lo desee la perderá. Así pues, se sumerge en la conversación del grupo y en los reflejos del puente sobre el inquieto espejo del río. También estas orillas son bulliciosas, y el pantalán donde toman unas copas se balancea a merced de la inquietud del río. Algunas pequeñas barcas de pedales flotan indolentes y en ellas navegan anhelantes besos, niños sobrados de futuro, parejas melancólicas en las que, lentamente, va introduciéndose la ceniza de la vida. Con los ojos entornados sigue ahora el perímetro del puente, pero no deja de sentirla a su espalda, moviéndose con esa locura maravillosa, inquieta como un animalito, probando siempre los límites de las buenas costumbres. La joven charla con el camarero, apoyada en la barra del pequeño quiosco, mientras él trata de alejarse de allí hacia sí mismo. Un viaje interrumpido pronto por el cuerpo sabroso que acaba de sentarse sobre sus piernas. Ella lo besa, con un beso gratuito y apresurado. Él se siente tan bien: el sabor del bourbon se trenza con el de esa boca de dientecitos pequeños y sabor a tabaco, mientras su mano acaricia, bajo la camiseta de la mujer, una espalda dúctil como el propio río. Algo lo hizo mirar al agua, y entonces, a través de los inescrutables mecanismos de su memoria, lo asaltó aquella frase:

El día declina y se extingue, llega ya la noche para las cosas todas, aun para las mejores. ¡Oíd y ved, hombres superiores, qué demonio es, hombre o mujer, ese espíritu de la melancolía vespertina!

sábado, 7 de marzo de 2009

Diecisiete

Leyendo a Amado descubrió que, a la ruleta, el número favorito de Vadinho era el diecisiete, y que en él malgastaba los cuartos con indecente facilidad. Fue así como recordó aquella noche de Ajudel.

Recogió a Erín y a los demás en una plaza cercana al domicilio de Rosa, la prima inseparable de Erín. Allá, no lejos del centro de la ciudad, sentados en los veladores de un bar, lo esperaban Ruth y Moonman, muy acaramelados, explotando aquel fin de semana de mentiras y dulzuras. Moonman componía infatigable unos deslucidos collages, presididos invariablemente por la luna, y su apodo era así una mezcla de obsesión e ingobernable vanidad. Ruth, por su parte, producía poesía a una velocidad que sólo era superada por la cándida insuficiencia de sus poemas. Así se habían conocido, ambos casados y con hijos, y tras mantener un largo idilio virtual se habían atrevido a cruzar el país para pasar algún que otro fin de semana de extravío y pecado.

dianaBesó a Erín, saludó a Ruth y a Moonman, y Rosa le presentó a Carlos, un hombre alto y silencioso, de movimientos serenos e inexpresivos. Erín le tomó la mano por debajo de la mesa y le sonrió con esa carita suya de niña hechicera.

Partieron pronto hacia Ajudel, un pueblo insulso de carretera, donde raramente nadie paraba: el lugar perfecto para evitar encuentros indeseables. Consistía apenas en algunas casas apiñadas al borde de la carretera comarcal, un hotel muy modesto y una plaza, también pegada a la carretera, donde bullían por las noches algunos bares.

Una vez alojados, salieron a comer algo en algún local de la plaza. Era una noche tibia y acogedora, y las cervezas de la cena los condujeron luego a un pequeño pub cercano, donde los parroquianos se mezclaban con la juventud de un modo impensable en la ciudad. La entrada de forasteros, pero sobre todo la alegría de Erín que lo besaba y giraba como un torbellino alrededor de su cuerpo, atrajeron pronto la atención de todos aquellos hombres maduros, e incluso de las parejas adolescentes que iban llenando el local.

Moonman deseaba a Erín, no había que ser demasiado avispado para notarlo. Al fin y al cabo, todos andaban pecando de una u otra forma, y ¿por qué razón habría Moonman de contenerse, mucho menos por principios radicalmente desterrados de aquel encuentro? Llevaba unos años de relación con Ruth, aunque sólo se habían encontrado físicamente algunos fines de semana, pero los suficientes como para que en Moonman se hubiese encendido de nuevo el deseo de búsqueda de nuevas experiencias; y Erín era una mujer hermosa, efusiva y liberal, y sobre todo gozaba con la admiración de los hombres.

