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viernes, 27 de marzo de 2015

Democracia

1396459239_621078_1396459387_noticia_normal(Del lat. tardío democratĭa, y este del gr. δημοκρατία).

1. f. Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos.

2. f. País que tiene esta forma de gobierno.

3. f. Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes.

4. f. Forma de sociedad que practica la igualdad de derechos individuales, con independencia de etnias, sexos, credos religiosos, etc.

5. f. Participación de todos los miembros de un grupo o de una asociación en la toma de decisiones.

Esto según la RAE. Pero ¿qué es la democracia? Para que un régimen se considere democrático, ¿basta que el poder político lo ejerzan los ciudadanos a través de sus representantes? Si el pueblo no vive en condiciones de saber cuál es el mejor de sus representantes, o ha sido educado en la dejadez y la ignorancia política, ¿sería esto una democracia? Se habla de soberanía del pueblo, ¿qué condiciones ha de cumplir la soberanía para serlo? ¿Quién establece esas condiciones necesarias? ¿Son el derecho al voto y el sistema electoral actual una muestra suficiente de la soberanía del pueblo en nuestro Estado? Si en un régimen político los derechos individuales de los ciudadanos son pisoteados en nombre de la soberanía del pueblo, ¿sigue siendo una democracia?

Bb7Dp4NCAAAl3XFAyer leí en las redes sociales una interesante discusión sobre la situación de Andalucía tras las últimas elecciones. Alguien apuntaba que, desde la óptica de los votantes de Podemos, sólo un 15% de los votantes (es decir, un 9,6% de los andaluces con derecho a voto) consideraron que la situación debía cambiar radicalmente. Esta persona creía que Podemos y sus partidarios no sólo deben admitir los resultados, sino dejar también de considerar que todos esos votos ajenos son ignorantes o esclavos. Para él, esto era la democracia, saber que cada voto vale lo mismo, que cada voto es libre y que, por tanto, el gobierno debe ir justo por donde el pueblo soberano decide ir. Y al que no le guste, sólo le queda la opción de cambiar las cosas desde dentro.

En mi opinión, esta reflexión en apariencia incontestable se aferra a un concepto bastante estúpido de democracia. La democracia no vale un pimiento si en ella no se respetan institucionalmente los derechos fundamentales del ser humano, y si no se buscan con denuedo las condiciones mínimas en las que los ciudadanos puedan tratar de ser felices. Del mismo modo, nuestra Constitución no sirve para nada si sólo se cumplen los artículos que interesan al gobierno de turno, y no los que afectan a esos derechos fundamentales. Si fuera posible una dictadura en la que el único derecho que se nos hurte sea el de poder acceder al cargo máximo del gobierno, pero que organice racional y humanamente los servicios públicos, que permita la iniciativa privada y proteja los derechos básicos entre sus ciudadanos, esta dictadura sería infinitamente preferible a una democracia idiota exclusivamente basada en el derecho al voto. Por supuesto, nunca existió tal dictadura, y mucho me temo que nunca existirá, por lo que sólo nos queda mejorar nuestro concepto de democracia y exigir que la que tenemos alcance los mínimos para que pueda ser considerada como tal.

Hitler llegó al poder a través de las urnas. No escondió sus intenciones, y un sinnúmero de alemanes delegaron democráticamente en él su poder ciudadano. Muchos más aplaudieron luego sus decisiones, incluidas las de invadir otros países y declarar la guerra al mundo en nombre de la raza aria. Además, el soberano pueblo alemán decidió en masa mirar hacia otro lado cuando Hitler y sus secuaces torturaban y asesinaban a millones de personas. No hay nada como acudir al extremo de un argumento, en este caso un extremo bien real, para descubrir las vergüenzas del mismo. Si mañana el pueblo español decidiera prohibir el uso de cualquier idioma que no fuera el castellano, o, como parece plausible, reinstaurar la pena de muerte, podrían alzarse voces en contra de tales desatinos, pero a los disgustados, según algunos, no nos quedaría otra que admitir el asunto como una muestra más de salud democrática. Y no es así, ¿verdad?

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La democracia no es sólo un sistema político en el que los dirigentes son representantes elegidos por el pueblo, ni siquiera aquel en el que el pueblo predomina en el gobierno, como establecía la antigua definición académica del término. La democracia es mucho más que eso. No hay democracia sin derechos humanos, sin derechos fundamentales. No hay democracia sin educación, que es la garantía de que cada uno de sus ciudadanos tome sus decisiones de un modo consciente e informado, con todas las garantías para que ese voto no sea manipulado por el propio gobierno. No hay democracia con miedo, y por eso no hay democracia si la gente no se siente segura en el terreno de la vivienda, de la salud y de los servicios sociales. Como decía nuestro amigo en la discusión virtual, el ciudadano vota a quien le sale de los cojones (o de los ovarios en su caso), pero el derecho democrático no es ése, sino el de votar en condiciones, con uso de razón democrática, con información y formación, y con los límites que establecen los derechos fundamentales de los demás.

