jueves, 21 de abril de 2011
sábado, 16 de abril de 2011
Big Fish
Justo hace un año publiqué una entrada denigrando Alicia en el país de las maravillas, de Tim Burton. En los comentarios, Sandro arremetía, en parte con razón, contra algunas películas de este hombre, entre ellas Big Fish. El bueno de Sean (al que echamos de menos en este blog) recomendaba a Sandro que la viese con más sosiego, porque, según él, “es una de las más emocionantes metáforas que he visto sobre el desconocimiento del ‘otro’, sobre la incomunicación paterno-filial, sobre las motivaciones, sobre cómo cada uno colorea su/la vida como le da la gana, aún a costa de que ni los tuyos te entiendan”, mientras que yo apenas entré en la discusión, ni una sola palabra para defender esta película.
Cuando vi por primera vez Big Fish yo andaba un poco confundido con Tim Burton. A diferencia de la mayoría de mis conocidos, la primera película de Batman me había encantado, y la segunda también me pareció una buena película. Su historia, su producción y su influencia en la insuperable Pesadilla antes de Navidad me habían ganado para siempre, pero luego dejé pasar películas increíbles como Ed Wood y Sleepy Hollow, mientras que tanto Eduardo Manostijeras como Mars Attack! me habían parecido obras bastante pobres e incluso ridículas, y no digamos ese bodrio (sigo considerándolo así) que fue la nueva versión de El planeta de los simios. Así que cuando me puse ante la pantalla con Big Fish, reconozco que lo hice algo condicionado por esta confusión, pensando que, efectivamente, Tim Burton era mejor productor que director. La fantasía de sus películas comenzaba a parecerme más infantil de lo debido, y creía que este buen hombre empezaba a perder pie en la realidad.
Big Fish me pareció una película deslavazada, insensata, a veces incluso histriónica, y eso que presentaba un cartel más que atractivo, con los geniales Albert Finney y Jessica Lange, con Ewan McGregor, Helena Bonham-Carter, Steve Buscemi, Danny DeVito y una larga nómina de actores que cumplían sus papeles más que correctamente. Pero fue como si pasara por encima de la película, como si la opinión que me había formado sobre Burton me hubiera impedido entrar en ella y me hubiera hecho resbalar sobre sus fotogramas.
Con el tiempo, y gracias a mis hijos, la he visto varias veces más, y he llegado a considerarla una de las mejores películas de Burton, y una de mis películas preferidas. La labor del cine no es sólo entretener y emocionar, sino hacerlo con elegancia e inteligencia, cargando de valores las historias que narra. Y Big Fish es una película sorprendente en este sentido, porque está llena de valores, porque es soberbia en su elegancia y profunda en su inteligencia; porque sus actores lo bordan, y porque, como decía Sean, la película es una impresionante metáfora de la vida misma, cuyas verdades, aunque no siempre estemos dispuestos a admitirlo, tienen mucho más que ver con la fantástico que con lo cotidiano. Incluso en los valores que muestra, la película evita pontificar sobre ninguno de ellos, y se limita (nada menos) que a atraernos hacia el valor de la fantasía y la libertad, y de paso hacia el valor de la vida como aventura.
Pero el mensaje más hermoso de los que aporta esta película es el de la definición del amor: el amor, que no es rutina amable y prescrita, ni calidez ordenada, ni madriguera, ni hábitos ni moderación; el amor que no es ni esperanza ni fortuna, sino hambre, fuerza, deseo, sorpresa, imaginación, risa, carne y laberinto.
domingo, 10 de abril de 2011
Pintura dulce
Ayer sábado fue un día de verano en Sevilla. La ciudad bullía de gente, que tomaba cerveza en los numerosos bares, tascas y tabernas que riegan el centro. Antes de sumarnos a la fiesta, visitamos el Museo de Bellas Artes. Mariano Bellver, un vecino de la misma Plaza del Museo, ha cedido su hermosa colección y nos muestra pinturas de artistas andaluces y otras en las que algunos pintores extranjeros pintan Andalucía. Hay muchos cuadros menores, cuyo valor reside más en el contenido que en el continente: retratos de la vida de nuestras ciudades, muchos de ellos enseñando la Sevilla del XVIII y el XIX, paisajes que en algunos casos han cambiado bien poco. Pero otras obras son tan hermosas que me hace pensar que el arte es como el mar, un paraíso siempre por explorar, del que sólo conocemos la superficie. Aquí les presento algunas de esas delicias, aunque sólo sean aquí un pálido reflejo de lo que son en vivo, cuadros que difícilmente se reproducen en Internet, y que tal vez nunca se conviertan en obras de referencia, quizá porque su función sea admirar a los particulares…
José Pinelo Llull, Paisaje de Alcalá
Vicente Esquivel y Rivas, La nueva partitura
Rafael Senet Pérez, La pesca en la laguna de Venecia
Andrés Parladé, Grata Conversación
Emilio Sánchez Pérrier, Paisaje campestre
José Denís Belgrano, El ensayo
Manuel García “Hispaleto”, Buscando al ratón
José Jiménez Aranda, El recomendado
viernes, 8 de abril de 2011
Carmen
Hablo con Carmen, de Villanueva de San Juan, que trabaja en temas de igualdad de género. Su voz dulce me aporta un término curioso y útil. Y es que, abjurando siempre no sólo de machistas y furibundos misóginos, también suelo quejarme mucho de ciertas ramificaciones feministas, desgraciadamente no minoritarias, que más allá de moverse por la igualdad de derechos y por la consideración universal de la mujer como persona, tienden a descargar toda su rabia contra el género enemigo, el masculino, soñando con un mundo en el que un supuesto e idílico modo de hacer femenino lo anega todo y resuelve, por arte de magia femenina, los interminables problemas de la humanidad. Cuando deseo referirme a esas personas algo exaltadas me da un poco de cosa usar el término acuñado (creo) por ese otro exaltado que es Pérez Reverte (a nadie mejor le cae la imagen del tornillo pasado de rosca): feminazis. Y mucho menos equiparar el término machista al de feminista. Durante varios siglos, muchas mujeres y algunos hombres han luchado bajo esa denominación por la equiparación de derechos, así que siempre me pareció injusto referirme a ese intransigente grupo como feministas.
