martes, 3 de julio de 2012

Irlanda, verano de 2002

(Fotos tomadas con mi antigua Yashica 2000, réflex de carretes y viejos tiempos)

 

Cerca de Dublín hay un lago. Allí los niños lo iban a pasar mejor que en Dublín, y por eso no pisamos la ciudad. Por eso y porque Heidi nos recomendó los alrededores. Total, a los niños no los dejaban entrar en los pubs…

Wicklow Mountains

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Y tuvimos que darle a Heidi la razón. Los bosques y montañas de los alrededores de Dublín poseían toda la magia que suscita ese nombre: Irlanda…

Glendalough

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Al otro lado de la isla, al oeste, nos aguardaba un escenario indescriptible, un carnaval de dulzuras, la prueba de que el mundo puede seguir siendo un lugar habitable.

Connemara

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Playas infinitas y desiertas, cambios radicales de temperatura, el cielo con nubes de verdad, el viento y sus fragancias, el silencio y las risas de los niños, el mundo abierto de par en par…

Sky Road (Clifden)

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Detenernos junto al mar, cerca de esa vieja torre, con el caballo llamando a Adrián, con la luz del mar inundándolo todo, con el horizonte de islas, con el aire limpio…

Moyard

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No lleva este nombre por James Joyce, sino por Thomas Joyce, el jefe de un clan galés que en el siglo XIV se hizo con estas hermosas tierras. Mires donde mires, sólo ves obras de arte…

Joyce Country

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Llegas hasta ellos sin notarlo. Irlanda no es un país de anuncios. Una extensa llanura te conduce casi hasta su borde, donde los turistas se afanan por asomarse y llenar de adrenalina sus venas. Los frailecillos tapizan sus paredes con nidos, con sus vuelos nerviosos, pero nada puede perturbar la magnificencia insultante de estas rocas y del monstruo azul que les da contraste. Adrián, demasiado cerca del abismo, me dio el susto de mi vida…

Cliffs of Moher

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El pequeño y gastado cementerio, justo enfrente de la granja que nos acogió, solitaria, dominando la llanura, se me ofreció con toda su paz, con sus recuerdos de piedra, con sus emociones eternas…

Slieve Elva Farmhouse, cerca de Lisdoonsvarna

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Bordeamos el mar en el asombro continuo de las luces, en el posado armónico del monstruo azul, en la sensación inevitable de estar bendecidos por el paisaje, por el azar nublado, por los perfiles amables del horizonte, por una nítida alegría que igual era felicidad. Había curvas de puro amor. Luego, buscando delfines, el mar se enfadó un poco y nos enseñó sus dientes. No hay nada como un poco de peligro para sentirte vivo, vivo y diminutamente gigante.

Dingle Peninsula

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Charles Chaplin tiene una estatua de bronce, porque pasó allí muchos veranos, entre los colores de sus casas, paseando al borde de ese mar al que los niños hacen cosquillas con sus piedras. El mar y la paz, la furia y la caricia.

Waterville (Ring of Kerry)

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Recorríamos el borde accidentado de la costa descubriendo tesoros. Las pequeñas carreteras nos llevaban a lugares insospechados, retorciéndose entre las colinas, inventando toboganes y miradores sin fin, rincones inolvidables.

Lamb’s Head

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141 Panorama arreglado

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De pronto, un fuerte que lleva en pie dos mil trescientos años, un juego de piedras de la Edad de Hierro, un carrusel, un laberinto vertical para los niños que conquistan sus alturas.

Staigue Stone Fort, County Kerry

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Y para despedirnos, Irlanda nos ofreció uno de los lugares más bellos que he visitado. Las fotografías no reflejan su hermosa sencillez, su acogedora dulzura, el esplendor que apenas nos rozó porque debíamos volver, porque nos habíamos demorado demasiado en el camino…

Ring of Kerry

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jueves, 7 de junio de 2012

Un mundo de personas (Corrala La Utopía)

Crónica dedicada a Perse, por su continua lucha por un mundo de personas.

