lunes, 20 de mayo de 2013

Cumpleaños

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Es mayo y llueve. El viento frío dibuja caminos entre la vegetación del parque: zarandea las copas de los plátanos, hace temblar sin orden a los cinamomos y desnuda a las jacarandas de su exquisito vestido de flores violetas. En el cielo, una masa oscura y difusa de nubes acaba de aligerar su húmeda carga sobre la ciudad, y la sigue una cola de nubes desordenadas, dispares, precisas, que se recortan contra una tímida cortina celeste. Un arco iris llano y completo se ha asomado sin Foto024convicción, sólo unos segundos, sobre los edificios del fondo, y un avión maniobra sobre el aeropuerto preparando el aterrizaje. Tengo la ventana cerrada, sólo escucho el ruido solitario del teclado mientras escribo, y el relativo silencio da a las cosas un toque inevitable de realidad.

Las nubes vienen de poniente. Han debido pasar hace unos minutos sobre el cementerio, con su lluvia crepitando sobre el mármol de las tumbas, aseando a los cipreses, aliviando la paz del lugar con su dulce canto de papel. Los aviones suelen pasar como tormentas sobre el cementerio, muy bajos, enormes, tronantes, desafiando la gravedad con sus formas colosales. Pero nada impide que en cualquier rincón del cementerio perviva un horizonte ubicuo, incansable, verdadero. En el cementerio, como en el desierto, se escucha la vida.

MamáMirando al parque, observando las ramas de los árboles que se agitan por turno, caigo en que todo se mueve: el planeta, el cielo, el aire, nosotros mismos, y sin embargo solemos vivir como si todo estuviera en su lugar, muy quieto, esperando que nuestra mano dibuje la vida sobre las cosas. Creemos, no nos queda otro remedio, en la distancia que separa a la vida de la muerte, y por eso andamos convencidos de que el pasado se fue y que el futuro llegará. Sin embargo, el tiempo es sólo una ilusión, una premisa para la cordura artificial que nos amarra al orden, un modo ingenuo de creer que los muertos pasan y que los vivos respiramos más allá de nuestros sueños.

Hay instantes en que el viento se lleva a las nubes, en que despeja de brumas nuestro ser y quedamos desnudos, indefensos, justo lo que somos, sometidos a las leyes incomprensibles del laberinto. Sin embargo hoy, veinte de mayo, la risa y el llanto visitan el terreno fatigado de mi alma. Risa y llanto me traen alivio, suspenden el extravío y me permiten recalar en la bahía segura de su carne tibia, en su beso que aún me roza, en su abrazo que aún me abriga, en ella que, en mi sueño de vivir, fue el principio de todo.

domingo, 12 de mayo de 2013

El ruido, la furia y la gracia

Sevilla es una ciudad llena de mentiras y de asnos. Sevilla es una ciudad insufrible, no tanto por su constitución arquitectónica ni por el resultado de los siglos sobre sus calles, sino por su gente.

Sevilla está plagada de políticos mentecatos e inútiles, de servidores públicos analfabetos funcionales o puros analfabetos que llevan sobre la cabeza una urna que sólo piensa en votos… y en dinero.

Sevilla vive de pasiones majaderas, de supersticiones inconcebibles elevadas a la categoría de arte. Sus calles y tertulias se tejen de fútbol, de sevillanas rocieras y de una turba de enteraos que aprobaron por los pelos parvulitos. Aunque la mayoría de los que pasaron por la universidad son de esos que entienden de telecomunicaciones, de aprendizaje o de intervención social, pero monotemáticamente, sin alcanzar a comprender qué relación tiene un semáforo con el sosiego del alma.

En Sevilla casi todo funciona al estilo me la cargué, con gracia y soltura, con risas tapando siempre la engañifa y la aberración, cuando no la estafa y el delito. Y en eso los ciudadanos coreamos con alegría y desenfado las consignas de nuestros próceres políticos, culturales y eclesiásticos.