Carmen conversa con serenidad, y luego de discutir conmigo sobre los excesos que tal vez se cometan en la adaptación del lenguaje a esta igualdad que, poco a poco, se va materializando a nuestro alrededor, me habla del hembrismo, ese movimiento que en la inercia del despertar femenino pretende ir más allá y compensar las injusticias pasadas con otras injusticias futuras. Y yo apunto la palabrita. Al fin y al cabo es lógica pura: machos y hembras, gente que no encauza su animalidad ni la convierte en convivencia, sino en conflicto y en casposa lucha por el poder. Por supuesto, pasa como en cualquier guerra, ahora los machistas tacharán de hembristas a todas las feministas, y las hembristas achacarán al machismo rabioso cualquier crítica a sus desvaríos. Como en cualquier guerra, el diálogo, la razón y la sensibilidad quedarán calladas por la ira y la exasperación; pero nada de eso evitará que cada vez estén más claros los papeles, y que igual que hoy un machista es mucho mejor reconocido que hace veinte años, pronto sepamos distinguir a simple vista a una feminista, una mujer que trabaja por que las mujeres, sin dejar de serlo, estén consideradas ante todo como personas, de una desquiciada y desquiciante hembrista, que odia al macho y pretende darle la vuelta al mundo, cambiando simplemente el signo del abuso y la vergüenza entre sexos.
lunes, 4 de abril de 2011
Pastora de carne y hueso
El 4 de enero de 2010, algo más de dos semanas después de la muerte de mi padre, publiqué en este blog una entrada titulada Pastora, de Cantillana. Lo dediqué a mi padre, pero también a una mujer que cuidaba a su marido en la misma habitación del hospital en la que estaba mi padre. Lo escribí creyendo que ella nunca lo leería…
El otro día, una de sus nietas escribió un comentario, asombrándose de que aquella mujer de la que se hablaba era su abuela, Pastora Daza, de Cantillana. Luego de leerlo, la propia Pastora quiso dejar este comentario que yo le agradezco de todo corazón.
Soy Pastora de carne y hueso, como tú bien dices.
Este año por septiembre, en la romería de mi virgen, me comentaron que habían visto en internet escrito algo sobre mi, o al menos, ellos se figuraban que me hacia referencia.
Le dije a mi nieta que lo intentara buscar pero no lo consiguió.
El 2 de Abril vino a casa y me dijo; Abuela, toma esto y léelo, que seguro que te va a gustar.
Y cual fue mi sorpresa cuando me encontré con vuestras palabras. Al no poder leerlo le pedí a una de mis hijas que lo hiciera y terminamos todos llorando.
Nunca pensé que pudiera tener respuesta tan bonita, pero sigo pensado que no fui yo, sino mi Pastora Divina la que tendió su mano en esos duros momentos.
Y seguro que tendrá a vuestro padre junto a ella, en el risco de los cielos.
Me gustaría volverlos a ver para daros un abrazo y las gracias.
Mi marido sigue igual, a veces más animado y otras menos pero vamos adelante con la ayuda de ese cristo sangrante como tú bien dices.
Aquí estaré, en Cantillana, para cuando queráis recordar vuestra niñez.
Un abrazo.
Pastora de Carne y Hueso.
Claro que nos veremos, Pastora. Sea o no con ayuda divina, resulta una suerte contar en esta vida con personas como vosotros. Mi padre ahora está muy dentro de nuestros corazones, y a la vez voló al aire frío de diciembre que llenaba la tierra que él tanto había amado. Y sus cenizas se esparcieron por el río Guadalquivir, que alimentó sus sueños durante tantos años. Pero si de veras mi padre está al lado de tu virgen, en ese risco de los cielos, seguro que se sentirá feliz como el chiquillo que nunca dejó de ser, feliz como el hombre que llevó a sus hijos a recorrer y explorar todos los riscos del mundo. Un beso.
domingo, 3 de abril de 2011
Jazmines, Collins, el arte y la insinuación (3ª y última parte… uf)
[continuación de la 2ª parte]
El arte es morirte de frío
Visto lo visto, en el disfrute de una obra de arte intervienen tres parámetros fundamentales (les ahorro la gráfica tridimensional):
a) La técnica usada,
b) lo que la obra insinúa y
c) lo que el espectador cree que la obra insinúa.
La técnica, ciertamente, no es un elemento del todo mecánico, porque admite mejoras. Uno puede aprender la técnica de un arte y luego usarla de modos completamente originales. O incluso puede inventar técnicas no conocidas hasta ese momento. Estos dos últimos casos pueden aumentar el valor de una obra, pero son méritos que siempre irán ligados estrechamente a la historia de ese arte. Hoy, a no ser por motivos históricos, nadie se asombra ante una película de los hermanos Lumière, y sólo el conocimiento de la historia del cine puede hacernos valorar la crucial e inestimable aportación de estos amigos. En mi opinión, es básicamente un mérito técnico, no artístico, y por eso caduca, mientras que los méritos artísticos de una obra jamás prescriben. Tal vez algunas de las obras de estos hermanos conserven, junto a la cualidad de ser los primeros frutos de una nueva técnica, una calidad artística añadida…
Por otro lado, la insinuación propia de la obra reside tanto en la expresión como en la impresión que produce. La obra puede expresar, mediante el lenguaje que sea, una serie de ideas, que no sólo son valiosas por sí mismas, sino por el modo en que estén trenzadas, o incluso por la oportunidad temporal de las mismas. Pero la obra también puede provocar impresiones en el espectador, impresiones calculadas por el artista.