Bebieron varias copas, y todos fueron perdiendo hasta el último rastro de inhibición. Erín lo abrazaba y lo besaba apasionada, y él se sentía a la vez embriagado y violento, porque el resto de los clientes los miraban con envidioso asombro. ¿Cómo podía él, que no se consideraba para nada un hombre atractivo, tener en sus brazos a una mujer como aquélla, enamorada, rendida, apretada contra sus labios como si fuera a asfixiarse de estar mucho tiempo sin beberlos?

Entonces ocurrió. Alguien, tal vez él mismo, propuso una partida de dardos. Rosa y Carlos se besaban ajenos a los demás, así que hicieron equipos las dos parejas, y entre los vapores del alcohol él supo de inmediato que aquello iba a ser un torneo de machos entre Moonman y él, una forma de demostrarle a una Erín inadvertida quién era el que más la merecía.

La partida avanzó muy igualada. Con una puntería inestable, él lanzaba los dardos entre besos largos e imprudentes de Erín, entre sus caricias desvergonzadas, pero el marcador se mantenía empatado. Erín lanzaba casi sin apuntar, pero la diana no se le resistía. Y llegó el momento. Sólo les restaban treinta y cuatro puntos, y Moonman y Ruth tendrían el siguiente tiro para llevarse la partida. Él trató de recuperar el equilibrio y apuntar, consciente de que la victoria suponía algo más que ganar una simple partida de dardos. Erín entonces lo abrazó, y él sintió cómo su tierno cuerpo se amoldaba al suyo como si ambos fueran las dos mitades de un mismo ser. el-beso-Géricault Erín reía, y cuando él iba a lanzar el dardo, tomándolo por la barbilla, le volvió el rostro hacia el suyo y lo miró con una de esas miradas que venían de lugares demasiado misteriosos como para preguntar por ellos. Lo besó y le soltó la barbilla. Él miró hacia la diana y sin pensarlo un instante más arrojó el dardo que fue a clavarse en el diecisiete. Aún quedaban otros diecisiete puntos. Así pues, tomó el dardo entre sus dedos, levantó el brazo, y esta vez fue él quien la miró a ella, muy serio al principio pero, con el dardo alzado en su mano derecha, no tardó en sonreír, y luego en reír francamente, con una risa que rebosó en los labios de Erín, y mientras la miraba, mientras la besaba y reía, y la abrazaba sabiéndola incomprensiblemente libre y suya a la vez, lanzó a ciegas el dardo, que fue a clavarse en el diecisiete. Erín saltó de alegría, y él la contemplaba como se contempla al agua limpia de un arroyo, que corriendo ladera abajo llevará su sencilla belleza hacia otros parajes, perdiéndose para siempre en los recodos de la vida.

Ahora leía lo de que Vadinho, el desventurado Vadinho, prefería el diecisiete, y recordó aquella noche, y lo que escribió en su cuaderno…

Treinta y cuatro puntos, doble de diecisiete, el ruido, las copas, el desafío, pero sobre todo tú flotando por toda mi superficie como un barquito de vela, loco y divertido, juguetón con las olas de mi deseo. Cojo los tres dardos, pero busco un apoyo de azúcar, una canción para mis dedos y su puntería, y te encuentro a ti, tus hombros como dos nubes, tu espalda que se torna arcilla moldeable y obra de arte, tus brazos que atrás se aferran sobre un hombre perdido y desacostumbrado a tanta alegría. Miro la diana, apunto mis ojos por entre el viento de tu pelo, y a través del clamor de tu cariño vuela la primera flecha hacia su destino. Diecisiete, y tus labios vienen y se derriten incansables en los míos. Con el vigor de tu aliento, con un ojo en la diana, con el otro en tu corazón, parte el segundo dardo lleno de polvo dorado, y sin titubeos se incrusta en el centro del diecisiete y hace estallar la fiesta de tu risa. Y entonces diecisiete abrazos y diecisiete sabores, diecisiete ilusiones suspendidas en el gozo de nuestra victoria, diecisiete roces de mis dedos por tu rostro de fruta, diecisiete eternidades prendidas para alumbrar la fría noche del Tiempo. Te abrazo y el cielo se rompe en mil pedazos.

lunes, 16 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (y III)

hada3 El caballero Seregorn cumplía sus oficios en el propio castillo de Eledhost. Desde su partida de Taur im Duinath nunca, ningún día había dejado de recordar su paso por el bosque, y no sólo por el ejercicio de su voluntad, sino porque cada recodo de cada camino le traía pinceladas de aquellas jornadas mágicas.

