martes, 15 de enero de 2008

Ella sin tren

Hemos de marchar sobre las vías, como trenes obedientes, y si a alguno se le ocurre salir de ellas descarrila de inmediato. En vez de ver mundo, debemos dejarnos guiar con suavidad sedante hasta chocar desmemoriados contra las toperas que nos detienen para siempre. Ella, sin embargo, había aprovechado un cambio de agujas para sacar, siquiera por unas horas, sus pasos de la tutela aburrida del raíl. Paladeó los sabores insólitos del extravío mientras se perdía con él en la noche, en un paraíso ocasional de casas vacías, invierno y soledad, una maraña de callejas mal iluminadas y desiertas que conducían inopinadamente hasta aquella habitación. Desde el balcón se podía observar majestuosa, con su chal azul y salado, la gran roca, y asombraba el suelo estrellado que la enmarcaba.

Ella, olvidada de contar las traviesas previstas, bailó con él la Danza macabra, aferrada a su cuerpo como si fuese el de la mismísima fantasía, y se pisaban los pies desnudos riendo como niños desobedientes, seguros de que nadie en el mundo podría descubrirlos en la travesura de su perfecto refugio nocturno. Encendieron las luces, y luego las apagaron, y así fue que se miraron con los ojos, húmedos de desconsuelo, pero también con el corazón, al que auxiliaron las yemas de unos dedos hambrientos. Ella jugó, jugó como no recordaba haberlo hecho en años, trenzando palabras casi olvidadas, añadiéndoles la cadencia de su risa generosa y elocuente, y todos los premios los depositaba en los labios de él, dentro de su boca acogedora, que la esperaba con una sed infinita, con una canción susurrada, con un cuento de Octavio Paz. Y luego, antes de que la noche se disolviera en el día, ella durmió envuelta en sus brazos, y también le prestó a él la almohada de sus pechos breves, y le confió su olor de mujer de campo abierto. Pero el día, perseverante, los devolvió a los raíles, porque la noche no puede durar; y allí, en el mismo cambio de agujas donde ella había saltado al abismo, todo un ejército de ojos sumisos se abalanzó sobre el último abrazo que ella inventó con él, y de esta manera, de súbito, tuvieron que restituir sus sueños a las vitrinas oscuras de la esperanza, y regalarse un último beso de esclavos cuyos destinos divergen sin solución. El mar se había quedado muy, muy atrás, y de su recuerdo subsistió el vaivén del Ruhevoll de Mahler, que él después se encontró pegado a su piel con un extraño, emocionante, duradero sabor salado…

domingo, 13 de enero de 2008

Tres deseos

Para Aires, que transita otros mundos

Si ahora encontrara una de esas lámparas mágicas, y al frotarla apareciese un genio con la oferta acostumbrada de los tres deseos, creo que no albergaría duda alguna: primero le pediría que mis hijos tengan la vida más feliz que puedan tener. Segundo, solicitaría al buen genio que ningún niño en este mundo padezca sufrimientos más allá de esas pequeñas contrariedades que a los niños les sirven para crecer responsables y sanos. Tercero, pediría sin la más ligera vacilación poder abrazar dos veces a mi madre. Al resto de la vida la dejaría seguir con su curso mezquino y gris.

miércoles, 9 de enero de 2008

Los ojos de Luciano

Mírenle los ojos a Luciano, miren su ojos. No sé si es la mejor versión, pero esta conjunción entre Puccini y Pavarotti es uno de esos pocos detalles que dan sentido a la vida.

CALAF

Nessun dorma!
Nessun dorma!
Tu pure, o principessa,
nella tua fredda stanza
guardi le stelle che tremano
d'amore e di speranza!
Ma il mio mistero
è chiuso in me,
il nome mio nessun saprà!

No, no, sulla tua bocca lo dirò,
quando la luce splenderà!
Ed il mio bacio scoglierà
il silenzio che ti fa mia!

VOCI DI DAME

Il nome suo nessun saprà...
E noi dovrem, ahimè,
morir! Morir!

CALAF

Dilegua, o notte!
Tramontane, stelle!
Tramontane, stelle!
All'alba vincerò!

Vincerò! Vincerò!

Traducción al castellano:

CALAF

¡Que nadie duerma!
¡Que nadie duerma!
¡Tú también, princesa,
en tu fría estancia
miras las estrellas que tiemblan
de amor y de esperanza!
¡Mas mi misterio
se encierra en mí,
mi nombre nadie sabrá!
¡No, no, sobre tu boca lo diré,
cuando resplandezca la luz!
¡Mi beso deshará
el silencio que te hace mía!

VOCES FEMENINAS

¡Su nombre nadie sabrá...
y nosotros, ay,
debemos morir! ¡Morir!

CALAF

¡Noche, disípate!
¡Estrellas, ocultaos!
¡Estrellas, ocultaos!
¡Al alba venceré!
¡Venceré, venceré!

(Traducción:
http://www.supercable.es/~ealmagro/kareol/obras/turandot/acto3.htm)

martes, 8 de enero de 2008

Estos Paisanos están locos...

Lo prometido es deuda, y aquí tienen unas palabritas sobre los diez discos del año (excluyendo la música clásica) elegidos por los críticos musicales de El País. Para facilitarles la tarea, les he incluido antes de mis pareceres el texto de cada crítico.

No olvido que he prometido a algunas amigas mi lista de discos del año, pero la verdad es que no sabría qué decirles. No estoy demasiado a la última, y tengo la costumbre de llegar a los discos casi siempre tarde, además de que sigo viviendo de las inagotables rentas de los sesenta, setenta y ochenta, donde se hizo música más avanzada y vanguardista que la mayoría de la que se hace ahora (o al menos de la que trasciende). Pero para no defraudar a mis amigas, y de paso hacerles un regalo, les incluyo al final de esta entrada un enlace donde podrán descargarse un disco. Hace unos años sentí la necesidad de recopilar temas que me gustaban, fueran del estilo que fueran, y sin mucho miramiento colocarlos unos detrás de otros y componer un álbum, al que llamé Los sonidos de la Luna (que ya va por su quinto volumen, éste último doble). Por supuesto, el mérito del disco es el de los compositores e intérpretes que aparecen en él, y mi mérito es simplemente disfrutarlo, y pasarlo a mis amigos para que ellos también lo disfruten, descubriendo tal vez a algún prenda cuya discografía les alegre aún más la vida. Aun así, cualquier melómano aficionado posiblemente conozca todos los temas que el disco contiene, pero resulta curiosa la mezcla, y escuchar las transiciones entre uno y otro. Así que ahí al final llevan el primer número de Los sonidos de la Luna, con todo mi cariño. Y ahora les dejo con este carnaval de despropósitos. No les incluyo enlace alguno a los discos criticados porque saben ustedes dónde los pueden conseguir. Suyo de ustedes…

Wilco – Sky Blue Sky

Quizá haya que agradecer a la migraña crónica del líder de Wilco, Jeff Tweedy, la actual regresión del grupo de Chicago a terrenos menos ruidosos. Tras los experimentos y distorsiones de su anterior disco, A ghost is born, Wilco ha vuelto este año a sus raíces, más cercanas a Gram Parsons que a Sonic Youth. Si un álbum resulta igual de confortable en invierno que en verano, suele ser un clásico. Y Sky blue sky lo es. L. Portela

Cancioncitas melosas que me recuerdan a mi adorado McCartney, sólo que estos muchachos las hacen con treinta años de retraso. Como Wilco no son (como Wings) la Virgen de los Reyes, acaban recordándome también a Los Pecos con ese chimpún bobalicón sobre el que se desarrollan todas sus cancioncitas, mientras que con esa voz de su cantante, que imita a tantos y tantos que cantaron así, sencillamente, por supuesto sin riesgo de herniarse, consiguen el efecto sentimentaloide sin el cual ninguna canción que se precie tiene hoy día éxito ninguno. Temitas ridículos, voz ridícula, aspavientos ridículos, ridiculez al cubo.

