sábado, 22 de septiembre de 2007

Federico

El otro día, en una entrada del lindo blog de Maritornes, y en la zona de comentarios, se montó una pequeña algarabía alrededor de la figura de García Lorca. Yo opiné que los poemas y obras de teatro del amigo podían estar escritos en un lenguaje tal vez más accesible y cautivador para la gente del sur, y no por ningún tipo de superioridad, sino tal vez por una pura cuestión de diversidad cultural. Y también decía que Lorca me ha gustado mucho más en sus cartas que en sus poemas o en sus obras de teatro más conocidas. El otro día adquirí la tercera entrega de sus obras completas publicadas por RBA-Instituto Cervantes, y encontré multitud de textos aparentemente secundarios, pero que son de lo más interesantes. Y es que nada más abrir el libro me di con este párrafo:

Hacía un frío limpio de nubes. La cuesta de los Gomeles bajaba llena de heladas agujas de fonógrafo. Era la una de la madrugada. El duelo de los surtidores golpeaba en las paredes del silencio. Chorros cristalinos caían de los tejados y mojaban los cristales de los balcones. Al dolor fisiológico del agua quebrantada por el hielo, se unía su tenaz insomnio. Insomnio hecho de pequeños tambores incesantes que ponen loca la noche de la ciudad.

He suprimido en el texto dos comas curiosas, una tras La cuesta de los Gomeles, y otra tras El duelo de los surtidores, y es que parece que la costumbre molesta de colocar una coma entre el sujeto y el verbo viene de antiguo. Pero consideré que el texto merece la corrección, porque así, leído con su adecuada continuidad, resulta una joya de las muchas que nos legó este genio.

Radio 5 todo tonterías

Radio 5 empieza a parecerme un coñazo. Por supuesto, si sintonizas antes la Ser, Onda Cero o cualquier otra emisora que combine sin pudor espacios publicitarios desmedidos y casi angustiosos con consignas bastamente partidistas, entonces Radio 5 puede parecernos una radio amable, sin anuncios, familiar, variada… Pero salvando algunos microprogramas, y la grisura de sus noticiarios, que uno no puede más que agradecer tras las noticias tendenciosas de las otras emisoras, Radio 5 es una emisora casposa donde las haya. Dos razones por las que me resulta inaguantable son la música que rellena las pausas entre sus programas, y más de uno de sus famosos microprogramas.

Uno no puede imaginarse de dónde sacan temas musicales tan horrorosos. Si escuchas los cuarenta principales, la mayor parte de la música seleccionada es nefasta, pero uno puede encontrar motivos para que esa música (por llamarla de alguna manera) esté ahí: motivos económicos, sociales, incluso morales. Pero con la música que eligen en Radio 5 no se encuentran estos motivos, porque, además de ser pésima, esta música exhala un tufo de decadencia y alcanfor que tira de espaldas. Salvo algún programa dedicado al Jazz, el resto de la música siempre me impulsa a pensar que quienes la interpretan se han suicidado por puro asco de vivir, o que han muerto en alguna triste habitación, después de dedicar su vida a vender productos de cosmética o a propagar la palabra de Jehová, conscientes de que con la música no iban a ningún sitio.

Hoy, además, escuché uno de esos microprogramas. Un tal Manu Martínez (o Martín, la verdad es que no me quedé con el nombre), en su espacio titulado Videojuegos, hablaba sobre la segunda entrega de uno de estos jueguecitos, uno titulado Obscure. Después de anunciar que no tenía la calidad de su primera versión, afirmaba que, aun así, los aficionados a ésta disfrutarían con seguridad de la segunda entrega. El juego versaba sobre las vicisitudes de unos jovencitos en un instituto, los cuales se habían aficionado a una planta, muy famosa en el instituto como alucinógeno; pero los pobres chavales, que disfrutaban de la droga con alegría, notaron que la planta provocaba otros efectos, que llevan al instituto a convertirse en un escenario de terror, que es de lo que va realmente el juego, y consiguiendo por fin que se produzcan asesinatos misteriosos y variados, y corran ríos de sangre; en fin, ya sabéis, etcétera. El individuo este de Radio 5 hablaba de la jugabilidad del juego, de las virtudes de sus gráficos, de la virtud de que se jugara por parejas y de otras chorradas relevantes, y tuvo la desfachatez de acabar su crónica diciendo que el juego, para su extrañeza, y no sabía si por la sangre que corría en él, había sido declarado no apto para menores de 18 años. Ni las frugales pero divertidas historietas de Nieves Concostrina van a hacer que yo vuelva a sintonizar esta cadena tonta y llena de caspa.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Policías, ladrones y mentecatos

Antes de contar mi historia, debería decir que tengo un tío policía jubilado, es decir, que vivió épocas en que ser policía debía ser difícil para todo aquel a quien no le gustase dar jarana, y a él nunca le gustó, y todos en la familia sabemos que su corazón es lo suficientemente grande como para haber llevado una profesión por todos lados difícil, y sorprendentemente mal pagada, para sacar a sus cinco hijos adelante. Y debo decir que hace nueve meses y medio exactamente, mientras los equipos de urgencias trataban de resucitar sin éxito a mi madre, lloré sobre el hombro de un joven policía, que tuvo la sensibilidad suficiente como para que, de aquel aciago día, uno de los buenos recuerdos que conservo sea su comprensión y su ayuda.

Dicho esto, os cuento una pequeña y divertida historia. Hace unos doce años pensé en ir al centro de Sevilla para comprar un disco en la desaparecida Virgin. Me llevé a Adrián que, con dos añitos aproximadamente, andaba sin problemas, porque era (y es) un polvorilla de cuidado. Pensé en coger el autobús y luego caminar a su ritmo por las calles peatonales del centro. Pero hete aquí que el niño, con el zarandeo adormecedor del autobús, se me quedo frito, y cuando bajamos lo vi tan dormidito que decidí no despertarlo. Entonces mi espalda aún andaba casi nueva, así que cogí al niño y comencé a caminar. Al poco, claro, Adrián se me derramaba por todos sitios. Bien criado que estaba, y dormido profundamente, se desparramaban brazos y piernas, aunque yo intentaba llevarlo con un poquito de decoro.

Transitando la calle Sierpes, al final de la cual andaba la tienda, vi entre la muchedumbre de compradores que, desde lejos, vestidos con ropa de faena, es decir, con un uniforme menos de lucir y más de actuar, y altos como castillos, dos policías me miraban. En una décima de segundo adiviné lo que me iba a pasar. Efectivamente, los policías me pararon. Bueno, he de decir que tengo el pelo largo, barba (frecuentemente larga), y en aquellos tiempos vivía de Papá Estado, con lo que vestía cómodo, con camiseta, pantalones cortos y chanclas de verano. En fin, los policías, dos tiarrones jóvenes y fornidos, me pidieron que me detuviera. Yo lo hice preguntándole qué deseaban. Uno de ellos, para empezar a hablar, me hizo una curiosa pregunta: “¿Es suyo el niño?”. Yo esperaba esta pregunta, aunque algo me decía que les daría vergüenza formularla. Pero no, la formularon, y se me debió poner una cara tremenda al contestarles, porque el otro inmediatamente terció en el asunto. Mirando fijamente al que me había hecho la pregunta (de abajo arriba, porque soy más bien recogidito de altura), y con un cabreo monumental, le respondí: “¿Qué pasa, no lo parece?”. El policía que terció me pidió el carné de identidad, y entonces yo murmuré irónicamente que perdonaran si tardaba un poco, pero seguía llevando al niño encima y me resultaba dificultoso coger la cartera que tenía en el bolsillo de atrás del pantalón. Observaron el carné y, tras algunas miradas más, el policía que había terciado detuvo con un gesto al otro, que parecía querer seguir con el interrogatorio, y me dijo que podía seguir mi camino, por supuesto sin pedirme perdón ni darme las gracias por la colaboración.

Al cabo de una o dos semanas bajo a la piscina comunitaria con Adrián, y me encuentro con la sorpresa de que el policía terciador está allí con su mujer, además embarazada. ¡Vivía en un bloque pegado al mío! Él desvió la mirada evitando la mía, pero yo tuve muchas ganas de acercarme y preguntarle si el niño que iba a nacer era suyo.

Curiosamente era suyo, sí, porque en todo este tiempo en que mi vecino ha tenido que desviar su mirada cada vez que se ha cruzado conmigo, el niño ha crecido, y es un calco del padre. El niño, además, es un chiquillo insoportable, maleducado, violento y bastante cabrón con sus congéneres. Su hermano, aunque algo más gordito, nació al poco para superar al primogénito en mala educación. Y me acordé de esta historia porque hace un momento, al llegar, aparqué el coche y saludé a Adrián, que montaba la bicicleta de un amigo. En cuanto se fue Adrián, pasó el hijo menor de este buen hombre con su bicicleta, giró el manillar y pegó un frenazo en mis narices a punto de atropellarme. A tres metros detrás de él venía el padre en otra bicicleta. Yo me he quedado quieto mirando al niño, no para saber si era hijo de su padre, sino para ver si el padre lo reconvenía por no tener un poco más de respeto por los demás, pero el padre no le ha dicho ni mu, sólo ha seguido con esa media sonrisa idiota que lleva siempre, pedaleando tras el hijo por entre los coches y los peligros de la tarde. Y como siempre, como siempre desde hace muchos años, la misma palabra de siempre acude a mi mente para adjetivar lo que veo por la calle: grotesco. Y cada vez más.

jueves, 20 de septiembre de 2007

LOS PLANETAS DE HOLST. Teatro para niños (IV)

ACTO 4º. JÚPITER, EL PORTADOR DE ALEGRÍA


Júpiter, con vestido muy ceñido, de vetas anaranjadas y jirones de gasa flotando en sus movimientos, aparece entre muchos amigos, en una fiesta celestial. Es verano. Todos bailan alegres, en grupos, cogidos de la mano, en danzas con ritmos oscilantes, mientras él va de un corro a otro con su sonrisa inquebrantable, contagiando a todos su contento.

