martes, 3 de marzo de 2015

El deporte rey

hincha En realidad, lo que me jode es esa manía religiosa de cerrar los ojos a los hechos o, cuando estos hechos se reconocen, ese vicio devoto de no enjuiciarlos, de ser aficionado, seguidor, admirador, adepto, acólito, fanático de lo que sea… Lo sé, no sólo pasa en el fútbol.

Cuando era pequeñito, en una familia completamente sevillista, esta mala costumbre mía de llevar la contraria a los demás me hizo del Betis. Por entonces, al menos para mí, todo era puro juego. Los lunes, después de los partidos del domingo, el Tío Pepe y su sobrino nos desencajaban las mandíbulas con sus agudezas, y el humor refrescante limaba cualquier arista que pudiera haber quedado tras los triunfos y las derrotas. Desde los prados de margaritas y jaramagos donde hoy se hacinan miles de personas en las Tres Mil Viviendas, jugaba con mis hermanos y primos y escuchaba los goles del Betis como si fueran rumores del paraíso. Los jugadores, a excepción de alguna figura extranjera, parecían verdaderos trabajadores, esforzados currantes que se vaciaban en el campo sudando honor y modales. Había, o eso quiero recordar, hermandad entre ellos, solidaridad entre los gladiadores. Supongo que yo era demasiado pequeño para ir más allá de la superficial grandeza de aquel circo, porque luego, en mis primeros partidos en el Benito Villamarín o en el Sánchez Pizjuán, lo que más me llamó la atención fue la mala hostia generalizada, las formas groseras e injuriosas de muchos de los aficionados, ese culto casposo al machote.

Por entonces tenía un gran amigo, cuatro años mayor que yo, que era un sevillista empedernido, pero tenía tanta gracia y tal sentido del juego que aprendí a reconocer el humor como lo único que se puede salvar de este deporte. También estaba el padre de C_4_foto_1233021_imageotro amigo, bético de pro, del que huían sevillistas, béticos y ministros sin cartera, porque era el tipo más pesado de la historia del fútbol.

El fútbol me ha quedado en la sangre como la Nocilla, como la leche condensada a cucharadas, vicios que, aun controlados, me acompañarán a la tumba. Intento dedicar el menos tiempo posible al fútbol, a veces nada, pero cuando ocasionalmente me pongo con mis hijos a ver un partido reconozco que algo en mí se remueve, y quiera o no deseo fervientemente que gane el jodido Betis y que pierda el jodido Sevilla. En estos últimos años, admito haber sentido un placer genuino con el Barcelona, porque no quedaba otra que reconocer el arte de su juego, pero sin olvidar nunca que, junto a esos partidos inusuales, lo que se mueve en el fútbol es fundamentalmente barbarie y mentira.

1232861845865_f Sí, el fútbol no sería nada sin la religión. En cierta forma, casi todos los deportes de masas funcionan así, como el fútbol, pero la esencia comercial de este deporte, su organización empresarial casi mafiosa, los manejos turbios, los cracks mentecatos, los sueldos astronómicos para muchachos que no han superado la pubertad intelectual, hay tanto despropósito en el fútbol que todo contribuye a crear un aficionado lleno de fe, creyente, para nada un tipo que se limite a disfrutar del juego y de ese gusanillo de la afición. De ahí que en los campos de fútbol se críen los últimos grupos de bárbaros que quedan en el país.

Quien por paternidad o maternidad haya podido frecuentar los niveles inferiores del fútbol, comprenderá a la perfección todo esto que digo. Desde pequeñitos, los niños (fundamentalmente masculinos) practican una actividad que no es deporte, colaboración, ejercicio, respeto, juego. Lo hacen rodeados de una caterva de padres y madres histéricos (aquí, en mi experiencia, despuntan con mucho las mamás), que lawa_importnzan graves insultos a árbitros de quince años y hacen lo imposible por enfrentarse con la hinchada contraria, por convertir en enemistad la fructífera competitividad, en ambición egocéntrica el educativo esfuerzo. A partir de cierto nivel, mucho más bajo de lo que cualquiera podría imaginar, los niños que no destacan suelen morirse de asco en el banquillo, porque lo esencial es la victoria y no el deporte en sí.

Pero lo más curioso de todo es que el fútbol, si tuviera que sobrevivir sin la prensa rosa, sin los largos espacios que le dedican los telediarios y sin el apoyo decidido de nuestros gobiernos, siempre velando por el nivel cultural de los ciudadanos, no aguantaría ni un par de temporadas. No hay deporte más anclado en la mentira. Un partido de rugby es un dechado de fuerza, de estrategia, de honor, de respeto y honestidad con el contrario, de trabajo en equipo, y sobre todo de limpieza en el juego comparado con cualquier partido de fútbol. Los árbitros de fútbol deciden los partidos con su incompetencia o por intenciones oscuras, y hay un interesadísimo rechazo a establecer mecanismos para que gane el que lo merezca. Hay maletines, violencia dentro y fuera del césped, dirigentes corruptos, odio al contrario (desaforado cuando se trata del eterno rival), periodismo rastrero, grupos radicales, mentiras a espuertas…

nino Lo más inquietante, desde mi punto de vista, es esa religiosidad de la que hablaba al principio. Si alguien entra en un estadio en día de partido y mira con un poquito de detenimiento a los que lo rodean, comprobará que la mayoría de la gente está fuera de sí. Está claro que no todo el mundo, ni siquiera la mayoría, son gente violenta, pero los aficionados se encuentran en éxtasis, como dicen algunos, desahogándose, soltando adrenalina con epítetos de rima libre para la madre del árbitro y para el once visitante. Como todas las religiones, el fútbol es una droga. Una droga que divide al mundo entre los nuestros y los demás, una droga que no sólo paraliza el entendimiento en cuestiones deportivas, sino que favorece el machismo, el pensamiento fanático, la violencia, la enemistad, y vidas llenas de goles y cabezas con forma de balón, y todo eso en un espectáculo falseado y cada día más alejado del deporte.

1 comentario:

Ozanu dijo...

Lo peor es que esta atmósfera se ha contagiado a otras aficiones. En los videojuegos ha aparecido un cáncer llamado GamerGate. Básicamente, fue un movimiento de protesta ante un supuesto caso de trato de favor de la prensa del mundillo a cierta creadora independiente, Zoe Quinn. Según los integrantes de esta turba, esta mujer se habría acostado con diversos críticos para que un juego suyo, Depression Quest, recibiera una puntuación más alta de la que merecería. Después se descubrió que fue la mezquina venganza de un ex-novio resentido, pero para aquel entonces ya se había montado un guirigay en el que se acosaba a ciertas personas por ser feministas o izquierdistas (como lo lees) que abogaban por juegos que fueran más allá del matamarcianos.

Si quieres saber más, busca, pero te advierto que es lamentable.