Deluxe - Fin de un viaje infinito

En 2005, Xoel López, es decir Deluxe, se sacudió los complejos y ataduras del indie rock. Los jóvenes mueren antes de tiempo fue un buen comienzo que ha continuado con este Fin de un viaje infinito, donde elabora un pop rock, personal y moderno. Es su disco más profundo e intenso pero a la vez liberador. Y con un mérito por encima de todo: la recuperación de atmósferas de clásicos españoles como Aute o Nino Bravo vistos desde el prisma de un chaval de 30 años que escucha a Interpol o Arcade Fire. El presente del rock español. L. P.

Idéntica crítica que a Wilco, pero con varios agravantes como la pachanga de guitarritas de campamento, y que, además, a este pájaro se le entiende mejor que a los otros: “Hay colillas en el suelo / y nadie quiere limpiarlo / he colgado en las paredes / cuadros de calles desiertas / si me sacas de este túnel / y abres todas las ventanas / saldré para siempre”. ¡Madre del amor hermoso!

Orchestra Baobab – Made in Dakar

La Orchestra Baobab nació en Dakar (Senegal) a comienzos de los años setenta. De formación panafricana, compitió con la Star Band en la mezcla de tradiciones mandingas y wolof con vibraciones cubanas. En Made in Dakar, su apuesta más reciente, la Orchestra revisa viejas y espléndidas piezas como Cabral, Sibam y Ndéleng Ndéleng, pero sobre todo logra una brillante conexión de africanías varias y meneos caribeños transculturados. Youssou N'Dour repite. Javier Losilla

Seguimos con la pachanga, esta vez transculturada, y ahora con una imitación africana y turulata de los ritmos de Compay Segundo, ya de por sí capaces de poner frenético hasta al Santo Job. Por supuesto, señores, es música africana, y quien diga algo contra ella además de racista es un purista y un intransigentista… Cualquier disco de Barrio Sésamo tendría música más inteligente. ¡Qué digo, escuchen la banda sonora de Los Teleñecos en la Isla del Tesoro!

Ornette Coleman – Sound Grammar

El viejo león de las vanguardias ha vuelto a sus viejos-buenos tiempos con su mejor disco en décadas. Un compendio de su nueva filosofía, esa "gramática de los sonidos" que, en las manos del saxofonista, se traduce en una música aventurada, poética y decididamente hermosa. Sound Grammar tiene el brillo de otros tiempos; la obra de quien, a sus casi 80 años, lo ha dejado todo para abandonarse a la urgencia creadora. Una obra maestra sin paliativos. J. M. G. M.

Jugando sobre seguro, nos proponen este disco de un Coleman que, lo siento, nunca fue santo de mi devoción. Reconozco, sin embargo, que siempre hizo una música que se me escapaba por arriba. Y también reconozco que este disco suena realmente bien. Eso sí, no he parado de reírme durante varios minutos pensando en la carita que pondrán los fans de Wilco y Deluxe al escuchar esta recomendación… Je, je… Bueno, al menos un acierto.

Robert Plant & Alison Krauss – Raising Sand

¿Un disco de versiones con el vocalista de Led Zeppelin y la reina del bluegrass mano a mano? La conjunción parecía improbable, pero Robert Plant y Alison Krauss, ayudados por el productor T-Bone Burnett, pueden presumir de pequeño milagro: él no grita, ella no empalaga y ni siquiera sacralizan el dueto por el dueto, pues a menudo uno de los dos se limita a las armonías vocales. Entre ambos van meciendo al oyente por el amplio espectro de la americana (folk, R&B, soul, country...), lo acarician y lo desasosiegan a un tiempo. Tejen un halo dulcemente lúgubre, como de gótico sureño, sostenido por los selectos músicos de Burnett (Marc Ribot, Jay Bellerose, Norman Blake...) y un repertorio oscuro, lejos de lo obvio. R. Fernández Escobar

Claro, él no grita y ella no empalaga, y se vienen ambos a un centro aburrido que consiste en lo siguiente: se busca un ritmito simpaticón, con sonidos curiosos y tratados con los filtros adecuados, y ya está hecha la canción. Se repite todo hasta la saciedad dejando en manos de la ingeniería y de las dos voces el encanto del temita. Más chimpón pirulero pero con pretensiones ambientales. Disco empalagoso hasta el vómito, aunque lo mismo como banda sonora daba el pego. Pero disco del año… Muy malo ha tenido que ser el año…

Rufus Wainwright – Release The Stars

Enfático, grandilocuente, espectacular, manierista. Todo en el universo de Rufus es polisílabo por puro barroquismo. El hijo de Loudon Wainwright III y Kate McGarrigle pretendía que este quinto álbum fuera el más comercial y accesible de su carrera. No lo consiguió del todo. Nuestro mesías gay atesora demasiado talento como para limitarse a las estructuras de estrofa-estribillo-estrofa. Por eso aquí hay armonías impredecibles, fraseos casi operísticos, emoción a raudales. Y una voz sin apenas parangón en la música popular. Haga la prueba con Nobody's off the hook y sus violines plañideros. O con la quietud desolada de Leaving for Paris. Rufus es de otra galaxia. F. Neira

¡Uy, Dios santo, un músico que no se limita a las “estructuras de estrofa-estribillo-estrofa”! Esto no pasaba desde Monteverdi por lo menos... La verdad es que, visto lo visto, casi habría que darle el Nobel de música… ¿Que no existe? Pues se crea para este buen hombre. A mí cuando en un tema el pianista pone los deditos alternos así a modo de garra, y se lleva toda la cancioncita aporreando el piano sin cambiar de ritmo, me pone de los nervios. Este Rufus no tiene una gran voz, su música es tremendamente previsible, a la ópera se le parecerá, seguramente, cuando forma mucho jaleo (usualmente al final de sus temitas), y comercial su álbum es que no se pueden ustedes imaginar. Otro disquito para escuchar muy bajito mientras cenas con velas en un McDonald.

Thunder Canyon – Smokey Rolls Down

Se suponía que este disco iba a ser el Blood on the tracks de Devendra, la crónica doliente de su separación de Bianca Casidy, la mitad de Coco Rosie. Por contra, nos deslumbra con un manifiesto práctico de libertad creativa, saltando de música en música, polinizándolas con su risueña locura, generando un torrente de mutaciones folkies, psicodélicas o tropicalistas. La única reserva posible es su desaliño general, muy chirriante en sus letras en español: si existe tal cosa como un productor especializado en disciplinar y potenciar la genialidad freak, debería llamar a Banhart. D. A. M.

Sobre este disco me niego a escribir. Tienen que escucharlo para creerlo. Váyanse por ejemplo al tema 4º, Seahorse, que empieza con uno de esos arpegios que yo hacía de jovencito, cuando no sabía tocar la guitarra (y por eso la dejé, claro), y que continúa con una copia burda del ritmo del Take Five de Brubeck. Vamos, de juzgado de guardia el disquito del año. ¡Aaaaahhh, pero si la crítica es también del Manrique! Je, je, este tío me mata...