Sevilla es la tercera ciudad de Europa en kilómetros de carril para bicicletas, y sin duda alguna la primera en número de necios por kilómetro de ese mismo carril. Diariamente recorren los caminos verdes, construidos a la ligera y con fines puramente electorales (algo que se nota perfectamente en su diseño), miles de personas concienciadas con el medio ambiente pero poco o nada concienciadas con la seguridad física de viejos, niños, peatones despistados e incluso sus mismos compañeros de pedaleo.

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Todo esto que digo resulta obvio para cualquier persona que, además de disfrutar de la gracia y el salero de Sevilla, pretenda habitar esta basura de ciudad. Esta madrugada, hasta las tres, unos bastardos animaron nuestra noche con sus coches discoteca y esa música monstruosa que de música tiene lo que yo de astronauta, y que la gran mayoría de esta ciudad y de este jodido país escucha a todas horas, sobre todo porque ni aquí en Sevilla ni en España hay cuatro monos que tengan ni puta idea de lo que es música. Llamamos al único teléfono que puede llamarse a esas horas, el de Emergencias, y allí nos dijeron las varias veces que llamamos que avisaban a los “servicios operativos”, suponemos que de la poco visible Policía Local. Más bien creemos que los vándalos discotequeros se pasaron con el alcohol, con la coca o las pastillas, y que se fueron a dormir la mona. Hoy por la mañana, el Instituto Municipal de Deportes del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla está colaborando en la organización de una marcha ciclista que organiza Decathlon, para que se extienda aún más el uso de la bicicleta y para que la empresa francesa acabe de uniformarnos a todos. Desde las nueve de la mañana andamos escuchando la misma música de anoche, pero a un volumen muchísimo mayor. Hoy también nos dijeron en Emergencias que avisaban a los servicios operativos, pero lo curioso es que los servicios operativos ya están allí desde el principio. Así escribo este exabrupto inservible, envuelto por todos lados en ese chimpón endiablado que todo el mundo llama música.

No hace mucho paseé de madrugada por las solitarias calles del centro de Sevilla. Pensé que, en efecto, Sevilla era una de las ciudades más hermosas del mundo, pero al rato me alcanzó un grupo de jovencitos que charlaban elevando mucho esas voces de tinaja que dios les concedió, incapaces de hablar porque no saben, sólo capaces de gritar, y caí en que ese embrujo de Sevilla sólo se produce cuando está vacía, cuando parece que es una ciudad desierta, una ciudad en la que se puede escuchar algo más que el ruido de esta jodida civilización de mierda.

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martes, 7 de mayo de 2013

Gabriel

Su vecina Antoñita lo llevaba del brazo por la comisaría, apiadada del pobre diablo. Se asomaron a un despacho abierto, en el que un policía tecleaba pesadamente con los índices. El hombre apenas levantó la mirada para indicarles la dirección del mostrador de información. Tardaron otro rato en encontrar la máquina que imprimía el número de la vez, y esperaron a que saliese el veintiocho en aquella pantallita tan coqueta.

El funcionario, un tipo fornido y resuelto, lanzó a Gabriel una ojeada entre la compasión y el asco, y luego de escuchar a Antoñita, les aconsejó que acudieran al Servicio de Atención a la Violencia Doméstica, porque en la comisaria sólo atendían cuestiones de cierta gravedad. Que allí podrían arreglarle el problema sin llegar a mayores.

Tomaron un autobús hacia el centro de la ciudad. Llegaron a una casa señorial, con patio y fuente y con un cartel en la puerta que rezaba: Instituto Regional de la Mujer. Dentro, una mujer de pelo corto y ropa de diseño les mostró la sala donde los atenderían.

Antoñita tuvo que rectificar a la mujer que los sentó a este lado de la mesa, una señora de unos cuarenta años, cargada de abalorios, muy pintada: “perdone, pero no soy yo a la que le pegan, es él al que le pega su mujer”. La señora, acomodada en su elegante sillón de cuero, dio un respingo y miró por encima de las gafas a Gabriel. Gabriel bajó la mirada…

― Y usted, ¿por qué deja que le pegue su mujer?

