martes, 20 de mayo de 2008

El último naufragio

Es temprano, y Clochard se remueve inquieto al despertar. Los cartones no crujen porque están húmedos. Ha vuelto a soñar, ha vivido de nuevo ese sueño recurrente que parece querer enlazarse algún día con la realidad. La realidad...

(Foto de Silvina C. Vladimirsky)

Flota en la balsa, solitario en medio del océano, como algunas veces se ha sentido mientras camina por las calles tirando de sus hatillos. El vaivén musical de las olas lo mecen y colaboran con la monotonía para sumergirlo en un letargo que se hace más y más profundo. Se duerme empujado por la quietud, a la vez consciente de que dormir es una forma provisional pero placentera de olvidar, de morir, de acabar de una vez con la monotonía. El tiempo pasa por fuera de Clochard, indiferente a su sueño, y entretanto el mar despierta, comienza a encresparse, a removerse como un gigante malhumorado. Los primeros embates del agua contra la balsa no despiertan a Clochard, cuyo sueño es profundo como ese gran hueco infinito que se abre ahí arriba, tras las nubes acechantes. Pero el viento indignado y las olas furiosas acaban rompiendo contra el vagabundo, que se recobra de la muerte provisional del sueño en el centro de un gran torbellino de golpes y espuma. Manejado como un pelele por el vendaval azul, en el seno claustrofóbico del monstruo, cualquier movimiento reflejo, cualquier intento de compensar la fuerza del agua con sus brazos o sus piernas acaba hundiéndolo más, agotándolo, aumentando su desesperación. El agua salada penetra avariciosa en su cuerpo: no le basta con hundirlo y golpearlo, quiere conquistar sus entrañas, recuperar su cuerpo y transformarlo de nuevo en mar, en sustancia primera, en arena indistinta. Clochard no puede pensar, sólo siente miedo, mucho miedo, y como un niño pequeño acude a su última posibilidad de escapar: el sueño, dormir. Necesita dormir, olvidar, morir para no sentir la muerte. Y duerme...

Clochard despierta en la balsa agotado, con la piel cubierta de sal y los labios resecos. Una vez más el mar lo ha devuelto a la vida. Pero Clochard advierte que, en cada despertar, el vaivén monótono de las olas presagia con más nitidez la tormenta final, el naufragio último tras el que descansará por fin.

Ahora, entre los cartones mojados y con el ruido incontenible del tráfico de la mañana, Clochard nota que esta angustia que le dejó la pesadilla sabe salada, que cada mañana arrastrando la basura de su equipaje, tirando de esta suerte incierta de vivir, presagia con más nitidez el último naufragio, el que lo devolverá al fondo oscuro del mar.

3 comentarios:

ELENA dijo...

El mar es el sueño que nos despierta, solo, cuando morimos. Abandonarse a sentir, un preciado sueño húmedo.

Besos.

Idea dijo...

Maravilloso texto, y sí, el Clochard es un náufrago que sabe que tarde o temprano el mar lo va a devorar.

Sir John More dijo...

Abandonarse, Elena, abandonarse a los sueños...

Si todos los clochards de este mundo, querida idea, fueran conscientes de ese futuro necesario, estaríamos rodeados de locos encantadores. Pero como no es así, estamos rodeados de locos conservadores.

Besos a discreción.