sábado, 4 de agosto de 2007

Rumbo al arco iris

(Se sugiere escuchar cada tema leyendo su texto)
No cesa la llovizna. Subo por un callejón solitario, encendido por tímidas luces que reverberan en el empedrado. El pueblo está desierto, tomado por un silencio de encina y chimenea. No tengo prisa por llegar a ningún lado. La lluvia me escuece en los ojos, que por su parte no hacen el más mínimo intento de llorar. Cada paso resuena preciso y único en las piedras del callejón, y un aire fresco de noche nueva acaricia mi alma cansada. Y camino y camino con lentitud por las calles mojadas, sin prisa, sin destino, oyendo el tictac de mis pasos…

Llueve, pero ni el más terrible vendaval podría apagar su luz. Esa luz en su rostro convoca a las estaciones, las reúne y las enreda alrededor de su pelo, y embelesa a los relojes que enloquecen fascinados. Llueve, pero besaré pronto sus ojos, y mis labios rozarán esos sueños que lleva escritos en los párpados. Llueve, pero la lluvia no impide que el aroma de su cuerpo salve distancias formidables hasta colarse por mi ventana.

Danzamos hundiendo nuestros pies en la playa húmeda y nocturna, con esas líneas de espuma que adornan la muerte oscura del mar. Danzamos y reímos sin dejar de mirarnos, imprudentes, excesivos, como si en esta noche nada fuera a ocurrir salvo nuestra danza de sal y arena. Ella me regala un collar de sonrisas, yo le ofrezco un ramo de segundos absolutos.

Él se fue y nos dejó su rastro, liviano en la tierra y bullicioso en las estanterías. Se fue como una prueba más de que todo es sueño. Pasó sus dedos por los contornos del arco iris y nos contó sus sensaciones. El arco iris surge tras la lluvia siempre un poco más allá de nosotros, puerta a lo imposible y símbolo de nuestra orfandad. Él se fue y hundió para siempre sus manos en la tierra, algo más acá del arco iris…

jueves, 2 de agosto de 2007

El bueno de Will Hunting


No dan una a derechas en la traducción de los títulos cinematográficos. Esta noche vi por enésima vez, y con una emoción creciente, Good Will Hunting, que aquí en España se llamó El indomable Will Hunting. Bueno, reconozco que tampoco es tan importante esto de los títulos. Incluso con la pavada esta de la indomabilidad, la película acaba siendo una maravilla, redonda, justa, rebosante de matices, con unas actuaciones geniales de Matt Damon, Robin Williams, Ben Affleck y Stellan Skarsgård, y en general de todos los actores de esta fascinante película. La dirección de Gus van Sant no puede ser más elegante, pero lo más asombroso de esta cinta, a mi parecer, es el guión, un inteligente y seductor guión que fabrican Damon y Affleck, cada uno con veinte y pocos años. Y encima ha pasado la prueba del algodón, porque mi hijo Adrián, el cinéfilo vicioso de trece años, no se movió durante las dos horas de película. Al final, cuando con los créditos ha comenzado a sonar la deliciosa Miss Misery (del malogrado Elliott Smith), me he vuelto y le he dicho: “Qué, pedazo de película, ¿eh?”. Él, sin dudarlo, aparcando un momento sus complejos freudianos que lo impulsan a matar a su padre (a disgustos y a contestaciones), ha respondido con un gesto afirmativo. Y yo me he sentido aún mejor de que él haya disfrutado con esta historia llena de valores éticos y artísticos.

martes, 31 de julio de 2007

Spielberg, menuda criatura

Sé que me caerán algunas collejas, pero debo decirlo: definitivamente Spielberg es un director insoportable. Ayer se disolvió uno de los últimos motivos que tenía para callar esta afirmación. Al hablar de Spielberg, del humo fácil y vacío de sus películas, siempre hice hasta ahora una salvedad: El diablo sobre ruedas (Duel). Vi esta película (realizada originalmente para televisión) hace muchos años, y la recordaba interesante, incluso diría que cautivadora, de estas películas que te mantienen en vilo hasta el último de sus minutos, y con un guión inteligente, noble. Para los que no la hayáis visto, su argumento es el siguiente: un señor hace un viaje en coche en el que debe cruzar zonas muy despobladas de algún estado norteamericano. Adelanta con dificultad a un camión, pero luego se da cuenta de que el camión lo persigue, y el viaje se transforma en una aventura angustiosa en la que el camión (o el camionero) juega a su antojo con el protagonista.

MayCvr1Hace unos días le comenté algo sobre la película a mi hijo mayor (cuya cinefilia comienza a preocuparme, porque ninguna adicción es buena), así que la conseguimos y la vimos. Juro que en las últimas películas que he visto de Spielberg he adoptado una actitud de alerta ante mi posible predisposición negativa. Le he visto tanta tontería a este señor, tanto desperdicio de un talento del que ya empiezo a dudar, que bueno, trato por todos los medios de ser lo más objetivo posible con él. Ahora lo tenía fácil, porque incluso yo pensaba que era la mejor película de Spielberg, su primer intento serio de hacer cine y lo más fresco que había dirigido. Ésta era mi teoría. Pero ahora ya me he convencido de que no, que fue malo desde el principio, al menos como director de cine. La idea de la película era fantástica, y se prestaba a un juego increíble. El camión elegido no era un camión, era un monstruo gigantesco a la caza del pequeño animalito, un Valiant Plymouth rojo, tan indefenso. La película, tan simple a primera vista, permitía jugar con los mitos, pero observándola ahora, con ojos (sólo ligeramente) más formados que los de hace veinte años, descubro montones de detalles ridículos, que Spielberg podría haber salvado, pero que no salva porque es un niño pequeño, capaz sólo de genialidades sin fondo. Y si en las películas de Indiana Jones los múltiples fallos impiden que disfrutemos de unas divertidas aventuras sin más trascendencia, en Duel Spielberg desperdicia la oportunidad de haber realizado una obra maestra. Por poner un par de ejemplos: la escena en que el automóvil se para ante un paso a nivel, y al pasar el tren el camión aparece y lo empuja para que el tren lo arrolle, resulta inconcebible. Es difícil pasar por alto que el automóvil y el camión se encuentran oblicuos a la trayectoria del tren, y que el protagonista sólo tenía que haber doblado el volante para haberse puesto a salvo. Pues no, el bueno de Dennis Weaver pisa el freno y se deja arrastrar poco a poco hacia el tren. Pero claro, la película debía continuar, y el listo de Spielberg decide que el protagonista no muere. Así, un camión que durante la película ha demostrado poseer un motor potentísimo, hasta alcanzar velocidades mayores que las del Valiant Plymouth, empuja al coche y no tiene narices de hacerlo avanzar más allá de un metro. Luego, los pensamientos (en voz alta) del protagonista en el bar de Chuck son penosos, así como su reacción. Spielberg, como tantas otras veces, no se preocupa en absoluto de hacer realista la ficción, con lo que la convierte en una comedia caricaturesca, y en este caso transforma una historia terrible en una más de sus bufonadas. La verdadera virtud de esta película estaba tan basada en el carácter ominoso e inexplicable del camión, como en la normalidad del protagonista, y una persona normal no reacciona como éste reaccionó.

