domingo, 6 de septiembre de 2009

Duermevela

Fue hace dos noches cuando mi amigo nos contó su sueño. Cenábamos alegremente en un restaurante, reíamos y bromeábamos con la comida, y no recuerdo bien el comentario que súbitamente lo detuvo y lo impulsó a contarnos su sueño. Tal vez lo había olvidado al despertar, y justo entonces, entre risas, había aparecido de nuevo. El modo veraz y detallado en el que hizo el relato de aquel sueño indicaba cuánto lo había afectado.

Mi amigo conducía su coche; ahora juraría que era de noche, y que las calles estaban bien iluminadas y concurridas. En cierto momento pensó en aparcar, pero mientras se acercaba al hueco donde pensaba dejar el coche observó que el movimiento de las personas que caminaban por la calle era un movimiento excesivamente rígido, como si todas aquellas figuras deambularan sonámbulas. Aún más, descubrió que eran figuras oscuras, todas de un mismo y tenebroso negror.

Entre las figuras, una se acercó resueltamente hacia él. Era un niño de unos doce años, y en brazos llevaba a un bebé. La inocencia de los niños contrastaba con la mirada insensible y la determinación con la que el niño se le acercaba. Sintió un escalofrío y entonces estuvo seguro de que aquellas figuras lo miraban, y que esperaban que abriese la puerta del coche para introducirse en él. Arrancó el automóvil pero al poco algo lo hizo girar la cabeza. En el asiento trasero estaba el niño con el bebé en brazos, observándolo fijamente con una mirada helada y terrible.

De alguna forma estaba ya en su casa. Trataba de dormir, pero en cierto momento despertó con la certeza de que había alguien sentado en su cama. Sabía con certeza que era uno de ellos, pero aunque ahora veía la escena desde arriba, desde fuera de la cama, él seguía realmente acostado, incapaz de moverse, aterrorizado pero sin ninguna capacidad de reacción. Las figuras negras cruzaban por los pasillos de su apartamento. La puerta del apartamento estaba abierta, y enfrente, la del apartamento de su madre también lo estaba. Por eso pudo ver cómo una de esas figuras cruzaba por el recibidor, y entonces su terror se mezcló con el deseo de salvar a su madre. Corrió y la llamó a gritos, mientras veía figuras que se ocultaban sólo a medias de él…

El sueño no siguió. Yo, con la piel erizada y aún estremecido por el relato, comenté que de pequeño, y aún hoy, si al acostarme tengo alguna mano fuera del borde de la cama, y me da por fantasear sobre seres lúgubres y monstruosos, llega un momento en que recojo la mano. Alguien comentó entonces que, al acostarse solo, invariablemente miraba debajo de la cama antes de dormir.

Hace unos instantes que me he despertado. Escribo esto aún en el duermevela que sigue a un sueño agitado. Imagino que sólo podré recordar la punta del iceberg. Yo estaba con un grupo de amigas en una casa antigua de pueblo. Rebuscaba entre una pila de casetes para poner algo de música. La casa estaba muy desordenada, con indicios de que llevábamos allí varios días. Alguien había mencionado una leyenda de aquel pueblecito, de la que yo me había reído silenciosamente mientras buscaba el casete adecuado. La música no debía ser demasiado estridente (poca gente distingue el ruido de la música enérgica) y capaz de abrirse paso en aquel guirigay de risas y voces. Alguien había referido el temor de los aldeanos a una mujer de vestido largo y oscuro que se aparecía blandiendo una gran espada. Cuando la oí pensé en tantas otras leyendas que todos conocemos, en esa novia que se aparece por las noches en la cuneta en la que, el día de su boda, perdió la vida por un accidente; o en las almas en pena que vagan por los alrededores de los pueblos, buscando a alguien que las salve de su eterna condena…

