lunes, 26 de noviembre de 2007

Poemas del desperdicio (IV)

(Capítulos: I, II, III)

— El cielo parece un animal herido... —susurra Julieta apoyando la cabeza sobre su hombro y cuidando que la camelia, ya un poquito ajada, no sufra.

— Sí, no se cansa de morir. Mañana lo tendrás ahí de nuevo, renaciendo de sus cenizas...

— ¡Qué suave tu chaqueta!

— Está prácticamente nueva. Me la regaló alguien que estaba muy cansado —y entonces recuerdo la imagen de aquel hombre que se sentó junto a mí en un banco de un parque, y con el que conversé sobre astronomía y sobre el destino de los sueños que nunca se cumplen. El hombre, antes de irse, había sacado sus pertenencias de la chaqueta y me la había tendido diciendo “te ruego que la aceptes, te quedará bien, creo que tenemos la misma talla”. Llevaba unos ojos tristes y a la vez muy abiertos, tan hambrientos como cansados.

— ¿Me dejas dormir esta noche sobre ella? Me encanta el tacto de su tela...

— Me pregunto qué tela será ésta. Nunca conseguí aprender los nombres de las telas...

— Es lino —repone Julieta con la alegría de conocer—. ¿Sabes que es una de las telas más antiguas que existen? Los egipcios recubrían a sus momias con lino...

Ambos seguimos mirando al horizonte. Nuestras bolsas, los aislantes y una manta de tartán rojo y negro nos mullen el suelo al pie de un alcornoque. Las ramas bajas del árbol se dibujan hermosas contra la sangre del crepúsculo, y poco a poco vamos cayendo en ese sopor agradable que sólo las noches de verano saben inducirnos. Julieta pronto comienza a respirar profundamente, y yo con mi mano libre alcanzo el cuaderno y escribo.

Sonaba entre el silencio la Pasión según Juan, de Bach. Era un coche acogedor y una noche de luna llena, y se sentaban uno junto al otro, exactamente en el centro del mundo. Hablaba ella con los labios rozando los labios de él, y él aspiraba su aroma de fantasía, esa luz imaginada que inundaba su mundo imposible. El coro inicial

Señor, nuestro soberano,
cuya gloria llena la tierra toda,
muéstranos con tu Pasión
que tú, el verdadero y eterno
Hijo de Dios,
triunfa
Incluso en la más profunda humillación.

les traía la sal del mar lejano hasta aquel lugar de tierra negra. Cerca, por la carretera, algunos automóviles trasnochadores encendían veloces flamas, y ella y él se distinguían entonces durante un instante tenue, comprobando que sus manos no se equivocaban. Bebieron, se bebieron con ansia, se describieron mutuamente, se alzaron para luego caer entrelazados mientras se sumergían en el azar,

Te seguiré con pasos ansiosos
y nunca te abandonaré,
mi luz, mi vida.
Enséñame el camino,
aliéntame, empújame, invítame.

cubriéndose de lenguas y risas. Luego se regalaron lágrimas en la acogedora madrugada. Él, tumbado boca arriba, reparó en su semblante sobrenatural, protegido por el túnel misterioso de su pelo oscuro, justo cuando ella bajaba sus labios para un nuevo beso. Entonces la detuvo. Sintió sobre el pecho la cortina de sus cabellos a la vez que el tacto de algodón de sus senos de ángel, y aquella carita osada de bruja detenida en una penumbra temblorosa. La luz de la luna pintaba en aquellos rasgos una apología terrible de la melancolía. Él guardó la imagen en una recóndita estancia de su corazón, y entonces, lentamente, la acercó hacia él para el último beso de aquella noche, porque era necesario dejar que el tiempo reanudase su marcha,

Oh, mente atormentada,
¿dónde me conduces?,
¿dónde encontraré consuelo?
¿Permaneceré aquí,
o me esconderé
tras las colinas y las montañas?
Nada en el mundo puede ayudarme,
y mi corazón
se duele con la pena
de mi vergonzosa acción:
he abandonado la fe en mi Señor

y porque la Pasión según Juan había girado y girado en el radiocasette y había sonado tantas veces, tantas vidas habían pasado, tantos dedos recorriendo la piel de aquellos chiquillos escondidos en un coche, que la misma noche acabó rendida y pidiendo con sordina el regreso a la ciudad. Se vistieron sin prisa,

