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jueves, 12 de febrero de 2015

Una brisa de tejados

P1030419Al través de la ventana, la luna preside un brisa de tejados, adornada por una nimia pero incansable campana —grito de la clausura, anzuelo vetusto para jovencitas turbadas—. Resisten al brillo lunar unas pocas estrellas. La noche siempre posa más bella sobre esos tejados. La luna, gentil, sin escándalo, proyecta dos sombras desnudas sobre las sábanas revueltas, mientras las miradas, rozándose, intentan en vano aprehender la inmensidad del escenario. Lo único que se mueve es el planeta. Hasta el tiempo parece haber detenido su paso riguroso.

Horas después, meses más tarde, lee un libro en la plaza, buscando la calidez oblicua del sol que empieza a calentar la piedra de los bancos. La languidez de la luz primaveral emociona con su tenue aroma a rosas, con su color de ilusión perecedera, fugaz. Viejos cansados y mendigos sin reloj miran el mundo pero, avisados, no muestran el más mínimo asombro. Pronto llegará la hora de ese beso que no explicará nada, que lo explicará todo. Cierra el libro, camina sin prisa por la acera contraria a la de los dioses, tomando un camino único, privado, irreal. No huye de nada, marcha hacia esa joya perfecta y esquiva que es la felicidad.

Horas más tarde, años después, en la oscuridad de un polígono industrial, avanzada la noche y sentado en la parada del autobús, abraza el talle de la mujer que de pie, desde arriba, lo mira, como si al soltar ese talle fuera a despeñarse en un abismo. ¡Qué inerme el amor! ¡Qué expuesta la noche a tantas noches, a tantos días! ¡Qué imperiosa la necesidad de esa mano que se pierde en su pelo! ¡Qué insistente, qué ancestral desamparo!

Pero allí siempre el mundo, aguardándolo en todas las esquinas…

martes, 7 de mayo de 2013

Gabriel

Su vecina Antoñita lo llevaba del brazo por la comisaría, apiadada del pobre diablo. Se asomaron a un despacho abierto, en el que un policía tecleaba pesadamente con los índices. El hombre apenas levantó la mirada para indicarles la dirección del mostrador de información. Tardaron otro rato en encontrar la máquina que imprimía el número de la vez, y esperaron a que saliese el veintiocho en aquella pantallita tan coqueta.

El funcionario, un tipo fornido y resuelto, lanzó a Gabriel una ojeada entre la compasión y el asco, y luego de escuchar a Antoñita, les aconsejó que acudieran al Servicio de Atención a la Violencia Doméstica, porque en la comisaria sólo atendían cuestiones de cierta gravedad. Que allí podrían arreglarle el problema sin llegar a mayores.

Tomaron un autobús hacia el centro de la ciudad. Llegaron a una casa señorial, con patio y fuente y con un cartel en la puerta que rezaba: Instituto Regional de la Mujer. Dentro, una mujer de pelo corto y ropa de diseño les mostró la sala donde los atenderían.

Antoñita tuvo que rectificar a la mujer que los sentó a este lado de la mesa, una señora de unos cuarenta años, cargada de abalorios, muy pintada: “perdone, pero no soy yo a la que le pegan, es él al que le pega su mujer”. La señora, acomodada en su elegante sillón de cuero, dio un respingo y miró por encima de las gafas a Gabriel. Gabriel bajó la mirada…

― Y usted, ¿por qué deja que le pegue su mujer?

― Yo es que… ―contestó Gabriel farfullando― A mí es que no me gustan las peleas. Ella no es mala, de veras, sólo que tiene un carácter fuerte…

violencia― Le zurra de lo lindo ―intervino Antoñita―, y un día le va a dar un mal golpe y… Los vecinos sabemos lo que pasa, y eso que este pobre hombre, por no molestar, no dice ni pío, ni grita cuando le pega…

― ¿Usted le pega a ella?

― ¡Él que le va a pegar! ―de nuevo Antoñita―. Le sacaría los hígados…

La señora, resoplando, se echó hacia atrás sobre el mullido respaldo del sillón y dejó caer las gafas sobre su pecho, suspendidas por un cordón brillante. Que la perdonaran pero aquello no era normal. Allí solían atender a mujeres maltratadas, y la verdad, un hombre, en una sociedad tan patriarcal… Un hombre disponía de muchos instrumentos de defensa. No veía claro el desamparo, así que con gestos burocráticos remitió a la pareja a una de las abogadas del Instituto, por si ella podía valorar jurídicamente el asunto.

La abogada era una chica recién salida de la universidad. No tenía mucha experiencia, pero había estudiado duro en la facultad, y llevaba ya unos meses empapándose de toda la legislación necesaria para saberlo todo sobre su trabajo. Cuando Antoñita acabó de contar por tercera vez la historia, Gabriel tocó su brazo y le dijo:

― Vamos a llegar tarde… Tengo que estar en casa a la hora de siempre… Espero que no me llame al trabajo, porque me matará si…

El rostro de la abogada mostraba una sincera tristeza. Aquel hombre parecía tan indefenso, descarnado, vestido con descuido, con aquella voz que apenas le salía del cuerpo…

― ¿Cuántas veces le ha pegado su mujer?

― Ella trabaja en un gimnasio, le gusta mucho el ejercicio… estar en forma…

― Sí, pero dígame cuántas veces le ha pegado.

violencia-domestica

Antoñita pretendió intervenir pero la abogada le hizo un gesto autoritario para que dejara hablar a Gabriel.

― Bueno… Me pega algunas veces, cuando pierde la paciencia… Yo soy muy torpe, no me salen bien las cosas. Aunque tengo la casa limpia como a ella le gusta. A veces viene un poco más alegre y me abraza y me dice que soy su perrito fiel… ―Gabriel se sacó una tenue sonrisa de algún sitio.

― ¿Tienen hijos?

― No, ella no quiso nunca tener hijos…

― ¿Alguna familia?

― Tengo una hermana que vive en Bilbao, hace muchísimo que no nos vemos. No sé cómo localizarla… Bueno, y Antoñita que es como una hermana…

― ¿Usted trabaja, Gabriel?

― Sí, soy conserje en un centro de salud. Hoy me hicieron el favor de darme unas horas para venir…

― Un día lo va a matar de un mal golpe ―volvió a intervenir Antoñita.

Violencia_de_genero_3511-290x290La abogada les habló de la ley. Les dijo que al ser un hombre cualquier acto violento no grave que sufriera por parte de su mujer sería considerado como una falta administrativa. Que si la denunciaba le pondrían a ella una multa y que los mandarían de nuevo para casa. En el mejor de los casos, y cuando denunciara unas cuantas veces seguidas, algún juez podría establecer medidas provisionales de alejamiento…

― No, por favor, si ella se entera... ―la interrumpió Gabriel con ansiedad.

― Lo mata, ya le digo yo que lo mata ―añadió Antoñita.

La abogada les aseguró que no tenían otra opción: debían denunciar. Y si la policía volvía a derivarlos allí, que insistieran en que querían poner una denuncia…

― Pero yo sé que a una vecina, la Patro, la ayudaron y la protegieron del marido, que le pegaba a ella y a los niños…

― Bueno, en ese caso la ley dice que toda violencia es un delito, y los jueces no quieren salir en los periódicos. Afortunadamente, en esos casos tenemos la posibilidad de usar algunos medios más tajantes… De veras que siento no poder serles de más ayuda. Pero haga eso, Gabriel, denuncie a su mujer cada vez que le ponga la mano encima…

Antoñita miró a Gabriel y Gabriel a Antoñita. Se levantaron lentamente y dieron las gracias a la abogada, que les dedicó una sonrisa insegura.

Al salir, en un pasillo, se cruzaron con la mujer de los abalorios. Ésta, al pasar, se dirigió a Gabriel:

― Venga, hombre, échele usted valor. Que no se diga…

viernes, 5 de octubre de 2012

El hechizo de la sencillez

A gato y ratón

En el autobús, delante de mí, ocupaban dos asientos preferentes un hombre mayor y una niña de unos seis o siete años, delgada, con largos rizos en su cabello brillante y oscuro, y el flequillo recogido con una hermosa flor de tela. Su cara delicada y sus gestos, bajando la mirada con frecuencia, denotaban timidez. Vestida con su uniforme de colegio, mantenía su mochila de ruedas al lado del asiento. El hombre, enfrente de ella, leía uno de esos periódicos gratuitos.

Repentinamente el hombre bajó el periódico, se inclinó sobre la niña y le dijo con voz poderosa:

― Nena, ya me has dado dos pataditas, y quiero cumplir otros ochenta años.

Y volvió a su periódico. La niña bajó una vez más la mirada, mientras la alegría que bañaba su semblante se diluía con rapidez, como se apaga una última luz. Los dedos de sus manos se removían sin saber dónde descansar, porque se sabía observada por los muchos pasajeros que llenábamos el autobús. Sonreí y crucé mi sonrisa con la de una mujer que también observaba la escena. Entonces miré desde arriba al anciano y pensé en el contraste entre la inocencia de la chiquilla y la oxidada irritación del hombre. Justo cuando empezaba a sentir antipatía por él, el viejo apartó otra vez el periódico y se dirigió a la niña con un tono algo más suave:

― Pero no te enfades, ¿vale? ―los ojos de la niña ocultos tras los párpados, fijos en el suelo―. ¿Te has enfadado? No, ¿verdad que no te has enfadado?