Salí a la calle. Atardecía. Por algún motivo yo blandía un gran rotulador con el escribí en el suelo algunas palabras, seguramente dedicadas a alguna de mis amigas. La casa daba a la plaza del pueblo, y junto a ella estaba la fachada de una modesta iglesia. Yo me alejé hacia el lateral opuesto de la plaza, y desde allí, mientras arrastraba el gran rotulador sobre el suelo, algo me hizo detenerme. Miré hacia atrás y a unos veinte metros la vi. Llevaba un vestido largo de época, muy ceñido en la cintura y de faldas amplias. Su cabello estaba pulcramente recogido en dos pequeños moños a cada lado de la cabeza. Podría medir casi dos metros, y en sus brazos blandía la espada, una enorme espada que me apuntaba mientras la mujer caminaba resuelta hacia mí. Su figura era rígida y oscura, recortada en el avanzado crepúsculo junto a la torre de la iglesia. Sus zancadas me parecieron espectrales, sólidas y formidables, pero todo esto lo observé en un instante, porque el terror se apresó de mí inmediatamente. Aunque sabía que mi única salvación era correr, dudé un segundo, incapaz de moverme, y tuve tiempo de pensar en la curiosa e interesada parálisis que invade a todos los protagonistas de las películas de terror. Ahora yo sabía que era real, que ocurría así, que cuando más lo necesitabas no podías dar un paso. De todos modos, conseguí moverme y, tras lanzar el rotulador hacia atrás pensando absurdamente que eso quizás la detendría, corrí saliendo de la plaza y doblando una esquina que ocultaba por un instante al monstruo. Al doblar la esquina me topé con dos mujeres del pueblo que caminaban hacia mí. Grité que venía, que la mujer venía, y las lugareñas se volvieron y escaparon como alma que lleva el diablo. Giraron en la primera calle y desaparecieron en la creciente oscuridad. Sabía que no tenía escapatoria, que la mujer oscura me alcanzaría… y así me he despertado, agitado, sobrecogido aún por la visión de aquel engendro, temeroso de cerrar de nuevo los ojos, porque al abrirlos esperaba que estuviese de nuevo ahí, de pie ante mi cama, con la espada a punto de caer sobre mí.

Sólo en este duermevela era posible describir mi terror, sólo en este duermevela la realidad de mi sueño tenía algún sentido, antes de que el día se imponga con su deslumbrante eficacia, y que con su tiránica autenticidad trate de borrar de mi piel el terror de esa figura...

10 comentarios:

leo dijo...

Pa habennos matao, Sir. He leído tu entrada como se escuchan las historias de terror alrededor de la hoguera. Menos mal que es de día y que el sonido de la lavadora me devuelve a la realidad. Si viene la señora esa espero que el cerro de plancha pendiente que tengo la disuada de quedarse.
Besissss

La luna dijo...

Hola..
A ver si llega el otoño y refresca un poco. El calor nos hace migas hasta los sueños.

¿No hubiese mejor un sueño erótico? digo yo.

Estos días estoy muy gorda, llena del todo

¿Tendrá algo que ver?

Besos

Sir John More dijo...

Pues mira, Leo, no se me ocurrió pensar esta mañana en haberle achuchado a cierto adolescente que yo me sé. Ni espada ni terror ni leches, hubiese salido la mujer a la carrera... :-) Besos, mi niña.

Pues debe ser eso, Luna, porque a mí la calor me tiene frito. Y sí, por supuesto, ya me hubiese gustado haber tenido un sueño erótico en vez del que tuve, ¡incluso con la giganta de la espada! Anda, cuídate y no comas tanto... Besos.

Elvira dijo...

Dice que si la Luna casi llena (gorda) habrá tenido que ver con tu pesadilla, jaja! ¿De dónde vendrá el hecho de que haya tantas historias de miedo y de misterio relacionadas con la luna llena?

Yo la he fotografiado esta madrugada cuando me he desvelado. Un beso

Fabia dijo...

