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martes, 29 de noviembre de 2016

Nocturnos (49)

241. Es temprano. Aún no ha aclarado del todo el crepúsculo. Allá adelante, en la penumbra, de espaldas, me llama la atención su paso majestuoso. Bambolea con elegancia una capa que cae hasta rozar el suelo. Sólo al acercarme un poco advierto que va envuelto en una vieja manta. Su paso es calmoso y solemne. Súbitamente, la manta se desliza de uno de sus hombros, pero la vuelve a colocar con ademanes distinguidos, como los de un tribuno romano. Ya cerca del hombre, entre el noble y refinado vaivén, noto la trayectoria insegura del borracho. Alza la mandíbula con arrogancia, como un prohombre paseando entre esclavos…

242. Siempre que el silencio sea posible y soportable, la sinceridad no tiene ningún sentido.

243. Sólo un enjambre ilimitado de universos entrelazados puede explicar la infinitud; sólo un laberinto de universos imbricados entre sí, distintos en tamaño y condición; sólo una extraordinaria multitud de nadas inestables que se infectan del tumulto y estallan.

Joaquín y JM en casitas 3bQuién sabe si cuando salta una pequeña chispa entre dos manos no hay, en la uña de uno de los dedos, una nada universal que sufre un big bang, comenzando así una oscilación prácticamente eterna de expansión y contracción. Dios no es necesario, Dios no aporta nada, Dios sólo sería preciso en un vacío aislado y estable, en la Nada perfecta, y al fin sólo desempeñaría el papel de perturbador, el de un chiquillo cruel que llena de agua un hormiguero. En cualquier caso, él mismo necesitaría un más allá. Dios nunca ha dejado de ser el sol que adoran los hombres primitivos.

244. Las zonas nemorosas: esa sensación de haber vuelto a un mundo inexplorado, a un mundo razonable, equilibrado, virgen, limpio, donde la vida y la muerte son realmente caras de la misma moneda.

245. Cuando dejamos de sentir la punzada de todos esos pequeños e inservibles misterios que nos rodean, la vida adelgaza hasta la pura mecánica.

jueves, 14 de abril de 2016

De las minucias al universo

W.A. Mozart, Sonata para violín y piano K. 304, 2º movimiento

Unas notas de piano, un violín que danza sobre ellas dibujando emoción. O una foto gastada, en la que un niño pequeño apoya su manita sobre el muslo de su padre, percibiendo a su lado la seguridad inmensa de su madre. Se adivinan el estremecimiento del hombre al sentir esos deditos, la felicidad sin resquicios de la mujer en una mañana cálida, bañada por una luz perfecta.

El quedo sentimiento de dolor, la pena que sientes cuando un camino muy tuyo se va borrando con los días. O esa dulce tiranía del amor, desmenuzada en besos exclusivos, en caricias tan certeras como Siriahuidizas, que te piden reincidir sobre esa sustancia ardiente de la que se empapa nuestra piel, esa cuyo aroma convierte los segundos en eternidades. O también el deseo acuciante de alcanzar a un hijo que, centímetro a centímetro, se aleja de tus brazos; la ambición excesiva de volver a sentir en tu muslo esa manita, de recomponer el desbarajuste inevitable del pasado…

Tal vez sea nuestra mayor contradicción: nos organizamos para crear las condiciones en las que puedan florecer todas estas diminutas sensaciones, pero en la propia organización las pisoteamos con nuestros destinos, con nuestras grandezas, con nuestra codicia. La organización nos aleja de nosotros mismos, y a la vez nos culpa, nos responsabiliza del desastre, nos exige participar, nos engulle en la labor de sus injusticias. El tamaño de nuestras ciudades nos disuelve, nos atomiza, nos menoscaba hasta convertir todas aquellas sensaciones diminutas, todas aquellos estremecimientos medulares en el indiscriminado murmullo del universo. ¿Qué importa que esa manita se pose sobre tu muslo eMamá, Papá y JM 2n un parque, en un día de sol y palomas, o que lo haga en medio del océano, con las olas abatiéndose como animales despiadados contra la inestable balsa, contra el inestable futuro de lo que más quieres, en el horror?

La televisión y su gran ojo, la mentira que sostiene a las verdades, la pose estrafalaria de las pasarelas, el desfalco de los graneros comunales, la maldad y la violencia, el cinismo y la desfachatez, nuestra ignorancia orgullosa, sumisa, las amenazas de las estructuras, la educación de la rutina y los millones de libros sin amor a las palabras. Los golpes, las llagas, la vileza sobre los niños… Llega la noche y uno se sumerge en las sábanas, y para limpiarse el corazón espanta andamios y rascacielos, callejones sucios y avenidas de mil carriles; se sacude uno las farsas, las infinitas farsas, y los tormentos, los ilimitados tormentos, y entonces, lentamente, empieza a sonar el piano, sobre el que el violín teje ilusiones, y va adivinándose la plaza concurrida de un parque, donde un chiquillo, con su alma limpia y transparente, posa la manita sobre el muslo de su padre, sintiendo la magnética protección de su madre, mientras las palomas van y vienen sin orden, jugando con el aire invisible, con el invisible universo.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Farsas maravillosas

NiñasLa vida no es más que un intento constante de trascendencia, una farsa a veces tétrica, a veces maravillosa, aunque por lo común insulsa, con la que tratamos de aderezar nuestra verdadera posición en un universo sin sentido. Aunque la mentira no tiene por qué ser en todos los casos peor que la verdad, lo cierto es que nos engañamos sin descanso: actores siempre aficionados, interpretamos nuestra farsa temerosos de que el desfallecimiento de nuestras piadosas mentiras nos hunda en la indolencia, en la parálisis, en la nada con la que, en el fondo, está tejido todo. Por eso querríamos asegurar que nuestro papel, que nuestras mentiras son parte necesaria y constitutiva de este mundo, que nuestros desvaríos son la realidad; de ahí que nos cueste tanto concebir que sólo somos una especie más, una especie cuyo dudoso privilegio es ser capaz de pensar en sí misma, virtud que la empuja con facilidad a vertiginosas espirales de las que se encuentran liberados los animales.

