martes, 14 de febrero de 2012

El poder distante

No recuerdo en qué curso ocurrió. Asistíamos a una clase de ética social en la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Sevilla. La clase la impartía un señor maduro, calvo, antiguo cura que, según rumores, dejó los hábitos por el matrimonio. Samuel, que así se llamaba este buen hombre, poseía maneras místicas, movimientos pausados y una dicción embelesada que, sin embargo, no parecía embelesar a ninguno de sus alumnos.

Fe Bahai Aquel día apareció en la estrecha aula acompañado de tres personas jóvenes, dos hombres y una mujer de tez oscura y provenientes de distintos países del lejano oriente. Samuel los presentó como miembros de la Fe Bahá’í, una organización religiosa que aún hoy pretende la instauración de un gobierno único mundial, basándose en la cuestionable certeza de que todos pertenecemos a una misma raza. En el aula, aquella visita despertó el mismo escaso interés de siempre, disminuido si cabe por el alivio que muchos sintieron al saber que no tenían que tomar apuntes.

Después que los tres, por riguroso y estudiado turno, expusieron sus teorías, sólo recuerdo dos intervenciones, la de José Miguel Manzano y la mía. Él era un hombre de izquierdas que lo miraba todo con el tamiz del marxismo. Con sus preguntas enfrentó a los tres jóvenes a las consecuencias mundanas de sus idealistas y bienhechoras propuestas. Luego yo, atiborrado de Nietzsche, del más anarquista Savater, de ese humor pesimista de Cervantes, y que a mediados de los ochenta andaba muy, muy enfadado con la forma en que Felipe González gobernaba este país, aduje que no sólo el gobierno de Madrid estaba empezando a estar demasiado lejos de nosotros, sino que ahí estaba el gobierno europeo, amenazando, entre promesas de bonanza, con hacer aún más inalcanzable los centros de poder. Y ahora llegaban estos pájaros a proponernos un gobierno mundial. No, no, para nada.

Los fieles Bahai respondieron a nuestras apreciaciones y preguntas con vaguedades titubeantes, y azorado Samuel salió entonces en su auxilio con otras vaguedades que invitaban a la concordia y al entendimiento, porque Samuel, en el fondo, seguía siendo un cura. Cuando los invitados se despidieron, gran parte de la clase seguía dormitando.

Y es que esta mañana, leyendo la noticia de la agencia Reuters sobre las medidas que la Unión Europea podría tomar con España por no darse prisa con las reformas, y por no cumplir con los requisitos económicos dispuestos por unos señores que se arrogan poderes que nadie les ha transferido, pensaba en qué lejos está ya el poder real de nosotros. Un ejemplo mucho más sangrante, o si quieren ustedes mucho más materializado, es el de Grecia: un país cuyo destino descansa en las manos de cuatro mangantes...

Argullol Hace un par de días, en El País, Rafael Argullol hablaba de las reuniones del Foro Económico Mundial en Davos, y en algún otro sitio de este rincón nombré con asco a ese exclusivísimo Club Bildelberg, en el que se reúnen nuestros representantes con la gente más poderosa del planeta, no se sabe muy bien para representar qué. Lo cierto es que la distancia es un dato relevante en la política, porque cuando nuestros representantes, los que tras la fiesta de las urnas deberían trabajar para cumplir sus promesas electorales, se encuentran demasiado lejos, esa lejanía nos hunde por reacción en el corral del ganado, nos Davosconvierte en colmena, y separa con éxito, física y cualitativamente, los centros de decisión de la masa entretenida.

En un pueblo pequeño, el alcalde o la alcaldesa se cuida mucho más de lo que hace, porque cada dos por tres se cruza con un conciudadano, porque el ayuntamiento está inserto en el núcleo urbano del municipio, porque se escuchan sus decisiones, y porque en última instancia el pueblo puede congregarse alrededor del ayuntamiento para exigir que se cumpla lo pactado. Pero cuando el gobierno está en Bruselas o en Washington, o incluso más allá, cuando su estructura es incomprensible, cuando en él se integran innumerables instancias técnicas en las que se mezclan los representantes del pueblo con los verdaderos poderosos, con esos señores que se consideran a sí mismos fuera de la dinámica democrática y cuyo poder proviene exclusivamente del dinero acumulado, entonces el ciudadano se convierte en eso, en una pobre hormiga con atolondradas ambiciones de cigarra. Entonces puede consentir que en el Tercer Mundo se aplasten criaturas de todo tipo, incluso puede consumir productos surgidos de una esclavitud que, sin la distancia, le haría vomitar; puede ceder en los repugnantes negocios que unos señores oscuros, con la ayuda administrativa de nuestros representantes, explotan con enormes beneficios, a condición de que en muchos puntos de este planeta salten diariamente por los aires cuerpos mutilados de mujeres, hombres, incluso niños… Pero además puede soportar que el sistema judicial sea injusto e incluso corrupto, o que las fuerzas de orden público actúen ilegalmente con suprema desfachatez; puede admitir como inevitables las diferencias indecentes entre pobres y ricos, y puede observar la debacle de la educación y de la cultura como observa los estragos del otoño sobre los árboles del parque. Y puede, por supuesto, refugiarse en el entretenimiento insubstancial para creer que todas esas bombas nunca caerán sobre su tejado, que todo eso nunca le pasará a él.