La chiquilla alzó la mirada un instante, en una muestra sutil de educación, y movió la cabeza para negar que se hubiera enfadado. Apenas los párpados volvieron a cubrir sus ojos, la niña se levantó, tomó su mochila y tiró de ella hacia el fondo del autobús. Allí su madre, de pie, cuidaba de dos pequeños que se removían sentados uno al lado del otro. La madre le dijo algo mientras ella se inclinaba sobre uno de los niños y le daba un leve beso en el pelo, un beso que la ayudara tal vez a disolver aquel sinsabor y regresar al hechizo de la sencillez…

sábado, 2 de junio de 2012

Apología de lo vertical

[Nuevas reflexiones del vagabundo Tani Curiel.
Poemas del desperdicio: I, II, III, IV y V]

Apología de lo verticalSólo cuando los seres humanos hubimos conseguido la verticalidad quisimos llamarnos Sapiens, y curiosamente fue entonces cuando comenzamos a buscar la horizontalidad en nuestras vidas: con el progreso, la evolución, la historia, nos sometimos a una creciente fugacidad del presente.

Probablemente, para los seres primitivos el presente lo era todo; se vivía rabiosamente el instante, y todos los problemas se resolvían siempre en función de lo actual, de lo inmediato, del deseo, del instinto, de la intuición. Cada instante era la vida y no había vida fuera del instante; no existían ni el pasado ni el futuro.

Luego, con la consciencia y el deseo de sustraernos a la violencia natural de las cosas, de no depender de la suerte, comenzamos a abandonar el presente para aprender del pasado y esperar el futuro. En un primer momento todo fue hasta cierto punto natural, porque aún mirábamos atrás y adelante con la intención de mejorar el presente, pero con el tiempo nos fuimos alejando de la actualidad para vivir de nuestros propósitos y nuestros recuerdos.

Se ha repetido demasiado la obviedad de que ni pasado ni futuro existen, tanto que apenas pensamos ya en ella. Las ideas del pasado y el futuro existen, no cabe duda, pero lo que vivo no está ni atrás ni adelante, sino en este justo momento en el que hablo. Lo cierto es que la horizontalidad del tiempo nos ha alejado del instante, nos ha sustraído de la intensidad del momento, convencidos, en bien de no sé qué designios sociales, de que la dimensión vertical de nuestras vidas no existe, de que el ahora es un punto fugaz e inasible, que de nada vale preocuparse por él.

Si uno observa su pasado, por joven que sea, cree ver un escenario inmenso, cuyo horizonte se pierde en las imperfecciones de nuestra memoria. Si observamos el futuro, todos creemos vislumbrar, optimistas, un largo camino lleno de… lleno de instantes (que probablemente serán sacrificados en nombre del futuro), una extensa promesa de vida. En cambio, cuando miramos el presente, consista en un instante, en una hora, en un día, en esta semana en la que andamos, creemos notar que es un lapso de tiempo efímero y esquivo, y por tanto mucho menos interesante que ese futuro prometedor o incluso que ese pasado lleno de añoradas experiencias.

Todo, por supuesto, depende de la profundidad y la altura que queramos otorgarle al presente, de la intensidad con la que queramos vivirlo, del detenimiento y la falta de prisas (la prisa adelgaza el presente), y de la libertad que conservemos frente a la tiranía de nuestras lecciones pasadas y a la atracción de nuestros deseos diferidos. Vivir el espacio vertical infinito del instante: habilidad que perdimos y que en raras ocasiones recuperamos, quizá sólo cuando la hartura de lo cotidiano, la infelicidad de la razón y la grisura de lo prescrito nos empujan a la transgresión. Elevar sobre nuestro paso marcial extraños e inimaginables universos verticales cuasi infinitos, tal vez ése sea el único atajo que nos queda hacia la felicidad…

lunes, 28 de noviembre de 2011

Fausto Magallanes

Fausto, a pesar de haber vendido muchísimos libros, se había mantenido fiel a su costumbre de escribir por puro gusto. Nunca se habría permitido un libro orientado a las ventas. No obstante, las circunstancias y la suerte habían permitido que, desde hacía más de veinte años, Fausto Magallanes fuera uno de los pocos escritores que podía permitirse vivir de la literatura. Por eso nada extrañó el revuelo levantado cuando, a sus sesenta y tantos años, declaró a una periodista, que a la sazón lo entrevistaba para el periódico con más tirada del país, que se había separado. Pero el hecho de haberse separado tras haber vivido con su mujer durante treinta largos años, y de haber tenido dos hijos con ella, no habría sido suficiente para causar tanto alboroto. Fausto llevaba viviendo unos meses con una chica de veintiséis años.

Reservado como era con su vida privada, aunque sin dar a la cuestión más importancia, no ofreció más datos sobre el asunto, ni la periodista, que lo interrogaba fundamentalmente sobre la influencia de su obra en la literatura patria y en la situación actual de la misma, preguntó nada más sobre el tema. Así que el mismo domingo que se publicó el artículo en el suplemento cultural del periódico se desataron las especulaciones. En pocos días medio país había opinado sobre el asunto. El desaliño encantador de aquel hombre que, a pesar de mantenerse en muy buena forma física, no se entretenía en ocultar los venerables signos de la edad, aumentaba de algún modo el asombro de lectores y espectadores, porque en cuestión de días el asunto había pasado a la televisión, y se debatía en las tertulias, en las serias y en las frívolas, e incluso algunas editoriales de prestigio se hicieron eco de la noticia, relacionándola incluso con la coyuntura económica del país.

Karmele-marchante Hubo opiniones de todos los tipos. Los primeros que investigaron el asunto, por supuesto, fueron los de la prensa rosa, que pronto encontraron fotos de la joven compañera de Fausto, e indagaron en su vida, convirtiendo la escasez de datos sobre ella en una biografía de penalidades, heroicidades y bajezas suficientes como para llenar un centenar de capítulos de telenovela. El atuendo bastante discreto de la “novia afortunada” no sólo fue repasado íntegramente, sino que varias marcas populares de ropa inauguraron una línea a la que llamaron Magallane’s, que pronto comenzó a arrasar entre las jóvenes de todo el país. En las tertulias del corazón había de todo, gente arrobada con el idilio que suspiraba invocando la fuerza invencible del amor, y otros que, comidos por la envidia, usaban las peores palabras para referirse a Fausto y su compañera.

Curiosamente, después de publicarse las primeras fotos de la pareja, todos se preguntaron cómo aquel hombre, que gracias a su celebridad podría haber elegido a un guayabo de categoría, se había conformado con una chica muy linda, pero para cristianoronaldonada exuberante. Aun así, algunas conocidas figuras futbolísticas, que gozaban de una fabulosa precisión con el cuero y una absoluta incompetencia en la comunicación oral más sencilla, regalaron los oídos de sus miles de admiradores con expresiones como las de “¡Faustoooo, machoteeeee!”, o aquella otra que, en cuanto alguien sacaba el tema, también se hizo muy popular en los corrillos de los estadios: “¡Qué semental el jodido Fausto!”. Y no es que en los estadios Fausto Magallanes tuviera muchos lectores, pero la noticia había ya trascendido los estrechos límites literarios.

Curiosa fue la magnitud que el hecho adquirió entre los propios intelectuales, en las secciones de crítica literaria, en los cenáculos de la profesión de los que Fausto huía como de la peste. Las envidias más exasperadas surgieron entonces en opiniones que siempre comenzaban con una declaración de respeto por la vida privada de los demás, y que seguían luego con un “sin embargo…”. ¿Cómo un señor tan respetable se había podido embarcar en una aventura de muñecas, deshaciendo toda una reputación y una seriedad de lustros? Otros se preguntaban cómo influiría aquella locura en la calidad de las obras de Magallanes, augurando una simplificación inevitable de sus libros.

Tampoco en el terreno científico faltaron aquellos que interpretaron el hecho desde los más variados puntos de vista. Hubo psicólogos que hablaron de regresiones peligrosas, endocrinólogos que aprovecharon para enunciar novísimas tesis sobre la segregación anormal de determinadas Punset hormonas asociadas con la edad, e incluso gerontólogos que atribuyeron a nuestro amigo un reguero de disfunciones propias de una vejez que, a decir verdad, y para disgusto de los investigadores, no se le notaba demasiado al bueno de Fausto.

A pesar del debate nacional y de que muchos periodistas sin entrañas se lanzaron a indagar en la vida de nuestra pareja, nadie llegó a saber demasiado sobre Fausto Magallanes, ni sobre su vida anterior ni sobre la actual. Aun así, todo el mundo daba su opinión, aseverando con convicción sobre este o mariano-rajoyaquel aspecto del asunto. Cierta líder feminista, jaleada por alguna eminente magistrada conservadora, fue la que más destacó en sus descalificaciones. “Es el típico caso”, dijo, “el varón dominante que se aprovecha del trabajo silencioso de una mujer durante muchos años, y que cuando la nota envejecida la cambia por otra nueva”.

Ni Fausto ni su compañera contestaron a ninguno de estos despropósitos; en ningún caso creyeron conveniente desmontar ni los insultos ni las frivolidades, ni las teorías científicas ni los disparates literarios. Sólo una vez, cuando la atención pública ya se había desviado del caso Magallanes, gracias a cierto escándalo que conmocionó al país durante meses, a saber, la larga lista de políticos implicados en un trama de importación de calzoncillos de imitación (entonces era el de los calzoncillos de marca un negocio redondo), sólo una vez, digo, Fausto soltó en otra pequeña entrevista un dato sobre aquel idilio. El periodista, sin previo aviso, saltándose el guión previsto, espetó a Fausto:

— Dígame, Señor Magallanes, ¿qué vio en una chica tan joven para vivir con ella?