Podríamos llamar lucidez a la capacidad de reconocer nuestro carácter de actores, de comediantes. La lucidez, esa frontera que sólo se puede cruzar una vez, y en un solo sentido, no tiene por qué ser de modo necesario la puerta a la desesperación, sino que también puede conducirnos a la propia vida, al juego; también puede ser la que nos ayuda a alejarnos de esa ridícula seriedad del actor que olvida que actúa, de la obtusa inocencia del intérprete que cree que él mismo está escribiendo el guión de su vida. Sobre un siempre improvisado libreto, los actores, a veces de modo genial, pueden interpretar la farsa. Resulta llamativo que el idioma inglés tenga la misma palabra para actuar y jugar, to play

Se puede jugar a todo, también al orgullo, pero quien lo crea poseer como un valor sólido acaba en el ridículo; patético héroe de lo inexistente, se asemeja a esos otros seres que tratan de compensar sus carencias físicas desarrollando sin medida sus músculos, y acaban con una planta ridícula y un tufo inconfundible a complejo de inferioridad. La religión ha tratado de hurtarnos durante siglos la confrontación con la verdad, con el vacío, y cuando la religión se ha enmohecido, otras pequeñas religiones han ido sustituyéndola en el intento de no dejarnos nunca solos con nosotros mismos, solos en la orfandad anímica que nos constituye, algo que cambiaría en nosotros la manera de mirarlo todo. La personalidad es una de esas religiones, y una de las más exitosas a la hora de prestarnos un destino, de aportarnos un motivo aceptable para no derrumbarnos como un esqueleto descarnado: con ella nuestra razón de vivir está en nosotros mismos, en nuestro espíritu, que es como un bucle de la materia cuya complejidad parece permitirnos dejar de ser materia para ser algo más. Por supuesto, en nuestro desmedido pavor a la nada, no nos conformamos con el acto de cerrar los ojos que es la personalidad, sino que aprovechamos para desarrollar ese algo más y hacerlo crecer exponencialmente. Sobre unas premisas falsas construimos todo un edificio conceptual que acaba componiendo nuestro ser, nuestra individualidad, nuestra importancia

Sin embargo, el juego, esa entrega incondicional a la vida, no pretende instituir nada. Se juega, simplemente se juega. En el juego podemos asumir nuestras inevitables contradicciones y podemos creer en lo que hacemos, podemos apasionarnos hasta el delirio, pero sin olvidar que nos bañamos en un mecanismo no iluso, sino ilusionado de pasiones. En el juego podemos vivir sin perdernos a nosotros mismos, sin dejar de flotar en el vacío del tiempo y la eternidad del espacio. Jugar es enternecerse hasta el infinito, construir pasiones espontáneas y sin pretensiones sobre el gris cotidiano. Jugando sin trampas sabemos pronto que los juegos sirven mientras duran, mientras actuamos en ellos, mientras nos entregamos a ellos como niños perdidos, mientras acariciamos una calavera y nos preguntamos por el destino del bufón que la llevó sobre sus hombros...

sábado, 2 de junio de 2012

Apología de lo vertical

[Nuevas reflexiones del vagabundo Tani Curiel.
Poemas del desperdicio: I, II, III, IV y V]

Apología de lo verticalSólo cuando los seres humanos hubimos conseguido la verticalidad quisimos llamarnos Sapiens, y curiosamente fue entonces cuando comenzamos a buscar la horizontalidad en nuestras vidas: con el progreso, la evolución, la historia, nos sometimos a una creciente fugacidad del presente.

Probablemente, para los seres primitivos el presente lo era todo; se vivía rabiosamente el instante, y todos los problemas se resolvían siempre en función de lo actual, de lo inmediato, del deseo, del instinto, de la intuición. Cada instante era la vida y no había vida fuera del instante; no existían ni el pasado ni el futuro.

Luego, con la consciencia y el deseo de sustraernos a la violencia natural de las cosas, de no depender de la suerte, comenzamos a abandonar el presente para aprender del pasado y esperar el futuro. En un primer momento todo fue hasta cierto punto natural, porque aún mirábamos atrás y adelante con la intención de mejorar el presente, pero con el tiempo nos fuimos alejando de la actualidad para vivir de nuestros propósitos y nuestros recuerdos.

Se ha repetido demasiado la obviedad de que ni pasado ni futuro existen, tanto que apenas pensamos ya en ella. Las ideas del pasado y el futuro existen, no cabe duda, pero lo que vivo no está ni atrás ni adelante, sino en este justo momento en el que hablo. Lo cierto es que la horizontalidad del tiempo nos ha alejado del instante, nos ha sustraído de la intensidad del momento, convencidos, en bien de no sé qué designios sociales, de que la dimensión vertical de nuestras vidas no existe, de que el ahora es un punto fugaz e inasible, que de nada vale preocuparse por él.

Si uno observa su pasado, por joven que sea, cree ver un escenario inmenso, cuyo horizonte se pierde en las imperfecciones de nuestra memoria. Si observamos el futuro, todos creemos vislumbrar, optimistas, un largo camino lleno de… lleno de instantes (que probablemente serán sacrificados en nombre del futuro), una extensa promesa de vida. En cambio, cuando miramos el presente, consista en un instante, en una hora, en un día, en esta semana en la que andamos, creemos notar que es un lapso de tiempo efímero y esquivo, y por tanto mucho menos interesante que ese futuro prometedor o incluso que ese pasado lleno de añoradas experiencias.