Con el runrún del hábito, con la lentitud irremediable de la vida y sus mudanzas, alrededor de nosotros se va gestando un cúmulo imponente de absurdos, legales pero profundamente ilegítimos. El mundo de la política rebosa de ellos, y como queramos o no la política lo toca todo, es el mundo el que abunda en barbaridades razonables, en lógicos disparates, en monstruosidades que hemos de aceptar en nombre del bien común y del optimismo democrático.

Siria

Como las hormigas, somos tantos que no nos cuesta ningún trabajo dar gloria a la colmena y olvidar los sentimientos diminutos de cada uno de sus miembros. Por ejemplo, la tragedia insignificante de una chiquilla en Siria, que ve cómo entran en su barrio, asesinan a sus padres, a sus amigos y vecinos, y que luego disparan contra ella para hacerla desaparecer de este mundo, es una más en un paquete tan formidable de sufrimientos que lo único que podemos hacer para no morirnos de tristeza es mirar para otro lado, acostumbrarnos al terror. A la vez, discutimos sesudamente sobre las razones que Rusia y China arguyen para mantener a una banda de asesinos al frente del gobierno de Siria, razones que, gracias a algún laberinto intelectual, podrían llegar a justificar el horror en los ojos de esa chiquilla.

A una escala algo menor, pero con el mismo esquema, nos damos todos los días con situaciones que el sentido común nos pinta de un modo y las razones geopolíticas de otro. Ahí tenemos a un grupo de familias de Sevilla, con ancianos y niños, que llevan pasándolo bastante mal desde hace años, y que de pronto, bajo el juego obsceno, democrático y legal, que políticos, banqueros y grandes empresarios han mantenido con la riqueza de este país, se encuentran en la calle, sin un techo, sin los más mínimos recursos para subsistir. Son personas sin demasiada formación, algunas de ellas pertenecientes a familias inmersas durante generaciones en ese círculo vicioso de pobreza e incultura, del que no es tan fácil salir como los aficionados a la heroica iniciativa personal y al emprendimiento piensan.

Cuando muchos de ellos no pueden más, un grupo de conciudadanos, hartos de tanta justicia injusta, les proponen ocupar un bloque de pisos que se construyó hace unos años, y que se encuentra ahí, vacío, en el bolsillo sin fondo de los mismos bancos y empresarios que, por el terrible pecado de quedarse parados y no poder pagar una hipoteca legal y abusiva, han desahuciado legalmente a muchos de ellos. Declaran que no quieren vivir gratis, que sólo quieren un lugar para cobijarse, que pagarán el agua y la luz, que no quieren que les regalen los pisos, que abonarán si hace falta un alquiler si no es desorbitado. Ya buscarán la forma. Piensan en los mismos bancos: ahora, con el piso cerrado, sólo pierden dinero. Si nos lo alquilan por un precio módico, ganan dinero.

01 Para nuestra desgracia, la justicia ha sido siempre, además de inapelable, sagrada, es decir, se aplica al detalle sólo cuando conviene al poderoso. El orden en la colmena siempre fue muchísimo más importante que las pobres hormigas, y por eso llega un día en que ENDESA (una de esas empresas que, con la ayuda de nuestros políticos, no sólo conservadores, sino también y fundamentalmente socialistas, especula con la riqueza de nuestro país) aparece y les corta la luz. En Sevilla caen treinta y tantos grados y es poco menos que inhumano no poder disponer al menos de un ventilador para pasar las tardes. Cuando estas hormiguitas sin importancia, junto a ese grupo de amigos que creen en otro tipo más depurado de democracia, protestan por el corte de luz, el señor alcalde de la ciudad, un antiguo juez que impartía sacrosanta justicia hasta hace muy poco, un tipo que se llena la boca con las monsergas cristianas sobre el bien y la caridad, decide gastar unos duros de todos en mandar a una patrulla de técnicos y policías para cortarles también el agua. La ley es implacable, es justa y ciega, y debe ser cumplida a rajatabla, sobre todo si se trata de hormiguitas sustituibles.