Fausto sonrió, miró hacia ningún sitio durante un instante, y luego contestó:

— Me hace reír, Noelia me hace reír…

Nadie entendió muy bien qué quiso decir Fausto, pero el país, afortunadamente, no estaba para adivinanzas, inundado como andaba de calzoncillos falsos…

sábado, 28 de mayo de 2011

Luna triste



El pub ya no existe, y aunque en estos años otros negocios han intentado prosperar en el local, ahora permanece ahí, cerrado, rodeado de lejanos ecos de jazz y amor, como una abandonada y ruinosa fábrica de sueños. Era estrecho y profundo, y latía siempre en una acogedora atmósfera de tabaco y voces. Al entrar había un pequeño escenario a la izquierda, y a la derecha una larga barra que llegaba hasta el fondo del local. Aquel día avanzamos hasta el final, buscando hueco para pedir las copas, pero su voz me había atrapado al entrar, incluso antes de verla. Era delgada y sutil, y lo que primero advertí en ella fue su pelo oscuro y sencillo, los rizos morenos que caían en suave desorden sobre sus hombros, y entre ellos, entrevista, su carita delicada como una estrella. Cantaba temas de Jobim, con una voz que competía aventajada con la de Maria Creuza.

Pronto mis acompañantes charlaban animadamente, acercándose mucho al oído de los demás para sortear el ruido ambiente. Yo, sin embargo, me había quedado paralizado mirándola, observando aquellos movimientos blandos y sensuales que se acompasaban con una voz que me llegaba más y más fascinante. Un montón de cabezas me separaban de ella, pero de pronto creí que me miraba. Cantaba, movía su cuerpo grácil y su pelo se mecía enmarcando su rostro de ángel, pero sus ojos miraban fijos hacia donde yo estaba. A mis espaldas sólo quedaban mis amigos, que departían entre ellos sin atender demasiado a la música, así que comencé a sentir ese cosquilleo típico de las aventuras. No obstante, pronto quise ser razonable y me pregunté por qué iba a fijarse un ser hermoso como aquel en un tipo vulgar como yo. Y así fue como caí en algo obvio que el afán de aventuras me había ocultado: la chica podía estar mirando a cualquiera de las decenas de personas que había entre ella y yo, algo que ahora consideraba muy probable.

Uno de mis acompañantes llamó mi atención y por un instante me incorporé a la conversación. Al volver a la música, allí estaba ella, su cuerpo en un vaivén elegante y sus ojos clavados en mi dirección. Tracé entonces una recta entre sus pupilas y las mías, y en un escorzo de la imaginación intenté comprobar si coincidía con la trayectoria de su mirada. Imaginé las líneas proyectadas entre el humo y uniéndonos en un sueño inesperado, y espoleado por alguna forma de ilusión me sentía capaz de calcular las tres dimensiones de aquella mirada, y todos los datos me confirmaban que su destino eran mis ojos, mis ojos asombrados.

Pasaron varias canciones y el corazón me latía inusualmente acelerado, hasta que al final de uno de los temas los músicos se levantaron y agradecieron los aplausos, anunciando el final del concierto. La chica saludó al público con una sonrisa irrepetible, bajó de la tarima y se dirigió justamente hacia donde yo permanecía como una estatua. La vi zigzagueando entre la gente, aproximándose a mí como lo hubiera hecho un tornado. No estaba ya a más de un metro cuando abrazó al tipo que se apoyaba en la barra justo delante de mí. Todo fue instantáneo: comprenderlo todo, mi decepción, esa decepción de los soñadores que es a la vez sensación de ridículo y arrepentimiento, y también aquellos ojos, los ojos de la chica. Tras besar a su pareja la abrazó largamente, apoyando la barbilla en su hombro, mientras sus ojos siguieron mirándome decididos durante una eternidad, en una mirada de mundos fabulosos, con un mirar cálido y rabioso, sus ojos que eran las propias puertas de la felicidad. Justo entonces mi gente ya había decidido tomar algo en otro sitio, las copas estaban pagadas y tiraron inmediatamente de mí hacia la calle. Hacía una noche fresca y acogedora.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Gusanitos

Debió ser eso, pero a ver cómo indagar en el pasado, cómo seguir el hilo de esas sensaciones antiguas que de pronto encuentran la grieta por donde brotar a la superficie, como un magma delicioso de amor. Recuerdo perfectamente que la escena de los polvos efervescentes me cautivó, que gestó sueños en aquella mente juvenil que leía libros como quien busca tesoros. El niño del tambor de hojalata, Óscar Matzerath, aquel Peter Pan terrenal que se negó a crecer a sus correspondientes tres años en la ciudad libre de Danzig, luego denominada Gdansk, aun siendo ya un joven por edad e inteligencia mantenía el cuerpecito delicado de un chiquillo de tres años. Fue tal vez por eso que su María Truczinski, luego Matzerath al casarse con el supuesto padre de Óscar, sintió unos deseos incomprensibles pero inevitables de jugar con el niño una y otra vez. El diablillo dejaba caer los polvos efervescentes en el hueco que la muchacha formaba con la palma de su mano, y luego, para que funcionaran, dejaba caer su saliva inocente, lamiendo seguidamente el chisporroteante mejunje hasta despertar en María humedades luminosas. De este juego, que prodigaron en casa, en las casetas junto al mar, donde María se desnudaba ante él, e incluso en la misma playa, acabó gestándose en María el hijo de Óscar, Kurt, que rezó luego como hijo de su abuelo, el falso padre de Óscar.

gusanitos Pero los parentescos son lo de menos. Ese polvo efervescente chisporroteó en mi interior hace muchos años, y engendró deseos que vinieron tal vez a materializarse en parte con los gusanitos. Sí, una simple bolsa de gusanitos, en un mirador donde el viento marino subía muchos metros para helarnos los huesos, y quizá por eso nos resguardamos del frío en el coche, sin quitar ojo de aquella franja prodigiosa de agua y viento. Reíamos, reíamos constantemente. Teníamos hambre, pero comeríamos luego, más tarde; ahora engañaríamos al hambre con esta bolsa de gusanitos. Y entonces fue cuando los gusanitos comenzaron a ir y venir de su boca a la mía, y empezaron a empujarnos, a tirar de nosotros para que inventásemos besos adecuados a sus deseos de ir y venir. Algunos obstinadamente secos, otros mojados por la risa, aquel que iba y venía sin acabar nunca de ir y venir, hasta el punto de que su risa y la mía parecían querer fundirse en un beso definitivo. Aquella bolsa de chucherías encendió unas luces pequeñitas multicolores por todo su cuerpo, e impartió un curso acelerado de ternura a mis manos que, a la luz del día, habían permanecido quietas, remisas… Sólo con el último gusanito conseguimos cerrar los ojos mientras éste se deshacía aquí y allí en un beso tenaz, perseverante, aunque también visionario, incluso podríamos decir que agorero, porque en el mundo que se abría ante ambos cuando los dos cerramos los ojos se aparecía el futuro, ese enemigo mortal de cualquier presente. Por suerte, al abrir los ojos, su sonrisa obstinada de ángel y el sabor que dejaron aquellos gusanitos me trajeron de nuevo al presente, del que ya nunca querré partir.

Mirador

domingo, 6 de septiembre de 2009

Duermevela

Fue hace dos noches cuando mi amigo nos contó su sueño. Cenábamos alegremente en un restaurante, reíamos y bromeábamos con la comida, y no recuerdo bien el comentario que súbitamente lo detuvo y lo impulsó a contarnos su sueño. Tal vez lo había olvidado al despertar, y justo entonces, entre risas, había aparecido de nuevo. El modo veraz y detallado en el que hizo el relato de aquel sueño indicaba cuánto lo había afectado.

Mi amigo conducía su coche; ahora juraría que era de noche, y que las calles estaban bien iluminadas y concurridas. En cierto momento pensó en aparcar, pero mientras se acercaba al hueco donde pensaba dejar el coche observó que el movimiento de las personas que caminaban por la calle era un movimiento excesivamente rígido, como si todas aquellas figuras deambularan sonámbulas. Aún más, descubrió que eran figuras oscuras, todas de un mismo y tenebroso negror.

Entre las figuras, una se acercó resueltamente hacia él. Era un niño de unos doce años, y en brazos llevaba a un bebé. La inocencia de los niños contrastaba con la mirada insensible y la determinación con la que el niño se le acercaba. Sintió un escalofrío y entonces estuvo seguro de que aquellas figuras lo miraban, y que esperaban que abriese la puerta del coche para introducirse en él. Arrancó el automóvil pero al poco algo lo hizo girar la cabeza. En el asiento trasero estaba el niño con el bebé en brazos, observándolo fijamente con una mirada helada y terrible.

De alguna forma estaba ya en su casa. Trataba de dormir, pero en cierto momento despertó con la certeza de que había alguien sentado en su cama. Sabía con certeza que era uno de ellos, pero aunque ahora veía la escena desde arriba, desde fuera de la cama, él seguía realmente acostado, incapaz de moverse, aterrorizado pero sin ninguna capacidad de reacción. Las figuras negras cruzaban por los pasillos de su apartamento. La puerta del apartamento estaba abierta, y enfrente, la del apartamento de su madre también lo estaba. Por eso pudo ver cómo una de esas figuras cruzaba por el recibidor, y entonces su terror se mezcló con el deseo de salvar a su madre. Corrió y la llamó a gritos, mientras veía figuras que se ocultaban sólo a medias de él…

El sueño no siguió. Yo, con la piel erizada y aún estremecido por el relato, comenté que de pequeño, y aún hoy, si al acostarme tengo alguna mano fuera del borde de la cama, y me da por fantasear sobre seres lúgubres y monstruosos, llega un momento en que recojo la mano. Alguien comentó entonces que, al acostarse solo, invariablemente miraba debajo de la cama antes de dormir.