Pero Júpiter, súbitamente, escucha una llamada de abajo, y tras cubrirse la escena con un velo opaco donde se pueden ver fenómenos estelares, aparece la Corte de un viejo Rey, con el trono vacío porque el Rey es sacado del escenario en hombros y muerto. Al trono se acerca una princesa, triste, que se tiende sobre el trono y llora. Júpiter, vestido de planeta, comenzará a transformarse en un bufón, en un arlequín rebosante de colorido. Trata de alegrar a la princesa con movimientos caricaturescos, con algún juego de manos, pero consciente de que nada de eso da resultado, encuentra de pronto la solución: hace ademán de abrir una puerta en el lateral del escenario, por la que entra un príncipe y su corte, el cual se dirige a la princesa y la sienta en el trono, haciéndole una profunda reverencia. Ella da una orden, y un trono exactamente igual al suyo aparece por el otro lateral, y queda dispuesto junto al suyo. El príncipe se sienta y ambos entrelazan sus manos. Entretanto Júpiter, al otro lado de la escena donde los príncipes son reyes y los cortesanos se arrodillan, ríe y deja caer el disfraz de bufón. Entonces nuevos velos caen y la escena cambia, y Júpiter vuelve a la fiesta celestial donde sus amigos andan algo decaídos, y recupera la sonrisa de todos. Pero pronto la fiesta acaba, y los amigos se despiden. Júpiter ahora danza solo, y con la música esa danza se va haciendo más grave y desatinada, con pausas de tristeza. Al final, Júpiter se coloca una máscara de payaso con una gran sonrisa de mentira.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Maximalismo

Aunque la podéis ver en esta página, os describo la viñeta que Máximo publica hoy en El País: hay una línea desganada que simula unas dunas, y tras la cual aparece algo que se diría el mar, eso sí, sin una mínima perspectiva, sin siquiera esas líneas infantiles que aparentasen olitas o sardinas saltando sobre la superficie… Es decir, en el colmo del multisignificado este mar y esta duna también podrían ser un precipicio y un desierto oscuro, o unas montañas apáticas y una tormenta en el horizonte. Al fin y al cabo, lo esencial de la viñeta no reside ahí, porque igual podría haber pintado de fondo una calle del centro de San Sebastián, o un jardín, o un edificio cuadrado y minimalista de esos que tanto nos regala. Porque lo esencial es la aparición de un niño, con una metralleta en la mano, mientras mete la otra en el bolsillo del pantaloncito. El niño luce una capucha y, ¡oh, sorpresa! (y aquí viene lo mejor de la viñeta), el muchachito pronuncia las siguientes palabras: “Cuando sea mayor quiero ser terrorista”. Las sombras que proyecta el niño hacia delante le dan el toque último y maestro a la viñeta, algo así como el uso de los blancos en Sorolla. Por supuesto, el dibujante llama nuestra atención sobre el mundo del terrorismo, sobre la educación en el País Vasco, sobre un tema complejo con infinitas derivaciones políticas, sociales y personales, y así, con esta basura de dibujo, consigue despertar nuestro interés en un asunto sobre el que nadie antes había reparado: ése, el del terrorismo. Gracias, Máximo, tu genialidad, además de inconmensurable, pasará a la historia como una de las más misteriosas de todos los tiempos.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Poemas del desperdicio (III)

(Capítulos: I, II ... IV)
Sentado a su lado en el escalón de la acera, bajo la misma noche estival, me arrimo a mi madre que charla con las vecinas, yo, con cuatro, cinco años a lo sumo, y mi madre, cuando me siente, alza el brazo y permite que apoye mi cabecita rapada sobre su regazo que huele a esos mismos jazmines de la noche, jazmines que ella suele reunir en moñas y luego ofrece por las calles del centro, aunque ahora me acaricie la cabeza, la nuca, y deslice su mano de azúcar por mi espalda sucia y entonces todos los deseos están colmados, ahora soy un animalito feliz, así, con la carita de lado, observando una salamanquesa que a luz liviana del farol caza mosquitos, y mastica sus patas y sus cuerpos que empiezan a crujir, con un ruidito que crece y crece y que se va tornando repugnante, y que parece brotar como un aliento desde la boca burlona de la salamanquesa, que me mira con uno de sus ojos, y luego con el otro, y mi madre aprieta mi espalda, más y más fuerte, hasta que sus uñas me hacen daño, y con el brazo retiene mi cabeza, y grito y ella ríe, ahora ríe, sobre el coro de risas de las vecinas cuyos rostros, llenos de dientes sucios e irregulares, se encienden y apagan acercándose y alejándose, aunque cuando consigo zafarme me dejo caer contra la pared de nuestra covacha, mientras mis hermanos pequeños gritan hambrientos, y la habitación donde nos hacinamos rezuma humedad y un perfume de miseria, pero mi madre vuelve, entra por la puerta tras tres días perdida en bailes con señoritingos y calaveras, sobre manteles y sábanas, bien comida y sonriente, y lanza una bolsa con mendrugos al rincón donde descansan mis hermanitos, que sólo quieren besarla y abrazarla, aunque ella tramite ese cariño con breves caricias cansadas, y yo me siento en el suelo de tierra y observo la imagen que borra esa gente que, de pronto, rebulle en un cine de verano, y yo, adolescente inseguro, me rodeo de mis amigos, pero la he visto, a mi madre, emperifollada, como una muñeca rota, sentada al otro lado de la fila, y uno de mis amigos, uno con rostro de insolente bufón, tuerce los labios y se sienta al lado de ella, y en la oscuridad del cine juegan, y el pelo de mi madre se llena de serpientes, y un ruido voraz va apagando el sonido de la película, y todos miran hacia allá, donde mi madre se levanta y grita y manosea pero sonríe con su sonrisa maliciosa, sin una brizna de sinceridad, para que mis amigos palmoteen en mi espalda y resuenen las carcajadas en la penumbra del cine que ahora gira mientras me deslizo hacia la salida y mis lágrimas brotan, unas lágrimas de rabia que lentamente se convierten en lágrimas de amor, por ella, por la muchacha que me añora, que desde su balcón me mira pasar y por la que yo entregaría mi perra vida, pero que ahora debo abandonar porque este mundo de salamanquesas y pérfidas sonrisas no sería mundo para ella, aunque muera de amor, aunque nunca jamás comprenda el sacrificio y piense, como ahora piensa con su carita compungida, que la desprecio, aunque llore como ahora llora, justo antes de hundirse en un gran pozo que se traga los faroles de la noche, y las aceras de los cines y los amigos, los mendrugos entre las lágrimas, y las serpientes sobre manteles… Un policía me despierta y me ordena que me levante. Ranita lloriquea sobre el hombro de Crisos, que observa con mirada furiosa a otros dos policías que permanecen ante ellos. Ha refrescado. Tani Curiel se ha repantingado en el banco, y mira un trozo de cielo entre los árboles. Lentamente, entre susurros y exigencias de los policías, aparecen Santos, Gildo y su perra, Carlitos Balboa y Pedro el tuerto, escoltados por otros tres guardias con actitud resuelta. Con ellos viene Julieta, con su flor invariable en el pelo. Tal vez llegó tarde y trató de dormir en el parque. Miro su flor, una camelia blanca, y el contraste con su pelo negro desvanece mis pesadillas. El policía me dice: “Esta misma noche os largáis de la ciudad. Aquí no queremos vagos”.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Pedantes y sentimentales

Hablaba con Espe sobre la diferencia entre el conocimiento y la pedantería. Ella se quejaba de aquellos que demuestran en exceso su ilustración, y yo le daba la razón en algunos casos en los que se produce falta de oportunidad y de ese mínimo de modestia que el buen gusto determina. Es bien cierto que, por la ausencia de estas virtudes, el discurso y los argumentos de determinados sujetos acaban siendo meras excusas para demostrar una brillantez que nunca consistió exclusivamente en derrochar sapiencia y verbo, sino en algo más, en sentir y vivir lo que se conoce y transmite. Además, y curiosamente, el sentimiento y la vida lo conducen a uno a cierto tipo de modestia, mezcla de amor por el silencio y de duda insalvable. Para desgracia de los que me leéis, algunos aún no hemos llegado a esta sabiduría discreta y sosegada…

Pero a continuación quise exponer a mi amiga la otra cara del asunto. En cierto modo Espe reivindicaba el derecho de todos a ignorar. El simple hecho de no conocer algo no nos convierte en estúpidos, ni siquiera cuando nos negamos conscientemente a dicho conocimiento. Y es así. De hecho, hay tanta sabiduría ahí, al alcance de nuestra mano, que nadie puede evitar negarse a algunas parcelas de ella, bien por un puro problema de falta de tiempo, que nos impulsa a priorizar entre los temas, bien porque el tema en sí no nos interesa lo más mínimo. La cuestión es que todos tenemos derecho a la ignorancia. Pero le preguntaba a Espe si también teníamos derecho al conocimiento. Hablábamos de esos campesinos latinoamericanos que, al ser entrevistados por alguna catástrofe, demuestran poseer un nivel de expresión a años luz del nivel que demuestra el ciudadano medio de nuestras ciudades. Y reflexionaba yo: si el nivel intelectual y de expresión del común de nuestros vecinos y de los medios de comunicación sigue cayendo, y acaba más cerca del gruñido Neandertal que de la poesía de Neruda, ¿no se desvirtuarán hasta límites insostenibles tanto la oportunidad como esa mínima modestia que hay que mostrar para no caer en la pedantería? Quiero decir: si una acacia es una acacia, pero cada vez menos personas la reconocen como tal, y todo el mundo la llama árbol, ¿no llegará el día en que cualquiera que la llame acacia se expondrá a que lo tachen de pedante?

