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domingo, 2 de marzo de 2014

Premio Nobel a la vanidad de los tuertos

Libros

¿Saben ustedes que entre 2009 y 2013 se publicaron más de cien mil novedades literarias en este bendito país? ¿Y que sólo en el año pasado tuvimos la discutible suerte de contar con más de diecisiete mil obras nuevas, es decir, más de 48 diarias? Y esto sin contar con el chorreo de libros particulares que eligen no pasar por la Agencia del ISBN, la mayor parte de los cuales salen de la pluma de narradores y poetas aficionados.

Por fortuna para mi delicada salud mental no he leído todas las novedades, claro, pero apostaría a que en este movidito mar de literatura se pueden encontrar buenos libros, e incluso alguna que otra obra maestra. Es una cuestión de probabilidad: sería bien extraño que entre más de cien mil obras ninguna hubiera alcanzado la dignidad suficiente para ser considerada un buen libro. Nadie negará, sin embargo, que entre tanto éxito editado a bombo y platillo, la obra decente puede perderse como un diamante en el Atlántico.

Todos sabemos que el número de aficionados a la creación literaria ha aumentado en los últimos años de un modo pasmoso. Esto ha sucedido, entre otras razones, porque las redes sociales en general, y el mundo de los blogs en particular, nos han llevado a muchos lectores a imaginar nuestro nombre en los escaparates de las grandes librerías. No seré yo el que desapruebe tales ilusiones, porque en muchos casos surgen de un íntimo deseo de comunicación, del interés por transmitir ideas y experiencias, algo sin duda muy digno y humano.

libros-al-pesoEl problema surge cuando nos dedicamos a hacer algo poco frecuente en nuestros días, cuando nos fijamos en la calidad de lo publicado. De hecho, creo que otra razón de peso para el arrojo artístico de tanto nuevo escritor es precisamente la constatación de que lo que se escribe no está muy alejado en calidad de aquello que los grandes publican. La mediocridad general de la literatura de hoy fomenta la osadía de muchos que, maletillas en una plaza de mala muerte, se lanzan al ruedo a perpetrar obras cargadas de anacolutos, faltas de ortografía y dislates gramaticales. Esto no sólo vale para los propios escritores, sino también para muchas editoriales, que parecen haber entendido que en el gran mercado editorial para nada sirve un editor y para mucho un buen comercial.

Ya he comentado varias veces en este cuaderno mío la sensación de que todo proviene de un antiguo plan perfectamente orquestado. La extensión del gusto literario no se aborda en las escuelas, porque nadie enseña a leer obligando a leer libros, sino fomentando el amor por la sabiduría y la belleza. Y esto raramente se ha hecho en las aulas de este país. Mucha, muchísima gente se aficiona a leer porque viste leer, porque leyendo los últimos éxitos uno está a la última y porque, qué cojones, entretiene una barbaridad, sobre todo en momentos en que no se tiene una televisión a mano. Lo de la calidad de los libros es cuestión de técnicos y picajosos.

¿Es mala esta desatada proliferación de novelistas y poetas? Quién sabe… Sí y no. A mí me marea, la verdad, me marea mucho. Aunque lo que me pone peor es ver cómo, en el país de los ciegos, los tuertos se vanaglorian de su extraordinaria vista, vendiendo miles de libros con historietas prescindibles cuyo único valor reside en no haber cometido ningún atropello imperdonable con la lengua. No hace falta apelar a las obras universales, basta con hojear los libros de cualquier escritor aceptable de hace treinta, cuarenta o ciento cuarenta años para lamentar muchos de los éxitos actuales. Se sujetalibros-persona-divertidallega al extremo de que sus autores, en algunos pintorescos casos, son propuestos para el premio Nobel, un premio que, por cierto, como los Oscar, ya va siendo hora de relegar a los grises laberintos del show business.

Sí, la literatura, en la estela del resto de las artes, se va convirtiendo poco a poco en un negocio puro y duro, y en él un grupo de espabilados vende su jamón de cerdo blanco con sello de pata negra. Otro ejército de ilusionados diletantes, convencidos los más de que para escribir un libro sólo se requiere paciencia y tesón, publican en pequeñas y poco exigentes editoriales o autoeditan sus libros. Por supuesto que puede haber joyas en ese mar, pero además de ser raras acabarán por lo común disueltas en la mediocridad general.

