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lunes, 16 de abril de 2012

Crónicas del carril bici: 3. Pasos de peatones

Rastas Vile se llama realmente Virgilio Leonardo. Su acomodada familia consideró un desdoro ponerle al niño Antonio o Carlos. Ahora, con sus veinticuatro años, Vile ha defraudado a su familia, que lo querían abogado y lo tienen ahí, estudiando tercero de Bellas Artes, vistiendo como un desarrapado, con esas barbas y esas rastas desordenadas que dios sabe lo que andarán criando. Es cierto que al muchacho no le falta un perejil: móvil de última generación, ropa (andrajosa) de marca y botines último modelo, una cartera saneada y una intocable libertad, porque sus padres son gente de dinero pero también de educación moderna.

Vile se considera un militante contra los vehículos a motor, contra la caza indiscriminada de ballenas y contra los críticos artísticos. Sus padres, un empresario restaurador de éxito y la dueña de una destacada tienda de moda en la calle Sierpes, gastan una fortuna en lienzos para que Vile pinte cuadros originalísimos, tres al día. Su estilo consiste en hacer agujeros en el lienzo y pintar sus bordes con los tres colores básicos. Considera absurde y ridicule mezclar esos colores: ganas de esconderse en la técnica por no saber expresar lo genuino. Porque Vile ha pasado varios veranos en París, y compensa sus maneras algo bruscas con el uso continuo de delicados términos franceses. Para Vile, además, no hay palabra más hermosa que la palabra alternativo. Se da baños de alternativismo manteniendo una fecunda amistad con grupos de jóvenes vagabundos, que sólo se diferencian de Vile porque en sus rastas anidan pulgas y porque en sus gastados andrajos se ha borrado la marca.

Vile vuela con su bicicleta por el carril bici, con un estilo impecable. Nadie que lo vea puede imaginar, y esto lo llena de satisfacción, cuánto arte y cuánta sensibilidad esconde en su pecho. En la acera hay un joven sudamericano que hasta hace nada paseaba todas las mañanas, lentamente, a un perro enorme y envejecido, con un ojo inservible que miraba siniestramente al cielo. Como siempre, dueño y perro se parecían físicamente. Hace unos días que el perro no va con el joven, y hay que suponer que ha muerto, porque otro perro más joven, arrugado y feísimo, lo ha sustituido en el paseo matinal. El chico acompaña a dos niños: Ricardo y Azucena. Azucena tiene ocho años, viste el uniforme del colegio y lleva en su espalda una pesadísima mochila. La niña, con sus rubios rizos, cruza el carril bici por un paso de peatones hacia la parada de autobús. El chico del perro la mira, y de pronto le grita: ¡Azucena! La niña se detiene justo para que la roce el viento alternativo de Vile, que ha sorteado a Azucena con una habilidad increíble y sigue su camino como si hubiese esquivado una mierda de perro, sin mirar atrás. La chiquilla consigue cruzar, mientras Vile pedalea de pie sobre la bicicleta, con movimientos armoniosos y tres satisfaits…

separador

 

Dama Ciclista Águeda Floriánez enseña Método del Trabajo Social en la universidad. Sus alumnos la tienen por persona un poco agria, y su aspecto, mujer delgada en la cuarentena, de risa difícil y vestimenta clásica, lo corrobora. Aun así, se considera una mujer implicada en el mundo. Buena lectora de literatas (“ya los leímos demasiado tiempo a ellos”), lee todos los días varios periódicos de distintas tendencias, porque dice ser apolítica. Aun así, tiene su opinión formada sobre todo lo que ocurre, y si alguien se la pide la suelta con ese tono de quien no conoce la duda.

Águeda se separó hará unos tres años. Afortunadamente su hijo y su hija son ya mayores de edad y bastante independientes. Desde entonces no soporta a los hombres. Su marido le echó en cara su huraño carácter, pero ella sabe que lo que en el fondo él buscaba era carne joven, como todos. No le interesa demasiado el sexo, que es cosa de machos. Lo suyo, lo femenino, es el amor, aunque en estos tres años no ha encontrado a nadie digno de sus sentimientos.