Nací y viví en una familia prácticamente analfabeta, cuya dignidad, no obstante, nadie podrá discutir jamás, y aprendí que nunca la ignorancia puede ser suficiente razón para acusar a nadie de estupidez. Pero sólo con el derecho al conocimiento y a su uso y expresión podremos evitar que nuestro entorno se convierta en un intercambio insensato de banalidades y gruñidos. Así que, claro, todos tenemos derecho a la ignorancia, pero no a confundir al sentimental cuidadoso con el cursi pedante.

De Auvers a los escaparates

Mi amigo Amart ya me lo anunció en Vincent. Los últimos paisajes. Yo visité el Thyssen este último sábado. La baronesa había vendido demasiadas entradas y aquello hervía de gente. Ante cada cuadro nunca faltaba un mínimo de cuatro o cinco personas, y así no se miran cuadros. No obstante, creo que disfruté de ellos, y luego me divertí con Richard Estes. Fue como pasar de un baño de agua helada a uno de agua caliente, como cerrar los ojos en Auvers y abrirlos entre escaparates con sus miles de reflejos. Dos mundos diferentes, uno pleno de fuerza y emoción, otro de juegos y elegancia.

Estes juega; con suma maestría, pero sólo juega. No se derrama, sólo pinta. Se divierte y así entretiene. A pesar de ello, su fotorrealismo agrada porque su pintura no es un simple mecanismo para fotografiar la realidad: cuadros que a tres metros parecen fotografías exactas, a veinte centímetros muestran pinceladas maestras, un desorden que con la distancia se vuelve exactitud. Al fin y al cabo, como profundo ignorante de la técnica pictórica y de la pintura en general, con él me hice la misma pregunta que cuando veía un cuadro de Van Gogh: ¿cómo se le habrá ocurrido que estas tres pinceladas desquiciadas puedan ser un árbol? Y lo son. Estes pinta una sola e irregular línea blanca sobre otra gris, y con una mínima distancia la cosa se convierte en una perfecta barandilla de metal que refleja mil objetos. Incluso aunque fueran fotos reales, los cuadros de Estes serían dignos de visita.



Van Gogh, sin embargo, no pinta, golpea el lienzo con los pinceles, embadurnaba superficies con brochazos temerarios, imprudentes, y el ardor es el barniz de todos sus cuadros. Hasta el paisaje más cotidiano adquiere en sus manos la violencia del acontecimiento, la dureza de nuestras verdades últimas. Cualquier atardecer, cualquier calleja, cualquier jardín se enciende con una luz que también vibra en los ojos de este loco fascinante. Fuerza es la palabra que resuena en la sala, por encima aún del bullicio de los visitantes, fuerza eterna que se cuela por nuestras pupilas y pasa a nuestra sangre alegrándola con su tristeza. Y entonces podemos imaginar esa búsqueda sin esperanza, ese deseo demasiado intenso para la vida que se obstina en la mediocridad y la costumbre. Cada cuadro de Van Gogh es un festival de dolor, un carnaval de furioso desencanto, el resultado de arrancarle a la realidad el alma que oculta tras los relojes.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Ah, París...

En los últimos tiempos andaba preocupado por mi relación con el cine: él solía poner el aburrimiento y yo los ronquidos. Imposible no dormirme en una película. Aunque he de reconocer que también con los clásicos me dormía, por lo que parecía cosa de la edad, eso sí, auxiliada por un mullido sofá donde me repanchingo para verlos...

La última vez fue con Los Simpsons, la película, cuyo comienzo (o empiece, que también se puede decir, y no sólo en Badajoz) me pareció genial; no obstante, esa genialidad se vino un poco abajo en el transcurso de la cinta, no sé si lo suficiente como para que yo diera las dos o tres cabezadas que di. Recordé entonces aquella tarde de domingo en que mi padre nos llevó a conocer el hiel… no, perdón, al cine de invierno de Coria del Río, pueblo cercano a Sevilla, donde proyectaban Los Hermanos Marx en el Oeste. Mi padre se llevó todo el día hablándonos de la película, representándonos escenas hilarantes y demostrando una pasión irreprimible por la película. No había pasado media hora del inicio cuando mi padre roncaba plácidamente entre nosotros, y es que el hombre trabajaba de sol a sol, de lunes a sábado, y el domingo nos llevaba de excursión, así que su sueño estaba más que justificado. Lo cierto es que yo pensaba que ya había llegado a esa edad en la que uno se duerme en las películas, pero ayer comprobé que tal vez el aburrimiento del cine también pone un poquito de su parte.

Quedamos con mi cuñado y mis sobrinas, y él quería ver precisamente la película de los de Springfield, y a mis niños no les importaba verla de nuevo con sus primas. Así que aproveché y me metí en una sala casi vacía, a las seis de la tarde de este verano caluroso, y me dispuse a dorm… quiero decir, a ver una película distinta. Oigan, ni una sola cabezada, casi dos horas de pura atención y de sano estupor, y creo poder afirmar que vi la mejor película de estreno que he visto en años: Ratatouille. La gente de Pixar siempre me asombró, pero a veces era por su capacidad técnica, otras por esos toques increíbles de sensibilidad, e incluso por las bondades de sus guiones, pero lo de ayer fue una conjunción tan asombrosa de virtudes que salí de la sala absolutamente entusiasmado.

Verán, la película no descubre América, ni hace avanzar al cine hacia terrenos nunca explorados (bueno, un poco sí…). Sus actores incluso sobreactuaban un poco, como todos los actores de dibujos animados después de que Disney gestara magníficas películas como Blancanieves y los siete enanitos, El libro de la Selva o la fabulosa Aladín. Pero aunque Ratatouille no invente casi nada, ni lo pretenda, sí hace un revuelto exquisito de las virtudes del cine.

El guión es fascinante y, pretendidamente para niños, los valores que se ensalzan en él están mucho más cuidados que en ninguna otra película del género, y transmitidos sin tufo a moralina, con la simple historia del ratón y su amigo. Apenas tiene un instante en el que flojee (justo ese instante donde mi cabeza cae sobre mi pecho amenazándome con la muerte del loro), y el lenguaje usado (buena traducción y magnífico doblaje) resulta verdaderamente sabroso, con frases sorprendentes y una emocionante reivindicación de la cocina como juego. La música es terriblemente correcta, y por momentos sobresaliente, pero sobre todo cumple su función con una perfección destacable; el pasaje de los créditos finales no tiene desperdicio, y no sólo por la música, sino por la animación del fondo. Y es que donde la película se sale es precisamente en su aspecto artístico. El embobamiento continuo ante la habilidad técnica para construir los movimientos de los personajes y unos escenarios detallados hasta la perfección, se diluye ante el increíble gusto de esos escenarios en París, la imagen inolvidable de esa casa del inicio de la película, con la tormenta cerniéndose sobre ella, los correteos del ratón por los entresijos de las casas y las alcantarillas, las panorámicas de los atardeceres, las escenas nocturnas junto al río, la persecución en los barcos por el Sena… ¡Tengo que verla de nuevo!

Ni una cabezada ni el más ligero intento, lo juro. Una obra de arte Ratatouille.

martes, 4 de septiembre de 2007

Julio catalogado

Como algunos ya sabéis, este fin de semana próximo tenía intención de, además de visitar esas dos exposiciones del Thyssen, darme también una vueltecita por la Biblioteca de Julio Cortázar, la que su primera mujer, Aurora Bernárdez, cedió a la Fundación Juan March. Para ello, escribí hace un mes un correo electrónico a su directora, Mª Carmen Pérez, y dado que su respuesta me llega con un carácter indudablemente administrativo, y me proporciona información que puede hacerse pública sin ningún tipo de problemas, os reproduzco aquí los dos correos, el mío y el suyo, advirtiendo que en el suyo respeto la tipografía utilizada.

Estimada amiga:

Ando acabando el tercer volumen de cartas de Julio Cortázar, con esa sensación extraña que seguramente habrá experimentado cualquier lector interesado al asistir casi en vivo a gran parte de la vida de nuestro querido escritor, y contada en primera persona. Viviendo en Sevilla, pensé que sería un bonito colofón a esta aventura, que Julio nos legó casi sin querer, visitar en septiembre su biblioteca y observar de cerca sus cosas, tal vez con cierta intención fetichista, pero sobre todo con la necesidad de ver con mis propios ojos muchos de los objetos en los que Cortázar ponía tanto amor y pasión.

Por los datos que aparecen en la web de la Fundación, no sé en qué forma ni qué contenidos se pueden observar en la Biblioteca. No sé si hay que ser un estudioso de Cortázar para poder obtener el permiso de hojear sus libros, o si la Biblioteca posee alguna exposición digamos visitable. Le agradecería me informara de ello.

Agradecido de antemano, le saluda atentamente...