Apresuraos, vosotros, almas atormentadas,
abandonad vuestros cubiles de miseria,
apresuraos… ¿Dónde…? ¡Al Gólgota!

rozándose con torpeza, desvalidos, resignados, moribundos, ya deseando dormir para aventurarse en el siguiente sueño prohibido…

Cierro el cuaderno y a continuación detengo con la manga de lino una lágrima inesperada que cae sin prisas por mi mejilla, confundida ya entre la barba. Me dejo resbalar con suavidad para no despertar a Julieta, tratando de no dañar a su camelia blanca. La apacible maraña de ramas del alcornoque entona una canción silenciosa en la que mi conciencia se va diluyendo...

12 comentarios:

it dijo...

Si tuviera sonido, querido Sire, ésto que has escrito... tendría un fondo de caja de música y de vientecillo que susurra "recuerda, recuerda, recuer..."

Imponente.
Y me lo llevaría (como los otros dos, de tu madre) si no temiera que mi propio lugarcillo se acabara convirtiendo en una madeja de hilos.
Así que vendré a leerlo aquí.
Muchas veces.

it

P.D. Quería ver si todavía existía algo que dejé por ahí, sin borrar, por si acaso me quedaba definitivamente sin voz... y sí! Existe. Te dejo ésto. Ese sonido, de esa caja, es el que he escuchado ahora aquí, mientras te leía: http://odeo.com/audio/877961/view

Sir John More dijo...

Hermoso, muy hermoso. Qué voz, qué palabras, qué clima... Si esa caja es la que oíste con mi texto, alabado sea mi texto que encuentra su primera razón de ser importante. Yo también oiré muchas veces esa cajita. Profundamente agradecido...

Raquel dijo...

Una preciosidad. Escucho de cerca este texto y me lo regalo. Una preciosidad.
Y un abrazo grande, hermano poeta y pensador

Anónimo dijo...

Hola estoy creando un periódico digital y me gustaría que colaborases conmigo.
Agrégame a Messenger y hablamos.
Un saludo. Jose Guillermo. Lonuestro27@hotmail.com

it dijo...

Si me he quedado en silencio no es por mala educación sino.... porque no tengo palabras, ante lo que has dicho.
(voyme arrepentida, que sepassssss)

it

Sir John More dijo...

Gracias, Raquel, me abrumas un poco, pero no tanto como para no agradecerte mucho la visita y no alegrarme aún más de que disfrutes con estos vagabundos.

Fuístete arrepentida, mi querida It... Pero ¿por qué, mujer? ¿Tan terrible fue lo que dije? Snif...

it dijo...

imper, sí.
imper-imper (doblemente)
IMPERDONABLE.
¡¡AHORA, cóooomo voy a poder apostarme tus piernas a la ruleta (¡se caigan las torres gemelas si no era divertido hacerlo!) o cualquier otra tontuna semejante... con eso tan botito que más dich? eh?? ¡¡JOPÉ (DE VEGA)!!
.....tendré que ser por siempre buenísima (porca miseria!)

Sir John More dijo...

Una guerrera como tú convertida en mujer de paz, escogiendo las palabras, con las armas guardadas en el desván... ¡Dónde se ha visto!

elita dijo...

Sir John, no dejas de sorprenderme. Lo que cuentas es muy bonito, pero el como... es precioso. Seguro que hoy tendré dulces suenos.
Buenas noches.

Y un abrazo gordo.

Pd. Perdona las faltas, pero escribo desde un ordenador francés!

Sir John More dijo...

Gracias, Elita, es un placer tenerte por aquí. Leo tu blog con regularidad y me siento muy bien cuando alguien como tú disfruta de mis humildes palabras. Un beso.

elita dijo...

Me has dejado sin palabras... Creo que debería ser yo la que te agradeciera que cuentes conmigo, me siento halagada.
Tus palabras serán humildes, pero cargadas de fuerza y de energía de la buena.

Más besos.

Sir John More dijo...

Pues entonces no nos queda más remedio que seguir esparciéndolas por estos papeles de luz :-). Besos por besos.