White Stripes – Icky Thump

Led Zeppelin resucitó en 2007, justo el año en que no había necesidad de su blues-rock, gracias al arrollador Icky thump. Aunque resulte mezquino reducirlo a su querencia zeppeliniana: el traslado de Jack y Meg White a Nashville parece haber reanimado su curiosidad, evidenciada en la presencia de gaitas o el rock-mariachi de Conquest. Pero la canción matadora de este álbum de Las rayas blancas es You don't know what love is (You just do as you're told), que huele a cosecha de los sesenta. Tantas referencias retro no deberían despistarnos: su arma secreta es el sentido lúdico. D. A. Manrique

Miren, yo pasé del Manrique hace años, y hace años que trato de no leerle nada para no cabrearme, pero por ustedes me he leído este párrafo demencial. Porque miren, que este individuo (que sabe mucho más de conservar su estatus periodístico que de música) diga que este disco es la rehostia al vino, pase, al fin y al cabo también se dice eso de los discos de Iglesias o Raphael; pero que me compare a esta parejita ñoña con los Led Zeppelín es para mandarle los padrinos. Disquillo con algo de ruido, que suele ser confundido con la fuerza y el arte rockero por niñatos como éstos y por pasteleros como el Manrique.

Andy Palacio & The Garifuna - Wátina

Este sorprendente proyecto colectivo recuerda a Buena Vista Social Club. Los protagonistas no son los viejitos cubanos sino músicos garífunas, de diferentes generaciones y países. Los garífunas son descendientes de esclavos africanos rebeldes e indios caribes. Wátina se grabó en una comunidad costera garífuna de Belice, con artistas como el septuagenario Paul Nabor, el hondureño Aurelio Martínez o el propio Andy Palacio. Una música sencilla, auténtica y emotiva, de voces, guitarras y percusiones para un disco histórico. C. Galilea

Otro exponente de música étnica, adjetivo que sirve al parecer para calificar de música sencilla lo que es una música simple e hiperpesada. La Charanga del Tío Honorio pero sin gracia. Eso sí, ritmos africanos, así que todo el mundo cuidando ese racismo…

Robert Wyatt - Comicopera

Ser es así a veces, cantaba Nina Simone. Del mismo encoger de hombros que define la existencia nace esta gran obra en la que rabia, desconsuelo y perplejidad viajan con el placer de vivir incluso si uno, como es el caso, está en una silla de ruedas. Quizá el mejor disco del ex batería de Soft Machine y mártir de la psicodelia desde Rock Bottom (1974), su gran obra maestra. Traumas nuevos como el alcoholismo asisten esta vez al británico, que nos regala con esa voz que no se parece a ninguna sobre un fondo de cool jazz y la ayuda de los viejos amigos (Phil Manzanera o Brian Eno). Iker Seisdedos

Bueno, a ver, para terminar un disquito algo más complicado. No obstante, nada que ver con un gran disco, eso para empezar. El señor Wyatt es patoso hasta la hartura, y la complicación le viene de algunos destellos de Eno, que agradan más como antiguos retales de los tiempos del Rey Púrpura que mejorando en sí los temas. Y no es de extrañar, porque anda por ahí el señor Manzanera, recuerden, aquel que metió en el festival de Leyendas de la Guitarra de Sevilla nada más y nada menos que a Don Miguel Bosé. En fin, un disco que sin ser pésimo yo no escucharía una segunda vez, la verdad.

Y ahora, para que en desagravio por tanta hiel me pongan ustedes a caer de un burro...

Los sonidos de la Luna 1

...que lo disfruten...

lunes, 7 de enero de 2008

Dioses ridículos

Creer significa, según apuntan nuestros queridos académicos, “tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado”. A estas alturas parece obvio afirmar que existen muchos ámbitos de nuestra realidad a los que difícilmente podemos aplicar la comprobación o demostración puramente físico-matemática, pero tampoco desbarramos si reconocemos la existencia de una razón filosófica que consiste precisamente en tratar de acercarnos a las verdades a través del argumento racional. Se puede demostrar mediante complejos métodos de medición la existencia de esta mesa sobre la que escribo, pero su realidad también puede demostrarse apelando a nuestros limitados sentidos y a nuestra capacidad de tratar las sensaciones que con ellos adquirimos. Como bien nos indicaba Douglas R. Hofstadter, en su maravilloso Gödel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle (algo que Tani Curiel nos recuerda en los últimos Poemas del Desperdicio), incluso en el aparentemente sólido edificio de las matemáticas uno podría demostrar que una verdad es mentira; pero aun así seguimos viviendo de una forma diríamos que estadística: de acuerdo, Gödel puede demostrar que admitiendo que dos y dos son cuatro, y argumentando convenientemente y sin errores de cálculo, podemos concluir que dos y dos son cinco, pero cuando alguien me da dos tomates, y luego me da otros dos, lo cierto es que me encuentro con cuatro tomates en las manos, y ni a Gödel se le ocurriría discutir esta certeza práctica. Esta mesa sobre la que escribo podría ser sólo un sueño, pero lo cierto es que, si lo es, va durando lo suficiente como para que me las componga dentro de él, y para componérmelas nada mejor que considerar que aquí está la mesa, ante mí, y que puedo colocar libros sobre ella, y que la tengo que esquivar para no descalabrarme la rodilla. Lo que luego yo quiera hacer con ella, modelarla para que se convierta en un altar de mis desdichas o en un arsenal de recuerdos, eso ya es otra cuestión, porque la mesa, con sus cuatro patitas y su materialidad no deja de estar ahí, todos los días, aguardándome a la vuelta del trabajo.

Cuento todo esto en referencia a aquello de creer. Todos creemos de una forma u otra en muchas cosas, en algunas que todavía no conocemos, en otras que nunca conoceremos, incluso en algunas que no hay previsiones de que nadie conozca jamás. Todos nos creemos que (y creemos en que) el cerebro está compuesto de neuronas, y que las neuronas se relacionan mediante neurotransmisores químicos que, a su vez, provocan estímulos eléctricos que recorren a velocidades vertiginosas los axones de las neuronas; e incluso algunos creemos que todo ese barullo electroquímico es el que nos permite hablar, amar o llorar. Y realmente estamos creyendo en la existencia de todo ese entramado, porque nosotros mismos no hemos podido comprobarlo ni demostrarlo, pero creemos en ello porque los neurofisiólogos hacen públicas sus investigaciones, y si lo deseáramos podríamos comprobar si son ciertas o no, incluso podríamos ver con nuestros propios ojos las neuronas. Digamos que hay una comprobación indirecta y tácita. Pero ningún neurofisiólogo es capaz aún de explicar cómo funciona en su totalidad el cerebro humano, de ahí que la creencia de que todos nuestros sentimientos se podrían explicar con el mero estudio fisiológico del cerebro (aun cuando los avances científicos todavía no nos lo permita), no esté tan extendida como la creencia en la propia neurona. Aun así, podríamos argumentar sin mucha complicación por qué creer en ello no resulta mucho más descabellado que creer en la neurona.

