viernes, 20 de mayo de 2016

Palabras a la luz de un cumpleaños

046 Imagen006Me pregunto si algunos hilos de esta luz que me alumbra tocaron entonces tu carne, si aún conservan en su trayectoria, en esa que los hace vagar entre la vida y mis ojos, la fragancia de tus cuidados y de tu fidelidad.

Me pregunto también por la textura, por la fluorescencia de los recuerdos, o por el sabor luminoso de esas frases tuyas que jamás dejarán de tintinear en mi cabeza. Me pregunto qué clase de pavesas somos, mamá, de qué claridad oscura estamos hechos, y cómo vinimos a parar aquí, sucios y encenizados por los errores, pero empujados por la misma lumbre que encendió nuestros primeros pasos, en aquellos crepúsculos tuyos de palomas y germinares, en el esplendor límpido que dejaban sobre ti las tormentas.

Me pregunto, mamá, por qué andamos confundiendo la felicidad con la deserción, o por qué la luna sigue ahí, cada noche, en su implacable danza de espectros, sin moverse un milímetro de su camino, ajena a tu ausencia. Me pregunto por qué emborrachan los destellos del espíritu, por qué quema tanto el sol o por qué los laberintos han de removerse en esa luz ambigua, esa luz tan huérfana de tu abrazo.

Acaso todos los brillos se me van refugiando, con los años, en la música, para tomar aire sólo en ocasiones muy especiales, cuando la centella de un beso o cuando el desgarro que resplandece entre mis emociones. Acaso tenía razón esa mujer y no hay pasado ni presente, y acaso la aureola de esta alborada o el melifluo resplandor de este atardecer estén derramando su dulzura sobre ti y sobre tu hambre de vida…

Sí, tal vez. Quizás sólo es un fallo de visión, un efecto óptico del vacío, y puede que ahora estés aquí, a mi lado, preguntándote qué líos son estas preguntas, si al cabo la vida, cuando viene, viene, sin más. No, igual no te fuiste nunca, pero no puedo evitarlo, mamá, no puedo dejar de preguntarme por aquella luz tuya. No, no puedo parar de preguntar por tus manos…

jueves, 14 de abril de 2016

De las minucias al universo

W.A. Mozart, Sonata para violín y piano K. 304, 2º movimiento

Unas notas de piano, un violín que danza sobre ellas dibujando emoción. O una foto gastada, en la que un niño pequeño apoya su manita sobre el muslo de su padre, percibiendo a su lado la seguridad inmensa de su madre. Se adivinan el estremecimiento del hombre al sentir esos deditos, la felicidad sin resquicios de la mujer en una mañana cálida, bañada por una luz perfecta.

El quedo sentimiento de dolor, la pena que sientes cuando un camino muy tuyo se va borrando con los días. O esa dulce tiranía del amor, desmenuzada en besos exclusivos, en caricias tan certeras como Siriahuidizas, que te piden reincidir sobre esa sustancia ardiente de la que se empapa nuestra piel, esa cuyo aroma convierte los segundos en eternidades. O también el deseo acuciante de alcanzar a un hijo que, centímetro a centímetro, se aleja de tus brazos; la ambición excesiva de volver a sentir en tu muslo esa manita, de recomponer el desbarajuste inevitable del pasado…

Tal vez sea nuestra mayor contradicción: nos organizamos para crear las condiciones en las que puedan florecer todas estas diminutas sensaciones, pero en la propia organización las pisoteamos con nuestros destinos, con nuestras grandezas, con nuestra codicia. La organización nos aleja de nosotros mismos, y a la vez nos culpa, nos responsabiliza del desastre, nos exige participar, nos engulle en la labor de sus injusticias. El tamaño de nuestras ciudades nos disuelve, nos atomiza, nos menoscaba hasta convertir todas aquellas sensaciones diminutas, todas aquellos estremecimientos medulares en el indiscriminado murmullo del universo. ¿Qué importa que esa manita se pose sobre tu muslo eMamá, Papá y JM 2n un parque, en un día de sol y palomas, o que lo haga en medio del océano, con las olas abatiéndose como animales despiadados contra la inestable balsa, contra el inestable futuro de lo que más quieres, en el horror?

La televisión y su gran ojo, la mentira que sostiene a las verdades, la pose estrafalaria de las pasarelas, el desfalco de los graneros comunales, la maldad y la violencia, el cinismo y la desfachatez, nuestra ignorancia orgullosa, sumisa, las amenazas de las estructuras, la educación de la rutina y los millones de libros sin amor a las palabras. Los golpes, las llagas, la vileza sobre los niños… Llega la noche y uno se sumerge en las sábanas, y para limpiarse el corazón espanta andamios y rascacielos, callejones sucios y avenidas de mil carriles; se sacude uno las farsas, las infinitas farsas, y los tormentos, los ilimitados tormentos, y entonces, lentamente, empieza a sonar el piano, sobre el que el violín teje ilusiones, y va adivinándose la plaza concurrida de un parque, donde un chiquillo, con su alma limpia y transparente, posa la manita sobre el muslo de su padre, sintiendo la magnética protección de su madre, mientras las palomas van y vienen sin orden, jugando con el aire invisible, con el invisible universo.

martes, 14 de julio de 2015

Azúa, el venerable socialista

Félix de Azúa en AjoblancoNadie cuestiona que la edad nos aporta tanta sabiduría como conservadurismo, y yo, que voy ya cumpliendo años con cierta venerabilidad, voy comprendiendo que la buena sabiduría que se adquiere con la edad siempre está adornada de dudas, y que sin una cierta incertidumbre esencial nuestro saber no va más allá de una anquilosada acumulación de información. Y también voy comprendiendo que el conservadurismo que por defecto se achaca a la longevidad puede ser un síntoma de esclerosis mental o un curtido respeto a la razón y a las enseñanzas del pasado.

