Mostrando entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de abril de 2013

París soñado

FondosWiki.com-notre-dame-paris-4

Anoche soñé. Lamentablemente, y como de costumbre, sólo quedaron en mi memoria trazas del sueño, entre ellas una mujer voluminosa que, por calles atestadas, siempre obstaculizaba mi paso. Mientras avanzan los minutos noto cómo con ellos se difuminan esos contados vestigios de la aventura nocturna, pero hay algo que me asombró en el sueño y que me sigue asombrando ya despierto. Vagábamos por París, paseando en coche por sus calles antiguas, y recuerdo que miraba hacia arriba con el asombro con el que miran los niños, reconociendo los laberintos de Cortázar, adivinando a Ribeyro en uno de sus paseos tristes, reviviendo a Pardo Bazán mientras investigaba el mundo por aquellas calles de cuento. Los edificios se alzaban tan hermosos, tan inesperadamente hermosos...

Nunca he estado en París, y aunque muchas veces vi, en fotos y películas, sus edificios más emblemáticos, ese tipo de calles debió forjarse en mi sueño con retales de otros lugares, tal vez con la propia sustancia de mi fantasía. De cualquier modo, esas calles, esas admirables fachadas tapizadas de detalles extraordinarios, ya fueran creadas por mis recuerdos o sólo por mi imaginación, demostraban que dentro de nuestra cabeza existe un núcleo fascinante de creación, una fuente insospechada de delirios y de arte, tal vez sometida por el ruido de nuestros apremios cotidianos, por el terror que, en el fondo, les tenemos a las verdades más sencillas.

lunes, 24 de enero de 2011

Alborada

La luna de noche larga se desinfla suspendida en la fría bruma del cielo. El suelo bulle de prisas y compromisos. Mis pasos navegan sobre las aceras rotas, en esa penumbra confusa del imperfecto y desafinado amanecer. Las acacias posan larguiruchas, esqueléticas, avejentadas, mientras las ramas de aquellos plátanos, iluminadas aún por la luz artificial de unas desengañadas farolas, afierran sus hojas escasas contra el viento helado de la mañana que las azota. Un joven vagabundo, ido y cándido, duerme arrimado al exterior de un local vacío. Bajo el saco de dormir su perro enorme asoma la cabeza y observa sereno el infinito con una mirada reflexiva, casi humana, atravesando con ella, absorto, la cortina de piernas y ruedas que fluye incomprensible por la avenida. No hay flechas, no hay sentidos recomendados, no hay señales de dirección. El paisaje se despinta como si lloviera sobre una acuarela. Mi mirada cae sobre las cosas como la lluvia.

Jackson Pollock - Night Mist

Jackson Pollock, Night Mist (Norton Museum of Art)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Que el firmamento entre en mis pulmones…

DSC08036 Me hallaba en un mundo destrozado, poblado por animales tan ridículos como fabulosos, a los que aquella gente clasificaba por su peligrosidad. Era un mundo delgado, de escondrijos breves y claustrofóbicos. El jefe de la horda que me había acogido me lo explicaba todo, y me llevó a aquella casa hundida en un mar de basuras. Estábamos dentro, no sé cómo había entrado, pero para salir sólo había un agujero trapezoidal y minúsculo en el suelo, y me dijo que pasara. Le contesté en silencio que ni siquiera me cabría la cabeza. A un gesto suyo, uno de los que nos acompañaban pasó con elegancia por el hueco. Luego me colocaron en posición, con la cabeza por delante, y comprobé que pasaba sin dificultad, pero esa angostura comenzó a aprisionarme el ánimo. Salimos al exterior por una puerta en una de las plantas superiores del edificio, una puerta que habría perdido la escalera que bajaba a la calle, tal vez una de esas escaleras metálicas de seguridad. Daba a un inestable y ajustado pasillo, trenzado con basuras, que corría suspendido en la pared. Todos comenzaron a caminar por él sin temor a la caída, pero al poner el primer pie en él resbalé. Pude sostenerme sin caer, pero tal vez se llegaron a mí todos esos sueños de cuando niño, ésos en los que me veía saliendo de mi casa por la ventana, agarrado a la fachada a una gran altura, una y otra vez deshecho por el vértigo. Abajo los desperdicios se amontonaban…

