sábado 5 de julio de 2008

Paréntesis montañoso

Las cumbres esperan: el soñado Balcón de Pineta con el lago y el glaciar de Marboré, la Cola de Caballo y su fascinante Senda de los Cazadores, los fríos y elegantes lagos de Néouvielle, tal vez el pequeño ibón de Espelunziecha, el Pla de Aigualluts con el Aneto sentado en el trono, y la Peña Montañesa dándonos cada mañana los buenos días... Sed buenos. Volveré.

miércoles 2 de julio de 2008

Notas necesarias

1. Por la noche y las desventuras

Pues así de estas cosas, ¡oh huésped!, preguntas e inquieres

presta oído en silencio, disfruta la historia y sentado

ve apurando ese vino. Estas noches sin fin nos dan tiempo

al reposo y al gusto de buenos relatos; no tienes

para qué antes de hora marcharte a acostar; también cansa

demasiado dormir. De los otros, que aquel a quien venga

ello en gana se marche a su lecho; y al alba que almuerce

y se lleve las cerdas del dueño a los campos. Nosotros

seguiremos aquí en la cabaña comiendo y bebiendo

y gozando en contar uno a otro pesares y lutos:

referir desventuras dejadas atrás es alivio

para aquel que sufrió largamente vagando en la tierra.

Homero, Odisea, canto XV, versos 390-401 (traducción de José Manuel Pabón)

2. Por la vigencia de los recuerdos

Enero desde este junio rico en silencios. Enero lejano, mítico, cuando oscureció en el mar poco después del primer beso, y sus tacones se hundían en la arena y sus pechos leves se dibujaban entre las rayas de aquel suéter inolvidable. Las jóvenes estrellas poco a poco se fueron emborronando con el aliento y el sudor, y los relojes aguardaban fuera en lo oscuro, fuera de aquella confluencia de tantos, tantos caminos, tantos y tantos deseos. Clochard naufragó en aquella boca de olas que recitaba sueños, y ahora arrastra por los callejones su naufragio...

3. Por las dulces oscuridades del alma

Lo de la foto de ese buen hombre, que aún hay insensatos que confunden con nuestro niño Jesús, sólo fue una broma. No se puede negar que me parezco... La foto rota ya la expliqué. En cuanto a la foto de la tumba... El cementerio de Sevilla, salvo días señalados y a horas muy concretas, siempre está desierto. Es un lugar magnífico para pasear, colmado de rincones hermosos y donde el bullicio de las avenidas y las prisas no osa entrar. La tumba de la foto, que modifiqué para la entrada Domingo, la tomé con el móvil, y salió tan desangelada que decidí modificarla. Esto ocurrió el domingo pasado. Tenía excusa para visitar el cementerio: me encargo de que la tumba reciba unos cuidados mínimos, y para ello contratamos con una señora su limpieza periódica. Le pagamos cada seis meses, y ahora tocaba pagarle. Así que fui primero a ver la tumba, tomando la entrada lateral del cementerio que ahorra mucho camino, para luego detenerme en la entrada principal, donde están los puestos de flores y donde podía encontrar a esta mujer.

A la una de la tarde del domingo caían muchísimos grados sobre mi cabeza. Creo que me crucé con sólo tres o cuatro personas en el camino, y yo mismo me consideraba un loco cruzando aquellas avenidas donde el silencio y el calor deslumbraban hasta agotar. Además, la tumba de mi familia se encuentra rodeada por un mar de tumbas sin sombras ni refugio. Pero me sentía bien, y mucho mejor cuando llegué a la tumba. Antes había visto por fin a dos mujeres gitanas que cuidaban la tumba de un chiquillo de unos ocho años, una tumba que no pasa desapercibida porque está literalmente tapizada por todos los juguetes que el niño poseyó en vida.