Hay individuos a los que las canas les sientan la mar de bien. Sin ir más lejos, esta semana se nos ha ido uno que con los años fue ganando en sabiduría y en saber hacer: Javier Krahe. Otros, como mi otrora maestro Savater, viven la vejez como una ocasión para desmantelar los beneficios de su existencia, para traicionar sus mejores momentos. Es también el caso del amigo Félix de Azúa.

En el tristemente arruinado diario El País, Azúa publica hoy una columna que me ha producido pena y verdadero asco. Aunque es verdad que a veces sostuvo posturas sorprendentes, que se rebelaban contra la opinión común, nunca fue Azúa un hombre revolucionario; más bien fue un tipo comedido, al que no parecían gustarle las voces y que parecía pensar, como otros buenos intelectuales, que la belleza del arte y la nobleza del saber podrían mejorar este mundo bastante más que las revoluciones. Azúa parecía un hombre desengañado y pesimista, y el desengaño y el pesimismo me parecen caminos bastante más seguros que el optimismo (revolucionario o reaccionario) para hacer de este mundo un mundo habitable. Ahora parece querer convencernos de que todo aquello no era más que una pose.

Hoy Azúa es ya Académico de la Lengua y vive de escribir artículos mediocres y libros donde sólo alcanza a verter esa sabiduría enciclopédica que para tan poco le sirve. Hoy Azúa parece un tipo sin incertidumbres y de ideas esclerotizadas, que ni siquiera se obstina en esos ideales caducos pero nobles, típicos de los venerables ancianos. Aunque se pretenda crítico con el partido, hoy Azúa es más socialista que nunca, socialista del PSOE, claro. Hoy Azúa es uno más de los azotes obsesivos de todos aquellos movimientos que, mejor o peor, se plantan contra la mentira del sistema actual. Azúa no tiene nada, pero absolutamente nada que decir contra las barbaridades que nuestro gobierno comete todos los días contra las personas; nada que decir contra la injusticia palmaria que impera en nuestro país, ni contra las desigualdades cada vez más profundas entre los españoles. Tampoco tiene ningún pero que poner a las leyes retrógradas que se van aprobando, ni a la mentira esencial de un Grecia El Rotosistema que cada día se parece menos a una democracia. Y no sólo no tiene nada que decir sobre el desprecio y la humillación de todo un país bajo las armas mercantiles de las organizaciones criminales que dirigen hoy Europa, bajo el talón guerrero de países que intentan reeditar pasados errores sangrientos. No, Azúa prefiere ganar unos duros con su columna anodina y vulgar, y decirnos simplezas inmorales como la de que el gobierno democrático de Grecia y los griegos son unos pobres diablos que no saben conducirse, y que quienes saben de verdad cómo se lleva todo esto son las autoridades europeas y el Fondo Monetario Internacional.

Podemos, partido que no parece dejar dormir a don Félix, está cometiendo muchos errores, y sobre eso se puede discutir sin problemas, pero la obsesión de nuestro amigo con este partido dice muchísimo más que las pobres razones que esgrime para participar en la campaña del miedo contra Podemos y la izquierda en general. Si Azúa se hubiese limitado a apuntar el desorden, la desunión y la poca profesionalidad de la izquierda en Europa, incluida la de Grecia, el artículo hubiese servido para algo, pero tal como se expresa, Azúa demuestra que es un ancianito irrazonable, antipático e inicuo. Y demuestra (si no está demostrado ya por tantas y tantas hazañas del socialismo obrero español) que ser socialista hoy es ser de derechas. Azúa y sus amigos socialistas, sobre todo los que a principios de este período democrático más contribuyeron a crear el negocio y la marca España, y el negocio y la marca Europa, pertenecen a una derecha rancia, a una derecha a la que le falta dar dos pasitos para convertirse en fascista, a la moderna derecha fascista que ha destrozado una y otra vez este pobre país y el continente europeo.

viernes, 12 de junio de 2015

Convalecencia en Remior

Convalecencia en RemiorLeo muy pausadamente, murmurando los versos por ver si así les abro las puertas cansadas de mi corazón, y acabo asistiendo a los últimos besos del sol sobre el verano de Remior.

He salpicado entre estos días y entre mis prosas algunas estrofas de Juan Ramón, de Aleixandre y Federico, y entre ellas el murmullo de los poemas de José Carlos. Contra la grosería de la servidumbre circadiana, de la prisa y el biorritmo obsesivo, los poemas brindan el alivio del abandono, nos conceden un tiempo de verdades susurradas, de fecundas y cadenciosas incertidumbres. Y también nos ayudan a mirarnos con piedad, justo cuando ya no vamos a ningún sitio y podríamos ir a todos.