Hace unos instantes que me he despertado. Escribo esto aún en el duermevela que sigue a un sueño agitado. Imagino que sólo podré recordar la punta del iceberg. Yo estaba con un grupo de amigas en una casa antigua de pueblo. Rebuscaba entre una pila de casetes para poner algo de música. La casa estaba muy desordenada, con indicios de que llevábamos allí varios días. Alguien había mencionado una leyenda de aquel pueblecito, de la que yo me había reído silenciosamente mientras buscaba el casete adecuado. La música no debía ser demasiado estridente (poca gente distingue el ruido de la música enérgica) y capaz de abrirse paso en aquel guirigay de risas y voces. Alguien había referido el temor de los aldeanos a una mujer de vestido largo y oscuro que se aparecía blandiendo una gran espada. Cuando la oí pensé en tantas otras leyendas que todos conocemos, en esa novia que se aparece por las noches en la cuneta en la que, el día de su boda, perdió la vida por un accidente; o en las almas en pena que vagan por los alrededores de los pueblos, buscando a alguien que las salve de su eterna condena…

Salí a la calle. Atardecía. Por algún motivo yo blandía un gran rotulador con el escribí en el suelo algunas palabras, seguramente dedicadas a alguna de mis amigas. La casa daba a la plaza del pueblo, y junto a ella estaba la fachada de una modesta iglesia. Yo me alejé hacia el lateral opuesto de la plaza, y desde allí, mientras arrastraba el gran rotulador sobre el suelo, algo me hizo detenerme. Miré hacia atrás y a unos veinte metros la vi. Llevaba un vestido largo de época, muy ceñido en la cintura y de faldas amplias. Su cabello estaba pulcramente recogido en dos pequeños moños a cada lado de la cabeza. Podría medir casi dos metros, y en sus brazos blandía la espada, una enorme espada que me apuntaba mientras la mujer caminaba resuelta hacia mí. Su figura era rígida y oscura, recortada en el avanzado crepúsculo junto a la torre de la iglesia. Sus zancadas me parecieron espectrales, sólidas y formidables, pero todo esto lo observé en un instante, porque el terror se apresó de mí inmediatamente. Aunque sabía que mi única salvación era correr, dudé un segundo, incapaz de moverme, y tuve tiempo de pensar en la curiosa e interesada parálisis que invade a todos los protagonistas de las películas de terror. Ahora yo sabía que era real, que ocurría así, que cuando más lo necesitabas no podías dar un paso. De todos modos, conseguí moverme y, tras lanzar el rotulador hacia atrás pensando absurdamente que eso quizás la detendría, corrí saliendo de la plaza y doblando una esquina que ocultaba por un instante al monstruo. Al doblar la esquina me topé con dos mujeres del pueblo que caminaban hacia mí. Grité que venía, que la mujer venía, y las lugareñas se volvieron y escaparon como alma que lleva el diablo. Giraron en la primera calle y desaparecieron en la creciente oscuridad. Sabía que no tenía escapatoria, que la mujer oscura me alcanzaría… y así me he despertado, agitado, sobrecogido aún por la visión de aquel engendro, temeroso de cerrar de nuevo los ojos, porque al abrirlos esperaba que estuviese de nuevo ahí, de pie ante mi cama, con la espada a punto de caer sobre mí.

Sólo en este duermevela era posible describir mi terror, sólo en este duermevela la realidad de mi sueño tenía algún sentido, antes de que el día se imponga con su deslumbrante eficacia, y que con su tiránica autenticidad trate de borrar de mi piel el terror de esa figura...

sábado, 29 de agosto de 2009

Los juegos del tiempo

El bote se balancea suave y con agrado sobre las ondas perfectas del agua. El bullicio como familiar de las orillas es el color adecuado sobre el que sus risas y las de sus amigos se dibujan y toman contraste. El buen vino rebusca en sus venas cada gramo de alegría, cada centímetro de inspiración, y los ponen en juego en un atardecer que se desliza con elegancia de bailarín hacia el crepúsculo. Su juventud es una manzana brillante, un león distinguido y poderoso, una cumbre diáfana. Choca su copa con la de sus amigos, hombres hambrientos de luz, y entona canciones sobre la tersura oscura de aquellas aguas, sobre la feracidad y la abundancia de aquellos valles, sobre la dicha rotunda y embriagadora de existir.

Entretanto, el otro hombre, muy, muy lejos de allí, la mira un instante de reojo, allá parada junto a la barra, pero en su interior se recrimina porque valora su propio orgullo, porque no necesita temer nada, porque estará a su lado si ella lo desea, y cuando ella no lo desee la perderá. Así pues, se sumerge en la conversación del grupo y en los reflejos del puente sobre el inquieto espejo del río. También estas orillas son bulliciosas, y el pantalán donde toman unas copas se balancea a merced de la inquietud del río. Algunas pequeñas barcas de pedales flotan indolentes y en ellas navegan anhelantes besos, niños sobrados de futuro, parejas melancólicas en las que, lentamente, va introduciéndose la ceniza de la vida. Con los ojos entornados sigue ahora el perímetro del puente, pero no deja de sentirla a su espalda, moviéndose con esa locura maravillosa, inquieta como un animalito, probando siempre los límites de las buenas costumbres. La joven charla con el camarero, apoyada en la barra del pequeño quiosco, mientras él trata de alejarse de allí hacia sí mismo. Un viaje interrumpido pronto por el cuerpo sabroso que acaba de sentarse sobre sus piernas. Ella lo besa, con un beso gratuito y apresurado. Él se siente tan bien: el sabor del bourbon se trenza con el de esa boca de dientecitos pequeños y sabor a tabaco, mientras su mano acaricia, bajo la camiseta de la mujer, una espalda dúctil como el propio río. Algo lo hizo mirar al agua, y entonces, a través de los inescrutables mecanismos de su memoria, lo asaltó aquella frase:

El día declina y se extingue, llega ya la noche para las cosas todas, aun para las mejores. ¡Oíd y ved, hombres superiores, qué demonio es, hombre o mujer, ese espíritu de la melancolía vespertina!

lunes, 17 de agosto de 2009

El amigo Enriqueto

A mi amigo Pichurri, que probablemente nunca leerá esta bobada.

Don EnriquetoCualquiera sabe hoy día que la Amistología es la ciencia que estudia el fenómeno de la amistad y el de sus entresijos, y que Don Enriqueto Locuaz Rodríguez del Rinconcillo fue su fundador. No obstante, pocos conocen las vicisitudes que compusieron la vida de este sabio.

Nacido Don Enriqueto en la noble villa de Gatillar de Arriba, sintió pronto en su interior el inquieto gusanillo del estudio, pero observando que casi todas las disciplinas cuya investigación consideraba se encontraban en un alto grado de desarrollo, al menos hasta extremos que se le hacían difíciles de remontar, resolvió tratar una materia nueva y muy querida, de cuyo estudio, además, se constituiría en padre y pionero. Y fue así como vino a desarrollar los axiomas de la Amistología.

Don Enriqueto, en privado, solía presumir de las muchas relaciones amistosas que de joven había mantenido, y habiendo observado cuán aceleradamente el número de ellas iba decreciendo en la madurez, se empeñó en extraer conclusiones de tan curioso suceso, lo que de paso le proporcionaría dos beneficios: por un lado descubriría las razones de esa disminución alarmante en el número de sus amistades, y por otro alcanzaría la fama que todo fundador de una ciencia merece.

Así fue como, con denuedo científico y coraje aventurero, a finales de un mes de noviembre pudo apuntar su primera Ley, la llamada Ley Fundamental de la Amistología: sobre la base de que en el ser humano los humores amistófilos máximos se alcanzan a la edad de 8 años, humores alojados en la región posteroinferointerna del cerebro y responsables fundamentales de la cantidad de amistad que rodea a cualquiera, se comprueba que el incremento o decremento de amistad (ΔA) es proporcional a ΔE, que representa el aumento o decremento en el tiempo (t) del volumen de los humores amistófilos, aunque con las siguientes correcciones apuntadas en esta fórmula:

Fórmula amistad en la que α representa la distancia media a los domicilios de todos los amigos, n el número de libros prestados entre ellos, y H la mediana de sus edades.

Don Enriqueto no pudo menos que revolucionar los ambientes eruditos de su época con esta primera aserción sobre el espinoso tema de la amistad. Tras este primer hallazgo, seguiría asombrando a amigos y enemigos con otras leyes como la de La discordia inherente a la amistad, o aquella tan polémica Ley de la bendita soledad, en las que nuestro ilustre científico exploraba los detalles matemáticos de los riesgos que comporta la amistad, de las artimañas más usuales e irrespetuosas esgrimidas por los mejores amigos, y de las soluciones que cualquier pobre hombre puede encontrar a la disminución alarmante de gente en la que confiar.

Don Enriqueto murió solo, abandonado por su mujer que, de un modo patentemente injusto e incomprensible, declaró poco antes de la muerte de su ex marido: "No lo aguantaba, era insoportablemente vanidoso e infantil". Todos sus amigos fueron en apariencia felices, aunque se dice que él murió con una gran sonrisa en los labios. Sea como fuere, la ciencia debe a este gran hombre un recuerdo cuando menos amistoso.

lunes, 10 de agosto de 2009

Minuencia administrativa: La Señora Frog

La Señora Frog, entrada en los sesenta, con sus pasitos ínfimos, livianos, y envuelta en una nube de tics, se desliza por la escalera camino de la planta sótano. En el almacén encuentra a un hombre despeinado que, abstraído tras un mostrador y rodeado de cajas de varios tamaños, anota en maltratados albaranes unos garabatos ilegibles. La Señora Frog, jefe de la sección administrativa del área, se detiene entonces ante el mostrador y hace ademán de ponerse las gafitas doradas que cuelgan de su cuello, pero las vuelve a dejar caer sobre el pecho y comienza:

— ¿No? Buenos días. El escrito... Sí, verá. Las bandejas, si puede… ¿Las tiene azules?

El hombre despeinado, rollizo y sudoroso, calvo a rachas y con algunos rizos colgando sobre su frente, se vuelve hacia un muchacho que, a sus órdenes, cansina y ruidosamente, se desplaza de aquí para allá con bolsas y objetos que deja caer sin cuidado sobre las cajas.