Los libros se convierten en simples objetos de papel y tinta cuando están elaborados sin técnica, y la técnica medio se puede enseñar. Tampoco valen gran cosa cuando carecen de genio, de grandeza, de pasión, y esto, perdónenme, aunque se aprende, no se enseña.

lunes, 22 de julio de 2013

El blog de Blanca

Esverle

Esto de escribir tiene indudablemente su aquel. Hoy lo comentaba con un amigo que anda embarcándose con decisión en la tarea: aunque uno no deje de intentar hacerlo lo mejor posible, no es realmente determinante que se haga bien o mal, porque lo importante es realmente ponerte ahí, a contemplar cómo estos monstruitos borrosos consiguen dibujar sobre una superficie vacía algunos de los rasgos de tu alma.

Hace unos días aparecía en el Diario del Alto Aragón una noticia sobre Angelines y su blog, un ejemplo de cómo las palabras pueden regar una vida, y de cómo una vida puede generar hermosas palabras. Y es que un blog es mucho más que un cuaderno de bitácora…

Ahora es mi sobrina Blanca la que da la sorpresa. Con sus trece años divinamente cumplidos, asombra a su pobre tío con un blog en el que anda creando una historia, la historia de una muchacha que ama los libros y busca los tesoros de la vida. Y lo hace con frases bien construidas, con ingenio en los diálogos, con gusto en las descripciones, con una capacidad inusual para describir las escenas. Como le dije hoy, hay cositas que pulir, tal vez siempre las habrá, pero tiene madera, sí señora, madera de escritora. No sólo no hay muchos chavales con trece años que escriban así, sino que he visto libros publicados no tan interesantes ni tan elegantemente escritos…

¡Blanca, ya estamos esperando el siguiente capítulo!

sábado, 3 de octubre de 2009

Pobre verbo…

prever

Pobre verbo. Nunca conocí otro tan maltratado. ¿Es que no hay nadie que sepa cómo se conjuga?

jueves, 18 de junio de 2009

Tan cerca del balcón…

Escribir. Podría escribir sobre ese joven elegante que, en la Florencia de 1981, bajaba por una rampa quizás desde el Giardino di Boboli, o tal vez de San Miniato al Monte, quién sabe, con su traje blanco, las manos en los bolsillos y llorando como un enamorado recién despedido; aunque más bien contaría la reunión de suavidades y asombros en que mi memoria convirtió aquel encuentro. De todas formas, para situar el asunto tal vez habría de comenzar con Nieves, con su cabello largo y rubio y esa serenidad suya que era como el agua de algunos El Duomo y el Batisterio de Florencia desde el Piazzale Michelangeloarroyos, limpia y oscura, grácil y pasajera. De lo que estoy seguro es de que se me rompió una chancla, alguien me la pisó por detrás y no alcanzo a recordar cómo solucioné el problema. Porque paseando por Roma remojaba luego (o quizás antes) los pies en cada fuente, y posiblemente entrara en la Plaza de San Pedro con los pies mojados, con cuidado de no pisar el círculo de tiza que los carabinieri habían dibujado en la plaza, indicando el preciso lugar donde había ido a parar uno de los cartuchos que mes y medio antes habían disparado contra Juan Pablo II. Íbamos de peregrinación salesiana, aunque lo cierto es que a mí me empujaban razones más mundanas: la economía del viaje y dos niñas que me encantaban, y que sin atender a aquel chiquillo pasmado consiguieron desdibujar a toda Italia, con la excepción de cuatro detalles que resistieron al amor.


