miércoles, 11 de marzo de 2009

1978

Tengo una relación difícil con los cantautores. La gran mayoría, utilizando el término acuñado por Les Luthiers, me parecen, más que cantautores, autocantores, y fundamentalmente unos latosos de tomo y lomo. Aute me deprime con esa voz exigua y sin contraste, Sabina me subleva con sus mentiras y esa chulería tan aplaudida como falaz, Ana Belén y Víctor Manuel me indignan con sus vanidosos disfraces, evito a Pedro Guerra y esa insoportable pachorra suya, me asombra el éxito de Ismael Serrano y de su burda imitación de Serrat… Pero todos éstos y muchos más coinciden en un punto: se conforman con unas letras más o menos elaboradas, y la música que fabrican suele ser un mero acompañamiento, y de una calidad infumable.

Hoy, sin embargo, me subí en el coche y escuché casi entero uno de los discos más hermosos que, en mi opinión, un cantautor haya elaborado en este país. He de reconocer que, haciendo recuento, no son tan pocos los cantautores que cantan en castellano que me gustan, y todos coinciden en el punto contrario de los anteriores: hacen música además de letras. Es cierto que algunos no componen temas excesivamente elaborados, pero poseen un sexto sentido para convertir una melodía en algo exclusivo e irrepetible. Por supuesto, del cantautor que gozo sin cansarme es de Javier Ruibal, cuyos últimos discos (Contrabando, Las damas primero y Lo que me dice tu boca) me parecen sobresalientes, con una música más que digna y unas letras y una interpretación por momentos geniales. Silvio Rodríguez estremece con su guitarra, con su maña, su sensibilidad y esos poemas suyos que, salvo excepciones, siembran de dudas nuestro pensamiento. Javier Krahe es un currante de serrat1la música, y no sólo cuida con esmero la calidad de sus canciones y de sus músicos, sino que escribe letras que combinan lucidez y humor de un modo inusual, añadidos a su adorable humanidad. Y luego está Serrat, un hombre inconstante que se dejó ir en determinado momento y al que, para mi gusto, le sobraron esas amistades en el poder supuestamente socialista que por entonces nos prometió tantas bibliotecas para luego convertirlas en bancos y grandes superficies. Serrat siempre fue más Serrat cuando buscó la intimidad, o cuando recitó poemas de hombres enteros.

Serrat posee discos prehistóricos, y en ellos la sinceridad se combina con una lógica falta de solidez que, con todo, no evita que produzca temas inolvidables. No obstante, en mi caso, empiezo a disfrutar de Serrat con los discos En tránsito y Cada loco con su tema, repasando a la vez muchos de sus discos anteriores. Pero con El sur también existe, disco que sigue a los dos mencionados, empiezo a desoírlo y a quedarme con el Serrat antiguo. Por entonces aún no había escuchado un disco que, con el tiempo, se convertiría en mi disco perfecto de Serrat: 1978. Un disco detenido, que hay que escuchar como se debe escuchar la buena música: con los ojos cerrados, dejándote llevar por esa corriente deliciosa que es la sensibilidad musical. Porque este disco es, sobre todo, elegante, de una elegancia insuperable, de una sutileza 1978que compensa con creces su sencillez musical: la gracia popular y esa profunda amargura disfrazada en Ciudadano y Qué bonito es Badalona; la imagen de una Cataluña hermosa y milenaria, reconciliándonos con un área de la península, maravillosa pero castigada por los chuscos nacionalismos, una imagen que Serrat derrama en la luz mediterránea de A una encina verde y Por las paredes (mil años hace), incluso en ese alegato en favor de la libertad de pensamiento y de la sensibilidad que es Tordos y caracoles; o ese retrato emocionante de la Luna de día, compañera de nuestras noches que se lanza a navegar el cielo azul; y esas dos historias de mujeres, la de una Cenicienta de porcelana que nos recuerda que en todos y cada uno de nosotros hay un pequeño niño extraviado, y la de una Irene de la que ya nunca pude desenamorarme. El disco termina con una conmovedora canción dedicada a Miguel Hernández, Historia conocida, que dice unas cuantas verdades sobre el amigo.