— ¡Quique, coño, ¿vienen esos almanaques o qué?! —ruge el individuo, y luego, tras terminar de escribir sus garabatos en el albarán e inclinándose sobre la pila desordenada de papeles, mira por fin a la Señora Frog—. A ver, ¿qué quiere?

— Sí, bien —otra vez el amago de las gafas, con el cuello erecto y pequeños espasmos perfectamente sincronizados con su mirada imprecisa—, es que les enviamos a principios de mes un pedido, y era por si las bandejas podían ser azules —suena ahora una risita turbia—, porque el amarillo...

— ¿Qué bandejas?

frog4 El rostro de la Señora Frog parece hacerse mayor y más plano en un artificioso gesto de preocupación, y sus diminutos ojillos, muy separados y perdidos en la ancha inmensidad de su cara, se abren al límite. Aunque no hay enfado, el aparente enojo es sólo fruto del apuro que la Señora Frog siente al tener que reiniciar el discurso.

— Que como hicimos un pedido de material de oficina, Rocío decía que dos bandejas, pero menos mal que yo caí en que, además de las entradas y las salidas, podíamos tener una de firmas —el despeinado se arregla los desajustes de la pelambre mientras asiente con su cabeza de estibador—, y... ¿no?

— Vamos, usted quiere decirme que han hecho un pedido de bandejas, y que ahora las bandejas no las quiere amarillas...

— Bueno, pero... Rocío decía que...

— No hay problema, Señora, cogemos el albarán y anotamos el cambio. ¡Quique!

— Sí —interviene indecisa la Señora Frog, sometida a la correspondiente miríada de tics—, ya he entregado un escrito de modificación en el registro, ¿no?, y en cuanto lo firme el interventor...

— ¡Quique, tráete para esta mujer tres bandejas verdes de esas de plástico!

La Señora Frog, con ese balón de pelo frágil, ese casco abultado de laca y aire, se muestra incapaz de llevar hasta el final ninguno de sus tics, a los que se superponen muecas extravagantes e inesperadas. Parece que al fin va a conseguir colocarse los anteojos, unas lentes exiguas que, sin embargo, no tardan en caer de nuevo sobre su pecho. La Señora Frog, artificiosa, casi ficticia, con esa hechura añeja de vieja maniática, enciende de nuevo su mirada y, con voz quebrada por la emoción, dice:

— Pero el escrito de modificación no está firmado, y ahora... ¿No sé si me...? Vamos a hacer una cosa —el hombre despeinado, con la camisa de cuello sucio muy ajustada al torso, la mira boquiabierto—, usted me prepara el pedido, y en cuanto me envíen por correo interno la conformidad del interventor, yo le remito a usted la solicitud, porque ya las fechas no coinciden, y será mejor hacer un nuevo documento para...

— Un momento. ¿Qué número de pedido era?

— ¿El número de pedido? Sí, lo tengo por... —la jefe de sección administrativa revuelve unos papeles y continúa—. Sí, ésta es la conformidad que ya no sirve, y la solicitud interna al director, su respuesta..., el informe preceptivo de necesidades y... Es que debería tener este expediente ordenado pero como nunca... Rocío... Un momento... Sí, la notificación de... No, éste es el estudio previo de... Aquí está: dos, tres, cero, a, veinticinco, efe, zeta, hache, ¿no?

El hombre despeinado trata los albaranes con un desprecio insultante, les dobla las esquinas, mortifica y arruga su superficie, incluso en alguno se advierten manchas grasientas probablemente del desayuno. La Señora Frog da un pasito invisible hacia atrás mientras produce arrítmicos sonidos agudos, ruidos que recuerdan a los chillidos cansados de las tupidas selvas del Amazonas.

Mr__Frog_by_SirSpic— Pero este pedido es de sólo tres bandejas... Señora, esto lo cambiamos sobre la marcha y santas pascuas. Además —hombre resuelto, hombre rudo y enorme—, en el albarán no aparece el color, con lo que no tenga usted cuidado, que ahora mismo se las traemos verdes y asunto terminado.

— Azules, pero es que en la solicitud pusimos amarillas y...

— ¡Quique! ¡Que sean azules! ¡Y date prisa, joder!

— Uy, no... Es que... Así no se debe... Sin el informe... Yo me llevo el expediente, porque... Y sólo era que usted lo supiera para que no le cogiera de... ¿no?

— Nada, nada... No se preocupe de... ¡Eh, oye, pero qué... Dios mío...!

Nadie hubiera creído a Rocío capaz de aquello. Al contrario: dulce, cariñosa y soñadora, tal vez algo triste, trataba siempre de hacer su trabajo con pulcritud y eficacia, aunque todos sabían que sus esfuerzos eran vanos estando al servicio de la Señora Frog. Aun así, tras varios años de trabajo bajo su insensata jefatura, ella nunca había perdido la esperanza de organizar todo aquel desbarajuste. Por eso, todos los compañeros de la planta comprendieron que en ese instante Rocío irrumpiera en el almacén, y que, dejando al despeinado estibador con el mentón descolgado por el asombro, abordara a la Señora Frog. En pocos segundos sepultó su cuchillo más de quince veces en las fláccidas carnes de la mujer, la cual, tras mirar a la pobre Rocío con su cuchillo goteante en la mano, y entre grititos bañados de sangre, consiguió en un supremo y postrer esfuerzo colocarse sus doradas gafas y echar un último y arrobado vistazo al arduo y trascendental expediente de las bandejas.

viernes, 20 de marzo de 2009

Sueños: Reconocerse

[Texto basado en un sueño auténtico de Nhaar y en su propio relato]

Suerte que ayer tomé algunos apuntes, porque si no a saber dónde andaría a estas alturas el sueño, quizá perdido en los recovecos interminables de mi memoria...

Le cuento: estoy en una fiesta, en un bar, no sé, en un local lleno de gente, y en eso aparece un chico que conoce a alguno de los que me acompañan. Nos saluda y a continuación llega más gente, acompañantes del recién llegado, y usted entre ellos.

Debe ser verano porque llevo un vestido muy corto y escotado, y recuerdo ahora este punto porque en el sueño siento mucha vergüenza; no suelo ir así a trabajar, y usted nunca me ha visto fuera del trabajo. Una debe cuidar su reputación, y en el sueño temo perderla por la pura casualidad de verle allí…

El sueño - Picasso El caso es que el chico empieza a presentar a unos y otros, y usted como si nada. Quiero decir que va y me saluda como a cualquiera de los demás, ¡como si no me conociese de nada! Al principio imagino que bromea, o que simplemente disimula. Quizá piensa que vengo acompañada... tal vez. Me divierte su actitud, pero al mismo tiempo me extraña: yo ¡una desconocida para usted! Increíble…

Y como usted lo quiere así, así ocurre; le sigo el juego, y también yo me hago la nueva, a ver... Parece divertido. El caso es que se sienta allí conmigo, y entre miradita y miradita al escote charlamos animadamente de esto y lo otro, y, conociéndolo como lo conozco, lo sé encandilado conmigo, con todo lo que digo. Ay, su cara alucinada... Y yo pasándomelo pipa, deslumbrándolo con mis comentarios y mi frescura.

En otra escena del sueño, uno de nuestros amigos comunes me confirma que usted anda emocionado conmigo, que dice usted no haberse topado nunca con una mujer con la que tiene tanto en común, una mujer que parece conocerlo desde siempre... ¡Y yo sin atreverme a contarle lo bien que lo conozco! No puedo estar segura de que me crea si se lo cuento, entre otras cosas porque ni yo misma puedo dar crédito a lo que está pasando, y porque usted bien podría pensar que todo es un montaje y yo una farsante.

No sé muy bien en qué momento me convenzo de que no disimula, de que realmente no me conoce de nada. Sí, un sueño simpático, y el lujo de una noche sin relojes engarzada en mi sueño…

sábado, 7 de marzo de 2009

Diecisiete

Leyendo a Amado descubrió que, a la ruleta, el número favorito de Vadinho era el diecisiete, y que en él malgastaba los cuartos con indecente facilidad. Fue así como recordó aquella noche de Ajudel.

Recogió a Erín y a los demás en una plaza cercana al domicilio de Rosa, la prima inseparable de Erín. Allá, no lejos del centro de la ciudad, sentados en los veladores de un bar, lo esperaban Ruth y Moonman, muy acaramelados, explotando aquel fin de semana de mentiras y dulzuras. Moonman componía infatigable unos deslucidos collages, presididos invariablemente por la luna, y su apodo era así una mezcla de obsesión e ingobernable vanidad. Ruth, por su parte, producía poesía a una velocidad que sólo era superada por la cándida insuficiencia de sus poemas. Así se habían conocido, ambos casados y con hijos, y tras mantener un largo idilio virtual se habían atrevido a cruzar el país para pasar algún que otro fin de semana de extravío y pecado.

dianaBesó a Erín, saludó a Ruth y a Moonman, y Rosa le presentó a Carlos, un hombre alto y silencioso, de movimientos serenos e inexpresivos. Erín le tomó la mano por debajo de la mesa y le sonrió con esa carita suya de niña hechicera.

Partieron pronto hacia Ajudel, un pueblo insulso de carretera, donde raramente nadie paraba: el lugar perfecto para evitar encuentros indeseables. Consistía apenas en algunas casas apiñadas al borde de la carretera comarcal, un hotel muy modesto y una plaza, también pegada a la carretera, donde bullían por las noches algunos bares.