No hace falta decir que existe una holgura inevitable en la determinación del mensaje contenido en una obra, y no es posible (ni tampoco deseable) aislar con exactitud este mensaje, aunque suele haber muchas pistas que nos pueden servir para saber si un artista pretendía decir algo, pistas que suelen estar en la propia obra.
En este sentido, es curioso comprobar cómo ha habido determinados movimientos que han tratado de ir despojando al arte de su mensaje. Se dice que el arte debe ser plástica y directamente aprovechable, que son nuestros sentidos más primarios los que deben captarlo, y que para ello no hace ninguna falta que la obra exprese ningún mensaje ni siquiera que intente causar impresiones concretas en el observador. Pretende impresionarlo, pero a lo bestia, cayendo sobre él con su novedad, con su técnica salvaje, o con su sencillez insultante, pero siempre sin salir de las formas puras. Hasta cierto punto, y más en unos artistas que en otros, este movimiento expresó un deseo legítimo de sobrepasar una barrera, de inventar nuevos métodos artísticos para despertar de cierto cansancio expresivo. Sin embargo, creo que todos estos movimientos acabaron perdiéndose en las formas, hasta el punto que prácticamente cualquier forma sirve hoy para el arte, permitiendo que en su determinación como obras artísticas o no artísticas intervengan decisivamente juicios comerciales o el de un enorme (nada elitista) grupo de esnobs charlatanes que juegan a las tendencias y las modas, mezclando churras con merinas y muy ajenos a términos como grandeza y profundidad (ARCO y demás saraos).
Tàpies – Inspiració-expiració
Fijémonos en la pintura: con el impresionismo los pintores trataron de sacudirse el supuesto corsé del realismo (aunque el realismo siguió evolucionando sin parar, intacto por la aparición de nuevas orientaciones), y luego le siguieron otros movimientos que, cada vez con más pesadumbre y simpleza, y de un modo económicamente interesado, proponían no sólo el alejamiento, sino la ruptura con cualquier contenido mental consciente en estas obras. Si miramos un cuadro de Pollock observaremos la obra de uno de los últimos artistas sinceros en este camino hacia la locura. Esa misma fuerza, la incomodidad con su propia vida, el dolor y la violencia contra el cuadro, las caricias derramadas en esos lienzos demuestran que ese camino era sólo para los locos, pero, a la muerte de estos últimos pintores, una panda numerosa de no locos se hizo cargo del negocio, y comenzó a pintar cuadritos regulares, usando colores primarios para demostrar el regreso a los orígenes; como aquel inolvidable cuadro que vi una vez en una exposición en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla: vertical y pintado completamente de blanco, incluidas unas gafas pegadas en el borde superior del lienzo. O, de más alcurnia, una serie de ocho o diez cuadros que colgaban en la basílica del Monasterio de la Cartuja, sede del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla, y que un tipo había pintado de blanco con una mancha desvaída de humedad en el centro. Tanto mi mujer como yo pensamos que estaban colgados sólos los marcos, y que aquellos cuadros estaban restaurándolos, que la humedad desvaída pertenecía a la pared. Luego, cuando supimos que aquellos eran los cuadros reales, acudimos a los títulos que, desgraciadamente, no nos aclararon mucho: todos se llamaban Sin título 1, Sin título 2 y así sucesivamente. Por supuesto, nos vimos inmediatamente como unos pobres catetillos del arte. Y es que nada de lo dicho arriba es observable, nada en el arte vale un pimiento si no hay un espectador capaz de descubrir y disfrutar de este mensaje explícito e implícito de la obra. Cuando hay mensaje, claro…
Y ¿cuál es este espectador adecuado? No soy yo, tranquilícense los que disientan con todas estas tonterías; aunque mentiría si dijera que no pretendo llegar a serlo. El espectador adecuado es aquel que reconoce de la manera más fiel posible lo que una obra insinúa, que no advierte en ella ni más ni menos que lo que ésta insinúa. Un espectador así se vale fundamentalmente de su acervo cultural, de lo que sabe no sólo a través del estudio, de la observación y de la experiencia, sino también mediante la actividad solitaria y deductiva de su raciocinio, que interactúa a la vez con los sentimientos. Esto explicaría por qué nuestra relación con el arte resulta mucho más placentera cuando nuestra pasión y nuestra razón pueden disponer de más cultura (más información y más experiencia) a la hora de acercarse a una obra de arte.
Sobre gustos…
En nuestras sociedades, tal vez por una creciente e imparable pereza, tal vez por ser la inmediatez y la prisa valores en alza en todos los ámbitos de la vida, se tiende a convertir el arte en una transacción de ideas cada vez más pobre, es decir, una actividad donde todo se facilita y simplifica: la técnica sencilla e ingenua se confunde con la naturalidad, las insinuaciones de las obras deben ser directas y ante todo claras, sin recovecos; incluso la capacidad de los perceptores para descubrir insinuaciones o, aún más, para inventarlas se observa como elitismo, esa tendencia de los pocos de diferenciarse de la canalla.
La manida y falaz frase “sobre gustos no hay nada escrito” no sólo propone que el gusto es sagrado, que cada cual puede poner su gusto, al menos en cuestiones artísticas, donde le parezca. Si sólo se refiriese a esto sería una frase correcta, aunque también obvia e innecesaria. No, la frase también pretende zanjar la discusión sobre los contenidos artísticos. Según esta aserción, yo, que sé poco o nada de pintura, puedo tener mis gustos que serán no sólo tan respetables como los de cualquier estudioso del arte, sino tan razonables como los de éste. No sólo tengo el derecho de tener determinados gustos, sino que me asistirá a priori la misma razón que a cualquier experto en la materia. Si admitimos esto, bien podríamos admitir que, siendo la felicidad que obtiene un perceptor ignorante ante una obra pobre la misma que obtiene uno culto ante una obra inmensa, la calidad de la obra de arte pasaría a ser un valor relativo, una cuestión de expertos pero nada relacionado con el disfrute del arte. Las obras complejas y elaboradas, las asombrosas obras de arte pasarían a ser cosas de la élite, y el pueblo podría entretenerse sin complejos y sin la necesidad de preocuparse por lo que lo entretiene.