He recordado Arancedo, aquel invierno dentro del verano, el agua tanta como el aire: en las acequias, en la respiración, en los horizontes. Recuerdo las tardes con aquellos silencios rebosantes de humedad, paisajes de nubes, de claros de oro, de hortensias y nieblas. Estuvieron aquellos dos pájaros que dialogaban de este a oeste, uno en el prado, erguido sobre un poste desnudo, el otro oculto en el tupido bosque. En aquel diálogo recuerdo que pude conjugar algunas de mis tristezas. Y ahora, en el libro de José Carlos, me topo con esa misma ventana, la ventana desde la que el poeta mira mientras pinta luces y sombras sobre el papel…

Me gusta ver a un hombre del norte asombrarse con la lluvia del verano. Aquí en 306 08  DSC00223el sur el aguacero caliente, la lluvia de los gitanos, es casi una leyenda, como el rayo verde del crepúsculo. ¡Ay, ese olor a tierra mojada, esa muerte del estío que aquí resiste meses hasta que llega el consuelo de alguna lluvia!

En sus versos, José Carlos suplica la calma, implora ser hombre sin extraviarse en la certeza. Yo no querría suplicar, no querría ese reposo, pero a veces sé que moriré antes de tiempo si no consigo esa muerte anticipada que es la calma.

Y sabes del mismo modo
que la calma es el único país
que hace sabios y libres a los hombres.

Hay que reconocerlo: cuando advertimos que la muerte se acerca y nos rendimos, incluso cuando sólo la vemos venir, ¿no conseguimos acaso la libertad? Porque a cambio sólo nos queda esta labor incansable de mirarnos, este vano esfuerzo por conocernos cuando, además, todos los caminos, incluso los más lejanos, incluso los que parten de las ventanas abiertas, conducen siempre, siempre a nosotros mismos.

Es cierto, amigo mío, también nos queda el consuelo de las palabras, el frescor a veces despiadado del olvido que nos permite asombrarnos una y otra vez con la naturaleza, con esa necesidad innecesaria, con ese mundo noble y ajeno al que sólo podemos acceder sin sentencias, sólo con incertidumbres. Sí, es cierto, porque en las palabras están todos los espejismos…

320 08  DSC07017No, yo no querría la calma, no querría hundirme en el terror a lo infinito, en esa querencia infantil por la madriguera y su calidez soñolienta. Yo no querría, pero luego me quedo al abrigo de la cala, contemplando de lejos, borrosos, los peligros germinantes de alta mar. Y sólo tras esos peligros nos cabe el deseo de volver al hogar, llevados y traídos por los vientos desde el abismo al cimiento, desde la raíz al espacio…

Pero en Remior el poeta nos cuenta que hay otros océanos, y nos habla de la magia de los hijos, de esas vidas que se desgajan como trozos arrancados de nuestra carne a los que miramos marchar, entre los más grandes dolores, entre las más sublimes dichas. No hay ojos más enamorados que los ojos de una madre, que los de un padre…

En la convalecencia de José Carlos no hubo patria más allá del corazón, no hubo mayúsculas ni historia que legitimasen patrias graves, ni escenarios ni aposturas que certificasen patrias respetables. Los versos musitan una patria ínfima e íntima, en la que por caber cabe todo el mar de Asturias, ese Cantábrico decidido y discreto con sus fabulosos vientos, que llegan desde el otro lado del universo para fabricar una espuma conmovedora. Y cabe el amor perseverante, esa dádiva exangüe que aún nos trae la vida, un amor que permanece ahí, apoyado sobre una esperanza gastada. Sí, es el desmayado amor que se sostiene sobre esa última tanda de latidos, que nos deja creer en la resurrección de tantas dulzuras quizá por siempre perdidas, que nos permite sopesar milagros y quimeras como si la noche nunca fuera a caer sobre las cosas…

De Remior brotan también advertencias, como la que nos previene contra la mezquina divinidad individual, contra la vanidad de los bípedos, contra las auras de saldo. Ahí están, en el otro extremo, abandonando remisos la playa, los últimos bañistas, los últimos del día, los últimos del verano…

Que ellos son el verso perfecto.
Son la palabra justa.
Son el día dichoso.
Son la vida apurada.
Son el deseo sin desmayo.
Y son, finalmente y sobre todo,
el coraje que nos redime
del compás implacable de las horas.

¡Ay, morir de vida en la visión de esos últimos bañistas, que al regresar al invierno entregan su mar a la oscuridad infinita! Porque lo diminuto es lo infinito y viceversa, y porque el sosegado tacto del anochecer, la sencilla melodía de lo minucioso contiene universos engarzados. Porque no hay fin alguno ni hacia abajo ni hacia arriba, porque el firmamento se dobla hasta devolvernos nuestra propia luz, nuestra propia mirada, nuestros propios versos.

martes, 14 de abril de 2015

Los santos mártires de siempre

101576999El pasado 12 de abril, Fernando Iwasaki publicó en el diario ultraconservador ABC un sentimentaloide artículo titulado Je suis Chrétien. Para los que como yo no sepan francés, su título no significa Soy cretino, sino Soy cristiano. En el texto, don Fernando, además de reivindicar su esencia cristiana, nos viene a decir que, mientras otros se solidarizan con los dibujantes de Charlie Hebdo, él lo hace con muchas decenas de miles de cristianos que están siendo asesinados en el mundo. No deja claro si piensa, como tantas otras personas religiosas en el mundo, que lo de Charlie Hebdo pudo haberse evitado no tanto con una mente de los asesinos menos podrida, menos fiel y religiosa y más civil, sino con la moderación de la libertad de expresión de los humoristas.

