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viernes, 5 de octubre de 2012

El hechizo de la sencillez

A gato y ratón

En el autobús, delante de mí, ocupaban dos asientos preferentes un hombre mayor y una niña de unos seis o siete años, delgada, con largos rizos en su cabello brillante y oscuro, y el flequillo recogido con una hermosa flor de tela. Su cara delicada y sus gestos, bajando la mirada con frecuencia, denotaban timidez. Vestida con su uniforme de colegio, mantenía su mochila de ruedas al lado del asiento. El hombre, enfrente de ella, leía uno de esos periódicos gratuitos.

Repentinamente el hombre bajó el periódico, se inclinó sobre la niña y le dijo con voz poderosa:

― Nena, ya me has dado dos pataditas, y quiero cumplir otros ochenta años.

Y volvió a su periódico. La niña bajó una vez más la mirada, mientras la alegría que bañaba su semblante se diluía con rapidez, como se apaga una última luz. Los dedos de sus manos se removían sin saber dónde descansar, porque se sabía observada por los muchos pasajeros que llenábamos el autobús. Sonreí y crucé mi sonrisa con la de una mujer que también observaba la escena. Entonces miré desde arriba al anciano y pensé en el contraste entre la inocencia de la chiquilla y la oxidada irritación del hombre. Justo cuando empezaba a sentir antipatía por él, el viejo apartó otra vez el periódico y se dirigió a la niña con un tono algo más suave:

― Pero no te enfades, ¿vale? ―los ojos de la niña ocultos tras los párpados, fijos en el suelo―. ¿Te has enfadado? No, ¿verdad que no te has enfadado?

La chiquilla alzó la mirada un instante, en una muestra sutil de educación, y movió la cabeza para negar que se hubiera enfadado. Apenas los párpados volvieron a cubrir sus ojos, la niña se levantó, tomó su mochila y tiró de ella hacia el fondo del autobús. Allí su madre, de pie, cuidaba de dos pequeños que se removían sentados uno al lado del otro. La madre le dijo algo mientras ella se inclinaba sobre uno de los niños y le daba un leve beso en el pelo, un beso que la ayudara tal vez a disolver aquel sinsabor y regresar al hechizo de la sencillez…

lunes, 20 de febrero de 2012

Wenn dein Mütterlein

De los Kindertotenlieder, música de Gustav Mahler (1860 - 1911) y poema de Friedrich Rückert (1788 - 1866)
Thomas Hampson, barítono, Wiener Philharmoniker dirigida por Leonard Bernstein, 1988.
Pinturas de Vilhelm Hammershøi (1864-1916) y Van Gogh

Wenn dein Mütterlein

Wenn dein Mütterlein
Tritt zu Tür herein
Und den Kopf ich drehe,
Ihr entgegensehe,
Fällt auf ihr Gesicht
Erst der Blick mir nicht,
Sondern auf die Stelle
Näher nach der Schwelle,
Dort wo würde dein
Lieb Gesichten sein,
Wenn du freudenhelle
Trätest mit herein
Wie sonst, mein Töchterlein.
 
Wenn dein Mütterlein
Tritt zu Tür herein
Mit der Kerze Schimmer,
Ist es mir, als immer
Kämst du mit herein,
Huschtest hinterdrein
Als wie sonst ins Zimmer.
 
O du, des Vaters Zelle
Ach zu schnelle
Erloschner Freudenschein!
Cuando tu madre

Cuando tu madre
viene hacia la puerta,
y giro la cabeza,
para observarla,
mi mirada no cae
primero hacia su rostro,
sino sobre el lugar,
cerca del umbral,
donde tu pequeña carita
solía estar,
cuando tú, radiante de alegría,
entrabas, también,
tan normal, mi hijita.

Cuando tu madre
viene hacia la puerta
a la luz de la vela,
me parece como si
estuvieras entrando,
fugazmente tras ella,
como solías hacer, a la habitación.

Oh tú, trocito de tu padre,
¡ay, tan pronto,
mi alegría, tan pronto extinguida!

martes, 20 de septiembre de 2011

El alma de los mendigos

Mendiga

Me sentí tremendamente aliviado al verlo. Y justo al instante, por una inexplicable asociación de ideas, recordé aquella otra noche, en la que un tipo bravucón y engreído, con sus músculos hinchados de gimnasio y carente del más mínimo sentido de la compasión, se encaró con uno de los tres mendigos que se tambaleaban borrachos en el zaguán iluminado del banco. Y reviví el estremecimiento que sentí desde el otro lado de la calle, cuando aquel fanfarrón, por algún motivo que nunca averiguamos, soltó un directo a la cara del pobre hombre, lanzándolo contra el cajero automático y dejándolo allí tirado en el suelo, bebido y maltrecho.

