Fue hace dos noches cuando mi amigo nos contó su sueño. Cenábamos alegremente en un restaurante, reíamos y bromeábamos con la comida, y no recuerdo bien el comentario que súbitamente lo detuvo y lo impulsó a contarnos su sueño. Tal vez lo había olvidado al despertar, y justo entonces, entre risas, había aparecido de nuevo. El modo veraz y detallado en el que hizo el relato de aquel sueño indicaba cuánto lo había afectado.
Mi amigo conducía su coche; ahora juraría que era de noche, y que las calles estaban bien iluminadas y concurridas. En cierto momento pensó en aparcar, pero mientras se acercaba al hueco donde pensaba dejar el coche observó que el movimiento de las personas que caminaban por la calle era un movimiento excesivamente rígido, como si todas aquellas figuras deambularan sonámbulas. Aún más, descubrió que eran figuras oscuras, todas de un mismo y tenebroso negror.
Entre las figuras, una se acercó resueltamente hacia él. Era un niño de unos doce años, y en brazos llevaba a un bebé. La inocencia de los niños contrastaba con la mirada insensible y la determinación con la que el niño se le acercaba. Sintió un escalofrío y entonces estuvo seguro de que aquellas figuras lo miraban, y que esperaban que abriese la puerta del coche para introducirse en él. Arrancó el automóvil pero al poco algo lo hizo girar la cabeza. En el asiento trasero estaba el niño con el bebé en brazos, observándolo fijamente con una mirada helada y terrible.
De alguna forma estaba ya en su casa. Trataba de dormir, pero en cierto momento despertó con la certeza de que había alguien sentado en su cama. Sabía con certeza que era uno de ellos, pero aunque ahora veía la escena desde arriba, desde fuera de la cama, él seguía realmente acostado, incapaz de moverse, aterrorizado pero sin ninguna capacidad de reacción. Las figuras negras cruzaban por los pasillos de su apartamento. La puerta del apartamento estaba abierta, y enfrente, la del apartamento de su madre también lo estaba. Por eso pudo ver cómo una de esas figuras cruzaba por el recibidor, y entonces su terror se mezcló con el deseo de salvar a su madre. Corrió y la llamó a gritos, mientras veía figuras que se ocultaban sólo a medias de él…
El sueño no siguió. Yo, con la piel erizada y aún estremecido por el relato, comenté que de pequeño, y aún hoy, si al acostarme tengo alguna mano fuera del borde de la cama, y me da por fantasear sobre seres lúgubres y monstruosos, llega un momento en que recojo la mano. Alguien comentó entonces que, al acostarse solo, invariablemente miraba debajo de la cama antes de dormir.
Hace unos instantes que me he despertado. Escribo esto aún en el duermevela que sigue a un sueño agitado. Imagino que sólo podré recordar la punta del iceberg. Yo estaba con un grupo de amigas en una casa antigua de pueblo. Rebuscaba entre una pila de casetes para poner algo de música. La casa estaba muy desordenada, con indicios de que llevábamos allí varios días. Alguien había mencionado una leyenda de aquel pueblecito, de la que yo me había reído silenciosamente mientras buscaba el casete adecuado. La música no debía ser demasiado estridente (poca gente distingue el ruido de la música enérgica) y capaz de abrirse paso en aquel guirigay de risas y voces. Alguien había referido el temor de los aldeanos a una mujer de vestido largo y oscuro que se aparecía blandiendo una gran espada. Cuando la oí pensé en tantas otras leyendas que todos conocemos, en esa novia que se aparece por las noches en la cuneta en la que, el día de su boda, perdió la vida por un accidente; o en las almas en pena que vagan por los alrededores de los pueblos, buscando a alguien que las salve de su eterna condena…
Salí a la calle. Atardecía. Por algún motivo yo blandía un gran rotulador con el escribí en el suelo algunas palabras, seguramente dedicadas a alguna de mis amigas. La casa daba a la plaza del pueblo, y junto a ella estaba la fachada de una modesta iglesia. Yo me alejé hacia el lateral opuesto de la plaza, y desde allí, mientras arrastraba el gran rotulador sobre el suelo, algo me hizo detenerme. Miré hacia atrás y a unos veinte metros la vi. Llevaba un vestido largo de época, muy ceñido en la cintura y de faldas amplias. Su cabello estaba pulcramente recogido en dos pequeños moños a cada lado de la cabeza. Podría medir casi dos metros, y en sus brazos blandía la espada, una enorme espada que me apuntaba mientras la mujer caminaba resuelta hacia mí. Su figura era rígida y oscura, recortada en el avanzado crepúsculo junto a la torre de la iglesia. Sus zancadas me parecieron espectrales, sólidas y formidables, pero todo esto lo observé en un instante, porque el terror se apresó de mí inmediatamente. Aunque sabía que mi única salvación era correr, dudé un segundo, incapaz de moverme, y tuve tiempo de pensar en la curiosa e interesada parálisis que invade a todos los protagonistas de las películas de terror. Ahora yo sabía que era real, que ocurría así, que cuando más lo necesitabas no podías dar un paso. De todos modos, conseguí moverme y, tras lanzar el rotulador hacia atrás pensando absurdamente que eso quizás la detendría, corrí saliendo de la plaza y doblando una esquina que ocultaba por un instante al monstruo. Al doblar la esquina me topé con dos mujeres del pueblo que caminaban hacia mí. Grité que venía, que la mujer venía, y las lugareñas se volvieron y escaparon como alma que lleva el diablo. Giraron en la primera calle y desaparecieron en la creciente oscuridad. Sabía que no tenía escapatoria, que la mujer oscura me alcanzaría… y así me he despertado, agitado, sobrecogido aún por la visión de aquel engendro, temeroso de cerrar de nuevo los ojos, porque al abrirlos esperaba que estuviese de nuevo ahí, de pie ante mi cama, con la espada a punto de caer sobre mí.
Sólo en este duermevela era posible describir mi terror, sólo en este duermevela la realidad de mi sueño tenía algún sentido, antes de que el día se imponga con su deslumbrante eficacia, y que con su tiránica autenticidad trate de borrar de mi piel el terror de esa figura...