domingo, 11 de mayo de 2008

La cultura y el vómito

Acabé de leer el libro de José Luis Ferris, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, con la sensación de pertenecer a un país que ha sido tremendamente injusto con una persona apasionada y limpia, un hombre del que todos deberíamos sentirnos orgullosos. Pero a esta sensación se unía otra, una enseñanza más bien: en el pueblo, entre los muchos, hay cientos, miles, millones de personas que, sin haber escrito un verso, merecerían otro trato bien distinto por parte de esta sociedad.

El libro de Ferris, correctamente escrito y combinando pasión y rigor a partes iguales, nos relata la corta vida de un pastor nacido para las palabras, un hombre bastante común, enamoradizo, maleable en todo lo que de accesorio tiene la vida, pero honesto y limpio en sus valores de respeto a los demás. El pastor oriolano, animado por una fiebre juvenil, busca el reconocimiento en una capital estremecida por los vaivenes políticos, y llena de artistas consagrados, algunos de ellos instalados en una vanidad bien alejada de la poesía que publicaban. De entre los consagrados, Neruda y Aleixandre lo acogen con cariño, y adivinan en él y en su poesía esa ardiente sinceridad que, en mi opinión, es condición necesaria para que cualquier escrito valga algo. Por contra, Lorca, quién sabe si por una sensibilidad algo condicionada por su pulcro origen, desprecia tozudo a un Hernández que huele a campo, tal vez a pobre. Alberti y su mujer, María Teresa León, aceptan a ese pintoresco muchacho que decora sus afanes surrealistas.

Tras el libro de Ferris esperaba uno de Ian Gibson. Era un regalo de mi gente, y hablaba de las vicisitudes sufridas por cuatro poetas durante la Guerra Civil: Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca y Miguel Hernández. Alcancé sólo la mitad de lo dedicado a Machado, y no pude seguir. Me aburría mortalmente. No obstante, en la forma de relatar de Gibson creí descubrir ese mismo aire de comprensión por todos esos poetas vanidosos que jugaban a las honduras con un ojo puesto en la adulación de los demás. A algunos de ellos no los he leído lo suficiente como para poder opinar sobre su poesía, además de que, como he repetido ya demasiado, entiendo poco de este lenguaje.

Gibson usa como hilo conductor de su libro las peripecias de Pablo Suero, periodista y dramaturgo argentino que llega a España para informar in situ sobre la situación española a los lectores de su periódico. Hablando del día que Suero conoce a Alberti y a su mujer, Gibson comenta:

“Después del homenaje [concedido a Valle-Inclán por una multitud de artistas], Suero conoce por primera vez a Alberti y María Teresa León. «Fui un viejo amigo de ellos desde ese instante», escribe. Unos días después los visita en el estupendo estudio que ocupan en una «torre» al final de la calle del Marqués de Urquijo (hoy una placa colocada al lado de la puerta recuerda la estancia de la pareja). El estudio da al parque del Oeste y, más allá, a la Casa de Campo” [pág. 32].

Algunas páginas más adelante, Gibson habla del día que Suero es llevado por Lorca a conocer a su familia, que por entonces residía en Madrid:

“Un día el poeta lleva a Suero a conocer a sus padres y hermanos, con quienes comparte un amplio piso de la calle de Alcalá, 96 (hoy, 102). […] A pesar de ser agricultores ricos de la Vega de Granada, «están con el pueblo español, se duelen de su pobreza y anhelan el advenimiento de un socialismo cristiano»” [pág. 35].

Para terminar las citas, apunto ésta con la que el autor comienza la descripción del día en que Suero visita a José Calvo Sotelo, uno de los líderes de la derecha:

“José Calvo Sotelo recibe al argentino media hora después en su lujosa mansión, con salones amplísimos, del barrio de Salamanca” [pág. 37].