1978 es un disco callado, suave, amable y muy, muy elegante. Os dejo aquí, con permiso de Don Joan Manuel, en compañía de Irene

7 comentarios:

Belén dijo...

Yo es que no tengo ni idea de cantautores, me pasa un poco como a ti, les tengo algo de tirria... pero trabajaré sobre ello...

Besicos

Diarios de Rayuela dijo...

A Ruibal en esta casa, y más allá de sus cualidades artísticas -incuestionables-, se le escucha con enorme cariño por cómo llegó hasta nosotros.
Sobre el resto, no nos los zarandees tanto, por Dios, que a algunos les tenemos una querencia antigua e inquebrantable (da casi apuro confesar esto después de la entrada),
Un fuerte abrazo (y qué bien que regrese con tanta fuerza, Sir, y con ese puntito de mala leche que vuelve tan jugoso lo que escribe).

Anónimo dijo...

Me gusta Sabina y lo sabiondo que es, me encanta Ismael Serrano, Silvio Rodríguez tiene un lugar privilegiado en mi vida, Pablo Milanés, la nueva trova cubana con sus músicas y sus letras, Luis Pastor escribe cosas para quitarse el sombrero, ¿dónde dejamos a Victor Jara?. ¿Dónde Lluis Llach? Cambiando de tercios, Andrés Calamaro, Revolver...

Muy señor mío, quizás no haya escuchado suficiente o no haya escuchado bien, o, claro, se esté quedando sordeta o con alzheimer encima. Para mí quizás únicas explicaciones para que, no sólo no le guste las personas que menciona, sino que las deje a la altura que las deja.

Déjese llevar, buen hombre, ábrase a la vida y no sea tan justiciero.

Anónimo dijo...

Ah¡ perdón, se me olvidó, Serrat, por su puestísimo. Menos mal que ha escuchado algo de Javier Krahe y lo apreció

Anónimo dijo...

se me coló, si es que me ha puesto ... "por supuestísimo"

pido disculpas :)

Sir John More dijo...

Bueno, la verdad es que el género cantautor en mi opinión no existe realmente. Por otro lado, a algunos de estos señores y señoras se les puede tener cariño, pueden haber cumplido alguna función social, incluso pueden ser algunos grandes poetas y sacar alguna que otra canción escuchable, algo que no discuto en mi texto; el problema es cuando se dicen músicos, y como tales son adorados. Creo que el hecho de que la música sea un arte con una vertiente popular mucho más acusada que otras le acarrea algún beneficio, pero también algunos peligros, el mayor de los cuales se resume en esa nefasta frase de que "es una cuestión de gustos". Aun tiene esta civilización pendiente tomar más en serio la formación musical, no sólo para interpretar música, sino para escucharla y entenderla, una formación que sin duda debe ser informal. Así podríamos diferenciar, por ejemplo, entre un músico y una persona que tarareando poemas levantó sentimientos en nosotros.

Sobre las recomendaciones de nuestra petarda Anónima, ya hablé con elogios de Silvio Rodríguez, y me inhibo en lo que se refiere a Luis Pastor, porque lo escuché hace tanto que no me acuerdo de qué va. Los demás se los regalo para que ella se deje llevar por los vientos gráciles del gusto, evitando todo tipo de actos justicieros. En otra entrada de este blog publiqué una foto ajena de una pintada preclara: "Cuando la música es mala, es mala". Otro tema muy distinto, por supuestísimo, es nuestro derecho a escuchar toda la música mala que deseemos. Mírenme a mí, que soy un fan furibundo de Paul McCartney...

Anónimo dijo...

A lo mejor, puede quizás que ahí está el tema, todo se renueva pero parece que usted no. ¡Cuidado no se oxide!
:D