lunes 30 de noviembre de 2009
domingo 29 de noviembre de 2009
Padres
Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre.
Mi padre mira al techo, mira sin descanso al techo. En el techo sólo luce una lámpara encastrada, pero él mira allá donde el techo es plano y monótono, aunque nadie sabe realmente dónde está mirando mi padre. Por momentos, abre de par en par sus ojos como si hubiese descubierto algo sorprendente, y a veces yo miro en esa dirección y siempre encuentro el techo, raso y aburrido.
Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, "un corazón recto", y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.
Mi padre se olvidó de casi todo. Sólo un recuerdo permanece en su cuerpo seco, y ese recuerdo no es el de Dios, porque es imposible recordar lo que no existe. Lo que mi padre recuerda son sus discos de flamenco, y cuando comienzan a sonar mi padre deja de mirar al techo y mira mucho más allá, a lugares que se disolverán muy pronto en el universo, tal vez los ojos de aquella mujer, quizás el rostro áspero pero necesario de su madre, o alguna de tantas ilusiones, un lago rebosante de peces, un balcón tapizado de macetas…
El amor de Dios es "eterno" (Is 54,8). "Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará" (Is 54,10). "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31,3).
Los ojos de mi padre se hunden día a día en las cuencas, y todos sus músculos, hasta el más diminuto, se van desvaneciendo. Los huesos tapan su vergüenza con la piel sola, una piel cerúlea, macilenta y cansada. En los pómulos sin futuro advertí ayer dos pequeños hoyitos que, sin embargo, no invitan a la sonrisa. Mi padre adelgaza ahí, en una habitación que no es en absoluto la que nosotros visitamos con regularidad.
Dios es el Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Muestra, en efecto, su omnipotencia paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades (Cf. Mt 6,32); por la adopción filial que nos da ("Yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso": 2 Co 6,18); finalmente, por su misericordia infinita, pues muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados.
Mi padre no se mueve, y tampoco necesita que le perdonen sus pecados. Cuando le digo sonriendo que soy su hijo y que él es mi padre, con suerte fija sus ojos en mí, con un leve gesto mezcla de incredulidad y de apatía. Entonces yo me siento feliz, porque mi padre ha vuelto por un instante de esos mundos suyos que pronto se convertirán en vientos vacíos, soplando para siempre en la nada del tiempo. Incluso cuando la enfermera le limpia los ojos sucios de inmovilidad, y él se queja del líquido y del algodón con que los frota, su gemido me complace porque allí está mi padre, mi padre todopoderoso...
El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (Cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.
Su mano izquierda se retuerce sobre sí misma, como si quisiera recogerse hasta desaparecer, pero mi padre no sufre. Sólo mira al techo y adelgaza, yéndose poco a poco, ajeno a justicias y desilusiones, inmunizado contra los desagradecidos y en el fondo indemne ante los embates inesperados del azar, aunque también vedado en el amor o el desprecio. Ni siquiera pide ayuda, sólo mira, y su mirada me demuestra que si Dios existiera sería un grandísimo hijo de puta.
En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.
Pero los gusanos pálidos sí existen, esos que se visten de negro a la luz del día, exhibiendo con insistencia demente sonrisas artificiales de sepultureros. Y también existen los otros, los gusanos blancos que se alimentan de pobres y desesperados, que se iluminan cantando estúpidas canciones pastorales y se entregan al prójimo obsesivamente, en su sórdido afán de ganar puntos en la jodida salvación final. Los gusanos intentan esparcir su repugnante buena nueva como una hedionda capa de basura sobre el amor… Pero sin descanso, imperturbable y a salvo de las buenas nuevas, mi padre mira al techo y tal vez observa a un niño que se sienta sobre sus rodillas, sintiendo en su mano fuerte el tacto fascinante de esos deditos inocentes. Tal vez el tiempo no es una fina lámina imposible y sí un laberinto donde un hijo puede encontrar a su padre.
martes 24 de noviembre de 2009
lunes 23 de noviembre de 2009
Gusanitos
Debió ser eso, pero a ver cómo indagar en el pasado, cómo seguir el hilo de esas sensaciones antiguas que de pronto encuentran la grieta por donde brotar a la superficie, como un magma delicioso de amor. Recuerdo perfectamente que la escena de los polvos efervescentes me cautivó, que gestó sueños en aquella mente juvenil que leía libros como quien busca tesoros. El niño del tambor de hojalata, Óscar Matzerath, aquel Peter Pan terrenal que se negó a crecer a sus correspondientes tres años en la ciudad libre de Danzig, luego denominada Gdansk, aun siendo ya un joven por edad e inteligencia mantenía el cuerpecito delicado de un chiquillo de tres años. Fue tal vez por eso que su María Truczinski, luego Matzerath al casarse con el supuesto padre de Óscar, sintió unos deseos incomprensibles pero inevitables de jugar con el niño una y otra vez. El diablillo dejaba caer los polvos efervescentes en el hueco que la muchacha formaba con la palma de su mano, y luego, para que funcionaran, dejaba caer su saliva inocente, lamiendo seguidamente el chisporroteante mejunje hasta despertar en María humedades luminosas. De este juego, que prodigaron en casa, en las casetas junto al mar, donde María se desnudaba ante él, e incluso en la misma playa, acabó gestándose en María el hijo de Óscar, Kurt, que rezó luego como hijo de su abuelo, el falso padre de Óscar.