02 Entonces las hormiguitas, con sus amigos, improvisan unas pancartas y se van a recorrer las calles de la ciudad camino del Parlamento, escoltados todo el tiempo por un equipo de abigarrados policías que cuidan de que no molesten a la colmena. En el camino se encuentran con otro grupo de hormigas que, con batas blancas y verdes, los reciben con alegría, pidiendo que no se recorten los gastos en sanidad, que les recorten antes los beneficios a ENDESA. Los gritos de todas estas hormiguitas emocionan, y otras hormiguitas que pasan cerca sienten algo así como una voz interior que no tiene nada que ver con este tipo de colmena, y sí con otra que está hecha de individuos y no de muchedumbres. Al final, son recibidos en el Parlamento con las rejas cerradas y un grupo nutrido de policías, hormiguitas mal pagadas pero de imponente aspecto que se las apañarán para que 2012-06-05 21.36.25 todos estos desgraciados no estropeen ningún detalle del bonito edificio, un antiguo hospital para desahuciados, convertido hoy en residencia de lujo para nuestros próceres inútiles.

Luego la gente vuelve a sus casas… bueno, a las casas de dios sabe qué malnacido, de donde serán desalojados en cuanto la justicia tenga tiempo de ser impartida. En los últimos días, desde el Ayuntamiento, estas personas han recibido llamadas recomendándoles tener mucho cuidado con lo que hacen, porque los servicios de protección al menor podrían actuar para salvar a sus hijos de tanta pobreza, despojándolos de su condición de padres y madres. El señor alcalde tiene a bien contestar a un mensaje en el que le pido que me explique lo que pasa, y si dentro del pecho le late el corazón o un tomo del Aranzadi. Su respuesta, o la de algún alter ego virtual, es ésta:

Emasesa ha tenido que proceder a cortar el suministro del agua en las viviendas del Bloque de San Lázaro en base a la ley vigente y a la pretensión de no infringir el principio de igualdad entre usuarios. Sé que son familias que se encuentran en una situación de emergencia social pero el Reglamento de Suministro Domiciliario de Agua de la Junta de Andalucía prohíbe que estos vecinos puedan contar con suministro al no contar el inmueble con licencia de primera ocupación ni ser ellos propietarios. Se está cumpliendo con la ley. Un saludo.

Y la vida sigue, y cada detalle, cada minúsculo dolor, cada horror en los ojos de un niño, cada acto justo e inapelable que ocurre a nuestro alrededor mientras miramos a otro lado nos incrusta más en la colmena.

sábado, 2 de junio de 2012

Apología de lo vertical

[Nuevas reflexiones del vagabundo Tani Curiel.
Poemas del desperdicio: I, II, III, IV y V]

Apología de lo verticalSólo cuando los seres humanos hubimos conseguido la verticalidad quisimos llamarnos Sapiens, y curiosamente fue entonces cuando comenzamos a buscar la horizontalidad en nuestras vidas: con el progreso, la evolución, la historia, nos sometimos a una creciente fugacidad del presente.

Probablemente, para los seres primitivos el presente lo era todo; se vivía rabiosamente el instante, y todos los problemas se resolvían siempre en función de lo actual, de lo inmediato, del deseo, del instinto, de la intuición. Cada instante era la vida y no había vida fuera del instante; no existían ni el pasado ni el futuro.

Luego, con la consciencia y el deseo de sustraernos a la violencia natural de las cosas, de no depender de la suerte, comenzamos a abandonar el presente para aprender del pasado y esperar el futuro. En un primer momento todo fue hasta cierto punto natural, porque aún mirábamos atrás y adelante con la intención de mejorar el presente, pero con el tiempo nos fuimos alejando de la actualidad para vivir de nuestros propósitos y nuestros recuerdos.

