A vosotros, porque algún día sintáis en mis libros la fiebre del navegante.
A ti, porque llevo ya conmigo algunos de tus mejores viajes. Y a ti,
porque aun viajera de los universos virtuales te sé marinera de alta mar.
No concibo subir al autobús, sacar la lectura de la mochila y comprobar que a mi libro se le está acabando la batería. Comprendo que haya jovencitos, algunos más por alocados que por mocedad cronológica, que prefieran las nuevas tecnologías, la inmediatez elevada al cuadrado, el milagro de las bibliotecas comprimidas; pero yo, lo siento mucho, no le veo demasiadas ventajas a la cosa.
Los libros electrónicos que circulan de forma gratuita por la red contienen numerosas erratas, e imagino que al menos los libros adquiridos directamente en las editoriales o librerías electrónicas serán de confianza. Ni siquiera las copias directas de estos textos nos asegurarán que estamos leyendo el libro que pensamos, puesto que sin la certificación expresa de la editorial nunca podremos afirmar que en las sucesivas copias el texto original no se ha corrompido. En varias ocasiones, con el deseo de trabajar directamente en el ordenador y evitarme el trabajo de escanearlos, he buscado en la red la versión electrónica de los libros que traduzco, y en todas las ocasiones las diferencias entre el libro en papel y el texto electrónico eran suficientes para no fiarme en absoluto de la copia electrónica. Ejemplo incontestable de este asunto son los poemas famosos que corren por la red, de los que existen tantas versiones como internautas admiradores de sus autores. En las distintas muestras de un poema se difumina la puntuación, la división en estrofas, incluso la posición inusual de los versos, las mayúsculas y minúsculas… Por no hablar de las mil traducciones que algunos aficionados hacen usando el impresionante traductor de Google. Por lo tanto, esa sensación de tener acceso con el aparatito a la Biblioteca Universal resulta bastante falaz.
Creo que alguno de esos aparatos permite escribir notas al margen, marcar páginas, por supuesto hacer búsquedas inteligentes en el texto, sin necesidad de recordar en qué rincón del libro leímos esto o aquello. Pero ¿dónde queda el tacto de nuestros dedos sobre los libros, dónde el esfuerzo de nuestra memoria por destacar ese párrafo, o incluso recalcarlo con nuestro pulso y nuestra caligrafía? ¿Se notarán también en esas maquinitas tan feas las diferencias que hay entre un libro sin abrir y otro abierto una y otra vez ante nuestros ojos?
Por lo demás, cada libro se convierte en la prueba palpable y temporal de un viaje, un argumento más contra el caos. Nuestras estanterías respiran ternura, rebosan experiencias y amistades, personajes que han transitado nuestro interior y que vuelven luego a reposar entre el papel en espera de un nuevo navegante. Sí, una biblioteca se construye con esa sustancia blanda y artesanal que luego de pasar por nosotros ya no es nunca más lo mismo. Ningún libro que vivamos volverá a ser igual a ningún otro, por muy idéntico que parezca. ¿Dónde está todo eso en el universo virtual? ¿No son nuestros libros, los libros que amamos porque calentaron nuestras manos y desviaron nuestros ojos hacia la aventura y el sueño, no son esos objetos como las huellas de nuestra pasión de vivir, un mar de papel donde algún día, cuando faltemos, podrá reposar nuestra memoria?
Entre el primer rumor del azahar camino por la calle, sintiendo el latido de ese pequeño libro en mi mochila, un libro al que nunca, nunca se le agotará la batería…