Pero los parentescos son lo de menos. Ese polvo efervescente chisporroteó en mi interior hace muchos años, y engendró deseos que vinieron tal vez a materializarse en parte con los gusanitos. Sí, una simple bolsa de gusanitos, en un mirador donde el viento marino subía muchos metros para helarnos los huesos, y quizá por eso nos resguardamos del frío en el coche, sin quitar ojo de aquella franja prodigiosa de agua y viento. Reíamos, reíamos constantemente. Teníamos hambre, pero comeríamos luego, más tarde; ahora engañaríamos al hambre con esta bolsa de gusanitos. Y entonces fue cuando los gusanitos comenzaron a ir y venir de su boca a la mía, y empezaron a empujarnos, a tirar de nosotros para que inventásemos besos adecuados a sus deseos de ir y venir. Algunos obstinadamente secos, otros mojados por la risa, aquel que iba y venía sin acabar nunca de ir y venir, hasta el punto de que su risa y la mía parecían querer fundirse en un beso definitivo. Aquella bolsa de chucherías encendió unas luces pequeñitas multicolores por todo su cuerpo, e impartió un curso acelerado de ternura a mis manos que, a la luz del día, habían permanecido quietas, remisas… Sólo con el último gusanito conseguimos cerrar los ojos mientras éste se deshacía aquí y allí en un beso tenaz, perseverante, aunque también visionario, incluso podríamos decir que agorero, porque en el mundo que se abría ante ambos cuando los dos cerramos los ojos se aparecía el futuro, ese enemigo mortal de cualquier presente. Por suerte, al abrir los ojos, su sonrisa obstinada de ángel y el sabor que dejaron aquellos gusanitos me trajeron de nuevo al presente, del que ya nunca querré partir.
![]()
martes 10 de noviembre de 2009
Empacho de notas
Allí se detuvo el insecto, y allí también Julián, con el corazón palpitante, con la vista nublada, y el espíritu, por vez primera después de largos años, trastornado y enteramente fuera de quicio, al choque de una conmoción tan honda y extraordinaria, que él mismo no hubiera podido explicarse cómo le invadía, avasallándole y sacándole de su natural ser y estado, rompiendo diques, saltando vallas, venciendo obstáculos, atropellando por todo, imponiéndose con la sobrehumana potencia de los sentimientos largo tiempo comprimidos y al fin dueños absolutos del alma porque rebosan de ella, porque la inundan y sumergen.
Doña Emilia Pardo Bazán acababa su libro, y mi alma, como cualquier alma expectante que se precie, estaba en vilo. Julián, el protagonista de Los Pazos de Ulloa, volvía al cabo de los años a la casa donde su querida Marcelina, Nucha, había sufrido tanto, para hacer varios hallazgos…
No echó de ver siquiera la ridiculez del mausoleo, construido con piedras y cal, decorado con calaveras, huesos y otros emblemas fúnebres por la inexperta mano de algún embadurnador de aldea; no necesitó deletrear la inscripción, porque sabía de seguro que donde se había detenido la mariposa […]
Y párense ustedes ahí, señoras y caballeros, porque Doña María de los Ángeles Ayala, experta en filología española, y al parecer en las cosas de Doña Emilia, tiene algo que decirnos que merece que interrumpamos el éxtasis final. Sobre la palabra mariposa la señora Ayala coloca la estruendosa referencia a una nota a pie de página, la número 513 de las 517 notas que reparte por el libro, una nota que dice así:![]()
La mariposa era la representación del alma entre los griegos. Su simbolismo lo utiliza doña Emilia de la misma manera que la tradición literaria, pues la mariposa está relacionada con el fenómeno de la mutación o metamorfosis, que en cuanto salida del capullo bajo su definitiva apariencia alada evoca una salida de la tumba para una nueva existencia mejor. Se resume así el pensamiento de don Julián expresado en anteriores episodios, pues la existencia de Nucha en el pazo ha sido un auténtico calvario. La muerte la libera de tan cruel sufrimiento y el alma encuentra, felizmente, una existencia mejor.
