— El cielo parece un animal herido... —susurra Julieta apoyando la cabeza sobre su hombro y cuidando que la camelia, ya un poquito ajada, no sufra.
— Sí, no se cansa de morir. Mañana lo tendrás ahí de nuevo, renaciendo de sus cenizas...
— ¡Qué suave tu chaqueta!
— Está prácticamente nueva. Me la regaló alguien que estaba muy cansado —y entonces recuerdo la imagen de aquel hombre que se sentó junto a mí en un banco de un parque, y con el que conversé sobre astronomía y sobre el destino de los sueños que nunca se cumplen. El hombre, antes de irse, había sacado sus pertenencias de la chaqueta y me la había tendido diciendo “te ruego que la aceptes, te quedará bien, creo que tenemos la misma talla”. Llevaba unos ojos tristes y a la vez muy abiertos, tan hambrientos como cansados.

— ¿Me dejas dormir esta noche sobre ella? Me encanta el tacto de su tela...
— Me pregunto qué tela será ésta. Nunca conseguí aprender los nombres de las telas...
— Es lino —repone Julieta con la alegría de conocer—. ¿Sabes que es una de las telas más antiguas que existen? Los egipcios recubrían a sus momias con lino...
Ambos seguimos mirando al horizonte. Nuestras bolsas, los aislantes y una manta de tartán rojo y negro nos mullen el suelo al pie de un alcornoque. Las ramas bajas del árbol se dibujan hermosas contra la sangre del crepúsculo, y poco a poco vamos cayendo en ese sopor agradable que sólo las noches de verano saben inducirnos. Julieta pronto comienza a respirar profundamente, y yo con mi mano libre alcanzo el cuaderno y escribo.
Sonaba entre el silencio la Pasión según Juan, de Bach. Era un coche acogedor y una noche de luna llena, y se sentaban uno junto al otro, exactamente en el centro del mundo. Hablaba ella con los labios rozando los labios de él, y él aspiraba su aroma de fantasía, esa luz imaginada que inundaba su mundo imposible. El coro inicial
Señor, nuestro soberano,
cuya gloria llena la tierra toda,
muéstranos con tu Pasión
que tú, el verdadero y eterno
Hijo de Dios,
triunfa
Incluso en la más profunda humillación.
les traía la sal del mar lejano hasta aquel lugar de tierra negra. Cerca, por la carretera, algunos automóviles trasnochadores encendían veloces flamas, y ella y él se distinguían entonces durante un instante tenue, comprobando que sus manos no se equivocaban. Bebieron, se bebieron con ansia, se describieron mutuamente, se alzaron para luego caer entrelazados mientras se sumergían en el azar,
Te seguiré con pasos ansiosos
y nunca te abandonaré,
mi luz, mi vida.
Enséñame el camino,
aliéntame, empújame, invítame.
cubriéndose de lenguas y risas. Luego se regalaron lágrimas en la acogedora madrugada. Él, tumbado boca arriba, reparó en su semblante sobrenatural, protegido por el túnel misterioso de su pelo oscuro, justo cuando ella bajaba sus labios para un nuevo beso. Entonces la detuvo. Sintió sobre el pecho la cortina de sus cabellos a la vez que el tacto de algodón de sus senos de ángel, y aquella carita osada de bruja detenida en una penumbra temblorosa. La luz de la luna pintaba en aquellos rasgos una apología terrible de la melancolía. Él guardó la imagen en una recóndita estancia de su corazón, y entonces, lentamente, la acercó hacia él para el último beso de aquella noche, porque era necesario dejar que el tiempo reanudase su marcha,
Oh, mente atormentada,
¿dónde me conduces?,
¿dónde encontraré consuelo?
¿Permaneceré aquí,
o me esconderé
tras las colinas y las montañas?
Nada en el mundo puede ayudarme,
y mi corazón
se duele con la pena
de mi vergonzosa acción:
he abandonado la fe en mi Señor
y porque la Pasión según Juan había girado y girado en el radiocasette y había sonado tantas veces, tantas vidas habían pasado, tantos dedos recorriendo la piel de aquellos chiquillos escondidos en un coche, que la misma noche acabó rendida y pidiendo con sordina el regreso a la ciudad. Se vistieron sin prisa,
Apresuraos, vosotros, almas atormentadas,
abandonad vuestros cubiles de miseria,
apresuraos… ¿Dónde…? ¡Al Gólgota!
rozándose con torpeza, desvalidos, resignados, moribundos, ya deseando dormir para aventurarse en el siguiente sueño prohibido…
Cierro el cuaderno y a continuación detengo con la manga de lino una lágrima inesperada que cae sin prisas por mi mejilla, confundida ya entre la barba. Me dejo resbalar con suavidad para no despertar a Julieta, tratando de no dañar a su camelia blanca. La apacible maraña de ramas del alcornoque entona una canción silenciosa en la que mi conciencia se va diluyendo...