Por supuesto, no hay una línea exacta en la que podamos establecer la frontera entre lo que es y no es democracia. La democracia es algo vivo que va y viene en el camino a la felicidad social, pero en ese vaivén se puede encontrar más lejos o más cerca de la quimera, y hoy nuestra democracia se encuentra lejos, lejísimos, y sufre de tantos defectos que son lógicas las dudas sobre si se la puede seguir llamando así. Cuando la mayoría de los ciudadanos vota por continuar con una política que vulnera los derechos fundamentales de las personas, en bien de la libertad de enriquecimiento de unas minorías, entonces la democracia se desvanece.

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Vivimos en una región y en un país en los que el analfabetismo funcional aumenta alarmantemente, en los que la educación ha dejado de ser un valor y en los que nuestros niños y niñas se zambullen prematuramente en una sociedad zafia, diseñada para el entretenimiento más superficial y canalla. Vivimos en una región y en un país donde la mentira y la corrupción campan a sus anchas, y donde los órganos superiores de justicia sancionan con sus enmarañados y arcaicos tecnicismos la impunidad de los poderosos. Vivimos en un país y en una región donde los dirigentes son especialistas del eslogan y del engaño, donde no pasa nada si un sinvergüenza incumple flagrantemente su programa electoral y donde la política se dirime entre mafiosos, entre individuos despreciables y aduladores repugnantes que embaucan con pasmosa facilidad al pueblo soberano.

En la conversación virtual, alguien concluyó, como no podía ser de otro modo, que ni Podemos ni nadie podía sentirse legitimado para tachar de ignorantes a los ciudadanos que no habían votado a su opción política. Venía a decir poco menos que el pueblo nunca se equivoca, que la soberanía es precisamente eso: un pueblo que vota lo que le sale del alma y unos representantes que ejecutan sus mandatos. Semejante bobada ignora (por simpleza o por maldad) todos los problemas que componen el contexto de un voto, todos los ardides que nuestros representantes usan para que la voluntad ciudadana se rinda al poder y no al revés. Es un círculo vicioso diabólico que los poderosos manejan con más o menos mesura, dependiendo de su mayor o menor codicia. Es un círculo vicioso que, a partir de cierto momento, sólo puede romperse con la revolución. Sé que gran parte de las revoluciones han terminado siendo farsas para apuntalar o incluso aumentar las injusticias, pero la revolución ideal no tendría otro sentido que el de romper con un régimen de injusticias que no puede cuestionarse desde dentro, y da igual que esa injusticia la decida un tirano o una muchedumbre de peleles incapaces de oponerse a las milongas pseudodemocráticas de un gobierno elegido en las urnas. No estoy proponiendo la revolución, porque como pasa con las dictaduras, las revoluciones raramente han dejado de ser episodios de masacre y mentiras. Pero insisto en que la democracia del simple voto puede llegar a ser tan perversa como las dictaduras, y a aquellos ciudadanos que aún no quedaron del todo ciegos puede no dejarles otra alternativa que la ruptura con el régimen.

No pertenezco a Podemos, pero creo sinceramente que el voto de los andaluces ha sido, en términos generales, un voto ignorante, dócil, insensible o en el mejor de los casos resignado, un voto acorde a la situación educativa y cultural de nuestra comunidad, que es alarmantemente penosa. Y creo que los mecanismos democráticos que disponemos para cambiar esta situación son inútiles y están bien controlados por nuestros más conspicuos e influyentes representantes, de forma que nadie pueda cambiar los cimientos del escenario. No pido la revolución, pero sí tengo derecho a sentirme decepcionado por un pueblo que de sabio y soberano sólo tiene la presunción.

mafaldademocracia

Viñetas de El Roto, Leandro, Miguel Brieva y Quino

sábado, 7 de febrero de 2015

También somos lo que votamos

el-roto_los-electores-siempre-votan-lo-que-mc3a1s-les-conviene1Cuando los representantes políticos a los que votamos dedican millones de euros a la compra de armas y a la celebración de fastos estúpidos, y a la vez permiten el desahucio de miles de personas o el desamparo social de otras muchas, nosotros sus votantes deberíamos sentirnos corresponsables de esos terribles sucesos.