Águeda se desplaza a su trabajo en una bicicleta preciosa, muy limpia y con un cestito de fantasía en el que acarrea sus carpetas. Cuando se detiene en un semáforo debe saltar desde el sillín al suelo: lo lleva tan alto porque cree que así gana en elegancia. Cuando pedalea suele pensar en la vida, en la suerte, en el amor y el desamor, en esas mujeres enormes que fueron las que realmente levantaron el mundo. Hoy, sin embargo, algo la saca de sus pensamientos. Una chica sudamericana se le ha cruzado en un paso de peatones. Águeda ni siquiera se ha percatado del paso, y sólo acierta a saltar del sillín para no caer con el choque. La chica que ha atropellado no dice nada, sólo se recompone un poco y se apresura a cruzar el paso de peatones lo más rápido posible. No han intercambiado una sola palabra. Águeda mira con cara de asco a la mujer, y advierte su piel oscura y descuidada, su grosero pelo negro, su ridícula estatura andina, una mujer tan desarreglada y vulgar, tan inoportuna… Águeda siente sobre ella la mirada de todos, y la culpable es esa pedigüeña, esa estúpida que ha tenido la desfachatez de cruzarse en sus pensamientos…

miércoles, 12 de octubre de 2011

Crónicas del carril bici: 2. El astronauta

el.astronauta- El buen hombre pedaleaba sobre una bicicleta plegable con cierto aire patoso, justo por donde el encontronazo con la del culo gordo, aunque unos meses antes de aquello. Portaba en la espalda una mochila plateada y rígida, tal vez adquirida con el juego completo de valijas lunares, y de no ser por el chaquetón oscuro y pasado de moda que vestía, cerrado hasta arriba y rematado con un gorro puntiagudo, hubiese pasado por astronauta rural escapado de la película de Javier Aguirre.

Se desplazaba por el carril inseguro y parsimonioso, y como yo esa mañana llevaba algo de prisa, lo adelanté sin más cuento. Uno de los entretenimientos preferidos de los usuarios del carril bici en Sevilla es el de adelantarse mutuamente sin descanso. Verán, les explico. Yo les adelanto a ustedes, y ustedes, a la mínima oportunidad me adelantan de nuevo, para que luego yo tenga que adelantarles y así hasta el infinito y más allá. El caso del astronauta les ilustrará sobre una de las técnicas más usadas en este juego diabólico. En el primer semáforo que encontramos tras adelantarlo, me topé con dos ciclistas que esperaban pasar.Carretera Carmona 3 Me coloqué tras ellos, pero nuestro navegante espacial a dos ruedas, con el mismo cuajo con el que manejaba la bici cósmica, nos adelantó a todos por el carril izquierdo, y se colocó junto a la primera persona de la fila. Atento a la mecánica del semáforo, el muchacho arrancó un instante antes que su competidor, y se colocó el primero, eso sí, sin aumentar ni una pizca su velocidad de caracol artrítico. Así, todos tuvimos que adelantarlo inmediatamente, con las consiguientes molestias que dicha maniobra supone en un carril atestado de ciclistas. A mí lo que realmente me molestaba era no poder ir pensando en mis cosas…

Ronda histórica 5 Así encaramos la larga recta de la ronda histórica en la que, sin embargo, aparecían varios semáforos más. En el primero de ellos, nuestro amigo volvió adelantar por la izquierda mientras una larga cola de gente esperaba (tontamente, claro) en el carril derecho a que se abriera el semáforo. Volvimos a adelantarlo. Y en el siguiente se repitió la operación, reconozco que con los ánimos del que escribe ligeramente alterados. Al adelantarlo por última vez lo miré con intenciones asesinas y pasé moviendo la cabeza de un lado a otro, incapaz de concebir que hubiera un tipo tan idiota.

La gracia del cuento vino en el siguiente semáforo. En él me detuve el primero, con más gente detrás. El adelantado ciclista sideral se paró justo a mi lado, en su carril acostumbrado, y esta vez se dirigió a mí:

— Perdona, ¿te pasa algo conmigo?