* * *

Estimado señor:
Cualquier información y consulta de nuestros fondos la puede hacer a través de nuestra página Web
www.march.es, entrando en Bibliotecas.
Todas nuestras publicaciones están catalogadas en dicha página y están a disposición de toda persona que desee consultarlas.
Los fondos no son de acceso directo, hay que rellenar una ficha para solicitar cada documento.
Atentamente,
Biblioteca
Fundación Juan March


Sin entrar en la conveniencia o no de acercar más o menos los fondos al común de los mortales, porque entiendo que son fondos únicos y cuya protección tal vez exija estas medidas, y más allá de la tristeza que me produce esta respuesta, me da por pensar que si Julio levantara la cabeza no diría nada bonito de la cuestión…

lunes, 3 de septiembre de 2007

LOS PLANETAS DE HOLST. Teatro para niños (III)

Acto 3º. MERCURIO, EL ALADO MENSAJERO


Mercurio es un planeta que reúne a los demás. Por supuesto, lleva alas y corretea alegre entre sus hermanos, llevando y trayendo mensajes y regalos de uno a otro. Cuando recoge o entrega un presente o un mensaje hace una reverencia graciosa al planeta que tiene delante. Los planetas son esferas reales, iluminadas sobre pedestales oscuros.

De vez en cuando, Mercurio se sienta contento contemplando a los planetas de los que cuelgan regalos, cartas y flores, y en cierto momento, el universo entero se llena de pétalos multicolores, de sobres franqueados y luces que espejean en la nada al son de la alegre música, y Mercurio, mientras contempla sentado el éxtasis de la escena, comienza a sentir sueño, y poco a poco se duerme, lentamente, y conforme se duerme el cielo se apaga, quedando al final los planetas desnudos y sin regalos, sin cartas, sin flores ni luces salvo las que ellos mismos, silenciosos, reflejan.

domingo, 2 de septiembre de 2007

sábado, 1 de septiembre de 2007

La pandereta de los conquistadores vagos

Un lejano amigo, hará unos catorce años, se mudó a Barcelona en busca de una oportunidad. Era pintor. Vivía en Rubí, en un modesto bloque de pisos repleto de antiguos emigrantes andaluces y extremeños. Nos contaba perplejo cómo, de entre todos los vecinos, la única que se dignaba a saludarlo era una señora mayor, catalana de pura cepa. El resto de los vecinos, charnegos, solían corresponder a sus saludos ocasionales con un perfecto desprecio. Cuento esto para dejar claro desde el inicio que así, en general, no tengo nada contra catalanes, vascos, gallegos, andaluces, controladores de vuelo, peritos agrícolas o administradores de la propiedad. Soy sevillano porque nací en Sevilla, andaluz porque a Sevilla le tocó caer en Andalucía, español, europeo, occidental, bla, bla, bla… Claro que todos estos adjetivos son sólo etiquetas, y como todas las etiquetas tratan de simplificar una realidad que, con el tiempo, se hace más y más compleja.

Y es que recordaba ayer un episodio que me ocurrió hace un par de años en Madrid, en unas Jornadas sobre Juventud e Inmigración. En una de las conferencias, un ruidoso y bastante maleducado grupo de muchachos provenientes de algún rincón de Cataluña intervino para largar la eterna cantinela nacionalista. Anticipo que, amante de los localismos culturales, de los detalles que nos diferencian y que a la vez nos unen en una diversidad fascinante, los nacionalismos en cambio me parecen una estupidez integral, una majadería demostradamente peligrosa. Pero cuando, además, los nacionalistas juegan con falacias históricas y con la ignorancia que suele traer la fe ciega y la obcecación por cualquier idea, entonces la vena se me inflama y no puedo mantener esta boquita mía cerrada, que es como mejor suele estar.


El grupito parloteaba grosero mientras otros asistentes intervenían, y cuando el turno de palabra le llegó a uno de ellos todos callaron para oír la cantinela que os digo. El muchacho, hilando no recuerdo cómo con el tema inmigración, hizo un alegato contra la invasión cultural de España en Cataluña, sin olvidar las consecuencias nefastas que tanto los tiempos de la dictadura como los de la democracia habían tenido en la economía de su país, ralentizándola e impidiéndole alcanzar los niveles europeos, en los que (imagino que por cuestiones de destino y de carácter) su país merecía estar. Al parecer, y según este muchacho, a Cataluña se la sojuzgó con una cultura de sevillanas y pandereta, pisoteando su idioma, y ahogándola en un estado de indigencia económica y cultural más propio del resto del país que de la vanguardista y sempiterna Cataluña. Pedí la palabra inmediatamente.

Y es que la historia del siglo XX se ha manipulado de un modo repugnante, y como siempre, a favor de los que suelen dictar la historia, claro. Por supuesto, es incierto que el régimen dictatorial de Franco respetó y alentó la existencia de dos focos de riqueza industrial que fueron Cataluña (más concretamente Barcelona) y el País Vasco, y que el resto del país fue tratado como simple reserva de trabajadores sobrevivientes. Tampoco se corresponde con la realidad que muchos de los personajes más influyentes del régimen franquista fueron a la vez empresarios y promotores catalanes y vascos, que lejos de luchar contra la dictadura y por la libertad de todos, se lucraron con trapicheos que, de paso, favorecieron exclusivamente el bienestar, al menos económico, de sus paisanos. Por supuesto, está totalmente demostrado que en Andalucía (entre otros lugares) hubo un complot masivo para exportar la única expresión cultural existente en esta tierra, la sevillana y la pandereta, para colaborar en el asalto a otras culturas superiores como las que reivindican los nacionalistas. De hecho, disponíamos de masas ingentes de jornaleros, desocupados, perezosos y adictos al tinto, que podían invadir con su simplicidad hasta la más elevada expresión de inteligencia. Algo de lo que no cabe ni ironía ni duda es de que la burguesía catalana demostró un impresionante ingenio emprendedor, ingenio bastante ajeno a los cuatro señoritos a los que pertenecía (y pertenece) casi todo el territorio andaluz. Como digo, cualquiera sabe que la supuestamente ancestral cultura andaluza fue ensalzada y promovida por esos sujetos de ridículo bigotito, que lucían una insignia de Dios en su solapa y en la mesa una foto de la última visita de Don Francisco a su coto de caza. Por estos pagos, las masas de trabajadores dedicaban su mucho tiempo libre a fiestas y romerías, y a cantar vestidos de flamenco (hasta en Villar del Río nos imitaron). Nadie pasó hambre, y si tantos buscaron un trozo de pan en el exterior se debió positivamente a su afición a los viajes y al poco amor que todos le tenían a su tierra. Que muchos de ellos acabaran aprovechándose del trabajo y el afán progresista de los catalanes no muestra más que la falta de entidad de eso que se llama Andalucía y, por otro lado, la atracción irresistible de una sociedad catalana ambiciosa y próspera.

En una réplica algo más comedida, el muchacho nacionalista reconoció que era hijo de cordobeses, y que la mayoría del grupo no sólo provenía de familias emigrantes, sino que respetaban profundamente la aportación que los emigrantes habían hecho al progreso de su país. Luego, sin embargo, volvió a insistir en el maltrato tremendo que Cataluña había sufrido por parte de España. Las razones nunca traen dudas a un fanático. Así pues, los emigrantes en Cataluña habían hecho bien su trabajo, probablemente por haberse integrado con rapidez al modo de vida catalán, pero en el resto de España seguíamos siendo unos conquistadores desalmados y salvajes.

Lo cierto es que desde que nací en los inicios de los años 60, cuando en esta región el hambre extrema y la pobreza sin salida ya se habían retirado a minorías molestas para el poder, me crié entre gente que trabajaba muchas, demasiadas horas, y por un sueldo que a duras penas permitía sobrevivir. Calculo que entonces, como ahora, en mi derredor digamos que había un porcentaje estándar de vagos, el que calculo que debe haber en todos sitios, y sin embargo por todos los rincones de esta ciudad, más entonces que ahora, surgían hombres que trabajaban de sol a sol, de lunes a sábado, y mujeres enormes que, además de levantar un hogar y la educación de varios hijos, debían servir en las casas de los señores (término éste que, sin desaparecer, con el tiempo ha cambiado bastante de contenido, dejando de estar limitado a los conservadores, ricos por tradición, y extendiéndose a nuevos ricos como artistas, socialistas y emprendedores). Yo, sin ir más lejos, estuve con catorce años a punto de entrar de aprendiz de un carnicero muy simpático que vendía carne de calidad. Afortunadamente, mis padres, aparte de pobres y casi analfabetos, eran gente razonable y enamorada de sus hijos, y eso permitió que yo eligiera seguir mis estudios. Así era Sevilla entonces, una ciudad llena de gente que entregaba su vida entera al trabajo para sobrevivir, mientras que en Cataluña el nivel de vida era bastante más alto, y la burguesía famosa se reproducía con facilidad, permitiendo que muchos de estos esforzados trabajadores obtuviesen unos derechos y una tranquilidad económica y social de los que por aquí andábamos a años luz.