Sí, me sentí aliviado al cruzármelo, porque quince años atrás este chaval, vecino de la urbanización, acariciaba a mi hijo y jugaba con él con frecuencia. Mi niño le sonreía, y en mí se gestaba un afecto instintivo por aquel chiquillo que se mostraba tan cariñoso con Adrián. Sólo un alma buena podía, en sus alocados siete u ocho años, comportarse así con un enano tan pequeño como el mío.

mendigo Luego, con el tiempo, en su adolescencia, le perdí la pista. Alguien me comentó que había tenido problemas con la justicia, y las veces que me topé con él parecía triste, cabizbajo, descuidado en el vestir, deambulando por el aparcamiento camino de ningún sitio. Tampoco me lo explico, pero me acordé esta mañana, cuando disfrutaba del aroma inspirador y fecundo de un jazmín. Y es que anoche me lo crucé cuando él, con camiseta y calzonas, se dirigía al parque a hacer algo de ejercicio. Me pareció más alto, su cara había recobrado el color, se le veía fuerte, vital, y entonces pensé con íntima alegría que aquel muchacho se había alejado definitivamente de los zaguanes de los bancos, que ningún bravucón lo golpearía con asco, que no se mearía encima por la calle ni el alcohol infectaría su sangre hasta el punto de ocultar esa alma valiosa que seguro, seguro, albergaba en su interior. Y me pregunté a la vez, aspirando de vez en cuando la flor diminuta, cuántos mendigos llevarían un alma hermosa oculta entre sus andrajos...

viernes, 19 de marzo de 2010

El muchacho de la bolsa

Son las tres y cuarto de la tarde. Bajo del autobús y camino hacia casa. Unos metros más allá presiento la figura de un muchacho, con una gran bolsa blanca de plástico al hombro. Empieza a hacer calor en Sevilla; los naranjos están a punto de estallar, mientras que los paraísos aún posan como silentes esqueletos, con racimos de frutos del año pasado colgando de sus ramas desnudas. El muchacho se ha parado un instante junto a un contenedor: lo abre, mira dentro y lo cierra apresuradamente para seguir andando. De vez en cuando gira un tanto la cabeza, como si le preocupara el espectador que le sigue. Viste unas zapatillas deportivas azul marino, nuevas pero baratas, un pantalón de chándal, también azul y algo más gastBasuraado, y un descuidado jersey de rayas. Su ancho torso no se corresponde del todo con la longitud de sus piernas; suele ser síntoma de una infancia con mala alimentación. Es curioso, parece como si una nutrición incorrecta no influyera en el crecimiento del torso, pero sí en el de las piernas. En la bolsa se transparentan objetos diversos, apenas reconocibles. Creo que el muchacho vagabundea hurgando en la basura, pero ahora camina decidido como si llegara tarde a algún sitio. No creo que tenga más de diecisiete o dieciocho años. Cuando veo a uno de esos insolentes jóvenes, de familias más o menos acomodadas, que han optado por la irresponsabilidad y van por el mundo perdonándonos a todos la vida, en absoluto me inquieta su falta de futuro. La vanidad, la petulancia de estos jóvenes evita que me compadezca de ellos. Pero en este muchacho que camina unos metros delante de mí, con una bolsa de plástico llena de cachivaches inservibles, adivino cierto desamparo. Las asas de la pesada bolsa se clavan en su hombro. ¿Distinguirá los días de la semana? ¿Cómo se puede vivir la juventud, esa época de perpetua primavera, de sorpresas y descubrimientos, metido hasta las cejas en el fracaso, en un fracaso que nuestra vida de caprichos hace aún más nítido? ¿Alguna vez habrá observado ese muchacho con envidia a mis hijos? ¿Habrá deseado por un momento volver a empezar, tener la oportunidad de reír sin miedos, sin impotencia? ¿O tal vez hará como los animales, nunca mirar hacia dentro de sí mismo? Siento una punzante lástima por él, por el ritmo de sus pasos cuando dobla una esquina y su camino diverge del mío. Sin querer, confusamente, pienso en mis hijos, y en lugar del muchacho los veo a ellos caminar sin rumbo por una ciudad insensata, con una bolsa blanca en el hombro, buscando inermes unos inservibles despojos entre las extravagancias de la gente feliz. Y siento la necesidad de escribir sobre este chiquillo, de liberar a mi alma del lastre de la compasión, de olvidar de algún modo esta historia, que tal vez no sea más que una más de mis invenciones; liberar mi alma mientras me dirijo a casa, a almorzar, a seguir siendo feliz.

viernes, 26 de febrero de 2010

El ser más feliz de la tierra

El parto había sido difícil, instrumental, y el médico tuvo que sudar para sacarlo de allí. La madre se comportó con mucho valor, siguiendo al pie de la letra todo lo que había aprendido en las curiosas clases de preparación al parto; y por mi parte me limité a estar allí, a su lado, tomándola de la mano y acariciándole la frente. No se esperaba de mí otra cosa...