Aquí surge el problema: ver para creer. Y no, no me refiero para nada al individuo que solicita siempre una prueba irrefutable de la existencia de algo para creer que existe, porque no hay nadie así. Me refiero a aquellos que, aprovechando la imposible demostración matemática de tantas instancias de nuestra vida, y dejándose caer por el tobogán de su pereza argumental (motivada bien por un deseo patológico de originalidad, bien por un complejo terrible de inferioridad o por alguna otra tara no superada), se embarcan en creencias que, afirman tajantes, nadie puede discutir ni con fórmulas matemáticas ni con argumentos filosóficos. Es como si los estuviera escuchando: “¡Bah, déjame de filosofías, yo te hablo de algo que está más allá de la filosofía!”. Son personas que pueden levitar y que no necesitan demostrar que lo hacen, pobres diablos que buscan con ansia el otro lado de la vida porque no están del todo contentos con este lado, iluminados que indagan en la poesía de lo esotérico porque no les complace demasiado ni la poesía artesana ni la hermosura que esconde lo cotidiano. Por supuesto, suelen ser individuos que combinan dos peculiaridades necesarias: están en profunda desavenencia con su presente, y son suficientemente cobardes como para huir interiorizando como realidad verdadera cualquier majadería. Por supuesto, esto les lleva a una costumbre que nunca falta en ellos: el proselitismo, que es el movimiento que les protege de la realidad, una actividad que tira de ellos para que no se detengan nunca y se vean a sí mismos como lo que realmente son (como somos todos), para que nunca concluyan que la mesa es una mesa, aunque eso sí, la rodeen invariablemente para no descalabrarse la rodilla.

A estas alturas, y para quien no me conozca lo suficiente, es preciso que aclare que soy un enamorado de los sueños, que me encanta embarcarme en otras realidades, y que incluso pienso que nadie es capaz de vivir sin transitar varios mundos a la vez. Pero me parece una estupidez convertirme en un versado predicador de uno de esos mundos. Jamás podría escribir un tratado sobre las Hadas, aunque puedo cantarles, componerles poemas, inventarles escenarios que en mis ojos (y sólo en ellos) acaban siendo tan o más reales que los de mi rutina. Jamás un Hada podrá evitar que la realidad sea lo que es, porque esa tarea nos pertenece precisamente a nosotros, por muy limitados que andemos en estos menesteres.

Varias veces traté de hablar con amigos católicos practicantes, y su fe los llevó siempre a detener nuestra conversación declarando su incapacidad para entender los motivos de mi ateísmo, pero claro, sin el más mínimo interés por escucharlos. Incluso una de ellos acabó, con el tiempo y sin mi participación, renegando de su fe, pero cuando volví a encontrarla su sordera permanecía intacta, eso sí, instalada en otras creencias distintas. Luego hablé con otro amigo que había sufrido la dolorosa pérdida de una persona amada, y entre lamentos desamparados me habló del tiempo, de la importancia crucial del presente, de El poder del ahora (Ekhar Tolle dixit), y de otros muchos secretos que el universo guardaba y que yo jamás descubriría porque yo miraba el universo con los ojos de la razón, y no era así como se mira el universo. Y cuando le dije que el librito me parecía pueril y execrable, y traté de conocer más sobre ese otro tipo de mirada, obtuve la misma respuesta que de mis amigos católicos: no te comprendo, pero maldita la falta que me hace si tengo esta fe que me salva de la superficialidad. Tuve otra amiga, ésta embarcada en un gatuperio de conjeturas espirituales y bálsamos milagrosos, representante de ese género de individuos que llaman a la hipocondría naturopatía, y que huía hacia la comunión universal de las almas (incluidas, por supuesto, las de los animales y plantas, incluso las del agua y las piedras), y que luego, claro, se hacía un lío con los sentimientos, y se desmayaba entre sesión y sesión naturopatética, y se sentía incapaz de saborear con su excelso espíritu una buena cantata de Bach o un buen párrafo de Stevenson.

Creer es inventar, pero con elegancia. Seguir consignas o perpetrar algunas nuevas es un mero síntoma de desvarío gratuito. El amigo Sagan, al advertir sobre los planteamientos de su Cosmos, decía lo siguiente: “Queremos buscar la verdad a donde quiera que nos lleve. Sin embargo, para encontrar esta verdad necesitamos imaginación y escepticismo a la vez. No nos asusta especular, pero tendremos cuidado al distinguir entre especulación y hechos. El cosmos está repleto, sin duda alguna, de hermosas verdades, de exquisitas interrelaciones, y de la terrible maquinaria de la naturaleza”. Todo aquel que cree que está más allá de esta terrible maquinaria, que podrá realizar hazañas mucho mayores que las de buscar hermosas verdades y juguetear con divertidas mentiras, comete una doble equivocación: se equivoca al mirar a la realidad y, lo que es peor, se equivoca al mirarse a sí mismo. Y colabora a que el mundo se llene de dioses ridículos y bobos.

Poemas del desperdicio (V)

(Capítulos: I, II, III y IV)

«El más arcano de los saberes asomado en un sueño», salmodiaba Tani Curiel con cadencia semejante a la de nuestro paso, en la amplia trocha que cruzaba arrogante un pequeño otero, flanqueada por un tapiz de tallos secos de girasol. «En una noche de malestar y remoción, en una agitada y eterna noche de fatigoso ajetreo en mi cama, envuelto en sábanas atosigantes, confinado en una oscuridad impenetrable, condenado a un tiempo inmóvil, apareció aquella certeza. Yo atendía asombrado a las conclusiones del sueño, pero a la vez, para conjurar la revelación, hacía por refugiarme en una inconsciencia que, al cabo, me resultó inalcanzable». Y Tani calló un instante para tomar aire, pero siguió sin tardar: «Nada comienza en el uno, ni en el cero, ni en el siete o el tres: todo se inicia en el ocho, ese guarismo templado en el que nadie repararía de no ser por este sueño que en esa noche reunió todas las piezas necesarias ante mi mirada inerme, que me mostró, entre golpes de tos, entre vuelta y revuelta del tedioso e interminable duermevela, la construcción de la Verdad, la suprema realidad proyectando su sombra contra la pared de una caverna decisiva, esa realidad que alberga en su seno mecánico cada milímetro de la existencia. Cierto que luego, ya despierto, me resultaba absurdo tratar de recomponer la historia, pero justo en el sueño yo asistí al baile frenético del universo entero, una danza exquisita en la que cada pieza se incrustaba en su sitio, justo entre sus causas y sus consecuencias, y en la que incluso la locura tenía su proceso prescrito. Del mismo modo que nuestro cerebro, puro circuito electroquímico que se rige por las leyes estrictas de la ciencia, produce monstruos y almas, el mecanismo íntimo de la Verdad generaba sin sonrojo delirios y arrebatos, disparates y melancolías, infiernos y éxtasis, mas todo presagiado, todo explicable, y no por ninguna insensata pretensión cartesiana, que en sí sería a estas alturas bien miserable, sino por el más estricto y natural miedo al dolor». Tani había detenido su paso, y la última frase la pronunció lenta, claramente. «El miedo al dolor…». Todos andábamos algo perdidos, captando al bueno de Tani, como era costumbre, por el ambiente de sus palabras, por los ecos dispersos de algunos términos, por la música que el tono de su voz dibujaba en sus disertaciones. Pero al son de esta frase que Tani repitió pude comprobar que los vagabundos bajaban la cabeza, excepto Julieta, que se apretó a mi brazo, alzó el rostro hacia el horizonte y dejó que el viento aún fresco de la mañana compusiera algunas lágrimas en sus ojos y peinara con elegancia sus cabellos oscuros. «Pero, ¡ay!, porque el sueño, como cualquier fenómeno observable, como cualquier ser, como toda instancia vital, se enredó en sí mismo, y de la sanidad desembocó, con la velocidad propia de los sueños, en la podredumbre y la decadencia. Mas ¿cómo puede decaer un sistema perfecto, un conjunto de reglas autorreferenciales que se prevén a sí mismas, a sus propias causas y consecuencias? Fue al despertar cuando pensé en Gödel, claro, porque en el sueño me limité a vivir, a sentir la decadencia, y asistí abatido al resquebrajamiento de la perfección con el desconsuelo impasible de los durmientes. Pero luego recordé a Gödel, cuyo esfuerzo demostró que cualquier sistema formal suficientemente vigoroso presenta en algún momento una minúscula grieta por la que, de llegar al fondo de nosotros mismos, todo se desmoronaría. En resumen, todo se recompone en un mecanismo impecable, en la justicia, en el amor, en la luz, y cuando parece que todo va sobre ruedas, cuando nadie parece poder imaginar ninguna razón para el pesimismo, el propio hecho de que todo funcione perfectamente es el que trae las contrariedades; sí, amigos, porque la perfección del sistema acaba chirriando en un universo caótico como es éste en el que vagabundeamos, y entonces todas las certezas se tornan precarias, frágiles, y los mecanismos sublimes iniciados en el ocho rechinan al final en sus goznes ideales, se oxidan las cerraduras que acaban abiertas bajo los golpes que la misma noche detenida inspira…». Tani Curiel se detuvo, y todos nosotros con él. Entonces dijo solemne: «Y las verdades acaban produciendo mentiras…». Ranita miró fijamente a Tani, y asintió aunque sólo había entendido la última frase, y aun así no hubiera podido decir si estaba de acuerdo con ella o no. Pero Ranita creía en Tani Curiel y su palabrería. Tani, justo antes de reanudar la marcha, si bien en un tono bastante distinto, soltó: «Pero tened en cuenta que esto sólo fue un sueño. Eso de comenzar a contar en el ocho es una bobada…». Y así llegamos a lo alto del otero, y desde allí observamos que aún habríamos de trotar mucho antes de avistar siquiera la siguiente ciudad. Pero yo sentía el seno de Julieta apretado contra mi brazo, y el aroma lunar de los campos de girasoles arrasados.