duel4En resumen, una vez más Spielberg convierte una obra maestra en una decepción con sólo tocarla. Alcanzó límites insospechados en La lista de Schindler, en la que demostró oficio a la vez que una capacidad jamás vista para estropear tres horas de obra maestra con un cuarto de hora final insensato y pueril. Vomitó ese bodrio llamado Eyes Wide Shut, que sólo su muerte impidió dirigir al bueno de Kubrick. Llenó películas de escenas ridículas que no casaban con sus historias de ninguna de las maneras, o llevó hasta el paroxismo a personajes histéricos como el Richard Dreyfuss de Encuentros en la tercera fase. Ha sido un gran aprovechado de esa imaginación blandiblú que los americanos engullen como si fueran hamburguesas, sacando personajes idiotas como ET, idiotizando personajes sagrados como Peter Pan (lo de Hook es para llevarlo al Juzgado de Guardia), echando mano de su enorme capacidad económica para asombrar (relativamente) con las primeras escenas de Salvar al soldado Ryan, pero eso sí, para luego contar una historia insulsa con un insoportable Tom Hanks, que es otro de esos histrónicos fijos del cine americano (dios santo, ¿quién puede soportar esa banalidad estúpida que es La Terminal?). Compárese Apocalypse Now ó La chaqueta metálica con esa historieta pro-yankee del valiente soldadito Ryan... En fin, me callo, porque, como dice mi amiga Candela, la vena se me inflama más y más, y con esta edad uno debe administrar los desprecios…

domingo, 29 de julio de 2007

Cáncer


Noche. Tres tintos de verano. Nunca hice caso al horóscopo, y ser cáncer jamás supuso más que eso, ser cáncer, una especie de aérea nobleza algo traicionera. Pero la luna… Tres tintos de verano y la luna allá arriba, casi llena, aunque ya sonriente. El músico ambulante acaricia el acordeón, y su acompañante puede tener acaso la edad de mi hijo mayor, trece, catorce años. Lleva una pequeña pandereta con la que acompaña la música y luego pasa la gorra. ¿Qué sentimientos arderán en su pecho de niño? El músico conecta el amplificador, bajo el acordeón danza elegante un piano grabado. La música me recuerda a París, donde nunca he viajado pero donde he estado tantas veces… La luna… Brillos de luna se esparcirán ahora, justo ahora, por aquella playa desierta, por los cerros altivos del fin del mundo, y andarán alumbrando con la luz justa las imprudencias de los soñadores. ¡Qué mundo! La pandereta, los sueños, la luna… Una gran lejanía se genera a mi alrededor, y aun rodeado de gente percibo la soledad y recuerdo a los muertos, que bajo la luna sonriente se mirarían también en el espejo de la noche, y se contemplarían también solos, solos en el centro de la nada.



sábado, 28 de julio de 2007

Fieles celosos

(Pintura por ordenador de Steven Stahlberg, Jealousy)
Los celos son la expresión del miedo y la cobardía. Pero no pensemos en los celos del individuo que mata a su pareja, vayámonos a algo mucho más común, a los celos que la gran mayoría de nosotros sentimos en nuestra vida de pareja. Estos celos (que no son más que la base y una de las mejores justificaciones de aquellos otros celos más extremos y criminales) suelen provenir de la conciencia de posesión sobre el otro, y en esto andamos muy parejos mujeres y hombres. Cuando alguien siente un legítimo temor de que su pareja lo abandone por otra persona, la vía más fácil de expresarlo es con los celos (los reproches, la vigilancia, la arbitrariedad…); la más difícil, pensar que el otro es libre de cambiar su vida cuando quiera (manteniendo de cualquier manera las responsabilidades adquiridas con los hijos), y que sólo sobre esa libertad puede desarrollarse una relación verdaderamente cariñosa y sana. El celoso no confía realmente en su pareja, no está dispuesto a arriesgarse a la desilusión en nombre de la confianza y de la libertad del otro para amar. De siempre el hecho de amar a una persona ha sido sinónimo de quererla, de necesitarla, y ha ido invariablemente unido a la idea de perdurabilidad; pero mientras no comencemos a pensar en el amor como una aventura libre y radicalmente presente, dejando de considerarlo un contrato eterno de cumplimiento obligado, hasta ese momento las parejas serán, lo queramos o no, puros negocios aburridos, explosiones iniciales de pasión que, en vez de precipitar formando un cariño poderoso y duradero, se transforman en caminos tortuosos hacia un futuro gris, rutinario y fracasado.

En consonancia con este problema, se tergiversa sin pudor el término
fidelidad, identificándolo a la ligera con todo aquello que impida que la pareja se separe. Llevando esta definición a su consecuencia lógica, la fidelidad mayor se cumple cuando ni el hombre ni la mujer disfrutan de libertad alguna, puesto que así se evitan las oportunidades de infringir las normas matrimoniales. Como en los celos, no hay fidelidad si no hay libertad para ser fiel. A nadie debería interesarle que su pareja le sea fiel por obligación, y todos deberíamos preferir a alguien a nuestro lado que desea voluntaria, libremente permanecer ahí cerca, compartiendo pasiones, cariño o incluso las dos cosas. Pero el miedo y la cobardía vuelven a funcionar, impulsados por los mecanismos sociales y religiosos que necesitan a toda costa que seamos buenos reproductores.

miércoles, 25 de julio de 2007

Pinturas breves


Orgullo de recibir el polvo delicado que cae de sus alas de palabras, mientras chapoteamos felices en los miles de hojas fabricadas con nuestra piel.

Pasmosa salida del sol de sus ojos grises verdes por el horizonte de la noche vieja, anuncio del día verso, del tiempo de luciérnagas fugaces.

Su corazoncito respingaba en la ecografía, y andando lunas vino a obsequiarme con dos besos suaves y colmados que todo padre llamaría sueño.

lunes, 23 de julio de 2007

Ojos fijos en la nada



El joven fija sus ojos en la nada, porque así podrá contemplar a la muchacha, de espaldas, perdida ahora en alguna ciudad, atareada en su presente. Las manos del joven escriben, garabatean una caricia, recogen con esas mismas manos el pelo mojado de la muchacha que se derrama sobre su espalda desnuda. Entre las palabras escritas oye cómo la muchacha sonríe, esa inconfundible sonrisa suya, y observa cómo la niña vuelve su carita risueña hacia él que, sin parar de escribir, sofoca su risa con un largo beso. Los labios de la muchacha tal vez anden en este mismo instante pronunciando palabras de color gris, y quién sabrá nunca si de pronto sus ojos se han posado sobre la nada para encontrarse con él en esa dirección sin señas, en ese lugar justo debajo de la luna llena. Un temblor sube desde el papel hasta el corazón del joven, una luz muy distinta de la del día y que huele tanto a ella…

sábado, 21 de julio de 2007

Entre el cariño y la pasión

El cariño camina lentamente, siguiendo una ruta prevista, con serenidad, sin aspavientos. Nos proporciona esa calidez constante que todos necesitamos, esa paz de azúcar que contrapesa nuestra insuperable soledad. El cariño nos acaricia con sus dedos habituales, con su amor de costumbre, con esa fidelidad decantada en años de caminar hacia un fin, hacia el fin. El cariño luce una brújula en la solapa, y sus sorpresas son coherentes, proporcionales. El cariño nos conserva, nos cuida, y en un cajón dobla nuestros dolores con delicadeza y esmero, y los desactiva con su sueño sin sueños. El cariño es el descanso en nuestra vigilia. Al cariño no le importa tanto nuestro crecimiento, sólo desea nuestro bienestar, abrazarnos sabiéndonos a salvo de todos los peligros.