Estar ante la tumba donde reposan mi abuela, mis tíos y mi madre me hace sentirme muy bien. Por lo común no puedo evitar derramar algunas lágrimas, porque echo mucho de menos a mi madre, pero saber que me encuentro tan cerca de sus restos físicos, que siempre imagino puros y limpios... Aunque da igual, estoy ante lo que queda de ella en este mundo de moléculas y reacciones químicas, en este mundo sin dios en el que creo. Ahí, en ese silencio, puedo llorar a gusto, puedo hablarle sin despegar los labios, puedo recordar el último abrazo que le di, y otros muchos que ella me daría y que ante su tumba puedo imaginar con facilidad. Puedo saberla, ser profundamente consciente de lo que ha sido, de lo que ha conseguido, y me veo como una consecuencia, como un logro suyo, objetivamente humilde, pero subjetivamente tan valioso... El ser humano se convence pronto en lo que se refiere a los sueños, y esas palmaditas de despedida en el mármol, sabiendo que alguna de esas ondas sonoras, de esas vibraciones alcanzan su cuerpo, me sirven como un abrazo. No, definitivamente me siento bien ante la tumba de mi madre. Ella sigue, incluso muerta, transmitiéndome mucha, mucha fuerza.

4. Por la humildad y el silencio

“Si es menester, que la lucidez del orgullo nos conduzca a la humildad y que el amor a las palabras nos entregue al silencio”

Nicolás Gómez Dávila, Notas, 14

lunes 30 de junio de 2008

Domingo

Tatarabuelo

viernes 27 de junio de 2008

Futuro

sábado 21 de junio de 2008

Deconstruyendo a Dios

Corriendo hacia dónde

21062008

Qué fatiguita de bicicletas...

Bicis en el estanqueSevilla está plagada de ciclistas. El aire no está mucho más limpio, porque aquí hay gente suficiente para todo; aunque tiempo al tiempo. Pero el día que bajen los índices de polución de forma significativa será a costa de no poder andar por la ciudad: una maraña de locos irresponsables conduce a velocidad de crucero por la calles, y los peatones deben caminar buscando continuamente los estrechos pasillos que les quedaron reservados en las aceras, y cuidándose de no ser atropellados en los nada respetados pasos de cebra por un individuo (o miembra) que toca el timbre en vez de apretar el freno. Como ven, en su afán infeccioso, ahora ya dejan aparcadas las bicicletas del ayuntamiento hasta en los estanques de los parques...

(Foto de mi buena amiga Chari)

jueves 19 de junio de 2008

Canela

Hoy llegué triste a la Residencia. Mi padre dormitaba en la silla de ruedas, en un salón cuyas paredes aparecían tapizadas de ancianos aparcados. Lo desperté, y al besarlo él hizo inmediatamente el gesto de levantarse. Le dije que traía música, pero que tal vez prefería andar. En efecto, tenía ganas de moverse. Así que desaté el feo cinturón de tela que lo aseguraba a la silla y, con mucho trabajo, se puso de pie. En uno de los salones, que estaba a rebosar, celebraba misa el cura de siempre junto a un cura más joven, de rostro poco agraciado y con una raya perfecta y ridícula en el lateral del cráneo, dividiendo en dos una cabellera larga y grasienta. Mi padre, desvariando, comentó al pasar que había sido él quien había metido a toda aquella gente allí...

Caminamos un buen rato, rodeando los patios interiores por los pasillos iguales, saludando varias veces a los mismos viejitos, topándonos con las cuidadoras sorprendidas de ver a mi padre caminando. Al fin se cansó y, aprovechando que la misa había acabado, tomamos asiento en un sillón cualquiera del salón. Encendí el ordenador, coloqué los auriculares a mi padre e hice lo propio conmigo. La voz atiplada y difícil de Valderrama comenzó a brotar de los auriculares. Mi padre cerró los ojos inmediatamente. Su mano volvía a seguir el compás de los cantes, y al final de cada uno de ellos abría los ojos para mirarme y soltar un leve gesto de admiración. Distinguía perfectamente los pasajes de trámite de esos quejidos bien articulados y grandiosos del cantaor. Una de las veces dijo: "Canela, to lo que canta es canela".