Todo, por supuesto, depende de la profundidad y la altura que queramos otorgarle al presente, de la intensidad con la que queramos vivirlo, del detenimiento y la falta de prisas (la prisa adelgaza el presente), y de la libertad que conservemos frente a la tiranía de nuestras lecciones pasadas y a la atracción de nuestros deseos diferidos. Vivir el espacio vertical infinito del instante: habilidad que perdimos y que en raras ocasiones recuperamos, quizá sólo cuando la hartura de lo cotidiano, la infelicidad de la razón y la grisura de lo prescrito nos empujan a la transgresión. Elevar sobre nuestro paso marcial extraños e inimaginables universos verticales cuasi infinitos, tal vez ése sea el único atajo que nos queda hacia la felicidad…

jueves, 26 de enero de 2012

Brewdog Punk Ipa

2012-01-26 16.00.21 - SpotDe pronto, uno es capaz de mirar más allá. Caminas por la calle, es cierto que con la dosis necesaria de alcohol en las venas, y lo observas todo con ese deseo inocente y primordial de comprender, de descubrir los detalles que conducen a la verdad. El problema radica en los peligros lógicos de mirar más allá, porque igual tu vida ha estado todo este tiempo avanzando con el piloto automático encendido, y porque igual estás dejándote llevar por el presente casual, por esta inercia que nunca se sabe bien de dónde viene, mientras malgastas tu atención en inconsistentes paraísos artificiales que no tienen nada de alucinógenos, y sí mucho de realistas. Y claro, cuando caminas mirando el mundo, quiero decir mirándolo en el sentido físico de mirarlo, mirándolo a conciencia, sin requisitos ni prejuicios, examinándolo con apego y sincera curiosidad, corres el riesgo de recalar en ti mismo, de ser consciente de tu existencia y desconectar sin querer el piloto automático, experimentando en tus carnes esa maldita tristeza que destilan las historias malogradas, las ilusiones diluidas, las esperanzas convertidas en ridículas ingenuidades del animal extraviado que a veces sientes ser.

Al considerar la vida, al tantearla con atención, al mirarla cara a cara podemos estar concediéndole permiso para llenar nuestro estómago de preguntas. Regresar a esa indolencia afanosa que nos salva del espejo cruel, tornar a esa rutina de los sentimientos que nos salva tanto de la desesperación como de la felicidad, es decir, volver a conectar el piloto automático se puede convertir en una tarea imposible para la que ni toda nuestra capacidad de engañarnos pueda ser suficiente. Y es entonces cuando uno navega a la deriva por las calles precisas, con los ojos mendigando escenas desconocidas y lances de amor privado, deteniéndose en el gesto aturdido de aquel joven oriental y en sus zapatillas gastadas, calibrando la dulzura de esta pequeña brisa que adorna la tarde, escuchando la reservada canción de los árboles, tapando las heridas de la melancolía con el arte taciturno de la vida más sincera.

domingo, 1 de enero de 2012

Fin de año

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Cuando sonó la última campanada todos aplaudimos, y de pronto se apoderó de la gente una sensación extraña con la que, creo, todos supimos lo fácil que es quererse. Justo en ese instante, ningún problema parecía capaz de impedir que el cariño se derramara por el atestado salón. Nos besamos y abrazamos, viejos, adultos y niños, mientras una lágrima irremediable asomaba en mis ojos, porque pensaba en mi madre y en el extraño y enternecedor paisaje que acaba siendo el pasado. A ella le hubiera gustado tanto estar allí… Cada beso que daba, a mi hermana, a mis sobrinas, a mis hijos, sólo en parte eran besos míos, porque su carne, su presencia me guiaba y era ella, cuanto fue, quien se materializaba en el sentimiento puro que inundaba mi corazón.

Pero nadie crece un solo centímetro fuera del terreno abonado de su soledad, y por eso no tardé en verme dentro de mi piel. Reconozco que pasó casi un minuto de la medianoche antes de que mirase a mi alrededor, buscando el vehículo fantasma que me llevaría a París, para pasear bajo la lluvia sin miedo a mojarme, para escribir esa novela eternamente postergada, para tomar un whisky con el dulce espectro de Julio o dar una vuelta en bicicleta con Emil, para abrazar callado a Julio Ramón, para descubrirme tal vez a mí mismo, suavemente zarandeado por risas abiertas y besos de fin de mundo, o descrito con rigor en un poema cabrón que el viejito Benedetti le compuso a la gravedad del amor. El coche llegó, ¿acaso lo dudaron? De hecho llega cada tanto a mi alma y en él viajo por encima de los tejados, hacia lejanas tierras, entre acuarelas y canciones, en el aroma imprescindible de los que quiero y querré eternamente, rozando por momentos la esquiva felicidad…

Leonid Afremov - Early Morning in Paris

jueves, 10 de noviembre de 2011

Las ventanas del invierno

El silencio de las ventanas

¿De dónde vienen estas risas inoportunas que quiebran la sombría tersura del descalabro? No hay soledad más exánime que la de las ventanas del invierno, porque la indignación, el apetito, los estremecimientos ocurren allá fuera, y sólo dejan a este lado, en este mundo sin manos, su rumor difuso y amargo.

Los valles duermen vacíos, indiferentes, agitados por el tiempo puro, mientras el fragor de las mentiras anega la ciudad con sus palabras eléctricas. Frivolidad, estridencia, muros rotos, tapizados de promesas huecas y vanidosas, y también emociones de automóvil, menudencias miserables que como dardos se clavan sobre cualquier intento de sosiego.

¿Dónde está la luz del otoño, esa que, hermana de la brisa, alumbra las hojas cansadas de los álamos? Sobre las pinceladas de las colinas duerme la paz del corazón. Sobre su terciopelo templado descansan los jirones de la esperanza, los atisbos del amor, una tesis benévola sobre lo inexplicable. Por lo común, al otro lado de los cristales…

martes, 20 de septiembre de 2011

El alma de los mendigos

Mendiga

Me sentí tremendamente aliviado al verlo. Y justo al instante, por una inexplicable asociación de ideas, recordé aquella otra noche, en la que un tipo bravucón y engreído, con sus músculos hinchados de gimnasio y carente del más mínimo sentido de la compasión, se encaró con uno de los tres mendigos que se tambaleaban borrachos en el zaguán iluminado del banco. Y reviví el estremecimiento que sentí desde el otro lado de la calle, cuando aquel fanfarrón, por algún motivo que nunca averiguamos, soltó un directo a la cara del pobre hombre, lanzándolo contra el cajero automático y dejándolo allí tirado en el suelo, bebido y maltrecho.