Es curioso porque este argumento sólo se puede derrumbar desarrollándolo hasta el final. Porque en mi opinión se puede demostrar que tanto social como personalmente los beneficios de una obra de arte de calidad y de un público capaz de comprenderla son obvios. No automáticos ni universales, pero sí obvios. Para ello, basta seguir esta conversación, algo simple pero suficientemente demostrativa, entre dos vecinos que se encuentran en el bar de la esquina, con una cervecita en la mano:
Vecino melómano 1: Ah, me encanta la música, vecino...
Vecino melómano 2: ¿De veras? Yo también suelo escuchar música.
Vm 1: Yo siempre, tengo discografías enteras, de Pedro Guerra, de Roxana y de Ismael Serrano… ¿Escuchó usted el último disco de Roxana?
Vm 2: [tímido] Pues no, lo siento, pero no me gusta mucho la música que hace…
Vm 1: [vehemente] Pues a mí los cantautores es que me pirran. ¿Qué cantautores le gustan a usted?
Vm 2: Bueno, pienso que la mayoría de los cantautores son como el Manuel Darío de Les Luthiers, que más que cantautor era autocantor… Me gusta Ruibal, algunos discos de Serrat, el cachondo de Krahe, Silvio Rodríguez, poco más…
Vm 1: Es usted raro, vecino.
Vm 2: Creo que pasé esa etapa…
Vm 1: [algo mosca] En fin, yo no creo que sea una cuestión de etapas, a cada uno le gusta una cosa y cada uno en su casa y Dios en la de todos.
Vm 2: No sé, vecino, creo que hay músicos buenos y malos…
Vm 1: No, no, cada uno disfruta de una cosa, lo importante es disfrutar. A mí la música clásica o el rollo ese de los negros tocando como locos, el jazz, y no digamos el rock ruidoso no me gustan. No puedo con ellos. ¿Quién será el juez que a mí me diga que la música que yo escucho es mala o buena? Sobre gustos no hay nada escrito, ya lo dijo el poeta… [risas].
Vm 2: No dudo que cada cual debe hacer lo que desee, y escuchar la música que más le guste, pero aparte de eso, me reconocerá usted que hay diferencias en la calidad de los músicos. Contésteme a una pregunta: ¿quién cree usted mejor músico, Mozart o David Bisbal?
Vm 1: Joder, no hay color, hombre, también es que usted se ha ido al extremo; entre esos dos no hay color [el vecino melómano 1 había visto unos días antes la película Amadeus], por supuesto que Mozart.
Vm 2: Vaya, creí que lo importante era disfrutar. Conozco a algunos que disfrutan mucho más con Bisbal que con Mozart… De hecho, creo que son mayoría, y sin embargo usted me dice que Mozart es mejor que Bisbal. Y eso ¿por qué?
Etc…
En el momento que en un conjunto hay diferencias de grado entre dos elementos, se puede establecer una gradación en ese aspecto concreto. Si Bisbal es claramente peor músico que Mozart, eso significa que la escala existe, que se pueden establecer unos parámetros que nos indican no quién es buen músico y quién es malo, sino que nos permite comparar (aproximadamente) entre dos músicos quién es mejor y peor. Contando, por supuesto, que yo, cuando me siento al piano y lo aporreo ya soy un músico…
La nube y el arte
Queramos o no, todos nosotros, más o menos conscientemente, entendamos más o menos, comparamos las obras artísticas que nos interesan. Esta comparación de obras también puede hacerse con pretensiones académicas, pero ahora no me refiero a ese modo de preguntarse por la obra. Aquel que se interesa realmente por un arte hace un recorrido por la bisectriz que relaciona, por un lado, el mensaje (ético y estético) de la obra, con, por otro, su propia capacidad de comprender y sentir. O si se quiere (es más complicada de dibujar), la bisectriz tridimensional que relaciona estos dos parámetros con el de la técnica. En ningún momento el interés sincero por un arte sacrifica el gusto de disfrutar de ese arte por el afán científico de diseccionarlo, algo que sí podría considerarse esnob y artificialmente elitista. Cuando escucho música disfruto y valoro a la vez, automáticamente, porque el disfrute es, cada vez más, un disfrute activo. Como se ve en la gráfica, esta persona evoluciona, pero sin que ello quiera decir que no pueda seguir gustando de obras (E ó D) cuya calidad sea más baja que otras (B ó C) que ha descubierto recientemente. Incluso puede disfrutar, por razones ajenas a las propias obras, de algunas que hace ya mucho dejó en el camino (A). Uno puede reconocer que una obra tiene muy poca calidad, pero que significó tanto en su historia que no puede evitar profesarle un cariño especial. Pero lo normal, en una persona que ame realmente un arte, es que esa nube de gustos (en la que no siempre se ajustan perfectamente la insinuación de obra y la del espectador) avance. Todos nos encontramos en un nivel del camino, de un camino que, a la vez, vamos construyendo entre todos, pero ese nivel posee forma de nube difusa debido a que no tratamos con cuestiones exactas sino cuestiones que describimos con términos aproximados, y a que en el proceso intervienen una gran cantidad de aspectos fisiológicos, psicológicos y sociales. Cada cual posee su nube y su nivel para cada arte, e incluso para cada aspecto de cada arte.
