lunes, 31 de marzo de 2008

Antonio El Sevillano

Me van a perdonar por insistir en el tema, pero cada visita a mi padre es una nueva experiencia destacable. Parecería que un pobre anciano, incapaz de articular una frase y frecuentemente absorto en dos ideas sencillas y recurrentes, o simplemente abstraído en el horizonte invisible de cualquier sitio, no puede aportarle a uno mucho; pero olvidamos con frecuencia que tras el cortinaje de nuestras prisas late un mundo de sensaciones, por lo común bastante más humano y entrañable que el de nuestras obligaciones y enredos cotidianos.

Esta tarde se me ocurrió cargar con el ordenador portátil, porque a mi padre le gusta ver fotos antiguas y de los nietos. Lo encontré algo más despierto, y se mostró un poco más ágil cuando lo levanté de la silla de ruedas y comenzamos a pasear. Salimos al pequeño patio de la residencia, donde vociferaban algunas visitas, nos acomodamos junto a una mesa y encendí el ordenador para descubrir con tristeza que la mucha luz de la tarde impedía ver la pantalla. Así que se me ocurrió buscar algunos vídeos y discos de flamenco. Escuchamos primero a José Menese y a Enrique Morente, y tras ellos se deslizó delicada la guitarra indescriptible de Paco de Lucía, que dio paso a esa voz única del Camarón de la Isla. Mi padre escuchaba con atención. Pero él siempre ha sido más de Maravillas, de Aznalcóllar, de Valderrama, de Fregenal, de Pinto, y sobre todo de El Sevillano. Antonio El Sevillano, según me contó hace mucho mi padre, fue un cantaó trianero cuya historia no era nada infrecuente en los años 30 y 40: un genio del son que se perdió en las tabernas y en esa dejadez melancólica que propiciaban la pobreza, los amores contrariados y tantos y tantos veranos largos y perfumados en aquel barrio de arte y fatalidad. El Sevillano acabó perdido entre vinos baratos y con la voz agrietada, incapaz de aprovechar sus destrezas para salir de los bajos fondos.

Ésta es la historia que me contó mi padre, que dijo haberse luego encontrado con él en muchas ocasiones, cuando ya sólo era una piltrafa. Hoy, cuando El Sevillano comenzó a cantar, mi padre claramente se estremeció. Miraba sin mirar, con la vista perdida en algún lugar del pasado. Yo lo miraba a él, realmente admirado de que aquellos sonidos lo hubiesen despertado, que las emociones que otrora crearon en el corazón de mi padre siguiesen ahí agazapadas, en el interior recóndito de su pecho, y que ahora fluyesen para demostrar que seguía siendo una persona. Lo miré y sonreía, y también lloraba. Y nadie sabrá a ciencia cierta por qué lloró esta tarde mi padre. Seguramente por muchas razones, pero una de ellas, estoy convencido, fue la tristeza de oír cómo el pasado se le había hecho grande, tan grande, y el futuro tan insignificante e innecesario…

Pd.- Aunque mi buena y payasa Luna tiene razón en lo que dice sobre la risa, a la vez sé que ella no infravalora el poder de la tristeza para crear vida…

9 comentarios:

Lula Fortune dijo...

Bueeeeno...Bufff! ya me he puesto al día. Esto que era ¿una prueba de caballería andante para alejar a los malandrines? Pues de mí no te has librado, lo siento Sir, otra vez será. Cómo pasa el tiempo! entre las vacaciones y el trabajo acumulado, juraría que no me quedaban tantos post por leer...pero en fin, será cosa de los encantadores malos.
¿Cómo te trata la vida? te veo con tu melancólica alegria de siempre... y tus fantásticas historias de siempre. Es un gustazo demorarse por aquí. Un enorme y cálido beso,Sir.

Sir John More dijo...

Bueno, Lula, ojo por ojo... No me he perdido una sola entrada tuya. Oye, y creo que no le había dado aún al botoncito de publicar cuando ya tenía aquí tu comentario. Eso se llama estar a la que salta, sí señora.

Es un placer tener a alguien como tú por estos pagos, y más demorándose en mi melancólica alegría...

Un beso con sonrisa.

Pepa dijo...

Ahí mas dao. No te digo más.
Los sentidos. Olores también y sabores conocidos.Disfrutalo.
Un abrazo.

Diarios de Rayuela dijo...

La mala vida siempre nos ofrece historias sobre las que escribir. La del Sevillano es una historia sugerente como la de todos los que estuvieron arriba y de pronto cayeron en el olvido o en la desdicha. Lo es porque muestra lo fina que se dibuja la línea que separa luz y sombra. Cualquier inesperada contingencia nos arroja hacia lo oscuro.
Estas visitas a tu padre dejan un nudo en la garganta.
Por cierto, ese que aparece en blanco y negro supongo que es él. Diría que se te parece.
Un abrazo.

Sir John More dijo...

Pepa, agradecido y a sus pies...

Querido DR, efectivamente, el de la foto es él de muy joven. Y sí, creo que, con algunos toques maternos, salí bastante parecido a mi padre. Un exceso de pelo oculta ese gran parecido. Y sí, ese pequeño paso, que todos podemos dar casi sin notarlo... Pienso siempre en ese paso cuando veo un mendigo. Somos lo que somos, artificios...

Un abrazo que pronto se concretará.

Anónimo dijo...

Sir, please, échale una ojeada al correo.

amart dijo...

Querido Sir, pongamos a "El Sevillano" por excusa. O como nexo entre el nebuloso e incierto presente de tu padre y su única posesión segura, fuerte, inexpugnable, que hoy tiene: el vasto reino de su pasado. Quiero imaginarte ante la catarsis sobrevenida, sonrisa, estremecimiento y lágrimas. Y entonces soslayo al cantaor, se me difumina la imagen de tu padre, tan bien descrita, y sólo me queda la imperiosa necesidad de mandarte un abrazo por un gesto de amor que te retrata de pies a cabeza.

Sir John More dijo...

Créeme, amigo mío, no fue complicado ese gesto de amor. Deberías haberlo visto, era como un niño, y muy duro debería tener cualquier el corazón para no acabar en ese gesto. Pero igual valoro ese abrazo tuyo y te devuelvo uno al menos de igual calibre...

amart dijo...

Créeme tú a mí, amigo Sir, que sé lo que me digo. Han sido más de veinte años trabajando a diario en una residencia grande.Conozco bien las expresiones que no parecen conducir sino a un limbo impreciso; sé del enorme poder de un gesto tan sencillo como una simple caricia, capaz de transformar de inmediato una mirada vidriosa en una sonrisa franca; sé de buenos hijos y de hijos a los que sólo vi cuando fueron a dejar a su padre y, meses o años después, a hacerse cargo del cadáver. Sé lo que me digo y en ese "no fue complicado" está precisamente la grandeza. Tu grandeza.