Al rato lo dejé en el comedor, rodeado de ancianas con el seso perdido cada una a su manera. Quise imaginar que los ecos de Valderrama aún resonaban en sus oídos. Yo seguía sintiendo una tristeza indefinida, la misma con la que había llegado a la residencia. Al subir al coche comenzó a sonar una nueva canción de los Beatles. Recordé de pronto que había venido escuchando un disco recopilatorio de temas antiguos de los de Liverpool, y por un instante estuve tentado de retirar el disco: no me cuadraba con mi humor ni con Valderrama. Pero lo dejé puesto, y comencé a solazarme en la ingenuidad de aquellas canciones simples, en su valor como recuerdo, porque de pronto entendí que aquéllos eran los compases que algún día yo recordaré sin necesidad de la razón; porque la música alcanza en nosotros los rincones más inalcanzables. Y entonces mi tristeza se desvaneció un tanto, y empecé a canturrear Michelle, Norwegian Wood, Penny Lane, Nowhere Man, All My Life... Al fin y al cabo los hombres no somos tan distintos.

miércoles 18 de junio de 2008

Nocturnos (20)

Residencia 96. Todo lo ridículo o terrible que ocurre en este mundo proviene de que olvidamos nuestro origen y nuestra composición. Venimos del vacío oscuro y denso, y nuestras moléculas están tejidas con la nada, pero ni siquiera la certeza de nuestra cercana desaparición suaviza un ápice esa vanidad que nos anima cada alborada.

97. Tengo la íntima y profunda impresión de que desde pequeño, en mi relación con los demás, voy gastando cartuchos contados, y que llegará un día terrible en el que ya nadie, ni nada de nadie, pueda sorprenderme.

98. Ahora, justo en el mismo instante en el que garabateo este cuaderno, hay muchos niños y niñas, pequeños, indefensos, que son violados o se consumen de hambre y dolor. Yo, dentro de unos minutos, estaré dormido, y probablemente dormiré toda la noche.

Residencia 299. Si encontráramos valor suficiente para cumplir a rajatabla nuestras verdades, sean éstas cuales sean, nos volveríamos tan odiosos e insoportables para los que nos rodean que acabaríamos apaleados en cualquier plaza pública. Unos más y otros menos, todos estamos condenados a la hipocresía y al fraude moral. Nadie podría sobrevivir sin decir y decirse muchas mentiras al cabo del día.

100. Hubo una época de mi vida, en cierta forma idílica, en que la necesidad compulsiva que sentía de tener a alguien a mi lado aún me aliviaba de la carga mortal de existir, del pesado fardo de ser el centro del mundo.

lunes 16 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (y III)

hada3 El caballero Seregorn cumplía sus oficios en el propio castillo de Eledhost. Desde su partida de Taur im Duinath nunca, ningún día había dejado de recordar su paso por el bosque, y no sólo por el ejercicio de su voluntad, sino porque cada recodo de cada camino le traía pinceladas de aquellas jornadas mágicas.

Cada mujer hermosa poseía una de las virtudes de Eärfin, ya fuera la tersura de su piel, los ojos grandes y curiosos, el paso grácil o esa sonrisa indescriptible que inundaba de gozo la espesura. Cada voz sonaba en algún momento con el mismo timbre o la misma cadencia que la del hada, y cada olor placentero se transformaba inmediatamente en el de ella, y se podría decir que Seregorn tenía siempre delante un velo con su imagen transparente y primaveral.

Seregorn soñaba con Eärfin, y la encontraba vagando triste por Taur im Duinath, con la dicha de sus poderes convertida en encantada cárcel: un hada prendida por la red del amor. Le envió palabras doradas con ocasionales mensajeros que, a sus órdenes, desviaban su itinerario para pasar por aquel paraje olvidado. Las cartas manuscritas las dejaban aquellos temerosos jinetes en un árbol de sombra que se desparramaba en los lindes del bosque, y que ofrecía numerosos huecos, escondrijos que, cada día, el hada examinaba con ansiedad. En estos mismos agujeros, Eärfin dejaba regalos para Seregorn: enormes pétalos con huellas de labios, jirones de nubes oscuras perfectamente envueltos en telarañas plateadas, pequeños recipientes con diferentes lluvias, y cajas con palabras susurradas que Seregorn podía oír con sólo abrirlas.