Poco después caía la noche sobre aquel mundo inasible. El crepúsculo era la hora de los animales, engendros variados que poblaban la noche de peligros. Era una constante huida de lo desconocido. Caminábamos con sigilo, mirando sin descanso a un lado y a otro, vigilando los árboles del parque porque de ellos podría saltar cualquier alimaña inimaginable. Habíamos llegado a una especie de escondrijo oscuro y húmedo, y descansamos, estábamos seguros. Para calmar mi terror alguien que me invitó a que entrase en goyaun diminuto charco, excavado en la piedra e iluminado por un resplandor que mostraba el cieno del fondo. Aunque tampoco cabía en ese charco, no sentí extrañeza alguna, podía hacerlo de forma natural, aunque me sumergí con una sensación intensa de claustrofobia. Buceé un instante y descubrí en el fondo un mundo multicolor, criaturas increíbles que nadaban con placer meloso, cautivas en el exiguo charco. Flotando en el agua mi mente descansaba, pero ese mundo no me decía nada, nada…

Nuestra horda recorría ahora la ciudad llena de sombras, y de la penumbra del parque, saltando la verja, apareció un amenazante grupo de monstruos, liderado por uno alto y terrible. Nos acorralaron contra unos veladores metálicos que brillaban mojados y tristes. El animal más peligroso era una especie de jirafa enorme y pardusca, más bien una enorme avestruz sin alas y con rostro humano, que desde muy arriba me miraba amenazando con lanzar su cabeza contra mí en un golpe mortal. Agarré una de las mesas de aluminio y golpeé al animal en el pecho, lo golpeé con todas mis fuerzas, esperando que huyera por el dolor, pero su piel era dura y la mesa crujió contra ella como si golpease contra un suelo enmoquetado.

Grasmere cemetery Tal vez me atacó, quizás perdí el sentido. No sé bien cómo volvimos a estar hacinados en una guarida sin luz, fría y húmeda. Me fijé en un pequeño charco circular, y el líder de la horda, con barba y pelo largo, me invitó de nuevo a descansar, a entrar en el charco; pero esta vez rehúso, me niego porque estoy harto de ese mundo estúpido de coloreados engendros, que flotan en el agua como verdades inútiles, y no quiero seguir distrayéndome con ellos, engañándome con sus movimientos suaves sin futuro. Siento náuseas y necesito romper estas estrecheces. Odio esta existencia precaria donde sólo sirve huir, huir sin descanso. Querría vomitar pero siento miedo, miedo a la muerte. Medio despierto, pienso que todos hablamos de la muerte con demasiada ligereza, y entonces rememoro los ojos abiertos de mi suegro pocos instantes antes de morir, el pavor de aquellos ojos, los ojos de un buen hombre…

Ya estoy despierto del todo, y me digo que seré un mal moribundo, y que tal vez hay situaciones donde el suicidio puede ayudarnos con las náuseas cuando éstas llegan para quedarse, con la asfixia que llenó mis últimas pesadillas. Necesito levantarme, salir a un espacio mayor que este dormitorio, rasgar el mundo que me rodea para que el aire limpio del firmamento entre en mis pulmones. Primero me pregunto, ya regresado de esos abismos, si existirá un lugar así, tan abierto. Luego me digo un número, el 304, y por una complicada asociación de ideas concluyo que quizás la inmensidad se me haya presentado algunas veces en forma de pequeños rincones aparentemente simples, en los que, sin embargo, se ocultaban profundidades universales y delicias tan inexplicables como estos sueños…

martes, 29 de junio de 2010

Al infierno que te vayas…

Camarón062010 Era poco después del mediodía, pero con la calor de Sevilla el bar ya invitaba a una cerveza. Lo encontré paseando por la calle, y enseguida lo saludé. José Monge Cruz, Camarón, me miró con ese silencio con el que él miraba siempre, exactamente el mismo de mi tío Jesús, y se dejó saludar. Su sonrisa fue tímida, contenida, triste.

Me alegré mucho de verlo después de tanto tiempo. Pareció que aquel encuentro era un paso obligado en nuestras historias, como si estuviese previsto por alguna minúscula pero determinante fuerza natural, así que no me sorprendí en absoluto. La última vez que lo había visto, hace muchos años, Camarón deambulaba por la zona de La Florida, picoteando en los bares de la avenida con un rostro cadavérico y la vida destrozada por las drogas. Entonces no debíamos conocernos, porque yo me limité a mirarlo pasar. Pero hoy Camarón me saludó con cariño.