(Foto proveniente de http://www.turismo.sevilla.org)
Esto que antecede no debe entenderse como un ataque a Cataluña ni a los catalanes. ¿Cómo podría yo atacar a aquella linda señora que le pasaba las llamadas a mi amigo con una amabilidad rayana en la santidad? ¿Cómo atacar a la gente de Barcelona, que en general siempre se mostró amable y respetuosa con nosotros? Aún más, aquí en Sevilla no podemos hablar demasiado alto, porque existe un amplio movimiento tradicionalista cuyo fanatismo y simpleza llena todos los años Sevilla de religión y verdad. Y no hablo sólo de la Semana Santa, hablo de otras religiones, otras fiestas, el Rocío, los toros, el fútbol, el vecineo cotidiano, instancias todas donde muchos mortales se muestran tan mórbidamente orgullosos de su realidad que nadie podría cambiar ni una coma en sus cerebros. Antaño fueron conservadores los que mantuvieron estas tradiciones paralizantes, pero hoy los medios de comunicación lo enredaron todo, y ay de aquel que vaya contra tantos iconos sagrados de los sevillanos. Creo no equivocarme si digo que, en mayor o menor medida, esta situación se da por todo el sur de la península, y progresivamente en el resto de ella y del mundo. Pero esto no quita que los nacionalistas sean gente cortita de miras, bastante interesada en su propio beneficio, y capaces de deshacerse de cualquier enemigo que trate de obstaculizar su misión sagrada.

Hoy leí en la prensa que el Centro Nacional de Epidemiología ha realizado un Atlas de mortalidad en España, y resulta realmente curioso comprobar que, salvo en los decesos por tuberculosis, en el resto de los mapas aparecidos en la prensa, Andalucía Occidental se lleva siempre la palma. Seguramente esto ocurre por un exceso de fiestas. Si estuviésemos reivindicando un estado propio, mediante las armas o a través de una estupidez precursora de las armas, posiblemente otro gallo nos cantaría…

jueves, 30 de agosto de 2007

Cosas de la prensa

Echo un vistazo a El País de hoy y dos detalles me llaman la atención: uno que ya me la ha estado llamando todos estos días de pasión que hemos pasado en Sevilla, un tema que, para pasmo de cualquier sevillano de bien, no se ha visto reflejado aún en ninguno de los blogs que suelo leer. La muerte de Antonio Puerta se ha convertido, como casi todo en esta ciudad, en tema de Pasión. Hasta ahí todo bien, la verdad, porque como dice un buen amigo, si tuviéramos a toda esta gente sin saber en qué gastar su adrenalina, lo mismo teníamos que añorar al bendito fútbol. Todos podemos reconocer sin esfuerzo las trazas de la omnipotente masa en nuestros propios sentimientos, y así he de reconocer que todo eso de la unión de las aficiones para despedir a este pobre chaval me ha emocionado por momentos. Yo estaba viendo el partido cuando Puerta se desplomó en el suelo, y la cara con la que se levantó de su primer desmayo me hizo presagiar lo peor. A partir de ahí, el hecho de que este hombre fuera futbolista o fontanero creí que era lo de menos. Eso es lo que repetían todos los medios, y lo que decía la gente en el trabajo, en el autobús, en los bares... Cuando una persona, además tan joven y tan dinámica, se hunde en una de estas situaciones, todo los detalles se deberían difuminar a su alrededor, y deberían quedar desnudas la vida y la muerte, y claro, el dolor, la incomprensión esencial, la impotencia ineludible, y la compasión. Pero compasión con esos padres que deben estar sumidos en un dolor nada fácil de soportar, y con la mujer que lleva en su vientre un enternecedor resto de la ilusión de este hombre, con su familia, con sus amigos e incluso con sus compañeros de trabajo. Muy lejos de esto, la despedida del pueblo sevillano a Antonio Puerta ha sido, sobre todo, una reivindicación del fútbol como hecho religioso, con capillas ardientes construidas con trofeos y banderas, con gritos de despedidas que eran himnos al fútbol, recuerdos de goles, ríos de lágrimas de pasión pero muy pocas de verdadero y desnudo dolor. Antonio Puerta y su muerte se han diluido completamente en todo este guirigay, que, no me cabe la menor duda, será muy, muy rentable para los dos equipos de la ciudad. Y pienso, leyendo hoy el periódico (¿quién me manda a mí...?), que si yo hubiese sido el padre de este chaval, de algún modo habría enviado a las masas fervorosas de vuelta a sus casas, y que allí, si quisieran, y sin pasiones prefabricadas, lloraran en silencio a mi hijo...

El otro tema resulta más baladí, pero en su corolario igual de enojoso: leo en el mismo periódico la sección veraniega de Millás, una sección titulada La Cerbatana, en la que nos cuenta, muy en su papel veraniego, sobre unos improbables Impostores aristotélicos. El artículo tiene toda la pinta de estar escrito desde alguna playa concurrida, y con ese mismo dejo de cansancio con el que yo cumplo mis obligaciones más administrativas en pleno agosto. Al acabar, me pregunto por qué en vez de su firma, o la de la asombrosa Elvira Lindo, por poner sólo dos ejemplos, no veo ahí la de muchos de vosotros; o por qué en vez de las penosas viñetas de Máximo, las obvias de Peridis o las inexplicables de Erlich, no aparecen las de nuestro amigo Alberto Montt. Tanta civilización para esto...

miércoles, 29 de agosto de 2007

Noche y beso

Dad bailaba con cierta torpeza, pero el alcohol le concedía la confianza suficiente para removerse sin demasiada gracia al lado de Kissy, que, ella sí, ejecutaba movimientos sinuosos, y se detenía de pronto y lo besaba y se besaban, intercambiando caricias prohibidas. El cuerpo de Kissy suponía un regalo aún inesperado, que se arrimaba a él sin pudor, permitiéndole jugar en la oscuridad sin la molestia de tener que ganarla.

El local ocupaba varias plantas, y mientras la música retumbaba en las dos superiores, en la inferior todo transcurría con más suavidad, con grupos que charlaban y tomaban bebidas exóticas. Arriba, sin embargo, los combinados llegaban desde la barra sin importar demasiado los ingredientes. Dad resbalaba por el tobogán proscrito del placer: esa noche uno de sus muchos personajes interiores se había hecho con la plaza, había tomado sus sentidos y rotundo había decidido dejarse llevar por los atractivos de Kissy. Si la besaba, los labios de la muchacha adquirían los sabores más insospechados, y cuando Dad se separaba de ella y la dejaba allí, rodeada de gente, asombrando con sus serpenteantes movimientos, entonces, hiciese lo que hiciese, lo envolvía una excitante espera hasta el siguiente beso. Allí estaba él, en manos de Kissy, perteneciéndole durante una noche de paréntesis, con un lugar reservado justo a sus espaldas, desde donde muy pronto volvió a abrazarla y a aspirar su aroma trasgresor.


Pero una vez en el laberinto de penumbras de la noche, el único límite con el que Dad podía toparse era el amanecer. Y así fue cómo en uno de sus paseos a la barra coincidió con Keelan, que esa noche venía acompañada. Cruzó con ella una mirada que le sorprendió, pero en el fragor del instante creyó haber visto visiones. Un minuto después, luego de dar un beso de paso a Kissy, se apoyó sobre una columna para paladear concentrado su bourbon con cola, y en uno de esos sorbos, a unos metros, vio pasar a Keelan, que tomaba las escaleras para subir a la planta de arriba, probablemente en dirección al baño. Dad no lo pensó demasiado, confió su vaso a un amigo, y subió también las escaleras, aunque con el primer peldaño comprendió casi simultáneamente dos cosas: primero, que sin duda iba a buscar a Keelan, lo que lo sorprendió como si el acto de seguir a la muchacha hubiese sido puramente reflejo; y segundo, que jamás se cruzaría con ella si subía unos segundos después, porque ella estaría ahora dentro del baño, además de que arriba habría mucha gente, y a unos metros de aquel lugar andaba Bertrand, el acompañante de Keelan, y Kissy, y todos los amigos que se quedarían estupefactos si conocieran los motivos que movían a Dad escaleras arriba. Aun así, Dad siguió subiendo lentamente los dos tramos de escalera, y justo al llegar arriba, de las sombras de la planta, surgió Keelan. No supo cómo se encontró abrazado a ella, tratando de abarcarse mutuamente con manos que medían y comprobaban y esculpían…; estrechados en un beso salvaje, un beso que otro de sus personajes, éste de los más retorcidos, lo había impulsado a dar. O a recibir, porque jamás supo quién de los dos había iniciado ese beso. Un simple beso que se transformó en un viaje fugitivo e inolvidable a las tierras lejanas de donde surgen las noches…

martes, 28 de agosto de 2007

El rótulo

Ahí, a la derecha, en ese pequeño rótulo gris que sobresale de la pared, rezan tres palabras curiosas. Pertenece a una tienda de repuestos de goma y recauchutado, cerrada ya hace unos años. La tienda era una sucursal relativamente reciente de una empresa muy antigua, en cuyo germen participó mi padre como trabajador especializado. Él solía contarme una y otra vez la historia de su paso por la empresa. Con su habitual modestia, declaraba que se había hecho imprescindible por su labor escrupulosa y creativa, porque fue él quien mejoró las técnicas del moldeado de piezas y el que sacaba a la empresa de cualquier apuro sobrevenido.

El dueño, un hombre imagino que bastante chapado a la antigua (hablamos de finales de los cuarenta, principios de los cincuenta del siglo pasado), tenía varios hijos, y con uno de ellos, ávido de protagonismo en la empresa, tropezó mi padre que, según contaba, tuvo que irse por no enfrentarse a este muchacho y no poner entre la espada y la pared a su patrón, al que le unía una relación de profundo aprecio mutuo.

