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jueves, 6 de septiembre de 2012

Mishu

fobias23___484x363Siempre me gustaron los bichos… desde lejos. De pequeño me daban un pavor enorme, y aún conservo un asco (y miedo) patológico de las aves (volando me pueden llegar a parecer majestuosas, pero así, de cerca, me provocan pesadillas; por eso una de las aves que más asco me dan son las gallinas, a las que temo como un auténtico ejemplar). No niego que me enterneció siempre ver un cachorrito mamífero, e incluso hice amistad con los pequeños pajaritos de jaula que de niños teníamos en casa, por supuesto siempre que se mantuvieran dentro de la jaula. Esa ternura, sin embargo, siempre estuvo reñida con la amistad, y por eso siempre me negué a que entraran animales en mi casa, con sólo tres excepciones, inversamente ordenadas en el tiempo: unos peces de acuario, que fueron muriendo poco a poco por la dejadez de sus dueños menores de edad, y por la hartura consiguiente de los dueños mayores de edad; una tortuga muy linda, que un día apareció bocarriba y fiambre, creemos que porque unas pavesas de algún incendio cercano envenenaron el agua donde estaba; y por supuesto, la peor concesión a la entrada de animales en mi casa, la llegada sucesiva de mis dos enanos. Es cierto que estas últimas adquisiciones, como todo lo mejor de la vida, me trajeron tanta preocupación como felicidad, pero ahí estaba el machote que les escribe contemporizando radicalmente con el reino animal…

Y por todo ello, nunca imaginé que podría tener a un bicho (esta vez, un cuadrúpedo) paseándose por mi casa como si fuera suya. Al volver de las vacaciones, de las que intentaré dar cuenta en las próximas semanas, me encontré con que mi hijo mayor, a sus diecinueve añitos, nos pedía de regalo de cumpleaños un gato, un gatito persa que un amigo le ofrecía por no mucho dinero. Yo, al saberlo, miré al cielo pensando que Adrián pocas veces pide algo que no traiga consecuencias, pero mi mujer, por fortuna, si bien en la intimidad, se negó en redondo: tendremos que cuidarlo nosotros. Sabiéndolo, consciente de los gastos de un cuidado suficiente, y sabiendo de mi gusto a distancia de los animales, comencé a pensar en Cortázar, que tenía cara de gato, y en mi tío Jesús, que también era un gato, cariñoso, bueno, silencioso y observador. Y empecé a dar vueltas a la imagen que siempre tuve de los gatos. No me gustan demasiado los perros porque, pasando por inteligentes, creo que son serviles y depositan su entera personalidad en el dueño. Sin embargo, los gatos son limpios y viven su vida. Como nos dijo la veterinaria, no tenemos un animal en casa, tenemos un compañero de piso. Esto tiene sus inconvenientes, no lo dudo, pero siempre preferí a la gente, y por qué no a los animales, con su personalidad. Así que aquí tenemos al gato, Mishu, un gatito persa precioso, encantador, hasta cierto punto obediente, e incluso por momentos cariñoso. Espero no arrepentirme…

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