En esta línea artística vital no hay ningún límite pasado el cual las obras sean buenas, quedando bajo ese límite las malas, pero sí existe la progresión, y en la progresión está la vida, el movimiento, el descubrimiento progresivo de los secretos de este maldito mundo. Quien se queda anclado en la obra A, o en la nube de obras que la rodea, solicitando de los demás que respeten su elección (confundiendo el respeto con la tolerancia), tiene todo el derecho de hacerlo, por supuesto. Pero de nuestro Vecino Melómano no se puede decir que lo que le guste sea la música, sino algunos sonidos concretos que son, obviamente, musicales. No sólo no llega más allá, sino que no quiere llegar, y está en su derecho… en su derecho de ser un ignorante musical. Esto es esencial: en cualquier arte el ignorante no es el que sabe menos de ese arte, sino aquel que se ha detenido en cierto punto, que se ha anclado en un nivel concreto de ese arte, que no necesita avanzar, descubrir nada más porque lo que descubrió le es más que suficiente. No hará falta añadir que esta ignorancia, como la sabiduría, no es un termino exacto, un valor todo o nada, sino gradual.
Con la cultura y el interés por experimentar y disfrutar se sube en esa flecha que relaciona la insinuación propia y la de la obra, porque así vamos eligiendo obras más y más ricas, nuestra percepción alcanza niveles más complejos y sabrosos, y nuestro gusto disfruta con goces cada vez más inolvidables y demoledores.
Ahora podemos entender eso que nos ocurre tan frecuentemente, por qué cualquiera puede distinguir sin demasiada dificultad cuándo una obra se encuentra por debajo de su nivel (no interesa, porque resulta particularmente obvia y fútil) o por encima (no se la comprende, se reserva para más adelante, para algún día en que podamos comprenderla). Para alguien que ha leído a Nietzsche, seguramente Hermann Hesse resultará prescindible, pero para un adolescente que comienza a leer y a preguntarse por la vida, tal vez su obra resulte realmente apreciable. Esa línea nebulosa de insinuación es la línea de nuestra propia vida, que avanza (viviendo, aprendiendo, disfrutando) por la senda de la cultura y el placer de contemplar el mundo.
Y al fin Collins y su batería
Fue un gran batería, un magnífico intérprete que nunca pareció estar ahí por la música en sí. De hecho, en cuanto Gabriel y Hackett lo dejaron, él soltó la batería y comenzó a gritar en el micrófono su edulcorada superficialidad. El aroma evocador del jazmín (recuerden, yo iba caminando una mañana y pensando todas estas pavadas) se ha mezclado con ese juego fascinante de voces e instrumentos que Genesis llevó hasta un punto delicioso, y entonces repaso las poses del Collins maduro, bajo esa percusión electrónica prefabricada con la que vistió todas sus machaconas cancioncillas. Collins se limitó a la insinuación explícita y vulgar de sus letras, y con su música se lanzó a insinuar nada, negocio, entretenimiento (que suele ser el eufemismo usado para todo aquello con lo que se intenta rellenar sin complicaciones el mortal aburrimiento de la gente).
Collins dejó de tocar la batería en uno de los mejores grupos de rock de la historia, y se convirtió en un tipo cuya música era superada en calidad por cientos de músicos de ayer y de hoy. Pero sobre todo Collins se simplificó con un afán comercial, como muchos otros hacen, y bien que consiguió lo que pretendía, que hasta lo fichó Disney para realizar una de las más pastelosas bandas sonoras de la casa. Si una obra de Vasks o Part atrae a un grupo siempre reducido de personas, son cientos y miles los que se mueren por cualquier tontería de Bunbury o Amaral, y la sociedad ha demostrado que en esa tesitura no va a optar por mejorar la educación musical de la gente, sino por dar a la gente lo que la gente pide, en ese círculo diabólico e irresponsable de papanatización social. Los medios de comunicación dedican un tiempo infinito a propagar estos sonidos, infectando con su repetición eterna el orgulloso y desprotegido gusto de nuestro primer vecino melómano; entretanto, en las escuelas, los niños aprenden el nombre de las notas musicales y a tocar el Himno de la Alegría con la flauta, mientras sus maestros tararean para sí la letra que el amigo Miguel Ríos tuvo a bien ponerle a la pegadiza musiquita. A mí me encantaría que todo esto cambiase, que los maestros fueran de los profesionales mejor pagados, más exigidos y con más formación y cultura, que trabajaran para enseñar a los niños no a sumar ni a restar, sino para despertar en ellos el gusto por saber y por disfrutar de la vida del modo más consciente posible. Me encantaría esto y mucho más, pero eso nunca, el Señor me libre de pretender que ustedes cambien sus gustos…
martes, 29 de marzo de 2011
Jazmines, Collins, el arte y la insinuación (2ª parte)
[continuación de la 1ª parte]
Agotados los modos de expresión, el arte se orienta hacia el sinsentido, hacia un universo privado e incomunicable. Todo estremecimiento inteligible, tanto en pintura como en música o en poesía, nos parece, con razón, anticuado o vulgar. El público desaparecerá pronto: el arte le seguirá de cerca.
Una civilización que comenzó con las catedrales tenía que acabar en el hermetismo de la esquizofrenia.
E.M.Cioran, Silogismos de la amargura
Elogio de la inexactitud
Pensé que primero debía aclarar que hay ciencias exactas y ciencias inexactas. Estas últimas son verdaderas ciencias, y además muy respetables. De hecho, diariamente vivimos basándonos en las conclusiones que de ellas se derivan. Por ejemplo, nadie sabe cuál es la probabilidad exacta de que un meteorito nos caiga en la cabeza, pero todos suponemos que es suficientemente baja como para no andar por ahí muertos de miedo por esa eventualidad. Y aunque el número π sigue sin ser definido en sus probablemente infinitos decimales, los círculos no dejan de poseer una perfecta y hermosa redondez. Incluso las certezas más aparentemente exactas están sustentadas por probabilidad y caos: toda la física se basa en una configuración absolutamente inasible de los átomos, lo que no impide que a escala humana podamos contar con certezas suficientes para vivir, deduciendo además leyes más que precisas. En otro ámbito, estudiar la fisiología humana es
contemplar mecanismos físicos y químicos rigurosos y fascinantes que consisten, a la postre, en un trasiego informe de aniones y cationes a través de poros caprichosos de proteínas; y entonces el azar microscópico de millones de células se convierte en una delicada caricia o en el movimiento minucioso del arco sobre un violín.