Una vez alojados, salieron a comer algo en algún local de la plaza. Era una noche tibia y acogedora, y las cervezas de la cena los condujeron luego a un pequeño pub cercano, donde los parroquianos se mezclaban con la juventud de un modo impensable en la ciudad. La entrada de forasteros, pero sobre todo la alegría de Erín que lo besaba y giraba como un torbellino alrededor de su cuerpo, atrajeron pronto la atención de todos aquellos hombres maduros, e incluso de las parejas adolescentes que iban llenando el local.

Moonman deseaba a Erín, no había que ser demasiado avispado para notarlo. Al fin y al cabo, todos andaban pecando de una u otra forma, y ¿por qué razón habría Moonman de contenerse, mucho menos por principios radicalmente desterrados de aquel encuentro? Llevaba unos años de relación con Ruth, aunque sólo se habían encontrado físicamente algunos fines de semana, pero los suficientes como para que en Moonman se hubiese encendido de nuevo el deseo de búsqueda de nuevas experiencias; y Erín era una mujer hermosa, efusiva y liberal, y sobre todo gozaba con la admiración de los hombres.

Bebieron varias copas, y todos fueron perdiendo hasta el último rastro de inhibición. Erín lo abrazaba y lo besaba apasionada, y él se sentía a la vez embriagado y violento, porque el resto de los clientes los miraban con envidioso asombro. ¿Cómo podía él, que no se consideraba para nada un hombre atractivo, tener en sus brazos a una mujer como aquélla, enamorada, rendida, apretada contra sus labios como si fuera a asfixiarse de estar mucho tiempo sin beberlos?

Entonces ocurrió. Alguien, tal vez él mismo, propuso una partida de dardos. Rosa y Carlos se besaban ajenos a los demás, así que hicieron equipos las dos parejas, y entre los vapores del alcohol él supo de inmediato que aquello iba a ser un torneo de machos entre Moonman y él, una forma de demostrarle a una Erín inadvertida quién era el que más la merecía.

La partida avanzó muy igualada. Con una puntería inestable, él lanzaba los dardos entre besos largos e imprudentes de Erín, entre sus caricias desvergonzadas, pero el marcador se mantenía empatado. Erín lanzaba casi sin apuntar, pero la diana no se le resistía. Y llegó el momento. Sólo les restaban treinta y cuatro puntos, y Moonman y Ruth tendrían el siguiente tiro para llevarse la partida. Él trató de recuperar el equilibrio y apuntar, consciente de que la victoria suponía algo más que ganar una simple partida de dardos. Erín entonces lo abrazó, y él sintió cómo su tierno cuerpo se amoldaba al suyo como si ambos fueran las dos mitades de un mismo ser. el-beso-Géricault Erín reía, y cuando él iba a lanzar el dardo, tomándolo por la barbilla, le volvió el rostro hacia el suyo y lo miró con una de esas miradas que venían de lugares demasiado misteriosos como para preguntar por ellos. Lo besó y le soltó la barbilla. Él miró hacia la diana y sin pensarlo un instante más arrojó el dardo que fue a clavarse en el diecisiete. Aún quedaban otros diecisiete puntos. Así pues, tomó el dardo entre sus dedos, levantó el brazo, y esta vez fue él quien la miró a ella, muy serio al principio pero, con el dardo alzado en su mano derecha, no tardó en sonreír, y luego en reír francamente, con una risa que rebosó en los labios de Erín, y mientras la miraba, mientras la besaba y reía, y la abrazaba sabiéndola incomprensiblemente libre y suya a la vez, lanzó a ciegas el dardo, que fue a clavarse en el diecisiete. Erín saltó de alegría, y él la contemplaba como se contempla al agua limpia de un arroyo, que corriendo ladera abajo llevará su sencilla belleza hacia otros parajes, perdiéndose para siempre en los recodos de la vida.

Ahora leía lo de que Vadinho, el desventurado Vadinho, prefería el diecisiete, y recordó aquella noche, y lo que escribió en su cuaderno…

Treinta y cuatro puntos, doble de diecisiete, el ruido, las copas, el desafío, pero sobre todo tú flotando por toda mi superficie como un barquito de vela, loco y divertido, juguetón con las olas de mi deseo. Cojo los tres dardos, pero busco un apoyo de azúcar, una canción para mis dedos y su puntería, y te encuentro a ti, tus hombros como dos nubes, tu espalda que se torna arcilla moldeable y obra de arte, tus brazos que atrás se aferran sobre un hombre perdido y desacostumbrado a tanta alegría. Miro la diana, apunto mis ojos por entre el viento de tu pelo, y a través del clamor de tu cariño vuela la primera flecha hacia su destino. Diecisiete, y tus labios vienen y se derriten incansables en los míos. Con el vigor de tu aliento, con un ojo en la diana, con el otro en tu corazón, parte el segundo dardo lleno de polvo dorado, y sin titubeos se incrusta en el centro del diecisiete y hace estallar la fiesta de tu risa. Y entonces diecisiete abrazos y diecisiete sabores, diecisiete ilusiones suspendidas en el gozo de nuestra victoria, diecisiete roces de mis dedos por tu rostro de fruta, diecisiete eternidades prendidas para alumbrar la fría noche del Tiempo. Te abrazo y el cielo se rompe en mil pedazos.

lunes, 16 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (y III)

hada3 El caballero Seregorn cumplía sus oficios en el propio castillo de Eledhost. Desde su partida de Taur im Duinath nunca, ningún día había dejado de recordar su paso por el bosque, y no sólo por el ejercicio de su voluntad, sino porque cada recodo de cada camino le traía pinceladas de aquellas jornadas mágicas.

Cada mujer hermosa poseía una de las virtudes de Eärfin, ya fuera la tersura de su piel, los ojos grandes y curiosos, el paso grácil o esa sonrisa indescriptible que inundaba de gozo la espesura. Cada voz sonaba en algún momento con el mismo timbre o la misma cadencia que la del hada, y cada olor placentero se transformaba inmediatamente en el de ella, y se podría decir que Seregorn tenía siempre delante un velo con su imagen transparente y primaveral.

Seregorn soñaba con Eärfin, y la encontraba vagando triste por Taur im Duinath, con la dicha de sus poderes convertida en encantada cárcel: un hada prendida por la red del amor. Le envió palabras doradas con ocasionales mensajeros que, a sus órdenes, desviaban su itinerario para pasar por aquel paraje olvidado. Las cartas manuscritas las dejaban aquellos temerosos jinetes en un árbol de sombra que se desparramaba en los lindes del bosque, y que ofrecía numerosos huecos, escondrijos que, cada día, el hada examinaba con ansiedad. En estos mismos agujeros, Eärfin dejaba regalos para Seregorn: enormes pétalos con huellas de labios, jirones de nubes oscuras perfectamente envueltos en telarañas plateadas, pequeños recipientes con diferentes lluvias, y cajas con palabras susurradas que Seregorn podía oír con sólo abrirlas.

Cierta vez, en un caluroso mediodía de verano, Seregorn había bajado al mercado, en las afueras del castillo, entre las casas del pueblo que caían por la ladera donde aquél se alzaba. Admiraba un tenderete de frutas que presentaba piezas lustrosas y llenas de aroma. Las naranjas, las manzanas, los melocotones competían por aportar mayor y mejor fragancia a aquella mediodía de mercado. Como siempre, Seregorn encontró algo que le puso a Eärfin delante, y ahora creyó aspirar como nunca el aroma rumoroso del hada.

Sorprendido, descubrió de espaldas a una mujer que vestía con elegancia, con el pelo rojo recogido desigual sobre su cabeza. Rápidamente, la mujer se alejó por uno de los callejones del mercado. Seregorn quiso creer que era su hada, pero enseguida desechó la descabellada idea y volvió a fijarse en la fruta. Sin embargo, poco a poco algo lo impulsó a seguir a la mujer: primero lentamente, pero luego, al ver que podía perderla entre la muchedumbre y en el laberinto de tiendas y pasajes, aumentó su paso hasta que el caballero corrió desesperado en el total convencimiento de que aquella dama era Eärfin. Al doblar una esquina, por la que poco antes había girado la mujer, Seregorn contempló una calleja profunda y estrecha protegida por toldos, en la que sólo se observaba a la derecha una entrada, abierta y oscura. Seregorn, jadeando, con los ojos deslumbrados por el sol del mediodía, se detuvo ante la abertura negra como un abismo. El silencio se palpaba sobre el rumor lejano del mercado. El caballero se apoyó en las jambas de la puerta e introdujo su cabeza en la casa, pero antes de que sus ojos se acostumbraran a la penumbra interior, sintió unos labios en los suyos. No necesitó nada más para reconocerla. ¡Eärfin estaba allí, su hada!

En una estancia interior, iluminada por una simple antorcha que emitía una extraña luz azul, Eärfin y Seregorn se derritieron mutuamente, y un manantial de deseos antiguos anegó el momento hasta convertirlo en una eternidad única. Hablaron en voz baja, se susurraron historias, minucias sobre sus vidas; bromearon infantiles, se enjugaron uno al otro lágrimas lentas y sustanciosas, se escanciaron como vinos antiguos y saborearon la única verdad que existe: el instante que pasa.

Eärfin, un hada al fin y al cabo, supo aclarar a Seregorn aquel encuentro inesperado. Y así dijo:

— Amor mío, ¿dónde está Taur im Duinath? ¿Dónde dejaste ese bosque húmedo de amor? ¿Lo tienes acaso localizado en los torpes mapas de la región? ¿Cómo apuntaste a los alegres mensajeros que traficaban con nuestros tesoros el camino para hallar semejante paraíso? ¿Acaso no te guiaste por un sueño? ¿Acaso no utilizaste en el destino de tus recados, más que precisas indicaciones geográficas, palabras como intuición, presentimiento, instinto...?

Seregorn miraba a Eärfin intrigado y confuso, y la voz de arroyo del hada siguió serpenteando por la tenue luz de la habitación.