Cierta vez, en un caluroso mediodía de verano, Seregorn había bajado al mercado, en las afueras del castillo, entre las casas del pueblo que caían por la ladera donde aquél se alzaba. Admiraba un tenderete de frutas que presentaba piezas lustrosas y llenas de aroma. Las naranjas, las manzanas, los melocotones competían por aportar mayor y mejor fragancia a aquella mediodía de mercado. Como siempre, Seregorn encontró algo que le puso a Eärfin delante, y ahora creyó aspirar como nunca el aroma rumoroso del hada.

Sorprendido, descubrió de espaldas a una mujer que vestía con elegancia, con el pelo rojo recogido desigual sobre su cabeza. Rápidamente, la mujer se alejó por uno de los callejones del mercado. Seregorn quiso creer que era su hada, pero enseguida desechó la descabellada idea y volvió a fijarse en la fruta. Sin embargo, poco a poco algo lo impulsó a seguir a la mujer: primero lentamente, pero luego, al ver que podía perderla entre la muchedumbre y en el laberinto de tiendas y pasajes, aumentó su paso hasta que el caballero corrió desesperado en el total convencimiento de que aquella dama era Eärfin. Al doblar una esquina, por la que poco antes había girado la mujer, Seregorn contempló una calleja profunda y estrecha protegida por toldos, en la que sólo se observaba a la derecha una entrada, abierta y oscura. Seregorn, jadeando, con los ojos deslumbrados por el sol del mediodía, se detuvo ante la abertura negra como un abismo. El silencio se palpaba sobre el rumor lejano del mercado. El caballero se apoyó en las jambas de la puerta e introdujo su cabeza en la casa, pero antes de que sus ojos se acostumbraran a la penumbra interior, sintió unos labios en los suyos. No necesitó nada más para reconocerla. ¡Eärfin estaba allí, su hada!

En una estancia interior, iluminada por una simple antorcha que emitía una extraña luz azul, Eärfin y Seregorn se derritieron mutuamente, y un manantial de deseos antiguos anegó el momento hasta convertirlo en una eternidad única. Hablaron en voz baja, se susurraron historias, minucias sobre sus vidas; bromearon infantiles, se enjugaron uno al otro lágrimas lentas y sustanciosas, se escanciaron como vinos antiguos y saborearon la única verdad que existe: el instante que pasa.

Eärfin, un hada al fin y al cabo, supo aclarar a Seregorn aquel encuentro inesperado. Y así dijo:

— Amor mío, ¿dónde está Taur im Duinath? ¿Dónde dejaste ese bosque húmedo de amor? ¿Lo tienes acaso localizado en los torpes mapas de la región? ¿Cómo apuntaste a los alegres mensajeros que traficaban con nuestros tesoros el camino para hallar semejante paraíso? ¿Acaso no te guiaste por un sueño? ¿Acaso no utilizaste en el destino de tus recados, más que precisas indicaciones geográficas, palabras como intuición, presentimiento, instinto...?

Seregorn miraba a Eärfin intrigado y confuso, y la voz de arroyo del hada siguió serpenteando por la tenue luz de la habitación.

— ¿Acaso creíste, ángel mío, que Taur im Duinath podía ser un bosque más, un mercado, una posibilidad vulgar, un simple trozo de tiempo? Y ¿por ventura redujiste a Eärfin, luz de tus noches, a un ser mágico capturado entre el hechizo envolvente de un reino de cristal y el deseo ansioso de una realidad esquiva?

