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miércoles, 18 de febrero de 2015

Los preámbulos del infierno

137 img088Nos habíamos incorporado el jueves. El domingo siguiente amaneció soleado, pero con un frío digno de enero. Nos visitó la familia y nos hicimos fotos en el patio. Vino MC, la hermana de J. Aún no me habían rapado y conservaba unas ligeras greñas. Vestido con aquel uniforme parecía aún más desgarbado de lo habitual.

Después de la agradable mañana de domingo, la del lunes la pasamos entre charlas sobre el amor al ejército, sobre el honor y la patria, torpes prolegómenos del infierno que se avecinaba. A la hora de comer, J y yo nos sentamos en una de las largas bancas. Aunque el sabor de la comida no era malo, el arroz sólo contenía trazas de pollo, huesos y piel. De postre había yogur. Yo jamás había probado uno, no me gustaban. Cuando lo abrí, el líquido que corría por la superficie no me dio buena espina. Le pregunté a J:

—Oye, ¿esto es normal?

J me contestó con la seguridad habitual.

—No, ese yogur está malo.

Con el tiempo supe que el líquido es normal en los yogures, pero aquel día me levanté convencido de que el postre estaba en malas condiciones. Me dirigí al cabo primero, un zopenco alto y abultado con frenillo en la lengua, y al que apodaban el Nabo. Alardeaba de que Cela se había inspirado en él para su Cipote de Archidona, pero no era cierto.

—Perdone, mi primero, este yogur me parece que está malo.

El rostro de aquel zoquete se contrajo en una mueca entre el asco y la cólera. Cuando consiguió dominarse, me soltó una bronca de padre y muy señor mío. Que allí no ponían nada malo, que dónde me creía que estaba. Ajeno aún a los hábitos obtusos del cuartel y las cortesías obligadas hacia un superior, me dirigí sin decir nada hacia mi sitio. Aunque apenas había cumplido los dieciocho años y no era un dechado de valentía, aquel zafio sermón me había sublevado. Algo así era impensable en la vida civil a la que yo todavía pertenecía. Al llegar a la banca, conforme me sentaba, deposité con malos modos el yogur sobre la mesa, con la mala fortuna de que el líquido saltó por los aires.

En mí no sólo estaban fijos los ojos del cabo primero, sino también los del brigada de cocina, un viejecito que fuera de aquel manicomio habría pasado por un tierno abuelete. El brigada me hizo señas de que me acercara. Los pocos detalles que había conseguido descubrir sobre la vida militar en mis primeros cuatro días de soldado se me hicieron presentes en ese momento, y por eso temblaba.

El brigada se limitó a ordenarme que en cuanto acabara de comer me dirigiera al sargento de semana de mi escuadrilla, y que le informara de que estaba arrestado en cocina y que no aparecería en toda la tarde. El sargento de semana era un tipo repolludo y grosero, un verdadero animal siempre malhumorado. Lo informé, se encogió de hombros en un gesto de profunda indiferencia y me dirigí a la cocina. El abuelete me acompañó a las traseras de la cocina, a un pequeño local con una puerta y dos ventanas. Entre las paredes sólo había un grifo, del que colgaba una manguera, un agujero de desagüe en el suelo y una pila de cazuelas gigantescas, grasientas y salpicadas de arroz. También unos botes enormes de jabón y una escoba. Un soldado con la camisa fuera del pantalón se repantigaba sobre la pared, sentado en un poyete. Tenía barba cerrada y era pelirrojo. El individuo se había levantado para saludar al brigada, y en cuanto éste desapareció se volvió a sentar. Entonces empezó a liar un cigarro.

—Vamos a ver, hijo de puta —hablaba sin mirarme, liando tranquilamente el cigarro—, quiero que dejes todos estos peroles como una patena. Hasta que no te veas en ellos como en un espejo, no dejes de limpiar, ¿comprendes, mamón? Allí tienes detergente y ahí la manguera. Volveré en un rato, y como cuando vuelva vea que no has trabajado, pedazo de cabrón, te juro que vas a probar los calabozos del cuerpo de guardia.