— ¿Acaso creíste, ángel mío, que Taur im Duinath podía ser un bosque más, un mercado, una posibilidad vulgar, un simple trozo de tiempo? Y ¿por ventura redujiste a Eärfin, luz de tus noches, a un ser mágico capturado entre el hechizo envolvente de un reino de cristal y el deseo ansioso de una realidad esquiva?

El caballero quiso hablar, pero Eärfin puso un dedo en sus labios, y siguió diciendo:

— No, amor mío. Es cierto que soy un hada en Taur im Duinath, una poderosa criatura que alumbra veredas y riega de polvo dorado los huecos de los árboles y la cabellera del hombre dulce que ahora me mira. Pero no vivo allá más que cuando Vos estáis, Seregorn, porque vuestro sueño me llama y resucita en mí poderes que sólo pueden ser vuestros. También Eärfin despierta cada día con el sol, y destrenza su realidad hasta la salida de una luna que trae reflejos de nuestro bosque. Taur im Duinath es sólo un sueño... —terminó susurrando la mujer.

— Y nada menos que un sueño —susurró a su vez Seregorn, acercando su rostro al de Eärfin, de forma que sus labios al moverse rozaron los del hada.

— Un sueño imposible... —interpuso ella.

— Los sueños ciertos, los sueños valiosos siempre son imposibles. Seregorn es un ser boscoso e iluminado tan sólo en este sueño vuestro, porque mi jornada está salpicada de miedos y debilidades, de batallas perdidas, de tiempo que se deshace en vacíos tristes, y sólo soy gigante cuando amo. Taur im Duinath es un estallido, una constelación forjada en nuestro cielo con materias de nuestras fuerzas. Es una fiesta de risas puras y un universo donde no caben hábitos ni rutinas, donde no caben nuestros límites.

 hada4 Seregorn hablaba apasionadamente, y Eärfin escuchaba ahora mirándolo a sus ojos nocturnos.

— Nadie puede con la realidad, y el impalpable curso del tiempo, mi niña, agrieta rocas y sepulta civilizaciones enteras. Nada podríamos hacer contra el desgaste de los días. El amor se llama Taur im Duinath. Yo creí que era mi sueño y vuestro reino, y ahora compruebo que es el sueño de ambos. Si abandonamos el bosque nuestra felicidad, nuestras posibilidades, nuestra libertad tienen sus horas contadas. Hagamos realidad nuestro sueño y será como derretirlo o ahuyentarlo, será malograr otra vez la oportunidad que siempre hemos tenido de ser felices.

— Pero tenemos los pies en el suelo, amado caballero —interrumpió Eärfin—, y el tiempo pasa de todas formas para Vos y para mí. Cada segundo llega a ser una aguja que se nos clava en el corazón, y nuestro deseo crece y crece hasta molestarnos en el pecho. ¿Qué haremos con ese tiempo si no estamos juntos?

— Vivir, Eärfin, vivir. No hay otro camino. La luz del día trae posibilidades, y en esa luz cada uno de nosotros deberemos ser y estar. Taur im Duinath es algo más, el lugar donde anidan nuestros deseos, y donde se ocultan de los rayos más crueles del sol, que acabarían borrando todos los rincones de nuestro amor. La sangre nos pide el suicidio, la historia nos exige la conjunción entera de nuestros pasos, y entonces sólo tendríamos un camino, y reñiríamos por él, por su destino, por su dibujo. ¿Queréis eso, amor mío?

— No sé lo que quiero, Seregorn —contestó tristemente Eärfin—. Quiero posarme mágica en vuestro hombro y perderme en vuestro cabello rizado. Pero también quiero teneros en los momentos de soledad, todas las noches, las mañanas, las tardes de invierno y las de verano, quiero teneros a todas horas...

— Mi sangre me pide lo mismo, dama de mis sueños. Pero mi sangre no os quiere tanto como yo.

Eärfin tomó la mano de Seregorn, estudió sus dedos, los besó uno a uno, y luego salió lentamente de la estancia sin dejar de mirar al caballero a los ojos. Seregorn supo que debía quedarse allí, esperando a que el hada se perdiese entre el gentío del mercado. Cuando hubo pasado una eternidad, el hombre se miró la mano que había acariciado y besado el hada, y luego la pasó por su pelo y por su barba para dejar prendido en ellos el aroma de la mujer. Entonces, lentamente, salió a la luz cegadora del verano, y tuvo la certeza de que Taur im Duinath siempre estaría allá, entre los dos ríos, un lugar sin prisas, un lugar imposible donde jugar junto a su hada.

domingo, 15 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (II)

acantil Seregorn retrasó más de lo previsto su partida del bosque. Taur im Duinath, la selva imposible que se derramaba en tierras extrañas, entre los dos ríos, lo cautivó hasta el punto de olvidar el descanso que lo aguardaba en su hogar. Seregorn se detuvo en Eärfin, se extravió en sus vuelos, perdió la orientación con sus travesuras de hada, se durmió, en las noches inventadas de Taur im Duinath, sobre los pechos infantiles de aquella mujer intemporal. Porque el tiempo no pasaba entre aquellas frondas, y el roce indescriptible de su piel con la del hada provocaba estallidos que espantaban a los pájaros y hacían esconderse a todas las alimañas. Se había enamorado de sus oídos.

Eärfin sonreía, y su risa hechizaba el aire, y todo alrededor se transformaba en locura: había almendros y cerezos que sufrían un invierno riguroso, y sus hojas caían presurosas sabiendo que nunca la nieve las había hallado en las ramas. Y a su lado algún ciruelo japonés o esbeltos árboles de Júpiter se lanzaban incongruentes a una primavera desenfrenada, y con pasión se cubrían de flores que cambiaban de color con los vaivenes del hada. Seregorn asistía cautivado a tal festival de imposibles, y cantaba canciones y recitaba estrofas que le permitían ver los dientecitos separados del hada, y luego besar sus labios blandos como la mañana.

Sonaban en el bosque melodías que Seregorn recordaba. Es más, los sonidos que surgían de la espesura se adaptaban perfectamente a su ánimo, y así, en el fragor de brazos y espaldas, en el nudo de sudor y caricias, sonaban ruidos excesivos y eléctricos, voces de monstruos blasfemos, sinfonías eternas y sobrehumanas. Y cuando dormía tras el amor sobre el vientre de Eärfin, un piano quedo desarmaba las aristas del presente y suavizaba las asperezas del destino. Pero hubo un día en que el son que se oyó fue diferente, y Seregorn tuvo un presentimiento.

— ¿Oís, Eärfin? Pienso en el verano, pienso en la soledad, hada mía —dijo Seregorn mientras peinaba con sus dedos la lluvia roja que era el cabello del hada.

— Sí, caballero, oigo vuestro verano —respondió con tristeza Eärfin—. Y presiento vuestra marcha.

Seregorn dejó su boca cerrada, y quiso beberse la tristeza del hada con un beso lento, delicado. Advirtió dos ojos brillantes como dos océanos, dos ojos multicolor bañados por unas lágrimas que hubieran fertilizado el desierto, dos ojos que también besó para que cambiara la música de aquel instante. Y así fue cómo unos graciosos violines comenzaron su descripción natural, y cantaron las bellezas de Taur im Duinath, y halagaron al hada que volvió a sonreír con una de sus mejores sonrisas.

hada2 — También oigo lágrimas que se precipitan por vuestras mejillas, caballero —repuso entonces Eärfin, sin dejar de sonreír—. No desmerecéis este bosque encantado, amor mío, y sé que disfrutáis como un niño con este juego de entusiasmo y melancolía. Las hadas nos morimos por jugar, respiramos juego, nos evaporaríamos súbitamente en cuanto dejáramos de jugar. Y Vos sois un hombre enamorado, os conozco, enamorado del bosque, de la canción de la vida, de unos cabellos rojos de mar que suspiran por Vos. Por eso os amo, y por eso os conozco.

— Eärfin…

— Callad, caballero —le dijo el hada poniendo un dedo blanco en los labios del hombre—, ahora es momento de mirarnos.

Y pasaron la mañana, y la tarde, y la noche mirándose a los ojos como si fueran dos árboles vecinos, como dos estatuas erigidas en honor a la dulzura. Antes de que la noche se desvaneciera, Seregorn alzó su mano de espada y la acercó a la fría mejilla del hada, y acarició luego su cuello escondido en ese mar rojo de sus cabellos. Luego, despacio, imperceptiblemente, acercó su rostro al de Eärfin, y en el letargo nocturno del bosque se prendió un beso atemporal.

— Volveréis, Seregorn —susurró Eärfin rozando sus labios con los del caballero.

— Volveré, Eärfin. Extenderé este bosque con mis pasos.

— Volveréis, Seregorn —repitió el hada.

— Volveré antes de que regrese la noche. Volveré a surcar con Vos estas frondosas veredas de sueño. La noche será nuestra contraseña.

Y Seregorn partió...

viernes, 13 de junio de 2008

Eärfin y Seregorn (I)

De los árboles colgaban guirnaldas de flores, con claros pétalos que crepitaban en la espesura entre los rayos delgados de sol. Eärfin voló hacia un hueco en el tronco desigual de un ciclamor cercano, y se posó en él salpicando sus paredes de una nube de polvo dorado. Aquella mañana el hada se adivinaba traviesa, ávida de aventuras, y por eso repasó el escenario escrutando con sus ojos de océano cada rincón del bosque.

hada Hacía días que nadie se internaba en aquel laberinto, donde una humedad virginal obligaba a la vida a crecer en cada centímetro, e inventaba tallos retorcidos, hojas de contornos espectrales, flores de colores desconocidos, ramas vestidas con elegantes telas de terso musgo, ranas menudas surgidas de la nada, setas mágicas… El sol lucía a jirones como un mero invitado, y por ello Eärfin destellaba blanca como la luna llena, y sus ojos abisales contrastaban como dos universos en su rostro suave de nieve.