Sí, me sentí aliviado al cruzármelo, porque quince años atrás este chaval, vecino de la urbanización, acariciaba a mi hijo y jugaba con él con frecuencia. Mi niño le sonreía, y en mí se gestaba un afecto instintivo por aquel chiquillo que se mostraba tan cariñoso con Adrián. Sólo un alma buena podía, en sus alocados siete u ocho años, comportarse así con un enano tan pequeño como el mío.

mendigo Luego, con el tiempo, en su adolescencia, le perdí la pista. Alguien me comentó que había tenido problemas con la justicia, y las veces que me topé con él parecía triste, cabizbajo, descuidado en el vestir, deambulando por el aparcamiento camino de ningún sitio. Tampoco me lo explico, pero me acordé esta mañana, cuando disfrutaba del aroma inspirador y fecundo de un jazmín. Y es que anoche me lo crucé cuando él, con camiseta y calzonas, se dirigía al parque a hacer algo de ejercicio. Me pareció más alto, su cara había recobrado el color, se le veía fuerte, vital, y entonces pensé con íntima alegría que aquel muchacho se había alejado definitivamente de los zaguanes de los bancos, que ningún bravucón lo golpearía con asco, que no se mearía encima por la calle ni el alcohol infectaría su sangre hasta el punto de ocultar esa alma valiosa que seguro, seguro, albergaba en su interior. Y me pregunté a la vez, aspirando de vez en cuando la flor diminuta, cuántos mendigos llevarían un alma hermosa oculta entre sus andrajos...

jueves, 14 de julio de 2011

Besar la realidad

Sólo tenía veintiocho años cuando tuvo que abandonar el arco, pero dos años antes la enfermedad se fue adueñando de sus dedos. El cello fue su pasión desde muy pequeña, y en esos escasos veinticuatro años sacó de él sonidos que en sí mismo justificaban una vida. La vida… ¿Se la puede defender cuando permite que unas manos como ésas se retuerzan de dolor, hasta romper el corazón que las guía? Porque su corazón se rompió, y su cabeza se perdió en el laberinto de la desesperación. Comprobó que la vida desgrana sus días sin promesas ni condiciones, que decide sus derroteros en el capricho del azar, que el futuro es materia impredecible, vaporosa y movediza. Por eso, nada como mirar al presente a los ojos, ningún acto como el de sumergirse en este abrazo silencioso, nada como besar la realidad que surge a borbotones bajo el pelo, entre los labios, en el vientre y en los pies; y en las manos que modelan el milagro y la verdad. Y luego ya puede venir la vida con sus enigmas y sus agravios…

viernes, 8 de julio de 2011

Función, misterio, felicidad

Sorolla A veces el caudal de la vida nos arrastra y difícilmente encontramos la superficie donde apoyar con reflexión la pluma. Por la velocidad el paisaje se difumina y sólo cabe garabatear sentimientos intensos sobre el papel clandestino del propio corazón.

A veces el acto se hace con el mando de nuestras vidas, relegando a la mirada y la caricia, y entonces las palabras brotan atropelladas de nuestro tintero, disolviéndose en pensamientos fugaces y una íntima sensación de orfandad.

A veces uno afirmaría que no aprendió nada de la vida, que en determinada fase del viaje es la propia existencia la que lo vive a uno, y no al contrario.

Aunque en el fondo más genuino de nuestra alma permanece ese don humilde de convertir el milagro de nuestras sensaciones en párrafos y estrofas, en sentencias y versos. Y entonces, como una brisa que se levanta tenue en el amanecer, como la hoja marchita que con sus manos invisibles arrastra, comprendemos cuál es nuestra función, cuál el misterio, cuál nuestra felicidad...

espiritudelacolmena

viernes, 8 de abril de 2011

Carmen

Feminismo3 Hablo con Carmen, de Villanueva de San Juan, que trabaja en temas de igualdad de género. Su voz dulce me aporta un término curioso y útil. Y es que, abjurando siempre no sólo de machistas y furibundos misóginos, también suelo quejarme mucho de ciertas ramificaciones feministas, desgraciadamente no minoritarias, que más allá de moverse por la igualdad de derechos y por la consideración universal de la mujer como persona, tienden a descargar toda su rabia contra el género enemigo, el masculino, soñando con un mundo en el que un supuesto e idílico modo de hacer femenino lo anega todo y resuelve, por arte de magia femenina, los interminables problemas de la humanidad. Cuando deseo referirme a esas personas algo exaltadas me da un poco de cosa usar el término acuñado (creo) por ese otro exaltado que es Pérez Reverte (a nadie mejor le cae la imagen del tornillo pasado de rosca): feminazis. Y mucho menos equiparar el término machista al de feminista. Durante varios siglos, muchas mujeres y algunos hombres han luchado bajo esa denominación por la equiparación de derechos, así que siempre me pareció injusto referirme a ese intransigente grupo como feministas.

Feminismo8 Carmen conversa con serenidad, y luego de discutir conmigo sobre los excesos que tal vez se cometan en la adaptación del lenguaje a esta igualdad que, poco a poco, se va materializando a nuestro alrededor, me habla del hembrismo, ese movimiento que en la inercia del despertar femenino pretende ir más allá y compensar las injusticias pasadas con otras injusticias futuras. Y yo apunto la palabrita. Al fin y al cabo es lógica pura: machos y hembras, gente que no encauza su animalidad ni la convierte en convivencia, sino en conflicto y en casposa lucha por el poder. Por supuesto, pasa como en cualquier guerra, ahora los machistas tacharán de hembristas a todas las feministas, y las hembristas achacarán al machismo rabioso cualquier crítica a sus desvaríos. Como en cualquier guerra, el diálogo, la razón y la sensibilidad quedarán calladas por la ira y la exasperación; pero nada de eso evitará que cada vez estén más claros los papeles, y que igual que hoy un machista es mucho mejor reconocido que hace veinte años, pronto sepamos distinguir a simple vista a una feminista, una mujer que trabaja por que las mujeres, sin dejar de serlo, estén consideradas ante todo como personas, de una desquiciada y desquiciante hembrista, que odia al macho y pretende darle la vuelta al mundo, cambiando simplemente el signo del abuso y la vergüenza entre sexos.