Manda huevos. Y no contenta con haber interrumpido el final del libro, lo vuelve a hacer un párrafo después, cuando Doña Emilia describe con emoción el aspecto de la hija de Nucha:
La misma edad: idénticas largas trenzas negras, idéntico rostro pálido, pero más mate, más moreno, de óvalo más puro […]
¡Alto ahí! Imprescindible saber que eso de óvalo más puro nos lleva a que…
Como es bien sabido, a la Biblia debemos el conocimiento de los ángeles y su división en ocho grados. La primera referencia —Amor antiguo— se podría identificar con los célebres ángeles pintados por Rubens (…)
Y así un párrafo larguísimo, mayor que lo que a Doña Emilia le queda por escribir en el libro. Verán, digo todo esto por si alguien, por ingenuidad, se hace con esta magnífica novela en su sesuda edición de Cátedra, a la sazón requetearchisuperanotada por la señora Ayala, que me tenga en cuenta que de las 517 notas, 510, aproximadamente, son absolutamente superfluas y molestas, y que si la Emilia levantara la cabeza me da a mí que buscaba a la Señora Ayala y… Escalofríos me da nada más que de que pensarlo…
domingo 1 de noviembre de 2009
Silencio por amable respuesta
Verás, sé que a veces me muestro excesivamente romántico, que caigo en sentimentalismos infantiles, pero en aquellos días eternos de los trece años era precisamente a lo que dedicaba mi tiempo: a amarla con aquel amor punzante y descabellado, con aquella pueril obsesión, aguardando el golpe de suerte que lo cambiaría todo.
En la ventana del salón, apoyado en el alféizar, desde aquel tercer piso observaba el fluir del barrio, y hasta allí llegaba la fragancia de las estaciones que pasaban vestidas con sus galas acostumbradas. Los años de colegio tocaban a su fin, y Márium se hundiría pronto en las revueltas del futuro. Su rostro era perfecto, redondo, suave, sublime como un sueño, pero si no me declaraba antes de que estallara el maldito verano la perdería para siempre. Ni siquiera vivía cerca, no pasaría nunca bajo mi ventana, porque vivía a unas manzanas de aquel paisaje, en el otro lado del universo.
Los plazos se cumplieron, abandonamos el colegio, y mi declaración quedó para siempre pendiente. Entretanto, seguí mirando desde mi ventana, creciendo sin ruido, con la tristeza de aquella pérdida clavada para siempre en mi ánimo.
Por eso no te extrañará que aquel día yo creyera estar soñando. Tal vez repasaba libros de histología, o de microbiología, quién sabe, un auténtico contraste con aquel paraíso tapizado de estanterías de madera: la Dante Alighieri. Se encontraba casi vacía: los estudiantes de letras disfrutaban del sol tumbados en los jardines de la universidad, mientras yo me enfangaba en la distinción de los tejidos o en memorizar infecciones devastadoras. Y entonces ella entró.
Habrían pasado unos eternos cinco o seis años desde la última vez que la había visto, pero allí estaba. No había cambiado nada, seguía tan hermosa, tan tersa y adusta. Su imperceptible cojera, que a mí siempre se me antojara virtud, seguía marcando su forma de caminar. En el silencio de la sala entró por mi izquierda, la vi avanzar ante mí, a unos metros de distancia, y llegar hasta el mostrador de mi derecha, donde se ocultaba el bibliotecario. Y me olvidé de todo. Viví aquellos instantes aturdido, fascinado por una visión que era evidencia de cada uno de los aromas de mi infancia. La miraba sin pestañear, y comencé a preguntarme si no aprovecharía esta segunda oportunidad que la vida me daba. Ella consiguió el libro que había venido a buscar, lo alzó y lo apretó contra su pecho de ángel, y por fin deshizo sus pasos hacia la puerta de salida. Yo seguía sin mover un músculo, limitándome a seguirla con la mirada, y supe entonces que la dejaría ir, que no haría nada, que ni siquiera la saludaría, porque a veces la vida es sólo cuestión de imágenes, pura estética; tal vez lo sea siempre, y quizá nosotros deberíamos dejar de complicar tanto las cosas…
Hace poco, veinticinco años después de aquel encuentro, supe de ella y le escribí una larga carta, un simple saludo que me sirvió para atar un manojo de recuerdos y enviárselos con la esperanza de una sola de sus sonrisas. Pero sólo obtuve silencio, un silencio natural y procedente, la mudez propia de las fantasías, la callada enseña de mi inextinguible amor por Márium.