Una mueca de disgusto se dibujó en su boca afrutada, y golpeó en señal de frustración el aire con sus brazos, reavivando la nube de polvo de oro. Se sentó convencida de su mala suerte, que ahora coincidía con su soledad. Todo el mundo sabe que las hadas conjugan una fecunda y extenuante relación social con el más perfecto sentimiento de soledad; aunque, a diferencia de los mortales, ellas disfrutan de esa virtud.

No obstante, al poco, un súbito y leve crujir de hojas secas suavizó la curva molesta de sus labios, y por el oriente advirtió el paso cansino de un caballo. La silueta desvaída de un jinete montaba bosque adentro, pero la cortina de agujas solares, que se colaba temblorosa, impedía que Eärfin moldeara en su ansia las facciones del caballero. La niña entornó concentrada los párpados buscando el foco preciso, y fue así como descubrió el semblante agotado de aquel mortal.

El jinete se tambaleaba sobre la montura. Sus ojos se cerraban mientras hacía esfuerzos por mantenerse alerta. Sin embargo, una espada envainada bailaba en su cadera y Eärfin la miró sorprendida, consciente al instante de que el cansancio no impediría que el caballero, en caso de peligro, la desenvainara y la blandiera en lo que dura un presentimiento. Por eso Eärfin, con el juego en los labios, sonrió y se lanzó centelleante hacia un viejo olmo en el que se ocultó para ver pasar de cerca al agotado mortal. Observó que era un hombre delgado, de barba y pelo rizados, con algunas canas que salpicaban su busto de largo viaje. Conforme el caballero se aproximaba, Eärfin saltaba silenciosa de árbol en árbol, con su níveo sayal flotando como niebla.

Por fin, el hombre se detuvo al pie de un gran álamo blanco, y se dejó caer de la silla hasta dar con su espalda en el tronco moteado del árbol. Ahora el hada desplegaba una risa completa, con sus cejas arqueadas por una tierna malicia que le servía de alimento, y cualquiera hubiera reparado enseguida en el pícaro hueco de sus dientecillos de crema. Impaciente, agitada, alborotando silente la supuesta parálisis del bosque, aguardó a que aquel mortal se desvaneciese en un sueño profundo que ella misma favoreció con el hechizo de una canción. Su voz, modelada en el silencio, elevó una melodía capaz de mitigar las fatigas del hombre, y éste cayó en segundos en una profunda sima de descanso y paz. Su latido se durmió, sus labios relajaron la tensión de la jornada, sus ojos cerrados se derritieron en la nada, y el caballero se internó en un sueño indescriptible.

Eärfin, entonces, detuvo su canto porque sintió que aquel sueño que bullía en la cabeza del hombre era, en efecto, un sueño enorme e insondable. Una nueva sonrisa volvió a mostrar sus dientes de sal, que lo decían todo de ella. Se impulsó con los brazos desnudos y en un corto vuelo se encontró en el hombro izquierdo del jinete, y por instinto arrimó su espalda al tronco, creyendo que así no sería descubierta en caso de que el caballero despertara. Pero de pronto miró sus pies, y cayó en la cuenta de que ya tocaban, con su liviandad, el cuerpo del durmiente. Ahora rió llevándose la mano a la boca, en un gesto característico del hada.

Con movimientos acordes a un ser mágico, sobre el fondo aéreo de su delicado vestido, durante una eternidad Eärfin examinó al hombre. Luego acercó sus ojos a la barba enmarañada, y se sorprendió sin deseo alguno de agarrar fuerte un cabello y tirar con todas sus ganas; era un delicioso hábito que éstos seres raramente dejaban pasar, pero Eärfin no se encontró capaz de hacerlo. Había memorizado cada pormenor de aquel rostro, y en su loca cabecita había construido una imagen, que ella creía fiable, de ese ser derrumbado y silencioso. Algo, alguna instancia desconocida para ella, le decía que aquel hombre era alguien muy especial.

Las hadas, con el amor, pierden el control sobre sus hechizos, y ahora su somnífero canto perdió todo efecto. El caballero regresó de su plácido descanso, y se internó en el sueño inestable y ruidoso de los que han vivido mucho. De ahí al despertar sólo media el leve tacto de unos piesitos de espuma. Fue así como, repentinamente, el caballero se alzó poderoso, de un salto en el que su espada voló de la vaina al puño. Eärfin, aturdida por la extraña sensación del amor, sorprendida por el súbito movimiento de aquel cuerpo enorme, apenas pudo usar su acostumbrada ingravidez, y cayó como fruta madura en el suelo alfombrado de hojas secas.

El caballero había despertado de su sueño, un sueño inducido, un sueño de colores extraños, y ahora, despierto, creyó seguir soñando. Con su espada aún alzada, miró a la muñequita de porcelana brillante que se incorporaba ligeramente ante él, apoyando sus diminutas manos sobre una gran hoja de catalpa. Eärfin también lo miraba, y aún después de la caída su boca de algodón se mantenía abierta, asombrada.

Lo propio habría sido un enfado tremendo del pequeño ser mágico, una reacción temible y peligrosa para aquel osado caballero, que blandía un arma nada menos que contra un hada. Además, pocos son los que disfrutan de la suerte —¿no sería mejor hablar de desdicha?— de tropezarse y contemplar a un ser mágico del bosque.

El brazo armado del hombre fue descendiendo lentamente, hasta que la punta de la espada se hundió sin ruido en el suelo húmedo.

— Sois… sois… —tartamudeó el caballero.

Eärfin terminó de levantarse y sacudió su vestido, y otra nube áurea la rodeó prestándole brillos multicolores.

— Vamos, acercad esa mano de bruto y recogedme —dijo inmediatamente después el hada—, ¿o vais a ser tan descortés de hablar conmigo desde esa altura?

Los seres mágicos del bosque, aun siendo entes gráciles y livianos, piensan, sienten y actúan a un ritmo vertiginoso. Por eso, cuando apenas se había apagado el eco del tartamudeo del caballero en el pacífico silencio de aquel paraje, Eärfin ya había recuperado su sagacidad y la claridad suficiente como para tomar el mando de la situación. Con todo, Eärfin se sentía en cierta forma incómoda, incapaz de dominar todas sus posibilidades y encantos.

El caballero envainó su espada y, nervioso, colocó su mano junto a Eärfin. Conocía muchas historias tremendas sobre estos encuentros, por lo que en él se mezclaban deseos encontrados: por un lado, el de montar en su caballo y huir; por otro, el de quedarse para no causar la más mínima molestia a aquella bella criatura y no estimular su ira; pero también sentía que el ínfimo perfil de aquel ser irrepetible lo invitaba a dejarse llevar por el destino.

¡Ah sí, el destino! Eärfin saltó a la palma endurecida de su mano, con un imperceptible vuelo que intrigó al caballero, y luego se sentó sobre la piel endurecida del hombre.

Ambos a la misma altura, se miraron. Nadie podría haber asegurado quién miraba a quién con más fascinación.

— Sois un hada… —acertó a decir el caballero.

— Vaya, veo que además de bruto gozáis de una aguda inteligencia —se mofó Eärfin—. Pues claro, caballero.

Pero ella misma se notaba también nerviosa, y se preguntaba por esa sensación extraña y ridícula que ahora la invadía, y que le impedía jugar con aquel frágil ser.

— ¿Cómo os llamáis, caballero? —preguntó Eärfin con una vocecita sensual.

— Oh, perdonadme, Señora, perdonadme mi descortesía. Mi nombre es Seregorn, caballero de la Orden de Luansúl, a vuestro servicio.

— Encantada, Seregorn —dijo Eärfin inclinándose ante la reverencia del hombre. Sus palabras salieron teñidas de traviesa burla, porque incluso con aquella rara sensación que la invadía Eärfin era capaz de comportarse como toda un hada.

— No podéis imaginar el placer que supone conocer a un ser como Vos.

— No hay nada más corriente que un hada —mintió interesada Eärfin.

— No me refería a vuestra condición mágica. Hablo de Vos misma, bella señora —y aquí Seregorn recobró el tono solemne de su voz poderosa, aunque pronunció cada palabra con una suavidad exquisita.

a3

Eärfin se sonrojó ligeramente, pero su tamaño tornó el rubor invisible. Sin temor por la incongruencia de sus actos anteriores, ni a lo que pudiera pensar el caballero de su repentina capacidad para volar, el hada flotó hasta una rama cercana, y su cuerpo quedó enmarcado por pequeñas flores lilas de paraíso.

— ¿Qué buscáis en este bosque, dulce caballero?

— Sólo pasaba. Mi ruta cruza esta zona oscura, de la que me previnieron en las villas que lindan con el bosque. Vuelvo a casa.

— Volvéis, vaya… —Eärfin no pudo reprimir una expresión de contrariedad—. Quiero decir, parece que habéis recorrido muchos caminos.

— He puesto mi espada al servicio de mucha gente que lo merecía. Es para mí un honor cumplir esa orden de los dioses que me obliga a luchar por el honor y la justicia.

Eärfin saltó del árbol, y conforme descendía, tal que un suspiro o un vilano, su tamaño aumentó hasta quedar a la altura del hombre. Entonces, el caballero, que fascinado había retrocedido algunos pasos, abrió sus ojos de par en par y dijo:

— Siempre se creyó que las hadas ejercían su maligna ocupación albergando cuerpos deformes y repulsivos, pero en Vos no acierto a distinguir tales rasgos ni a suponer acto vil ninguno.

— Bien podría, caballero, haber mudado mi apariencia y no ser éste mi aspecto usual —contestó Eärfin, sonriendo con malicia.

— Aunque lo juraseis sobre la piedra más sagrada, no os creería, Señora.