Después de muchos años, cuando aún estaba abierta, y en el camino de vuelta a casa, descubrí esta tienda que me hizo evocar la historia tantas veces escuchada. Luego la cerraron, y el local, situado en la circunvalación histórica de Sevilla, se fue pudriendo lentamente. Hará sólo unos meses que descubrí este pequeño rótulo, que es la única señal que queda de la tienda, y sobre el que están pegadas con descuido tres palabras curiosas: calidad, conveniencia, cortesía. La primera vez que las leí tuve la sensación de que el rótulo tocaba conceptos de importancia, como si esas tres palabras designaran, con sencillez y contundencia, todo el lastre que la civilización occidental anda soltando para ir más y más deprisa. Y luego, pensándolo mejor, concluí que no me equivocaba demasiado.

domingo, 26 de agosto de 2007

Mann, Mendelssohn, Ana y Jorge


Me revuelvo en el ruido de mis tareas, en el fragor silencioso de prisas y conversaciones, rebuscando en el mundo virtual, mirando de reojo el libro de Mann como si realmente fuese una montaña mágica, una cumbre dispuesta allá, bien arriba, brillando nevada y serena. Mi gente va y viene, leo esto y aquello, me detengo y escribo unas frases, me arrepiento de mi pereza, de mi dispersión, de mi impaciencia manifiesta. De pronto lo cierro todo, recojo velas, o tal vez debería decir que las extiendo. Me acomodo en un rincón del sofá, cerca de la montaña; me coloco las gafas de leer (un gesto casi litúrgico) y reanudo la escalada en la insólita y platónica amistad de Hans Castorp con un tal Hippe. El silencio que se crea de pronto en mi salón casi me molesta, así que pulso el mando y elijo uno de los seis discos que andan metidos en el cartucho del equipo, y comienza a sonar un coro melancólico. Es el Salmo 114 de Mendelssohn, y entonces detengo un minuto la historia de Hans Castorp, porque algo ha surgido en la atmósfera de mi salón, un verdadero, intenso y fecundo silencio. No sé por qué, advierto una especie de consanguinidad con Ana, tal vez con la lánguida elegancia de su foto, con los muchos silencios parecidos que parece representar. Y luego también pienso en Jorge, en esa fuerza destructiva al servicio del estremecimiento, que lo emparenta con nuestro amigo rumano común…

Bueno, este mundo, pienso, no debe andar haciéndome tanto daño…

Bom dia tristeza


Tristeza naranja, zumo dulce de tristeza, distancia y tristeza, bocas dedos que callan, palabras que aguardan flotando en el limbo del silencio, en la penumbra de nuestros sueños diferidos, eternamente diferidos bajo la llovizna triste, tristeza encapotada, palabras hojas manos cumpliendo un otoño largo, una tristeza que se queda a vivir aquí, a nuestro lado.

Intento de poema

Subes a mí
caes del infierno
los labios cargados
el pecho sediento
el imán de tus manos
las conduce a mi pelo
y las pierde las enreda
yo te alzo te enciendo
rescribo tu cintura
con la sal te sublevo
y la nostalgia del mar
te convierte en velero
navego tus costas
acaricio tus senos
leves como el agua
para mi sed dispuestos
y entonces el delirio
y entonces el exceso
el desorden la insolencia
y un temporal de besos
besos dentelladas
besos mansos y tersos
besos de hambre antigua
besos dentro de besos
nos clavamos miradas
nos herimos nos tememos
mas lenta mansamente
a su cauce vuelve el tiempo
todo duró un suspiro
un suspiro en el silencio
y ahora mi piel se aleja
de tu piel de tu incendio
reza triste la calle
mojada del aguacero
ya pasó la tempestad
y el sol asoma sus dedos
para secar los caminos
para secar los recuerdos

jueves, 23 de agosto de 2007

Arte de usar (y tirar)

Acabo de llegar del trabajo, no demasiado cansado, porque es agosto y todos los jefes andan indolentes tostándose en la playa, pero sí agotado por la calor que cae sobre Sevilla. Me siento ante el almuerzo y el telediario ha soltado ya las noticias de portada, los numerosos y preceptivos sucesos, y los últimos e imprescindibles fichajes del Real Madrid; y claro, ahora llega el momento de relajarse con la Cultura.

A nadie se le escapa que las secciones culturales de los telediarios son espacios de publicidad con su correspondiente precio, que se contratan como se contrata un anuncio o una contraportada. Esta vez la parte contratante es la distribuidora del nuevo disco de Manu Chao. Lástima mi pésima memoria que no se quedó con la descripción que, sobre el fondo de un vídeo-clip, la presentadora del telediario hacía del disco. Pero no importa, supongo que es un texto que se proporciona junto al pago del asunto, así que si miro cualquier página en Internet conseguiré algo parecido. El vídeo está realizado por un amigo de Manu Chao, un artista audiovisual polaco que ha inventado una danza de cientos de figuritas que así, a modo de collage, bailan al ritmo de la música.

Veamos, he leído que, con este disco, titulado La Radiolina, un disco “saturado de críticas sociopolíticas como es su costumbre”, Manu Chau “satiriza al presidente de EEUU George Bush con nariz de payaso y la palabra democracia entre signos de interrogación (…). Mensajes del tipo ‘demasiada hipocresía en Palestina’ y ‘este mundo se vuelve loco’ son los que se podrán escuchar en los clips de esta nueva entrega del cantante (…). Tras 'Clandestino', 'Próxima estación...esperanza' y un DVD en directo, el ex-líder de Mano Negra publicará su nueva obra, que le muestra en la portada con una camiseta negra que reza 'El Golfo', pantalones claros y, a sus pies, la leyenda 'Y ahora qué'”.

En ningún lugar del texto promocional se habla de la música que hace este buen hombre, y es que, al menos en este “clip” promocional que ilustró la noticia del telediario, la música parecía ser lo de menos. Hay insustituibles compositores que han jugado con la reiteración, incluso con la sencillez de sus obras, y algo así debe ser lo de Manu Chao, porque la música sonaba repetitiva, demasiado simple y como igual que otros miles de éxitos. En concreto, juraría que Manu Chao tiene colgado en la cabecera de su cama un retrato del latoso Marley fumándose un porro de kilo. Cualquier desaprensivo podría blasfemar diciendo que la música parecía lo de menos en el “clip” del francés, una mera excusa para poder ponerle a Bush su naricita de payaso o para llenar de portentosas interrogaciones a la palabra democracia. O también para enseñar la camiseta de golfo…

Veréis, tal vez ya lo haya soltado en otro sitio, pero ahora sólo quería explicar que una cuestión es la de la libertad que cualquiera tiene para disfrutar con lo que se le antoje, y otra muy diferente que admitamos que todos los aficionados a la música debemos esperar con impaciencia una “nueva entrega” de la “obra” de Manu Chao. Como por desgracia pasa en otros tipos de arte, la música se ofrece siempre como algo gratuito, y es utilizada sin pudor de un modo en el que nuestros gustos pintan más que la música en sí. En otras ocasiones, nos quedamos pillados por el mensaje de tal cantautor (autocantor en muchos casos, como decían Les Luthiers), por la pose tan moderna y particular de este grupito, por la originalidad papanatas de aquel otro. O también (y sobre todo) por la machacona distribución de los productos: Bruce Springteen es el Boss, es decir, sagrado, y U2 un grupo increíble, y si te atreves a calificarlos como superficiales e insoportables, bueno, te la has cargado. Pues bien, no sólo afirmo esto, sino que el tema estrella del nuevo disco… perdón, de la nueva obra de Manu Chao es una soberana porquería, y no sólo este tema, sino todos los que he tenido la desdicha de escuchar en radios y fiestas. Ea, ya lo dije. Vehemencia a raudales…

Pero en lo que yo quería incidir era en lo otro: todos podemos jugar con la música, mezclarla con la poesía, con el mensaje revolucionario, con la estética, con camisetas de golfos o vueltas ciclistas, con sensaciones que sólo uno puede explicar… Yo mismo creo haber reconocido en algún sitio (y con orgullo) mi debilidad por individuos que tienen poco de músicos, pero cuyos temas se mezclan con recuerdos y sensaciones difíciles de extirpar; aun así, líbreme el cielo de defender su valor artístico. Todos tenemos la libertad de usar y de destrozar el arte, pero tal vez el reverso de esa libertad nos exige (sin exigencias legales, claro) buscar las delicias artísticas con cierta inteligencia, sin sacrificar la sensibilidad, pero dejándonos llevar por el conocimiento que, como todos sabéis, acaba trayendo prendidas nuevas sensaciones. Que yo entienda algún día esas obras descomunales de Wagner no significa más que algún día podré disfrutar con ellas. Por supuesto, escuchando a Manu Chao, pero sobre todo reivindicando su valor musical, nadie entenderá jamás ni a Wagner ni siquiera a Alejandro Sanz, porque al fin y al cabo, con todo el disfrute, no se está entendiendo nada, y no es con música con lo que uno está disfrutando, sino con productos de consumo hábilmente promocionados. Porque si todo fuera fruto del caos, pues mira, pero nadie debería dejar de reconocer que el gusto general por la música está desgraciadamente educado por el machaconeo de determinadas emisoras y por los dictados de la sagrada publicidad. Pues eso…

Pd.- No os perdáis la entrada tan linda de
Lady Godiva sobre el amigo Manu.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Su amiga interesante

Serás su amiga interesante por algo, ¿no? Ella no nombra interesante a cualquiera. Ese interés debes tenerlo en algún sitio, aunque hay que reconocerlo, el interés que provocamos en los demás de poco nos sirve a los que buscamos nuestro propio interés fuera de nosotros mismos. Quiero decir que malamente nos servimos de excusa para vivir, que para levantarnos de la cama necesitamos encontrar una razón fuera de nosotros, algo que nos invite a movernos, a ilusionarnos, a desear.