jueves, 3 de enero de 2008

Voz de ángel

Escucho el Casta diva de Bartoli, y no puedo menos que levantarme a buscar el de Caballé. Escuchándola me acuerdo de que hace unos años, en no sé bien qué programa donde hacían entrevistas paralelas, hicieron lo propio con Doña Monserrat y con el Sevilla, el líder de los Mojinos Escozíos. De aquella corta entrevista se me quedó una sola pregunta: pidieron a ambos que expresaran algo que para ellos fuera muy importante en la vida. La soprano, asistida por su enorme personalidad y el contraste con su voz dulce y pausada, contestó: la fe. Inmediatamente, en otra pantalla, le hicieron la misma pregunta al bueno del Sevilla, y éste contestó alegremente: la leche condensada. No necesito decir que en cuestiones musicales no hay color, y que aunque a mí los Mojinos me diviertan bastante, y dentro de lo simple no me parezcan de los más malos, las obras en las que se mueve la catalana están a años luz de las sencillas construcciones de los Mojinos. Y tampoco necesito decir que entre el gusto y la personalidad de Doña Monserrat y el gusto y la personalidad del Sevilla tampoco encuentro color: muchísimo más interesante el paisano, por supuesto. Y es lo que tiene esto de la interpretación, que Dios te da una voz de ángel pero un ánimo corto y poco sugestivo, y por eso ni cantar ni tocar como los ángeles te garantiza un alma emocionante. No ves, lo de los compositores ya es otro cantar…

Pd.- Investigo, sin salir de mi asombro, las causas que pudieron llevar a los críticos musicales de El País a publicar una tremebunda lista de los diez mejores discos del año, con el apropiadísimo título de Fuera de sus casillas. Este mundo parece haberse vuelto definitivamente idiota…

martes, 1 de enero de 2008

Petardos

Los papás y mamás de todos esos niños y niñas que anoche alegraron las calles de nuestros barrios, dando vida a una noche especial con petardos y fuegos artificiales de variados colores y potencias, a toda esa gente que, ahondando en la unidad familiar con un gesto tan bonito como guardar interminables colas en cada uno de los centros pirotécnicos del país, debo dedicarles mis primeras palabras del año:

1. Gracias a vosotros y a vuestro sentido de la paternidad (y la maternidad), he tenido el gusto de comprobar que, en caso de que algún día nos dé por montar otra guerra civil, aquí van a rodar cabezas con una sencillez que asustaría al propio Queipo de Llano.

2. No me cabe la menor duda de que los servicios de atención al niño de vuestras respectivas comunidades deberían abriros expediente y retiraros la tutela de vuestros hijos.

3. Espero sinceramente que ninguno de vuestros hijos e hijas haya sufrido el menor daño en las arriesgadas actividades a las que dedicaron las primeras horas del año, aunque jamás penséis en pagar todos los desperfectos causados por vuestros lindos vástagos en papeleras, husillos, farolas, contenedores, coches ajenos, fachadas, ascensores... Pero eso sí, sueño con que el alcohol del que seguro abusasteis anoche se haya pasado convenientemente por vuestros hígados, dejando algún imperecedero recuerdo.

4. Sois la constatación más clara de que esta civilización necesita urgentemente un cambio para no acabar de desmoronarse, y me parecéis además unos perfectos e integrales GILIPOLLAS.

Feliz año ¿nuevo?

lunes, 31 de diciembre de 2007

El Pescaílla

No recuerdo su nombre, porque todos le llamábamos el Pescaílla. Protagonizó luego un episodio del que me vanaglorio siempre, sobre todo cuando quiero demostrar que a las buenas soy un santo, pero que a las malas no hay quien supere mi mala sangre, y es que mucho después de aquello el Pescaílla me vino a pedir un favor, que no quería hacer guardia el sábado inmediato, que tenía quehacer, y entonces yo le dije que era verano, que más de la mitad de la tropa andaba de vacaciones, y que no podía hacer nada, que él sabía que yo no escatimaba los favores, pero que alguien debía cubrir aquella guardia, y que si no era él no había nadie más. Entonces el Pescaílla se me puso farruco, y yo, cansado de las cábalas para cuadrar el listado de servicios y harto del egoísmo de cada uno, le dije por teléfono, soldado mandón y ejemplar, que él iba a hacer aquella guardia porque a mí me salía de los cojones. Así se lo dije, porque yo cuando me pongo…

Pues aquello lo protagonizó el bueno del Pescaílla, eso sí, unos meses antes, de reclutas, cuando nos llenaban el día de charlas extravagantes y ejercicios que más que instrucción eran sanciones y escarmientos. El Páter, un comandante de tez cerúlea y fantasmal, como corresponde a todo buen enviado de Dios, nos arengaba sobre nuestro papel fundamental en la salvación de la Patria, salpicando su desmañado discurso de referencias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En cierto momento, de entre las cabezas que plagaban los asientos y el suelo de la estancia, surgió un brazo blanco e inocente. “A ver, tú, ¿qué quieres?”. Y el Pescaílla que suelta: “Mi Páter, que me estaba preguntando yo, que si Usía dice que Jesucristo murió por todos nosotros, y que cuando alguien lo abofeteaba ponía la otra mejilla, y todo eso que Usía dice, que por qué entonces nosotros tenemos que coger los cetmes y luchar y defender con la fuerza a la Patria…”. El Páter no dudó un instante: “¡Pero eso fue Jesucristo, hijo mío, Jesucristo! ¿Cómo vais vosotros a compararos con Jesucristo? Vosotros tenéis que luchar y defender a la Patria, porque Jesucristo es Jesucristo y vosotros sois vosotros. Cada uno a lo suyo”. El Pescaílla se volvió a sentar en el suelo no demasiado convencido.

