domingo, 17 de junio de 2007

Aclaraciones espirituales

Para explicarme algo mejor: el otro día andaba recobrando el resuello en el gimnasio cuando, algo más de seis meses después de su marcha, me asaltó el recuerdo de mi madre, la imagen sólida de su muerte; y así hube de martirizarme un poco en el siguiente ejercicio para no sucumbir al dolor insondable de haberla perdido. A la mañana siguiente caminaba hacia el trabajo escuchando música, y de pronto pensé en nuestro nuevo coche. El anterior andaba anunciando taller, y por eso lo cambiamos. La matrícula del nuevo muestra las cuatro cifras finales del número de teléfono que tenía mi madre, 6261. Al descubrirlo, sonreí, sólo sonreí. Pero un poco más adelante comenzó a sonar un tema de Echolyn, Never The Same, y un sexto sentido me afirmó que ese tema hablaba sobre la muerte, y en cierto modo sobre mi madre. Entiendo algo del idioma de Shakespeare, pero suelo escuchar la música en inglés sin hacer el esfuerzo de entenderlo. Traté entonces de comprender algo, pero pronto lo dejé pensando que mejor me dejaba llevar por la propia música, y que al llegar al trabajo buscaría la letra. Efectivamente, la canción hablaba de los que se van, de aquellos que queremos y que nos dejan aquí, en la vida, haciéndonos a nosotros mismos tantas y tantas preguntas.

“Do not stand at my grave and cry
I am not there I did not die”
I say to you I will see you again
On the other side someday.
“There's never endings only discovery”
I tell myself over and over again
Some leave their mark in our hearts then go.

(“No permanezcas ante mi tumba llorando
No estoy ahí, no he muerto”
Te digo que te veré de nuevo
En el otro lado, algún día.
“No hay finales, sólo descubrimiento”
Me digo a mí mismo una y otra vez,
Algunos dejan su marca en nuestros corazones y se van.)

Reflexionando sobre las coincidencias, descubrí que mi madre había muerto el 6 de diciembre de 2006, es decir, el 6 del 12 del 6, justo el número al revés de la matrícula, y que en el año 62, en el mes 6, el día 1 mi madre debió andar completamente embarazada de mí, justo el primer día de un mes que exactamente acabaría con mi nacimiento... Ya no quise buscar más coincidencias.

Pero yo estaba aclarándome sobre los místicos. Ante tanta coincidencia, hay gente que compondría toda una compleja teoría de mensajes ultraterrenos, demostrando (?) una vez más que el ser humano no sabe apenas nada de esta vida, algo con lo que no es difícil estar de acuerdo, pero a la vez que existen innumerables leyes místicas que podemos ir descubriendo con la actitud adecuada, con ese arrobo característico del iluminado que es mezcla de insatisfacción y de una mente débil y poco amueblada. Por supuesto, luego de perpetrar la teoría, el hechizado científico espiritual trataría de extender su descubrimiento entre todos nosotros los descreídos extraviados; luego, por último, buscaría la manera en que la teoría pudiera beneficiar a su propia y archidiagnosticada salud mediante la conversión de aquella en terapia. De ahí la existencia de tantas algoterapias, las menos con cierta cordura, y las más basadas en presentimientos y en obsesiones hipocondríacas, o en el mejor de los casos en juegos divertidos elevados (o sería mejor decir disminuidos) al rango de medicamentos.

Por el contrario, mi reacción (que sin demasiada convicción creo acertada, porque de otro modo trataría de no tenerla) acaba siendo una mezcla entre, primero, el sometimiento obligado a la solidez de la muerte de mi madre, segundo la posibilidad personal e intransferible que tengo de revolcarme en el dolor, en el recuerdo, en las coincidencias, en el contorno de las luces y en la piedad de la sombras, y por último en el juego infantil de trastear con la vida.

Cuando a alguien, ante la experiencia cotidiana de los días, ante el horror y la delicia de la existencia, lo primero que se le ocurre es buscar esas supuestas normas universales que habrían de sustituir a esas otras, asimismo universales, que ahora nos gobiernan, normas que convertirían nuestro valle de lágrimas en el paraíso de las terapias, se puede afirmar que esa persona ha perdido casi toda su sensibilidad, y que necesita ayuda.