― Yo es que… ―contestó Gabriel farfullando― A mí es que no me gustan las peleas. Ella no es mala, de veras, sólo que tiene un carácter fuerte…

violencia― Le zurra de lo lindo ―intervino Antoñita―, y un día le va a dar un mal golpe y… Los vecinos sabemos lo que pasa, y eso que este pobre hombre, por no molestar, no dice ni pío, ni grita cuando le pega…

― ¿Usted le pega a ella?

― ¡Él que le va a pegar! ―de nuevo Antoñita―. Le sacaría los hígados…

La señora, resoplando, se echó hacia atrás sobre el mullido respaldo del sillón y dejó caer las gafas sobre su pecho, suspendidas por un cordón brillante. Que la perdonaran pero aquello no era normal. Allí solían atender a mujeres maltratadas, y la verdad, un hombre, en una sociedad tan patriarcal… Un hombre disponía de muchos instrumentos de defensa. No veía claro el desamparo, así que con gestos burocráticos remitió a la pareja a una de las abogadas del Instituto, por si ella podía valorar jurídicamente el asunto.

La abogada era una chica recién salida de la universidad. No tenía mucha experiencia, pero había estudiado duro en la facultad, y llevaba ya unos meses empapándose de toda la legislación necesaria para saberlo todo sobre su trabajo. Cuando Antoñita acabó de contar por tercera vez la historia, Gabriel tocó su brazo y le dijo:

― Vamos a llegar tarde… Tengo que estar en casa a la hora de siempre… Espero que no me llame al trabajo, porque me matará si…

El rostro de la abogada mostraba una sincera tristeza. Aquel hombre parecía tan indefenso, descarnado, vestido con descuido, con aquella voz que apenas le salía del cuerpo…

― ¿Cuántas veces le ha pegado su mujer?

― Ella trabaja en un gimnasio, le gusta mucho el ejercicio… estar en forma…

― Sí, pero dígame cuántas veces le ha pegado.

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Antoñita pretendió intervenir pero la abogada le hizo un gesto autoritario para que dejara hablar a Gabriel.

― Bueno… Me pega algunas veces, cuando pierde la paciencia… Yo soy muy torpe, no me salen bien las cosas. Aunque tengo la casa limpia como a ella le gusta. A veces viene un poco más alegre y me abraza y me dice que soy su perrito fiel… ―Gabriel se sacó una tenue sonrisa de algún sitio.

― ¿Tienen hijos?

― No, ella no quiso nunca tener hijos…

― ¿Alguna familia?

― Tengo una hermana que vive en Bilbao, hace muchísimo que no nos vemos. No sé cómo localizarla… Bueno, y Antoñita que es como una hermana…

― ¿Usted trabaja, Gabriel?

― Sí, soy conserje en un centro de salud. Hoy me hicieron el favor de darme unas horas para venir…

― Un día lo va a matar de un mal golpe ―volvió a intervenir Antoñita.

Violencia_de_genero_3511-290x290La abogada les habló de la ley. Les dijo que al ser un hombre cualquier acto violento no grave que sufriera por parte de su mujer sería considerado como una falta administrativa. Que si la denunciaba le pondrían a ella una multa y que los mandarían de nuevo para casa. En el mejor de los casos, y cuando denunciara unas cuantas veces seguidas, algún juez podría establecer medidas provisionales de alejamiento…

― No, por favor, si ella se entera... ―la interrumpió Gabriel con ansiedad.

― Lo mata, ya le digo yo que lo mata ―añadió Antoñita.