viernes 30 de octubre de 2009
Nocturnos (32)
156. El pensamiento surge sólo cuando nos detenemos, cuando la vida se paraliza por alguna de las innumerables razones que, desde siempre, engendramos para concedernos una importancia que en realidad no poseemos. Sin ese pensamiento, limitándonos a una incesante y sosegada persecución natural de nuestros deseos, nos hubiésemos convertido en otros seres felices dentro de esta obra inabarcable que es la vida. Pero no podíamos consentir semejante falta de protagonismo; tuvimos necesidad de destacar en todos los ámbitos, y declaramos así sagrada nuestra condición de seres pensantes, de seres superiores. De este percance fortuito surgió lo que hoy tenemos, todos esos episodios cotidianos de irrisoria superioridad, esa guerra angustiosa por demostrarnos unos a otros méritos pueriles, y más honda la propia e incurable costumbre del pensamiento, hábito insano que ya no podremos suspender ni en los más supremos instantes de delicia animal.
♣
157. Transita el hombre apesadumbrado por un rosario de encrucijadas, desechando para siempre caminos y diciendo adiós a los compañeros de viaje. ¿Cuándo asumiremos nuestra condición de simples accidentes, de nudos imperceptibles en el absoluto e impenetrable hilo invisible del azar?
♣
158. Apenas podemos luchar contra nuestra tendencia a sufrir todos los conocimientos. De todo lo que nos ocurre al cabo del día, nada o casi nada alcanzamos a comprender con nuestra tornadiza facultad intelectual, y sólo lo que nos duele, lo que impacta con claridad contra nosotros, sólo la sensación y no la idea, se graba, y aun así sin mucha decisión, sobre nuestro juicio. Es así, mediante esta especie de derecho de peaje de los sentidos, como castiga la naturaleza al hijo vanidoso y descarriado.
♣
159. Nunca abandonaré mi condición de bocazas. Una y otra vez me incito al silencio, convencido de sus efectos curativos y relajantes, y me sorprendo tozudo diciendo mucho más de lo que debería, parloteando como si me importara algo que no fuera la limosna de algún cariño, el maldito reconocimiento de los otros.
♣
160. A veces, entre el estruendoso e incesante silencio de la realidad, como en una tormenta pasajera, escucho a mi propio aliento que bate desesperado contra las ventanas cerradas de mi alma.
martes 27 de octubre de 2009
Saber o entender
Hace unos días murió Andrés Montes, un señor que tenía la rara habilidad de ponerme de los nervios. Este hombre, decían, era un experto en baloncesto. Su carrera como periodista había incluido durante mucho tiempo la retransmisión de los partidos de la NBA, lo que parecía concederle el marchamo de sabio; aunque a mí, cuando empecé a escucharlo, me pareció que el hombre no sólo no tenía nada que decir, sino que cuando decía algo solía ser una tontería difícil de soportar porque, además, gustaba de repetirse. Pero hubo un detalle que me mostró hasta qué punto no sabía nada de baloncesto. Fue cuando la selección española se proclamó campeona del mundo. Don Andrés defendió durante todo el campeonato, sin dar un solo argumento, la incontestable superioridad del equipo que había presentado Estados Unidos, mientras que Iturriaga se dedicaba a analizar el asunto y declaraba con conocimiento de causa que el baloncesto es fundamentalmente un deporte de equipo. Admitía que el mejor equipo de Estados Unidos podía, con sus extraordinarias individualidades, vencer a un equipo como España, pero el equipo de Estados Unidos que había asistido al campeonato no era el mejor, sino simplemente uno muy bueno. Así, España demostró que era más equipo que aquella cuadrilla de gigantes habilidosos, que en ningún momento intentaron jugar como un equipo. Andrés Montes demostró a su vez que podía saber todo sobre la historia del baloncesto, que podía hablar al milímetro de las alturas de todos los jugadores de los últimos años de la NBA o de las estadísticas de cada uno de ellos, y que dominaba como nadie la terminología del baloncesto; aunque se podía ver también con facilidad su asombroso dominio del arte de asombrar (con sus pamplinas inconcebibles) a los telespectadores, creando polémica entre sus defensores acérrimos y sus acérrimos enemigos.
Hablo de este pobre hombre porque siempre me ha pasmado ese espécimen de sabio que colecciona conocimientos, ese individuo que lo sabe todo sobre un tema y que por ello se cree consignatario de la verdad, pero al que le suele faltar discernimiento y, lo peor, sensibilidad. Cuando, además, el tema es artístico, los casos llegan a ser patéticos.