Por supuesto, el caos es otra cosa, el caos no está en la creación de nuevas reglas, sino en lo contrario, precisamente en la supresión de las normas, manteniendo si acaso un resto de elegancia mínimo y necesario para que los demás no deban defenderse de ti. Surcar el caos, renunciar a una vida ordenada y previsible sólo está al alcance de unos pocos, y los que no alcanzamos ese caos más que en sueños, o tal vez en alguna tarde prohibida, o quién sabe si en la mirada de un hijo que voltea inesperadamente el escenario, para nosotros los que vivimos en el calendario, todo aquel que se resiste y navega el caos, siquiera sea por su orilla, nos parece un semidios, un ser admirable que nos asombra y a la vez nos empequeñece, que nos muestra caminos pero que al mismo tiempo nos destroza los que ya tenemos, un héroe y un villano que nos recuerda que la vida se puede vivir.

Espejismo de la eternidad


miércoles, 6 de junio de 2007

Arcanos secretos y místicos baratos


¡Y el clarín de los gallos y el volar de las hadas

oía en el dormido corral de las posadas,
descubriendo el arcano secreto de las cosas

que parecen vulgares y son maravillosas!

Ramón del Valle-Inclán, La Marquesa Rosalinda

Aun aficionado a leer (y cuando posible, también vivir) las aventuras que ruedan por caminos disolutos, por senderos impensables y prohibidos, no puedo reprimir una sensación de malestar al dar con estos versos de Valle-Inclán, palabras que hace un tiempo cayeron sobre mí como luminosa introducción al lado mágico de nuestra existencia, pero que ahora me preocupan tanto como me atraen.

Y es que yo creí desde siempre, desde que el niño que fui comenzó a soñar, que los territorios mágicos se alzaban sobre un campo de juegos mudables, eléctricos y pasionales, y que la fe era una virtud aborrecida en el reino de los sueños. Sin fe resulta impracticable el fanatismo, y sin ella la idea sustituye al ideal, lo curioso a lo escolástico, el amor a la programación amorosa, el instante al período, la fábula al manual.

Pero hete aquí que al crecer me topé con la extensión epidémica de cierto movimiento, al fin y al cabo religioso, que trastea con misterios y se afana en descubrir corrientes inexploradas de energía, o portentosas facultades del ser humano cuyo estudio, de modo incomprensible, han despreciado hasta hoy día todos los científicos de prestigio, los cuales son, invariablemente, agentes secretos al servicio de la perpetuación de una realidad fea y cuadrada. Dotados de un aura metafísica, estos individuos levitan a nuestro alrededor preconizando una trasgresión de tintes ridículos, amplificando ésta y aquella otra obviedad y convirtiéndolas en respetables dogmas personales; apelando a teorías majaderas (majaderas porque pretenden descender del sueño a la física, o porque no mezclan sueño y física por puro afán lúdico, sino para crear doctrinas insanas), y sobre todo, llegando a un punto de obsesión por la salud que, en esta pobre gente, trastoca esos sencillos y fundamentales procesos mentales que todos necesitamos para no desbarrancarnos por la locura.

Y así, por ejemplo, da uno con esas parodias patéticas de los yoguis, aprendices superficiales de la meditación, incapaces de admitir nuestra occidental ineptitud para semejante renuncia. O ese espécimen que se convierte en oráculo pedestre de la sanidad natural, repudiando por sistema todos y cada uno de los hallazgos de la farmacología, devoto de la medicina alternativa (curandera y bohemia), ejemplar hipocondríaco con ínfulas de santo.

La verdad es que ando aprendiendo a soportarlos, y también a no perder más tiempo con ellos. A ratos siento pena por ellos, porque en el fondo se encuentran tan solos en este mundo como cada uno de nosotros, pero su religión les promete continuamente la unidad cósmica, bobada que se ve desmentida una y otra vez por los obstinados hechos. Por eso suelen acabar buscando pareja para satisfacer apenas las exigencias básicas de nuestra condición de animales, y en cuanto la encuentran compatible con sus admirables excentricidades, se van apagando poco a poco inmersos en una bruma de iluminación mística barata, en un mar de sensaciones vulgares elevadas a la categoría de prodigios. Sí, esos prodigiosos e insoportables pelmazos...

lunes, 4 de junio de 2007

Georges Bataille, autófago

[Texto que escribí hace unos veinte años, excesivo en los términos, con un tono algo desagradable por académico, pero suficientemente entrañable por la pasión que destila]


Savater nos dice que «la experiencia que Bataille propone es la conquista de una auténtica soberanía, es decir, el acceso a una cumbre en la que el hombre pueda encontrarse plenamente extirpado de la funcionalidad y su posibilismo para enfrentarse sin ambages con lo imposible, esto es, con su propia esencia impracticable».


