miércoles, 21 de octubre de 2009

Carta en el tiempo

(Ejercicio realizado en el Curso Claves para la optimización de la intervención familiar: Autoconocimiento y crecimiento profesional, impartido por Juan Manuel Alarcón Fernández en Olivares, octubre de 2009)

 

Mi querido niño:

Sé que compraste aquel primer disco de Beethoven, en aquella tiendita de San Fernando, un poco por intriga y otro poco porque aquello vestía. ¡Saber de clásica, poder hablar de Beethoven, de Mozart, de Falla…! Aunque para ti fue sólo eso, comprar un disco, probar. Era el Concierto para piano nº 5, Emperador, y sé también que el disco resonó en tu interior con toda su energía y dulzura. Poco imaginabas entonces que acabaríamos, tú y yo, embarcados en esta hermosa aventura de la música; que a través del tiempo y las adversidades, con las luces y las sombras de esta vida, llegarías a olvidar casi del todo las apariencias y te sumergirías, y a mí contigo, en la delicia incomprensible de la música.

Tal vez buscabas entonces que la música fuera la fortuna de una puerta, un pasadizo inopinado hacia un sitio mejor, donde todos los problemas, donde todos los dolores quedarían detrás, irresueltos, sí, pero felizmente olvidados. Y sin embargo hoy sabrías conmigo que uno nunca deja nada atrás, que todo nos acompaña, que cada una de nuestras experiencias se va sumando a lo que somos, y que cualquier atajo nos devuelve, antes o después, al punto de partida.

Tesoros como la música son eso, tesoros, campos abonados donde uno planta y cosecha, pero nunca puertas, porque la vida no conduce a ningún lugar concreto más que a nosotros mismos. Sí, tal vez entonces, en tu inocente y huraña adolescencia, creíste que el mundo consistía en aquello que empezaba justo más allá de tu piel, pero ahora sé que si alguna condena sufrimos es la de contener nuestra vida entera, la de ser todo, incluso aquello que se te escapó, aquellos ojos de niña que no te quisieron, aquella madre que no apreciaste, aquella soledad que no exprimiste, y también aquel disco que ahora conservo como la prueba de tu existencia, como el primer reflejo de una ilusión que, de un modo u otro, ha llegado hasta lo que soy, sobre los errores y los aciertos, entre el dolor y la alegría, por encima de nuestro poder y de nuestro desamparo.

Ahora, escribiéndote, advierto cuán hermoso es tenerte ahí…

Música: Concierto para piano nº 5, Emperador, de Beethoven, segundo movimiento Adagio un poco moto – attaca, interpretado por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Karl Böhm y con Maurizio Pollini al piano).

11 comentarios:

Belén dijo...

Te podría contar muchas cosas de música... desde la clásica hasta mi amado rock...

Besicos

Sean dijo...

Muy hermoso, Sir, muy hermoso también tenerte ahí, refrescando y actualizando nuestra existencia en la tuya, llevándonos al punto de partida con tanta sensibilidad. Y devolvernos con todas las cuentas hechas, borrones incluidos, a este momento en que el total es parcial por siempre, por siempre sumando vida con vidas, hasta el último compás... Muchas gracias.

Sara dijo...

Precioso. Tus textos, tu cariño y sensibilidad me hacen sentir tan bien! No sabes lo que me alegra haberte recuperado, aunque sea en la distancia.
Besitos

Elvira dijo...

Precioso, me ha emocionado. Yo también compartí momentos importantes con mi padre gracias a la música. Gracias y un beso

Sir John More dijo...

Ya las cuentas, mi querida Belén, y muy bien contadas, incluso cuando quien describes no es santo de mi devoción. Aunque imagino que refieres a la cantidad de historias que la música nos permite experimentar... Ay, la música, la música... Un beso en la menor.

Gracias a ti, Sean, por tus cosas y por la inspiración que traes.

Ay, mi Sara, pues ya somos dos los que no sabemos lo que el otro se alegra de tan maravillosa recuperación. Si estos susurros consiguen que te sientas bien, entonces susurraré y susurraré hasta que se gaste todo el papel de esta pantalla. Un beso especial (amarillo, por supuesto).

Mi querida Elvira, a veces pienso que el tiempo, en vez de en minutos, se mide en melodías... Un beso fuerte.

Diarios de Rayuela dijo...

Sentido. Hermoso.
Por cierto, tu madre fue muy guapa.
Adríán tiene un enorme parecido con su padre de niño (¿no?).
Un abrazo fuerte

(P.D.: Gracias por la publicité de la novela. Ya pactaremos la comisión.)

Sir John More dijo...

Me salió, amigo, de un tirón. Cuando me plantearon el ejercicio me dio mucha pereza. Luego, en la segunda línea, me escribía con una fluidez y un gusto... Gracias por el piropo a mi madre; sí, todo el mundo lo decía, era muy guapa, aunque en algunas fotos, sobre todo cuando comenzamos a nacer sus hijos, se quedó muy delgada y lo pasaba mal en su matrimonio. En cuanto a los niños, un amigo de siempre me dijo anteayer que no podía negar que mis hijos son míos, los dos, porque hay fotos donde soy uno, y fotos donde soy el otro. Pero ellos son mucho más guapos, dónde va a parar... :-) La comisión de marras en sidras, por favor... Un abrazo.

Sandro dijo...

http://open.spotify.com/track/7y0ppBECMiHkieQVRBPT1r

Un cacho beso...

Sandro dijo...

La musica me da la vida...

http://open.spotify.com/track/3GJP6QHFo8YemQmgIHo5xo

amart dijo...

Creo que el niño que fuiste estaría orgulloso del adulto que eres.
Un abrazo, Sir, y gracias por estos regalos (los que se leen y los que se escuchan).

Sir John More dijo...

Monstruo, Sandro, monstruo... Creo que nos moriríamos antes si no faltara la música que si nos faltara el oxígeno...

Gracias, amigo Amart, no sé si se podría sentir orgulloso, pero extrañado seguro que se quedaría de ver a su futuro encarnado en un tipo peludo y arrugado... Pero sí, creo que si pudiésemos hablar ahora no le disgustaría en absoluto. Me llevo bien con los niños... Y regalo por regalo, que seguimos echando de menos tus cosas. El otro día oí a una mujer hablando con otra en el autobús y me acordé de ti. Hablaban de que una de ellas había tenido cierto problema con el apetito, y la otra le espetó: "Claaaro, es que se te llenó la saciedad con tu propia hambre". E igual me pasó cuando un baranda en mi trabajo, habiéndose encontrado un rato antes con una persona a la que no veía desde hacía mucho tiempo, mirando al infinito y poniéndose tierno le soltó a un amigo: "Aaaaay, cuántos ratos he pasado yo con este hombre. Y ahora no lo veo desde hace años luz". Un abrazo.