Durante estas páginas obtuve la impresión de que Gibson alababa la esplendidez del estudio de Alberti y María Teresa León, y la amplitud y buena situación del piso de la familia García Lorca, pero que denunciaba la lujosa mansión de Calvo Sotelo. Y lo cierto es que todos andaban bien lejos de la paupérrima situación general del pueblo español. El señor Calvo Sotelo daba con ello lógico contenido a sus valores aristócratas, pero los otros, situados al lado del pueblo, comunistas y socialistas aseados y declarados, no daban precisamente demasiado ejemplo a ese pueblo que llenaba siempre sus escritos. Sé que no conviene simplificar la vida de gentes que vivieron una época difícilmente comprensible a tantos años de distancia; sería injusto parcelar el mundo en malos y buenos, pintarlo de negro o de blanco: nuestro mundo, por fortuna o desgracia, se encuentra lleno de grises. Pero el mundo artístico siempre ha seguido unas pautas de exclusividad y esplendor, por no hablar de exhibición, que no pocas veces me ha asqueado. Numerosos artistas lanzan al mercado consignas bellamente urdidas, pero que nada tienen que ver con sus vidas, con sus valores y pensamientos. Es un olor característico que tengo la desgracia de percibir, y que me repugna profundamente.

En los primeros días de la Guerra, cuando cientos de miles de personas sufrían la violencia de la contienda, cuando montones de jóvenes eran arrancados de sus padres para luchar en un bando o en otro, para asistir a la sangre de sus amigos y familiares; cuando ingentes cantidades de mujeres, viudas o casi, demostraban su valor implacable sacando adelante a sus familias con enormes sacrificios, mientras sus padres, esposos e hijos luchaban y caían en una contienda incierta y sucia; o cuando esas otras mujeres también cogieron un fusil para defender a sus vecinos y su derecho a decidir el futuro; cuando todo esto pasaba, Miguel Hernández había decidido cantar su poesía en las trincheras, mientras luchaba al lado de sus iguales, sin faltar un solo día, compartiendo con el pueblo al que pertenecía un fusil y el silbido de las balas, el hacinamiento, el frío mortal que luego contribuyó a su muerte, o un rosario posterior de cárceles. Y mientras todo esto pasaba, en esos días de horror, Alberti, María Teresa León y otros usaban un escondrijo de lujo, proporcionado por el Gobierno de la República a sus artistas, para organizar fiestas de disfraces en las que no faltaba un detalle, ni siquiera el ineludible toque surrealista. De día se acercaban al frente y, en actos bien organizados, cantaban a aquellos pobres desgraciados algunas canciones que dios sabe si entenderían. Luego, con el deber cumplido y la conciencia y la camisa limpia, volvían a su madriguera lujosa y disfrutaban de la vida, porque a ver, si no, de dónde iban a sacar estos señoritos suficiente surrealidad para sus hermosas mentiras…

Miguel Hernández protagonizó allí un episodio que recuerda el de Cristo en el templo. El poeta, cansado y enfermo por su estancia en el frente, y preocupado porque tiene a su mujer y a su hijo en Alicante, tan lejos, acaba sublevándose contra aquel lujo y aquellos personajes enjabonados y pagados de sí mismos que juegan a la guerra. Por supuesto, recibe la respuesta que merece un muerto de hambre que apenas sabe vestir con corrección. Y hay que recordar ahora que Hernández, aun siendo el hombre que fue, tuvo tanta, tanta suerte al lado de otros millones de pobres diablos… Menos mal que luego fueron inmortalizados por las floridas mentiras de algunos poetas de manos impolutas y suaves, ascendientes de muchos de los que hoy vomitan nuestra cultura.

9 comentarios:

Lula Fortune dijo...

A mí sí me gusta la poesía, y Miguel Hernández está entre mis favoritos. Es un poeta que se siente con las tripas, que huele a carne y a vida. Además,como tú dices fue un hombre honesto y limpio, un hombre del pueblo, como tantos otros. También me gusta Lorca (el más oscuro de "Poeta en NY")y sé que fue un señorito andaluz. Me fascina la poesía de JRJ y sé que fue un inútil que sacrificó a la pobre Zenobia. Me gusta el desafío de Borges en cada verso aunque fue un hombre estirado y clasista.
Ojalá todos los poetas, pintores, cantantes, cineastas, que nos gustan fuesen también hombres y mujeres decentes.
Es un poco tarde para entrar en más honduras pero ¿debemos juzgar al hombre o al artista? ¿invalidan sus actos toda su creación? ¿debemos juzgar? No sé las respuestas, Sir, ni creo que quiera saberlas.
El beso nocturno de cada domingo que agoniza es siempre para ti.