Quiero recordar que cuando vimos a Adrián salir de su vientre, ni ella ni yo nos emocionamos demasiado. María había hecho un esfuerzo tremendo, y al salir el niño seguro que sintió alivio, mucho alivio; en cuanto a mí, acabé preocupándome por ella, por que viera al niño, por los meneos que las enfermeras le dieron al pobre cachito de carne, limpiándolo de sangre y de una caquita negra que el muchacho había hecho antes de salir al mundo. Cuando por fin el niño descansó sobre el cuerpo de su madre todos sonreímos y nos emocionamos, pero pronto el protocolo médico nos arrebató a Adrián de los brazos, y a la madre se la llevaron a la sala de despertar. Yo salí a dar la noticia, exultante por los abuelos y por todos. Y muy pronto los abuelos pudieron arremolinarse alrededor de su primer nieto. Jamás podré olvidar las miradas de mi madre y de mi padre sobre Adrián. Tíos, primos, algunos amigos, mucha gente fue llegando a ver a un niño que a mí me pareció el más hermoso del mundo. Opinión que, por cierto, matizaba al cabo de los meses cuando volvía a contemplar las primeras fotos del recién nacido, lleno de arrugas, amoratado, con Adrián bebé dormido la cabeza deformada por el parto… Un mes después Adrián sí podría haber pasado por uno de los niños más bonitos que nunca nacieron.

Pero luego de tanto trajín, de tantos abrazos y tantas enhorabuenas, de vivir la tarde con esa sensación extraña que es el nacimiento de alguien que marcará para siempre tu vida; después de mirar y remirar a Adrián sin acabar nunca de creerme el prodigio, se me dio la ocasión de descansar un poco, de quedarme solo. Llevaba horas de anfitrión de las visitas, y pendiente de las más mínimas necesidades de los protagonistas. Pero la madre necesitaba algo de ropa y habíamos olvidado algún artilugio para el niño, así que, dejándolos rodeados de familiares, bajé a la calle y me metí en el coche.

Aunque la música comenzó a sonar, dentro del coche se hizo un gran silencio, porque me había quedado solo, solo con esa sensación extraña, con la imagen de mi niño grabada en el cristal de mis ojos. El ritmo acelerado de mi corazón se apaciguó lentamente, acompasándose sin problemas al Madrigal de Rush, y en ese descanso que fue ganándome mansamente, mientras conducía hacia casa, supe con verdadera certeza que Adrián ya estaba en el mundo. Sólo entonces fui realmente consciente de ello, y de todo lo que significaría esa existencia. Y fue entonces cuando pude llorar unas sencillas lágrimas de alegría, sintiéndome por un instante, y por tan poca cosa, el ser más feliz de la tierra.

martes, 23 de febrero de 2010

Un bonito día de fútbol y primavera

Hacía siglos que no compraba un periódico, pero esta mañana me ha parecido preferible a escuchar a algunos de esos padres entendidos en fútbol. Ha amanecido un sábado increíble, aunque me encanta la lluvia, porque si no anega las casas ni los caminos siempre es sana, y mucho más en estos pagos donde en cuestión de semanas nos alumbrará un incansable sol de justicia. Juan tiene partido, y paseo hasta el polideportivo Calavera para verlo. He comprado El Público, comprobando pronto que no sólo es un periódico bastante vulgar, como todos, sino que me han timado un euro porque el libro de regalo no era un regalo, sino una compra obligada. Escritos revolucionarios de Ernesto Che Guevara, un libro que no me interesa demasiado y que igual tengo en alguno de esos rincones olvidados de mis estanterías.

Al llegar, el partido lleva casi media hora de juego. Pierde nuestro equipo, que va de visitante, uno a cero, pero acaban de pitar un penalti a nuestro favor. Los padres y aficionados del equipo local vociferan vistiendo de limpio al árbitro, un chaval al que no echo más de diecisiete o dieciocho años. Los nuestros marcan, y nuestros papás y mamás no se contentan con gritar gol y jalear a sus hijos, sino que dedican algunas impertinencias a la afición contraria. Los niños tienen catorce y quince años, y el calor de la grada los anima a calentarse. Uno escupe a otro, las entradas se hacen más duras, algunos simulan lesiones y pierden tiempo, y los más tratan de engañar al árbitro, que sin ayudantes pita como puede, equivocándose con frecuencia y recibiendo toda clase de insultos de mayores y pequeños. img001Marca su segundo gol el equipo local, y ahora es la afición local la que nos manda recados. Uno de nuestros padres, que no ha callado ni un segundo, y otro del equipo contrario se enzarzan en una discusión porque el contrario, discutiendo algo que dijo el nuestro, lo ha insultado. Por fin, llega el descanso.