lunes, 24 de enero de 2011

Alborada

La luna de noche larga se desinfla suspendida en la fría bruma del cielo. El suelo bulle de prisas y compromisos. Mis pasos navegan sobre las aceras rotas, en esa penumbra confusa del imperfecto y desafinado amanecer. Las acacias posan larguiruchas, esqueléticas, avejentadas, mientras las ramas de aquellos plátanos, iluminadas aún por la luz artificial de unas desengañadas farolas, afierran sus hojas escasas contra el viento helado de la mañana que las azota. Un joven vagabundo, ido y cándido, duerme arrimado al exterior de un local vacío. Bajo el saco de dormir su perro enorme asoma la cabeza y observa sereno el infinito con una mirada reflexiva, casi humana, atravesando con ella, absorto, la cortina de piernas y ruedas que fluye incomprensible por la avenida. No hay flechas, no hay sentidos recomendados, no hay señales de dirección. El paisaje se despinta como si lloviera sobre una acuarela. Mi mirada cae sobre las cosas como la lluvia.

Jackson Pollock - Night Mist

Jackson Pollock, Night Mist (Norton Museum of Art)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Diurnos (III)

Nicolás Alpériz - Cuento de Brujas barra separadoraSILENCIO. El silencio, igual que el agua, es un elemento refrescante, una simplicidad que reconforta y despeja, una suave luz clarificadora que, como el lejano horizonte, como la página en blanco, invita a perseverar en uno mismo.

barra separadoraSU VOZ. Bajo el estruendo poderoso del aguacero, entre el aire limpio y mojado del mediodía, alumbrada por esta lánguida luz de temporal aletea su voz de afán y delirio, su voz de paraíso.

barra separadoraTACTO Y MEMORIA. Pienso en mis padres y me asombra esta capacidad natural para guardar muy dentro, vívida y reciente, la ternura de un abrazo, la textura de otra piel, la insustituible verdad de unas mejillas.

barra separadoraEMILIA. Para cuando el tiempo acabe de disolver el último vestigio de su vida, aquel entusiasmo suyo por la calle, aquel ímpetu de su pecho y aquellos papeles que ilustró con su imaginación ya habrán germinado irremediablemente en nuestros corazones.

barra separadoraPOLIZONES. Los libros que más me gustan son aquellos que se vinieron escondidos en mi maleta, los que viajaron hasta mis ojos de forma inesperada, esos que, además de sus propios mensajes, trajeron prendido a sus páginas el aroma de una pasión turbadora.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Mi maestro Savater

OLYMPUS DIGITAL CAMERA         Mi maestro Savater anda perdiendo la cabeza. Esa cabeza suya, preclara, ecuánime, divertida, trasgresora y aun así solidaria se pierde por momentos en dislates cada vez más incomprensibles.

Entendí hasta cierto punto su postura frente a la ley del tabaco, aunque nunca le oí matizar sus encendidos apoyos a la libertad del fumador aportando una sola propuesta que abogara por la libertad de no fumar. Durante años me opuse de variadas formas a los fumadores maleducados (entonces una gran mayoría de ellos), y nunca escuché a mi maestro abogar por la educación como solución del conflicto nicotínico, preocupado casi siempre en demostrar los muy discutibles beneficios hedonistas del cigarro.

Por otro lado, su apoyo casi histérico de la fiesta de los toros ha obviado siempre el mundo casposo y conservador que rodea a la fiesta nacional, su más que dudoso carácter artístico, el trato vejatorio que sufren los animales y las consecuencias morales que ésta y otras salvajes costumbres tienen sobre la educación en nuestra sociedad. Pero por encima de que la fiesta tenga o no defensa, los apoyos que hilvanó Savater han sido siempre tan torpes, tan indignos de él… Quiero creer que el libro que vi el otro día, titulado Tauroética, y en el que parece haber reunido todas esas torpezas suyas, no es un modo oportunista de sacar tajada de una discusión absurda e inútil, tan absurda e inútil como la que se planteó hace mil años cuando se prohibió fumar en los autobuses urbanos, medida que ahora a nadie se le ocurriría discutir.

mario-vargas-llosa

Para aumentar el asombro, el otro día me pasmó la defensa que Fernando Savater hizo de la independencia liberal del unánimemente vanagloriado Vargas Llosa. Pareció decir que no importa ni el talante conservador de este señor, ni sus pensamientos interesados y fríamente capitalistas, que suele disimular bajo bondades difusas y palabras conciliadoras; que lo que importa es que este hombre dice lo que cree y defiende sus ideas sin casarse con nadie. Aparte de un increíble escritor (cosa que humildemente matizaría, porque sus artículos de opinión suelen ser bastante mediocres y sus libros son dechados indudables de técnica literaria, pero también de frío cálculo y de pose), Vargas Llosa es un prohombre de la libertad individual y del derecho a la libre expresión. Todo esto lo decía Savater en línea con otros articulistas que defendían con vagos argumentos a Vargas Llosa, un tipo que pasó del radicalismo de izquierdas al mucho más elegante, democrático y acomodado radicalismo de derechas, y que hoy nos vende un libro concienciador sobre África para inmediatamente después aplaudir ese sueño norteamericano que condena a la misma África a la pobreza y a la muerte.

Pero Savater me ha dejado patidifuso con su reciente artículo Eros y reacción, en el que, tras reivindicar la importancia de la aceptación social de determinadas perversiones sexuales como medida del avance de la libertad, pasa a denigrar a todo aquel que ose prohibir no sólo la práctica de cualquiera de estas perversiones, sino la publicación de textos en los que se haga apología u ostentación de ellas. Don Fernando comparasanchez drago el revuelo que ha producido el libro de Sánchez Dragó y sus alardeos pederastas, con los problemas de censura política que él sufrió con algunos de sus libros.