La pasión, sin embargo, revolotea inconstante, fugaz, efímera, insólita y extraordinaria. La pasión nos extravía durante un instante; más aún, la pasión tiene vocación de instante, y huye de la permanencia o la eternidad. No hay gravedad en la pasión, nada pesa, todo en ella flota sin puntos cardinales, sin posiciones absolutas. La pasión no tiene sentido, llega inesperada y sin rumbo se cumple, y una vez apagada nos deja ese poso de crujiente crecimiento. La pasión nos sumerge en la (a)ventura, nos concede el riesgo, nos recuerda nuestra condición vacía, y ahuyentando sin maldad los valores nos suelta la mano para que dibujemos mundos. La pasión cría en nosotros esa osadía de los vivos.

Cariño y pasión, pan y vino, seso y locura, y nosotros ahí en medio, enternecidos por el cariño, soliviantados por la pasión…

viernes, 20 de julio de 2007

Instante y eternidad

Andar allá arriba, rodeado de torres caprichosas, pilares del mundo, rastros de la creación, y el sonido silencioso del viento frío acariciando mi piel indefensa… Me asaltó un deseo tremendo de gritar, de expresar mi júbilo infantil y añadirlo al curso también silencioso de la vida. Me sentí un trocito infinitesimal del tiempo, una mota de polvo en la incomprensible maquinaria del universo. Pero a la vez me detuve altivo y provocador ante la belleza irresistible de plantas y piedras, de árboles caídos, de luces inesperadas, de todo ese emocionante cuento menor que bulle bajo la eternidad.

Pirineos




jueves, 5 de julio de 2007

Viaje

Aquí, en esta diapositiva mal recuperada, andábamos Adrián y yo en Escocia, en un viaje de locura que hice solo con él cuando no había cumplido los cuatro años. Coloqué a Adrián en línea con el Castillo, y luego me fui a poner el automático en la cámara. Le dije que se quedara quieto, pero cuando pulsé el disparador de mi Yashica y salí corriendo hacia él, el muy papafrita también corrió, como huyendo de mí, y la foto nos cogió así, riendo, con la felicidad de estar en el paraíso siquiera unos días...

Salimos en unas horas hacia el Pirineo, así que no apareceré por aquí en unos diez días. Espero que a todos los buenos amigos que encontré en estos pagos este tiempo os traiga muchas sorpresas agradables. Un beso para todos.

miércoles, 4 de julio de 2007

Sonidos lunfardos

¡Ya lo tengo! Me ha costado, pero al fin lo conseguí. Ya sé cómo se puede cargar un sonido en nuestro blog. Habréis visto que ya colgué algunas canciones, pero lo hice directamente de http://www.radioblogclub.com/, algo muy fácil, porque se trata sólo de entrar en esa página, buscar la canción que se desea, y si se encuentra pincharla y copiar un texto que te sale con cada canción para pegarlo luego en la entrada que uno quiera, editando la misma en formato HTML. Pero claro, sólo se puede colgar una canción que se encuentre en Radio Blog. Yo me preguntaba cómo subir un sonido, cualquier sonido que tengas en el ordenador. Resumiendo:

1. Hay que subir el fichero (creo que es mejor en formato mp3) a un Hosting, es decir, una página web que te acepte hospedar tu fichero mp3. Encontré una que es http://www.fileden.com, porque lo intenté con otras y tuve problemas. En esta página, luego de registrarte, puedes subir los ficheros a una especie de lugar propio (cuidado, porque tiene ciertos límites, pero creo que no son muy importantes), y conseguir una dirección web específica de cada fichero, y que será la que luego debemos copiar en nuestra entrada.

2. A continuación, ponemos en la entrada, editándola en HTML, el siguiente texto:



Perdón, lo pongo como una imagen porque me es imposible ponerlo de otro modo. Si os fijáis, la dirección de mi fichero es

"http://www.fileden.com/files/2007/7/3/1235323/2090198628.mp3"

dirección que debéis sustituir por la dirección del vuestro. Si este texto completo lo colocáis al final de la entrada, aparecerá al final de la entrada, y si lo colocáis al principio, pues aparece al principio. No es difícil.

Como sé que no me he explicado mucho, me ofrezco a despejar cualquier duda, y para que veáis los resultados, os pongo un ejemplo, en este caso algo muy querido. En mi cuaderno existe una entrada titulada Mirá que sos…, un ejercicio de expresión lunfarda que seguramente presentará muchos errores, pero que como me sonó lindo lo publiqué. Iba dedicado a una amiga argentina que sé que entró en mi cuaderno pero no dijo nada. Pues bien, mi querida amiga Roxana tuvo la halagadora idea de poner sonido a esas palabras, y para ello se ayudó de una voz preciosa, la de Addy. Y esto que os pongo aquí es el resultado. Espero que os guste y os emocione tanto como a mí.

[El fichero caducó en Fileden, y tuve que subirlo a Goear...]

domingo, 1 de julio de 2007

Comentando a Jorgewic

Buenos consejos en El "cutter" editorial, y un montón de ganas de comentar Hay una diferencia, y es inmensa. Rita the singer, ¡qué bueno el amigo Jorgewic! ¿Sois capaces de imaginarla? No es mal personaje para una epopeya de la tonadilla, ¿eh? Los Rolling me gustan mucho menos, me parecen una gran mentira, y si esa santidad de la música clásica (en la que no creo tanto) me lo permite, propondría una larga lista de grupos que sí hicieron (e incluso hacen) rock inteligente, ocurrente, sentimental, con más música y muchas menos alharacas (Van der Graaf Generator, Genesis, Pink Floyd, King Crimson, Jethro Tull, Yes…) Sea como fuere, no sé si habrán ascendido de Sirs a majestades, pero satánicos nunca fueron estos fulanos. Son blanditos, blanditos como un saco de billetes (veáse si no la patética aparición del papá de Jack Sparrow en la patética tercera parte de Piratas del Caribe; después de caerse de un cocotero, en la película apenas se mantiene en pie). Por su parte, Tom Cruise se acabó con Legend, que salió bien a pesar de él. Cierto que a Serrat le debo algunos momentos emocionantes, y su música rasca a veces en la originalidad, pero Sabina jamás salió de los acordes Boy Scouts, eso sí, para endulzar unos artificios lingüísticos que mi falible intuición (junto con otros datos) me inclina a desoír. Como buen sevillano ando tan, tan cansado del renacimiento comercial del flamenco… Miles de imitadores fallidos del gran Camarón de la Isla se obstinan en sepultar el flamenco jondo en un jaleo de gritos, y tenemos niñas pastoris, y nietos de los Amaya (estopas, manilis, melendis y mindunguis) hasta en la sopa. Bueno, y en la sopa tenemos fútbol, fútbol en cantidades industriales, y si no vénganse todos a mi ciudad, aunque lo peor es cuando llega Ferrán Adriá y nos deconstruye la tortilla, que digo yo que qué jodida falta nos hace que venga este señor a deconstruirnos algo tan delicioso. Y bueno, lo de Manolita Chen ya no sé qué decir, porque creo que nunca estuve en su circo, pero siempre la recuerdo sonando a días de feria de abril, y contra los recuerdos uno ya no puede argumentar ni con arte ni con ciencia, que nada, que un recuerdo entrañable es un recuerdo entrañable.