Roberto dijo...

Siempre he creido que el pulso estético de una obra adquiere latido al margen de su creador. Sí, es cierto que la historia personal de los creadores no siempre favorecen la obra o casi nunca, mas bien. Un abrazo

leo dijo...

Me gusta mucho Hernández. Y me resulta curiosa esa falsa idea de que era un hombre poco instruido.
Por lo demás, siempre ha habido clases. Y personas estúpidas e indeseables. Y quizá sea la guerra el momento en el que menos pueden disimular estos el color de su pelaje. Qué pena.

Sir John More dijo...

Mi buena amiga Lula, a mí también me gusta la poesía... cuando la entiendo, claro. El problema que tengo es que hay muchos poemas que se me escapan, que me pierdo en ellos, y no porque sean malos o buenos, sino porque es un lenguaje que se me escapa las más de las veces. No obstante, y curiosamente, Hernández, Lorca, Alberti, Neruda son poetas a los que con frecuencia entiendo. Juan Ramón no me ha llegado, y Borges me parece excesivamente calculador.

Tampoco tengo claro si hay que juzgar al artista por lo que hace el hombre que lo encarna, pero algo me dice que ese hombre, obligatoriamente imperfecto, preña de sinceridad su obra si su vida está preñada de sinceridad, y aquellos que impostan la voz para cantar poemas o relatar historias, por muy geniales que sean, acaban realizando obras llenas de artificios, sin ese más allá que toda obra de arte debería tener. Es difícil entrar en esas honduras que dices en este espacio, aunque a mí el estómago me suele pedir que eluda esas obras que no nacen de las entrañas.

Recojo ese beso nocturno dominical como si fuese una perla negra... Beso.

Querido Roberto, creo que el pulso estético de una obra sólo adquiere ese latido precisamente cuando el autor la ha parido con dolor, o digamos con sentimiento, cuando el cálculo y la técnica han sido meros accidentes en la creación. Luego, claro, la obra grande y hermosa cobra vida propia y su autor la mira como se mira a una hija que voló del hogar. Y creo también que una historia personal imperfecta, defectuosa, pero con un grado mínimo de sinceridad y pasión, no sólo no desfavorece a la obra, sino que la enriquece. Además, hay grandes pecadores cuya obras absorbían su grandeza precisamente de la grandeza de sus pecados... Pero éste es tema largo. Un abrazo.

Ay, mi Leo, desde que te nos hiciste escritora (sigo pidiéndome de lector probador) te prodigas tan poquito por este mundo... Tienes razón, Hernández era un hombre culto, y desde pequeñito un maravilloso estudiante. De hecho, viniendo de familia humilde (aunque al parecer su padre, un señor severo y poco padre, guardaba muchos ahorros secretos con los que nunca ayudó a su hijo), Hernández fue reclamado por los curas del mejor colegio religioso de Orihuela para cursar allí sus estudios becado, y en su estancia en el colegio causó sensación por su memoria y por sus muchas virtudes. Eso sí, jamás se quitó sus ropas descuidadas, algo que lo hacía para unos pintoresco y para otros despreciable. Pero sí, tienes razón con lo de las personas estúpidas e indeseables, pero fíjate que las últimas personas que ayudaron a Hernández, luego de haber sido abandonado por muchos de sus amigos artistas, fueron personajes de la derecha oriolana, que por encima de sus convicciones políticas aún creían en la amistad. La guerra es siempre la guerra... Un beso muy fuerte, amiga.

Diarios de Rayuela dijo...