Cada mujer hermosa poseía una de las virtudes de Eärfin, ya fuera la tersura de su piel, los ojos grandes y curiosos, el paso grácil o esa sonrisa indescriptible que inundaba de gozo la espesura. Cada voz sonaba en algún momento con el mismo timbre o la misma cadencia que la del hada, y cada olor placentero se transformaba inmediatamente en el de ella, y se podría decir que Seregorn tenía siempre delante un velo con su imagen transparente y primaveral.

Seregorn soñaba con Eärfin, y la encontraba vagando triste por Taur im Duinath, con la dicha de sus poderes convertida en encantada cárcel: un hada prendida por la red del amor. Le envió palabras doradas con ocasionales mensajeros que, a sus órdenes, desviaban su itinerario para pasar por aquel paraje olvidado. Las cartas manuscritas las dejaban aquellos temerosos jinetes en un árbol de sombra que se desparramaba en los lindes del bosque, y que ofrecía numerosos huecos, escondrijos que, cada día, el hada examinaba con ansiedad. En estos mismos agujeros, Eärfin dejaba regalos para Seregorn: enormes pétalos con huellas de labios, jirones de nubes oscuras perfectamente envueltos en telarañas plateadas, pequeños recipientes con diferentes lluvias, y cajas con palabras susurradas que Seregorn podía oír con sólo abrirlas.

Cierta vez, en un caluroso mediodía de verano, Seregorn había bajado al mercado, en las afueras del castillo, entre las casas del pueblo que caían por la ladera donde aquél se alzaba. Admiraba un tenderete de frutas que presentaba piezas lustrosas y llenas de aroma. Las naranjas, las manzanas, los melocotones competían por aportar mayor y mejor fragancia a aquella mediodía de mercado. Como siempre, Seregorn encontró algo que le puso a Eärfin delante, y ahora creyó aspirar como nunca el aroma rumoroso del hada.

Sorprendido, descubrió de espaldas a una mujer que vestía con elegancia, con el pelo rojo recogido desigual sobre su cabeza. Rápidamente, la mujer se alejó por uno de los callejones del mercado. Seregorn quiso creer que era su hada, pero enseguida desechó la descabellada idea y volvió a fijarse en la fruta. Sin embargo, poco a poco algo lo impulsó a seguir a la mujer: primero lentamente, pero luego, al ver que podía perderla entre la muchedumbre y en el laberinto de tiendas y pasajes, aumentó su paso hasta que el caballero corrió desesperado en el total convencimiento de que aquella dama era Eärfin. Al doblar una esquina, por la que poco antes había girado la mujer, Seregorn contempló una calleja profunda y estrecha protegida por toldos, en la que sólo se observaba a la derecha una entrada, abierta y oscura. Seregorn, jadeando, con los ojos deslumbrados por el sol del mediodía, se detuvo ante la abertura negra como un abismo. El silencio se palpaba sobre el rumor lejano del mercado. El caballero se apoyó en las jambas de la puerta e introdujo su cabeza en la casa, pero antes de que sus ojos se acostumbraran a la penumbra interior, sintió unos labios en los suyos. No necesitó nada más para reconocerla. ¡Eärfin estaba allí, su hada!

En una estancia interior, iluminada por una simple antorcha que emitía una extraña luz azul, Eärfin y Seregorn se derritieron mutuamente, y un manantial de deseos antiguos anegó el momento hasta convertirlo en una eternidad única. Hablaron en voz baja, se susurraron historias, minucias sobre sus vidas; bromearon infantiles, se enjugaron uno al otro lágrimas lentas y sustanciosas, se escanciaron como vinos antiguos y saborearon la única verdad que existe: el instante que pasa.