Tengo costumbre de mantener a cierta distancia estos recuerdos ineludibles de mi aplicada glandulita de las emociones culturales. Un poner (que decimos por estos pagos): soy un fan impenitente de Paul McCartney, pero nunca mantendré ante nadie la extraordinaria valía cultural de este individuo. Muchos recuerdos, casi todos generados en mi más tierna adolescencia, se aliaron para convertirme en un seguidor fiel de su obra. Por supuesto, este señor ha realizado ingentes esfuerzos por que yo abandonara mi fe mccartniana, perpetrando discos de una insulsez difícil de imaginar, e incluso agrediendo a la inteligencia de los cáctus con varias obras clásicas. Pero no lo puedo evitar, por mucho que lea y que me cultive, es oír el London Town o el Band On The Run, y caérseme inmediatamente los palos del sombrajo. Hasta el punto de que, ¡ay!, alguna de sus canciones las considero obras de arte; escúchese, sin ir más lejos, ese Dear Boy en su álbum Ram.


De todos modos, me da miedo la santidad. Coincido con mi amigo Jorgewic en lo más profundo de su argumento, y también en su indignación. Basta encender el televisor un rato para comprobar que lo que consume el grueso de nuestros congéneres puede calificarse, sin mucho miedo al error, como basura enlatada. Esta civilización se ha especializado en ello, y hay ingentes ejércitos de técnicos diversos sumidos en la ardua labor de hacernos creer que el humor de Cruz y Raya es divertido, y que la Misa en si menor de Bach es un gran coñazo; o que cualquier serie de éxito, llena de gente guapa y ocurrente, merece mucho más nuestras emociones que, por ejemplo, el diálogo entre Violeta Valèry y el padre de Alfredo Germont, pasando por encima de dos cuestiones que hoy día no merecen mucha atención: la estética y la sensibilidad. De los tres o cuatro ratos que he visto la serie House no saqué un solo instante de emoción natural, de esa emoción que puede uno sentir en el mundo donde uno vive, con la gente con la que uno vive. Los momentos cumbre de la serie son artificios técnicos, holografías preciosas y vacías. No pretendo que las historias que la cultura genera deban todas coincidir con mi pequeño mundo, porque de esa forma anularía toda la grandeza que adorna a la cultura, esa facultad de crear mundos nuevos y aventuras distintas. Pero en esos mundos nuevos y en esas aventuras nunca vistas, si están bien construidos, podemos insertarnos nosotros sin dificultad, y la verdad, no me veo yo entre ese grupo de médicos presumidos y sobreactuados, luchando contra extraños virus de patas peludas y bacterias con cara de Mick Jagger.

Pero yo decía que me da miedo la santidad. Casi prefiero el caos, ese lugar donde cualquiera puede largarte (a mí me lo han largado) que Julio Iglesias y Beethoven han compuesto una música parecida, aunque obviamente el mérito del alemán es mucho mayor al haber escrito su música dos siglos antes que el fallido portero del Real Madrid. O que te digan que Joyce es un petardo, y a continuación que Don Quijote de la Mancha es un libro ridículo. No quiero que Joyce sea santo, ni el Quijote tampoco. No quiero convencer a nadie sobre esa banda sonora de la melancolía que es el tercer movimiento de la novena. Prefiero disfrutar de estas cosas como si fueran lo que son, accidentes de la naturaleza, pequeños nudos gordianos donde hallar soluciones sugestivas a mis contradicciones más irresolubles. Creo que no mezclaría con estas delicias la línea económico-editorial de los grandes periódicos de este país, y mucho menos a las instituciones educativas, desde casi siempre verdaderos obstáculos para la educación científica, cultural, social y sentimental de nuestras niñas y niños.

Todo lo dicho no quita, por supuesto, que comparta toda la indignación de Jorgewic, y que, aún más allá, a veces envidie a Nerón…

Cortázar vende coches

Sigo leyendo las cartas de Cortázar, y disfruto incluso aquellas que dirige a su gran amigo Francisco Porrúa, su editor, unos textos repletos de detalles técnicos sobre la publicación de sus libros. Hace unos días me asombré ante un nuevo anuncio con su voz (o quién sabe si es la voz de alguien que lo imita), y no pude dejar de pensar en la reacción que Cortázar tendría ante semejante propuesta. Probablemente diría: “ahí se vayan al carajo esos vendesueños”. O algo por el estilo... Curioso mundo este en el que van prevaleciendo dos costumbres: la tradición sin pensamiento en lo privado, y la trasgresión deshonesta en lo público. Ambas perfectas para que sigamos avanzando hacia una catástrofe presumida y majadera.

sábado, 30 de junio de 2007

El mar espera

Ella le dijo entonces: "Éste tendría que haber sido un día de cuentos susurrados por la voz del viento, de caracolas o brisas marinas, mi niño; pero no digas nada". Entonces el niño se puso de puntillas, para mejor asomarse a la ventana, mas desde allí todo era tierra, y no se veía el mar. El mar se había quedado allá, en el otro lado, rodeándola a ella como un manto de gasa verde, azul, parda y blanca, refugiado expectante en su cuerpo de universo...

Atropos y la risa eterna

Las Parcas son tres hermanas que trajinan con el hilo de nuestra vida. Clotho, la más pequeña, trenza por primera vez el hilo, y con su labor determina de algún modo nuestro destino. La segunda, Lachesis, se encarga de todo lo necesario para que la vida siga su curso. Atropos, la tercera, la Parca más reputada, se dedica a cortar con sus espeluznantes tijeras el hilo invisible que nos guía, el hilo invisible que somos.

Haciendo un esfuerzo de concentración, aguzando la vista de mi pensamiento para obtener una percepción nítida de lo que ocurrió, doy con imágenes de mi madre que la muestran viva, feliz, enfadada, brava, siempre amorosa, ofreciéndonos todo lo que tenía. Cada uno de sus gestos se transforma hoy en otro motivo irrefutable para indagar en el futuro, para no cejar en este absurdo camino hacia ningún sitio.

