sábado, 7 de marzo de 2009

Diecisiete

Leyendo a Amado descubrió que, a la ruleta, el número favorito de Vadinho era el diecisiete, y que en él malgastaba los cuartos con indecente facilidad. Fue así como recordó aquella noche de Ajudel.

Recogió a Erín y a los demás en una plaza cercana al domicilio de Rosa, la prima inseparable de Erín. Allá, no lejos del centro de la ciudad, sentados en los veladores de un bar, lo esperaban Ruth y Moonman, muy acaramelados, explotando aquel fin de semana de mentiras y dulzuras. Moonman componía infatigable unos deslucidos collages, presididos invariablemente por la luna, y su apodo era así una mezcla de obsesión e ingobernable vanidad. Ruth, por su parte, producía poesía a una velocidad que sólo era superada por la cándida insuficiencia de sus poemas. Así se habían conocido, ambos casados y con hijos, y tras mantener un largo idilio virtual se habían atrevido a cruzar el país para pasar algún que otro fin de semana de extravío y pecado.

dianaBesó a Erín, saludó a Ruth y a Moonman, y Rosa le presentó a Carlos, un hombre alto y silencioso, de movimientos serenos e inexpresivos. Erín le tomó la mano por debajo de la mesa y le sonrió con esa carita suya de niña hechicera.

Partieron pronto hacia Ajudel, un pueblo insulso de carretera, donde raramente nadie paraba: el lugar perfecto para evitar encuentros indeseables. Consistía apenas en algunas casas apiñadas al borde de la carretera comarcal, un hotel muy modesto y una plaza, también pegada a la carretera, donde bullían por las noches algunos bares.

Una vez alojados, salieron a comer algo en algún local de la plaza. Era una noche tibia y acogedora, y las cervezas de la cena los condujeron luego a un pequeño pub cercano, donde los parroquianos se mezclaban con la juventud de un modo impensable en la ciudad. La entrada de forasteros, pero sobre todo la alegría de Erín que lo besaba y giraba como un torbellino alrededor de su cuerpo, atrajeron pronto la atención de todos aquellos hombres maduros, e incluso de las parejas adolescentes que iban llenando el local.

Moonman deseaba a Erín, no había que ser demasiado avispado para notarlo. Al fin y al cabo, todos andaban pecando de una u otra forma, y ¿por qué razón habría Moonman de contenerse, mucho menos por principios radicalmente desterrados de aquel encuentro? Llevaba unos años de relación con Ruth, aunque sólo se habían encontrado físicamente algunos fines de semana, pero los suficientes como para que en Moonman se hubiese encendido de nuevo el deseo de búsqueda de nuevas experiencias; y Erín era una mujer hermosa, efusiva y liberal, y sobre todo gozaba con la admiración de los hombres.

Bebieron varias copas, y todos fueron perdiendo hasta el último rastro de inhibición. Erín lo abrazaba y lo besaba apasionada, y él se sentía a la vez embriagado y violento, porque el resto de los clientes los miraban con envidioso asombro. ¿Cómo podía él, que no se consideraba para nada un hombre atractivo, tener en sus brazos a una mujer como aquélla, enamorada, rendida, apretada contra sus labios como si fuera a asfixiarse de estar mucho tiempo sin beberlos?

Entonces ocurrió. Alguien, tal vez él mismo, propuso una partida de dardos. Rosa y Carlos se besaban ajenos a los demás, así que hicieron equipos las dos parejas, y entre los vapores del alcohol él supo de inmediato que aquello iba a ser un torneo de machos entre Moonman y él, una forma de demostrarle a una Erín inadvertida quién era el que más la merecía.

La partida avanzó muy igualada. Con una puntería inestable, él lanzaba los dardos entre besos largos e imprudentes de Erín, entre sus caricias desvergonzadas, pero el marcador se mantenía empatado. Erín lanzaba casi sin apuntar, pero la diana no se le resistía. Y llegó el momento. Sólo les restaban treinta y cuatro puntos, y Moonman y Ruth tendrían el siguiente tiro para llevarse la partida. Él trató de recuperar el equilibrio y apuntar, consciente de que la victoria suponía algo más que ganar una simple partida de dardos. Erín entonces lo abrazó, y él sintió cómo su tierno cuerpo se amoldaba al suyo como si ambos fueran las dos mitades de un mismo ser. el-beso-Géricault Erín reía, y cuando él iba a lanzar el dardo, tomándolo por la barbilla, le volvió el rostro hacia el suyo y lo miró con una de esas miradas que venían de lugares demasiado misteriosos como para preguntar por ellos. Lo besó y le soltó la barbilla. Él miró hacia la diana y sin pensarlo un instante más arrojó el dardo que fue a clavarse en el diecisiete. Aún quedaban otros diecisiete puntos. Así pues, tomó el dardo entre sus dedos, levantó el brazo, y esta vez fue él quien la miró a ella, muy serio al principio pero, con el dardo alzado en su mano derecha, no tardó en sonreír, y luego en reír francamente, con una risa que rebosó en los labios de Erín, y mientras la miraba, mientras la besaba y reía, y la abrazaba sabiéndola incomprensiblemente libre y suya a la vez, lanzó a ciegas el dardo, que fue a clavarse en el diecisiete. Erín saltó de alegría, y él la contemplaba como se contempla al agua limpia de un arroyo, que corriendo ladera abajo llevará su sencilla belleza hacia otros parajes, perdiéndose para siempre en los recodos de la vida.

Ahora leía lo de que Vadinho, el desventurado Vadinho, prefería el diecisiete, y recordó aquella noche, y lo que escribió en su cuaderno…

Treinta y cuatro puntos, doble de diecisiete, el ruido, las copas, el desafío, pero sobre todo tú flotando por toda mi superficie como un barquito de vela, loco y divertido, juguetón con las olas de mi deseo. Cojo los tres dardos, pero busco un apoyo de azúcar, una canción para mis dedos y su puntería, y te encuentro a ti, tus hombros como dos nubes, tu espalda que se torna arcilla moldeable y obra de arte, tus brazos que atrás se aferran sobre un hombre perdido y desacostumbrado a tanta alegría. Miro la diana, apunto mis ojos por entre el viento de tu pelo, y a través del clamor de tu cariño vuela la primera flecha hacia su destino. Diecisiete, y tus labios vienen y se derriten incansables en los míos. Con el vigor de tu aliento, con un ojo en la diana, con el otro en tu corazón, parte el segundo dardo lleno de polvo dorado, y sin titubeos se incrusta en el centro del diecisiete y hace estallar la fiesta de tu risa. Y entonces diecisiete abrazos y diecisiete sabores, diecisiete ilusiones suspendidas en el gozo de nuestra victoria, diecisiete roces de mis dedos por tu rostro de fruta, diecisiete eternidades prendidas para alumbrar la fría noche del Tiempo. Te abrazo y el cielo se rompe en mil pedazos.

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