Andar por sus páginas supone demasiadas veces recorrer de nuevo las veredas que lo condujeron al éxtasis. Uno se encuentra de pronto respirando a un ritmo inusual, y todo por unos párrafos en los que Bataille se lanza al vacío y osa describirse. Sus palabras entran dentro de los ojos como disparos, encendidas, obligando a una atención que no permite el disimulo, que exige aquella sinceridad lectora, aquella que Nietzsche llamaba filología, para una pluma eminentemente sincera.


«Quien no muere por no ser más que un hombre, no será nunca más que un hombre», y para esos que manotean en el vacío más allá de nuestras idénticas cadencias, para esos que notan sus pies como dos plomos que alzar y sus manos como dos eternas posibilidades de ejecutar las quimeras, para esos se desgrana Bataille. Pero impone tales condiciones que incluso en éstos provoca el escándalo. Por eso fue expulsado del surrealismo, porque Bataille no se detiene ante ningún peligro, porque todas las etiquetas terminan sumidas en el terror a sus propias consecuencias y se tapan el rostro con algún límite salvador.


Cuando Bataille, desde su Biblioteca de Orléans, ha roto con todo usando el arma sensual de su pensamiento, no se resguarda; afronta con pasión su propia rotura, sin la que él andaría incompleto: autofagia, escepticismo que se condena en una sucesión infinita sin desechar la parálisis. «Nadie es sino un poder de abrir en uno mismo el vacío que le destruirá», nos espeta. Nosotros, desde nuestro sillón, compartimos esa culpabilidad de la existencia, pero sabemos que aún poseemos mecanismos de huida: la rutina termina siendo un cálido agujero donde abundan las justificaciones; la boba —pero eficaz— identificación de la muerte física con las muertes del pensamiento nos permite argumentar sensatamente sobre los inconvenientes del suicidio como si esa fuese la propuesta. Y el culto a la claridad, a la luz, a la sencillez simplona de nuestra civilización —la masa usando nuestra voz— viene de perlas cuando por fin queda claro que hablamos primero desde el tortuoso y reticular mundo del pensamiento, y ya no caben recursos al instinto de autoconservación.


Y no es esa renuncia la que escribe Bataille, la renuncia del suicidio, porque el suicidio reniega de todo pero termina claudicando a sí mismo. Es renunciar a oponerse a la suerte, al azar de nuestra existencia; es un jugar entregado bajo el dulce caos normativo de la vida misma. Esa suerte, olvidada por el cálculo presuntuoso que toma su aliento frío de nuestras propias limitaciones, es la plasmación del carácter lúdico de las profundidades humanas, incluso donde se advierten sus tintes más trágicos.

El hombre se encuentra, pues, acorralado entre la angustia y el juego. La suerte, «el efecto de una puesta en juego» incesante, permite el desconocimiento de la angustia, desconocimiento que es «deseo de reposo, de satisfacción». La angustia, por su parte, paraliza el curso del juego, produce instantes en los que el tiempo no corre sino que estalla destrozando nuestros motivos entonces inservibles. En medio pervive masificada la indecisión, el olvido, la muerte anticipada y gris de los muchos que, incapaces de abrir sus mentes, tampoco soportarían más de un par de embates de la angustia de haber nacido.

Podría inferirse cierta actitud negra en los planteamientos de Bataille. De ninguna de las maneras y por dos razones fundamentales. En primer lugar por un motivo indirecto: el de que cualquier escritor o artista que viva su obra, es decir, cualquiera que escriba creyendo lo que escribe, porque plasma en el papel trozos de su propia rebeldía e íntimos momentos de temor, ése está demostrando tal amor, si se quiere irracional y hasta congruente, por la existencia, que sin pretenderlo termina por encender el mismo sentimiento en otros. Y Bataille es uno de ellos, alguien de quien no se lee su literatura, sino de quien se es o no compañero y cómplice.


En segundo lugar, porque para Bataille la vida se basa en un sinsentido absoluto —la muerte que vendrá a interrumpirnos, a nosotros y a nuestras supuestas grandezas—, y, en sus palabras, «¿podría recibir el ser una autonomía más verdadera?». Por eso, «el secreto de vivir es sin duda la destrucción ingenua de lo que debía destruir en nosotros el gusto de vivir: es la infancia que triunfa sin grandes frases sobre los obstáculos que se oponen al deseo, es el tren desenfrenado del juego…» Luego de nuestra constatación de la condena eterna, de la angustia, sólo podemos recurrir a la ingenuidad del juego, donde todo se halla a nuestra disposición.