El caballero quiso hablar, pero Eärfin puso un dedo en sus labios, y siguió diciendo:

— No, amor mío. Es cierto que soy un hada en Taur im Duinath, una poderosa criatura que alumbra veredas y riega de polvo dorado los huecos de los árboles y la cabellera del hombre dulce que ahora me mira. Pero no vivo allá más que cuando Vos estáis, Seregorn, porque vuestro sueño me llama y resucita en mí poderes que sólo pueden ser vuestros. También Eärfin despierta cada día con el sol, y destrenza su realidad hasta la salida de una luna que trae reflejos de nuestro bosque. Taur im Duinath es sólo un sueño... —terminó susurrando la mujer.

— Y nada menos que un sueño —susurró a su vez Seregorn, acercando su rostro al de Eärfin, de forma que sus labios al moverse rozaron los del hada.

— Un sueño imposible... —interpuso ella.

— Los sueños ciertos, los sueños valiosos siempre son imposibles. Seregorn es un ser boscoso e iluminado tan sólo en este sueño vuestro, porque mi jornada está salpicada de miedos y debilidades, de batallas perdidas, de tiempo que se deshace en vacíos tristes, y sólo soy gigante cuando amo. Taur im Duinath es un estallido, una constelación forjada en nuestro cielo con materias de nuestras fuerzas. Es una fiesta de risas puras y un universo donde no caben hábitos ni rutinas, donde no caben nuestros límites.

 hada4 Seregorn hablaba apasionadamente, y Eärfin escuchaba ahora mirándolo a sus ojos nocturnos.

— Nadie puede con la realidad, y el impalpable curso del tiempo, mi niña, agrieta rocas y sepulta civilizaciones enteras. Nada podríamos hacer contra el desgaste de los días. El amor se llama Taur im Duinath. Yo creí que era mi sueño y vuestro reino, y ahora compruebo que es el sueño de ambos. Si abandonamos el bosque nuestra felicidad, nuestras posibilidades, nuestra libertad tienen sus horas contadas. Hagamos realidad nuestro sueño y será como derretirlo o ahuyentarlo, será malograr otra vez la oportunidad que siempre hemos tenido de ser felices.

— Pero tenemos los pies en el suelo, amado caballero —interrumpió Eärfin—, y el tiempo pasa de todas formas para Vos y para mí. Cada segundo llega a ser una aguja que se nos clava en el corazón, y nuestro deseo crece y crece hasta molestarnos en el pecho. ¿Qué haremos con ese tiempo si no estamos juntos?

— Vivir, Eärfin, vivir. No hay otro camino. La luz del día trae posibilidades, y en esa luz cada uno de nosotros deberemos ser y estar. Taur im Duinath es algo más, el lugar donde anidan nuestros deseos, y donde se ocultan de los rayos más crueles del sol, que acabarían borrando todos los rincones de nuestro amor. La sangre nos pide el suicidio, la historia nos exige la conjunción entera de nuestros pasos, y entonces sólo tendríamos un camino, y reñiríamos por él, por su destino, por su dibujo. ¿Queréis eso, amor mío?

— No sé lo que quiero, Seregorn —contestó tristemente Eärfin—. Quiero posarme mágica en vuestro hombro y perderme en vuestro cabello rizado. Pero también quiero teneros en los momentos de soledad, todas las noches, las mañanas, las tardes de invierno y las de verano, quiero teneros a todas horas...

— Mi sangre me pide lo mismo, dama de mis sueños. Pero mi sangre no os quiere tanto como yo.

Eärfin tomó la mano de Seregorn, estudió sus dedos, los besó uno a uno, y luego salió lentamente de la estancia sin dejar de mirar al caballero a los ojos. Seregorn supo que debía quedarse allí, esperando a que el hada se perdiese entre el gentío del mercado. Cuando hubo pasado una eternidad, el hombre se miró la mano que había acariciado y besado el hada, y luego la pasó por su pelo y por su barba para dejar prendido en ellos el aroma de la mujer. Entonces, lentamente, salió a la luz cegadora del verano, y tuvo la certeza de que Taur im Duinath siempre estaría allá, entre los dos ríos, un lugar sin prisas, un lugar imposible donde jugar junto a su hada.