La abogada les aseguró que no tenían otra opción: debían denunciar. Y si la policía volvía a derivarlos allí, que insistieran en que querían poner una denuncia…

― Pero yo sé que a una vecina, la Patro, la ayudaron y la protegieron del marido, que le pegaba a ella y a los niños…

― Bueno, en ese caso la ley dice que toda violencia es un delito, y los jueces no quieren salir en los periódicos. Afortunadamente, en esos casos tenemos la posibilidad de usar algunos medios más tajantes… De veras que siento no poder serles de más ayuda. Pero haga eso, Gabriel, denuncie a su mujer cada vez que le ponga la mano encima…

Antoñita miró a Gabriel y Gabriel a Antoñita. Se levantaron lentamente y dieron las gracias a la abogada, que les dedicó una sonrisa insegura.

Al salir, en un pasillo, se cruzaron con la mujer de los abalorios. Ésta, al pasar, se dirigió a Gabriel:

― Venga, hombre, échele usted valor. Que no se diga…

jueves, 18 de abril de 2013

París soñado

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Anoche soñé. Lamentablemente, y como de costumbre, sólo quedaron en mi memoria trazas del sueño, entre ellas una mujer voluminosa que, por calles atestadas, siempre obstaculizaba mi paso. Mientras avanzan los minutos noto cómo con ellos se difuminan esos contados vestigios de la aventura nocturna, pero hay algo que me asombró en el sueño y que me sigue asombrando ya despierto. Vagábamos por París, paseando en coche por sus calles antiguas, y recuerdo que miraba hacia arriba con el asombro con el que miran los niños, reconociendo los laberintos de Cortázar, adivinando a Ribeyro en uno de sus paseos tristes, reviviendo a Pardo Bazán mientras investigaba el mundo por aquellas calles de cuento. Los edificios se alzaban tan hermosos, tan inesperadamente hermosos...

Nunca he estado en París, y aunque muchas veces vi, en fotos y películas, sus edificios más emblemáticos, ese tipo de calles debió forjarse en mi sueño con retales de otros lugares, tal vez con la propia sustancia de mi fantasía. De cualquier modo, esas calles, esas admirables fachadas tapizadas de detalles extraordinarios, ya fueran creadas por mis recuerdos o sólo por mi imaginación, demostraban que dentro de nuestra cabeza existe un núcleo fascinante de creación, una fuente insospechada de delirios y de arte, tal vez sometida por el ruido de nuestros apremios cotidianos, por el terror que, en el fondo, les tenemos a las verdades más sencillas.

miércoles, 10 de abril de 2013

Paisajes con móvil (VIII)

---------------------------- El Rey ----------------------------

El Rey

 

------------------------------------------- En la pecera -------------------------------------------

En la pecera

 

-------------------------- Antorcha --------------------------

Antorcha

 

----------------------------------------------- Nicho -----------------------------------------------

Nicho

 

--------------------------- Mujeres ---------------------------

Mujeres

 

--------------------------------------------- Merienda ---------------------------------------------

Merienda

 

--------------------------- Sosiego ---------------------------

Sosiego

 

----------------------------------------- Techo arte vida -----------------------------------------

Techo arte vida

sábado, 6 de abril de 2013

Vuelve Emilia

Presentación en el minuto 31:39, y la noticia en el minuto 44:28... Ay, miquiño...

lunes, 1 de abril de 2013

Miquiño mío…

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Siempre he pensado que el género epistolar no sólo es uno de los más desconocidos, sino también de los más interesantes y hermosos, sinceros y naturales que la literatura pudo nunca ofrecernos.

En estos días, en los que la primavera comienza a estallar en Sevilla, regando el suelo de esa nieve de azahar que perfuma hasta el último rincón de nuestros corazones, de la mano entrañable de la editorial Turner, Isabel Parreño y yo contemplamos cómo las cartas de Emilia, todas las que resistieron el vendaval del tiempo y de la historia, vuelven limpias, ordenadas, dibujando con mimo, con humor y con pasión, la historia de amor de una mujer increíble.