Tal vez no sea yo el más indicado a la hora de buscarte motivos para la ilusión, aunque quizás por eso mismo, por creer con firmeza en la sinrazón esencial de esta vida, pueda tener más fuerza moral para recordarte esas fugaces y asombrosas maravillas que, inopinadas y gratuitas, se prodigan a nuestro paso. Por supuesto, el inventario de delicias que nos sonríen mientras vivimos resulta inabarcable, además de que son siempre tan personales que sería estúpido por mi parte tratar de hacer aquí relación exhaustiva de ellas.

Permíteme que me centre en un par de detalles, que tal vez te serán de utilidad en esa búsqueda, consciente o inconsciente, en la que pareces andar embarcada. Uno de los detalles será una sensación, y el otro un par de ojos. De propina podría añadir tal vez un deseo…

Hoy mismo leía de Cioran uno de esos impagables aforismos suyos, en el que se mofaba de los dioses, de Dios, por su incapacidad para acabar con su propia vida. Sólo los seres humanos podemos acabar con nuestra historia, el suicidio es nuestra prerrogativa, algo que nos eleva y nos hace más poderosos que el mismo creador. Pero también contaba Cioran (un hombre que reunió como nadie reparos contra la vida humana) que si nunca optó por el suicidio fue precisamente por eso, porque sabía que siempre estaba ahí su posibilidad, que nada ni nadie podría arrebatarle ese poder, esa facultad, esa puerta de emergencia. Pero una vez ahí, ¿qué necesidad tenía él de suicidarse? ¿Acaso el suicidio no suponía en sí mismo una nueva decisión, otra fe, aunque fuese negativa, “identificarse con algo, ceder a la seriedad, arruinar la ironía”? Si la vida no alberga sentido alguno, tampoco lo tiene el suicidio. Dejarse llevar por los vientos, sonreír cuando a nuestros nervios se les antoje y los músculos de nuestro rostro adquieran casualmente el tono adecuado para la risa. Reírnos de la vida, de nosotros mismos, de la creencia en los puntos cardinales, de la ley de gravedad, de las matemáticas o el suicidio, del amor eterno o de la sempiterna hermosura de la primavera: reírnos de nuestra risa, mientras las brisas nos persuaden y los vendavales nos arrastran.

Mi querida amiga interesante, tal vez ya lo haya contado en otro lugar, pero lo repetiré con gusto para ti: soy un hombre débil, inconstante, una persona que podría resumir muchos años de su existencia con el esquema simple ilusión-desilusión. Imagino que conoces muy bien esa sensación de lo imposible, de morir por un deseo que sabes del todo irrealizable, de sentirte atado y amordazado en la decepción irrevocable, tan hundido y moribundo que sueñas con una última mañana en la que tus huesos ya no necesitan moverse. Yo sufrí esta sensación en muchas ocasiones. Generalmente sucedía a una etapa de exaltación y ardor, de esfuerzos por beber los minutos, tal vez colgado de una mirada prohibida o de una aventura irrepetible. Eran ciclos en los que bruscamente todo se derrumbaba y nada conservaba el más mínimo sentido, y nada ni nadie podía hacer nada por salvarme del dolor. Pues bien, incapaz de acabar con todo, me sorprendí en un estado que a saber si no se hallaba aún más allá que el propio suicidio. Llevo años buscando una palabra para esa sensación que quiero regalarte, y sólo encontré una que, aunque no me satisface demasiado, puede servirnos: humildad. En esos instantes terribles y extremos repentinamente notas que casi todo tu dolor proviene de ti mismo, para nada de la vida. Adviertes que todos los problemas son consecuencia de un ardor artificial y añadido que aplicas a todos tus movimientos. No sé si consigo explicarme: nos engañamos a nosotros mismos, porque primero creamos nuestra necesidad de motivos, y luego nos decepcionamos al no encontrarlos. Atiborramos nuestra vista de deseos y luego los vamos apagando uno a uno, hasta que concluimos erróneamente que la vida nos defraudó. En estos momentos en que yo no tenía nada, en que no era nada, en los que renegaba asqueado de todos mis deseos y lo único que ansiaba era descansar, me veía de pronto invadido por una sensación más que placentera, como una liberación: la humildad. No merecía nada, y nada quería que no llegase gratuitamente, por puro azar, como un regalo para alguien que no sólo no había muerto, sino que había conseguido descender al nivel real de la vida, al nivel de la realidad caótica y del sinsentido, y elegía dejarse llevar por los juegos, reírse de todo, de sí mismo principalmente.

Con el tiempo, siendo salvado una y otra vez por esa sensación reparadora, aprendí a conservarla junto a mí más y más tiempo, y mientras iba dejando de confundir mis deseos con los regalos que nos hace la vida, ésta fue decepcionándome cada vez menos. Nadie puede negar que en este mundo el dolor se mide por montañas, mientras que la felicidad sólo puede calificarse como etérea, efímera, imperfecta… Pero no es menos cierto que cualquier gramo de felicidad es más inesperado (y por tanto más influyente) que todas esas toneladas de dolor que no son más que eso, la base donde se asienta la propia vida.

Y aquí llego al segundo regalo, el par de ojos, ese par de ojos que esconden tanto amor por los gramitos de felicidad. Mira, ahora escribo en un jardín, y resuena en mis oídos la música celestial de Pink Floyd: dos detalles aparentemente irrelevantes, pero que no imaginas cómo sanan mi alma cansada. Escribir en un jardín, oír esta música que entra directamente a mis venas y se distribuye por cada una de mis células, alimentándolas. Pues bien, esos dos ojos que te digo, y que tú conoces cada vez mejor, poseen la rara capacidad de beberse estos dos detalles, y eso sin conocer mi jardín ni haber escuchado esta música. De hecho, ahora mismo ella debe andar absorbiendo estas palabras con una sed que sólo puede impulsarnos, a los que tenemos la dicha de ser mirados por ese par de ojos, a sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Y no por lo que somos, sino por haber sido elegidos y honrados con semejante mirada. Su cariño, profundo y creativo, nos hace interesantes, amiga mía. Tú eres su amiga interesante, ¿recuerdas? Podría proporcionarte ahora más de una docena de motivos esenciales para tu fuerza, entre ellos el que considero mayor, y que es el de la necesidad animal de no fallarle a ese enano que no te pidió venir al mundo, y que se encontró siendo hijo de una mujer interesante. Pero prefiero incidir en ese par de ojitos que lucen como las dos ventanas de un laberinto cuyas estancias, tú lo vas sabiendo, se encuentran repletas de tesoros. Y si esos ojos te llamaron interesante…

Acabo, amiga, con esa propina que también te anuncié. Este caballero, de apenas justa valentía y de humildad benefactora, que se enmarañó en la descripción de este hilo como antes lo hizo en otros bosques, ha escrito todo esto con el corazón, y de ahí mi mejor deseo, el deseo de tu risa… Sé que no es un gran motivo para dar un salto de la cama en tu próximo despertar, pero quizás pronto te halles escribiendo en un jardín, con una música celestial fluyendo por tus venas, y entonces puedas notar con más facilidad esa sensación de estar vivo, una casualidad, en el dolor o en el amor, en el terror o en la dulzura, al fin y al cabo tan divertida…

Un beso.

martes, 21 de agosto de 2007

LOS PLANETAS DE HOLST. Teatro para niños (II)

Acto 2º. VENUS, LA DIOSA DE LA PAZ



Aparece Venus encogida, acurrucada en el centro del escenario, y con la música empieza a desperezarse. Luce blanca, con un vestido hecho de jirones de gasa brillante. La escena se ilumina tenuemente con su luz. En la escena van apareciendo árboles y plantas en los que Venus, danzando, comienza a engarzar flores, y luego, apuntando hacia las ramas, hace que los pájaros comiencen a cantar.

Más tarde la escena cambia, los árboles se retiran y comienza a iluminarse el mar (telas azules que ondulan graciosamente desde los laterales), y tras el horizonte va alzándose el astro rey. La orilla del mar se empieza a llenar de gente que pasea, con trajes de baño de época y sombrillas, paseantes entre los que Venus, apagada por el brillo del sol, corre intentando sin éxito llamar su atención. Nadie atiende a su solicitud. Al fin, la luz se torna de un amarillo más oscuro y cremoso, y la gente comienza a recoger sus chismes y a marcharse.


Venus queda de nuevo sola, atenuada y melancólica. El mar se desvanece y aunque aún es de día aparecen lago oscuro rodeado de rocas desnudas, sin vegetación. Venus se sienta sobre una roca y mira de vez en cuando hacia lo alto, hacia las cimas. Atardece. Se siente inundada de una serenidad triste, de la pura sensación de soledad, como si la muerte del día fuese la suya propia. Algunos picos se encienden levemente con la luz indecisa del atardecer. Venus comienza, con la tarde, a acurrucarse de nuevo, y a brillar gradualmente mientras la escena se oscurece.

El Rincón de León


Vinos y quesos en un rincón de sueño. Tablas de quesos únicos, vinos emocionantes, pero también mejillones, pastel de berenjenas, morcilla de burgos y bacalao de Valderas, y anchoas del cantábrico, fabes, lengua, cecina y lo que se tercie. Una pequeña taberna, un trocito del paraíso ahí, dispuesto para nuestras palabras.