En el primer párrafo lista exhaustivamente las víctimas cristianas de los fundamentalismos religiosos y políticos. Diferencia en el segundo párrafo entre la “conciencia humanista o humanitaria” (la que se tiene con la humanidad) y la “conciencia de la pertenencia” (la que él aplica a su gente, que en este caso son los cristianos del mundo). Iwasaki se declara por tanto mucho más cercano a todos esos cristianos muertos (los suyos, a cuya comunidad pertenece) que al resto de las víctimas. En el tercer párrafo afirma que el cristianismo no sólo es fe, que también es “nuestra historia, nuestra cultura y nuestra civilización (que nos pertenecen a todos)”. Por último, en el cuarto párrafo profetiza que los enemigos del cristianismo acabarán invadiéndonos, y que entonces él se preguntará si hizo todo lo que estaba en su mano para evitarlo.

No sé por qué me parece que don Fernando supone que, si algún día llega el Ejército Islámico a nuestros pagos, los cristianos (los suyos) serán martirizados y los demás aplaudiremos con las orejas. Igual padece de esa típica paranoia llorona de todas las religiones, y cree que los únicos a los que persiguen esos vándalos del Estado Islámico son los cristianos.

Alberto MonttEs curioso que el autor dedique su artículo no a sus hermanos de fe, con los que humildemente no osa compararse porque —al menos eso da a entender— todos son personas excelsas e intachables. Lo dedica “a quienes viven a extramuros de la fe o a quienes la tuvieron y la perdieron”. Y afirma sin empacho alguno que todos esos cristianos asesinados por el mundo podrían haber sido su familia, sus hermanos, su gente. Es decir, la conciencia humanitaria de nuestro cristiano amigo no tiene para él la importancia que tiene su conciencia de pertenencia. Si algo le une de verdad a sus semejantes es su fe, y por supuesto la fe de sus semejantes. Quienes no la tenemos, o la tuvimos pero la perdimos, no somos sus semejantes, o en todo caso somos semejantes de segunda categoría, tal vez semejantes pendientes de salvación.

Al leer los evangelios nadie con dos dedos de frente puede negar que el cristianismo se creó como una religión excluyente… como todas. Su acogedor proselitismo, complementado durante siglos con métodos monstruosos de conversión de infieles, sólo viene a reforzar ese carácter excluyente. Como buenos sectarios, los cristianos (cuando cumplen con sus dogmas) sólo admiten a los que no lo son en tanto que posibles conversos. En los últimos tiempos las leyes del mercado (pocas veces humanitarias) los han obligado a tragarse sus métodos criminales de captación de fieles, porque el capitalismo es una religión más adaptada a los tiempos que la cristiana. No obstante, siguen manteniendo una estructura poderosa de propaganda, una red de privilegios que mancha todo occidente con sus pamplinas. La humanidad de Cristo y de los cristianos en general fue desde el principio una humanidad de conveniencia, muy de pertenencia, especialmente redentora. No hay fe sin misión salvadora, y el artículo de don Fernando es una más de las infinitas pruebas de ello. Están los cristianos y los demás. Huelga decir que la mayoría de los cristianos no va por ahí excluyendo a los no cristianos, pero sí lo hace su Iglesia, sí lo hacen sus dogmas, y sí lo hacen sus más obsesivos acólitos, que son los que dirigen el cotarro y los que los jalean con artículos absurdos como éste.