Eärfin, un hada al fin y al cabo, supo aclarar a Seregorn aquel encuentro inesperado. Y así dijo:

— Amor mío, ¿dónde está Taur im Duinath? ¿Dónde dejaste ese bosque húmedo de amor? ¿Lo tienes acaso localizado en los torpes mapas de la región? ¿Cómo apuntaste a los alegres mensajeros que traficaban con nuestros tesoros el camino para hallar semejante paraíso? ¿Acaso no te guiaste por un sueño? ¿Acaso no utilizaste en el destino de tus recados, más que precisas indicaciones geográficas, palabras como intuición, presentimiento, instinto...?

Seregorn miraba a Eärfin intrigado y confuso, y la voz de arroyo del hada siguió serpenteando por la tenue luz de la habitación.

— ¿Acaso creíste, ángel mío, que Taur im Duinath podía ser un bosque más, un mercado, una posibilidad vulgar, un simple trozo de tiempo? Y ¿por ventura redujiste a Eärfin, luz de tus noches, a un ser mágico capturado entre el hechizo envolvente de un reino de cristal y el deseo ansioso de una realidad esquiva?

El caballero quiso hablar, pero Eärfin puso un dedo en sus labios, y siguió diciendo:

— No, amor mío. Es cierto que soy un hada en Taur im Duinath, una poderosa criatura que alumbra veredas y riega de polvo dorado los huecos de los árboles y la cabellera del hombre dulce que ahora me mira. Pero no vivo allá más que cuando Vos estáis, Seregorn, porque vuestro sueño me llama y resucita en mí poderes que sólo pueden ser vuestros. También Eärfin despierta cada día con el sol, y destrenza su realidad hasta la salida de una luna que trae reflejos de nuestro bosque. Taur im Duinath es sólo un sueño... —terminó susurrando la mujer.

— Y nada menos que un sueño —susurró a su vez Seregorn, acercando su rostro al de Eärfin, de forma que sus labios al moverse rozaron los del hada.

— Un sueño imposible... —interpuso ella.

— Los sueños ciertos, los sueños valiosos siempre son imposibles. Seregorn es un ser boscoso e iluminado tan sólo en este sueño vuestro, porque mi jornada está salpicada de miedos y debilidades, de batallas perdidas, de tiempo que se deshace en vacíos tristes, y sólo soy gigante cuando amo. Taur im Duinath es un estallido, una constelación forjada en nuestro cielo con materias de nuestras fuerzas. Es una fiesta de risas puras y un universo donde no caben hábitos ni rutinas, donde no caben nuestros límites.

 hada4 Seregorn hablaba apasionadamente, y Eärfin escuchaba ahora mirándolo a sus ojos nocturnos.

— Nadie puede con la realidad, y el impalpable curso del tiempo, mi niña, agrieta rocas y sepulta civilizaciones enteras. Nada podríamos hacer contra el desgaste de los días. El amor se llama Taur im Duinath. Yo creí que era mi sueño y vuestro reino, y ahora compruebo que es el sueño de ambos. Si abandonamos el bosque nuestra felicidad, nuestras posibilidades, nuestra libertad tienen sus horas contadas. Hagamos realidad nuestro sueño y será como derretirlo o ahuyentarlo, será malograr otra vez la oportunidad que siempre hemos tenido de ser felices.

— Pero tenemos los pies en el suelo, amado caballero —interrumpió Eärfin—, y el tiempo pasa de todas formas para Vos y para mí. Cada segundo llega a ser una aguja que se nos clava en el corazón, y nuestro deseo crece y crece hasta molestarnos en el pecho. ¿Qué haremos con ese tiempo si no estamos juntos?

— Vivir, Eärfin, vivir. No hay otro camino. La luz del día trae posibilidades, y en esa luz cada uno de nosotros deberemos ser y estar. Taur im Duinath es algo más, el lugar donde anidan nuestros deseos, y donde se ocultan de los rayos más crueles del sol, que acabarían borrando todos los rincones de nuestro amor. La sangre nos pide el suicidio, la historia nos exige la conjunción entera de nuestros pasos, y entonces sólo tendríamos un camino, y reñiríamos por él, por su destino, por su dibujo. ¿Queréis eso, amor mío?