Duro. Supongo que justo. Leo este trabajado post, como todos los tuyos Juanma -y eso tiene mérito- un par de días después de que haya ingresado en la Academia de la Llingua una de mis poetas favoritas, Berta Piñán. Soy contrario a que se le de rango oficial al asturiano en el nuevo estatuto de auonomía -es más, creo que el asturiano es casi un invento del que viven más o menos bien unos cuantos y en el que creen, sinceramente, muy pocos-. Y a pesar de todo, de sus opiniones política y culturales, de la lengua en que escribe, sigue pareciéndome la Piñán una joya. Creo que los artistas, en cuanto a la calidad de lo que hacen, deberían ser juzgados al margen de sus opiniones políticas, de su comportamiento vital. Claro que no le desfavorece a una obra artística la honradez de quien la crea. Pero podemos admirar la hermosa música de un compositor barroco, extasiarnos en ella, sin saber absolutamente nada de su vida. Es una vieja discusión. A la que no me apunto. Sólo la apunto. Un abrazo, amigo.

Sir John More dijo...

Estoy de acuerdo contigo, José Carlos, aunque haría una observación: creo que es muy diferente la influencia que las opiniones políticas de un artista pueden tener sobre su obra, que la puedan generar sus comportamientos y su honradez. Por supuesto, estamos tocando términos bastante subjetivos, pero si fuera posible un estudio riguroso de la genialidad de los artistas y compararlo con su personalidad, no dudo de que habría una relación estrecha entre genio y personalidad honrada, aunque hay que tener en cuenta que la honradez se puede dar bajo muy diferentes opiniones.

Por lo común, a mí me repele la gente poco honrada, la que tiene mala fe, pero no los que mantienen opiniones diferentes. Incluso la maldad puede tener dosis de honradez...

Un abrazo, amigo.

Respirando dijo...

Estupendo artículo, Sir. Predicar, pero no dar trigo. Ocurría entonces y ocurre ahora.

Yo, casi no estoy de acuerdo, y digo casi, en que en el juicio sobre la obra artística de alguién, no haya de pesar también su honradez como persona. No estoy segura de que se pueda separar una cosa de otra. No para mí, por lo menos.

Cuando se adquiere determinada relevancia social, se adqueiere también una responsabilidad social. No entiendo la una sin la otra.

Claro que yo mitifico fatal...

Beso.

amart dijo...

Espléndida entrada, Sir. Uno de los grandes, sin duda, Hernández. Poca gente nos ha hecho oler el almendro en flor o masticar el sabor acre de la sangre derramada; nadie supo como él convertir el odio visceral a la barbarie inútil en canto de esperanza renacida en cada vida absurdamente segada; nadie ha sido capaz de destilar tanta ternura como él desde la miseria, el hambre y la tuberculosis. Siempre admirado, siempre añorado este rayo que no cesa. Mi eterno desprecio a quienes lo mataron sin soga, fusil ni paredón.
Un abrazo, amigo.

Sir John More dijo...

Creo, amigos, que Hernández fue una persona que se expresaba con la poesía, una persona con virtudes y debilidades, pero ante todo una persona. Para nada un profesional de la poesía. Y no hay duda de que uno de los elementos de la expresión literaria es la dedicación, el trabajo, el esfuerzo, tal vez una dosis considerable de sana obsesión por expresarse. Pero los grandes construyen sobre eso, mientras que los otros utilizan estos elementos como la sustancia principal de su obra.

No creo que haga mucha falta requerir honradez personal al responsable de una obra: diría que en la obra, en cuanto se hurga un poco en ella, aflora rápidamente si lo que se cuenta sale de dentro o de un trabajo técnico y frío. Hay fantásticos embusteros, pero incluso ahí podríamos distinguir la genialidad en la propia capacidad para mentir...

Eso sí, suscribo palabra por palabra los elogios de Amart a Miguel Hernández. Y también coincido con Respirando en que quien se beneficia de la popularidad social adquiere un compromiso siquiera educativo con esa propia sociedad. Aunque esta civilización tan confusa, no sé si hablamos de una quimera... Besos y abrazos para ambos.