portada-puta-babilonia_grandeDon Fernando pertenece a la comunidad cristiana no sólo por tener fe en ese barbudo Ente Imposible, sino porque su propio ser “se asienta sobre las enseñanzas de unas personas extraordinarias y de una fe inmensa”. Supongo que don Fernando no obtuvo ni una sola enseñanza de ateos, agnósticos, musulmanes, judíos, budistas… Supongo que no leyó ningún libro de esta gentuza, ni aceptó lección alguna que viniera de alguien que no compartiera la fe de los suyos. Sin embargo, se permite el lujo (tal vez pecaminoso) de habitar en “aquellos márgenes” en los que vive esta ralea impía, lugares en los que, según él, resulta tan difícil hablar de Dios. Se dirige a la gente que está en esos márgenes, más allá del centro piadoso del mundo, porque Dios no es sólo cuestión de fe, sino también “nuestra historia, nuestra cultura y nuestra civilización”. Nada más lejos de mi ánimo que rechazar las aportaciones culturales de nadie, tampoco de las religiones, pero junto con esas aportaciones (a veces divinas) hay que reconocer todos sus errores, sus estupideces, sus crímenes, y la Iglesia Católica atesora suficientes para rellenar un buen número de tomos de la Historia Universal. Las contribuciones del cristianismo a nuestra civilización no pueden ser valoradas mirando a nuestros padres, por muy extraordinarias personas que sean o hayan sido. Mi madre era muy devota de Fray Leopoldo de Alpandeire, mi abuela de Santa Ángela de la Cruz y de San Martín de Porres, y mi padre era muy devoto del Sevilla F.C., lo que no debería llevarme a considerar al Sevilla F.C. como una de las maravillas del universo, ni a negar que las aportaciones fundamentales de la Iglesia Católica a nuestra historia, a nuestra cultura y a nuestra civilización alcanzaron hasta no hace mucho cotas de depravación que ríete tú del Estado Islámico. Claro, ahora son estos bárbaros los que, con ese concepto siempre retrógrado que es la idea de Dios, andan destrozando al infiel, pero ¿debo recordar a don Fernando Iwasaki que la inmensa mayoría de las víctimas de los fundamentalismos en el mundo son actualmente musulmanes? Por otro lado, si todo es cuestión de herencia y cercanía, y mientras no nos invadan los bárbaros de fuera, en occidente lo que andamos sufriendo (entre otras maldiciones, muchas de ellas bien relacionadas con la Iglesia y con medios como el ABC) es un estado confesional en el que todos, por narices, hemos de sufragar los gastos de una organización machista, dictatorial y corrupta que cree estar por encima del bien y del mal.

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Acabo con una frase asombrosa que el señor Iwasaki suelta al final de su artículo: “La persecución religiosa llegará hasta Europa desde Asia y África, y sin duda hará sangrar a nuestros países. Si tal cosa sucediera no pienso negar quién soy y de dónde vengo, porque el derrumbe de las civilizaciones comienza con la abdicación de las conciencias individuales” (el subrayado es mío). Primero, señor Iwasaki, las civilizaciones se derrumban normalmente por agotamiento, y no pocas veces porque surgen precisamente conciencias individuales y libres que, hartas de seguir los dictados de un poder corrupto y gastado, no abdican, sino que luchan para que el mundo cambie. Pero sobre todo, ¿en serio quiere decir usted que el cristianismo fomenta las conciencias individuales? La fe en una fosilizada filosofía de vida, la adhesión forzosa a una sarta de dogmas y verdades irrefutables, a una lista interminable de estupideces con rango de ley divina, ¿una fe así alimenta la individualidad de las conciencias? Además de cristiano, este artículo es pura charlatanería xenófoba y un insulto a las conciencias individuales, a la historia y a la inteligencia humana. Aunque igual el dios del señor Iwasaki anda dando saltos de alegría con estas memeces…

viernes, 27 de marzo de 2015

Democracia

1396459239_621078_1396459387_noticia_normal(Del lat. tardío democratĭa, y este del gr. δημοκρατία).

1. f. Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos.

2. f. País que tiene esta forma de gobierno.

3. f. Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes.

4. f. Forma de sociedad que practica la igualdad de derechos individuales, con independencia de etnias, sexos, credos religiosos, etc.

5. f. Participación de todos los miembros de un grupo o de una asociación en la toma de decisiones.

Esto según la RAE. Pero ¿qué es la democracia? Para que un régimen se considere democrático, ¿basta que el poder político lo ejerzan los ciudadanos a través de sus representantes? Si el pueblo no vive en condiciones de saber cuál es el mejor de sus representantes, o ha sido educado en la dejadez y la ignorancia política, ¿sería esto una democracia? Se habla de soberanía del pueblo, ¿qué condiciones ha de cumplir la soberanía para serlo? ¿Quién establece esas condiciones necesarias? ¿Son el derecho al voto y el sistema electoral actual una muestra suficiente de la soberanía del pueblo en nuestro Estado? Si en un régimen político los derechos individuales de los ciudadanos son pisoteados en nombre de la soberanía del pueblo, ¿sigue siendo una democracia?

Bb7Dp4NCAAAl3XFAyer leí en las redes sociales una interesante discusión sobre la situación de Andalucía tras las últimas elecciones. Alguien apuntaba que, desde la óptica de los votantes de Podemos, sólo un 15% de los votantes (es decir, un 9,6% de los andaluces con derecho a voto) consideraron que la situación debía cambiar radicalmente. Esta persona creía que Podemos y sus partidarios no sólo deben admitir los resultados, sino dejar también de considerar que todos esos votos ajenos son ignorantes o esclavos. Para él, esto era la democracia, saber que cada voto vale lo mismo, que cada voto es libre y que, por tanto, el gobierno debe ir justo por donde el pueblo soberano decide ir. Y al que no le guste, sólo le queda la opción de cambiar las cosas desde dentro.