Entramos en el bar y noté su rostro algo desvaído, como si mis ojos tuvieran ese filtro que en el cine trata de ocultar las arrugas de las actrices. Fue lo primero que me extrañó, aunque mi extrañeza se disolvió al invadirme un deseo tremendo de tomar su cara en mis manos y acariciarlo como a un niño. Sentí tanta pena por él, tanta ternura se me vino a la garganta. ¿Cómo no me di cuenta de…?

Tomamos algo, ahora no recuerdo qué, como tampoco recuerdo de qué hablamos. Pero sí sé que apareció una amiga, una mujer que, cuando se lo presenté, se alegró de conocer a Camarón, una leyenda viva. Convencimos a José de que se viniera con nosotros. Se movía con dificultad, como si sus piernas se hubieran contagiado de la timidez de su corazón gitano. Entró en el coche, en el asiento de atrás. El cristal trasero del coche se bajaba como los de las puertas laterales, y eso debería haberme hecho sospechar, pero sólo empecé a creer que algo no andaba bien cuando, al bajar el cristal, una rama de naranjo, que al parecer estaba apoyada sobre el coche, se coló en el habitáculo, molestando a Camarón. La rama del naranjo tenía espinas, flores de azahar, pequeñas naranjas verdes y sólo hojas nuevas y diminutas de naranjo recién plantado. Debido a sus largas espinas, tuvimos problemas para sacar la extraña rama y cerrar de nuevo el cristal. Entre mi amiga y yo pudimos arreglar el problema, mientras Camarón se limitaba a echar el cuerpo adelante y mirar cómo hacíamos, como un chiquillo que dejara a sus padres deshacer un peligro.

Si lo pienso bien, recuerdo poco más de ese encuentro. Sólo sé que me desperté poco después y noté cómo poco a poco, como suele suceder con los sueños, los detalles se evaporaban al contacto con la vigilia. Nunca he sabido a ciencia cierta si aquel a quien vi vagando de bar en bar por La Florida era Camarón, aunque en el recuerdo, un recuerdo de este lado del espejo, se le parecía tanto… Esta noche volví a ver a Camarón, y ahora sí que era él, con seguridad, era él reconstruido con sus cantes en mi corazón, una prueba más de que los que se fueron nunca se han ido…

Y al infierno que te vayas
yo me voy a ir contigo,
que yo me voy a ir contigo,
porque yendo en tu compaña
llevo la gloria consigo.
Ay al infierno que te vayas,
me tengo que ir contigo.

Maíta de mi alma
que dirme dónde estás metía,
que dirme dónde estás metía,
ay que yo te llamaba a voces
y tú a mí no me respondías.
Ay que a voces yo te llamaba,
y tu a mí no me respondías.

Metí a la lotería,
yo metí a la lotería
y me tocó tu persona,
que era lo que yo quería.
Y me tocó tu persona,
que era lo que yo quería.

viernes, 16 de abril de 2010

El inoportuno despertador

don_quixote_16 — Dígote Sancho que no me alcanza la memoria a esclarecer cuáles fueran los prelegómenos de mi sueño, pero que en su término y final se citaron y confundieron los goces más asombrosos del cielo con las más lóbregas escuridades del averno. Y tan profunda y aparatosa fue la visión que, hubiérase compuesto en tu caletre inocente de labriego, y por las mismas te hubiéremos hallado en tu despertar tan comido por el pasmo que ni Dios nuestro Señor fuera para sacarte del marasmo mortal. Y dígote, mi fiel Sancho, que todas las andanzas del mundo no me fueran sobradas para conjurar la sacudida funesta de este sueño, y que de no ser por mi natural decidido y la fuerza descomunal con que la faz de mi señora Dulcinea del Toboso, non plus ultra de la fermosura en este mundo, provee a mi voluntad, que yo mismo cayera cautivo en el espanto soberbio y encantador de aquesta imagen sublime que se me pareció al fin de mi soñar.

