sábado, 8 de mayo de 2010

Jesús

Jesús

No sé por qué esta necesidad de escribirlo todo. Te miraba esta mañana, Jesús, poco antes de que se te llevaran, y cuanto te decía parecía no estar dicho hasta que no lo derramase aquí, hasta que no extendiese en este lugar las pequeñas hormiguitas oscuras que, algo inquietas, consiguen a veces acariciarnos los ojos y el alma. Te miraba ahí, tan callado, como si de pronto fueras a soltar uno de esos comentarios tuyos de siempre, esas ocurrencias que nos hacen sonreír aromando nuestro aire de inocencia, de sabiduría, de tierra…

Cada detalle a nuestro derredor era esta mañana un motivo perfecto para uno de tus pensamientos, y todos, excepto tú, nos debatíamos aquí y allí sumergidos en la pura incomprensión, cada uno saliendo a flote como mejor podía. La misma disposición de la sala, con un cuartito especial para ti, para ti que jamás quisiste ser protagonista de nada, te habría inspirado comentarios certeros y luminosos de no obstinarte tú en esa quietud. Pero ahí estabas, taciturno, tan reservado, por primera vez en los casi treinta años que dura nuestra amistad. Sobre la cadencia sombría de mi tristeza no pude evitar que, una vez más, me hicieses reír, y aunque tú te obstinabas en el silencio yo pude esta mañana, sin ninguna dificultad, inventarte los gestos, dibujar tu voz con su tono de siempre, e incluso ponerte las palabras en los labios mientras tus manos, tus dedos que siempre estuvieron para mí pegados a las cuerdas de un violonchelo, gesticulaban arriba y abajo como si estuvieses acariciando sus cuerdas y su mástil, o incluso dirigiendo toda una orquesta.

Ay, si no hubieses estado tan silencioso esta mañana te habrías reído. El cura, el mismo que soltó unos gorgoritos para despedir a mi padre, al que entonces debimos haber tirado tomates y lechugas, nada menos que citó el Apocalipsis. No sé cómo no estallaste en una de esas carcajadas tuyas cuando el pobre hombre se vio sometido a la ambigüedad continua entre tu nombre y el del hijo de Dios, y sobre todo cuando dijo aquello de:

“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. (…) Y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”.

Y tanto que pasó lo de antes, Jesús, ¿dónde puede tener uno más paz, dónde puede uno salvarse mejor de más muerte, pena, queja y dolor que criando malvas en ese parque de luz y silencio en el que ahora duermes la siesta? ¡Qué cachondo el cura! Y menos mal que a alguien (¿fuiste tú?) se le ocurrió pedirle que no cantase, porque entonces no cabe duda de que te habrías levantado y habrías dicho que ya está bien, que lo del jueguecito de nombres y lo de la gracia del apocalipsis vale, pero que eso de desafinar como un maldito en tu despedida, sobre ti que fuiste un amante de los sortilegios de la música…

Sé que sentiste un poco de pena cuando viste la calleja donde ibas a quedarte, con las malditas y eternas obras desordenándolo todo en los alrededores, y todos esos nichos vacíos, como si los hubiesen saqueado la noche anterior. Además, olía a flor podrida, pero el silencio de todos, de tu gente, mientras te subían y te encerraban bien no fueras a escaparte (¿ves?, volvemos a sonreír), alejó los malos olores y las obras y los desarreglos de la calleja. Entonces, esta mañana, de pronto, todo fue un encuentro entre tú y todos aquellos corazones que te mirábamos, Jesús.

En estos últimos años, con la marcha de gente que quise tanto, fui llegando a la conclusión de que los muertos se nos van a vivir aquí dentro del pecho. Creo que te lo dije hace unos meses, cuando nos abrazamos por la marcha de mi padre. Hoy contigo he confirmado del todo mi teoría, y sin esfuerzo alguno. Por que nunca hubo una sombra entre tú y este triste hombre que hoy has dejado aquí, algo más solo. No imaginas, amigo, cuánta luz diste a mis días, cuánto aprendí de ti, qué gran trozo de este cielo bajo el que hoy te hemos dejado es tuyo, tuyo para siempre.

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La sonrisa, hermano, es el aire por el que ha volado siempre nuestra comunicación, pero tras ella andan nuestros corazones, tu sensibilidad limpia, esa dulzura con la que lo escuchas todo, no sólo a Bach, a Elgar, a Dvořák, sino también la voz de tus amigos, y ese modo tuyo de pasear por la vida como si fuese mucho más sencillo de lo que parece. Todo lo que de ti quedó agazapado en mi pasado, en mis sosiegos, en mis veranos, en el tictac sigiloso del reloj, me ha regalado un pedazo grande de lo que soy. Tengo, Jesús, que escuchar ese Kirie, el que compusiste. Estoy seguro de que será lo mejor de ese otro lado tuyo, eso mismo que me conquistó reverberando en tu casa vacía, hace mil años, mientras ensayabas las suites de Bach una y otra vez, y los sonidos indecisos de tu violonchelo me iban enseñando a callar y a paladear la vida…

9 comentarios:

bLuEs dijo...

No quisiera parecer frívolo con el comentario pero sólo querría decir que al menos creo en la "memoria" y en los buenos momentos. En lo que hace que no desaparezcamos en la nada, porque no puede ser que todo acabe tan tristemente.

Saludos

Ruth dijo...

Un abrazo.

Sir John More dijo...

Por supuesto, amigo bLuEs, creo que se dan ambas situaciones a la vez: nunca desapareceremos mientras permanezcamos en el recuerdo y en el corazón de los que queremos y nos quieren, pero al mismo tiempo todo esto resulta tan triste... De alguna manera, nos quedamos pero yéndonos, yéndonos para siempre. La vida. Un abrazo.

Muchas gracias, Ruth, nada como un abrazo para no echar tanto de menos a un amigo...

Sean dijo...

Lo siento, de veras. En el desconsuelo, tienes también mi abrazo.

Sir John More dijo...

Gracias, Sean, muchas gracias.

Aquí me quedaré... dijo...

Es muy triste..

Tengo tantos en la espalda,
que me voy acostumbrando a dejar el lado triste en el recuerdo y reirme por los buenos que pasamos juntos

Un abrazo cariñoso

Sir John More dijo...

Obligada sabiduría, amiga mía, no nos queda otra que pensar en ellos con alegría... Un beso.

RosaMaría dijo...

La intuición o esa comunicación extraña entre los seres me trajo por aquí para compartir del homenaje a Jesús y también para estar en estos momentos en que más que nunca te envío un cariñoso abrazo.

Sir John More dijo...

Seguro que fue una de esas cosas que pasan fuera de nuestras previsiones racionales, de las que tanto habló el amigo Cortázar. Te agradezco el abrazo, por mí y por mi amigo. Un beso.