— No sé lo que quiero, Seregorn —contestó tristemente Eärfin—. Quiero posarme mágica en vuestro hombro y perderme en vuestro cabello rizado. Pero también quiero teneros en los momentos de soledad, todas las noches, las mañanas, las tardes de invierno y las de verano, quiero teneros a todas horas...

— Mi sangre me pide lo mismo, dama de mis sueños. Pero mi sangre no os quiere tanto como yo.

Eärfin tomó la mano de Seregorn, estudió sus dedos, los besó uno a uno, y luego salió lentamente de la estancia sin dejar de mirar al caballero a los ojos. Seregorn supo que debía quedarse allí, esperando a que el hada se perdiese entre el gentío del mercado. Cuando hubo pasado una eternidad, el hombre se miró la mano que había acariciado y besado el hada, y luego la pasó por su pelo y por su barba para dejar prendido en ellos el aroma de la mujer. Entonces, lentamente, salió a la luz cegadora del verano, y tuvo la certeza de que Taur im Duinath siempre estaría allá, entre los dos ríos, un lugar sin prisas, un lugar imposible donde jugar junto a su hada.

domingo, 15 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (II)

acantil Seregorn retrasó más de lo previsto su partida del bosque. Taur im Duinath, la selva imposible que se derramaba en tierras extrañas, entre los dos ríos, lo cautivó hasta el punto de olvidar el descanso que lo aguardaba en su hogar. Seregorn se detuvo en Eärfin, se extravió en sus vuelos, perdió la orientación con sus travesuras de hada, se durmió, en las noches inventadas de Taur im Duinath, sobre los pechos infantiles de aquella mujer intemporal. Porque el tiempo no pasaba entre aquellas frondas, y el roce indescriptible de su piel con la del hada provocaba estallidos que espantaban a los pájaros y hacían esconderse a todas las alimañas. Se había enamorado de sus oídos.

Eärfin sonreía, y su risa hechizaba el aire, y todo alrededor se transformaba en locura: había almendros y cerezos que sufrían un invierno riguroso, y sus hojas caían presurosas sabiendo que nunca la nieve las había hallado en las ramas. Y a su lado algún ciruelo japonés o esbeltos árboles de Júpiter se lanzaban incongruentes a una primavera desenfrenada, y con pasión se cubrían de flores que cambiaban de color con los vaivenes del hada. Seregorn asistía cautivado a tal festival de imposibles, y cantaba canciones y recitaba estrofas que le permitían ver los dientecitos separados del hada, y luego besar sus labios blandos como la mañana.

Sonaban en el bosque melodías que Seregorn recordaba. Es más, los sonidos que surgían de la espesura se adaptaban perfectamente a su ánimo, y así, en el fragor de brazos y espaldas, en el nudo de sudor y caricias, sonaban ruidos excesivos y eléctricos, voces de monstruos blasfemos, sinfonías eternas y sobrehumanas. Y cuando dormía tras el amor sobre el vientre de Eärfin, un piano quedo desarmaba las aristas del presente y suavizaba las asperezas del destino. Pero hubo un día en que el son que se oyó fue diferente, y Seregorn tuvo un presentimiento.

— ¿Oís, Eärfin? Pienso en el verano, pienso en la soledad, hada mía —dijo Seregorn mientras peinaba con sus dedos la lluvia roja que era el cabello del hada.

— Sí, caballero, oigo vuestro verano —respondió con tristeza Eärfin—. Y presiento vuestra marcha.