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miércoles, 27 de marzo de 2013

Nocturnos (48)

Casas de la Judería

236. Me pregunto de qué nos puede servir esa flor que algún día alguien pondrá sobre nuestra tumba.

237. La lucidez, esa seria indiscreción que nos revela nuestro papel de comediantes, esa frontera que sólo se cruza una vez, y que sin hacernos sabios nos convierte en eruditos del dolor…

238. Paradigma del hombre: viste unos pantalones ridículos, torpemente remendados. Maduro, demacrado, cargado de hombros y con la barba descuidada, fuma con displicencia. Un jovenzuelo que parece conocerlo lo trata sin consideración, mientras él mantiene esa postura lastimosa de vencedor. Podría rebelarse contra su destino o someterse a él con dignidad de vencido, pero elige convertirse en una criatura lamentable, grotesca, desubicada...

239. Recuerdo a mi abuela Ana, su vida de esfuerzo desmedido y sacrificio amoroso, y pienso que el sufrimiento, cuando no es vicio ni religiosa aspiración, nos hace crecer y ser más resistentes, y nos acerca a la única verdad, que es que la verdad no existe.

Grupo en casitas

240. Parece como si la vida fuese el camino que nos acerca hacia la cruda y genuina tristeza, y la sabiduría el modo de ir mejorando nuestro concepto de ella.

lunes, 18 de marzo de 2013

Crear o creer

Papa Francisco

Si el ciudadano medio, el ciudadano obediente se resistiera a dar tan fácil crédito a todas esas verdades sagradas y civiles con las que lo bombardean desde que nace, al mirar en derredor no saldría de su asombro y se quedaría encerrado en el pasmo de los sucesos como un niño en el laberinto de espejos.

Este ciudadano despierto comprobaría, por ejemplo, cuán vergonzosa es la feria de espectros que cada tanto se organiza en ese estado dictatorial y machista que es el Vaticano, un negocio opaco y millonario que gestionan y promocionan unos tipos feos, pálidos, afectados y en muchos casos, como atestiguan no pocas sentencias judiciales, pedófilos y delincuentes, o en su caso encubridores confesos de abusadores de niños.

Ni sus viejas y permanentes relaciones con la mafia, ni sus escándalos bancarios y empresariales; tampoco el lujo repugnante que exhiben, ni su política salvaje y criminal en relación con el SIDA o la planificación familiar; ni siquiera su milenaria y documentada historia de sangre y corrupción importan nada cuando un abuelete sonriente, de turbio pasado, sale al suntuoso balcón de San Pedro y le farfulla al mundo que Dios es capaz de perdonarlo todo. En su presuntuoso desvarío da por hecho que todos somos hijos de su Dios atrabiliario, que la humanidad se postra ante su grotesco poder y que los mejores sentimientos humanos son ancestral patrimonio de su empresa, cuando basta mirar bajo sus carísimas ropas para advertir que en los sótanos de esa iglesia crepita y apesta un infierno de inmundicia secular.

Quino

(obra del genial Quino)

Pero lo peor de todo, lo que ha permitido que una institución tan podrida como la iglesia católica haya llegado hasta nuestros días, es que el ser humano se muestre tan incapaz de comprender la estupidez de sus postulados, la tosca falsedad de sus enseñanzas, el truco ridículo e indignante de sus liturgias, la continua exaltación de la enfermedad que, desde los altares, estos enviados de la nada hacen cada día y en cada rincón del mundo.

A diferencia de los animales, y por tener la capacidad de ser consciente de sí mismo, el ser humano se ve impulsado a la trascendencia, a una búsqueda del sentido de las cosas que puede ser un fecundo juego creativo, un intento falible de aumentar el bienestar y la felicidad de las personas, o por el contrario convertirse en una trampa infalible que lo devuelva a la esclavizada animalidad. Afrontar la vida creando valores propios, aprovechando los esfuerzos que tantos otros hicieron por indagar en este mundo con la intención de hacerlo más habitable, eso es aceptar el reto de vivir. Creer en dogmas de cualquier iglesia nos dispensa de esta inquietud vital y nos convierte en mansos borregos que, repitiendo oraciones, viven un constante simulacro de libertad, y se debaten entre las cercas que los pastores, caprichosa e interesadamente, van estableciendo alrededor de nuestro juicio y nuestra cordura. Si elegimos ser, luego tendremos que optar por crear o por creer