Por un instante no supe si reír o bajarme de la bicicleta y partirle la cara. Pero me controlé y le dije pausadamente:

Ronda histórica 6— ¿Que qué me pasa contigo? Te voy a decir lo que me pasa contigo: que estoy hasta los cojones de adelantarte. No se adelanta a la gente que va más rápida que tú en los semáforos cerrados.

El astronauta, con un tono de voz que noté algo compungido, pasó no obstante al contraataque:

— Yo lo único que sé es que casi me tiras cuando me has adelantado en la Carretera de Carmona.

Seguramente se refería a la estela de aire que dejé cuando lo adelanté, porque lo pasé limpiamente y dejando más de un metro de distancia entre nuestras bicicletas.

— Tú no estás bien, chaval. Te adelanté correctamente. Eres tú el que no sabe andar por el carril. Te he adelantado tres veces, y ahí donde estás ahora no te puedes parar, porque es el carril contrario. Piensa un poquito con la cabeza, si eres capaz de usarla…

Entonces se quedó callado. Se abrió el semáforo y lo dejé allí pensativo y a punto de ser arrollado por otros ciclistas que venían de frente. Más adelante volvimos a coincidir en un semáforo donde ambos nos desviábamos del carril, pero esta vez se colocó a distancia, en un lugar donde no molestaba. Noté cierta tristeza en su mirada, perdida en las primeras luces del amanecer. Tal vez se imaginaba sobrevolando la tierra, y adelantando a los satélites en los cruces interestelares…

lunes, 12 de septiembre de 2011

Crónicas del carril bici: 1. ¡Qué culo!

Ya va para tres años que soy un humilde usuario del carril bici en Sevilla. En todo este tiempo he pasado por períodos de euforia ciclista y por momentos de pesadumbre y desafecto hacia el mundo del pedal. Contemplé, como todo aquel sevillano que quiso mirar, cómo el antiguo monteseirin-semana-movilidad alcalde, el socialista don Alfredo Sánchez Monteseirín, a instancias de su primer alcalde, don Antonio Rodrigo Torrijos, de Izquierda Unida, comenzó a construir el verde carril, justo en los meses anteriores a la elecciones municipales de 2007. Se hizo con prisa, con fondos estructurales europeos que había que gastar a corto plazo, usando personal poco especializado, y sobre todo con la idea de que para las elecciones los ciudadanos pudieran votar, como siempre, contentos con sus benditos próceres.

He discutido muchas veces sobre el carril, y ante el argumento incontestable de que es mejor tener un carril que no tenerlo, siempre he repuesto que ya resultaría acojonante tener un carril bien hecho, sin ese firme irregular y deslizante, sin ese trazado torpe, sin árboles en medio (y sin que arreglen este problema eliminando los árboles), un carril bien señalizado, con un mantenimiento serio, y sobre todo acompañado de las correspondientes medidas de vigilancia y educación de la ciudadanía que permitan que se pueda transitar por el carril sin jugar con tu vida ni con la de los demás.

Después de usarlo varios años, creo que el carril es en el fondo peligroso, muy peligroso. Y creo que las taras propias de su construcción han dejado de ser la principal razón de su peligro, para tomar su lugar la pura falta de educación de un buen número de ciclistas, peatones, conductores de coches, motoristas, y casi todas las palomas, vulgares y torcaces.

Raro es el día que no observo, en un trayecto de poco más de un cuarto de hora a velocidad de paseo, alguna admirable barbaridad, y la de hoy, incomprensible, me ha decidido a compartir regularmente mis aventuras.