Para el maestro lo más hermoso es la libertad, sí señor. Sin embargo, ve con intenso gusto cómo se prohíben medios de comunicación, publicaciones y mítines donde algunos malnacidos hacen apología del terrorismo. Parece que el hecho de que unas niñas sean violadas y destrozadas durante años por unos tipos asquerosamente enfermos, que luego chulean de ello en las páginas de sus libros, no le parece a Don Fernando motivo suficiente para combatir ese abuso de la libertad de expresión. El establecimiento de los límites de la libertad de expresión es una de las medidas principales de la salud de una democracia, pero tan perverso es el gusto fascista por la limitación salvaje de este derecho, como la defensa fanática de la libertad absoluta, que Savater sabe muy bien que suele desembocar en liberalismos místico-pedófilos tipo Sánchez Dragó, o liberalismos salvajes capitalistas tipo Vargas Llosa. Y sobre todo Savater debería caer en la cuenta de algo aún más importante y obvio: si en ese paraíso de ilustrada libertad que él siempre soñó andamos discutiendo sobre si tipos como Sánchez Dragó tienen o no la posibilidad legal de sodomizar a unas niñas, entonces el paraíso está perfectamente podrido, y es más propio de idiotas que de ciudadanos libres e informados. El maestro Savater tal vez debería, en su libertad intocable de pensamiento, revisar sus ideas, porque o empieza a chochear, o aquel delicioso culto suyo a la voluntad individual y a la democracia ilustrada está convirtiéndose por momentos en una farsa pseudo intelectual, en una extravagancia ridícula, asumida y utilizada por los poderes de una democracia que de ilustrada tiene lo que yo de vicario de Cristo.

jueves, 14 de octubre de 2010

¡Somos felices, qué carajo!

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Gracias a Dios (al menos en parte), la ignorancia se ha transformado en una forma de vida. Hoy derrama su líquido dorado por todas las capas sociales. Porque la ignorancia es profundamente democrática. El cálculo prestidigitador de ciertos prohombres nada ignorantes la ha promocionado, gente cuya carencia de escrúpulos es sólo compensada con una habilidad y una eficacia casi perfectas. Gente admirable, sin duda alguna.

El arte, por ejemplo, ha sufrido una severa reconversión (industrial), y es que el elitismo comenzaba a resultar inaceptable: la democracia presupone, al parecer, el acceso universal (fácil, confortable, placentero) a los productos culturales. Mientras el dinero fluya, el esfuerzo (activo) de mirar un cuadro puede ser sustituido sin problemas por el placer (pasivo) de contemplarlo. De hecho, tenemos todos los cuadros en Internet, algunos con una resolución que nos permite indagar en la pincelada microscópica, en el detalle invisible... Una gran mejora sobre el cuadro original, quién puede negarlo. Y por unos cuantos euros al mes tenemos a nuestra disposición la pinacoteca del mundo, millones de cuadros.

Y también la biblioteca de Alejandría. Es innegable que las erratas de los libros electrónicos piratas comienzan a ser tan populares que andan migrando a las ediciones impresas, pero no nos pongamos puntillosos: lo importante de un libro es la historia que cuenta, la satisfacción de nuestra sana curiosidad (de ahí el éxito de las noticias del corazón). Por su parte, los más exigentes disponen de escritores de gran locuacidad y extenso vocabulario, cuyo dominio de la técnica literaria les alcanza para tejer historias asombrosas sin perturbar la tranquilidad espiritual del lector, o esos otros escritorzuelos que saben tocar la fibra sensible del vecino con una mezcla calibrada de humor, violencia y sexo. Qué rancia suena aquella frase que Cioran incluyó en su Breviario de los vencidos:

Al igual que amas los libros que te hacen llorar, las sonatas que te han cortado el aliento, los perfumes que te insinúan renunciamientos, a las mujeres extraviadas entre el cuerpo y el alma, así sucede con los mares: te enamoras de aquellos cuyo oleaje induce a ahogarse en su seno.

La educación, esa rémora del pasado, languidece entre analfabetos e impotentes y confía su éxito imposible en las enseñanzas de la selva posmoderna. El mar ha sido domado, sumergido en otro mar de sombrillas, en esa incontestable y sana diversión que nos alivia del trabajo. La montaña ensancha nuestros pulmones, nos plantea retos guiados de fin de semana. La ciudad bulle de tiendas, los escaparates componen el teatro del mundo. Los jóvenes pasean admirándolos. Las calles, esos museos de la modernidad, nos invitan a la excelencia y a la originalidad. La añeja ternura da paso a su evolución: el contrato. Descansamos nuestra voluntad en el carnaval de las costumbres, esa nueva liturgia renovada diariamente por las voces autorizadas, las del mercado.

¡Qué lejos, qué anacrónico ese amor por saber, esa necesidad de indagar en las cosas, de explorar a los otros! Pero no nos engañemos: aquello no era en el fondo más que un fastidio. Observemos a las parejas: ¿acaso no tenemos bastante con la crianza de nuestros hijos? ¿No supone un gran avance social la identificación casi absoluta del amor con la fidelidad? Con ésta el amor se sostiene solo, sin necesidad de andar todo el tiempo pendiente de crear y recrear el cariño. Las parejas pasean los domingos ufanas, integradas, aseadas y elegantes, y cuando los agujeros afectivos persisten ante las costumbres y las fachadas, la solución es el cambio de pareja, la mejora de las apariencias. Sí, quizás sea una engañifa, pero si nuestros éxtasis crecen piel afuera, ¿por qué no vivir así, en la superficie? ¿Qué pretenden esos tipos que hablan de entrañas y de laberintos, de reinos soñados y extravíos? ¿Quién osa afirmar que las alturas de la vida están allí y no aquí?