El Páter acabó su perorata, y se fue con su lánguido pasito por donde había venido. Un cabo liliputiense y con aspecto troglodita nos mandó a callar, y como alguno trataba de seguir charlando tras una pequeña columna, le espetó: “¡Eh, tú, no te escuendas!”. Enseguida entró un teniente muy apuesto, con una gorra demasiado deslucida para su porte marcial, y nos explicó con detalle el funcionamiento y composición de las granadas de mano. Otro día cuento cuando en la instrucción nos hacían apuntar con el cetme al Cristo del Sagrado Corazón de San Juan de Aznalfarache.

(Sugerido por el certero artículo de Manuel Jabois, Vestidos como putas)

sábado, 29 de diciembre de 2007

El puñal y la zapatilla

Gracias a Dios que sólo ha sido un sueño. Era una noche sin luna, y el maldito diablo me perseguía sin descanso, proyectando hacía mí su sombra nocturna por la calleja de tierra, con esa chistera de Tío Sam, delgado y enorme, como una endrina mantis religiosa, con esos ojos inyectados en sangre, con la luz muy atrás, alargando aún más su sombra que me adelantaba acorralándome, aunque yo igual corría y corría sin parar por el suelo de tierra de la calleja perdida, entre las puertas cerradas y el silencio irrespirable, pero él daba unas grandes zancadas, irónicas, sin correr me mantenía cerca, y alzaba el puñal apuntando a mi espalda, hacia la claridad de mi pijama, cada vez más cerca de su brazo de insecto gigante, silencioso como las puertas, pero inflexible en su paso, con trancos formidables, asesino de niños perdidos en la noche, entre las casas calladas, y yo corría, corría hacia ningún sitio, hacia la oscuridad, sobre la sombra del perseguidor, cercado por el cuchillo y su proyección oscura y afilada que rozaba mis pies, que se adelantaba, que se marchaba ahora justo cuando yo tropezaba y perdía una zapatilla en el silencio insoportable de aquel suplicio, y con un pie descalzo me acurrucaba en el vano de una de las puertas, y cerraba mis ojos fuerte y apretaba los brazos alrededor de mis piernas, y me ovillaba para hacerme pequeño, tan pequeño, imperceptible, inexistente, sintiendo el frío del cemento en el pie descalzo, y aguardando al destino, pero entonces desperté. Y gracias a Dios que sólo ha sido un sueño, y que ya es de día, porque ahora estoy seguro de que en algún sitio encontraremos esa maldita zapatilla, y que no tendré que volver al sueño para buscarla…

jueves, 27 de diciembre de 2007

Una perfecta tontería

Podría escribir un poco más sobre la melancolía, ensañarme blandiéndola contra todos los que dejáis que la Navidad inunde vuestras venas con su aliento blanco y esperanzado. Al fin y al cabo, me siento casi como un enviado del puro Demonio para corromper los buenos deseos y el optimismo de tanta buena gente, gente que, de todos modos, tienen la misma razón que yo al ponerse enfrente de la melancolía: ninguna.

Podría escribir sobre los entresijos de un gran catarro, sobre este deseo ingobernable de dormir, de cerrar los ojos y dejar que tus huesos descansen hasta quién sabe cuándo, confiando en que los virus sean de buena familia y se marchen cuando acostumbran, sin gastarme más tiempo del imprescindible. Y contaros sobre la visión de mi libro cerrado sobre la mesa, recién empezado, y los niños que van de aquí allá viendo a su padre fatal, y la madre que se cansa de hacerlo todo...

Podría escribir sobre mis deseos, sobre este optimismo integral e insistente que me vence y que siempre se confunde con el pesimismo...

Pero sólo se me ocurre escribir sobre una perfecta tontería, aunque bien mirada, también merece la pena: por favor, os lo pido a todos, a vosotros y a todo el mundo, a cada uno de los habitantes de este mundo, no pongáis una coma entre el sujeto y el verbo, de veras, creo que es lo único que me producirá algún día una depresión...

lunes, 24 de diciembre de 2007

¿Será posible...


...que de esta bacanal de la muerte, que también de esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor? FINIS OPERIS (Thomas Mann, La Montaña Mágica).

viernes, 21 de diciembre de 2007

La virtud del silencio

Enka me preguntó qué es la melancolía. Yo le contesté, escribiendo así, a vuelapluma, sin pensarlo demasiado, sin afán de coherencia, como más me gusta: “La melancolía es una luz oscura que nos rodea cuando miramos con indebida atención... O el brillo de esas certezas que acuden en auxilio de la vida cuando quieres comértela. El mismo amor es pura melancolía...”. Luego le reconocía necesitar unas vacaciones de mí mismo. El silencio es una virtud que sólo la música y algunas voces muy señaladas deberían poder interrumpir.

lunes, 17 de diciembre de 2007

A vueltas con el limón




Dijiste que Miguel Hernández nos había hablado del limón, unos versos hermosos, y lo que dijo fue:


Me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano cálida y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura, sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.


Es cierto lo que dijo, varias veces cierto. Y también lo que dije que decía Kiko:

Salta la rana, brilla la luna,
por la ventana una aceituna
eres tú,
por tus huesos voy,
eres tú.
Me tiraste un limón
y me diste en to la frente
son las cosas del amor
esa estrella reluciente.
Las cosas que yo sé
las sabe un tonto cualquiera
mi corazón va solito
por la carretera.

Y también tenía el hombre razón. La cosa está en dejar de transitar las noches, las del alma y las del día, para evitar estos vacíos tan inconmensurables...

miércoles, 12 de diciembre de 2007

High Broken Stillness


Como un vagabundo... (Meme: mi txoko)

Ruth me invita amablemente a seguirla en un Meme que inaugura Maripuchi. La cosa consiste en mostrar una foto del lugar donde solemos concebir todas estas locuras que compartimos en los blogs. Yo he de reconocer que en casa soy un paria, alguien expulsado de todos los lugares con pinta de estudio. Me quedé sin él, sin mi estudio, cuando mis hijos se hicieron lo suficientemente grandecitos como para requerir una habitación para ellos solos, y la mesa de mi habitación se la quedó mi mujer por aquello de andar la pobre mía estudiando unas oposiciones. Además, está tan lejos del módem, y a mí me da tanta pereza organizar conexiones sin cable o largas conexiones con cable... Así que me conformo con arrimar el ordenador a la mesita del salón, y ahí me pongo a teclear hasta las tantas. Admito adopción a cambio de un rinconcito apañado...