Por ejemplo, en música, actualmente todo experto que se precie no debe desechar ningún estilo musical, ningún éxito de ventas, ningún fenómeno artístico. Debe comer de todo. Ningún crítico decente debería afirmar que las canciones de Duncan Dhu son una profunda idiotez, o que Nacho Cano y sus histriónicos inventos son ridículos, o que fenómenos mediáticos como Macaco poseen el mismo sentido musical que sus homónimos cuadrumanos, dicho sea con todos los respetos por nuestros hermanos simios. La música es disfrute, estar a bien con todos los oyentes, buen rollito, referencias, muchas referencias, sólidas evoluciones musicales, o el paso de varios discos extrovertidos a obras intimistas en las que el papanatas de turno deja de rajear Do / Sol / Fa en la guitarra eléctrica, y coge la acústica, pone voz de zarigüeya y nos endilga el último grito en canción de fuego de campamento. Así, las colas kilométricas que esperaban el otro día poder acercarse a los muchachitos de El Canto del Loco demuestran a las claras que éstos, como poco, hacen una música tan decorosa como la de Van der Graaf, que sólo reunió a medio Teatro Cervantes en Málaga.
Pero entiendo a tipos como Manrique, como también a toda esa horda de peritos a sueldo que en medios progresistas o retrógrados reseñan pamplinas a cambio de un sueldo. Es cierto que me chirría a veces la incongruente seguridad con la que pontifican, y lo churrigueresco de esas crónicas sobre la obra de individuos que sólo han aportado a la música un grado prodigioso de lacia gilipollez, pero puedo entender que se haga por dinero. El caso más mojigato, sin embargo, es el de ese individuo que realmente se cree un experto musical, que sin ganar un real se zambulle en las aguas procelosas de los cuarenta principales mostrándose incapaz de hablar de un disco o de un intérprete sin nombrar a otros veinte, relacionando sus estilos, recordando anécdotas biográficas, curiosidades sin fin. Por supuesto, para este sujeto la calidad de la música es una pura cuestión de conocimiento. Si uno sabe la historia de Phil Collins, si es capaz de recordar por orden cronológico sus discos, si incluso ha estudiado los hechos más destacados de la vida del antiguo batería de Genesis, componiendo una imagen romántica de su evolución, entonces el cuadro le queda la mar de hermoso, y puede sentenciar desde el púlpito que Phil Collins es un genio de la música. Por supuesto, sería una falta de educación indagar en la involución real de este pájaro, que aun así ya daba muestras en Genesis de que podía superar a José Luis Perales, y que cuando, con la marcha de Gabriel y Hackett, se hizo con el grupo, lo puso a cocer todas esas boberías suyas que hemos tenido hasta en la sopa. Bah, gente pesimista y
criticona ésas que quieren comparar la grandiosidad y solidez de los temas de Genesis cuando eran cinco con la frugalidad y chabacanería de los temas donde Collins mandaba. Ganas de joder la fiesta… Y no digamos ya si el individuo en cuestión se muere, entonces que a nadie se le ocurra tocar al mito… Porque si sales muchas veces en la radio y luego tienes el acierto de morirte (no digamos si lo haces en circunstancias oscuras y con mucho misterio), entonces te conviertes en una leyenda de la música, en el Rey de algo, y ay de aquel al que se le ocurra tocarte. Ahí están los expertos para contarte su vida y demostrar la grandeza del pobre finado, aunque no haya hecho más que musiquillas bailables sin un sólo gramo de inteligencia.
Estos tipos sin duda olvidan lo fundamental: la música, como todas las artes, se basa en el sentimiento. Pero el sentimiento, a diferencia de lo que creen, no es fundamentalmente una cuestión de gustos; el sentimiento se cultiva, y no atesorando datos, sino implicándonos en lo que escuchamos, oyendo la música con oídos vivos, activos, críticos y discernientes, oídos que aprenden y evolucionan a la par que disfrutan, que se acostumbran a la falta de costumbre, al movimiento, a una exigencia creciente que hace crecer nuestro placer, y que no sólo no constriñe nuestro horizonte sino que lo hace aún más ancho y hermoso. Es por eso que, como todo lo valioso de la vida, lo más importante en el disfrute de la música no es estar aquí o allá en la línea de la sabiduría, sino caminar hacia ella, protagonizar el proceso emocionante de refinar nuestra sensibilidad, no dejar nunca de buscar el asombro, e ir apartando en el camino lo que se repite, lo efectista, lo accesorio. Vivir sobrecogidos por la música…
sábado 24 de octubre de 2009
Sevilla con sus muertos
Reconozco que la celebración del día de los muertos puede resultar más divertida si uno se disfraza de bruja o fantasma calabacero, y se va a intercambiar regalos y caramelos puerta por puerta. De hecho, los chiquillos, que no perdonan una sola oportunidad de enredar, andan estableciendo por su cuenta esta fiesta extraña en nuestras calles. Y lo cierto es que, para ellos, mucho mejor que nuestra costumbre de recordar a los muertos y de adornar sus tumbas, es esa otra del disfraz de miedo y del susto de risa, para qué nos vamos a engañar. Si esta fiesta nos suena a invasión norteamericana, la otra tradición con ciertos tintes necrofílicos no deja de ser un rasgo más de una larga e inmisericorde invasión cristiana de nuestras pobres conciencias, así que no confundamos el anti-imperialismo con el localismo casposo.