Porque el bajorrelieve sobre el mármol, aunque pequeño, era asombroso. Imaginé sin dificultad al preso pasando sus días ante aquel ventanuco enrejado, con aquella ciudad tendida a sus pies encadenados (¿Florencia?), y tallando pacientemente el perfil del hombre gordo, tal vez un cardenal, y las torres y cúpulas de una ciudad inalcanzable. Y qué decir de los pies titánicos de los apóstoles en San Juan de Letrán, o de la barata pizza margherita de Verona, muy cerca del balcón, con un sabor que se quedó a vivir en mi gusto para siempre. Por cierto, en la Basílica de San Pedro, tras aturdirme con la Piedad y extasiarme como una hormiga en aquellos espacios, busqué una columna y me senté en el fresco suelo, masticando ideas que aún hoy sigo rumiando. Juraría que elegir la cara posterior de la columna, la que daba la espalda al altar, quiso significar algo. Como también debió significar algo aquel rato que pasé sentado en un rincón del patio de alguna casa señorial salesiana, rajeando autista una guitarra sin acorde, dejando que las cuerdas sonaran libres y tristes, como yo mismo creía sentirme.


San_Giovanni_in_LateranoAhora podría escribir sobre Pisa, sobre Asís y sus delicados viñedos, o sobre la propia túnica, cilicio de esparto de aquel amigo de los animales que entonces me emocionaba con la obviedad de sus canciones ingenuas sobre animalitos de Dios. O podría tratar de recomponer la imagen desvaída de una iglesia de Turín, que permanece en mi cabeza con una disparatada iluminación azul y fucsia. Y también podría buscar las razones de que Venecia se mostrara tan exacta, tan falta de misterio, tan ensombrecida por el sol cegador de julio. Sobre Murano y sus cristales blandos, sobre una Capilla Sixtina lejana, diminuta, inescrutable para los ojos impacientes de aquel jovencito enamorado, y las tiritas que busqué en una farmacia escondida en los soportales de la Piazza del Duomo de Milán, y qué trabajo hasta que los cuatro o cinco expresivos italianos consiguieron entenderme. Ah, cerotto!


El famoso balcón de Julieta Y por qué no escribir sobre aquella acampada que hicimos en una zona de descanso de la autopista, justo a la entrada de Milán. Un autobús entero de ruidosa chavalería que plantó allí sus tiendas de campaña y un coche de los carabinieri que llega con las luces encendidas, uno de los dos policías con el pelo larguísimo, autoridad de una Italia desordenada. Hablan con el jefe de campamento y se van. Al poco otra patrulla llega, pero no, son los mismos guardias y con dos cajas llenas de helados… Nunca sabré qué les dijo nuestro cura; aún más, nunca sabré quién era aquel cura, perdido en esta memoria mía que dicta a su antojo mi recuerdo, que elige lo que queda y lo que se evapora, que me compone mucho más que el propio presente.


Escribir. Escribir por ejemplo sobre Italia, sobre un país construido a base de veinte, treinta recuerdos restaurados, del pelo leve y dorado de Nieves y de aquel sabor inolvidable de la pizza margherita en Verona, tan cerca del balcón…

jueves, 27 de diciembre de 2007

Una perfecta tontería

Podría escribir un poco más sobre la melancolía, ensañarme blandiéndola contra todos los que dejáis que la Navidad inunde vuestras venas con su aliento blanco y esperanzado. Al fin y al cabo, me siento casi como un enviado del puro Demonio para corromper los buenos deseos y el optimismo de tanta buena gente, gente que, de todos modos, tienen la misma razón que yo al ponerse enfrente de la melancolía: ninguna.

Podría escribir sobre los entresijos de un gran catarro, sobre este deseo ingobernable de dormir, de cerrar los ojos y dejar que tus huesos descansen hasta quién sabe cuándo, confiando en que los virus sean de buena familia y se marchen cuando acostumbran, sin gastarme más tiempo del imprescindible. Y contaros sobre la visión de mi libro cerrado sobre la mesa, recién empezado, y los niños que van de aquí allá viendo a su padre fatal, y la madre que se cansa de hacerlo todo...

Podría escribir sobre mis deseos, sobre este optimismo integral e insistente que me vence y que siempre se confunde con el pesimismo...

Pero sólo se me ocurre escribir sobre una perfecta tontería, aunque bien mirada, también merece la pena: por favor, os lo pido a todos, a vosotros y a todo el mundo, a cada uno de los habitantes de este mundo, no pongáis una coma entre el sujeto y el verbo, de veras, creo que es lo único que me producirá algún día una depresión...