Se ha repetido demasiado la obviedad de que ni pasado ni futuro existen, tanto que apenas pensamos ya en ella. Las ideas del pasado y el futuro existen, no cabe duda, pero lo que vivo no está ni atrás ni adelante, sino en este justo momento en el que hablo. Lo cierto es que la horizontalidad del tiempo nos ha alejado del instante, nos ha sustraído de la intensidad del momento, convencidos, en bien de no sé qué designios sociales, de que la dimensión vertical de nuestras vidas no existe, de que el ahora es un punto fugaz e inasible, que de nada vale preocuparse por él.

Si uno observa su pasado, por joven que sea, cree ver un escenario inmenso, cuyo horizonte se pierde en las imperfecciones de nuestra memoria. Si observamos el futuro, todos creemos vislumbrar, optimistas, un largo camino lleno de… lleno de instantes (que probablemente serán sacrificados en nombre del futuro), una extensa promesa de vida. En cambio, cuando miramos el presente, consista en un instante, en una hora, en un día, en esta semana en la que andamos, creemos notar que es un lapso de tiempo efímero y esquivo, y por tanto mucho menos interesante que ese futuro prometedor o incluso que ese pasado lleno de añoradas experiencias.

Todo, por supuesto, depende de la profundidad y la altura que queramos otorgarle al presente, de la intensidad con la que queramos vivirlo, del detenimiento y la falta de prisas (la prisa adelgaza el presente), y de la libertad que conservemos frente a la tiranía de nuestras lecciones pasadas y a la atracción de nuestros deseos diferidos. Vivir el espacio vertical infinito del instante: habilidad que perdimos y que en raras ocasiones recuperamos, quizá sólo cuando la hartura de lo cotidiano, la infelicidad de la razón y la grisura de lo prescrito nos empujan a la transgresión. Elevar sobre nuestro paso marcial extraños e inimaginables universos verticales cuasi infinitos, tal vez ése sea el único atajo que nos queda hacia la felicidad…

domingo, 20 de mayo de 2012

Regalo de cumpleaños

008 a Mamá y niños en la playa El tiempo pasa como una brisa, removiéndolo todo, invisible, a ráfagas, dejando el mundo en su sitio. El tiempo se cuela entre los muebles, alza los cabellos de esa niña y los hace ondear despejando su mirada que se pierde en el mar lejano, que es la fuente del tiempo. A veces choca contra mi pecho, enfriándome, pero también haciéndome visible, perfilando mi carne, entonando canciones de viajes con el pobre latido de mi corazón. El tiempo, como una brisa, trae a veces flotando aromas antiguos, roces decisivos, el tacto fundamental de unos brazos. Y aunque esa brisa va y vuelve, enredándose una y otra vez en el cabello de la niña, algún día soplará y nos habremos ido, y aún entonces el tiempo poseerá la blancura de tu amor, la frescura de tu amor paciente, la libertad de tu valiente amor. Sí, el tiempo es una brisa, invisible, desenvuelta, ingobernable, una brisa que me acaricia dejando el mundo tal como está; una brisa en la que vuela prendida la fragancia de tu amor sin muerte.

domingo, 22 de abril de 2012

lunes, 16 de abril de 2012

Crónicas del carril bici: 3. Pasos de peatones

Rastas Vile se llama realmente Virgilio Leonardo. Su acomodada familia consideró un desdoro ponerle al niño Antonio o Carlos. Ahora, con sus veinticuatro años, Vile ha defraudado a su familia, que lo querían abogado y lo tienen ahí, estudiando tercero de Bellas Artes, vistiendo como un desarrapado, con esas barbas y esas rastas desordenadas que dios sabe lo que andarán criando. Es cierto que al muchacho no le falta un perejil: móvil de última generación, ropa (andrajosa) de marca y botines último modelo, una cartera saneada y una intocable libertad, porque sus padres son gente de dinero pero también de educación moderna.