Sin duda, Georges Bataille, un gran desconocido, considerado por Foucault como uno de los escritores más importantes del siglo XX, es una magnífica fuente de aliento, aliento para desentrañar honestamente, poniendo toda la carne propia en el asador del lenguaje, esa inmensa tragedia que nos tocó en suerte: la vida y su inmenso plantel de eventualidades.

lunes, 28 de mayo de 2007

El vikingo

El vikingo llegó a Escocia y conquistó sus parques. Su padre y él se embarcaron en una travesía insensata, a miles de kilómetros del calor del hogar, pero descubrieron bosques mágicos, con veredas salpicadas de ranitas confiadas, y quién sabe cuántos duendes disfrazados de ramas. En el camino su padre le relató muchos cuentos, y se toparon con ovejas bulímicas, focas perezosas, castillos lunares, lagos de aguas negras, abejas insidiosas, islas inconstantes, un reino de luz amable y verde fascinación. Por eso el vikingo, tras conquistar aquellas tierras con su risa y su voz inolvidable, regresó a casa con un deseo pertinaz de volver a entrar en aquel vagón abandonado, aparcado al borde de un lago, en el que, mientras su padre tomaba un té, jugó con él a juegos olvidados; o de oír de nuevo la voz definitiva de aquellos trovadores de espadas terribles, y en el patio del lugar luchar contra el tiempo, y conquistar las Tierras Altas. Ah, y adueñarse de aquella pequeña islita a sus espaldas, donde se distinguían las tumbas de un rey y una reina...

viernes, 25 de mayo de 2007

Jacaranda

Vuela una cigüeña con parsimonia sobre el caos de la ciudad, sobre esa suma de prisas y dignas banalidades que borra hasta la última huella del silencio. Apenas quedan trazas de la moderada y efímera luz de la primavera, y Sevilla se hunde con paso firme en el centelleante verano, donde los días son eternos y los resplandores excesivos. Ahí, en medio de la calle, siempre añorante de mar, la jacaranda pinta un manto malva a sus pies, sabiéndose incapaz de llenar Sevilla con sus flores. Hace lo que puede, sucediendo en el renacimiento a los intensos aromas y las florecitas nerviosas del Paraíso, reuniéndose a veces en largas avenidas para que la alfombra asombre y acoja, y apacigüe los pasos de los viajeros perdidos, esos que, deprisa, no van a ninguna parte. Otras se hospedan en los jardines del Alcázar, jacarandas serenas y privilegiadas que enredan con esmero el amarillo albero y el verde nuevo del vergel, coloreando ese oasis donde el bullicio no osa entrar, quedándose siempre más allá de las murallas. Allí, entre gynkos y naranjos, suspiran malvas por el sosiego de todos nosotros.

(Foto de Grzegorz Komar - http://grzegorzkomar.com -, en http://www.trekearth.com/gallery/Europe/Spain/photo201435.htm)

Cruzando el Atlántico

Parece ser que los que hemos gastado y regastado los discos, primero de vinilo, luego en cintas de hierro y cromo, y al final compactos, de maestros como Genesis, King Crimson, Emerson, Lake & Palmer, Van der Graaf Generator, Pink Floyd... y que habíamos perdido las esperanzas de volver a sumergirnos en nuevas y vitales sinfonías de fuerza y dulzura, en esos lujos de destreza y elegancia que nos regalaron estos señores, podemos considerarnos afortunados, porque por ahí quedan artistas que, sin el aplauso del mercado, siguen trabajando la música como algo distinto de un mero entretenimiento que zumba en tu oído mientras haces otra cosa.


Si el otro día comentaba el descubrimiento de Echolyn, ahora me quedo con el frescor y la hermosa ingenuidad de Transatlantic, un grupo formado por átomos que venían de explosiones anteriores, y que, al parecer, ya se disgregó también, para repartir, entre otros experimentos igual de interesantes, a unos músicos tremendamente conscientes. Me queda por investigar un poco a The Flower Kings, y a Spock’s Beard, grupos en los que aparecen algunos de los músicos de Transatlantic. Sobre todo, Ronie Stolt parece ser uno de los pioneros de todo este movimiento. Los hilos invisibles se pueden descubrir en cualquier lugar donde haya un poco de vida, y aquí también. Escuchas un grupo, te embruja, investigas un poco (tiras del hilo) y descubres otras maravillas.