Se levantó, me miró por encima del hombro y salió de aquel basurero. Me quedé allí, buscando algún pensamiento que me ayudase a refrenar el insoportable miedo que sentía. Pensé en MC y me sirvió. Ella, su existencia, demostraba que el mundo no era sólo aquella tortura. MC aún no estaba enamorada de mí, pero era sólo cuestión de tiempo…

Tomé la manguera, enjuagué algunas cazuelas y luego las froté con el jabón y la escoba. Cuando fui a aclarar los recipientes enjabonados, el agua dejó de salir de la manguera. Comprobé el grifo, lo cerré, lo abrí y nada. Seguía muy nervioso, tan asustado, tan indefenso… Salí a buscar al soldado y lo encontré en el comedor.

—¿Qué cojones te pasa? —me gritó con repugnancia.

Le expliqué el problema y se vino conmigo al local, rezongando. Fue entrar y señalarme el grifo y la manguera que, deteriorada por el uso, se había doblado justo en la salida del agua.

—¿Es que estás ciego, gilipollas? ¿Tienes ganas de que vaya al brigada a contarle que eres un capullo y un vago?

Me disculpé en voz baja, consciente de que aquel desalmado no me escucharía.

—¡Date prisa si no quieres que me enfade de verdad!

El maldito pelirrojo era sólo un soldado, sin graduación alguna, un veterano podrido seguramente por haber firmado dos años de servicio militar.

Unas interminables horas después, mojado y sucio, con las manos heladas, había acabado con aquella vajilla de titanes, con aquel desbarajuste. El pelirrojo ya no andaba por allí. Un soldado de cocina me dijo que me fuera a la escuadrilla sin siquiera comprobar si el trabajo estaba terminado.

Al llegar a la escuadrilla miré enfadado a J y él sonrió. Fuimos a cenar y al volver formamos en el patio. La humedad agudizaba el frío. La luna presumía con un enorme halo circular, y en el silencio del patio sólo se oían las voces del sargento de semana y los taconazos y palmadas de los reclutas. Justo antes de romper filas para ir a dormir, un compañero que se veía tan ridículo, tan alto y con el pantalón tan corto, gritó:

—Mi sargento, ¿puedo hablar?

—¿Qué quieres? —contestó antipático el sargento.

—Mi sargento, me han robado la gorra.

El sargento se mantuvo en silencio unos largos y tensos segundos. A continuación bramó:

—Pues como mañana por la mañana no hayas conseguido otra, te voy a meter una polla que te voy a hacer un hombre, ¿te enteras? ¡Reclutas! ¡Rompan filas!

martes, 2 de julio de 2013

Sobre la memoria y el olvido

CM350_GAusterlitz, el personaje de Sebald, regresa al lugar donde nació. Poco antes de que los alemanes ocuparan la entonces unificada Checoslovaquia, el niño fue enviado a Gales y puesto a salvo del desastre inminente. Sus padres permanecieron en la ciudad con la pretensión de partir unos días después, pero el mazazo de la terrible ocupación nazi fustró sus planes, y tras su confinamiento en uno de los campos de concentración fueron asesinados como tantos otros judíos.

Austerlitz visita la pequeña fortaleza de Terezin, en la República Checa, y buscando gente con su apellido encuentra a Vera, su antigua nodriza, vecina de la familia, que lo ayuda a reconstruir su pasado. Con ese poso imborrable de melancolía que siempre dejan los grandes sufrimientos, Vera relata la vida de la madre de Austerlitz en Theresienstadt (nombre alemán para Terezin), un pueblo que los alemanes tomaron y convirtieron en un gueto judío. Lo clausuraron con muros y lo utilizaron, además, para filmar una película de propaganda titulada El Führer regala una ciudad a los judíos, para la que adecentaron las calles y mostraron a la población realizando todo tipo de actividades cotidianas. De hecho, en los preliminares de la grabación, aquellas pobres personas creyeron que el régimen nazi se apiadaba de ellos, y por unos días renacieron en ellos las esperanzas de que aquella pesadilla por fin terminaría. La gran mayoría de la población fue trasladada a campos de exterminio y asesinada. Hoy Terezin es un museo vivo y punzante de la ignominia…