Niños

DragónDesde el autobús, camino del trabajo, veo a Dani y a su madre. Es un chaval de trece o catorce años, demasiado bajo para su edad, y con un rostro de niño malo que se diría ya de delincuente. Carga con una mochila, que rehace un poco su imagen de niño. Permanece en el borde de la carretera muy serio, mientras su madre, una mujer avejentada, con aspecto de antigua prostituta, charla sin descanso y sin mucha esperanza de iniciar una conversación con su hijo. Dani es un chaval que espera cumplir la edad reglamentaria para poder abandonar el instituto. Repite curso, y ni mi hijo ni el resto de sus compañeros se relacionan a gusto con él. Dani es expulsado en casi todas las clases, y para los profesores encarna el típico caso sin remedio. Observándolo ahora junto a su madre, quiero imaginar las piezas que faltan en el rompecabezas de este chiquillo, en ese rompecabezas que a todos nos importa un absoluto bledo. Y luego pienso en la grandeza de nuestra convivencia democrática...

Razón de taleguilla

josetomas_malaga Repugnante, profundamente vomitivo. Ya no es el festival idiota de la sangre, la masacre o la tortura animal; ni siquiera la furibunda pasión de la masa adocenada y casposa. Es el acto baladí, loco, casi siempre desesperado, urdido con razón de taleguilla, sin el más mínimo rastro de cerebro y si corazón uno del pleistoceno. Tener cojones de ponerse ante un toro, éste es el discurso. Y ahora un trapo, y unas posturas, y una liturgia como todas las liturgias, y los insufribles puros, los insondables entendidos en el capote, el trapío y la verónica. El hombre es el único animal capaz de extraer una maldita religión de una banal incidencia…

domingo 15 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (II)

acantil Seregorn retrasó más de lo previsto su partida del bosque. Taur im Duinath, la selva imposible que se derramaba en tierras extrañas, entre los dos ríos, lo cautivó hasta el punto de olvidar el descanso que lo aguardaba en su hogar. Seregorn se detuvo en Eärfin, se extravió en sus vuelos, perdió la orientación con sus travesuras de hada, se durmió, en las noches inventadas de Taur im Duinath, sobre los pechos infantiles de aquella mujer intemporal. Porque el tiempo no pasaba entre aquellas frondas, y el roce indescriptible de su piel con la del hada provocaba estallidos que espantaban a los pájaros y hacían esconderse a todas las alimañas. Se había enamorado de sus oídos.

Eärfin sonreía, y su risa hechizaba el aire, y todo alrededor se transformaba en locura: había almendros y cerezos que sufrían un invierno riguroso, y sus hojas caían presurosas sabiendo que nunca la nieve las había hallado en las ramas. Y a su lado algún ciruelo japonés o esbeltos árboles de Júpiter se lanzaban incongruentes a una primavera desenfrenada, y con pasión se cubrían de flores que cambiaban de color con los vaivenes del hada. Seregorn asistía cautivado a tal festival de imposibles, y cantaba canciones y recitaba estrofas que le permitían ver los dientecitos separados del hada, y luego besar sus labios blandos como la mañana.

Sonaban en el bosque melodías que Seregorn recordaba. Es más, los sonidos que surgían de la espesura se adaptaban perfectamente a su ánimo, y así, en el fragor de brazos y espaldas, en el nudo de sudor y caricias, sonaban ruidos excesivos y eléctricos, voces de monstruos blasfemos, sinfonías eternas y sobrehumanas. Y cuando dormía tras el amor sobre el vientre de Eärfin, un piano quedo desarmaba las aristas del presente y suavizaba las asperezas del destino. Pero hubo un día en que el son que se oyó fue diferente, y Seregorn tuvo un presentimiento.

— ¿Oís, Eärfin? Pienso en el verano, pienso en la soledad, hada mía —dijo Seregorn mientras peinaba con sus dedos la lluvia roja que era el cabello del hada.

— Sí, caballero, oigo vuestro verano —respondió con tristeza Eärfin—. Y presiento vuestra marcha.