Abro el periódico, y entre las estupideces sobre política que anegan sus páginas y distraen al lector, llego a esta noticia y me pregunto en qué jodido mundo vivimos. Por supuesto, yo mismo me noto capaz de pasar sobre ella sin conmoverme, y de volver luego a perderme en esta batalla de mamelucos que llaman partido de fútbol, a este encantador modo (uno más) de embrutecimiento de nuestra infancia, mientras en otros muchos ojos, pequeños e indefensos, se dibuja cada día y cada minuto el horror de la vida y de la muerte. Nadie, ninguno de nosotros debería poder descansar un minuto mientras un solo niño en el mundo sufra la injusticia de nuestros negocios. Pero aquí estamos, hemos perdido cuatro a dos, y los enemigos se van alegres, nosotros tristes porque los malditos tramposos siempre ganan de la misma forma, y porque el árbitro ha pitado descaradamente contra nosotros.

Cerca de los vestuarios saludo a Rubén, un amiguillo de Juan que ha jugado en el equipo contrario, y lo felicito porque nunca lo había visto jugar, y aun siendo bajito le plantó cara a un defensa enorme de nuestro equipo. El sábado, conforme avanza la mañana, se va convirtiendo en un hermoso día de primavera…

sábado, 10 de octubre de 2009

Un solo gesto y una renuncia

Al pensar en mi historia como padre no puedo evitar sentir un cierto resquemor, unas trazas inevitables de culpabilidad. Hubo momentos en que anduve de algún modo ausente de mis deberes paternales, pequeños períodos en los que, manteniéndome a su lado, las circunstancias se aliaron para abstraerme de esa vida de hábitos y seguridad que los niños necesitan para crecer con un mínimo de salud física y mental. Aun así, ni el resquemor ni la culpabilidad llegarán nunca a borrar esa otra sensación de haber estado fundamentalmente ahí, de haber dedicado tantas, tantísimas horas a mis hijos, de haberme sentido más y más orgulloso de ellos, de estar seguro que nada en mi vida puede ser ya más importante que ellos.

De todas formas, no creo que el hecho revista mucho mérito, puesto que, primero, desde el momento en que mi mujer y yo trajimos a estos enanos al mundo adquirimos con ellos una obligación (la de crear a su alrededor condiciones suficientes para la felicidad) cuyo incumplimiento supondría una abominable indignidad. Segundo, porque uno debe estar muy podrido para luchar contra la voz ancestral de nuestra sangre y dejar de cuidar a nuestras crías. Aunque el trabajo fue imperfecto y agotador, también se podría decir que fue natural, que las fuerzas necesarias para criarlos le vienen a uno de muy lejos.

Digo todo esto porque, leyendo el diario de Ribeyro, alcanzo un párrafo de 1968 que me emociona. Poco antes de llegar a este párrafo, en una entrada anterior leo que tiene un hijo, sin castilladelpinohaberlo consignado antes, y me da por pensar en que su silencio sobre el nacimiento de su hijo demuestra indiferencia y un cierto rechazo del propio Ribeyro a este chiquillo. Pensándolo bien, y habiéndolo seguido durante dieciocho años de diario, hubiera jurado que ser padre no era uno de sus primeros objetivos…

Recuerdo entonces algo que leí en 2002 en El País Semanal, donde Arcadi Espada entrevistaba a Carlos Castilla del Pino, entrevista en la que este señor discurría sobre la relación con sus siete hijos, cinco de ellos para entonces fallecidos. Y recuerdo que me escandalizó tanto… Mis hijos entonces tenían 9 y 7 años, y por cosas como las que cito a continuación, y sin necesidad de analizar su historia o su obra, consideré a este individuo perfectamente detestable.

[La muerte de mis hijos] No ha sido el máximo dolor de mi vida. A mí me ha afectado más, mucho más en mi vida, el no haber obtenido la cátedra de psiquiatría en 1960 que la circunstancia de la muerte del hijo. Son dos cosas totalmente distintas, desde luego. La pérdida de la docencia significó primero una frustración, y al mismo tiempo un ostracismo: dejé de ir a congresos de psiquiatría internacionales porque me encontraba con antiguos colegas (que temían saludarme por si les veía el mandamás de entonces) y era tan desagradable verles que dejé de ir durante bastantes años. Me afectó mucho. Mientras que cuando mi hija se quitó la vida..., yo inmediatamente me dije que esto no debía vencerme. Me blindé.