En mi opinión, esta reflexión en apariencia incontestable se aferra a un concepto bastante estúpido de democracia. La democracia no vale un pimiento si en ella no se respetan institucionalmente los derechos fundamentales del ser humano, y si no se buscan con denuedo las condiciones mínimas en las que los ciudadanos puedan tratar de ser felices. Del mismo modo, nuestra Constitución no sirve para nada si sólo se cumplen los artículos que interesan al gobierno de turno, y no los que afectan a esos derechos fundamentales. Si fuera posible una dictadura en la que el único derecho que se nos hurte sea el de poder acceder al cargo máximo del gobierno, pero que organice racional y humanamente los servicios públicos, que permita la iniciativa privada y proteja los derechos básicos entre sus ciudadanos, esta dictadura sería infinitamente preferible a una democracia idiota exclusivamente basada en el derecho al voto. Por supuesto, nunca existió tal dictadura, y mucho me temo que nunca existirá, por lo que sólo nos queda mejorar nuestro concepto de democracia y exigir que la que tenemos alcance los mínimos para que pueda ser considerada como tal.

Hitler llegó al poder a través de las urnas. No escondió sus intenciones, y un sinnúmero de alemanes delegaron democráticamente en él su poder ciudadano. Muchos más aplaudieron luego sus decisiones, incluidas las de invadir otros países y declarar la guerra al mundo en nombre de la raza aria. Además, el soberano pueblo alemán decidió en masa mirar hacia otro lado cuando Hitler y sus secuaces torturaban y asesinaban a millones de personas. No hay nada como acudir al extremo de un argumento, en este caso un extremo bien real, para descubrir las vergüenzas del mismo. Si mañana el pueblo español decidiera prohibir el uso de cualquier idioma que no fuera el castellano, o, como parece plausible, reinstaurar la pena de muerte, podrían alzarse voces en contra de tales desatinos, pero a los disgustados, según algunos, no nos quedaría otra que admitir el asunto como una muestra más de salud democrática. Y no es así, ¿verdad?

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La democracia no es sólo un sistema político en el que los dirigentes son representantes elegidos por el pueblo, ni siquiera aquel en el que el pueblo predomina en el gobierno, como establecía la antigua definición académica del término. La democracia es mucho más que eso. No hay democracia sin derechos humanos, sin derechos fundamentales. No hay democracia sin educación, que es la garantía de que cada uno de sus ciudadanos tome sus decisiones de un modo consciente e informado, con todas las garantías para que ese voto no sea manipulado por el propio gobierno. No hay democracia con miedo, y por eso no hay democracia si la gente no se siente segura en el terreno de la vivienda, de la salud y de los servicios sociales. Como decía nuestro amigo en la discusión virtual, el ciudadano vota a quien le sale de los cojones (o de los ovarios en su caso), pero el derecho democrático no es ése, sino el de votar en condiciones, con uso de razón democrática, con información y formación, y con los límites que establecen los derechos fundamentales de los demás.

Por supuesto, no hay una línea exacta en la que podamos establecer la frontera entre lo que es y no es democracia. La democracia es algo vivo que va y viene en el camino a la felicidad social, pero en ese vaivén se puede encontrar más lejos o más cerca de la quimera, y hoy nuestra democracia se encuentra lejos, lejísimos, y sufre de tantos defectos que son lógicas las dudas sobre si se la puede seguir llamando así. Cuando la mayoría de los ciudadanos vota por continuar con una política que vulnera los derechos fundamentales de las personas, en bien de la libertad de enriquecimiento de unas minorías, entonces la democracia se desvanece.

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Vivimos en una región y en un país en los que el analfabetismo funcional aumenta alarmantemente, en los que la educación ha dejado de ser un valor y en los que nuestros niños y niñas se zambullen prematuramente en una sociedad zafia, diseñada para el entretenimiento más superficial y canalla. Vivimos en una región y en un país donde la mentira y la corrupción campan a sus anchas, y donde los órganos superiores de justicia sancionan con sus enmarañados y arcaicos tecnicismos la impunidad de los poderosos. Vivimos en un país y en una región donde los dirigentes son especialistas del eslogan y del engaño, donde no pasa nada si un sinvergüenza incumple flagrantemente su programa electoral y donde la política se dirime entre mafiosos, entre individuos despreciables y aduladores repugnantes que embaucan con pasmosa facilidad al pueblo soberano.

En la conversación virtual, alguien concluyó, como no podía ser de otro modo, que ni Podemos ni nadie podía sentirse legitimado para tachar de ignorantes a los ciudadanos que no habían votado a su opción política. Venía a decir poco menos que el pueblo nunca se equivoca, que la soberanía es precisamente eso: un pueblo que vota lo que le sale del alma y unos representantes que ejecutan sus mandatos. Semejante bobada ignora (por simpleza o por maldad) todos los problemas que componen el contexto de un voto, todos los ardides que nuestros representantes usan para que la voluntad ciudadana se rinda al poder y no al revés. Es un círculo vicioso diabólico que los poderosos manejan con más o menos mesura, dependiendo de su mayor o menor codicia. Es un círculo vicioso que, a partir de cierto momento, sólo puede romperse con la revolución. Sé que gran parte de las revoluciones han terminado siendo farsas para apuntalar o incluso aumentar las injusticias, pero la revolución ideal no tendría otro sentido que el de romper con un régimen de injusticias que no puede cuestionarse desde dentro, y da igual que esa injusticia la decida un tirano o una muchedumbre de peleles incapaces de oponerse a las milongas pseudodemocráticas de un gobierno elegido en las urnas. No estoy proponiendo la revolución, porque como pasa con las dictaduras, las revoluciones raramente han dejado de ser episodios de masacre y mentiras. Pero insisto en que la democracia del simple voto puede llegar a ser tan perversa como las dictaduras, y a aquellos ciudadanos que aún no quedaron del todo ciegos puede no dejarles otra alternativa que la ruptura con el régimen.