Seregorn dejó su boca cerrada, y quiso beberse la tristeza del hada con un beso lento, delicado. Advirtió dos ojos brillantes como dos océanos, dos ojos multicolor bañados por unas lágrimas que hubieran fertilizado el desierto, dos ojos que también besó para que cambiara la música de aquel instante. Y así fue cómo unos graciosos violines comenzaron su descripción natural, y cantaron las bellezas de Taur im Duinath, y halagaron al hada que volvió a sonreír con una de sus mejores sonrisas.

hada2 — También oigo lágrimas que se precipitan por vuestras mejillas, caballero —repuso entonces Eärfin, sin dejar de sonreír—. No desmerecéis este bosque encantado, amor mío, y sé que disfrutáis como un niño con este juego de entusiasmo y melancolía. Las hadas nos morimos por jugar, respiramos juego, nos evaporaríamos súbitamente en cuanto dejáramos de jugar. Y Vos sois un hombre enamorado, os conozco, enamorado del bosque, de la canción de la vida, de unos cabellos rojos de mar que suspiran por Vos. Por eso os amo, y por eso os conozco.

— Eärfin…

— Callad, caballero —le dijo el hada poniendo un dedo blanco en los labios del hombre—, ahora es momento de mirarnos.

Y pasaron la mañana, y la tarde, y la noche mirándose a los ojos como si fueran dos árboles vecinos, como dos estatuas erigidas en honor a la dulzura. Antes de que la noche se desvaneciera, Seregorn alzó su mano de espada y la acercó a la fría mejilla del hada, y acarició luego su cuello escondido en ese mar rojo de sus cabellos. Luego, despacio, imperceptiblemente, acercó su rostro al de Eärfin, y en el letargo nocturno del bosque se prendió un beso atemporal.

— Volveréis, Seregorn —susurró Eärfin rozando sus labios con los del caballero.

— Volveré, Eärfin. Extenderé este bosque con mis pasos.

— Volveréis, Seregorn —repitió el hada.

— Volveré antes de que regrese la noche. Volveré a surcar con Vos estas frondosas veredas de sueño. La noche será nuestra contraseña.

Y Seregorn partió...

sábado 14 de junio de 2008

Falsa muerte y muerte verdadera

Ocurrió hace más de catorce años. Mi tía me llamó porque el hijo de mi tío Juan la había telefoneado para decirle que mi otro tío, mi tío Manolo, había muerto. La voz de mi tía apenas le salía de los labios, y las lágrimas acudieron de inmediato a mis ojos.

No tenía mucho contacto con mi tío Manolo. En los últimos años las relaciones con su mujer y sus muchos hijos se habían deteriorado hasta el punto de que cada dos o tres semanas nos dábamos con algún incidente. A veces, su mujer y los dos hijos pequeños, que eran los que aún permanecían junto a él, se marchaban y lo dejaban solo en una casa de construcción improvisada, en uno de los poblados ilegales de Utrera. Allí mi tío, asaeteado por varios infartos frustrados, y con las piernas salpicadas de trombos, criaba pavos, construía una piscina, cuidaba un museo de cachivaches inservibles y saciaba su sed con grandes dosis de alcohol. Recuerdo que cierta vez dijo que bebía para olvidar todas las barbaridades que había tenido que cometer para mantener a su mujer y a sus ocho hijos. Aun así, siempre supe que aquello era sólo media verdad, que su mundo había sido siempre el de un aventurero irresponsable y sin demasiado seso.

Una de sus hijas, de las más belicosas con el padre, había llamado al hijo de mi tío Juan y le había dicho que mi tío Manolo Manolo en grupohabía muerto. Mi primo, un adolescente inseguro, no sabiendo muy bien qué hacer, puesto que su padre estaba trabajando e ilocalizable, avisó a mi tía. Ésta llamó a mi madre, y mi madre hizo lo propio conmigo. Tomé el coche y recogí a mi madre, a mi tía y a su marido, y nos encaminamos a Utrera. Era una joven y cegadora tarde de verano, y la zona sur de Sevilla parecía un desierto. El sol y las altas temperaturas borraban todos los detalles del paisaje.