La democracia nos hace a todos iguales en derechos y deberes, y hoy, por fin, la felicidad es un derecho natural. Y por encima de los destrozos, sobre la cochambre de nuestros corazones, somos felices, qué carajo...

domingo, 10 de octubre de 2010

Diurnos (II)

Barrio de Santa Cruz

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ALZHEIMER. De alguna forma, el Alzheimer iluminó los últimos años de mi padre, que poco antes había caído en el conservadurismo de la vejez. Como si viviera un nuevo comienzo, aprendía como un niño, y en sus ojos apareció un brillo inusual.

barra separadoraEL RÍO DE LA MÚSICA. La música es un río caudaloso que, vertiginoso o apacible, se precipita en mis oídos, para derramarse directa y literalmente en mis venas.

barra separadoraPARA ESCRIBIR. Al fin y al cabo, esta soledad es una enorme página en blanco…

barra separadoraPALABRAS. Me gusta flotar en las palabras, dejarme acariciar por su tacto maternal, sentirme con ellas protegido del riguroso vacío exterior. Las palabras: la materia con la que se forjan nuestros sueños.

barra separadoraCOLLAR. Cogió mis noches y se hizo con ellas un collar, y las lágrimas resbalaban por sus mejillas, por su cuello, hasta mojar las cuentas oscuras de mi existencia. Y entonces supe que todas esas noches habían valido la pena…

viernes, 17 de septiembre de 2010

Diurnos (I)

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TIERRAS ALTAS. Para adorar la soledad, qué mayor delicia que sentarse en algún paraje sin nombre de las Tierras Altas, a ver pasar las tormentas y el manto dorado que al cabo cae sobre sus montañas imposibles. Nada mejor que dejar que las nubes oscuras y ese sol cálido y suave, que alumbra lágrimas sobre la hierba, nos empujen de un lado a otro, como suspiros por el aire limpio del delirio…

barra separadoraLA CASA AISLADA. Bajo las estrellas, en el mundo gigantesco de mares infinitos e infinitos desiertos, entre vastos bosques sin caminos, y entre ciudades y lugares, farmacias y fuentes, se distingue diminuta una casa, aislada, casi insólita, y en su interior la música danza iluminando el universo…

barra separadoraRAZONES Y COLORES. Nunca hubo razones más hermosas que las de una mirada silenciosa, ni colores más convincentes que los de unos ojos mojados por la tristeza y la ternura.

barra separadoraPERTURBACIÓN OTOÑAL. En el interior de su pecho de tupido jardín se revolvía un vendaval de emociones, contradictorias, impredecibles, presididas por ese amor de juguete que nos unía por encima de todas las prevenciones.

barra separadoraÍMPETU. Una voz, una mirada suya y se disolvió en el aire la lánguida derrota de mis manos, y la fuerza de mis deseos destrozó por un instante los diques de mi melancolía. Luchar, luchar por los que quieres...

jueves, 26 de agosto de 2010

Alegría y actualidad

Sabina cartel Sabina tiene voz de sobaco, perdonen que insista. Viene al caso la reiteración porque esta mañana, en uno de esos accesos matinales que uno cree de lucidez, acertaba yo a distinguir dos de las principales causas por las que la música (y tal vez otros tipos de arte con ella) padece hoy día de tantos males: la alegría y la actualidad.

Sí, amigas y amigos, lo suyo, también en música, es estar alegre y ser actual. La alegría se demuestra con una mente abierta, con unos ojos optimistas que buscan las mitades llenas, con una conducta conciliadora que evita la crítica ácida y la destrucción del buen rollo. La alegría es lo que le falta a ese individuo que, en medio de la algarabía general, desentona con sus objeciones, con sus reparos disonantes. La alegría es siempre avanzar hacia delante, no detenerse nunca en este detalle o el otro: ¿lo estamos pasando bien? ¿Nos une esta indiscriminada superficialidad? Entonces, ¿para qué estropear el asunto? Dejémonos de monsergas, de demorarnos en el tejido de las melodías, en ese supuesto valor de las obras de arte. ¿Cómo se pueden equivocar tantas mosc… perdón, tantas personas? En este carnaval especialmente contento florecen, entre otros bichos, esa ralea especial de entendidos enciclopédicos, cuya altura intelectual se ve grandemente favorecida por la producción indiscriminada de basuras musicales, cada una de ellas con su aquél y con su cosa. La profusión de información oculta en ellos una absoluta falta de implicación emocional en el asunto, aunque en el fondo, ¿qué mas implicación que esa que nos venden las distribuidoras? ¿Es que acaso cuando uno escucha seis veces al día, en seis sitios  diferentes, los compases del Waka Waka, uno no siente cómo cada cuerda de su alma vibra al ritmo de esa gran mujer y mejor waka-wakaartista? ¿Es que Sabina no cumple a la perfección la necesidad que todos tenemos, en determinados momentos, de cambiar el Waka Waka por una música intelectual, que nos haga sentir filosóficos y encantadores, aunque sea con una música digna de Torrebruno y esa voz insoportable…mente original… de sobaco?

No sé si lo han vivido, pero al individuo melindroso suelen preguntarle: ¿escuchaste el último disco de Fito y Fitipaldis? El citado individuo, asquerosamente elitista, responde negativamente con una expresiva mueca de desagrado. Es el cenizo, el que se queda fuera de la fiesta, el que será incapaz de vivir el concierto de Fito y sus amigos, el triste. ¿La música? ¿Acaso no debe servir para alegrarnos la vida?

Además, este individuo es inactual, está desfasado, no navega con los tiempos. Sus gustos ancestrales son eso, prehistóricos, y por definición gastados y superados. Y sus vanguardias presentes pecan, ay, de silenciosas, y por tanto no existen, puesto que para poseer hoy día un certificado de existencia artística uno necesita, sine qua non, un chorreo de adhesiones alegres y emocionadas, además de un número de horas mínimo de vuelo por las múltiples emisoras musicales del dial, y de ser posible un anuncio contratado en los informativos de alguna cadena de televisión, o en las páginas del alegre y actual suplemento cultural de algún periódico de tirada nacional.