En lo que a mí respecta, el Papa, ese personaje patético que una manada de monstruosos, sobrealimentados y siniestros individuos eligieron quién sabe con qué oscuros intereses, no me dirá nada hasta que no disuelva el tinglado de muerte y mentira que dirige, y hasta que no predique a los cuatro vientos que el bien y la verdad no son los adornos del poder de ningún ser supremo, sino la fuerza misma del ser humano, la afirmación que nos permite razonar más y mejor y organizarnos en bien de nosotros mismos y de la humanidad, con amor y humor, sin fervor ni súplicas ni rezos ni pecados, sin adorar a ningún becerro de oro (no otra cosa es la jodida iglesia) y sin llenar las cabezas de los demás de ideas peregrinas y acatamientos interesados.

Crucifx

(otra obra del genial Quino)

No es la religión la que salva al hombre de las guerras, las injusticias y la miseria, sino la desaparición de las creencias institucionalizadas y la inauguración de un tiempo en el que los seres humanos se coloquen ante sí mismos y ante los demás, se miren con atención, dialoguen y, sin libros sagrados ni extravagantes pastores celosos de su rebaño, se pregunten cómo pueden salvarse mutuamente en este mundo, en éste, en el único mundo que nuestros sentidos (incluido el común) nos permiten conocer, en este mundo hoy envenenado por la ciega fe y por el comercio organizado y criminal de los valores, fe y comercio en el que la iglesia católica tiene más de dos mil años de experiencia.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Disquisiciones patosóficas

Si Dios existe, espero que tenga una buena excusa (Woody Allen)

Cartel-Utopia-Leo-BassiEl sábado acudí al Teatro Quintero, donde Leo Bassi daba la segunda función en Sevilla de su espectáculo Utopía. Sólo había visto a Bassi en televisión, en su traje de cómico furibundo que mancha la ropa a los espectadores y los aterra con sus locuras.

Bassi salió al escenario elegante, se sentó en un banco y comenzó a hablar muy sereno de la ruina actual, y yo me pregunté: ¿cómo hará este buen hombre, él solito, sin otros actores, para mantenernos aquí sentados durante hora y tres cuartos? Unos instantes más tarde, cuando el buen hombre comentó que la función estaba a punto de finalizar, yo no salía de mi asombro… Me lo había pasado tan bien…

Leo Bassi es un tipo adorable, con apariencia de gruñón y de gamberro, sí, pero con una cultura exquisita y un alma cautivadora. Y así nos regaló hora y tres cuartos de risa, de emoción, de nostalgia, de humanidad pura y dura, hora y tres cuartos de fascinación ante un payaso en toda regla.

Poco antes del final, Bassi hizo una reflexión que me gustó: estos políticos que nos gobiernan en España, los del gobierno de ahora, los del anterior, muchos de los aspirantes a gobernarnos, creen que somos idiotas, que no entendemos nada, que pueden engañarnos con facilidad. Todos los días tratan de embaucarnos, y no pocas veces lo consiguen. Pero ¿cuándo comenzó esto, quién fue el primero que nos mintió, quién inició este engaño sistemático de las masas, a estas alturas refinado con las más depuradas técnicas publicitarias y políticas? Entonces Bassi se detuvo, se colocó en postura predicante y nos bendijo con su mano sagrada.

Sí, la religión, la iglesia es la primera manifestación fundada en el engaño sistemático y en la búsqueda de réditos económicos y de poder temporal. Por supuesto, las religiones monoteístas son sólo la continuación perfeccionada de una ilusión que viene, en algunos casos, de miles y miles de años atrás, ilusión que les sirvió a aquellas primeras criaturas para calmar su desamparo y su ignorancia. Pero hoy sabemos que ninguna organización ha conseguido alcanzar un nivel tan alto de perfección en la mentira como estas empresas organizadas del espíritu, materialistas y facinerosas a niveles aterradores.

