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viernes, 16 de septiembre de 2011

El ser humano…

cioran3 “Envanecido por sus dones, el hombre se mofa de la naturaleza, perturba su marasmo, crea en ella un follón ora inmundo ora trágico que se vuelve decididamente insoportable. Que el hombre se largue cuanto antes, tal es el deseo que la naturaleza formula y que el hombre, si lo quisiera, podría satisfacer en el acto. Así ella lograría librarse de este sedicioso cuya sonrisa misma es subversiva, de este anti-viviente al que alberga por fuerza, de este usurpador que le ha robado sus secretos para someterla, para deshonrarla. Pero él ya estaba destinado a caer en la esclavitud y en la ignominia por sus propios delitos. Al traspasar con sus conocimientos y con sus actos los límites asignados a la criatura, ha atentado contra las propias fuentes de su ser, contra su fondo original. Sus conquistas son obra de un traidor a la vida y a sí mismo. De ahí proceden su aire de culpabilidad y su actitud poco clara, de ahí viene ese remordimiento que trata de disimular con la insolencia y el ajetreo. Si se intoxica de ruido, es para rehuir, para esquivar la inculpación que el más breve repliegue sobre sí mismo le obligaría a oír irremediablemente. La creación descansaba en un estupor sagrado, en un admirable e inaudible gemido; sacudiéndola con su frenesí, vociferando como un monstruo acorralado, el hombre la ha obligado a volverse irreconocible y ha comprometido su paz para siempre. Hay que incluir la desaparición del silencio entre los indicios anunciadores del fin. Hoy, la Gran Babilonia ya no merece desmoronarse por su impudicia y sus desenfrenos, sino a causa de su estruendo y de su barullo, de las estridencias de su chatarra y de los desquiciados que no aciertan a saciarse con ello. Ensañándose con los solitarios —los últimos mártires—, los persigue, los tortura, interrumpiendo en cada momento sus meditaciones, infiltrándose como un virus sonoro en sus pensamientos para minarlos, para degradarlos. ¿Cómo, en su exasperación, no iban a desear verla derrumbarse sin demora? Esta nueva prostituta contamina el espacio, mancilla seres y paisajes, expulsa de todas partes la pureza y el recogimiento. ¿Adónde ir, dónde quedarse? ¿Y qué seguir buscando en el guirigay de un planeta babilonizado? Antes de que quede hecho añicos, quienes más hayan sufrido en él, aquellos a quienes ha atormentado, tendrán por fin su revancha: serán los únicos en bendecir el desenlace, lo únicos en saborear la suspensión del estrépito, ese breve y decisivo silencio que precede a las grandes catástrofes”.

Fragmento de Desgarradura, de E. M. Cioran.

lunes, 11 de enero de 2010

Piedras milagrosas

miguel-hernandez2

 

 

 

Tiro piedras a un cordero,

y cada piedra que tiro

deja en la brisa un suspiro

y en el azul un lucero.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El alcohol y la lucidez

Reproduzco casi textualmente una anécdota que mi buen amigo Alfonso me refiere esta misma mañana:

La abuela de Laura, encontrándose a un borracho el Viernes Santo (único día del año, junto al miércoles de ceniza, de estricto ayuno cristiano), le recrimina su querencia etílica en tan significativo día. El muchacho, con esa innegable seguridad y gracia que sólo da el alcohol, le responde: “Señora, cuando Dios sucumbe qué menos que el hombre se tambalee”.

miércoles, 2 de julio de 2008

Notas necesarias

1. Por la noche y las desventuras

Pues así de estas cosas, ¡oh huésped!, preguntas e inquieres

presta oído en silencio, disfruta la historia y sentado

ve apurando ese vino. Estas noches sin fin nos dan tiempo

al reposo y al gusto de buenos relatos; no tienes

para qué antes de hora marcharte a acostar; también cansa

demasiado dormir. De los otros, que aquel a quien venga

ello en gana se marche a su lecho; y al alba que almuerce

y se lleve las cerdas del dueño a los campos. Nosotros

seguiremos aquí en la cabaña comiendo y bebiendo

y gozando en contar uno a otro pesares y lutos:

referir desventuras dejadas atrás es alivio

para aquel que sufrió largamente vagando en la tierra.

Homero, Odisea, canto XV, versos 390-401 (traducción de José Manuel Pabón)

2. Por la vigencia de los recuerdos

Enero desde este junio rico en silencios. Enero lejano, mítico, cuando oscureció en el mar poco después del primer beso, y sus tacones se hundían en la arena y sus pechos leves se dibujaban entre las rayas de aquel suéter inolvidable. Las jóvenes estrellas poco a poco se fueron emborronando con el aliento y el sudor, y los relojes aguardaban fuera en lo oscuro, fuera de aquella confluencia de tantos, tantos caminos, tantos y tantos deseos. Clochard naufragó en aquella boca de olas que recitaba sueños, y ahora arrastra por los callejones su naufragio...