Seregorn dejó su boca cerrada, y quiso beberse la tristeza del hada con un beso lento, delicado. Advirtió dos ojos brillantes como dos océanos, dos ojos multicolor bañados por unas lágrimas que hubieran fertilizado el desierto, dos ojos que también besó para que cambiara la música de aquel instante. Y así fue cómo unos graciosos violines comenzaron su descripción natural, y cantaron las bellezas de Taur im Duinath, y halagaron al hada que volvió a sonreír con una de sus mejores sonrisas.

hada2 — También oigo lágrimas que se precipitan por vuestras mejillas, caballero —repuso entonces Eärfin, sin dejar de sonreír—. No desmerecéis este bosque encantado, amor mío, y sé que disfrutáis como un niño con este juego de entusiasmo y melancolía. Las hadas nos morimos por jugar, respiramos juego, nos evaporaríamos súbitamente en cuanto dejáramos de jugar. Y Vos sois un hombre enamorado, os conozco, enamorado del bosque, de la canción de la vida, de unos cabellos rojos de mar que suspiran por Vos. Por eso os amo, y por eso os conozco.

— Eärfin…

— Callad, caballero —le dijo el hada poniendo un dedo blanco en los labios del hombre—, ahora es momento de mirarnos.

Y pasaron la mañana, y la tarde, y la noche mirándose a los ojos como si fueran dos árboles vecinos, como dos estatuas erigidas en honor a la dulzura. Antes de que la noche se desvaneciera, Seregorn alzó su mano de espada y la acercó a la fría mejilla del hada, y acarició luego su cuello escondido en ese mar rojo de sus cabellos. Luego, despacio, imperceptiblemente, acercó su rostro al de Eärfin, y en el letargo nocturno del bosque se prendió un beso atemporal.

— Volveréis, Seregorn —susurró Eärfin rozando sus labios con los del caballero.

— Volveré, Eärfin. Extenderé este bosque con mis pasos.

— Volveréis, Seregorn —repitió el hada.

— Volveré antes de que regrese la noche. Volveré a surcar con Vos estas frondosas veredas de sueño. La noche será nuestra contraseña.

Y Seregorn partió...

viernes, 13 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (I)

De los árboles colgaban guirnaldas de flores, con claros pétalos que crepitaban en la espesura entre los rayos delgados de sol. Eärfin voló hacia un hueco en el tronco desigual de un ciclamor cercano, y se posó en él salpicando sus paredes de una nube de polvo dorado. Aquella mañana el hada se adivinaba traviesa, ávida de aventuras, y por eso repasó el escenario escrutando con sus ojos de océano cada rincón del bosque.

hada Hacía días que nadie se internaba en aquel laberinto, donde una humedad virginal obligaba a la vida a crecer en cada centímetro, e inventaba tallos retorcidos, hojas de contornos espectrales, flores de colores desconocidos, ramas vestidas con elegantes telas de terso musgo, ranas menudas surgidas de la nada, setas mágicas… El sol lucía a jirones como un mero invitado, y por ello Eärfin destellaba blanca como la luna llena, y sus ojos abisales contrastaban como dos universos en su rostro suave de nieve.

Una mueca de disgusto se dibujó en su boca afrutada, y golpeó en señal de frustración el aire con sus brazos, reavivando la nube de polvo de oro. Se sentó convencida de su mala suerte, que ahora coincidía con su soledad. Todo el mundo sabe que las hadas conjugan una fecunda y extenuante relación social con el más perfecto sentimiento de soledad; aunque, a diferencia de los mortales, ellas disfrutan de esa virtud.

No obstante, al poco, un súbito y leve crujir de hojas secas suavizó la curva molesta de sus labios, y por el oriente advirtió el paso cansino de un caballo. La silueta desvaída de un jinete montaba bosque adentro, pero la cortina de agujas solares, que se colaba temblorosa, impedía que Eärfin moldeara en su ansia las facciones del caballero. La niña entornó concentrada los párpados buscando el foco preciso, y fue así como descubrió el semblante agotado de aquel mortal.

El jinete se tambaleaba sobre la montura. Sus ojos se cerraban mientras hacía esfuerzos por mantenerse alerta. Sin embargo, una espada envainada bailaba en su cadera y Eärfin la miró sorprendida, consciente al instante de que el cansancio no impediría que el caballero, en caso de peligro, la desenvainara y la blandiera en lo que dura un presentimiento. Por eso Eärfin, con el juego en los labios, sonrió y se lanzó centelleante hacia un viejo olmo en el que se ocultó para ver pasar de cerca al agotado mortal. Observó que era un hombre delgado, de barba y pelo rizados, con algunas canas que salpicaban su busto de largo viaje. Conforme el caballero se aproximaba, Eärfin saltaba silenciosa de árbol en árbol, con su níveo sayal flotando como niebla.