Cuento todo esto porque, luego de pasar junto al jazmín y de escuchar la batería de Phil Collins, mi pensamiento quiso descubrir los esquemas de funcionamiento de todo esto, y aunque estos esquemas (propuestas científicas) aparentasen ser algo imprecisos, me pareció al pensarlos que se correspondían con innegables realidades. Sé que otros muchos habrán descrito estas realidades con bastante mayor precisión que yo, pero ustedes saben que lo de pensar y escribir no deja de ser un juego, y en los juegos lo de menos son las conclusiones y lo de más el jugar mismo.
Técnica e insinuación
Lo primero que pensé fue que cualquier obra de arte era algo así como la suma de técnica y de insinuación. La técnica, como bien dice nuestro diccionario, es el “conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte”, así como la habilidad para usarlos. Por tanto, dado que la asimilación de esta técnica es una cuestión de esfuerzo, toda ella está, excluyendo imposibilidades físicas o psicológicas, al alcance de todos. Mi amigo José Antonio Maidero, magnífico pintor desaprovechado por este mundo, me demostró una vez que cualquiera podía aprender a dibujar con una dosis de realismo impensable. También me lo demostró el método que propone Betty Edwards en su libro Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro. Síganlo y verán que el más torpe de ustedes puede realizar con el lápiz dibujos asombrosos, técnicamente asombrosos. Es cierto que hay técnicas que exigen de nosotros peculiaridades físicas cuya ausencia nos impide dominarlas. Si mis cuerdas vocales son frágiles, puedo educarlas hasta sacar voces para mí inconcebibles, pero nunca podré alcanzar la capacidad técnica de Karrin Allyson. Es lo que le pasa a Sabina, sin ir más lejos.
Pero si la obra de un artista proviniese sólo de su habilidad técnica, por muy asombrosa que ésta fuese, y por mucho esfuerzo que hubiera requerido obtenerla, todos podríamos ser artistas en casi todo, y el diseño de un satélite artificial que cruza el sistema solar sería un trabajo bastante más artístico que un poema de Aleixandre. Cualquiera que tenga una mínima sensibilidad sabe que no es así, sin necesidad de desmerecer la habilidad y el trabajo que los ingenieros astronáuticos hayan demostrado en el diseño del aparatito. ¿Qué es lo que hay que añadir a la técnica para que algo se convierta en objeto artístico?
El extremeño
Pienso ahora en el cuadro que colgaba en el salón de mi casa cuando yo pequeño: lo firmaba El extremeño, y creo recordar que estaba realmente pintado a mano, aunque algo me decía que ese buen señor pintaba varios de esos cuadros al día. A la pintura, un paisaje bucólico con pajar y todo, se le notaba a la legua su composición mecánica y fría. El cuadro no insinuaba nada más allá de lo que uno veía. Por supuesto, uno podía fantasear con el pajar, o buscar formas extrañas como las que buscamos en las manchas del mármol, pero ni siquiera para la imaginación desbordante de un niño como yo el cuadro decía nada más que lo que decía a simple vista. No insinuaba nada. La insinuación podría ser, pues, la habilidad de orientar la técnica hacia la expresión personal, más o menos profunda, de algo más, de una idea, de un sentimiento, de una duda, de un miedo...
Entre las pretendidas obras de arte encontramos trabajos cuya alta calidad técnica nos sorprende pero que, por el contrario, no insinúan gran cosa (obra A de la gráfica), mientras que otras insinúan mucho sin usar una técnica demasiado depurada (obra B).
Yo siempre he creído, y es un ejemplo, que Vargas Llosa era un escritor de una gran técnica pero poco insinuante, aunque cada día creo con mayor convicción que tampoco hay que exagerar: no es tan bueno técnicamente, y lo demuestra regularmente en sus artículos de El País...
El gusto por el arte parece conllevar una mayor tendencia a valorar más la insinuación, puesto que la técnica parece al fin y al cabo algo mecánico, mientras que la insinuación resulta de la asombrosa integración de un montón de funciones humanas. Además, se diría que cualquier obra de arte tiene como fin insinuar algo, aunque si lo hace echando mano de una técnica depurada, mucho mejor.
Insinuaciones surtidas
La relación entre obra de arte y espectador no es, obviamente, un fenómeno automático ni irreflexivo. Si delante de la obra se pretende algún tipo de bienestar consciente, el perceptor no puede esperar que la técnica y la insinuación contenida en la obra le entren pasivamente por los sentidos, sino que debe buscar, y en esa búsqueda el perceptor encuentra en la medida que sabe buscar.
Así pues, en la insinuación artística intervienen dos aspectos necesarios:
1. Lo que la obra objetivamente insinúa.
2. La habilidad del receptor para descubrir esa insinuación, echando mano de su acervo cultural y de su educación sensible.
La interacción de estos dos valores produce la insinuación final, que no es un dato fácil de calcular, porque no es la media de los dos valores anteriores, ni su suma, sino una interacción entre ellos. Así, la falta de un aspecto no puede compensarse ilimitadamente por la abundancia del otro.
En mi opinión, la interacción óptima se consigue cuando el receptor sabe adecuar su percepción (lo que para el receptor la obra insinúa) a la insinuación real de la misma. En la gráfica, la flecha sobre la bisectriz del cuadrante contiene los casos en los que la calidad de la obra se ajusta a la percepción del observador, independientemente de que la obra B sea mucho mejor que la A. En ambos casos el perceptor acierta en su análisis artístico, es decir, entiende la obra.
