Al pensar en mi historia como padre no puedo evitar sentir un cierto resquemor, unas trazas inevitables de culpabilidad. Hubo momentos en que anduve de algún modo ausente de mis deberes paternales, pequeños períodos en los que, manteniéndome a su lado, las circunstancias se aliaron para abstraerme de esa vida de hábitos y seguridad que los niños necesitan para crecer con un mínimo de salud física y mental. Aun así, ni el resquemor ni la culpabilidad llegarán nunca a borrar esa otra sensación de haber estado fundamentalmente ahí, de haber dedicado tantas, tantísimas horas a mis hijos, de haberme sentido más y más orgulloso de ellos, de estar seguro que nada en mi vida puede ser ya más importante que ellos.
De todas formas, no creo que el hecho revista mucho mérito, puesto que, primero, desde el momento en que mi mujer y yo trajimos a estos enanos al mundo adquirimos con ellos una obligación (la de crear a su alrededor condiciones suficientes para la felicidad) cuyo incumplimiento supondría una abominable indignidad. Segundo, porque uno debe estar muy podrido para luchar contra la voz ancestral de nuestra sangre y dejar de cuidar a nuestras crías. Aunque el trabajo fue imperfecto y agotador, también se podría decir que fue natural, que las fuerzas necesarias para criarlos le vienen a uno de muy lejos.
Digo todo esto porque, leyendo el diario de Ribeyro, alcanzo un párrafo de 1968 que me emociona. Poco antes de llegar a este párrafo, en una entrada anterior leo que tiene un hijo, sin
haberlo consignado antes, y me da por pensar en que su silencio sobre el nacimiento de su hijo demuestra indiferencia y un cierto rechazo del propio Ribeyro a este chiquillo. Pensándolo bien, y habiéndolo seguido durante dieciocho años de diario, hubiera jurado que ser padre no era uno de sus primeros objetivos…
Recuerdo entonces algo que leí en 2002 en El País Semanal, donde Arcadi Espada entrevistaba a Carlos Castilla del Pino, entrevista en la que este señor discurría sobre la relación con sus siete hijos, cinco de ellos para entonces fallecidos. Y recuerdo que me escandalizó tanto… Mis hijos entonces tenían 9 y 7 años, y por cosas como las que cito a continuación, y sin necesidad de analizar su historia o su obra, consideré a este individuo perfectamente detestable.
[La muerte de mis hijos] No ha sido el máximo dolor de mi vida. A mí me ha afectado más, mucho más en mi vida, el no haber obtenido la cátedra de psiquiatría en 1960 que la circunstancia de la muerte del hijo. Son dos cosas totalmente distintas, desde luego. La pérdida de la docencia significó primero una frustración, y al mismo tiempo un ostracismo: dejé de ir a congresos de psiquiatría internacionales porque me encontraba con antiguos colegas (que temían saludarme por si les veía el mandamás de entonces) y era tan desagradable verles que dejé de ir durante bastantes años. Me afectó mucho. Mientras que cuando mi hija se quitó la vida..., yo inmediatamente me dije que esto no debía vencerme. Me blindé.
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A mí me han gustado los niños mientras descubren el mundo con la magia del andar, del tocar, y del hablar, pero ya después, a partir de los seis, siete años, ya no me han interesado. Soy muy susceptible ante lo que significa la perturbación del reposo del guerrero, y, desde luego, los hijos son un incordio. Lo tremendo del caso es que tanto mi mujer como yo nos casamos con la idea de no tener hijos, porque pensábamos en la carrera intelectual y ella en sus lecturas... Pero las cosas vinieron así. Vaya, que gracias al amor quedó embarazada. En aquella época no era tan fácil, ni siquiera para mí, ir a una farmacia y pedir preservativos.
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El primer deber de un hombre es ser feliz.
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Cuando los hijos ya son mayores, muchas veces se tornan conflictivos. Yo lo estoy viendo en la consulta cada día. Vienen padres machacados por los hijos, muy frecuentemente con problemas de drogas. Hay padres que me dicen: “Si se muriese, descansaría”. Yo lo vi clarísimo. Me dije que a mí no me destruirían ni mis hijos. Ni mis hijos ni Franco ni nadie. Yo tenía derecho a vivir. Yo cumplí mis deberes como padre. Ellos no tenían derecho a destruirme.
Más allá de su baja catadura moral, me sorprendió en este hombre su papanatez galopante a la hora de tratar el tema familiar, y me preguntaba qué perversiones profesionales no habría cometido con sus pacientes si se mostraba a todas luces incapaz de analizar con un mínimo de rigor las circunstancias de su fracaso como padre, si se le ocultaba algo tan patente como es que el fracaso de cinco de tus siete hijos algo tendría que ver con ese asco que parecía haber sentido por ellos.
Por eso, cuando leí este pasaje de los diarios de Ribeyro, de algún modo me vi reflejado, y en parte perdonado por todas las ausencias que pude cometer ante mis hijos…
Tres horas tratando de dormir al bebé para poder venir a mi mesa y escribir algo. Cada vez que me alejaba de la cama en punta de pie se despertaba y comenzaba a llorar y a llamarme. Finalmente lo dejo despierto y vengo. Se baja y me sigue, sin llorar esta vez y queda a mi lado, silencioso a pesar de que le he gritado («Duérmete, por favor, me voy a volver loco, tengo que trabajar»), mirándome, esperando que le haga una caricia, cayéndose de sueño pero de pie, aguardando que me reconcilie con él, lo que haré, claro, en este mismo momento, porque nada de lo que yo pueda escribir vale los segundos de zozobra, de pena, que le haría pasar y que puedo tan fácilmente conjurar con un solo gesto y una renuncia.