No obstante, como saben, a mí me encantan los cementerios, me encanta visitarlos, pasear por ellos, saborear esa paz, si quieren obligada, que se respira en el dédalo de sus senderos. El cementerio de mi ciudad suele estar desierto entre semana, y sólo las mañanas de sábados y domingos acoge a un número modesto de visitantes. Excepción hecha, por supuesto, de los entierros ocasionales, en los que la mayor o menor nube de familiares se mantiene compacta en la ida, y se disgrega triste y perezosa en la vuelta. Pero a mediados de octubre el cementerio comienza bullir de gente que acicala las sepulturas para el Día de Todos los Santos, para el día de los muertos.
Hoy estuvimos mi tía Carmen y yo cambiando las flores de la tumba familiar; las del año pasado habían perdido el color y se habían ensuciado demasiado. Lo hubiésemos hecho un poco antes, para evitar las bullas, pero algún problema de salud retrasó el asunto. Esta mañana, muy temprano, me encontré con una desagradable sorpresa. El cementerio de Sevilla, imagino que como casi todos los cementerios, posee dos partes bien diferenciadas: una, para la gente importante, situada junto a la entrada principal del recinto, y a la que pertenecen también las hileras de mausoleos que bordean la avenida principal. La segunda es el resto del cementerio, donde se apiñan bloques de nichos y un mar de sepulturas más o menos cuidadas. Yo suelo entrar al cementerio por una puerta trasera, que me evita tener que cruzarlo entero, puesto que la tumba de mi gente se encuentra justo en la zona más alejada de la entrada principal. La sorpresa fue ver que las calles principales del cementerio estaban levantadas, las aceras de albero bajo los nichos se habían convertido en grandes y pastosos charcos de barro, y un ejército de camiones, excavadoras, taladradoras y hormigoneras campaban por sus respetos trocando la paz propia del lugar en ruido, polvo y escombros. Y digo yo que está bien que cuiden de aquello, claro, pero, primero, por el torpe y ridículo parcheado de asfalto que habían colocado ya en algunas de las calles me da a mí que la reforma no va a ser profunda ni en exceso beneficiosa; pero, sobre todo, ¿quién coño le manda a nuestro inteligentísimo alcalde y a sus compinches embarcarse en las obras del cementerio justo en los días del año en que se llena de gente? Y justo cuando toda esa gente, con mejores o peores motivos, acude al lugar para embellecer la última morada de sus seres queridos. Una vez más, estos indocumentados dan prueba de dos virtudes muy políticas: una sensibilidad propia de rufianes cuatreros, y una eficacia propia de
mamelucos con levita. Sí, porque si alguien imaginó que estos socialistas, en un ataque de laicismo furibundo, descuidan a posta determinadas costumbres y símbolos antaño religiosos, sólo tienen que observarlos desfilar en esas anacrónicas y ridículas procesiones que aparentan sostener el alma de esta pobre ciudad. Si no fuera porque les supongo una maldad calculadora, me estaría muriendo de vergüenza ajena…
miércoles 21 de octubre de 2009
Carta en el tiempo
(Ejercicio realizado en el Curso Claves para la optimización de la intervención familiar: Autoconocimiento y crecimiento profesional, impartido por Juan Manuel Alarcón Fernández en Olivares, octubre de 2009)
Mi querido niño:
Sé que compraste aquel primer disco de Beethoven, en aquella tiendita de San Fernando, un poco por intriga y otro poco porque aquello vestía. ¡Saber de clásica, poder hablar de Beethoven, de Mozart, de Falla…! Aunque para ti fue sólo eso, comprar un disco, probar. Era el Concierto para piano nº 5, Emperador, y sé también que el disco resonó en tu interior con toda su energía y dulzura. Poco imaginabas entonces que acabaríamos, tú y yo, embarcados en esta hermosa aventura de la música; que a través del tiempo y las adversidades, con las luces y las sombras de esta vida, llegarías a olvidar casi del todo las apariencias y te sumergirías, y a mí contigo, en la delicia incomprensible de la música.
Tal vez buscabas entonces que la música fuera la fortuna de una puerta, un pasadizo inopinado hacia un sitio mejor, donde todos los problemas, donde todos los dolores quedarían detrás, irresueltos, sí, pero felizmente olvidados. Y sin embargo hoy sabrías conmigo que uno nunca deja nada atrás, que todo nos acompaña, que cada una de nuestras experiencias se va sumando a lo que somos, y que cualquier atajo nos devuelve, antes o después, al punto de partida.