Por fin, el hombre se detuvo al pie de un gran álamo blanco, y se dejó caer de la silla hasta dar con su espalda en el tronco moteado del árbol. Ahora el hada desplegaba una risa completa, con sus cejas arqueadas por una tierna malicia que le servía de alimento, y cualquiera hubiera reparado enseguida en el pícaro hueco de sus dientecillos de crema. Impaciente, agitada, alborotando silente la supuesta parálisis del bosque, aguardó a que aquel mortal se desvaneciese en un sueño profundo que ella misma favoreció con el hechizo de una canción. Su voz, modelada en el silencio, elevó una melodía capaz de mitigar las fatigas del hombre, y éste cayó en segundos en una profunda sima de descanso y paz. Su latido se durmió, sus labios relajaron la tensión de la jornada, sus ojos cerrados se derritieron en la nada, y el caballero se internó en un sueño indescriptible.

Eärfin, entonces, detuvo su canto porque sintió que aquel sueño que bullía en la cabeza del hombre era, en efecto, un sueño enorme e insondable. Una nueva sonrisa volvió a mostrar sus dientes de sal, que lo decían todo de ella. Se impulsó con los brazos desnudos y en un corto vuelo se encontró en el hombro izquierdo del jinete, y por instinto arrimó su espalda al tronco, creyendo que así no sería descubierta en caso de que el caballero despertara. Pero de pronto miró sus pies, y cayó en la cuenta de que ya tocaban, con su liviandad, el cuerpo del durmiente. Ahora rió llevándose la mano a la boca, en un gesto característico del hada.

Con movimientos acordes a un ser mágico, sobre el fondo aéreo de su delicado vestido, durante una eternidad Eärfin examinó al hombre. Luego acercó sus ojos a la barba enmarañada, y se sorprendió sin deseo alguno de agarrar fuerte un cabello y tirar con todas sus ganas; era un delicioso hábito que éstos seres raramente dejaban pasar, pero Eärfin no se encontró capaz de hacerlo. Había memorizado cada pormenor de aquel rostro, y en su loca cabecita había construido una imagen, que ella creía fiable, de ese ser derrumbado y silencioso. Algo, alguna instancia desconocida para ella, le decía que aquel hombre era alguien muy especial.

Las hadas, con el amor, pierden el control sobre sus hechizos, y ahora su somnífero canto perdió todo efecto. El caballero regresó de su plácido descanso, y se internó en el sueño inestable y ruidoso de los que han vivido mucho. De ahí al despertar sólo media el leve tacto de unos piesitos de espuma. Fue así como, repentinamente, el caballero se alzó poderoso, de un salto en el que su espada voló de la vaina al puño. Eärfin, aturdida por la extraña sensación del amor, sorprendida por el súbito movimiento de aquel cuerpo enorme, apenas pudo usar su acostumbrada ingravidez, y cayó como fruta madura en el suelo alfombrado de hojas secas.

El caballero había despertado de su sueño, un sueño inducido, un sueño de colores extraños, y ahora, despierto, creyó seguir soñando. Con su espada aún alzada, miró a la muñequita de porcelana brillante que se incorporaba ligeramente ante él, apoyando sus diminutas manos sobre una gran hoja de catalpa. Eärfin también lo miraba, y aún después de la caída su boca de algodón se mantenía abierta, asombrada.

Lo propio habría sido un enfado tremendo del pequeño ser mágico, una reacción temible y peligrosa para aquel osado caballero, que blandía un arma nada menos que contra un hada. Además, pocos son los que disfrutan de la suerte —¿no sería mejor hablar de desdicha?— de tropezarse y contemplar a un ser mágico del bosque.

El brazo armado del hombre fue descendiendo lentamente, hasta que la punta de la espada se hundió sin ruido en el suelo húmedo.

— Sois… sois… —tartamudeó el caballero.

Eärfin terminó de levantarse y sacudió su vestido, y otra nube áurea la rodeó prestándole brillos multicolores.