Cuando una persona confía su poder a un manojo de individuos que lo usan para organizarse como una cuadrilla jerarquizada de aduladores, que dedican su tiempo y sus esfuerzos a asegurar la propia vida de la cuadrilla y no a servir a la sociedad, esa persona debería enfrentar su responsabilidad no sólo ante los damnificados directos de ese tipo de política, sino ante la sociedad entera, que sufrirá el atraso y las mentiras de semejante casta.

Me molesta cada día más la progresiva caída de los representantes de Podemos en la cháchara política de siempre, en la banalidad de los eslóganes, en el griterío de los mítines. Durante unos meses ha sido refrescante ver a unos políticos discutir con seriedad sobre realidades, incidir en las mentiras del circo político instaurado tras la Transición, y sobre todo leer algunas entrevistas en las que a preguntas inteligentes y profundas ellos emitían respuestas nuevas, lógicas, argumentadas e ilusionantes.

Si lo pensamos bien, ningún español vivo ha conocido época alguna en que la política consistiera en afrontar con sensatez y humanidad el bienestar de los ciudadanos. La inmensa mayoría de los políticos no ha necesitado más que especializarse en los tejemanejes del poder para escalar en la jerarquía de la cuadrilla, y sí, de paso arreglar algunas cosillas en la sociedad, aunque sólo por pura inercia. Por eso el término casta me parece tremendamente acertado.

Los políticos profesionales son una especie aparte: se parecen todos y se diferencian del resto de los ciudadanos en su comportamiento habitual, incluso en su fisonomía. Son gente 38-S.M.-el-Reyespecialmente preocupada de su imagen, no pocas veces hasta límites ridículos. Son tipos que hacen ostentación continua de su posición en el partido y en la sociedad, que viven fervorosamente los avatares de su organización y que, conforme trepan en la escala del poder, se van olvidando de sus obligaciones. Estas obligaciones son cada vez más una oportunidad de ascenso y menos una posibilidad de servicio. Cada día creen menos en lo que hacen por los ciudadanos, de ahí que se produzca una brecha insalvable entre ellos y los técnicos que se supone deben llevar a cabo sus políticas, y que cunda entre todos estos técnicos el desánimo y la convicción de que casi nada de lo que se hace sirve para nada.

Hay diferencias en la escala jerárquica del partido, pero en todos los niveles funciona esa adulación ambigua por el que está arriba, ese deseo de posar en una foto con el capo, de ser abrazado por él ante los demás, porque ese abrazo favorece el ascenso. Incluso entre las bases, donde algunos recién llegados aún conservan la buena fe y la intención de trabajar por el bienestar de los ciudadanos, existe un sentimiento religioso de reverencia al secretario general, al coordinador, a cualquiera que haya conseguido cierta responsabilidad en el aparato del partido. Se aprende pronto que la crítica, que el razonamiento se opone a la organización. Sólo se puede ascender con obediencia, aceptando las reglas de la cuadrilla, reproduciendo los esquemas y costumbres que la sostienen. La organización debe compatibilizar la necesidad de éxito electoral con el juego de astucias y maldades que decide quiénes llevarán las riendas, quiénes repartirán los beneficios en forma de generosos sueldos y mullidos sillones.

617x1000_montoro2002Hay que admitir un cambio, a peor, desde los inicios del período democrático a este parte: se ha producido una palmaria disminución de la formación intelectual de los políticos. Si la inteligencia tramposa sigue siendo una cualidad esencial de los políticos de éxito, si deben seguir siendo unos listos, hoy han dejado de necesitar algún tipo de formación intelectual para acceder a responsabilidades enormes. Los errores de gobierno se sobreseen con pasmosa facilidad, por lo que no ocurre nada si un director general de comunicaciones no sabe una letra sobre comunicaciones, o si un consejero de educación no sabe nada sobre política educativa. No se cae el mundo si un buen número de políticos son analfabetos funcionales, porque la escala del poder ofrece multitud de puestos de responsabilidad adaptados a su ignorancia, bien remunerados y muy útiles para pavonearse.

Alguna gente que participó en la Transición, que colaboró en la construcción de los partidos aportando una enorme ilusión a la esperanza colectiva de la democracia, se encuentra hoy fuera de los mismos y asombrada de lo que ocurre, abochornada por el nivel de los que hoy dirigen sus antiguas organizaciones. Aun así, les cuesta reconocer que el rumbo que ha tomado la política viene de decisiones muy antiguas, de los dirigentes de los grandes partidos que protagonizaron la Transición, que no tardaron en traicionar esa esperanza colectiva en el bienestar y en el progreso económico y cultural de nuestro país.