No pertenezco a Podemos, pero creo sinceramente que el voto de los andaluces ha sido, en términos generales, un voto ignorante, dócil, insensible o en el mejor de los casos resignado, un voto acorde a la situación educativa y cultural de nuestra comunidad, que es alarmantemente penosa. Y creo que los mecanismos democráticos que disponemos para cambiar esta situación son inútiles y están bien controlados por nuestros más conspicuos e influyentes representantes, de forma que nadie pueda cambiar los cimientos del escenario. No pido la revolución, pero sí tengo derecho a sentirme decepcionado por un pueblo que de sabio y soberano sólo tiene la presunción.

mafaldademocracia

Viñetas de El Roto, Leandro, Miguel Brieva y Quino

jueves, 26 de marzo de 2015

Divagaciones sobre la más santa de las semanas

Después de casi un año de ensayos, la banda de cornetas y tambores que ha venido ambientando muchas de mis noches podrá procesionar por fin con el santo y la virgen de turno. Luego descansarán unas semanas y comenzarán prontito los ensayos para el OLYMPUS DIGITAL CAMERAaño que viene. Recuerdo el encontronazo que, hace ya bastantes temporadas, tuve con una de estas bandas. Mis niños eran pequeños y a las nueve y media de la noche solían estar en la cama. Meses antes de la Semana Santa, cierta banda intensificó sus ensayos, llevándolos diariamente hasta más allá de las doce de la noche. Se plantaban a unos cien metros escasos de nuestras ventanas, en el parque, y los trompetazos y redobles de tambor se colaban en nuestros dormitorios como si toda la banda se hubiera metido en la cama con nosotros.

Un día, harto de protestar a la Policía Local, con la reacción acostumbrada de esta institución, es decir, ninguna, y conocedor de que la normativa municipal permitía a los músicos tocar a sus anchas hasta las once de la noche (aunque a todos los efectos, y puesto que nadie iba a reñirles, podían tocar hasta la hora que les saliese de sus sagrados cataplines), harto de aquello, digo, bajé a hablar con los muchachos. La banda estaba compuesta por un numeroso grupo de chavales, que me recibieron extrañados. Les expuse la situación y mientras unos mantuvieron silencio, otros conversaron conmigo, entendiendo mis problemas pero quejándose de que los echaban de todos lados, y que en algún sitio tenían que tocar. Hasta ahí, y a pesar de mi irritación, todo fue sano y cordial. Pero hete aquí que el capitán de la banda salió de entre la muchedumbre.

1215Era un tipo de mediana edad, con impoluto traje de chaqueta azul marino y medalla de la hermandad. Las entradas generosas, el pelo hacia atrás, engominado, los rizos brillantes en la nuca y las grandes patillas profundamente sevillanas podían valer tanto para mandar al cielo a la madre de Dios como para guiar, de corto y con arte, una yegua en el Real de la Feria. El tipo se dirigió a los chavales que hablaban conmigo y, con esa chulería típica de la auténtica sevillanía, les dijo que no me hicieran ni caso, que mis protestas no eran más que tonterías, y que tenían que seguir con el ensayo. Todo mi enojo se concentró en aquel tipo, y sólo la idea de ser vapuleado por toda una banda entera de cornetas y tambores me impidió que, tras mirarlo fijamente, me fuera para él y le sacara a guantazos toda su chulería. No recuerdo bien lo que dije, pero me fui a mi casa como un ciudadano ejemplar: jodiéndome con lo que hay.

Desde entonces nuestra adaptación al ruido de coches discoteca y de las santísimas bandas ha mejorado una pizca la situación, mientras la Policía Local y el Ayuntamiento persisten en su tradicional pasividad. Y es que en esta ciudad hablar de Semana Santa es tocar la esencia eterna de nuestra condición de sevillanos. En esta ciudad insondablemente mariana, hemos trascendido como en ningún otro rincón del planeta los ya life-of-briande por sí insensatos preceptos de la religión oficial. Nos hemos saltado a la torera las Verdades del secular imperio católico, y las hemos engalanado con nuestros cristos variados y nuestras vírgenes de truculento nombre. Como a otros les da por lanzar burros desde un campanario o por estallar un saco de petardos para expresar su esencia inmortal, los sevillanos nos lanzamos a las calles para derrochar fervor y rezar en buena comandita ante unas figuras que relegan a los Churriguera al minimalismo.

A pesar de los instantes de auténtica inspiración artística, en los que las calles y el azahar ponen mucho más que la propia farsa santa, y a pesar de que una gran parte de los espectadores asiste a la función con una sanísima (que no santísima) distancia espiritual, en Sevilla se agita un cosmos de hermanos mayores, de pregoneros iluminados, de mantillas y peinetas, de promesas y milagros, de penitencias, bocadillos, devoción y prehistoria, de solemnes pamplinas convertidas en evidencias místicas que a ningún condenado ateo debería nunca ocurrírsele poner en entredicho.