Vile se considera un militante contra los vehículos a motor, contra la caza indiscriminada de ballenas y contra los críticos artísticos. Sus padres, un empresario restaurador de éxito y la dueña de una destacada tienda de moda en la calle Sierpes, gastan una fortuna en lienzos para que Vile pinte cuadros originalísimos, tres al día. Su estilo consiste en hacer agujeros en el lienzo y pintar sus bordes con los tres colores básicos. Considera absurde y ridicule mezclar esos colores: ganas de esconderse en la técnica por no saber expresar lo genuino. Porque Vile ha pasado varios veranos en París, y compensa sus maneras algo bruscas con el uso continuo de delicados términos franceses. Para Vile, además, no hay palabra más hermosa que la palabra alternativo. Se da baños de alternativismo manteniendo una fecunda amistad con grupos de jóvenes vagabundos, que sólo se diferencian de Vile porque en sus rastas anidan pulgas y porque en sus gastados andrajos se ha borrado la marca.

Vile vuela con su bicicleta por el carril bici, con un estilo impecable. Nadie que lo vea puede imaginar, y esto lo llena de satisfacción, cuánto arte y cuánta sensibilidad esconde en su pecho. En la acera hay un joven sudamericano que hasta hace nada paseaba todas las mañanas, lentamente, a un perro enorme y envejecido, con un ojo inservible que miraba siniestramente al cielo. Como siempre, dueño y perro se parecían físicamente. Hace unos días que el perro no va con el joven, y hay que suponer que ha muerto, porque otro perro más joven, arrugado y feísimo, lo ha sustituido en el paseo matinal. El chico acompaña a dos niños: Ricardo y Azucena. Azucena tiene ocho años, viste el uniforme del colegio y lleva en su espalda una pesadísima mochila. La niña, con sus rubios rizos, cruza el carril bici por un paso de peatones hacia la parada de autobús. El chico del perro la mira, y de pronto le grita: ¡Azucena! La niña se detiene justo para que la roce el viento alternativo de Vile, que ha sorteado a Azucena con una habilidad increíble y sigue su camino como si hubiese esquivado una mierda de perro, sin mirar atrás. La chiquilla consigue cruzar, mientras Vile pedalea de pie sobre la bicicleta, con movimientos armoniosos y tres satisfaits…

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Dama Ciclista Águeda Floriánez enseña Método del Trabajo Social en la universidad. Sus alumnos la tienen por persona un poco agria, y su aspecto, mujer delgada en la cuarentena, de risa difícil y vestimenta clásica, lo corrobora. Aun así, se considera una mujer implicada en el mundo. Buena lectora de literatas (“ya los leímos demasiado tiempo a ellos”), lee todos los días varios periódicos de distintas tendencias, porque dice ser apolítica. Aun así, tiene su opinión formada sobre todo lo que ocurre, y si alguien se la pide la suelta con ese tono de quien no conoce la duda.

Águeda se separó hará unos tres años. Afortunadamente su hijo y su hija son ya mayores de edad y bastante independientes. Desde entonces no soporta a los hombres. Su marido le echó en cara su huraño carácter, pero ella sabe que lo que en el fondo él buscaba era carne joven, como todos. No le interesa demasiado el sexo, que es cosa de machos. Lo suyo, lo femenino, es el amor, aunque en estos tres años no ha encontrado a nadie digno de sus sentimientos.