Tesoros como la música son eso, tesoros, campos abonados donde uno planta y cosecha, pero nunca puertas, porque la vida no conduce a ningún lugar concreto más que a nosotros mismos. Sí, tal vez entonces, en tu inocente y huraña adolescencia, creíste que el mundo consistía en aquello que empezaba justo más allá de tu piel, pero ahora sé que si alguna condena sufrimos es la de contener nuestra vida entera, la de ser todo, incluso aquello que se te escapó, aquellos ojos de niña que no te quisieron, aquella madre que no apreciaste, aquella soledad que no exprimiste, y también aquel disco que ahora conservo como la prueba de tu existencia, como el primer reflejo de una ilusión que, de un modo u otro, ha llegado hasta lo que soy, sobre los errores y los aciertos, entre el dolor y la alegría, por encima de nuestro poder y de nuestro desamparo.
Ahora, escribiéndote, advierto cuán hermoso es tenerte ahí…
Música: Concierto para piano nº 5, Emperador, de Beethoven, segundo movimiento Adagio un poco moto – attaca, interpretado por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Karl Böhm y con Maurizio Pollini al piano).
sábado 17 de octubre de 2009
Fábulas de la noche
SEURAT, La voie ferrée – La nourrice
La noche es el presente, y el día el futuro que vendrá cuando muramos. La noche es intensamente real, pero el día con su fulgor y sus verdades quiere apropiarse de todo, y se revuelve ante el peligro de ser contaminado con nuestras fábulas nocturnas. Somos nosotros en cuanto anochece, pero el día con sus relojes nos convence, poco después del amanecer, de que en los sueños nos extraviamos, que en la noche nuestros rasgos no están definidos, que se emborronan con los aromas y con los rumores de la sombra, que no son catalogables nuestras figuras, que nuestra piel mezcla sus colores con los de farolas y candiles, y entonces nosotros nos rendimos al sol, y recordamos la noche como un reino perdido, como una ciudad fantasmal, como el destilado de nuestras flaquezas. La noche, el azogue donde nos encontramos sin aviso con nosotros mismos…
lunes 12 de octubre de 2009
No apto para dentistas
KANSAS: Obsérvese cómo canta Sergio Ramos, la sutileza del productor de maíz y la habilidad del violinista para no pillarse con el arco la melena. Inmenso el grupo…
FOCUS: Una tila para este genio…
JOHN MAYALL & THE BLUESBREAKERS: Inmenso Johnny en todos los sentidos…
RUSH: Son sólo tres, no busquéis más gente: el señor elegante (guitarras), la bruja del norte (bajo, voz y teclados) y el que dicen que es el mejor batería del mundo…
sábado 10 de octubre de 2009
Un solo gesto y una renuncia
Al pensar en mi historia como padre no puedo evitar sentir un cierto resquemor, unas trazas inevitables de culpabilidad. Hubo momentos en que anduve de algún modo ausente de mis deberes paternales, pequeños períodos en los que, manteniéndome a su lado, las circunstancias se aliaron para abstraerme de esa vida de hábitos y seguridad que los niños necesitan para crecer con un mínimo de salud física y mental. Aun así, ni el resquemor ni la culpabilidad llegarán nunca a borrar esa otra sensación de haber estado fundamentalmente ahí, de haber dedicado tantas, tantísimas horas a mis hijos, de haberme sentido más y más orgulloso de ellos, de estar seguro que nada en mi vida puede ser ya más importante que ellos.
De todas formas, no creo que el hecho revista mucho mérito, puesto que, primero, desde el momento en que mi mujer y yo trajimos a estos enanos al mundo adquirimos con ellos una obligación (la de crear a su alrededor condiciones suficientes para la felicidad) cuyo incumplimiento supondría una abominable indignidad. Segundo, porque uno debe estar muy podrido para luchar contra la voz ancestral de nuestra sangre y dejar de cuidar a nuestras crías. Aunque el trabajo fue imperfecto y agotador, también se podría decir que fue natural, que las fuerzas necesarias para criarlos le vienen a uno de muy lejos.
Digo todo esto porque, leyendo el diario de Ribeyro, alcanzo un párrafo de 1968 que me emociona. Poco antes de llegar a este párrafo, en una entrada anterior leo que tiene un hijo, sin
haberlo consignado antes, y me da por pensar en que su silencio sobre el nacimiento de su hijo demuestra indiferencia y un cierto rechazo del propio Ribeyro a este chiquillo. Pensándolo bien, y habiéndolo seguido durante dieciocho años de diario, hubiera jurado que ser padre no era uno de sus primeros objetivos…
Recuerdo entonces algo que leí en 2002 en El País Semanal, donde Arcadi Espada entrevistaba a Carlos Castilla del Pino, entrevista en la que este señor discurría sobre la relación con sus siete hijos, cinco de ellos para entonces fallecidos. Y recuerdo que me escandalizó tanto… Mis hijos entonces tenían 9 y 7 años, y por cosas como las que cito a continuación, y sin necesidad de analizar su historia o su obra, consideré a este individuo perfectamente detestable.