Recuerdo a Sebald y su Austerlitz porque el otro día consultaba varios libros sobre las víctimas de nuestra Guerra Civil. Mi abuelo paterno, en busca y captura no sé muy bien por qué motivos (tal vez pequeños hurtos), fue descubierto y denunciado por un cura y encerrado en la cárcel de Sevilla. Poco después, un 9 de noviembre de 1936, fue sacado de la cárcel y fusilado por el bando de guerra. El general Queipo de Llano fue quien tomó Sevilla y el que garabateó en un tosco y petulante castellano estos bandos de guerra. Se estima en miles los muertos que produjeron sólo en la ciudad, una ciudad en la que, salvo en el barrio de la Macarena, apenas hubo resistencia a la ocupación militar. Muchos miles más fueron los asesinados en los pueblos de la provincia, en los que Queipo de Llano llegó a imponer un número mínimo de fusilados, y en los que cualquiera que hubiera expresado de alguna forma su libertad política y de conciencia se convertía automáticamente en delincuente.

Queipo en Sevilla

Hoy, los restos de este sujeto, que fue despreciado incluso por su propio régimen, y que fantoche y socarrón apodaba al dictador Franco Paca la culona, descansan en la basílica de la Macarena, en el mismo barrio que opuso la última resistencia al fascismo en la ciudad. Entré en la basílica hace sólo Tumba de Queipo de Llano en la basilica de la Macarena Queipo de Llanounos años. Mi amiga alemana Heidi nos había visitado en Semana Santa, y al pasar cerca del edificio, que bullía de gente, no quise dejar de responder a su curiosidad. Mientras Heidi tomaba fotos de las recargadas orfebrerías de la iglesia y los pasos, yo sentía un asco insoportable.

Hoy pienso que sí, que la memoria del sufrimiento produce melancolía, porque el tiempo sólo corre hacia delante y los efectos de la maldad y la injusticia nunca tendrán solución. Pero infinitamente peor que el dolor de la memoria es el olvido, la incapacidad para, con el sosiego de la paz recuperada, colocar los huesos indignos de un asesino en un lugar donde todos podamos evocar la indignidad y reflexionar sobre ella… Aunque, si bien lo pensamos, igual una iglesia es justo el lugar adecuado para que descansen los huesos del carnicero, un lugar donde, consciente o inconscientemente, se venera el olvido ―el del pasado y el de uno mismo―, la tradición sangrienta, la resignación del rebaño, la muerte como triunfo, la indignidad en suma…

sábado, 6 de noviembre de 2010

Golpe y luna

Mili La tarde del veintitrés de febrero de mil novecientos ochenta y uno guardaba yo cola ante la única cabina de aquel sector. Recostado sobre la pared junto a la cabina, sentado en un poyete, un veterano con uniforme de faena y respetable bigote liaba un cigarro con parsimonia. Para entonces la noticia ya recorría incierta la larga cola, y para ilustrarla el veterano gritó, con una chulesca sonrisa:

— ¡Esto es la guerra!

Hay que reconocer que mis dieciocho años eran algo engañosos. Cuando decidí hacerle caso a JA y pedir mi ingreso voluntario, yo intuía un ejército impreciso, esa imagen pulcra de los soldados que desfilan con elegancia, pero nada más. Permanecería en mi ciudad, y la misma recomendación que me daba acceso a aquel cuartel elitista, me procuraría la tranquilidad suficiente para cursar el primer año de Medicina. El mundo de los adultos todavía no era mi mundo, y sin descubrir sus rincones más agradables me introduje directamente en uno de sus infiernos.

Aún me pregunto por qué no usé aquella llamada para hablar con mi madre. Sólo ahora, casi treinta años después, he pensado en su más que probable preocupación, y en la de mi padre. Sin embargo, hice la llamada que tenía prevista: quería hablar con una compañera de facultad, por unos apuntes. Contestó su madre: Marisa no estaba. Acaso la mujer podía decirme si había pasado algo en el Congreso…

El término correcto es acuartelamiento. Todos los reclutas que habían salido de paseo fueron localizados por la Policía Militar. Entre nosotros, que solíamos quedarnos para estudiar aquellas dos o tres horas libres, la preocupación comenzó a fluir dibujando miedos en nuestras miradas. La información era precaria, insegura, escasa, pero los amantes de la aventura, entre los que se contaban muchos hijos del cuerpo, apuntaron con alegría la posibilidad de que esa misma noche jurásemos bandera, requisito inexcusable para salir a la ciudad a dar tiros.