Cristo sangranteTambién resulta asombroso cómo un truco lógico tan burdo como el utilizado por estas religiones ha conseguido que millones y millones de personas crean en sus mentiras. Imagino que ese esquema tan simple y vicioso que apela a la fe para convencer a la gente de que Dios existe es la piedra filosofal de todos los publicistas, a quienes por cierto Bassi también culpó en parte de este desastre cultural en el que sobrevivimos. Sí, convencer a gente instruida, inteligente y crítica de que la prueba fehaciente de que Dios existe se encuentra justo en su propio acto de creer es el invento de los inventos, porque no sólo es una idea simple y directa, sino incontestable. Quienes no tenemos fe no podemos entender la cuestión, ni siquiera podemos ver a Dios hasta que no dispongamos de esa iluminación divina, de punto oscuro en nuestra razón. La fe, además, no es una manifestación cultural más, sino un regalo que el mismo Dios envía a los elegidos. Y oiga, ¿quién va a rechazar a estas alturas un regalo? Estas mismas reflexiones que hago no significarán nada para los fieles creyentes, porque su creencia posee incorporada protección anticríticas. No necesitaré decir, pues, que no pretendo con este texto convertir a ninguno de ellos, aunque siguiendo la lógica recursiva de la fe, cualquiera de mis buenos amigos cristianos bien podría dar un paso en falso, apagar sin querer el antivirus durante un instante, y de pronto cuestionar no tanto la existencia de Dios, sino la inmanencia y la necesidad de la fe, y de ahí a ser uno mismo y mirar a Dios con ojos algo más razonables va sólo un pasito de nada.

PatoBassi, en su espectáculo, nos propuso una alternativa: la Iglesia Patólica. Nuestro amigo reconoció la necesidad que todos tenemos de dioses, de algún dios bueno, que nos deje vivir sin rodearnos de cantamañanas ridículos y de rancias liturgias, que crea en el ser humano, que ame a los niños sin toquetearlos, un dios que, falible, no sólo no imponga castigos sino que sepa llorar y sienta debilidades, un dios ingenuo sin afán de exclusividad, un dios con humor. Y para el cargo no se le ocurrió otro que el patito amarillo de goma con el que todos hemos jugado en la bañera de pequeños. La Iglesia Patólica considera sagrados el humor y la risa como expresión más alta de la inteligencia humana, como camino más directo a la felicidad. En sus textos, el Patolicismo reconoce “valores fundamentales como la humildad, el optimismo y el espíritu lúdico, pero reivindica también el derecho a la burla como acto transcendental”. Se declara heredero de la Ilustración y defensor de la duda que nos salva de oscurantismos, totalitarismos y supersticiones. Es una Iglesia nada idólatra ni intolerante, y por tanto una religión nueva y muy distinta de las existentes. Yo añadiría, además, y no es moco de pato, que nos ahorra todas las milongas con las que las Iglesias actuales suelen marear a sus fieles…

En el barrio madrileño de Lavapiés, el Sumo Pontífice Bassi abrió una primera capilla dedicada al dios Pato, y en ella tienen lugar varios ritos, entre los que se encuentran bautizos pero nunca a menores de dieciocho años, puesto que los bautizos a niños son considerados en esta nueva religión como anti-páticos. Y no es menos importante la creencia patológica en un mundo mejor, que no está en otros mundos, sino en éste. Es este mismo mundo, pero mejor, y por eso esta Iglesia quiere que sus fieles… no, no, perdonen, esta Iglesia, como dijo Bassi, no tiene fieles, sino amigos… así pues, la Iglesia Patólica quiere que sus amigos luchen por un mundo mejor, enfrentándose a los poderes que instituyen hoy día la injusticia y la esclavitud de las conciencias, entre los que se encuentran, y la mar de bien situadas, las religiones monoteístas y sus lucrativos negocios eclesiales.

Gloria al Pato, amén.

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martes, 22 de enero de 2013

Verano en el norte (3): Ondarroa, Mutriku, Loiola, Donostia

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