Buenas noches Sir, eso si es una pesadilla para despertar sudando incluso en el Norte. Te cuento una leyenda que mi abuela (güela) contaba de su infancia : cuando los mineros salian aún de noche a a trabajar alumbrados por candiles, oian una voz tenebrosa y un sonido de cadenas arrastrando, la voz decia "andad de dia que la noche es mia", los mineros del pueblo, cansados los pobres de salir corriendo cada madrugada, decidieron tenderle una emboscada al ENCADENAU, era un vecino de otro pueblo cercano y le cayeron de hos...Esta historia me hizo despertar sudando muchas noches cuando era niña.
Gracias por tu amable recibimiento a esta tu casa.
Un besin asturianu.
Fabia.
PD tienes un gusto musical muy especial.

Sean dijo...

Horror, Sir, ya aquí en el curro, ganándome las habichuelas más o menos, sufriendo la normalidad rasante de mis mañanas de lunes a viernes. Te leo con deleite y temblor. Me he estado tapando en agosto hasta mi adolescencia. No he disfrutado nunca más que con las historias que me contaba mi tia-abuela, ya te puedes imaginar. Historias antiguas de Triana, de crímenes espantosos, aparecidos, mantequeros, ahorcamientos públicos en el Pópulo... Recuerdo que un antiguo compañero me refería que la imagen más aterradora para un humano es la de una mujer en la noche con un bebé en brazos. Parece que eso llama a las alertas ancestrales que llevamos, aunque no me explico la razón. Ni el placer que a veces dan semejantes dasasosiegos. Recemos al Misterio, gozemos del Misterio. Un abrazo.

Sir John More dijo...

Yo pienso más bien, Elvira, que uno sueña más por comer mucho que porque nuestra Luna engorde... el satélite, el satélite... Eso sí, me gusta de todos modos imaginar que la luna me mira cuando me pierdo... Te salió muy linda, por cierto.

Querida Fabia, ¿hay otro lugar en el mundo con más seres mágicos, perversos o bondadosos, terribles o divertidos, que Asturias? Ese Encadenau es una excepción, seguro, el resto de esos seres existen de veras... :-) Sobre la música: bueno, me gusta que posea elegancia y profundidad. Debe ser arte, y no sólo entretenimiento...

Amigo Sean, siento que se hayan acabado esas vacaciones. ¡Qué recuerdos! Mi familia también se crió en Triana, y el Mantequero estuvo merodeando por mi infancia, aunque ya casi lo tenía olvidado. Me has recordado también esas noches de verano en las que todo el mundo se bajaba a la calle a buscar algo de fresco, y yo me quedaba con mi abuela, a oscuras, solos los dos, viendo películas como Drácula, Frankenstein, La Momia, las series sobre cuentos de Poe, Historias para no dormir... Y eso con lo cagón que yo era, que luego había que ir al cuarto de baño y aguantaba hasta que iba a explotar... ¡Qué noches aquellas! Creo que escribiré pronto sobre ellas, antes de que se me olviden... Un abrazo, y en cuanto se pasen estas calores a ver si tomamos un chupito de ese whisky con el amigo Sandro...

Sean dijo...

Course, que al Lagavulin 16 le ha salido competencia, un Glenfiddich 18, un Connemara reserva que un amigo mío dice que es como meterse un palo quemao en la boca... vamos, peligro de terminar con una decente indecencia de a cuatro patas...

Tawaki dijo...

Algo en nuestro interior se alimenta de miedos. es la única explicación que encuentro a esa necesidad que tenemos todos de vez en cuando.

Un abrazo.

Sir John More dijo...

No, no, Sean, yo creo que para caerse al suelo hay que beber cerveza, el whisky (o el whiskey) lo tenemos que beber con elegancia, y aunque sean tres marcas distintas, al paladearlo nunca puede llegar a tirarnos al suelo. Este líquido sagrado no se puede beber cuando la lengua ya no sabe ni lo que dice ni lo que gusta. Para eso está la Cruzcampo, que también es un líquido sagrado, claro, pero muchísimo más popular y sufrido.

Sí, Tawaki, el miedo debe segregar una hormona ambigua de terror y curiosidad, y lo mismo por eso, cuando algo nos aterroriza, nos quedamos tontamente inmóviles.

Como diría un buen periodista, sendos abrazos.