Y bueno, claro, debería invitar (es una forma de hablar, claro) a varias victim... digo, amigos y amigas a que nos mostraran sus cálidas madrigueras... Ejem... Bueno, pues invitaré (amablemente) a Raquel, Diarios, Elita, It y Lula. Sé que no me odiaréis eternamente...

miércoles, 5 de diciembre de 2007

De la buena y la mala literatura

Nuestra amiga Ruth, en una como siempre delicada entrada de su blog titulada Buen vino y mejor literatura, atiende al tema de la buena y la mala literatura. En esta entrada, resumiendo toscamente el directo y brillante texto de nuestra amiga, Ruth hace prevalecer el gusto y el disfrute personal sobre otra consideración a la hora de decidir si una obra literaria es mala o buena.

Pidiendo perdón por el mal juego de palabras, siento disentir con Ruth y con los primeros comentaristas de su texto, que abundan en su tesis y la apoyan. Por supuesto, considero que la emoción, la transmisión de sentimientos y el interés de los contenidos son requisitos de la buena literatura, pero no constituyen los únicos requisitos que hacen de un texto buena literatura. De hecho, hay emoción, sentimientos e interés en otras muchas expresiones que no podrían ser nunca consideradas ni siquiera artísticas, y cuando estas expresiones están formuladas por escrito su aceptación en nombre del derecho al gusto personal (inalienable, faltaría más) nos dejaría flotando en un mar donde todo valdría. O mejor sería decir, donde cualquier cosa sería valiosa desde el punto de vista literario con tal de que le gustara a alguien. Creo que confundimos (en un error muy extendido en el que, en un lugar o en otro, todos caemos con facilidad) el gusto personal, y el derecho que todos tenemos a él, con la valoración de una disciplina artística y de sus obras. En esta disciplina también interviene el gusto, pero éste debería tender a refinarse, y no a refinarse para hacernos más refinados y cultos, sino ante todo para hacernos disfrutar cada vez más, para que las sorpresas que uno se lleva con estos pequeños tesoros que son los libros sean cada vez más intensas e inolvidables.

Ruth pide una definición, y a continuación expone varias características que, en su opinión, nos podrían ayudar a valorar una obra literaria: una buena gramática, una buena estructura, un tema interesante, imaginación, vocabulario correcto, credibilidad y en general una historia que “te haga lamentar haber acabado el libro”. Es una lista sin duda apropiada, pero claro, estos criterios pueden ponderarse, y unos darán más importancia a la estructura, otros al tema, aquélla a la imaginación y éste a que consiga echar una lagrimita al final del libro. Leyendo a Ruth recordaba que de pequeño, con unos diez años, rodeado de una gran familia extensa, por mi casa pululaban siempre varios ejemplares de fotonovelas, que eran devoradas con fruición por las mujeres de mi casa. Corín Tellado era la autora más leída en mi casa, y lo siguió siendo muchos años hasta que conseguí que mi abuela, ya postrada en su sillón, se bebiese todo lo de Agatha Christie, Simenon y Conan Doyle. Te puedo asegurar que pocas veces he encontrado más emoción, más sentimientos y más interés en ninguna obra artística que en esas historias truculentas y apasionadas. Sólo en la vida real me han ocurrido sucesos más emocionantes que aquellos que le leí a esta buena mujer. De hecho, se dice que Corín Tellado es, entre los autores en lengua castellana, la más leída después de Cervantes. Ahí es nada. Ahora bien, ¿se la puede considerar una buena escritora? Sus obras, ¿son buena literatura? ¿Son literatura? Aquí es donde quiero incidir sobre una aspecto relevante del asunto: a mí, así, a bote pronto, me importa bien poco si Corín Tellado es o no es literatura, lo que me importa es que si al coger alguno de sus textos me siento capaz o no de leerlo, y por supuesto ahora no me siento capaz, y no por insuficiencia mía sino del texto. Aquel interés, aquella emoción y aquellos sentimientos que la obra conseguía comunicarme en mis diez años se han atenuado o han desaparecido. Ahora ni siquiera la catalogaría como una obra de formación del lector, porque desde ese punto de vista cualquier cartel publicitario o cualquier panfleto evangelista también lo serían. De entrada, y basándome en cierta sensibilidad lectora que he ido adquiriendo en estos años, y que hasta ahora me ha llevado a leer obras muy hermosas, supongo que la obra de Corín Tellado debe ser una bazofia literaria porque me resulta imposible leerla.

Quiero decir que no deberíamos colocar nuestro objetivo en la determinación de qué obras son buenas y cuáles malas, sino en el crecimiento personal, en ir aprendiendo a leer, de forma en gran parte inconsciente, guiados precisamente por ese gusto que ensalza Ruth, pero no por un gusto estático y final, sino abierto y ambicioso. Más que lamentar el final de una buena obra, deberíamos ansiar esa sensación mitad terrible, mitad deliciosa de preguntarnos al final ¿y ahora qué puedo leer que no me decepcione?

Lo que tal vez nos engaña es el papel que desempeña el gusto personal en todo este tinglado. Nunca pude leer a Rowling y a sus deslavazadas historias de imaginación al por mayor. Y creedme que lo intenté, que compré alguno de sus libros, que traté de leérselos a mis hijos (que tampoco los soportaron), y que aficionado a este tipo de obras quise leer algo para poder entender su impresionante éxito. Pero nada, no pude. Sin embargo, soy un enamorado de Tolkien, sobre todo de sus tres grandes obras (Silmarillion, El Hobbit y El Señor de los Anillos). Me aburre su amigo Lewis (Narnia es una obra con momentos de extremo ridículo), y considero bastante simple al bueno de Ende. En cuestiones de imaginación, a mi juicio Poe es uno de los más grandes. Digamos sin temor a equivocarnos que cualquiera reconocería la distancia cualitativa que existe entre Rowling y Corín Tellado, aunque seguramente habrá alguno que me discuta el gusto mayor por Tolkien sobre Ende o Rowling. Muchos menos serán los que pondrán en tela de juicio la grandeza de Poe al lado de casi todos los mentados... Juro que me fastidia una barbaridad verbalizar estas escalas del gusto, pero lo cierto es que existen, y existen con ciertos parámetros objetivos que impiden que a nadie en su sano juicio se le ocurra conceder más calidad a la Tellado que a Poe. Porque si la cuestión es de puro gusto, ¿quién me impediría afirmar que la asturiana le da varias vueltas al estadounidense?

Y aquí llegamos a la parte final de mi planteamiento, sin la cual todo esto que he dicho probablemente podría malentenderse: todos tenemos el derecho a leer lo que nos dé la gana. Pero aún más, todos tenemos derecho a ir formándonos en la lectura, y a no entender y no disfrutar, en determinados momentos de nuestro camino, de determinadas obras maravillosas, pero sí de otras obras menores. ¿Quién podría decir que esos versos de la alumna de Ruth no son increíbles, y un germen de literatura si no literatura misma? ¿Quién podría decirle a aquel niño que, sin haber leído casi nada, se bebía las fotonovelas de su abuela, que aquello no era literatura, y que lo que debía hacer es leer El amor en los tiempos del cólera? Aunque nadie, supongo, tendrá la más mínima duda de que en cualquier frase de la obra de García Márquez hay mucho más romanticismo que en toda la obra completa de Corín Tellado. Supongo...