Pero lo de verdad inconcebible surge en la visión de conjunto: mi madre nace, sufre de niña las injusticias abstrusas de una sociedad enferma y pobre, las de una familia azotada por el alcohol y el hambre. Muy joven se embarca en un obligado y cruel esfuerzo para ganarse la vida (un afán que se prolongará muchos años, hasta que las leyes y su cansancio le concedieron una mísera pensión suficiente). Muy poco después el error fatal de su matrimonio, un error del que surgimos mis hermanos y yo, y que la condenó a una familia rota para siempre. Con los años todo parece mejorar, su bravura sigue intacta, y con los nietos ella se derrama por nosotros, por los hijos que se fueron. Su risa, el detalle de su rostro, los abrazos que necesitó y que no le dimos, su amor transparente, neto, minucioso…

Y súbitamente llega Atropos y corta el hilo, lo secciona de un solo movimiento, de un solo y misericordioso golpe de tijeras, y su hilo invisible se desvanece, ya sólo se puede tocar su cuerpo frío, los restos de tantas noches y tantas estrellas, de tantas horas enredadas en el insondable laberinto del amor. Yo, con mis ojos húmedos y la mirada que se nubla, ya no quiero preguntarme nada más, sólo doy la espalda a la verdad, recogiendo previamente todos los tesoros que quedaron esparcidos alrededor de mi madre; ni siquiera me fijo en Atropos, que se marcha con pesadez, arrastrando el ropaje gastado, guardando sombría las ásperas tijeras, tras haber cumplido con destreza su labor. Aunque por allí vienen Clotho y Lachesis, y en el hilar de una y en los cuidados de la otra descubro las manos de mi madre, sus ojos atentos, su risa eterna…

martes, 26 de junio de 2007

Honor al plebeyo

Hará un año más o menos que adquirí el libro de Ruiz Zafón, La sombra del viento. Como conté en una de las primeras entradas de este blog, me dio muchísimo coraje haberme gastado ese dinero en un libro que, en sus primeras páginas, parecía decirme que ya era suficiente con haberlo comprado, y que ya sería demasiada generosidad perder además unas horas de tu vida en leer semejante cosa. Por supuesto, aquello que escribí era mi opinión, que con frecuencia es la que suelo expresar, porque si acostumbrase a dar la opinión de otros cuando hablo, pasaría ciertamente por un loco peligroso.

Al poco tiempo de comprarme el libro, y de haberme arrepentido, hace poco más o menos un año, y buscando otras opiniones en Internet sobre este buen hombre (por cierto que encontré muchísimas parecidas a la mía), me topé con un blog dedicado a las críticas literarias, donde, a decir verdad, todo el mundo se atrevía a criticar sus lecturas, con más o menos sentido, pero por supuesto casi siempre de forma respetable. Una chiquilla que decía tener 14 años hablaba del libro, y declaraba habérselo pasado muy bien con él. Entonces yo, bocazas entre bocazas, escribí esto:

"Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido".

Bueno, no he leído La Sombra del Viento, ni la leeré. Luego de tratar de leer (sin asfixiarme) y de entender este primer párrafo del libro, no quiero perder el tiempo leyendo más de cuatrocientas páginas de esta supuesta literatura. Es una pena, porque me ha costado su dinero, y todo por hacerle caso a montones de amigos que me lo recomendaban. Tengo muchas obras maravillosas que leer... Hay, sin embargo, algo bueno en este libro: lo que ha dado que escribir aquí, en este bonito lugar.

Saludos mil.


A continuación, añadí otro mensaje pensando en la linda Marta:

Ah, perdón, y a Marta animarla a que siga leyendo tanto. Es increíble que con su edad esté leyendo libros como éste. Increíble para lo bueno y para lo malo, aunque mucho más para lo primero que para lo segundo. Tal vez algún día no muy lejano recuerde este libro con una sonrisa, como solemos recordar nuestros maravillosos y fecundos errores del pasado...

Un beso.


Hoy, rebuscando en la red, di de nuevo con esta página, y por curiosidad visité (un año después) el lugar donde dejé mis mensajes, y advertí que, dos días después, cierto individuo había respondido a mis mensajes, y tras leer su correo tuve el lógico deseo de responderle, pero luego me acordé de aquella enseñanza que, siendo yo auxiliar de biblioteca, un extraño pero bastante sabio profesor de contabilidad de la Universidad de Extremadura me regaló cierto día: si vas por la calle y un mulo te suelta una coz, ¿te pararás a pedirle explicaciones al mulo? Y no es que yo quiera tachar de mulo a este señor, nada de eso. Es una persona, porque si fuera un mulo tendría excusa para su mensaje, pero siendo persona queda muy cerca del apodo con el que firmó el mensaje, plebeyo arrastrao. Pero yo quiero aprovechar estos espacios para homenajear a este buen hombre, y tratar de inmortalizar, humildemente, su fantástica respuesta (los problemas ortográficos son originales):

Reseñado por Plebeyo arrastrao, miércoles, 07 de junio de 2006 10:18

Mira Sir "nosequé", con tu nick ya lo dices todo, pero si quedan dudas nada más hace falta leer tus ridículos comentarios cargados de una pretendida superioridad intelectual pero que traslucen ignorancia, envidía y complejo de inferioridad. ¿Has escrito algún libro?, o eres como la administradora del blog?, que va de intelectual experta y sus noveluchas no las publica ni una ONG. La sola decisión de calificar una obra por un primer párrafo, que a parte de no entender, consideras de poca calidad ya te delata... piérdete!

Un verdadero monumento a la educación en todos los sentidos.

lunes, 25 de junio de 2007

Pintadas

Pintada fantástica en la Carretera Carmona de Sevilla:

ELIGE MONIGOTE
GANA SIEMPRE LA BANCA

Otra más antigua, tal vez un poco insultante, pero comprensible en esta ciudad donde lo tradicional lo aplasta todo:

FÚTBOL Y NAZARENOS
CULTURA DE MEMOS

domingo, 24 de junio de 2007

Lupe

(Poema escrito alrededor de 1980 para una mujer inventada)


Mira, una abeja.
¡Que se quiere comer tu comida!
Lleva treinta y cinco vueltas.
¡Pobrecita,
cuánta vuelta en vano…!
Y si volando se encuentra
el rechazo de tu mano
más te asedia.

Tanto olivo en los contornos
y sus flores tan sosas…,
en su delirio te ha de ver
brillante y apetitosa.
¿Que acaso se equivoca?
Yo, antes, sin ir más lejos,
casi me caigo del árbol
del peso de mis deseos,
y eso por trabajar las ramas
mirando donde no debo.
¿Estaré enamorado?
Sería todo un contratiempo,
una mala jugada del aire.
¡Que mis zumbidos serenos
se turben con la diana
de las fuentes de tus pechos…!
¡Antes la muerte!
Ya conozco la historia:
la abeja insidiosa
va y se pierde un día,
porque, aburrida del campo
y en pos de la fantasía,
se enreda en las telarañas
de un callejón sin salida.
No, dejemos el amor,
dejemos, abeja, la comida.

viernes, 22 de junio de 2007

Billie

La oí por primera vez un día inesperado de hace casi veinte años. Andábamos María y yo recién aterrizados en Las Hurdes, y hablaba con un reciente amigo sobre música, y concretamente sobre jazz. Entonces yo paladeaba el Spanish Heart de Chick Corea, o la voz de tigresa de Ella Fitzgerald, las cuchipandas divertidas y sentimentales de Cannonball Adderley, o ese disco donde algún bendito había reunido temas del mismo Corea, de McCoy Tyner, de Keith Jarrett y de Herbie Hancock, un disco que no me cansaba de escuchar. Mi amigo me habló de sus discos de importanción, y entre ellos me la nombró para que por primera vez yo oyese su nombre: Billie Holiday. Me prestó el vinilo como quien presta a un hijo, y yo hice honor a su celo y lo traté con manos de algodón. La voz de luna gastada de Billie me cautivó desde la primera estrofa.

