lunes, 21 de mayo de 2018

Joni

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Oí su música muy tarde, en 2005, en Cahecho, un pueblecito apartado de los Picos de Europa, donde fuimos a almorzar y a descansar de la subida a la Cruz de la Viorna. Lamadrid era un pequeño restaurante al que se entraba por la planta baja. Camino del comedor, que se situaba en la planta alta, pasamos junto a una barra y un salón 81oMGUjcF L._SL1500_solitario e inmerso en esa penumbra que alivia de las tardes de verano. Y en ese silencio sonaba ella.

Con el temor de que dejara de sonar y no pudiera saber nunca más qué era aquella maravilla, pregunté a la mujer que nos atendió: «Joni Mitchell, un disco titulado Mingus. Es muy hermoso, ¿verdad?». Desde el comedor, entre el juego de los niños y la conversación, mantuve un oído en las últimas canciones del disco. Me pareció dulce, abstracto, asombroso. Joni era entonces sólo un nombre más entre los muchos músicos que apenas había escuchado, y tampoco podía imaginar quiénes acompañaban a Joni en ese disco. Salvo cuatro de sus temas, Joni habían compuesto todas las canciones, y el disco intentó (y consiguió) ser el conmovedor homenaje a un Charles Mingus que colaboró con sus risas, su conversación y cuatro maxresdefaulttemas propios, y que moriría pocos meses después. Con Joni tocaban nada menos que el buen Jaco Pastorius (el mejor bajista del mundo), Wayne Shorter, Herbie Hancock y Peter Erskine.

A partir de ahí, la discografía de Joni Mitchell se convirtió para mí en una fuente casi inagotable de regalos, en un río de música que ha llegado hasta hoy fresco y caudaloso. Unos días después de la visita a Cahecho, escuchando en casa el disco de Joni, me pregunté cómo había podido ignorar durante cuarenta y tres años a una de los mejores compositores del siglo XX.

Poco después de aquel descubrimiento, Herbie Hancock, junto a un grupo de magníficas cantantes, produjo un disco lleno de versiones de piezas de Joni. Lo tituló River. The Joni Letters. Salvo el tema que masculla ese supuesto músico que fue Leonard Cohen, el trabajo es una verdadera hermosura, adornado por el piano inmenso de Hancock y la colaboración impagable, entre otros, del mismo Shorter, de Dave Holland y de Vinnie Colaiuta. Esta tarde lo escuchaba, pero de pronto sentí la necesidad de oír la voz original, ese sonido mágico, rotundo y a la vez acariciante que es la voz de Joni. Entonces navegué un poco al tuntún por su Travelogue, por su Count and Spark, por el directo poderoso de Shadows and Light, y durante unas horas el mundo ajustó su curso al ritmo de la pura belleza…

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