Moraleja: sea usted alegre y actual, joder. No se me tome tan a pecho las cosas…

jueves, 19 de agosto de 2010

Lunas

DSC04257Tú y yo esperamos la luna llena, augurando tal vez la suerte de un beso. Un beso intempestivo, hermético, promisorio, un beso de más. Aunque tal vez la luna crezca hasta casi reventar, y luego inicie su nueva consunción dejando a mis ojos soñando levemente, como vencidos, con el tacto ideal de todos esos besos imprevistos. La luna es, a veces, el lento corazón del tiempo, fedataria luminosa de este inútil derroche de delirios…

* * *

Recuerdo que en aquella locura la luna sonreía con una sonrisa muy fina, a boca llena, peroDSC04260 con una risa delgada, sarcástica, inevitable. Y eso que años antes su risa me llegaba desde dentro de sí misma, de lo profundo y redondo de su encendida plenitud de cráteres y misterios. Porque la luna sólo se reía de aquel aturdido jovencito llena y taciturna, evidente y cómplice, desvelada en mi desvelo, sonriendo como sonríe una madre...

* * *

No tendrá luna el universo, y habrá que inventar la vida en el vacío oscuro. Sí, el primer día acaso sonará en el cielo el eco de su adiós, y tras la penumbra de su ausencia vendrá apenas el reflejo desvaído de un DSC06037próximo hola lunar, pero nada más. Toda la luz deberemos inventarla, huérfanos de luna, aislados con el fósforo y las palabras, deslumbrados por el fulgor impertinente de los días que fueron y serán. Yo qué sé, frotaremos piedras, buscaremos las secas tormentas de rayos devastadores, incendiaremos tal vez algunos paisajes caros de nuestro corazón, y a la luz insegura y dorada de nuestros incendios trataremos de pintar una luna que conmueva a los gatos y a las olas.

* * *Luna (2)

Ah, la luna imposible… La luna apócrifa, esa de valles pétreos y meteoros, de órbitas exactas y predecibles, oculta a la luna real de pecas secretas, de mullido abrazo, de codiciosas fantasías. Ay de la luna espejismo, de la luna viaje, de la luna vibrante, de la luna palabra, de la luna imposible…

* * *

Y bajo la luna, que hoy crece, confundo mis dedos en su pelo por conjurar el gris de la costumbre. Tal como la luna tañe en su camino los hilos de las celestes constelaciones, con la misma música Luna rojacautelosa y discreta suena mi cariño, sin estruendos, sin verdades, sin justicia… Diríase que no suena nada, pero sólo hay que desvelarse y mirarla flotar en las tinieblas, bajarse de los días y alcanzar la montaña y la perspectiva, la melodía sencilla de tu amor…

* * *

La luna se infla y desinfla reposada y poética. Bajo su apacible danza bregamos persuadidos del alcance de nuestra existencia, de cómo los días se dividen en veinticuatro horas, cada hora en sesenta minutos, y cada uno de esos minutos infinitos en aromas y desvaríos. Bajo la luna, por otro lado, bulle en silencio un planeta viciado, caduco y desbocado, un paraje donde los niños sufren pesadumbres descomunales, aquí, tan cerquita de este amor mío…

182 Luna en Potes

viernes, 19 de marzo de 2010

El muchacho de la bolsa

Son las tres y cuarto de la tarde. Bajo del autobús y camino hacia casa. Unos metros más allá presiento la figura de un muchacho, con una gran bolsa blanca de plástico al hombro. Empieza a hacer calor en Sevilla; los naranjos están a punto de estallar, mientras que los paraísos aún posan como silentes esqueletos, con racimos de frutos del año pasado colgando de sus ramas desnudas. El muchacho se ha parado un instante junto a un contenedor: lo abre, mira dentro y lo cierra apresuradamente para seguir andando. De vez en cuando gira un tanto la cabeza, como si le preocupara el espectador que le sigue. Viste unas zapatillas deportivas azul marino, nuevas pero baratas, un pantalón de chándal, también azul y algo más gastBasuraado, y un descuidado jersey de rayas. Su ancho torso no se corresponde del todo con la longitud de sus piernas; suele ser síntoma de una infancia con mala alimentación. Es curioso, parece como si una nutrición incorrecta no influyera en el crecimiento del torso, pero sí en el de las piernas. En la bolsa se transparentan objetos diversos, apenas reconocibles. Creo que el muchacho vagabundea hurgando en la basura, pero ahora camina decidido como si llegara tarde a algún sitio. No creo que tenga más de diecisiete o dieciocho años. Cuando veo a uno de esos insolentes jóvenes, de familias más o menos acomodadas, que han optado por la irresponsabilidad y van por el mundo perdonándonos a todos la vida, en absoluto me inquieta su falta de futuro. La vanidad, la petulancia de estos jóvenes evita que me compadezca de ellos. Pero en este muchacho que camina unos metros delante de mí, con una bolsa de plástico llena de cachivaches inservibles, adivino cierto desamparo. Las asas de la pesada bolsa se clavan en su hombro. ¿Distinguirá los días de la semana? ¿Cómo se puede vivir la juventud, esa época de perpetua primavera, de sorpresas y descubrimientos, metido hasta las cejas en el fracaso, en un fracaso que nuestra vida de caprichos hace aún más nítido? ¿Alguna vez habrá observado ese muchacho con envidia a mis hijos? ¿Habrá deseado por un momento volver a empezar, tener la oportunidad de reír sin miedos, sin impotencia? ¿O tal vez hará como los animales, nunca mirar hacia dentro de sí mismo? Siento una punzante lástima por él, por el ritmo de sus pasos cuando dobla una esquina y su camino diverge del mío. Sin querer, confusamente, pienso en mis hijos, y en lugar del muchacho los veo a ellos caminar sin rumbo por una ciudad insensata, con una bolsa blanca en el hombro, buscando inermes unos inservibles despojos entre las extravagancias de la gente feliz. Y siento la necesidad de escribir sobre este chiquillo, de liberar a mi alma del lastre de la compasión, de olvidar de algún modo esta historia, que tal vez no sea más que una más de mis invenciones; liberar mi alma mientras me dirijo a casa, a almorzar, a seguir siendo feliz.