Mostrando entradas con la etiqueta Despedidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Despedidas. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de febrero de 2011

Se ausentó

antonio_lopez

Alguien, seguramente el cartero, había emborronado su dirección y sobre ella había impreso un sello que rezaba: “DEVUELTO / RETOUR”. En el reverso, sobre el matasellos con fecha 19 de enero, el cartero había escrito: “Se ausentó”, eso sí, sin tilde y con una rúbrica indolente. Habían abierto el sobre y luego lo habían vuelto a cerrar cuidadosamente con celo.

No, no se le ocurrían demasiadas cosas más tristes que una carta devuelta. ¿Qué habría pensado el que la abrió? ¿La habría leído?

Había escrito la carta como en otros tiempos, a mano, sobre un par de esas hojas recicladas, estampadas de virutas de colores, esas hojas que una mujer muy especial le había regalado unos mil años atrás. Y lo había hecho pensando que tal vez fuera la última oportunidad de tomar un café con su amigo. Bueno, lo llamaba así, amigo, aunque la única relación que los unía eran unas pocas cartas cruzadas en los últimos veintitantos años. Y sus películas, claro. Alguna de ellas se le había quedado grabada muy dentro, como si el argumento fuera una hermosa metáfora de su vida...

¿Qué se podía hacer con una carta devuelta? ¿Qué rincón le buscaría en casa? ¿Dónde se guardan los regalos malogrados, las palabras perdidas en el camino? Sabía que aquella silenciosa amistad había llegado a su fin, pero a ver, ¿no consistía la vida precisamente en eso, en una sucesión de principios y finales? Así que, luego de pensar un rato en el asunto, lo admitió sin darle mucha más importancia, rasgó el celo, volvió a leer muy despacio la carta, y tras devolverla al sobre la introdujo en un sobre mayor y la envió al paraíso.

sábado, 26 de abril de 2008

Las flores más delicadas


Hoy temprano nació el sábado hermoso, advirtiendo con su limpieza de un día de calor de verano decidido. Hoy temprano ha sido el tiempo abierto, diáfano, libre, un sol gradual, elegante, casi enamorado. Hoy temprano, sin embargo, él lloraba. Apartado de la multitud, había encendido un cigarro con su aparente indolencia, y miraba el paisaje de solares descuidados ante el tanatorio, con los cipreses del cementerio decorando más allá el horizonte; y de sus ojos de cristal cayeron lágrimas sin prisa, lágrimas de padre definitivamente herido.


La tarde anterior lo vi ante el cristal que mostraba a su hijo muerto; lo vi allí de pie, indefenso, entregado, con la vida entera sometiéndolo. En un excurso involuntario de la memoria, por un instante lo contemplé mucho más joven, con su rostro de contagiosa alegría, con su risa franca y admirablemente cruda, repiqueteando con los dedos sobre un asiento de madera y rodeado de tantos que se fueron.


Hay tantas pruebas de ello… La vida, nuestra vida, posee amaneceres sublimes, poesía en las fachadas, canciones y caricias, pero por su fondo, indiscutible, corre un río de dolor. Negarlo es negar la muerte de mi primo, al que apenas conocí; negarlo, tratar de relegarlo a las cloacas y despreciar ese río con nuestros inventos es relegar y despreciar las lágrimas de mi tío, las de un padre que observa ahí, tras un frío cristal, el cuerpo detenido de su hijo, sus manos congeladas que con treinta años de nada se van para siempre. Negarlo, tratar de esconder ese caudaloso y lancinante río de dolor, es esconder el rostro desconsolado de mi tío, e intentar con ridículo barrer bajo la alfombra de nuestra cobardía el porfiado y desnudo campo estercolado de la vida, donde al amor de ese río crecen las flores más lúcidas y delicadas.

martes, 18 de marzo de 2008

Decepciones y alegrías

Ah, Curro, siempre fuiste un ingenuo, un irreparable ingenuo. Confiaste en la política, en esa aparente oportunidad de trabajar por los demás, y a su inestable lomo te lanzaste a desfacer entuertos, olvidándote de familia y amigos. Tu cariño era llano, diáfano, alegre, gratuito, y tu aliento infantilmente inagotable. Siempre me pareció un vicio la esperanza, aunque en tus manos parecía como si quisiera florecer, dar el fruto amargo del desencanto.

Conjurabas las contrariedades con risas. Aun recuerdo unas de nuestras últimas carcajadas: te presentabas con tu pueblo, Tomares, a un concurso de proyectos municipales, y estabas ‑no podía ser de otro modo‑ convencido de que vencerías. Tu ingenuidad no quería entender que los premios estaban concedidos de antemano, y que nada tenían que ver con el contenido de las experiencias presentadas. En el estrado defendiste con ardor y embarazo tu propuesta, pero al poco se daba a conocer el fallo: ganaba el pueblo de Bonares. La risa desapareció por un instante de tu rostro. Yo te miraba de reojo unos asientos a tu derecha, preocupado, porque temía que toda la ilusión que llevabas se viniese abajo con estrépito. De pronto, entre el silencio de la concurrencia, adelantaste el cuerpo hacia mí y me dijiste: “Juanma, ¿han dicho Bonares o Tomares?”. Entonces tu sonrisa volvió al par de la mía, y supe que nada, ninguna barrera podría con tu ánimo.

Hoy una ligera decepción me inclina a recordarte, y a envidiar aquella virtud tuya de la alegría…

lunes, 28 de enero de 2008

Hijo del mundo...

Cometió errores a montones, pero ninguno que no fuera propio de este mundo. Una vez dijo que bebía para olvidar lo que había tenido que hacer para mantener a su familia. Descanse en paz, ahora que ese buen corazón dejó de fabricar su risa...