Luna faroSólo recuerdo con claridad el toque de retreta, el momento de ocupar nuestras literas y la visita de un teniente coronel, también vestido de faena, tratando de tranquilizarnos con aquellos groseros modos de los mandos militares, despachando el asunto con la obviedad de siempre, que se nos darían las órdenes precisas, y que por el momento no debíamos saber nada más. Que las radios estaban prohibidas, y que aquel al que se sorprendiera con una de ellas sería arrestado. Sé que, en cuanto se apagaron las luces de la escuadrilla, uno de los reclutas encendió una radio y algunas noticias corrieron en susurros entre las literas. Y así me dormí, pensando como cada noche en MC, con esa confianza infantil en la capacidad del amor para arreglarlo todo.

A la mañana siguiente nos despertaron, como siempre, muy temprano. Como cada día, en un cuarto de hora nos habíamos aseado y vestido, habíamos hecho la cama con una corrección obsesiva y formábamos en el patio bajo el frío penetrante de febrero, sin el más mínimo indicio del amanecer. El sargento de semana, un tarugo amargado y ruin, aullaba bajo aquella luna que menguaba, una luna que era para mí como un faro en la tempestad, la única prueba disponible del futuro…

lunes, 31 de diciembre de 2007

El Pescaílla

No recuerdo su nombre, porque todos le llamábamos el Pescaílla. Protagonizó luego un episodio del que me vanaglorio siempre, sobre todo cuando quiero demostrar que a las buenas soy un santo, pero que a las malas no hay quien supere mi mala sangre, y es que mucho después de aquello el Pescaílla me vino a pedir un favor, que no quería hacer guardia el sábado inmediato, que tenía quehacer, y entonces yo le dije que era verano, que más de la mitad de la tropa andaba de vacaciones, y que no podía hacer nada, que él sabía que yo no escatimaba los favores, pero que alguien debía cubrir aquella guardia, y que si no era él no había nadie más. Entonces el Pescaílla se me puso farruco, y yo, cansado de las cábalas para cuadrar el listado de servicios y harto del egoísmo de cada uno, le dije por teléfono, soldado mandón y ejemplar, que él iba a hacer aquella guardia porque a mí me salía de los cojones. Así se lo dije, porque yo cuando me pongo…

Pues aquello lo protagonizó el bueno del Pescaílla, eso sí, unos meses antes, de reclutas, cuando nos llenaban el día de charlas extravagantes y ejercicios que más que instrucción eran sanciones y escarmientos. El Páter, un comandante de tez cerúlea y fantasmal, como corresponde a todo buen enviado de Dios, nos arengaba sobre nuestro papel fundamental en la salvación de la Patria, salpicando su desmañado discurso de referencias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En cierto momento, de entre las cabezas que plagaban los asientos y el suelo de la estancia, surgió un brazo blanco e inocente. “A ver, tú, ¿qué quieres?”. Y el Pescaílla que suelta: “Mi Páter, que me estaba preguntando yo, que si Usía dice que Jesucristo murió por todos nosotros, y que cuando alguien lo abofeteaba ponía la otra mejilla, y todo eso que Usía dice, que por qué entonces nosotros tenemos que coger los cetmes y luchar y defender con la fuerza a la Patria…”. El Páter no dudó un instante: “¡Pero eso fue Jesucristo, hijo mío, Jesucristo! ¿Cómo vais vosotros a compararos con Jesucristo? Vosotros tenéis que luchar y defender a la Patria, porque Jesucristo es Jesucristo y vosotros sois vosotros. Cada uno a lo suyo”. El Pescaílla se volvió a sentar en el suelo no demasiado convencido.

El Páter acabó su perorata, y se fue con su lánguido pasito por donde había venido. Un cabo liliputiense y con aspecto troglodita nos mandó a callar, y como alguno trataba de seguir charlando tras una pequeña columna, le espetó: “¡Eh, tú, no te escuendas!”. Enseguida entró un teniente muy apuesto, con una gorra demasiado deslucida para su porte marcial, y nos explicó con detalle el funcionamiento y composición de las granadas de mano. Otro día cuento cuando en la instrucción nos hacían apuntar con el cetme al Cristo del Sagrado Corazón de San Juan de Aznalfarache.

(Sugerido por el certero artículo de Manuel Jabois, Vestidos como putas)