[La muerte de mis hijos] No ha sido el máximo dolor de mi vida. A mí me ha afectado más, mucho más en mi vida, el no haber obtenido la cátedra de psiquiatría en 1960 que la circunstancia de la muerte del hijo. Son dos cosas totalmente distintas, desde luego. La pérdida de la docencia significó primero una frustración, y al mismo tiempo un ostracismo: dejé de ir a congresos de psiquiatría internacionales porque me encontraba con antiguos colegas (que temían saludarme por si les veía el mandamás de entonces) y era tan desagradable verles que dejé de ir durante bastantes años. Me afectó mucho. Mientras que cuando mi hija se quitó la vida..., yo inmediatamente me dije que esto no debía vencerme. Me blindé.
(…)
A mí me han gustado los niños mientras descubren el mundo con la magia del andar, del tocar, y del hablar, pero ya después, a partir de los seis, siete años, ya no me han interesado. Soy muy susceptible ante lo que significa la perturbación del reposo del guerrero, y, desde luego, los hijos son un incordio. Lo tremendo del caso es que tanto mi mujer como yo nos casamos con la idea de no tener hijos, porque pensábamos en la carrera intelectual y ella en sus lecturas... Pero las cosas vinieron así. Vaya, que gracias al amor quedó embarazada. En aquella época no era tan fácil, ni siquiera para mí, ir a una farmacia y pedir preservativos.
(…)
El primer deber de un hombre es ser feliz.
(…)
Cuando los hijos ya son mayores, muchas veces se tornan conflictivos. Yo lo estoy viendo en la consulta cada día. Vienen padres machacados por los hijos, muy frecuentemente con problemas de drogas. Hay padres que me dicen: “Si se muriese, descansaría”. Yo lo vi clarísimo. Me dije que a mí no me destruirían ni mis hijos. Ni mis hijos ni Franco ni nadie. Yo tenía derecho a vivir. Yo cumplí mis deberes como padre. Ellos no tenían derecho a destruirme.
Más allá de su baja catadura moral, me sorprendió en este hombre su papanatez galopante a la hora de tratar el tema familiar, y me preguntaba qué perversiones profesionales no habría cometido con sus pacientes si se mostraba a todas luces incapaz de analizar con un mínimo de rigor las circunstancias de su fracaso como padre, si se le ocultaba algo tan patente como es que el fracaso de cinco de tus siete hijos algo tendría que ver con ese asco que parecía haber sentido por ellos.
Por eso, cuando leí este pasaje de los diarios de Ribeyro, de algún modo me vi reflejado, y en parte perdonado por todas las ausencias que pude cometer ante mis hijos…
Tres horas tratando de dormir al bebé para poder venir a mi mesa y escribir algo. Cada vez que me alejaba de la cama en punta de pie se despertaba y comenzaba a llorar y a llamarme. Finalmente lo dejo despierto y vengo. Se baja y me sigue, sin llorar esta vez y queda a mi lado, silencioso a pesar de que le he gritado («Duérmete, por favor, me voy a volver loco, tengo que trabajar»), mirándome, esperando que le haga una caricia, cayéndose de sueño pero de pie, aguardando que me reconcilie con él, lo que haré, claro, en este mismo momento, porque nada de lo que yo pueda escribir vale los segundos de zozobra, de pena, que le haría pasar y que puedo tan fácilmente conjurar con un solo gesto y una renuncia.
jueves 8 de octubre de 2009
lunes 5 de octubre de 2009
Apuntes para una teoría de la existencia
Hemos venido al mundo para distraernos.
---
Bienaventurados todos aquellos (tantos) que se distraen con facilidad, porque de ellos son los restos de nuestro futuro.
---
El distraído puede ser un gran analista, e incluso puede sacar conclusiones de su análisis, pero siempre habrá un instante en el que, sin mucho tardar, el distraído olvide las conclusiones negándose a aplicarlas a su vida, porque entonces dejaría de distraerse.![]()
---
La mayor o menor capacidad de distracción proviene de una disposición fisiológica, es decir, es parte de nuestro destino, y aquellos a quienes cuesta distraerse poco o nada pueden hacer por participar en el alborozo general.
---
La historia de la humanidad es la historia de la progresiva perfección de nuestras distracciones.