Por otro lado, todos conocemos a alguna buena persona que tuvo la cándida idea de intentar cambiar el funcionamiento de los partidos desde dentro, y seguramente hemos podido asistir al frío y sistemático método que los partidos usan para machacar a estas almas ingenuas. Hay, sobre todo a nivel local, un pequeño grupo de concejales y militantes de base que, dada la escasa importancia que los aparatos conceden a esos niveles de la política (precisamente los más cercanos al ciudadano), consiguen desarrollar proyectos interesantes y útiles, pero también estos personajes periféricos han de cumplir con las fiestas del partido, con los protocolos, incluso a veces con los vicios de la cuadrilla. Y todos, todos poseen en sus despachos las correspondientes fotos con los sonrientes líderes, todos, incluso los carlos_mottamás bienintencionados, aceptan las reglas de la casta, de la jerarquía, y sueñan con pisar las lujosas alfombras del poder.

Cuando votamos a estas cuadrillas debemos asumir la responsabilidad de sus éxitos y de sus fracasos, pero también de sus fechorías, y si aun así, aun conociendo sus desmanes, seguimos votándolas, debemos ser conscientes que somos nosotros los que andamos sosteniendo a una casta de malhechores, nosotros los que mantenemos un sistema político corrupto y desnaturalizado.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Las flores y el desastre

Me encanta el latido natural y sereno de muchos blogs. Cuando comencé a escribir en el mío, allá por enero de 2007, acababa de morir mi madre, un hecho que había sacudido mi mundo sin romper nada, un aldabonazo imprescindible y brutal del que extraje algunos regalos íntimos y esenciales. Y el blog me ayudó a mirar mis sentimientos, a respetar mi individualidad.

Siempre he creído que la sociedad se construye con individuos, con seres únicos, porque las reuniones de acólitos, partidarios, feligreses, admiradores, prosélitos o incondicionales sólo pueden formar masas irreflexivas y manipulables. Por eso, la reflexión privada, el pensamiento propio me ha parecido siempre condición imprescindible para relacionarnos de un modo sano con los demás. En todas las Valencia1libroépocas se han producido intentos de sustraer al ser humano de su individualidad para que piense al ritmo de la masa, para que se aglomere en multitudes ciegas, porque una oveja solitaria es mucho más difícil de pastorear que un rebaño entero.

Pero hoy, leyendo algunos blogs amigos, la desazón se producía justo por lo contrario. De entre todos los blogs que leo, sólo uno contenía una cierta referencia a la situación actual de nuestra sociedad. A mí mismo me está costando la misma vida sentarme a comentar esta abstrusa realidad que nos rodea, tal vez por eso mismo, porque no sólo nos hemos acostumbrado a las mentiras sociales, y no sólo nos sentimos profundamente cansados de esas mentiras, abstrayéndonos de ellas en la calidez de nuestros rincones particulares, sino que la realidad se muestra tan compleja e inabarcable que sólo encontramos la falsa salida de la resignación.

Guerra en el Congo El mundo lleva mucho tiempo, quizá lo que ha durado la historia del ser humano pretendidamente inteligente, tomando derroteros terribles: hambre, guerra, injusticia, tortura, infelicidad... Y entretanto muchos tenemos la suerte de disfrutar de instantes felices, incluso de vidas razonablemente cómodas. Imagino que es así, que sólo cuando la ignominia comienza a acercarse a nosotros somos capaces de preocuparnos por ella, aunque hayamos podido convivir toda nuestra vida con el dolor de tantos semejantes, y en la certeza punzante de que todos contribuimos a ese dolor con una especie de avaricia social, de avidez inocente y compartida cuya responsabilidad se diluye nuevamente en la masa. Todos hemos aceptado la creciente organización del mal...

Los que nos miramos por dentro, los que nos emocionamos con esta sonata o aquel cuadro, los que suspiramos enamorados y, mal que bien, trenzamos con esos suspiros canciones y cuentos, corremos el riesgo, cierto y frecuente, de olvidarnos de nuestra responsabilidad individual. Todos, por muy melancólicos y desesperados que nos sintamos, nos servimos de la colectividad, de los demás. Valorar cuándo esa colectividad deja de ser un ente imperfecto pero habitable, y empieza a convertirse en un escenario perverso, donde los principios básicos de convivencia y esa mínima justicia social imprescindible comienzan a pudrirse, es también (y sobre todo) tarea del individuo consciente. Porque el desastre podría sorprendernos recogiendo flores en un prado, soñando con nuestro amor, en el éxtasis irresponsable ante un hermoso crepúsculo sangriento...

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