»Ahora pinta en tu deshabitado pensamiento, ahí elevado casi dos estados sobre tu vista, un murete de piedras, desos que se usan de lindes en los campos, y atravesándolo un camino que espaciadamente se hace curvo para el este de tu mirada. A ese promontorio ascendí por ver mejor lo que ocurría, porque la tarde perecía ya bajo negros y tormentosos enigmas, y he aquí que topeme con unas montañas tan altas como la áurea morada de aquellas dicharacheras deidades profanas, unas alturas gigantes que bordeaban el camino por la siniestra. Sus cumbres eran interminables y nevadas, y refulgían con traza de algodón, o más cumplidor sería decir que la nieve no era nieve, sino plumas de verdaderos ángeles, despidiendo una luz que habría podido brotar de los manantiales de la gloria. Y justo sobre esas nieves y esos fulgores, suspendidas en los cielos y manchándolos con la color del proprio terror, fuscas y ceñudas nubes peleaban con la luz para imponer sus tinieblas.

»Las faldas y precipicios caían sobre el camino con un verdor vacilante, y mucho habría de errar mi entendimiento si no fuera aquel panorama digno de las tierras salvajes que, más allá de la Inglaterra, se desparraman con el nombre de Escotia. Pero advierte, Sancho, que jamás mis aventuras me llevaron por semejantes reinos, y que nunca vi pintura alguna que acaso se aparentase a esta visión. Por lo que no es de extrañar, mi fiel escudero, que otra vez sea cosa de encantadores ociosos, que andan pincelando inquietudes en mis sueños, y molestando mis pensamientos que, por otros modos, andarían un día y otro suspensos en el sin par recuerdo de los ojos de mi Dama. La fantasma de este sueño se ha enredado en mi celebro, y no hay fuerza humana ni divina que pueda ahuyentarla. Y menos si pienso en los carros que, desde el fondo del camino, se venían hacia mí en el sueño, y que se apresuraban como llevados por el diablo, diríase que fuyendo despavoridos del valle que era entonces la fauce imponente de un monstruo, pulida acaso por la desnuda hermosura de la naturaleza. Y doy en pensar, querido Sancho, que ese valle es tal el dibujo de la mesma vida, que para mí que es un camino de tormenta y espanto sobre el que brillan algunas quimeras caras y emocionantes. Pues que a qué habríamos de soportar tanto despertar y desfallecer, tanto amanecer naciente y tanta noche de derrota, si no fuera, antes y principalmente, por la verdad cierta de que mi vida pertenece a nuestro Padre celestial, mas también por esas luminiscencias con que los cielos de vez en vez nos regalan, lanzándolas como esperanzas por entre el mucho dolor y el corto entendimiento del hombre.

»Pero avivemos el paso, Sancho, que Damas desdichadas y torcidas fechorías aguardan la claridad de mi brazo, y mal me condujera yo si me dejase encandilar por una mera pintura soñada…

domingo, 6 de septiembre de 2009

Duermevela

Fue hace dos noches cuando mi amigo nos contó su sueño. Cenábamos alegremente en un restaurante, reíamos y bromeábamos con la comida, y no recuerdo bien el comentario que súbitamente lo detuvo y lo impulsó a contarnos su sueño. Tal vez lo había olvidado al despertar, y justo entonces, entre risas, había aparecido de nuevo. El modo veraz y detallado en el que hizo el relato de aquel sueño indicaba cuánto lo había afectado.

Mi amigo conducía su coche; ahora juraría que era de noche, y que las calles estaban bien iluminadas y concurridas. En cierto momento pensó en aparcar, pero mientras se acercaba al hueco donde pensaba dejar el coche observó que el movimiento de las personas que caminaban por la calle era un movimiento excesivamente rígido, como si todas aquellas figuras deambularan sonámbulas. Aún más, descubrió que eran figuras oscuras, todas de un mismo y tenebroso negror.

Entre las figuras, una se acercó resueltamente hacia él. Era un niño de unos doce años, y en brazos llevaba a un bebé. La inocencia de los niños contrastaba con la mirada insensible y la determinación con la que el niño se le acercaba. Sintió un escalofrío y entonces estuvo seguro de que aquellas figuras lo miraban, y que esperaban que abriese la puerta del coche para introducirse en él. Arrancó el automóvil pero al poco algo lo hizo girar la cabeza. En el asiento trasero estaba el niño con el bebé en brazos, observándolo fijamente con una mirada helada y terrible.