hannah-arendt Hannah Arendt, en su magnífico libro Los orígenes del totalitarismo, argumentó con inteligencia que en la historia sólo hubo dos totalitarismos: el comunismo de Stalin y el nazismo de Hitler. De todos los argumentos, destaca el que afirma que ambos fueron regímenes que calcularon con frialdad el daño, tratando de exterminar grupos humanos completos. Pero el totalitarismo no residía tanto en la muerte de las víctimas como en la creación de un poder omnímodo, en el que las víctimas no conservaban ningún poder de decisión personal. En el mundo actual, en estos regímenes modernos y democráticos, se está gestando un totalitarismo aún más calculado que aquél, porque carece incluso de los impulsos emotivos (enfermos, por supuesto) de aquellas bestias del nazismo o del estalinismo, impulsos que de alguna forma fueron su perdición. Lentamente se va sintiendo este progreso hacia el despojo absoluto del poder individual, y hacia el desprecio por las normas que no sean las que emanan de las camarillas de los más listos

San_Marino_1982_La_cigarra_y_la_hormiga La idea de Europa es hoy una idea sagrada sólo porque se gestó como reacción a aquella otra Europa en guerra, pero los avances sociales de Europa han sido sólo efecto de una serie de necesidades económicas. La Europa actual se constituyó, desde el primer minuto, como un negocio, un gran negocio que se ha aprovechado de los esclavos del Tercer Mundo y que hoy empieza a advertir que ni siquiera le resulta rentable el bienestar de sus propios ciudadanos, con todas esas molestas condiciones políticas que impiden la flexibilidad del mercado y el juego obsceno de las inversiones. Y todo esto nos pilla en la colmena ensimismados en el móvil, absortos en una pantalla, encantados con los pasatiempos en que nuestros cargos electos han ido convirtiendo durante años a la cultura, que antes era reflexión y poder, y ahora es superficialidad y adormecimiento. ¿Podrán aún las hormigas-cigarras decir alguna cosa que se escuche entre todo este ruido?

8 comentarios:

Carmen dijo...

Me parece tan realista tu exposición que me entran escalofríos. Es así y no podemos hacer nada.

Sir John More dijo...

Bueno, Carmen, de momento sería interesante que este domingo las calles se llenaran de gente. Es cierto que convocan los sindicatos, pero se ha unido el 15M y muchas otras organizaciones. No hay que pecar de ingenuidad, pero es lo único que nos queda por intentar antes de la guillotina... Besos.

Andrés dijo...

Yes: las cosas que se están haciendo ahora en nombre de Europa son la antítesis de lo que, desde un punto de vista moderno, supone esta idea -la de Europa-. Sacrificar en el altar de no.se.sabe.qué.nuevo credo recién adquirido a la vieja grecia, cuna de todos nosotros, es un escándalo que debiera ruborizar a cada uno de los dirigentes europeos; y eso, por muy mal que lo hayan hecho (los griegos): a los viejos venerables no se les toca. ¡un abrazo! Andrés.

Sir John More dijo...

Quizás sea una de las características propias de estos tiempos respecto del resto de la historia: el poco respeto por lo venerable, por la vejez, por la dignidad adquirida a través de los años por mujeres y hombres que ya tuvieron la gran valentía de vivir y de aprender. Y también es la prueba de que estos tiempos no son buenos tiempos... Un abrazo, Andrés. Por cierto, inicié un comentario a tu última entrada, luego pensé que lo convertiría en una entrada para mi blog, y ahí está, entre Pinto y Valdermoro...

Andrés dijo...

Pues... ¡venga! Ni en Pinto, ni en Valdemoro: que sea en tu blog, o en el mío ;-) ¡Ya me avisarás! 1Abrazo, A.

Yoshiteru dijo...

I have read Hannah Arendt's book about Adolf Eichmann of Nazi. It got me to think of importance to keep moral through everyday work. Unfortunatelly, I can't read Spanish but the picture of Arendt caught my sight.

Sir John More dijo...

Dear Yoshiteru, I'm speaking about the distance between governments and people. We had our capital, Madrid, and then Brussels and Washington, and now we have the real important decisions in some places we cannot easily situate. Arendt said there were only two political systems that can be called totalitarism, but I think that what we are beginning to live in Europe is another kind of totalitarism, more subtle, but even more dangerous. If I had time I would try to translate (in my poor English) the texts of my blog for you. Meanwhile we had to be satisfied with Google translator... Hugs from Seville.

Yoshiteru dijo...

Thanks for your explanation. It is an interesting topic.I also feel the distance between we citizens and our governments.