Así que aquí va la primera anécdota…

Carretera Carmona El primer tramo de la Carretera Carmona, como se ve en la foto, es absolutamente recto. Son las tres de la tarde, caen mil grados sobre la ciudad, y yo pedaleo sin prisa alguna por el carril. Hace un instante me ha adelantado un tipo madurito con una bicicleta de carreras a la que no le falta un perejil. Poco antes de adelantarme, al yo desplazarme un poco a la izquierda para evitar a un peatón que pasa cerca del borde del carril, desde lejos, el tipo hace sonar con nerviosos timbrazos la frase acostumbrada: “eh, quítense de ahí que viene el rey del mambo”. Llevo unos cuantos días procurando no tener prisa sobre la bicicleta, y repitiéndome que nada me hará tenerla. Me obligo a olvidar con rapidez los frecuentes detalles desagradables y a silbar contento de que el aire fresco de la mañana me acaricie el rostro, y alegre luego de que la bicicleta me haga avanzar por entre el infierno del mediodía hacia la cueva fresquita en la que vivo.

Carretera Carmona 2

Un poco más arriba de la avenida, el carril sigue lindando directamente con la carretera y a la izquierda con una hilera de naranjos sin podar, pero la visibilidad es perfecta. Algo antes del lugar por el que pasea ufano ese cívico peatón, una mujer joven con una bicicleta excesiva y con un culo también excesivo, cruza desde la otra acera la peligrosa avenida y se incorpora al carril por un lugar no señalizado, sin mirar, por supuesto. La tengo a unos diez metros. Conduce muy lenta y descaradamente por el carril izquierdo. Paseando la alcanzo y le toco el timbre, pero me doy cuenta que lleva unos auriculares puestos, unos cascos rosas con flequitos, lindísimos, y no tiene pinta de quitarse del carril izquierdo, aparte de que su trayectoria no es del todo recta. Sé que la muchachita no me escucha, así que, con lentitud y cuidado extremos, intento meter la rueda para que al menos me vea. Antes he mirado si venía alguien de frente, y en muchos, muchos metros no he visto a nadie. La ciclista, una mujer de piel oscura, tal vez colombiana, venezolana, ecuatoriana, quién sabe, me mira de reojo, pero mantiene orgullosa su posición, dejándome el sitio justo para que, rozándome con las ramas de los naranjos, la vaya adelantando con mucho, mucho trabajo. Pero todo va más lento de lo que esperaba, y cuando ya casi he conseguido adelantarla oigo su voz que me increpa desde atrás. Piensen que todo esto se desarrolla a una velocidad de koala cansado, la justa para no quedarnos parados y caernos como tontos hacia los lados. Entonces cometo la imprudencia de volverme y decirle que debe ir por el carril de la derecha. Para entonces ella anda ya vistiéndome de limpio, y justo cuando vuelvo a mirar hacia delante me veo a un tipo que se me echa encima como una fulgurante exhalación, que nos ha visto, sí, pero que no tiene intención alguna de pararse, y al que esquivo por un pelo. El simpático ciclista debía tener prisa, hay que comprenderlo, joder, tenía todo el derecho y la preferencia, y si se hubiese estampado contra mí toda la culpa hubiese sido mía, así que él siguió veloz y consciente de sus derechos ciclistas.

La chica de culo excesivo, demostrando que en América Latina la educación es universal, y que no sólo la buena gente tiene vocabulario, ya va por la siguiente estrofa:

¡…cabrón, gilipollas, hijo de puta, eso te pasa por atrevido, estúpido mamón…!

usalabici Qué bien habla, joder, no todo es culo en ella… Intento, reconozco que de un modo algo vehemente, hacerle entender que no se puede conducir por la izquierda con la música a todo volumen, pero los insultos me llueven y decido simplemente mirarla, dejar que siga con su salmodia de halagos y sonreír, porque por un momento lo pienso bien y aquello me resulta surrealista. La ciclista se desvía en el siguiente cruce, y lo último que veo es su rostro desencajado que sigue mirándome y diciendo:

…grandísimo hijo de puta, cabronazo imbécil, ojalá te…

Bueno, lo último que realmente veo es su culo, un culo gordo como un planeta que me hace exclamar, consciente de que con la música no me escuchará: ¡gorda!, aunque de inmediato pienso que qué culpa tendrá la gente entrada en carnes. Y sigo mi camino por el proceloso mundo del ciclismo sevillano, sobre nuestro maravilloso carril bici, riéndome de lo que ha pasado, aunque riéndome por no llorar, claro…