Sin embargo, perdidos como estábamos en aquel paraíso hurdano, muy lejos de una buena tienda de música y por otros motivos varios, no me hice devoto de esa voz hasta que un par de años después mi hermana me regaló, sin ella conocerla realmente y sin tener noticia de mis gustos, un disco con una grabación impecable de algunos de los mejores temas de este ser mágico. Era The Silver Collection, una recopilación maravillosa que pronto se adueñó de mi sensibilidad para nunca más soltarla. En este disco, Billie ya interpretaba muchos temas con la voz de sus últimos años, una voz madura, rota, sublime. Una fecunda obsesión se apoderó de mí, y busqué discos hasta debajo de las piedras. Y así descubrí Lady in Satin, su último disco, grabado cuando su voz ya estaba destrozada, acompañada de una orquesta pobre, y sin embargo un disco que te pone hasta el último vello de punta. Al escuchar su You’ve changed, toda la historia de Billie se te incrusta en el corazón, abonándolo de tristeza.

Al cabo de los años, oí que Embraceable You se había convertido en la banda sonora de una de las historias de amor más hermosas que nunca ocurrieron...

jueves, 21 de junio de 2007

Salida y meta


Temprano, la mañana brotó pacífica, ofreciéndome el regalo de aquella belleza solitaria. El silencio susurraba en mis oídos todas mis suertes, y me emocionaba la luz perfecta, el escenario sin palabras. Caminé, subí aquella vereda de dioses, y al final me esperaba un nuevo presente inolvidable.

miércoles, 20 de junio de 2007

Última batalla

(Sobre un sueño de José Antonio Maidero)
Al Capitán Sébrek, con los cuarenta y dos hombres de su escuadrón, le habían ordenado conquistar una pequeña fortaleza, un molesto obstáculo en la toma de la provincia. Una vez tomada ésta, su ejército obtendría la victoria final sobre aquel país pequeño y orgulloso. Sébrek manejaba a sus hombres con determinación, utilizando las más modernas tácticas guerreras. Poseían tres catapultas de muy largo alcance, desde las que lanzaban proyectiles incandescentes que horadaban la muralla e incendiaban el interior de la fortaleza, pero el adversario se defendía con bravura, salpicando el cielo de flechas mortales.

La tarde caía y, tras largas horas de asedio, la vanguardia había conseguido acercarse lo suficiente al enemigo. A la amable y cada vez más débil luz del crepúsculo, el Capitán Sébrek creyó entonces descubrir algo que lo dejó estupefacto: tratando de calcular el número de hombres que defendían la plaza, sólo pudo divisar una figura, con el torso desnudo y rápida como el diablo, que recorría la muralla apagando llamas, disparando ballestas, manejando hondas que causaron algunas bajas entre sus hombres más avanzados. Apretó los ojos intentando fijar su mirada en aquella pared medio destrozada, con la esperanza de deshacer el espejismo y descubrir otras siluetas en la defensa de la fortaleza; pero no lo consiguió. La luz decaía con rapidez, y se dijo que tal vez las fuerzas enemigas estaban diezmadas, y que quizás, desde los patios de la fortaleza, otros hombres arrojaban flechas y piedras sin exponerse al peligro de sus valientes hombres.

Convencido de que, fuera como fuese, la victoria se hallaba a la mano, el Capitán Sébrek ordenó redoblar el ataque, y así las catapultas, con la cercanía necesaria, consiguieron deshacer varios tramos fundamentales de la muralla. Una vez abierta una vía de entrada, las catapultas callaron, y Sébrek envió a varios de sus hombres a la fortaleza para tratar de reducir a los enemigos. Un silencio sepulcral se había adueñado del escenario, y sólo el graznido de algunas aves pasajeras rompía el vacío de la destrucción. La patrulla volvió y anunció a su Capitán que la fortaleza se encontraba vacía, y que no había rastro de cadáveres ni de supervivientes, lo que resultaba bien extraño porque fosos infranqueables rodeaban la plaza salvo en su entrada. El Capitán acompañó a sus hombres en un nuevo reconocimiento, y en efecto, los patios del recinto mostraban las consecuencias de la batalla pero sin un solo cuerpo. Entonces Sébrek subió a la zona donde había visto aquella figura.

Al fin, entre armas y escombros, halló el cuerpo tendido de aquel hombre. Ordenó a sus soldados que se detuvieran y se acercó lentamente, aferrando la empuñadura de su espada. El hombre, caído de espaldas, estaba muerto; Sébrek sabía reconocer un cadáver. El Capitán se agachó sobre su enemigo, sobre aquella fiera que, en soledad y durante todo un día, había sabido defender la fortaleza contra un escuadrón feroz. Quería verle el rostro, honrar su valor. Pero un escalofrío recorrió la espalda de Sébrek. Aquel hombre tenía su cara, ¡era él mismo, Sébrek, con el torso desnudo y muerto en batalla!

lunes, 18 de junio de 2007

Información comprometida

Estos amigos de La Sexta se superan cada día. Veo la televisión no sé si mucho o poco, pero llevo años poniéndome ante ella cada vez menos, y a este ritmo creo que no pasará demasiado tiempo antes de que me olvide definitivamente de ella, porque su degradación se torna más y más insoportable. Y en esta carrera indecente La Sexta ha venido a aportar sangre fresca, sangre fresca para, con una falta de principios descomunal, inventar nuevas tretas en el objetivo de convertir a las personas en consumidores.

Pero nunca pensé que la desfachatez de Don Emilio Aragón y su equipo llegaría a estos niveles. Por lo visto, este buen hombre olvidó ya la trayectoria de su familia, sus inicios de payaso mudo, las sonrisas de tantos niños que nos partíamos por la mitad riéndole a su padre y a su tío esos sencillos y feraces juegos de palabras. Ahora, el desecho de Milikito inventa un anuncio sobre su Información comprometida, en el que se nos muestran víctimas de las guerras, niños y niñas con rostro de miedo, y otros jóvenes jugando con armas de mentira a videojuegos crueles; y con aire moderno se nos habla de injusticia, de violencia virtual, de paz posible. Justo a continuación anuncian la película, una más de ésas que elabora como churros la factoría estadounidense, y que son puro producto para aburridos. En ninguna de las imágenes del anuncio falta un arma, y los actores, más que técnicas interpretativas, necesitan conocimientos militares para desempeñar bien su papel.