(…)

A mí me han gustado los niños mientras descubren el mundo con la magia del andar, del tocar, y del hablar, pero ya después, a partir de los seis, siete años, ya no me han interesado. Soy muy susceptible ante lo que significa la perturbación del reposo del guerrero, y, desde luego, los hijos son un incordio. Lo tremendo del caso es que tanto mi mujer como yo nos casamos con la idea de no tener hijos, porque pensábamos en la carrera intelectual y ella en sus lecturas... Pero las cosas vinieron así. Vaya, que gracias al amor quedó embarazada. En aquella época no era tan fácil, ni siquiera para mí, ir a una farmacia y pedir preservativos.

(…)

El primer deber de un hombre es ser feliz.

(…)

Cuando los hijos ya son mayores, muchas veces se tornan conflictivos. Yo lo estoy viendo en la consulta cada día. Vienen padres machacados por los hijos, muy frecuentemente con problemas de drogas. Hay padres que me dicen: “Si se muriese, descansaría”. Yo lo vi clarísimo. Me dije que a mí no me destruirían ni mis hijos. Ni mis hijos ni Franco ni nadie. Yo tenía derecho a vivir. Yo cumplí mis deberes como padre. Ellos no tenían derecho a destruirme.

Más allá de su baja catadura moral, me sorprendió en este hombre su papanatez galopante a la hora de tratar el tema familiar, y me preguntaba qué perversiones profesionales no habría cometido con sus pacientes si se mostraba a todas luces incapaz de analizar con un mínimo de  rigor las circunstancias de su fracaso como padre, si se le ocultaba algo tan patente como es que el fracaso de cinco de tus siete hijos algo tendría que ver con ese asco que parecía haber sentido por ellos.

Por eso, cuando leí este pasaje de los diarios de Ribeyro, de algún modo me vi reflejado, y en parte perdonado por todas las ausencias que pude cometer ante mis hijos…

RibeyroTres horas tratando de dormir al bebé para poder venir a mi mesa y escribir algo. Cada vez que me alejaba de la cama en punta de pie se despertaba y comenzaba a llorar y a llamarme. Finalmente lo dejo despierto y vengo. Se baja y me sigue, sin llorar esta vez y queda a mi lado, silencioso a pesar de que le he gritado («Duérmete, por favor, me voy a volver loco, tengo que trabajar»), mirándome, esperando que le haga una caricia, cayéndose de sueño pero de pie, aguardando que me reconcilie con él, lo que haré, claro, en este mismo momento, porque nada de lo que yo pueda escribir vale los segundos de zozobra, de pena, que le haría pasar y que puedo tan fácilmente conjurar con un solo gesto y una renuncia.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De Las Hurdes a Mazagón (1992)

Para algunos era su primer encuentro con el mar. Recuerdo aquellos días como una dulce condena: la responsabilidad sobre tantos chiquillos, las travesuras, los descontentos, los enfados, los mismos desajustes de la organización. Pero todo acababa siempre regado por sus sonrisas, por la luz que manaba a raudales de aquellos ojitos impagables. Y entre ellos algunos rostros que regalaban cariño con un candor y una sinceridad tal que sus miradas se quedaron grabadas para siempre en mi memoria…

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lunes, 16 de junio de 2008

Niños

DragónDesde el autobús, camino del trabajo, veo a Dani y a su madre. Es un chaval de trece o catorce años, demasiado bajo para su edad, y con un rostro de niño malo que se diría ya de delincuente. Carga con una mochila, que rehace un poco su imagen de niño. Permanece en el borde de la carretera muy serio, mientras su madre, una mujer avejentada, con aspecto de antigua prostituta, charla sin descanso y sin mucha esperanza de iniciar una conversación con su hijo. Dani es un chaval que espera cumplir la edad reglamentaria para poder abandonar el instituto. Repite curso, y ni mi hijo ni el resto de sus compañeros se relacionan a gusto con él. Dani es expulsado en casi todas las clases, y para los profesores encarna el típico caso sin remedio. Observándolo ahora junto a su madre, quiero imaginar las piezas que faltan en el rompecabezas de este chiquillo, en ese rompecabezas que a todos nos importa un absoluto bledo. Y luego pienso en la grandeza de nuestra convivencia democrática...

martes, 29 de abril de 2008