De alguna forma estaba ya en su casa. Trataba de dormir, pero en cierto momento despertó con la certeza de que había alguien sentado en su cama. Sabía con certeza que era uno de ellos, pero aunque ahora veía la escena desde arriba, desde fuera de la cama, él seguía realmente acostado, incapaz de moverse, aterrorizado pero sin ninguna capacidad de reacción. Las figuras negras cruzaban por los pasillos de su apartamento. La puerta del apartamento estaba abierta, y enfrente, la del apartamento de su madre también lo estaba. Por eso pudo ver cómo una de esas figuras cruzaba por el recibidor, y entonces su terror se mezcló con el deseo de salvar a su madre. Corrió y la llamó a gritos, mientras veía figuras que se ocultaban sólo a medias de él…

El sueño no siguió. Yo, con la piel erizada y aún estremecido por el relato, comenté que de pequeño, y aún hoy, si al acostarme tengo alguna mano fuera del borde de la cama, y me da por fantasear sobre seres lúgubres y monstruosos, llega un momento en que recojo la mano. Alguien comentó entonces que, al acostarse solo, invariablemente miraba debajo de la cama antes de dormir.

Hace unos instantes que me he despertado. Escribo esto aún en el duermevela que sigue a un sueño agitado. Imagino que sólo podré recordar la punta del iceberg. Yo estaba con un grupo de amigas en una casa antigua de pueblo. Rebuscaba entre una pila de casetes para poner algo de música. La casa estaba muy desordenada, con indicios de que llevábamos allí varios días. Alguien había mencionado una leyenda de aquel pueblecito, de la que yo me había reído silenciosamente mientras buscaba el casete adecuado. La música no debía ser demasiado estridente (poca gente distingue el ruido de la música enérgica) y capaz de abrirse paso en aquel guirigay de risas y voces. Alguien había referido el temor de los aldeanos a una mujer de vestido largo y oscuro que se aparecía blandiendo una gran espada. Cuando la oí pensé en tantas otras leyendas que todos conocemos, en esa novia que se aparece por las noches en la cuneta en la que, el día de su boda, perdió la vida por un accidente; o en las almas en pena que vagan por los alrededores de los pueblos, buscando a alguien que las salve de su eterna condena…

Salí a la calle. Atardecía. Por algún motivo yo blandía un gran rotulador con el escribí en el suelo algunas palabras, seguramente dedicadas a alguna de mis amigas. La casa daba a la plaza del pueblo, y junto a ella estaba la fachada de una modesta iglesia. Yo me alejé hacia el lateral opuesto de la plaza, y desde allí, mientras arrastraba el gran rotulador sobre el suelo, algo me hizo detenerme. Miré hacia atrás y a unos veinte metros la vi. Llevaba un vestido largo de época, muy ceñido en la cintura y de faldas amplias. Su cabello estaba pulcramente recogido en dos pequeños moños a cada lado de la cabeza. Podría medir casi dos metros, y en sus brazos blandía la espada, una enorme espada que me apuntaba mientras la mujer caminaba resuelta hacia mí. Su figura era rígida y oscura, recortada en el avanzado crepúsculo junto a la torre de la iglesia. Sus zancadas me parecieron espectrales, sólidas y formidables, pero todo esto lo observé en un instante, porque el terror se apresó de mí inmediatamente. Aunque sabía que mi única salvación era correr, dudé un segundo, incapaz de moverme, y tuve tiempo de pensar en la curiosa e interesada parálisis que invade a todos los protagonistas de las películas de terror. Ahora yo sabía que era real, que ocurría así, que cuando más lo necesitabas no podías dar un paso. De todos modos, conseguí moverme y, tras lanzar el rotulador hacia atrás pensando absurdamente que eso quizás la detendría, corrí saliendo de la plaza y doblando una esquina que ocultaba por un instante al monstruo. Al doblar la esquina me topé con dos mujeres del pueblo que caminaban hacia mí. Grité que venía, que la mujer venía, y las lugareñas se volvieron y escaparon como alma que lleva el diablo. Giraron en la primera calle y desaparecieron en la creciente oscuridad. Sabía que no tenía escapatoria, que la mujer oscura me alcanzaría… y así me he despertado, agitado, sobrecogido aún por la visión de aquel engendro, temeroso de cerrar de nuevo los ojos, porque al abrirlos esperaba que estuviese de nuevo ahí, de pie ante mi cama, con la espada a punto de caer sobre mí.