La hipocresía de esta gentuza me provoca asco, pero a ellos les importa poco mi asco o el de otros muchos. Ellos no transitan estos niveles de la ética, ni siquiera los de la estética, se quedan sólo en los de la cuota de audiencia y los beneficios. Menos mal que, salvo en ocasionales desgracias, quienes pagan toda esta basura son esos desgraciados del quinto mundo…

domingo, 17 de junio de 2007

Aclaraciones espirituales

Para explicarme algo mejor: el otro día andaba recobrando el resuello en el gimnasio cuando, algo más de seis meses después de su marcha, me asaltó el recuerdo de mi madre, la imagen sólida de su muerte; y así hube de martirizarme un poco en el siguiente ejercicio para no sucumbir al dolor insondable de haberla perdido. A la mañana siguiente caminaba hacia el trabajo escuchando música, y de pronto pensé en nuestro nuevo coche. El anterior andaba anunciando taller, y por eso lo cambiamos. La matrícula del nuevo muestra las cuatro cifras finales del número de teléfono que tenía mi madre, 6261. Al descubrirlo, sonreí, sólo sonreí. Pero un poco más adelante comenzó a sonar un tema de Echolyn, Never The Same, y un sexto sentido me afirmó que ese tema hablaba sobre la muerte, y en cierto modo sobre mi madre. Entiendo algo del idioma de Shakespeare, pero suelo escuchar la música en inglés sin hacer el esfuerzo de entenderlo. Traté entonces de comprender algo, pero pronto lo dejé pensando que mejor me dejaba llevar por la propia música, y que al llegar al trabajo buscaría la letra. Efectivamente, la canción hablaba de los que se van, de aquellos que queremos y que nos dejan aquí, en la vida, haciéndonos a nosotros mismos tantas y tantas preguntas.

“Do not stand at my grave and cry
I am not there I did not die”
I say to you I will see you again
On the other side someday.
“There's never endings only discovery”
I tell myself over and over again
Some leave their mark in our hearts then go.

(“No permanezcas ante mi tumba llorando
No estoy ahí, no he muerto”
Te digo que te veré de nuevo
En el otro lado, algún día.
“No hay finales, sólo descubrimiento”
Me digo a mí mismo una y otra vez,
Algunos dejan su marca en nuestros corazones y se van.)

Reflexionando sobre las coincidencias, descubrí que mi madre había muerto el 6 de diciembre de 2006, es decir, el 6 del 12 del 6, justo el número al revés de la matrícula, y que en el año 62, en el mes 6, el día 1 mi madre debió andar completamente embarazada de mí, justo el primer día de un mes que exactamente acabaría con mi nacimiento... Ya no quise buscar más coincidencias.

Pero yo estaba aclarándome sobre los místicos. Ante tanta coincidencia, hay gente que compondría toda una compleja teoría de mensajes ultraterrenos, demostrando (?) una vez más que el ser humano no sabe apenas nada de esta vida, algo con lo que no es difícil estar de acuerdo, pero a la vez que existen innumerables leyes místicas que podemos ir descubriendo con la actitud adecuada, con ese arrobo característico del iluminado que es mezcla de insatisfacción y de una mente débil y poco amueblada. Por supuesto, luego de perpetrar la teoría, el hechizado científico espiritual trataría de extender su descubrimiento entre todos nosotros los descreídos extraviados; luego, por último, buscaría la manera en que la teoría pudiera beneficiar a su propia y archidiagnosticada salud mediante la conversión de aquella en terapia. De ahí la existencia de tantas algoterapias, las menos con cierta cordura, y las más basadas en presentimientos y en obsesiones hipocondríacas, o en el mejor de los casos en juegos divertidos elevados (o sería mejor decir disminuidos) al rango de medicamentos.

Por el contrario, mi reacción (que sin demasiada convicción creo acertada, porque de otro modo trataría de no tenerla) acaba siendo una mezcla entre, primero, el sometimiento obligado a la solidez de la muerte de mi madre, segundo la posibilidad personal e intransferible que tengo de revolcarme en el dolor, en el recuerdo, en las coincidencias, en el contorno de las luces y en la piedad de la sombras, y por último en el juego infantil de trastear con la vida.

Cuando a alguien, ante la experiencia cotidiana de los días, ante el horror y la delicia de la existencia, lo primero que se le ocurre es buscar esas supuestas normas universales que habrían de sustituir a esas otras, asimismo universales, que ahora nos gobiernan, normas que convertirían nuestro valle de lágrimas en el paraíso de las terapias, se puede afirmar que esa persona ha perdido casi toda su sensibilidad, y que necesita ayuda.

Por supuesto, el caos es otra cosa, el caos no está en la creación de nuevas reglas, sino en lo contrario, precisamente en la supresión de las normas, manteniendo si acaso un resto de elegancia mínimo y necesario para que los demás no deban defenderse de ti. Surcar el caos, renunciar a una vida ordenada y previsible sólo está al alcance de unos pocos, y los que no alcanzamos ese caos más que en sueños, o tal vez en alguna tarde prohibida, o quién sabe si en la mirada de un hijo que voltea inesperadamente el escenario, para nosotros los que vivimos en el calendario, todo aquel que se resiste y navega el caos, siquiera sea por su orilla, nos parece un semidios, un ser admirable que nos asombra y a la vez nos empequeñece, que nos muestra caminos pero que al mismo tiempo nos destroza los que ya tenemos, un héroe y un villano que nos recuerda que la vida se puede vivir.

Espejismo de la eternidad


miércoles, 6 de junio de 2007

Arcanos secretos y místicos baratos


¡Y el clarín de los gallos y el volar de las hadas

oía en el dormido corral de las posadas,
descubriendo el arcano secreto de las cosas

que parecen vulgares y son maravillosas!

Ramón del Valle-Inclán, La Marquesa Rosalinda

Aun aficionado a leer (y cuando posible, también vivir) las aventuras que ruedan por caminos disolutos, por senderos impensables y prohibidos, no puedo reprimir una sensación de malestar al dar con estos versos de Valle-Inclán, palabras que hace un tiempo cayeron sobre mí como luminosa introducción al lado mágico de nuestra existencia, pero que ahora me preocupan tanto como me atraen.

Y es que yo creí desde siempre, desde que el niño que fui comenzó a soñar, que los territorios mágicos se alzaban sobre un campo de juegos mudables, eléctricos y pasionales, y que la fe era una virtud aborrecida en el reino de los sueños. Sin fe resulta impracticable el fanatismo, y sin ella la idea sustituye al ideal, lo curioso a lo escolástico, el amor a la programación amorosa, el instante al período, la fábula al manual.