La capacidad de una persona para descubrir insinuaciones que el autor no pretendía es interesante desde el punto de vista creativo, pero no puede, por mucho que algunos lo pretendan, añadir nada a la calidad de la obra. Tomemos la pieza 4’33” de John Cage (obra C en la gráfica), que para quien no la haya oíd... bueno, sería mejor decir, para quien no la conozca, consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Se podría afirmar que Cage intenta demostrarnos la importancia del silencio en la música —aunque imagino mil formas más hermosas y artísticas de hacerlo—, pero afirmar, por poner por caso, que la obra trata sobre la fragilidad de la existencia, supone un exceso exagerado de la insinuación perceptora sobre la del supuesto artista. El espectador usa su imaginación para añadir a la obra algo que no está razonablemente en ella. La imaginación es una de las mejores cualidades humanas, pero en este caso no sirve para valorar la obra de Cage, que a muchos les parece una boutade, y a otros nos parece directamente una tontería.
[continúa en la 3ª parte]
sábado, 19 de marzo de 2011
Jazmines, Collins, el arte y la insinuación (1ª parte)
Jazmín
Pasé junto al jazmín. Hoy sólo estaba lleno de promisorios brotes. Cierta mañana, hace unos meses, tras una noche de diluvio lucía rebosante de pinceladas blancas y aromosas. Igual no le gusta el frío, y esta noche pasada lo hizo. Sonaron en mi móvil Dance with the Moonlit Knight y Firth of Fifth, de Genesis.
Collins
Entre otras maravillas, la batería de Phil Collins suena prodigiosa, y pienso en la penosa involución que sufrió su carrera. El tercer tema del disco, More Fool Me, aparecido originalmente en el disco Selling England by the Pound, comenzó a sonar. Era, con mucho, y a pesar de la guitarra de Hackett, la peor canción del disco, y la muestra temprana de que Phil Collins, aparte de un grandísimo batería, era un tipo de un gusto musical bastante pobre.
El grupo, hasta 1975, fue liderado por Peter Gabriel (voz, flauta, percusión), aunque todos (Rutherford al bajo, Banks a los teclados y Hackett a las guitarras) colaboraron con su genio a crear música de verdad. En 1975, después de varios de los mejores discos de rock de la historia, y tras producir The Lamb Lies Down on Broadway, un disco difícil pero impresionante, Gabriel se había alejado demasiado del resto de la banda, y decidió seguir su carrera en solitario. Aunque Collins había sido la segunda voz del grupo, e incluso se había lanzado con la voz principal en algunos temas, ahora se convirtió en la única voz de Genesis. El grupo compuso dos discos hermosos (Trick of a Tail y Wind and Wuthering), aunque en ellos se echaba de menos la voz poderosa de Gabriel y se observaba ya un ligero escoramiento al pop, a la comercialidad de los sonidos. Aun así, los dos trabajos conservaban una alta calidad.
Después de Wind And Wuthering, Steve Hackett anunció también su marcha por diferencias creativas con el resto, y entonces el grupo se escoró definitivamente al pop, a una música mucho menos elaborada, más repetitiva y bastante más vulgar. Collins, como luego demostró con su carrera individual, debió sentirse muy bien al verse libre de los corsés artísticos que primero Gabriel y luego Hackett quisieron imponer al grupo, y al fin, con sus dos silenciosos compañeros, se lanzó progresivamente a la música ligera y machacona, bailable y sencillita que Collins no ha dejado de hacer hasta ahora.
A principios de este mes de marzo Phil Collins anunció que abandonaba la música para dedicarse “a ser padre a tiempo completo”. Además, aclara en su propia página web que su despedida no se debe a que haya sido maltratado por la prensa, ni a que no se sienta amado por sus fans, ni tampoco a que ya no encaje en el medio, pamplinas más propias de un personaje del tomate que de un supuesto gran artista. Y tengo que reconocerlo: deseándole toda la salud y la felicidad posibles, me alegro muchísimo de que por fin deje la música. Desde que abandonó la batería de Genesis, este buen hombre ha estado regularmente llenando los medios de comunicación con sus gritos insoportables y sus iterativas banalidades musicales. Pasó de ser uno de los mejores baterías del mundo a ser uno de los cantantillos más pesados y chirriantes de la historia. Pasó de la grandeza, la dulzura, el contraste y la personalidad del rock más inteligente y sensible, a lo pegadizo y venal, al bailoteo, al tarareo de una música directa, simple, una música volátil, llena de poses y vulgaridad.
Observen sobre el terreno el asunto. La primera pieza es la que escuchaba por la mañana, contenida en la caja de 4 discos titulada Genesis: Archive 1967-1975, con música en directo del grupo. La cancioncita posterior es Don’t Lose My Number, del disco que Collins sacó en solitario No Jacket Required, con la que ustedes podrán echarse un bailecito la mar de molón. Comprobarán la diferencia entre el Collins batería (concéntrense en el sonido portentoso del instrumento)
y el Collins chundachundero de los últimos tiempos
Entonces, cuando acabó la canción que Collins perpetraba ya en 1975, seguí caminando preguntándome qué diferencias había entre la voz entera de Gabriel y ese lamentable sonsonete que es la voz de Collins, o entre la batería intensa y valiente del Collins músico y la otra, electrónica y tediosa, del Collins empresario; y fui dándole vueltas al jazmín, al arte y sus voces, a las insinuaciones del arte y a la pereza de nuestros sentidos…
[continúa en la 2ª parte]
jueves, 17 de marzo de 2011
Rompecabezas
El último día de junio, cuando cumplía veintidós años, lo había dedicado a completar un rompecabezas, visitar a mi padre y tomar por la noche unas cervezas con Manolo, Luis Pizarro y su entonces mujer Ana. Al separarme de ellos, me dirigí a una fiesta que un amigo celebraba en su piso del barrio de Bami. En ella, inesperadamente, me topé
con una rebujina de «hermosos mancebos» y de lustrosas señoritas,
gente bien que no se correspondía con el dueño de la casa. Afortunadamente, también andaban por allí Jesús, Paco y Mari Carmen, Marga, Chari y Juamba, Luis y Lupe... Eran tiempos en que me debatía inseguro alrededor de un cambio radical en mis perspectivas de futuro: cometía la locura de abandonar la Facultad de Medicina en el tercer curso de carrera, y trataba de encontrar unos estudios más cortos que, brindándome posibilidades más inmediatas de trabajo, me dejaran tiempo libre para todas mis veleidades literarias y amorosas.