Al poblado se entraba por unas pistas de firme irregular, en las que el coche levantaba una polvareda seca y asfixiante. Íbamos en silencio, con el corazón roto, temiendo el encuentro con el cadáver de mi tío. Pero al aparcar el coche junto a la verja, en cuanto puse un pie sobre el suelo, tuve el firme presentimiento de que mi tío aún estaba vivo. Entramos y cruzamos el descampado que separaba la verja de la casa, con la piscina a medio construir a la izquierda, con el corral de pavos al fondo, a la derecha de una construcción de planta baja y parcheada como una chabola. Había una especie de porche mal construido con unas cortinas desiguales, y tras él había gente. Divisamos a la mujer de mi tío y a alguno de sus hijos. Yo caminaba con la certeza de que allí no habría ningún cadáver, con la sensación de que aquella tarde no era el momento adecuado para que mi tío muriera. Al alcanzar las cortinas y mirar tras ellas, efectivamente pudimos ver a mi tío Manolo, sentado en la sombra, y vivo. Mi madre y mi tía lloraron preguntando entre sollozos por qué habían hecho aquello.

Nos explicaron: al parecer mi tío y su mujer habían mantenido una fuerte discusión, en la que habían participado algunos de mis primos, y una de mis primas había llamado a casa de mi tío Juan para decir que, para ellos, mi tío Manolo había muerto. Parece que el hecho no fue intencionado, pero lo dijo de forma que mi primo, que calculo andaría entonces por los dieciséis años, entendió que mi tío había muerto.

Juan niño con pájaros Tratamos de mediar pero a los cuatro nos asaltó la necesidad de irnos de allí cuanto antes. Teníamos que hablar con mi tío Juan para avisarlo de que todo había sido un error. Además, habíamos llorado durante más de una hora una muerte falsa, y nuestros sentimientos se habían retorcido innecesariamente. Ahora, además de aliviados, nos sentíamos agraviados y hartos de aquella situación.

Mi tío Juan, tal vez la persona más buena que yo haya conocido nunca, no tenía coche. Cuando llegó a su casa, su hijo le informó de la muerte de su hermano, y el pobre mío se lanzó con su modesta moto al ardiente asfalto, destrozado por el dolor y apabullado por aquella calor terrible. Cuando volvíamos por la carretera hacia Sevilla lo vimos que llegaba en dirección contraria. Le pitamos y nos detuvimos en el arcén de la carretera. Recuerdo perfectamente su cara, sus gestos, su rabia cuando le contamos lo ocurrido. Lanzó el casco a la cuneta, partiéndolo y haciéndose una herida en la mano, y lo hizo por el miedo, para vaciarse de toda aquella tensión insoportable, y porque ahora sería su hijo el que rezaría como causante de todo aquel embrollo. El hecho comprensible de que mi tía, mi madre y mi tío Juan ayudasen en todo momento a su hermano Manolo, mucho más cuando, enfermo, a veces se quedaba solo en aquella casa de campo, y a pesar de reconocer que era un hombre a veces intratable, un enfermo del alcohol, les había granjeado la enemistad de mis primos y de la mujer de mi tío. Ahora el hijo de mi tío Juan sería para todos ellos el responsable de aquella historia, y mi tío se vio envuelto en un vendaval de alivio, de dolor, de furia, de cansancio, sobre todo del cansancio de trabajar duro todos los días, de sacar adelante con tanto esfuerzo una casa, de ayudar no sólo a mi tío Manolo, sino a toda la familia, de cuidar a mi abuela, que por entonces había perdido la cabeza…

Hermanos

Rememorando aquel momento, en que traté de tranquilizarlo con un abrazo, no me extraña que a los dos o tres años, con sólo cuarenta y dos cumplidos, el corazón de mi tío Juan explotara y se nos fuera para siempre. Hoy el presente, como entonces, no le hace ninguna justicia, ni respeta en exceso su memoria, como nunca respeta la memoria de los mejores. Y aun así, creo que mi tío Juan se dejó aquí dentro de mi pecho un montón de sus tesoros.