Además de la crisis y la corrupción, y en el fondo de ellas, uno de los cambios más lamentables que ha sufrido nuestra sociedad en estos últimos años es la consagración de la mentira como actitud comprensible. Subliminalmente adoctrinados por los medios de comunicación, que siempre tienen demasiada prisa comercial para detenerse en minucias, mostramos una sorprendente indulgencia con las falsedades, los embustes, las exageraciones y las patrañas que los personajes públicos sueltan a todas horas. Hubo unos años en que el tertuliano fue un experto en el arte de hablar de todo sin saber de nada. Hoy se ha convertido en un profesional de buscarle los tres pies al gato, en uno que, al rumor del parloteo, encuentra justificación para lo injustificable, perdiéndose y perdiéndonos en un marjal de argumentos falaces o en el mejor de los casos faltos de la mínima ponderación.
Se considera, específicamente, que el juego político requiere de la mentira. ¿Cómo podemos pedir a un político que diga una verdad que vaya contra sus intereses o contra alguno de sus compinches? Sería una ingenuidad. Así pues, confiamos en que un individuo que nos miente —que, con descaro y sin escrúpulos, no se avergüenza lo más mínimo cuando es descubierto— va a resolver de buena fe nuestros problemas sociales, y que al hacerlo va a respetar nuestros derechos individuales. Y así nos va, claro.
Ya comenté en otro lado que nadie que se haya acercado a la especie política que nos ha gobernado durante todos estos años de democracia puede hablar de sinceridad y honestidad política sin reírse. No hablo sólo del gobierno de la nación, sino también de gobiernos autonómicos y locales. Y creo que, salvo contadísimas y honrosas excepciones, el término casta es bastante apropiado para esta especie de superhombres y supermujeres de alma embrutecida. Pero lo triste, lo más desalentador es que aquellos que parecen venir a reparar un mecanismo que tal vez nunca haya funcionado correctamente en este país, que esos que insisten esperanzadoramente en la necesidad de honradez y transparencia de los servidores públicos, caigan en comprensibles mentirijillas y en evasivas interesadas, incluso antes de llegar al poder.
Es lo que ocurre con Podemos: no todo lo que hacen y dicen me gusta, pero sus modos y sus actitudes parecen estar, para bien, a años luz de los tradicionales. La casta, no sólo la política, sino también la mediática y la económica —tres instancias que se confunden continuamente por estar interesadamente entrelazadas—, ha estado persiguiendo a Podemos desde su nacimiento, pero ése es el precio que debe pagar por su aparente intento de sinceridad, por su arriesgada promesa de honradez. Sin embargo, la actitud actual de su dirección ante determinados temas me produce una gran preocupación. Puedo entender determinadas estrategias electorales, pero no la mentira y el ocultamiento de la realidad, y aún más cuando siendo patente, esta mentira nos acusa de idiotas. En un país donde, en el terreno social, casi todo es mentira, donde casi nadie dice lo que piensa, donde casi todos hacemos las cosas por motivos muy distintos a los que expresamos; en un país donde los valores se han convertido en algo maleable y reversible, en un manojo de adornos que nos ponemos y quitamos según sople el viento, en un país así una mentira es suficiente para desviar el rumbo de un político honesto, y encuadrarlo en este juego macabro en que se está convirtiendo la democracia.