En los primeros días de julio, en un cuaderno garabateado de improvisados dibujos, fui describiendo con cuidadosa torpeza el día de mi cumpleaños, que había estado salpicado de llamadas de los amigos. Me habían llamado el mismo Manolo, Marien, Ana, y desde Madrid Almu, Susana, Sara; incluso el mismísimo INEM me llamó, aunque no precisamente para felicitarme. En el texto aparecía fugazmente mi madre, que me llamaba a comer. Mi madre...
Sobre Susana, una mujer con la que mantuve una duradera e ilusionada correspondencia en mi adolescencia, gestándose una amistad que aún hoy perdura, escribí lo siguiente:
También habló Susana, la eterna buscadora, secreta búsqueda de incógnitas. Con su forma de hablar pausada y seria incluso cuando ríe. (...) Pero detrás del espejismo de su pasividad temerosa se extiende toda una vida, un complejo enmarañamiento de intenciones y respuestas que supieron no hace mucho encender su luz roja, y presentarme un problema con una sinceridad elogiable y madura que me sorprendió por lo inteligente y por el valor que demostraba. Susana lleva mucho en mí, demasiado tiempo surcando a mi lado, a unos quinientos kilómetros, este océano tumultuoso, y jamás le reconoceré bastante el bien que me ha hecho. Madrid se acercó a Sevilla...
Y de Sara, aquella niña impredecible que llenó mi buzón de locuras y mi imaginación de paisajes, escribí cosas que ahora no sabría muy bien qué significan, aunque tal vez no haga falta pararse en los significados para contemplar a aquella (esta) chiquilla adorable:
Sara monta caballos de hielo, y salta de ellos a una playa desierta y antigua, mete el dedo en las colmenas y se chupa la miel de oro, con los ojos muy abiertos, cerrándolos al exclamar un ¡deliciosa! Sara lo intentó tres veces, y a la tercera se desbocó por entre torrentes labrados, como empujando al agua y siéndola. ¡Qué hermoso verla doblar con rapidez su curso, saltar de una cascada no esperada! Su voz, qué lindo regalo de cumpleaños, qué delicia sentirla vibrar en mi oído, en mi memoria y en mi corazón. No quiero decir más de ella, pues poco podría decirse de la sorpresa si se la conociese andando por ahí...
El verano siguió su curso, y mi diario, iniciado a mediados de junio, fue invadido por las tristezas y los anhelos, por ingenuos y apasionados reproches a la vida, por el destilado de una soledad que anegaba mi interior como el vacío inunda el universo. Fueron poco más de cuatro meses los que tardé en apurar aquel cuaderno, pero unas páginas antes de acabar, sobre el mes de septiembre, en la generosa amplitud que entonces tenían las semanas y los meses, apareció otra Soledad. La quise intensamente, pero ella no pudo quererme más que de paso, porque su corazón, que se hallaba encerrado en una cárcel de amor imposible, encerró al mío en otra cárcel, tan dulce y dolorosa como la suya. Reímos y quisimos creer que lo inevitable no era cierto, pero al final, garabateadas mis lágrimas en sus últimas páginas, un 17 de octubre de 1984, le regalé a Sole mi diario y nos despedimos para siempre. Ella lloró y lloró a mi lado, y mis lágrimas y las suyas desdibujaron para siempre las nítidas, rigurosas líneas de mi corazón, dejando esa tarde dentro de mi pecho la estampa al natural del amor desnudo, y la impresión acogedora del encuentro entre el azar y mis pobres sueños.
Sólo me resta desear que este cuaderno no termine aquí, que, a diferencia de la visión de Alfanhuí, el viento no amaine y que el libro más hermoso que jamás tuve siga enseñándome a vivir, a darte vida. Te querré siempre.
17-OCT-84
Y así ha sido hasta hoy mismo...
martes, 15 de marzo de 2011
Me duermo para soñar
Camino y escucho esta copla, y una visión fugaz, de esas que parecen esclarecer y simplificar los enigmas, pasa inasible por mi pensamiento. Pasa justo cuando Camarón habla del mar, de las olas que rompen levantando espumas y de la arena blanca sobre la que se duerme para soñar. Y luego yo, despierto ya al día y a sus tráficos, tratando de reconstruir lo fugaz y de recordar acaso un sueño instantáneo, me pregunto: ¿Puede acaso el amor zafarse de los laberintos de la pasión y derramarse sobre tu frente como un simple frescor? ¿Puede ser el amor eso que sientes cuando cierras los ojos y descarnas la mirada? ¿Puede el amor fluir con el azar, reír con la suerte, descansar con la luz? El mar, terrible, formidable, canta tierno su canción de espuma, y sobre la blanca arena, blanda y cálida, duerme el niño soñando con el amor…
Pueblos de la tierra mía
Verea del camino,
fuente de piedra, cantarillo de agua
lleva mi yegua.
Las olas rompen en la mar,
las espumas levantan,
y sobre la arena blanca
yo me duermo para soñar.
Pueblos de la tierra mía
qué blancos y bonitos son,
porque brillan más que el sol
en toíta Andalucía.
Con el palo y la vela va mi barquito
cruzando la bahía mu despacito,
y qué airoso cuando el viento le sopla,
y corre garboso, corre garboso...
Verea del camino,
fuente de piedra,
cantarillo de agua
lleva mi yegua.
De San Fernando a Cai
voy caminando
y en tus ojillos, niña,
yo voy pensando.
De San Fernando a Cai
voy caminando.