Sólo en este duermevela era posible describir mi terror, sólo en este duermevela la realidad de mi sueño tenía algún sentido, antes de que el día se imponga con su deslumbrante eficacia, y que con su tiránica autenticidad trate de borrar de mi piel el terror de esa figura...

jueves, 6 de agosto de 2009

Las montañas de oro

En ese primer instante andaba convencido de que estábamos en Las Hurdes. Ha nevado levemente, lo suficiente como para salpicar la calle de manchas blancas y brillantes. Desde el coche, por las ventanillas de aquel Citroën ZX de tres puertas que, negro y endeble, a tantos rincones amables nos acompañó, indicamos la nieve con esa alegría algo infantil que su blancura nos produce a los del sur. Pero en cierto momento, un instante indefinido, tal vez aún desde el coche, o quizás ya caminando calle abajo entre un gentío de turistas, observamos el paisaje dorado. Unas montañas altísimas y oscurecidas por nubes tormentosas se despliegan en el fondo, y sobre ellas destaca una franja de cumbres más bajas pero retorcidas hasta lo inconcebible, y bañadas por un sol dorado ciertamente irreal. De este lado de la calle miro la escena encuadrándola con los ojos: fondo oscuro sublime, plano central bañado en oro y primer plano con este gris de tarde nublada que se desliza con rapidez hacia la noche. Y también una multitud molesta de turistas que se agitan como moscas. Empuño la cámara, pero soy incapaz de ver las montañas doradas, sobre todo porque una pareja juguetea en una especie de mirador que sale de la carretera entre dos edificios. Espero un poco, pero la pareja se abraza, ella y él (¿los conozco, son esos vecinos de Jaén que mantienen tanto las distancias?) riendo y tomándose de las manos, separándose y volviéndose a unir con una pasión entre novelesca y dulzona, indiferentes ante la cantidad de gente que apunta sus cámaras hacia la escena... Imposible hacer la foto, y mientras la pareja se resiste a marchar el oro que cubre las montañas comienza a disolverse. Me muevo inquieto entre la bandada de turistas que sueltan grititos de asombro muy afectados, casi británicos... ¿Estoy en Gran Bretaña? ¿No eran Las Hurdes? No me asombra...

montañas sueño

El sol se atenuó tanto que ahora sólo queda una sucesión de grises, y la pareja ha desaparecido. Busco los servicios, entro realmente enfurecido por la poca educación de la gente, y cuando estoy lavándome las manos, en el vano de la puerta abierta aparece mi tía Carmen. Me lavo las manos con una pastilla de jabón negra y circular, pastilla que he cogido de un cajón lleno de otras pastillas muy coquetamente envueltas. Mi tía las mira sorprendida, como si hubiese visto una joyería al aire libre. Yo le comento que allí, en el Reino Unido, la gente es muy confiada y respetuosa con los espacios públicos, y que a nadie se le ocurriría tocar nunca aquellas pastillas de jabón si no es para usarlas en aquel lavabo. Mi tía me mira y mira el cajón, y sé que incluso en ella, una mujer decente como pocas, se enciende una duda: ¿por qué dejar que otros se lleven aquellos jabones tan coquetos? Somos españoles, y estos ingleses están un poco locos. Aun así, ella no coge ninguna pastilla...

Está sonando el despertador. Miro la hora con desgana, las siete menos cuarto, y me desperezo, y luego, para descansar del estiramiento, vuelvo a relajarme para disfrutar ese duermevela matinal. Aún me siento indignado con aquella pareja. Además, qué coraje no haber aprovechado aquel día cuando al día siguiente alguien había dicho que daban agua. Ahora que estoy despierto considero la forma en que debería haber actuado con aquella pareja. Si me hubiera acercado a ellos, incluso interponiéndome entre ellos y el paisaje, igual me lo hubiesen recriminado. La respuesta cualquiera la sabe: “sois vosotros los que estáis fastidiando con vuestras carantoñas idiotas e insensibles a un montón de gente, y ahora ¿me vais a pedir que no haga lo que vosotros mismos estáis haciendo?”. Estoy de nuevo soñando, reproduciendo la escena donde la pareja y el resto de turistas actúa de modo independiente a mí; aunque no lo suficientemente dormido como para no saber que debo levantarme, que tengo que ducharme e ir a trabajar. Me despabilo con esfuerzo, abro los ojos cuanto puedo y pienso que esa recaída en el sueño ha sido tan curiosa que debo apuntar los detalles en algún sitio, o al menos fijarlos en mi memoria para luego poder contarlos. Tantas veces he pensado así, para olvidar luego hasta el último segundo de mis oníricos viajes... Y repasando los principales sucesos vuelvo a caer en el sueño, y recuerdo que María, al momento de descubrir yo aquel paisaje inolvidable, bajó entregándome las llaves del coche: “ya está cerrado”, me dijo. O la cara de mi tía cuando yo, ante su gesto de incredulidad, le dije que así eran los ingleses; o Las Hurdes que no eran Las Hurdes, sino Gran Bretaña, aunque quién sabe, tal vez fuera justo la frontera entre Las Hurdes y Gran Bretaña, donde aún humeaban los rescoldos de otro sueño en Las Hurdes, que se aparece de pronto, pero que rechazo para ser fiel a la historia que aún me indignaba... Pero ahora vuelvo a zafarme de las manos blandas, de las caricias del sueño, y me levanto y con los ojos casi cerrados cruzo el pasillo oscuro, recojo a ciegas el cuaderno y enciendo la luz de la cocina para no despertar a los niños. Entonces escribo con caligrafía desordenada sobre el otro mundo, con los ojos prácticamente cerrados, sobre ese mundo que durante unos instantes extendió sus caminos hasta éste de todos los días.