Pero hete aquí que al crecer me topé con la extensión epidémica de cierto movimiento, al fin y al cabo religioso, que trastea con misterios y se afana en descubrir corrientes inexploradas de energía, o portentosas facultades del ser humano cuyo estudio, de modo incomprensible, han despreciado hasta hoy día todos los científicos de prestigio, los cuales son, invariablemente, agentes secretos al servicio de la perpetuación de una realidad fea y cuadrada. Dotados de un aura metafísica, estos individuos levitan a nuestro alrededor preconizando una trasgresión de tintes ridículos, amplificando ésta y aquella otra obviedad y convirtiéndolas en respetables dogmas personales; apelando a teorías majaderas (majaderas porque pretenden descender del sueño a la física, o porque no mezclan sueño y física por puro afán lúdico, sino para crear doctrinas insanas), y sobre todo, llegando a un punto de obsesión por la salud que, en esta pobre gente, trastoca esos sencillos y fundamentales procesos mentales que todos necesitamos para no desbarrancarnos por la locura.

Y así, por ejemplo, da uno con esas parodias patéticas de los yoguis, aprendices superficiales de la meditación, incapaces de admitir nuestra occidental ineptitud para semejante renuncia. O ese espécimen que se convierte en oráculo pedestre de la sanidad natural, repudiando por sistema todos y cada uno de los hallazgos de la farmacología, devoto de la medicina alternativa (curandera y bohemia), ejemplar hipocondríaco con ínfulas de santo.

La verdad es que ando aprendiendo a soportarlos, y también a no perder más tiempo con ellos. A ratos siento pena por ellos, porque en el fondo se encuentran tan solos en este mundo como cada uno de nosotros, pero su religión les promete continuamente la unidad cósmica, bobada que se ve desmentida una y otra vez por los obstinados hechos. Por eso suelen acabar buscando pareja para satisfacer apenas las exigencias básicas de nuestra condición de animales, y en cuanto la encuentran compatible con sus admirables excentricidades, se van apagando poco a poco inmersos en una bruma de iluminación mística barata, en un mar de sensaciones vulgares elevadas a la categoría de prodigios. Sí, esos prodigiosos e insoportables pelmazos...

lunes, 4 de junio de 2007

Georges Bataille, autófago

[Texto que escribí hace unos veinte años, excesivo en los términos, con un tono algo desagradable por académico, pero suficientemente entrañable por la pasión que destila]


Savater nos dice que «la experiencia que Bataille propone es la conquista de una auténtica soberanía, es decir, el acceso a una cumbre en la que el hombre pueda encontrarse plenamente extirpado de la funcionalidad y su posibilismo para enfrentarse sin ambages con lo imposible, esto es, con su propia esencia impracticable».


Andar por sus páginas supone demasiadas veces recorrer de nuevo las veredas que lo condujeron al éxtasis. Uno se encuentra de pronto respirando a un ritmo inusual, y todo por unos párrafos en los que Bataille se lanza al vacío y osa describirse. Sus palabras entran dentro de los ojos como disparos, encendidas, obligando a una atención que no permite el disimulo, que exige aquella sinceridad lectora, aquella que Nietzsche llamaba filología, para una pluma eminentemente sincera.


«Quien no muere por no ser más que un hombre, no será nunca más que un hombre», y para esos que manotean en el vacío más allá de nuestras idénticas cadencias, para esos que notan sus pies como dos plomos que alzar y sus manos como dos eternas posibilidades de ejecutar las quimeras, para esos se desgrana Bataille. Pero impone tales condiciones que incluso en éstos provoca el escándalo. Por eso fue expulsado del surrealismo, porque Bataille no se detiene ante ningún peligro, porque todas las etiquetas terminan sumidas en el terror a sus propias consecuencias y se tapan el rostro con algún límite salvador.


Cuando Bataille, desde su Biblioteca de Orléans, ha roto con todo usando el arma sensual de su pensamiento, no se resguarda; afronta con pasión su propia rotura, sin la que él andaría incompleto: autofagia, escepticismo que se condena en una sucesión infinita sin desechar la parálisis. «Nadie es sino un poder de abrir en uno mismo el vacío que le destruirá», nos espeta. Nosotros, desde nuestro sillón, compartimos esa culpabilidad de la existencia, pero sabemos que aún poseemos mecanismos de huida: la rutina termina siendo un cálido agujero donde abundan las justificaciones; la boba —pero eficaz— identificación de la muerte física con las muertes del pensamiento nos permite argumentar sensatamente sobre los inconvenientes del suicidio como si esa fuese la propuesta. Y el culto a la claridad, a la luz, a la sencillez simplona de nuestra civilización —la masa usando nuestra voz— viene de perlas cuando por fin queda claro que hablamos primero desde el tortuoso y reticular mundo del pensamiento, y ya no caben recursos al instinto de autoconservación.


Y no es esa renuncia la que escribe Bataille, la renuncia del suicidio, porque el suicidio reniega de todo pero termina claudicando a sí mismo. Es renunciar a oponerse a la suerte, al azar de nuestra existencia; es un jugar entregado bajo el dulce caos normativo de la vida misma. Esa suerte, olvidada por el cálculo presuntuoso que toma su aliento frío de nuestras propias limitaciones, es la plasmación del carácter lúdico de las profundidades humanas, incluso donde se advierten sus tintes más trágicos.

El hombre se encuentra, pues, acorralado entre la angustia y el juego. La suerte, «el efecto de una puesta en juego» incesante, permite el desconocimiento de la angustia, desconocimiento que es «deseo de reposo, de satisfacción». La angustia, por su parte, paraliza el curso del juego, produce instantes en los que el tiempo no corre sino que estalla destrozando nuestros motivos entonces inservibles. En medio pervive masificada la indecisión, el olvido, la muerte anticipada y gris de los muchos que, incapaces de abrir sus mentes, tampoco soportarían más de un par de embates de la angustia de haber nacido.

Podría inferirse cierta actitud negra en los planteamientos de Bataille. De ninguna de las maneras y por dos razones fundamentales. En primer lugar por un motivo indirecto: el de que cualquier escritor o artista que viva su obra, es decir, cualquiera que escriba creyendo lo que escribe, porque plasma en el papel trozos de su propia rebeldía e íntimos momentos de temor, ése está demostrando tal amor, si se quiere irracional y hasta congruente, por la existencia, que sin pretenderlo termina por encender el mismo sentimiento en otros. Y Bataille es uno de ellos, alguien de quien no se lee su literatura, sino de quien se es o no compañero y cómplice.


En segundo lugar, porque para Bataille la vida se basa en un sinsentido absoluto —la muerte que vendrá a interrumpirnos, a nosotros y a nuestras supuestas grandezas—, y, en sus palabras, «¿podría recibir el ser una autonomía más verdadera?». Por eso, «el secreto de vivir es sin duda la destrucción ingenua de lo que debía destruir en nosotros el gusto de vivir: es la infancia que triunfa sin grandes frases sobre los obstáculos que se oponen al deseo, es el tren desenfrenado del juego…» Luego de nuestra constatación de la condena eterna, de la angustia, sólo podemos recurrir a la ingenuidad del juego, donde todo se halla a nuestra disposición.


Sin duda, Georges Bataille, un gran desconocido, considerado por Foucault como uno de los escritores más importantes del siglo XX, es una magnífica fuente de aliento, aliento para desentrañar honestamente, poniendo toda la carne propia en el asador del lenguaje, esa inmensa tragedia que nos tocó en suerte: la vida y su inmenso plantel de eventualidades.