En Sevilla, en la avenida Menéndez Pelayo, frente a los Jardines de Murillo.

lunes, 20 de agosto de 2007

Poemas del desperdicio (II)

(Capítulos: I ... III, IV)
Tani Curiel, descarnado y sin afeitar, con una seriedad que a veces se hace sobrecogedora, acompasando su voz al susurro de la brisa nocturna, comienza:

Ay si descubriéramos los esquemas inmutables de la existencia, sobre los que danzan nuestros piojos, esos esqueletos simples que sostienen nuestras hambres y la mendicidad de nuestros corazones… ¿Sabéis? He pensado mucho en ellos, mucho, sí. Esta noche no he aportado mucho al banquete, pero creo que podría regalaros algunas palabras…

El discurso de Tani es como una canción que ilustra la cena y que todos siguen con la razón o con el alma, salvo que a alguno, antes del final, lo rapte el ineludible Morfeo…

Desde la estructura molecular hasta los más íntimos deseos, desde la lluvia terca a la cautivadora metafísica, todo sigue un modelo común, un patrón caótico con pequeñas piecitas esenciales unidas por fuerzas invisibles y casuales.

Carlitos Balboa se acomoda en el césped, con la espalda sobre la farola, con una gran sonrisa joven y vigorosa enmarcada en ese mar de fuerzas misteriosas e impredecibles que es su pensamiento. Ranita, por su parte, se arrebuja en el hombro de Crisos, que con una mano bebe del cartón y con la otra enreda en el pelo descuidado de Ranita. Isolda, negra y peluda, apoya la cabeza en el suelo y observa a Tani con orejas gachas y grandes ojos tristes, como si intuyera otros mundos. Tani paladea los términos.

El universo, hasta donde es posible conocerlo, es decir, hasta donde existe, consiste en una rueda constante de explosión y recogimiento del Bolindre Concentrado, la pelotita primordial predivina. Su sustancia va y viene, oscilando con distinción en la nada, jugando a la aceleración y al arrepentimiento, recreando infinitas réplicas fractales de sí misma…

Santos interrumpió: fractales. A veces los vagabundos, a pesar de sus muchos caminos, nunca se han cruzado con una palabra, y la dicen en voz alta para que Tani se la descifre.

El fractal es la repetición dulcemente imperfecta y eterna de algo en si mismo. Si tuvieras un catalejo podrías observar tu propia imagen en el cristal de mi ojo. Y si tu catalejo pudiera ir más allá, descubrirías que, en esa imagen de ti mismo, la pequeña lente del catalejo refleja mi imagen, donde volverías a descubrir la tuya, y así ad aeternum
.

Ranita: ¡adeternun! Y Crisos enreda su barba excesiva en el pelo de Ranita, la besa y le susurra: eternamente, chiqui.

Con suficiente atención y el justo cuidado, y en cualquier rincón de los alrededores, en cualquier objeto, en la menor de nuestras emociones o en todas las relaciones que se establecen entre mendigos, vividores, muertos vivientes y patronos de cárceles y conventos, casi en cualquier cosa o sitio se puede adivinar esta estructura caótica, donde elementos idénticos se agrupan mediante atracciones y rechazos inesperados e inevitables. Y el caos, como un magma hirviente y silencioso, crea en nosotros la sensación de hallarnos ante el orden, ante la ley, ante la lógica y la armonía.

Tani deja en el aire, resonando, la palabra armonía. Santos aprovecha el silencio y sopla unas breves notas en su flauta que suena como una harmónica en la quietud de la noche de verano, mientras la luz de la farola comienza a bailar al son de las ramas, la brisa, el caos… Tani continúa masticando con paciencia cada una de sus palabras.

Pronto veréis dónde quiero llegar. Átomos y moléculas han sido estudiados en profundidad, réplicas más o menos exactas del universo. Su aparente estabilidad sólo es fruto del espejismo que el tiempo, aliado de nuestra impaciencia, provoca en el investigador. Pero mientras que los átomos y las moléculas han sido diseccionados con tesón, no cabe afirmar lo mismo del resto de los asuntos universales, cuyo estudio se intenta parcelar en disciplinas pretendidamente autónomas y patentemente autófagas.

Esta vez Santos conocía el término. Fue Gildo con su voz de cristal roto el que interpuso: autófagas.

Ramas del conocimiento que se comen a sí mismas, que apenas gustan las delicias de otros saberes, y así se van agotando en su aislamiento hasta quedarse sólo en una gran boca que traga y un gran pedazo informe de carne, una aburrida caricatura de la curiosidad…

Gildo apunta con su dedo de hueso y exclama: ¡Caníbales! Tani asiente con la cabeza y continúa.

Es algo parecido a lo que ocurre con nuestro cerebro, cuando el estudio pormenorizado e hiperlento de cada uno de sus procesos electroquímicos nos torna incapaces de observar y entender el verdadero funcionamiento de nuestro órgano vital. Si en vez de detenernos en los hechos microscópicos (puramente condicionados y secundarios) de nuestra mente, aplicásemos el molde caótico a su estudio, obtendríamos muchas y mejores conclusiones. Porque, ¿no es cierto que nuestro pensamiento también estalla proviniendo de la nada, y se despeña con alegría centrífuga por inopinados lugares, para luego, cuando cree uno que ya ha dominado el arte de pensar, ir acurrucándose en el marasmo de la vejez y acabar con la sencillez concentrada e igual de la muerte? La humanidad, como el universo, es la historia de muchos estallidos, todos diferentes y al cabo iguales porque nada hay sino un ir y venir desordenado e inescrutable.

El viejo Rafael duerme junto a Tani, con la cabeza empotrada en el cóncavo pecho y el brazo tullido colgando por el lateral del banco. Pedro el tuerto lo mira con ternura con su ojo de cíclope accidental. Ya, hasta el final de su exposición, nadie vuelve a interrumpir a Tani, que se sumerge emocionado en la cadena de ideas, y su pasión convence más que sus conjeturas.

De la misma forma, cualquier suceso, cualquier proceso, cualquier exceso o deceso podrían encontrar acomodo natural en este esquema que es el del universo y el de la vida, fuera de la cual no hay nada, ni siquiera la nada. Infinitos procesos elásticos se entrecruzan, se superponen, se contienen unos a otros explicándose sólo parcialmente. Innumerables explosiones pasionales atruenan nuestra realidad para convertirse luego en ceniza apelmazada e inmaterial. Y las ilusiones desembocan en desilusiones, y la muerte desemboca en la vida, así hasta siempre.

En este vaivén de la materia, con el que se construye la existencia, podrían estudiarse determinados momentos constantes, uno de los cuales sería el de la gran condensación. Si admitimos que fuera del Bolindre Concentrado, de esa pelotita primordial predivina, de ese punto infinito y microscópico, nada hay, tenemos por fuerza que deducir que en ese momento de máxima concentración el vacío no existe. Nada, ni espacio ni tiempo caben en los resquicios inexistentes del diminuto universo, que es todo. Por el contrario, cuando el Bolindre ha estallado y sus desechos han alcanzado cotas máximas de excentricidad, el vacío es casi absoluto, tanto que se podría hablar de un vacío virtual completo. El universo va del todo a la nada, de la nada al todo, y fuera de él no puede haber ni todo ni nada.

Pero nuestros ojos insignificantes nos engañan sobre el universo, y en las noches oscuras y sin nubes el cielo se nos muestra plagado de estrellas, de una cantidad tan inabarcable de astros que se diría que el firmamento rebosa de materia. Cualquier aficionado a la astronomía sabe que, dada la cantidad de materia que flota en él, y las distancias astronómicas que se dan entre cualesquiera dos motas de esta materia, el universo puede considerarse, a efectos prácticos, como un lugar vacío, como lo está también un átomo o una molécula. Y así, de vacíos, construimos nuestros útiles engaños, los torpes artificios que permiten a nuestros diminutos intelectos llenar páginas y páginas de absurdas teorías y de demostraciones supuestamente irrefutables. El fractal de nuestros engaños…

Baste, para terminar, una llamada de atención sobre algunas de las muchas consecuencias que podrían extraerse de esta, podríamos llamarla así, Teoría del Bolindre Concentrado y el Caos Incomprensible. Y es la relación estrecha entre esta idea del caos oscilante y la existencia del Diablo. En este funcionamiento del todo y de todo, en esta aburrida oscilación entre el todo y la nada, en la que nada importa porque el vacío aumenta de golpe y porrazo hasta límites totales, y el aislamiento de las unidades llega a ser intenso hasta la nausea, para que luego la unidad, sin tiempo de pensarlo, se hunda en cuestión de un instante en la densidad máxima y desaparezca como tal unidad; si todo esto pasa, ¿no podrá concluirse que ningún otro mundo se ajustaría mejor a nuestro concepto del Diablo? Banalidad, hastío, prescindibilidad de los seres, esquemas inflexibles, horror final, reunificación última del amor y el mal, del cariño y la degeneración en una infinitesimal esfera total, en donde se subsumen sin consideración todas nuestras glorias y desgracias. Y entonces el estallido y de nuevo los juegos y los engaños y las alucinaciones… ¿No escucháis una risotada maligna y sulfatada resonando en los fondos oscurecidos de vuestros corazones? El Diablo, amigos míos, el Diablo descubierto en la reverberación del estallido eterno. El tiempo no existe sino por nuestra propia menudencia, gracias sólo a nuestra existencia infinitesimal y parsimoniosa, por nosotros, que tal vez no seamos más que pequeños y fútiles accidentes del Mal…

Tani Curiel desciende del banco y se interna entre las adelfas que han estado todo el tiempo acariciando su espalda. En el silencio que se produce sigue flotando el aroma lunar de la dama de noche, y ese perfume a jazmines que provoca el llanto triste de los enamorados. El álamo negro juega con la luz de la farola, y entonces cada uno busca en el universo un rincón mullido donde morir un rato.