miércoles, 24 de junio de 2009

En la misma noche…

ajuar funerario En la penumbra de una habitación extiendo una serie de abalorios funerarios sobre una tela color crema. A mi lado se encuentra mi hijo mayor, ayudándome. Súbitamente advierto que la muerte no está aún decidida, que se sorteará entre otra persona y yo, y que si soy el agraciado al cabo de unas horas todos esos abalorios arderán conmigo para siempre. Y cayendo en ello me entristezco profundamente y lloro haciendo cuentas de lo que perderé, de que todo lo que tengo se perderá entre la ceniza, que dentro de unas horas tal vez no vea más a mi hijo mayor, ni al pequeño, ni a mi mujer, ni a nadie...

Toro suelto Pero ahora hay un toro suelto por la Carretera de Carmona, en la luz desvaída del amanecer. Un toro rojizo y poderoso que comienza a perseguir a un hombre de edad. El hombre trata de sortear al animal sin éxito, mientras nosotros miramos la escena sobrecogidos, y desde un lugar alto que no existe. De pronto el toro se revuelve, y aunque está lejos pienso que sería interesante salir de allí, y al pensarlo se lo estoy diciendo a mi mujer y a un amigo. Nos volvemos para escapar y estamos en la Avenida de la Constitución, junto a la Catedral, donde una muchedumbre se agita por algo que descubro por pura intuición. Otro toro, éste más joven, delgado y nervioso, aparece cuando la gente se aparta aterrorizada, y yo, al tratar de retroceder tropiezo con mi mujer y mi amigo y caigo al suelo.

Alfonso del Real Todo está ahora en calma. Paseo por calles estrechas de Sevilla, en la luz pálida de un crepúsculo casi noche, y en una de esas calles me encuentro con Alfonso del Real, que camina delante de mí remiso y tambaleante. Me acerco a él. Un inmenso cariño y una profunda pena me embargan al verlo. No sé si es el alcohol o la vejez lo que lo abruma, tal vez ambas aflicciones, pero parece no saber lo que se hace. Camina apesadumbrado, parándose de cuando en cuando, como buscando inocente alguna ruptura de lo esperable. Le hablo y él adapta su paso al mío sin esfuerzo, con naturalidad, sin caer en la pesadez de los bucólicos o los borrachos, y así caminamos juntos. Un poco más arriba de la calle entramos en un local lleno de gente, una especie de antiguo teatro o cine convertido en sala de actos, donde alguien va a intervenir para dar una conferencia o interpretar escher relativityalguna obra. Alfonso se levanta de su asiento y se dirige en voz alta a esa persona, arrastrando las palabras, viejo y perdido, y yo me siento incómodo, pero en el aire flota la sensación de que es un hombre que merece un homenaje porque la vida sólo le deparó vejez y soledad…

Con el escenario más borroso, observo desde una ventana cercana al techo un largo recinto lleno de estantes. Sigue siendo de noche y las luces están apagadas. La estancia está cerrada y levemente dibujada por el alumbrado tímido del exterior. En la puerta de cristal, por fuera, diviso a una mujer joven. Me coloco allí precisamente por ella. La miro, la acecho con deseo, dejando volar mi imaginación entre intimidades y confidencias. Tal vez sea la tienda en un hotel, parte de un intrincado laberinto donde persigo una mirada, sólo una mirada...

martes, 5 de mayo de 2009

Candela

El infierno de la prisa… La aceleración desdibuja el escenario, los objetos se emborronan, se desvanecen los matices, las tiernas punzadas se esfuman en ese fluido de nada, viajando a la velocidad de la muerte.

