Sevilla es una ciudad llena de mentiras y de asnos. Sevilla es una ciudad insufrible, no tanto por su constitución arquitectónica ni por el resultado de los siglos sobre sus calles, sino por su gente.
Sevilla está plagada de políticos mentecatos e inútiles, de servidores públicos analfabetos funcionales o puros analfabetos que llevan sobre la cabeza una urna que sólo piensa en votos… y en dinero.
Sevilla vive de pasiones majaderas, de supersticiones inconcebibles elevadas a la categoría de arte. Sus calles y tertulias se tejen de fútbol, de sevillanas rocieras y de una turba de enteraos que aprobaron por los pelos parvulitos. Aunque la mayoría de los que pasaron por la universidad son de esos que entienden de telecomunicaciones, de aprendizaje o de intervención social, pero monotemáticamente, sin alcanzar a comprender qué relación tiene un semáforo con el sosiego del alma.
En Sevilla casi todo funciona al estilo me la cargué, con gracia y soltura, con risas tapando siempre la engañifa y la aberración, cuando no la estafa y el delito. Y en eso los ciudadanos coreamos con alegría y desenfado las consignas de nuestros próceres políticos, culturales y eclesiásticos.
Sevilla es la tercera ciudad de Europa en kilómetros de carril para bicicletas, y sin duda alguna la primera en número de necios por kilómetro de ese mismo carril. Diariamente recorren los caminos verdes, construidos a la ligera y con fines puramente electorales (algo que se nota perfectamente en su diseño), miles de personas concienciadas con el medio ambiente pero poco o nada concienciadas con la seguridad física de viejos, niños, peatones despistados e incluso sus mismos compañeros de pedaleo.
Todo esto que digo resulta obvio para cualquier persona que, además de disfrutar de la gracia y el salero de Sevilla, pretenda habitar esta basura de ciudad. Esta madrugada, hasta las tres, unos bastardos animaron nuestra noche con sus coches discoteca y esa música monstruosa que de música tiene lo que yo de astronauta, y que la gran mayoría de esta ciudad y de este jodido país escucha a todas horas, sobre todo porque ni aquí en Sevilla ni en España hay cuatro monos que tengan ni puta idea de lo que es música. Llamamos al único teléfono que puede llamarse a esas horas, el de Emergencias, y allí nos dijeron las varias veces que llamamos que avisaban a los “servicios operativos”, suponemos que de la poco visible Policía Local. Más bien creemos que los vándalos discotequeros se pasaron con el alcohol, con la coca o las pastillas, y que se fueron a dormir la mona. Hoy por la mañana, el Instituto Municipal de Deportes del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla está colaborando en la organización de una marcha ciclista que organiza Decathlon, para que se extienda aún más el uso de la bicicleta y para que la empresa francesa acabe de uniformarnos a todos. Desde las nueve de la mañana andamos escuchando la misma música de anoche, pero a un volumen muchísimo mayor. Hoy también nos dijeron en Emergencias que avisaban a los servicios operativos, pero lo curioso es que los servicios operativos ya están allí desde el principio. Así escribo este exabrupto inservible, envuelto por todos lados en ese chimpón endiablado que todo el mundo llama música.
No hace mucho paseé de madrugada por las solitarias calles del centro de Sevilla. Pensé que, en efecto, Sevilla era una de las ciudades más hermosas del mundo, pero al rato me alcanzó un grupo de jovencitos que charlaban elevando mucho esas voces de tinaja que dios les concedió, incapaces de hablar porque no saben, sólo capaces de gritar, y caí en que ese embrujo de Sevilla sólo se produce cuando está vacía, cuando parece que es una ciudad desierta, una ciudad en la que se puede escuchar algo más que el ruido de esta jodida civilización de mierda.