DSC04597Un domingo de Ramos en que mi amigo Curro Bizcocho asistía al regreso de la Paz por el Parque de María Luisa, y al paso de las filas de afligidos penitentes, que con el capirote chafado y sus cruces al hombro caminaban descalzos e incluso arrastraban cadenas, un hombre que tenía al lado le preguntó con acento argentino:

—Perdone, entiendo que al llegar al final a todos estos señores los crucifican. Y el año próximo sacan a otro grupo, ¿verdad?

Curro se fijó bien en aquel rostro y le contestó:

—¡Tú eres Carlos Núñez, de Les Luthiers!

A partir de entonces Carlitos y Curro se hicieron buenos amigos. Compensaciones de la santísima semana…

martes, 24 de marzo de 2015

El momento de los histéricos

ViejitoSupongo que la vejez debe ser una etapa compleja, un terreno inseguro, una prueba más (la última) que debemos superar y esta vez para irnos definitivamente de este mundo. Hay gente que la vive bien despierta, mientras que otra pierde la cabeza, ya sea con enfermedades concretas como el Alzheimer, ya con el famoso chocheo que, en sus versiones más extremas, alcanza la demencia senil.

Cuando al anciano se le va la cabeza, uno siente lástima, y a veces rabia de ver cómo un ser humano, con todos sus aciertos y errores, con toda su dignidad, acaba en la piel de un triste personaje que ya no es él. Pero cuando nuestros viejitos y viejitas no pierden la cabeza, uno espera que con los años hayan adquirido dignidad; incluso esperamos, casi inconscientemente, que las arrugas y la experiencia dulcifiquen el carácter del viejo. La sabiduría, incluso cuando nos lleva a denigrar la vida, nos enseña que nada, ni siquiera lo más terrible, merece nuestra histeria.

Idiota362Hoy se publicó en El País el último artículo de Félix de Azúa. Don Félix, al que una amiga y yo, con intención profundamente cariñosa, hemos llamado todos estos años el idiota (Historia de un idiota contada por él mismo, Anagrama 2002), intenta una vez más ser crítico y sólo se queda en la histeria, en la misma histeria de la que acusa al país entero. Luego de describir la situación patética en la que vivimos, con un panorama político repugnante, nos da un consejo increíble: que no nos metamos en líos, que así andamos bastante bien; que las revoluciones siempre nos llevan al mismo sitio.

Nadie duda de los conocimientos que atesora este buen hombre, conocimientos que, por otra parte, no siempre ha sabido transmitir con un poquito de inspiración y amabilidad. Nadie, yo no al menos, puede negar que en el pasado sus análisis de la política y el arte han sido no sólo inteligentes, sino por lo común refrescantemente iconoclastas y discordantes. Pero diría que don Félix, con el tiempo, ha ido sufriendo de dos de los más comunes problemas de la vejez: el malhumor y el conservadurismo. Hasta aquí todo sería bastante comprensible y disculpable (mucho más cuando el que escribe, sin tener la edad de don Félix, ya ha notado algún que otro síntoma de semejantes dolencias en sí mismo). Pero a la histeria de sus artículos se une un efluvio cínico que entristece tanto como exaspera.

AzúaHaciendo un inciso en el tema, resulta la mar de curioso que el artículo de don Félix se titule oficialmente “El momento de los pequeños”, pero que El País, en su organización digital de la página, lo titule “Podemos: el momento de los pequeños”. Se supone que don Félix habla de todos los partidos pequeños, en contraposición a los dos grandes, pero en El País parece que tienen claro contra quién se publica el artículo.

De cualquier forma, uno siente lástima cuando ve que un señor tan leído (tómese el adjetivo en la mejor de sus acepciones) y tan irreverente, dejándose llevar por una de sus obsesiones, afirma sin pudor que el gobierno de Mariano Rajoy está recomponiendo el país que Zapatero destrozó. ¿Dónde está su irreverencia cuando alaba desmedidamente una Constitución como la nuestra, que tiene muchas virtudes sin valor jurídico y muchos defectos con todo el peso de la ley? Chochea don Félix cuando se une al coro de corruptos en esa cantinela interesada sobre la Revolución Bolivariana que traerá Podemos, del mismo modo que antes, cuando podía poner en peligro el poder de sus amigos, Izquierda Unida traería el Comunismo. Para don Félix el partido de Pablo Iglesias quiere eliminar a la Casta como los revolucionariRotoos franceses eliminaron a la aristocracia.

Pero lo más triste de su artículo y de su pensamiento es el consejo que da al final del texto: él no quiere decir que las cosas deban quedarse como están, no. Él lo que dice es que el bipartidismo no está mal, pero sin mayorías absolutas. Que es bueno votar a los partidos pequeños pero sólo para que eviten las mayorías absolutas, sólo hasta el punto que les permita seguir siendo pequeños y latosos, para cambiar todo este criminal desbarajuste muy poquito a poco, sin prisas, sin revoluciones, con el mismo espíritu que los padres de la Constitución pusieron en el mantenimiento de un franquismo moderno y democrático. Que nadie destroce esta imperfecta realidad hasta que don Félix y tantos contemporáneos suyos puedan acabar su vida en la tranquilidad de sus trapicheos intelectuales y sus privilegios.