3. Por las dulces oscuridades del alma

Lo de la foto de ese buen hombre, que aún hay insensatos que confunden con nuestro niño Jesús, sólo fue una broma. No se puede negar que me parezco... La foto rota ya la expliqué. En cuanto a la foto de la tumba... El cementerio de Sevilla, salvo días señalados y a horas muy concretas, siempre está desierto. Es un lugar magnífico para pasear, colmado de rincones hermosos y donde el bullicio de las avenidas y las prisas no osa entrar. La tumba de la foto, que modifiqué para la entrada Domingo, la tomé con el móvil, y salió tan desangelada que decidí modificarla. Esto ocurrió el domingo pasado. Tenía excusa para visitar el cementerio: me encargo de que la tumba reciba unos cuidados mínimos, y para ello contratamos con una señora su limpieza periódica. Le pagamos cada seis meses, y ahora tocaba pagarle. Así que fui primero a ver la tumba, tomando la entrada lateral del cementerio que ahorra mucho camino, para luego detenerme en la entrada principal, donde están los puestos de flores y donde podía encontrar a esta mujer.

A la una de la tarde del domingo caían muchísimos grados sobre mi cabeza. Creo que me crucé con sólo tres o cuatro personas en el camino, y yo mismo me consideraba un loco cruzando aquellas avenidas donde el silencio y el calor deslumbraban hasta agotar. Además, la tumba de mi familia se encuentra rodeada por un mar de tumbas sin sombras ni refugio. Pero me sentía bien, y mucho mejor cuando llegué a la tumba. Antes había visto por fin a dos mujeres gitanas que cuidaban la tumba de un chiquillo de unos ocho años, una tumba que no pasa desapercibida porque está literalmente tapizada por todos los juguetes que el niño poseyó en vida.

Estar ante la tumba donde reposan mi abuela, mis tíos y mi madre me hace sentirme muy bien. Por lo común no puedo evitar derramar algunas lágrimas, porque echo mucho de menos a mi madre, pero saber que me encuentro tan cerca de sus restos físicos, que siempre imagino puros y limpios... Aunque da igual, estoy ante lo que queda de ella en este mundo de moléculas y reacciones químicas, en este mundo sin dios en el que creo. Ahí, en ese silencio, puedo llorar a gusto, puedo hablarle sin despegar los labios, puedo recordar el último abrazo que le di, y otros muchos que ella me daría y que ante su tumba puedo imaginar con facilidad. Puedo saberla, ser profundamente consciente de lo que ha sido, de lo que ha conseguido, y me veo como una consecuencia, como un logro suyo, objetivamente humilde, pero subjetivamente tan valioso... El ser humano se convence pronto en lo que se refiere a los sueños, y esas palmaditas de despedida en el mármol, sabiendo que alguna de esas ondas sonoras, de esas vibraciones alcanzan su cuerpo, me sirven como un abrazo. No, definitivamente me siento bien ante la tumba de mi madre. Ella sigue, incluso muerta, transmitiéndome mucha, mucha fuerza.

4. Por la humildad y el silencio

“Si es menester, que la lucidez del orgullo nos conduzca a la humildad y que el amor a las palabras nos entregue al silencio”

Nicolás Gómez Dávila, Notas, 14

viernes, 7 de marzo de 2008

Cita dedicada

Dedico este artículo de Cioran a esos grandes hijos de puta, a esos cobardes que por cerebro tienen una pistola, y al mundo nacionalista en general, que es un asqueroso caldo de cultivo para esta escoria. Y aprovecho para decir a Rosa Aguilar (y a tantos otros) que no voy a votar, que me gustaría que me dejaran ejercer mi libertad sin ofenderme continuamente, y sobre todo que no hay que esperar a que estos cabrones asesinen a un pobre hombre para defender a la democracia, que la democracia se defiende todos los días con la honestidad, la justicia y la educación, y no invocándola hasta la saciedad para justificar ese mundo falsario, indecente y mentecato de los grandes señores y señoras de la política.

Genealogía del fanatismo (E. M. Cioran, en Breviario de podredumbre)

En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión, el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que pierda el hombre su facultad de indiferencia: se convierte en asesino virtual; que transforme su idea en dios: las consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la Inquisición o la reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias: Santa Teresa no podía por menos de ser contemporánea de los autos de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. En las crisis místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis... Patíbulos, calabozos y mazmorras no prosperan más que a la sombra de una fe, de esa necesidad de creer que ha infestado el espíritu para siempre. El diablo palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático.

En cuanto nos rehusamos a admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; lo ojos llameantes presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado del hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza -vicios más nobles que todas sus virtudes-, se ha internado en una vía de perdición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis... Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De ello resulta el fanatismo -tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror-, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque -verdaderos bienhechores de la humanidad- destruyen los prejuicios y analizan el delirio. Me siento más seguro junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría de humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa disfrazada; no podríamos defendernos demasiado de las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz, sea en nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación vuelve la vida irrespirable. Mirad en torno a vosotros: Por todas partes larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su absoluto como los templos; la administración, con sus reglamentos -metafísica para uso de monos...- Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente...

Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir «nosotros», con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de los bribones, de los tramposos; sin embargo, no sabríamos imputarles ninguna de las grandes convulsiones de la historia; no creyendo en nada, no hurgan vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más íntimos; os abandonan a vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido; son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan. Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios acomodaticios, mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque todos los males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; y de corrupción...

El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera; por eso el espíritu se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad...

martes, 26 de febrero de 2008

La vida bajo los árboles

«Viejas desdentadas, tullidos, bachilleres borrachos y bravucones, vírgenes andrajosas, embozados hijosdalgos, enanos, prostitutas y perros perdidos. Sombras alargadas en torno a una hoguera donde arde el brezo, se entibia el aguardiente y se invocan ángeles caídos. Fue aquí frondoso el bosque, los robles poderosos. A su abrigo, en las noches de plenilunio, danzaban estas gentes con sones de gaitas y tambores, bebían sin mesura, conjuraban su fortuna y si en sus ánimos alentaba aún el vigor de las pasiones, rodaban por la hierba, desnudos y embarrados, hasta que el sueño los rendía.

(…)

»Queda, al menos, la esperanza de saber que aunque vengan lustros de bonanza o apatía, gentes dóciles o lluvias tan persistentes que aneguen las ascuas de todo fuego, si al fin los últimos árboles sobreviven a la sombra creciente de la ciudad, volverán al amparo de sus copas en las noches más claras de luna los hombres de sombra proscrita.»

La isla de los robles vencidos, en La ciudad y las islas,
de José Carlos Díaz
(Ilustraciones del libro a cargo de Ana Trilles y Juan Garay),
Cuadernos Cálamo, Gijón, 1993.

sábado, 5 de mayo de 2007

Más de Don José

Con esta edición, como otras tantas que se hayan publicado, se intenta de forma fácil y sencilla, la consulta sobre la misma, obteniéndose, como es obvio, la ayuda necesaria a entender y facilitar su manejo con las normas de tipología política o lo concerniente a las Comunidades Autónomas.

Recordar a modo de consulta el significado más fácil sobre los temas derivados de su contenido.

Cabe destacar en el caso de la Constitución Española de 1978, la inserción en el aspecto de su ordenamiento jurídico, acomodándose a sus preceptos y (continúa aún presentándose) dificultades muy notables a su acomodación de la normativa a las nuevas disposiciones Constitucionales.

Se pretende evitar de forma totalitaria el caos político existente, penetrando más aún si cabe con anotaciones entre las viejas leyes y la Constitución nueva, quedando con ella olvidadas las rencillas de épocas pasadas partiendo de nuevo.

(José Jiménez Silva, Historia Ilustrada y la Constitución Española, Sevilla, Jamais Sistema Edición, 2003).

lunes, 15 de enero de 2007

Respetuosas citas de Don José

"Sesenta y dos años largos han impuesto, al fin del tiempo, algo que a todos nos parecía imposible: el nacimiento y el rapidísimo desarrollo, como para recuperar la inconcebible pérdida de tiempo de toda una larga perspectiva histórica de los recuerdos orientada hacia la revisión y la interpretación primaria de nuestra ya olvidada guerra civil española. Una perspectiva nace, esta vez, no solamente histórica, sino la semblanza de lo acontecido, me hace ver con claridad que un resultado así, imprevisible en 1970, se ha conseguido por un esfuerzo de personas que vivieron los horrores de la guerra y mi difunta madre que me sirvió como instrumento catalizador de las secuelas que marcó el pasado; los datos históricos recopilándolos poco a poco a lo largo de la última década".

"Todo este prometedor conjunto enmarca la aparición de este libro. El autor desea hacer constar que, en la concepción y realización de este libro han colaborado íntimamente con él, hasta el punto de que sin esa colaboración la obra no hubiera sido posible, un general retirado, un general de brigada, fallecido y varios expertos, y, sobre todo a mi difunta madre que vivió las secuelas de nuestra guerra, al igual que mi tía carnal, madre soltera con un hijo (fallecido) de cierto capitán general de aquel tiempo. No se trata de un agradecimiento formulario, sino de un reconocimiento ineludible".

"Mientras en todo el mundo continúa la controversia acerca de una nueva demarcación para la historia contemporánea, en el caso de España se ha postulado dos fechas: 1868 y 1898. Mi madre (fallecida), Magdalena Silva Villegas y mi tía carnal (fallecida), Dolores Jiménez Barrios, defendían con poderosas razones la primera de ellas, 1868; si alguna vez escribes el libro con anhelo y confianza, puede ser una historia contemporánea de España, que seguramente nos inclinaríamos a seguirla".

José Jiménez Silva: Historia ilustrada y la Constitución Española, Sevilla, Editorial Jamais, 2003.