La Rossa

Me van a coger un rato de serenidad, no los entretendré más de diez minutos, y se me aseguran que nadie les molesta. Colocan el volumen en un punto bien audible, y si el ambiente es ruidoso se me ponen los auriculares. Luego pulsan en el botoncito y se me introducen en esta obra de arte, una de esas de las que ya les hablé en otro momento. Les transcribo la letra de la obra, aunque si no saben inglés no se me encojan, que les traduzco su última estrofa, y con eso ya se embarcan sin miedo:

¡Llévame, llévame ahora y mantenme bien
dentro de tu cuerpo de océano,
arrástrame a la costa como los restos de un naufragio,
y allí déjame yacer por siempre!
¡Ahógame, ahógame ahora y mantenme hundido
ante tu hambre desnuda,
quémame en el altar de la noche...
dame vida!


LA ROSSA

Lacking sleep and food and vision
here I am again, encamped upon your floor,
craving sanctuary and nourishment,
encouragement and sanctity and more.
The streets seemed very crowded,
I put on my bravest guise-
I know you know that I am acting,
I can see it in your eyes.
In the harsh light of freedom I know
that I cannot deny that I have wasted time,
have frittered it away in idle boasts
of my freedom and fidelity,
when simpler words would have profited me
most...
...it isn't enough in the end, when I'm looking
for hope.
Though the organ-monkey screams
as the pipes begin to spit
still he'll go through the dance routines
just as long as he thinks they'll fit,
just as long as he knows that it's dance, smile-
or quit.

Like the monkey I dance to a strange tune
when all of these years I've longed to lie with you,
I've bogged myself down in the web of talk,
quack philosophy and sophistry-
at physicality I've always baulked,
like the man in the chair who believes it's
beyond him to walk.
I've been hiding behind words,
fearing a deeper flame exists,
faintly aware of the passage
of opportunities I have missed.
But the nearness and the smell of you,
La Rossa from head to toe...
I don't know what I'm telling you,
but I think you ought to know
soon the dam wall will break, soon the water
will flow.
Though the organ-monkey groans
as the organ-grinder plays
he's hoping, at the most,
for an end to his dancing days;
still he hops up and down on his perch
in the usual jerky way.
Though it might mean an end to all friendship
there's something I'm working up to say.

Think of me what you will;
I know that you think you feel my pain-
no matter if that's just the surface.
If we made love now would that change all
that has gone before?
Of course it would, there's no way it could ever
be the same...
one more line crossed,
one more mystery explained.
Now I need more than just words, though
the options are plain that lead from all
momentary action.
If we make love now it will change all
that is yet to be...
never could we agree in the same way again.
One more world lost,
one more heaven gained.

La Rossa, you know me, you read me as though
I am glass;
though I know it there's no way in which I can
pass-
though it means that you'll finish my story
at last I'd trade all the clever talk,
the joking, the smoking and the quips,
all the midnight conversations, all the friendship,
all the words and all the trips
for the warmth of your body,
the more vivid touch of your lips.
All bridges burning behind me,
all safety beyond reach,
the monkey feels his chains out blindly,
only to find himself released.

Take me, take me now and hold me deep
inside your ocean body,
wash me as some flotsam to the shore,
there leave me lying evermore!
Drown me, drown me now and hold me down
before your naked hunger,
burn me at the altar of the night-
give me life!

Van Der Graaf Generator
La Rossa

(Hammill)

domingo, 2 de diciembre de 2007

¡Qué risa, María Luisa!

Como casi todos los políticos, al menos como todos los políticos que han triunfado, Magdalena Álvarez, Ministra de Fomento, actúa con una inconcebible tranquilidad y sin buscar responsables ante un problema como el que ha descabalado durante semanas la rutina de un montón de barceloneses. Por su parte, los políticos catalanes no han tardado en intentar rentabilizar el problema para sus tesis nacionalistas, y como casi todos los políticos, sobre todo los que han triunfado, demuestran un grado de hipocresía realmente repugnante.

He de reconocer que escribo este texto porque escuché que alguno de estos políticos nacionalistas, no sabría decir quién, reprendió a la Ministra el humor con que se tomó el asunto, añadiendo (para redondear la estupidez) que “para los catalanes el humor se produce cuando las cosas funcionan bien”. Dado que la Ministra es andaluza, imagino que el listo de turno quiso decir algo así como que los andaluces, así, en general, le encontramos la gracia a todo, incluido lo que no la tiene. Por supuesto, no reconozco que este individuo hable por todos los catalanes, claro, entre los que hay buenas y malas personas, tontos y listos en semejante proporción a la que se da entre los andaluces (véase el ya citado librito de Cipolla, Adagio ma non troppo). Tampoco creo que las virtudes de nuestra Ministra puedan ser extrapolables a todos los andaluces, adjetivo impreciso donde los haya.

Yo decía lo de la hipocresía porque toda esta gente que, tal vez con razón, hoy se manifestó para pedir que las competencias en infraestructura pasen al gobierno de la Generalitat no ha pensado demasiado en un par de asuntos: ¿dónde han estado todos los políticos catalanes justo hasta que ha estallado la crisis del transporte en Barcelona? ¿Hubo alguno que avisase sobre el inminente desastre, o andaban todos muy absortos en sus coches oficiales? Y segundo: dado que las competencias en materia de Salud están transferidas a la Generalitat desde hace ya bastante tiempo, ¿alguien podría explicarme por qué el sistema sanitario catalán funciona tan horriblemente mal? Al menos, esa fue mi experiencia, y eso escuché de muchos usuarios el 26 de diciembre del año pasado, día de San Esteban, en el que tardé doce horas en que un médico reconociera a mi hijo mayor, que sufría de gastroenteritis, y eso luego de visitar tres hospitales y un ambulatorio, y de hacer varias llamadas al Servei Català de la Salut, e incluso a Urgencias, consiguiendo en todos estos intentos una respuesta bastante inhumana y como poco impropia de un lugar civilizado. En los distintos lugares donde esperamos, mi hijo de 13 años vomitando y sintiéndose muy mal, y mi hijo de 11 y yo sin haber desayunado y habiendo tomado en el día sólo un bocadillo improvisado, todos nuestros compañeros de espera, con niños pequeños que padecían fiebre alta y se encontraban incómodos y tristes, hablaban de que aquello no era raro, y que estaban ya muy hartos de la atención sanitaria que recibían. Alguien comentó que debía ser así para favorecer los seguros médicos privados, pero una señora repuso que ella tenía un seguro médico privado y que también le ocurría esto. El día de San Esteban es fiesta en Barcelona, y obviamente las urgencias deben ser más lentas. En muchos años de visitar los servicios de urgencia sanitaria en Sevilla en ninguno de ellos esperé más de dos o tres horas, y en el peor de los casos un médico reconoció al niño, siquiera superficialmente, al poco de llegar a dichos servicios. Tal vez sea otra razón más por la que algunos de los andaluces de los que parece hablar ese bobo de antes andemos siempre con chistes y buen humor…

Pd.- Tal vez este texto, que trata sobre una pandilla de filibusteros y no sobre los catalanes (adjetivo impreciso donde los haya), podría parecerle al Señor Pujol otra muestra de la falta de “respeto a los catalanes”, tan generalizada en España (?), pero para que se calmen él y sus cofrades yo le repetiría el comentario que hizo mi mujer cuando escuchó todo eso de que Cataluña está pisoteada y maltratada por España: “¡Je, je, que se lo digan a Teruel!”. En fin, ganas de enfrentar a la gente, es de lo que viven estos piratas…