sábado, 13 de diciembre de 2014
jueves, 27 de noviembre de 2014
martes, 18 de noviembre de 2014
Entrega y ternura
Efectivamente, el camino sólo tiene una dirección, es un viaje sólo de ida. Y sin embargo, cuántas vueltas y revueltas por mor de nuestra memoria, por ese vicio afortunado de dejar rastro.
Los edificios más hermosos son objeto de la erosión constante, de la intemperie y del calendario, y al fin sólo quedan ruinas, cimientos sólidos, recios muros que desmienten la futilidad del universo.
Igual con el corazón, con los nervios y las risas, con el dolor y la rabia, con el error y el acierto.
La ausencia, en una amalgama de perfumes, reina y se derrumba ante el recuerdo de una caricia, ante las evidencias imborrables de la entrega y la ternura…
sábado, 25 de octubre de 2014
Roma (5)
Es un día de destellos, deslumbrante y frío. La Torre delle Milizie se alza oscura contra un cielo definitivo, aún más viejo que las ruinas.
En cualquier edificio se descubren milagros. En este de la Via IV Novembre, dos ángeles juegan en el lejano año de 1870, despreocupados ante el futuro de guerras y crímenes que se derramará a sus pies.
El monumento a Víctor Manuel II de Saboya, el Altar de la Patria, parece advertido por las ruinas de la Basílica Ulpia, un edificio enorme dedicado en la época de Trajano a la justicia y al comercio, y que fue destruido por la fuerza imparable del tiempo.
Se puede imaginar sin dificultad a las masas pululando por el Mercado de Trajano, quizá el primer centro comercial cubierto del mundo. La tecnología ha acabado no sólo con el esfuerzo y la lentitud, sino con la artesanía. Basta pensar en cualquiera de nuestros centros comerciales…
Las ruinas de la Basílica Ulpia, con la Columna de Trajano y las iglesias de Santa Maria di Loreto y Santissimo Nome di Maria. A la izquierda, completando el maremágnum, la Piazza Venezia.
Harían falta años para disfrutar de todos los detalles que han resistido a la historia. En cada rincón, en cada trozo de piedra, surgen humildes relatos sin palabras.
Ángeles y soldados, heroísmo y muerte; la sangre de los hijos convertida en el honor y el orgullo de los poderosos, bajo la usurera y miserable mirada de los consagrados padres sin hijos.
Por todos lados hay pruebas de la obstinación del ser humano, de esa insistencia en el alarde y la vanidad que, sobre el dolor, el sacrificio y la esclavitud de los muchos, ha producido lugares de una extraña hermosura.
Bajo la iglesia de Santa Maria in Aracoeli, el tribuno Cola di Rienzo arenga a las multitudes apelando a la Roma eterna y a la revolución contra los patricios. Luego sería decapitado en ese mismo lugar y por ese mismo pueblo, al que lo administró con la bilis y la hipocresía propia de tantos revolucionarios de mentira…
Arriba de la Cordonata, Cástor y Pólux, los Dioscuros, los hijos que Zeus concibió con Leda, custodian la hermosa Piazza del Campidoglio, diseñada por el mismo Miguel Angel.
El dios fluvial Marforio, desde el patio de entrada, se asoma por la puerta del Palazzo Nuevo, anunciando las incontables bellezas que guardan los Museos Capitolinos. Cualquier visita a Roma que no sea de por vida será siempre un breve resumen de sus tesoros…
En una esquina de la plaza, bajando hacia el foro, nos encontramos con la copia de la estatua de Rómulo y Remo mamando de las ubres de la loba. En la original griega, que se encuentra en los Museos Capitolinos, los dos niños parece que fueron añadidos en el siglo XV. Pretender una historia limpia y lineal es absurdo…
Bajo el Arco di Settimio Severo debieron pasar las gallardas centurias, los senadores altivos, los emperadores divinos, y sin embargo hoy sólo quedan estas piedras que los siglos han convertido en hermosura.
Augusto, turistas, la oscura religión saliendo al sol… Roma es un desbarajuste, un intrigante enredo, una cloaca asombrosa.
Aún confundidos por las ruinas, mareados por el laberinto de infinitas dimensiones del Foro, nos dirigimos a San Pietro in Vincoli. Por el camino, a través de Via del Cardello, volvemos a intuir el gran Coliseo...
lunes, 8 de septiembre de 2014
Memorable bodrio
Esto de las traducciones no tiene solución. Una proporción enorme de los libros traducidos que leemos son basura. Lo único a lo que podemos aspirar algunos cretinos melindrosos es que el texto traducido posea una mínima corrección en castellano, pero ni disminuyendo tanto nuestras exigencias obtendremos demasiada satisfacción.
Lo peor del asunto es que las más conspicuas calamidades de la traducción reciben con alegría el reconocimiento de los gurús literarios y, seguidamente, cae sobre su reputación la baba de un gran ejército de lectores, que sobrevuela esos engendros como enjambre de moscas sobre un buena plasta de vaca.
No tenía yo bastante con mi mundialmente admirado Rafael Cansinos Assens, que perpetró entre otras enormidades la traducción de las obras completas de Dostoievski. No tuve suficiente con María Luisa Balseiro, nada menos que Premio Nacional a la Mejor Traducción en 1993 por su descabellado trabajo en la novela de A.S. Byatt Posesión. Tampoco me bastaba con tener que leer a Cioran en la desmañada versión de Carlos Manzano o esa dulzura de Doña Flor y sus dos maridos en la de Rosa Corgatelli y Cristina Barros. Ahora me ha costado la misma vida acabar Retrato del artista adolescente, la versión insoportable que Dámaso Alonso hizo en 1926 de A Portrait of the Artist as a Young Man, de James Joyce.
No me extraña lo más mínimo que el traductor se escondiera tras un seudónimo, porque el trabajo que hizo fue una soberana porquería. No, no quiero discutir sobre gustos literarios: el castellano que Alonso usa en el libro es en el mejor de los casos incorrecto e ilegible, y por momentos grotesco.
Cuando me da por cotejar la traducción con el original, empiezo a pensar que la osadía de algunas personas es infinita. Pero cuando repaso la trayectoria profesional de este buen hombre, caigo en que nada tiene de extraña su osadía ni su torpeza. Me da igual que estuviese considerado un gran hombre de letras, o que tuvo este mérito y el otro. Esta traducción es a todas luces deplorable.
Después de veintiséis años de la primera lectura, he releído el Retrato como forma de coger impulso para la lectura del Ulises, un libro enorme que lleva años resistiéndose. No entiendo cómo el traductor y editor de este Ulises, José María Valverde, califica la traducción de Alonso de “memorable”. Aunque en cierto modo es así, es un memorable e inolvidable bodrio.