Ahora una candela crepita a sus espaldas, y no sabe cuánto tiempo ha permanecido ahí, quieto, silencioso y desocupado, con los ojos fijos en el rojo vivo de sus latidos. La noche se derrama sobre él con su inconsolable modo de mencionar los rescoldos del pasado, o las ascuas de un presente menesteroso, o las incertidumbres de un futuro donde algunas puertas se cerrarán lentas, taciturnas y afligidas. Sí, se siente tan cansado de ser él mismo…

Esos senos dispares, y esas manos pequeñas y rudas cuyo espejismo acaricia sin descanso tras una breve vida entera de extravío. O el jardín perfecto de unas palabras que acarician su alma con sus juegos, que tejen canciones y anuncian deleites que nunca, nunca vendrán más acá de su sueño. Ah, esos caminos anochecidos ahí delante, donde los miedos entibian al pecado, donde sabores ardientes se disipan perdidos por las calles vacías de una ciudad fascinante.

Pero hoy se detuvo ante la candela, ante las maderas que ahora, marchitas, se van durmiendo, y quiso dejar de mirar al mundo para prenderse del rojo excesivo donde la vida no puede ser. Quiso suspenderse ante el fuego, quemar sus pensamientos y ser nadie, librarse de ese difuso dolor de estómago que es puro síntoma de otro antiguo e incurable malestar del alma. Quiso, iluso, enajenarse en el baile casual de unas brasas, en la supuesta sencillez del tiempo y el sufrimiento, rindiéndose al calor absorbente de una candela…

viernes, 20 de marzo de 2009

Sueños: Reconocerse

[Texto basado en un sueño auténtico de Nhaar y en su propio relato]

Suerte que ayer tomé algunos apuntes, porque si no a saber dónde andaría a estas alturas el sueño, quizá perdido en los recovecos interminables de mi memoria...

Le cuento: estoy en una fiesta, en un bar, no sé, en un local lleno de gente, y en eso aparece un chico que conoce a alguno de los que me acompañan. Nos saluda y a continuación llega más gente, acompañantes del recién llegado, y usted entre ellos.

Debe ser verano porque llevo un vestido muy corto y escotado, y recuerdo ahora este punto porque en el sueño siento mucha vergüenza; no suelo ir así a trabajar, y usted nunca me ha visto fuera del trabajo. Una debe cuidar su reputación, y en el sueño temo perderla por la pura casualidad de verle allí…

El sueño - Picasso El caso es que el chico empieza a presentar a unos y otros, y usted como si nada. Quiero decir que va y me saluda como a cualquiera de los demás, ¡como si no me conociese de nada! Al principio imagino que bromea, o que simplemente disimula. Quizá piensa que vengo acompañada... tal vez. Me divierte su actitud, pero al mismo tiempo me extraña: yo ¡una desconocida para usted! Increíble…

Y como usted lo quiere así, así ocurre; le sigo el juego, y también yo me hago la nueva, a ver... Parece divertido. El caso es que se sienta allí conmigo, y entre miradita y miradita al escote charlamos animadamente de esto y lo otro, y, conociéndolo como lo conozco, lo sé encandilado conmigo, con todo lo que digo. Ay, su cara alucinada... Y yo pasándomelo pipa, deslumbrándolo con mis comentarios y mi frescura.

En otra escena del sueño, uno de nuestros amigos comunes me confirma que usted anda emocionado conmigo, que dice usted no haberse topado nunca con una mujer con la que tiene tanto en común, una mujer que parece conocerlo desde siempre... ¡Y yo sin atreverme a contarle lo bien que lo conozco! No puedo estar segura de que me crea si se lo cuento, entre otras cosas porque ni yo misma puedo dar crédito a lo que está pasando, y porque usted bien podría pensar que todo es un montaje y yo una farsante.

No sé muy bien en qué momento me convenzo de que no disimula, de que realmente no me conoce de nada. Sí, un sueño simpático, y el lujo de una noche sin relojes engarzada en mi sueño…