Águeda se desplaza a su trabajo en una bicicleta preciosa, muy limpia y con un cestito de fantasía en el que acarrea sus carpetas. Cuando se detiene en un semáforo debe saltar desde el sillín al suelo: lo lleva tan alto porque cree que así gana en elegancia. Cuando pedalea suele pensar en la vida, en la suerte, en el amor y el desamor, en esas mujeres enormes que fueron las que realmente levantaron el mundo. Hoy, sin embargo, algo la saca de sus pensamientos. Una chica sudamericana se le ha cruzado en un paso de peatones. Águeda ni siquiera se ha percatado del paso, y sólo acierta a saltar del sillín para no caer con el choque. La chica que ha atropellado no dice nada, sólo se recompone un poco y se apresura a cruzar el paso de peatones lo más rápido posible. No han intercambiado una sola palabra. Águeda mira con cara de asco a la mujer, y advierte su piel oscura y descuidada, su grosero pelo negro, su ridícula estatura andina, una mujer tan desarreglada y vulgar, tan inoportuna… Águeda siente sobre ella la mirada de todos, y la culpable es esa pedigüeña, esa estúpida que ha tenido la desfachatez de cruzarse en sus pensamientos…

jueves, 12 de abril de 2012

Gloria

Laboral

Foto de http://laboraldesevilla8084.blogspot.com.es

Si acaso necesitábamos alguna prueba de que aquellos días fueron un sueño (bueno y malo a la vez, intenso en todo caso, como lo son las experiencias inolvidables de la vida), Gloria apareció Alameda abajo para confirmarlo. La reconocí de lejos. Reconocí su paso y su forma de peinarse. Es asombroso cómo no ha cambiado casi nada; más de treinta años han pasado y su rostro, su expresión, siguen siendo los mismos. No hay apenas arrugas en su semblante, lo que ojalá indique que ha tenido todos estos años una vida llena y feliz.

Desde el primer saludo la tuteé. Con los años las diferencias de edad se van diluyendo, y a estas alturas su autoridad ya está más que asentada; no necesitábamos de tratamientos para reconocer que fue una excelente profesora. Excelente no sé si por sus métodos, no sé si por la profundidad de sus conocimientos, pero sí por su ilusión al transmitirnos aquello que sabía, y sobre todo por el respeto que siempre nos tuvo como personas, que es, sin ninguna duda, la mejor forma de enseñar respeto. Como recordó Juan Antonio, con aquellos papeles del Club de Roma que Gloria nos leía en 1976, nuestra profesora no se limitó a embutirnos de conocimientos biológicos para hacernos hombres instruidos, sino que se saltó muchos límites de la época para tratar de convertirnos en seres humanos pensantes y justos, que es la categoría más alta a la que podemos seguir aspirando.

Y ahora, con esta tarde tan agradable que pasamos juntos, Gloria, sin dejar de ser nuestra profesora, se convierte también en amiga, y se cierra un círculo para mí agradabilísimo y conmovedor. Pocas cosas me fascinan más, y pocas me animan más a vivir, que la comprobación de que el pasado tuvo su provecho, y que, entre las cuitas adolescentes de aquel chiquillo perdido que fui, se iba asentando el poso de verdad y humanidad que hoy da un mínimo equilibrio a mis días.

martes, 10 de abril de 2012

Solitarios

Solitarios La luna, esbozando las torres oscuras, trazando el borde remoto de las nubes, alumbra el paso de los solitarios. Ellos caminan entre risas insuficientes, con atronadores silencios, y como los náufragos, para no perecer, se aferran al azar, a restos gastados de esperanza. Esta noche el mundo está lleno de solitarios, y la luna se apiada de ellos con su luz desmayada, que al fin sólo ilumina con timidez las torres calladas y las lejanas nubes pasajeras. Esta noche no hay amor, sólo hambre…

Los solitarios se preguntan por la felicidad, acarician su sombra y fantasean con el tacto inmortal de ese cuerpo que revelará el eterno secreto. La vida es un río donde los solitarios quisieran flotar, dejarse llevar por la corriente imperceptible y por el rumor de las tardes doradas, con otros dedos enredados en sus cabellos. Pero esta noche, observados por una luna constante y estéril, forcejean con la vida como ahogados, vagabundean por un indescifrable revoltijo de anhelos, se hunden en el melancólico deseo del delirio.

Dime, luna, dime dónde se esconde la suerte, dónde vive ese amor que los solitarios presienten. Dime, dime tú de dónde mana la luz dorada del atardecer…