jueves, 18 de junio de 2009

Tan cerca del balcón…

Escribir. Podría escribir sobre ese joven elegante que, en la Florencia de 1981, bajaba por una rampa quizás desde el Giardino di Boboli, o tal vez de San Miniato al Monte, quién sabe, con su traje blanco, las manos en los bolsillos y llorando como un enamorado recién despedido; aunque más bien contaría la reunión de suavidades y asombros en que mi memoria convirtió aquel encuentro. De todas formas, para situar el asunto tal vez habría de comenzar con Nieves, con su cabello largo y rubio y esa serenidad suya que era como el agua de algunos El Duomo y el Batisterio de Florencia desde el Piazzale Michelangeloarroyos, limpia y oscura, grácil y pasajera. De lo que estoy seguro es de que se me rompió una chancla, alguien me la pisó por detrás y no alcanzo a recordar cómo solucioné el problema. Porque paseando por Roma remojaba luego (o quizás antes) los pies en cada fuente, y posiblemente entrara en la Plaza de San Pedro con los pies mojados, con cuidado de no pisar el círculo de tiza que los carabinieri habían dibujado en la plaza, indicando el preciso lugar donde había ido a parar uno de los cartuchos que mes y medio antes habían disparado contra Juan Pablo II. Íbamos de peregrinación salesiana, aunque lo cierto es que a mí me empujaban razones más mundanas: la economía del viaje y dos niñas que me encantaban, y que sin atender a aquel chiquillo pasmado consiguieron desdibujar a toda Italia, con la excepción de cuatro detalles que resistieron al amor.


Porque el bajorrelieve sobre el mármol, aunque pequeño, era asombroso. Imaginé sin dificultad al preso pasando sus días ante aquel ventanuco enrejado, con aquella ciudad tendida a sus pies encadenados (¿Florencia?), y tallando pacientemente el perfil del hombre gordo, tal vez un cardenal, y las torres y cúpulas de una ciudad inalcanzable. Y qué decir de los pies titánicos de los apóstoles en San Juan de Letrán, o de la barata pizza margherita de Verona, muy cerca del balcón, con un sabor que se quedó a vivir en mi gusto para siempre. Por cierto, en la Basílica de San Pedro, tras aturdirme con la Piedad y extasiarme como una hormiga en aquellos espacios, busqué una columna y me senté en el fresco suelo, masticando ideas que aún hoy sigo rumiando. Juraría que elegir la cara posterior de la columna, la que daba la espalda al altar, quiso significar algo. Como también debió significar algo aquel rato que pasé sentado en un rincón del patio de alguna casa señorial salesiana, rajeando autista una guitarra sin acorde, dejando que las cuerdas sonaran libres y tristes, como yo mismo creía sentirme.


San_Giovanni_in_LateranoAhora podría escribir sobre Pisa, sobre Asís y sus delicados viñedos, o sobre la propia túnica, cilicio de esparto de aquel amigo de los animales que entonces me emocionaba con la obviedad de sus canciones ingenuas sobre animalitos de Dios. O podría tratar de recomponer la imagen desvaída de una iglesia de Turín, que permanece en mi cabeza con una disparatada iluminación azul y fucsia. Y también podría buscar las razones de que Venecia se mostrara tan exacta, tan falta de misterio, tan ensombrecida por el sol cegador de julio. Sobre Murano y sus cristales blandos, sobre una Capilla Sixtina lejana, diminuta, inescrutable para los ojos impacientes de aquel jovencito enamorado, y las tiritas que busqué en una farmacia escondida en los soportales de la Piazza del Duomo de Milán, y qué trabajo hasta que los cuatro o cinco expresivos italianos consiguieron entenderme. Ah, cerotto!


El famoso balcón de Julieta Y por qué no escribir sobre aquella acampada que hicimos en una zona de descanso de la autopista, justo a la entrada de Milán. Un autobús entero de ruidosa chavalería que plantó allí sus tiendas de campaña y un coche de los carabinieri que llega con las luces encendidas, uno de los dos policías con el pelo larguísimo, autoridad de una Italia desordenada. Hablan con el jefe de campamento y se van. Al poco otra patrulla llega, pero no, son los mismos guardias y con dos cajas llenas de helados… Nunca sabré qué les dijo nuestro cura; aún más, nunca sabré quién era aquel cura, perdido en esta memoria mía que dicta a su antojo mi recuerdo, que elige lo que queda y lo que se evapora, que me compone mucho más que el propio presente.


Escribir. Escribir por ejemplo sobre Italia, sobre un país construido a base de veinte, treinta recuerdos restaurados, del pelo leve y dorado de Nieves y de aquel sabor inolvidable de la pizza margherita en Verona, tan cerca del balcón…

6 comentarios:

lula Fortune dijo...

Quel terrazzo dove lei é mai stata... ma che può fare questo piccolo detaglio quando ne abbiamo quindici anni?

Creo que ya es tiempo de volver.
Baci tanti.

Sir John More dijo...

Bueno, tenía dieciocho añitos, hacía el servicio militar, y mi imaginación volaba alto, alto... Hoy volvería a otra Italia, a otro lugar bien distinto, y cada detalle reconocido sería como encontrar dientecitos de niños neanderthales. Además, el balcón ya no sería de Nieves, ni de Mari Carmen, sino del amor mismo: un dolor menos específico y más universal...

Baci che navigano in gondola.

lula Fortune dijo...

Demasiados santos, vaticanos, salesianos y curas.
El próximo viaje tiene que estar impregnado de un sosegado paganismo.
Besos desde el Colosseo.

Sir John More dijo...

Dios te escuche...

Aquí me quedaré... dijo...

Cuando voy, es un volver a casa.
Evitando ciertos lugares pecaminosos, claro.

Besos

Sir John More dijo...

Oye, cuenta, cuenta... Besos intrigados.