— Vamos, acercad esa mano de bruto y recogedme —dijo inmediatamente después el hada—, ¿o vais a ser tan descortés de hablar conmigo desde esa altura?

Los seres mágicos del bosque, aun siendo entes gráciles y livianos, piensan, sienten y actúan a un ritmo vertiginoso. Por eso, cuando apenas se había apagado el eco del tartamudeo del caballero en el pacífico silencio de aquel paraje, Eärfin ya había recuperado su sagacidad y la claridad suficiente como para tomar el mando de la situación. Con todo, Eärfin se sentía en cierta forma incómoda, incapaz de dominar todas sus posibilidades y encantos.

El caballero envainó su espada y, nervioso, colocó su mano junto a Eärfin. Conocía muchas historias tremendas sobre estos encuentros, por lo que en él se mezclaban deseos encontrados: por un lado, el de montar en su caballo y huir; por otro, el de quedarse para no causar la más mínima molestia a aquella bella criatura y no estimular su ira; pero también sentía que el ínfimo perfil de aquel ser irrepetible lo invitaba a dejarse llevar por el destino.

¡Ah sí, el destino! Eärfin saltó a la palma endurecida de su mano, con un imperceptible vuelo que intrigó al caballero, y luego se sentó sobre la piel endurecida del hombre.

Ambos a la misma altura, se miraron. Nadie podría haber asegurado quién miraba a quién con más fascinación.

— Sois un hada… —acertó a decir el caballero.

— Vaya, veo que además de bruto gozáis de una aguda inteligencia —se mofó Eärfin—. Pues claro, caballero.

Pero ella misma se notaba también nerviosa, y se preguntaba por esa sensación extraña y ridícula que ahora la invadía, y que le impedía jugar con aquel frágil ser.

— ¿Cómo os llamáis, caballero? —preguntó Eärfin con una vocecita sensual.

— Oh, perdonadme, Señora, perdonadme mi descortesía. Mi nombre es Seregorn, caballero de la Orden de Luansúl, a vuestro servicio.

— Encantada, Seregorn —dijo Eärfin inclinándose ante la reverencia del hombre. Sus palabras salieron teñidas de traviesa burla, porque incluso con aquella rara sensación que la invadía Eärfin era capaz de comportarse como toda un hada.

— No podéis imaginar el placer que supone conocer a un ser como Vos.

— No hay nada más corriente que un hada —mintió interesada Eärfin.

— No me refería a vuestra condición mágica. Hablo de Vos misma, bella señora —y aquí Seregorn recobró el tono solemne de su voz poderosa, aunque pronunció cada palabra con una suavidad exquisita.

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Eärfin se sonrojó ligeramente, pero su tamaño tornó el rubor invisible. Sin temor por la incongruencia de sus actos anteriores, ni a lo que pudiera pensar el caballero de su repentina capacidad para volar, el hada flotó hasta una rama cercana, y su cuerpo quedó enmarcado por pequeñas flores lilas de paraíso.

— ¿Qué buscáis en este bosque, dulce caballero?

— Sólo pasaba. Mi ruta cruza esta zona oscura, de la que me previnieron en las villas que lindan con el bosque. Vuelvo a casa.

— Volvéis, vaya… —Eärfin no pudo reprimir una expresión de contrariedad—. Quiero decir, parece que habéis recorrido muchos caminos.

— He puesto mi espada al servicio de mucha gente que lo merecía. Es para mí un honor cumplir esa orden de los dioses que me obliga a luchar por el honor y la justicia.

Eärfin saltó del árbol, y conforme descendía, tal que un suspiro o un vilano, su tamaño aumentó hasta quedar a la altura del hombre. Entonces, el caballero, que fascinado había retrocedido algunos pasos, abrió sus ojos de par en par y dijo:

— Siempre se creyó que las hadas ejercían su maligna ocupación albergando cuerpos deformes y repulsivos, pero en Vos no acierto a distinguir tales rasgos ni a suponer acto vil ninguno.

— Bien podría, caballero, haber mudado mi apariencia y no ser éste mi aspecto usual —contestó Eärfin, sonriendo con malicia.

— Aunque lo juraseis sobre la piedra más sagrada, no os creería, Señora.