Dioses

En un concierto de Rory Gallagher, que celebraba en un teatro de Dublín, todo el mundo se removía sentado en su asiento, pero un par de borrachos iban y venían por el pasillo del patio de butacas, bailando y perdiendo el equilibrio. En cierto momento, Rory se acercó al borde del escenario, y en ese instante uno de los borrachillos se acercó también al músico irlandés, alargó lentamente su brazo y rozó con sus dedos la guitarra de Rory. Nunca asistí a una imagen más hermosa de lo que significa adorar a un músico. Huyendo de los fanatismos, hay veces que algunos seres humanos se equiparan a los dioses, y en esos instantes es maravilloso andar ahí, cerquita, para contagiarte un poco de su divinidad. Tal vez sea por eso que uno no puede dejar de escuchar a Bach, el creador de Dios...

viernes, 18 de mayo de 2007

Juego otra vez

La gente iluminada me produce sarpullidos. Y con esto no quiero declararme partidario a ultranza de la razón. Por ejemplo, en estos días en que trato de dar un repaso intenso a Cortázar, releyendo lo leído hace siglos, y leyendo lo que entonces se me escapó, no paro de preguntarme por qué un escritor así, una persona como él me atrae tanto. Porque Cortázar basa casi todas sus creaciones en la idea de que la casualidad tiene arte y parte en nuestras vidas, y que posee una especie de sentido, unas reglas identificables que fácilmente se nos escapan a nosotros, acostumbrados a mirar el mundo con ojos escolares. Cortázar podría ser un iluminado de esos que me hacen huir, de esos que juegan para convertir al prójimo, para reivindicarse en él. Pero no. ¿Por qué? Hay una respuesta sencilla: Cortázar juega, pero siempre vuelve de los juegos, porque, además, de esta forma los juegos divierten y no se convierten en otra vida que vivir. En cuanto nos tomamos en serio un juego éste deja inmediatamente de serlo, y se transforma en una nueva preocupación, en una nueva firma de responsabilidades, en un nuevo compromiso de mínimos eternos.

Cuando jugamos (bien) al Monopoly mantenemos dos actitudes contrarias pero perfectamente compatibles: por un lado nos implicamos en la partida para desplumar a nuestros adversarios; pero, a pesar de que ello no influya en nuestro despiadado afán lucrativo, por otro lado nunca olvidamos que esos a quienes queremos arruinar son nuestros hijos, nuestra tía, nuestra pareja… y que afortunadamente todo es un juego, que no los arruinaremos de verdad. Pero en un alarde infantil de creatividad tardamos un milisegundo en concebir otra nueva treta para hacernos con las tres propiedades rojas y sembrarlas de hoteles, y luego cobrarles a nuestros contrincantes sumas millonarias, y dejarles el bolsillo lleno de agujeros. Benditos contrincantes…

El juego, dentro de el mundo, es un mundo sin pretensión de convertirse en otra cosa que un sueño. Es teatro privado (¿qué es el teatro sino un juego?), carnaval, disfraz y exceso, visita instructiva al pecado y a la inmoralidad, disonancia divertida, y también, porque hay vuelta, fuente fresca de argumentos para aliviarnos de nuestras costumbres. ¿Jugamos?

miércoles, 16 de mayo de 2007

Desprecio

Soy más de odios que de desprecios, reconozco que casi siempre por pura incapacidad para lo segundo. Quién sabe si también influyen las prisas. Cualquiera entiende que para el desprecio se requiere una cuidadosa reflexión, una tranquilidad y un aplomo que no todos ni a todas horas disfrutamos. Pero al fin y al cabo nos educaron (nosotros mismos seguimos educando) en ese mal moderno, y de lejos más nocivo que el cáncer: las prisas, que son una de las razones fundamentales por la que el odio anda mucho más extendido que el desprecio.

Y eso que despreciar constituye un ejercicio bastante más creativo que odiar: cuando desprecias has valorado con los ojos abiertos; por el contrario, el odio es, como muy bien apunta la tradición, ciego. De ahí que el desprecio deba enfrentarse a otro enemigo: la sociedad, los mecanismos sociales que nos quieren obedientes, que en sus mejores sueños mecánicos nos imaginan hormigas, soldados que pueden embarcarse en sus odios ciegos, pero siempre que vuelvan a la fila sin haber adquirido tras la experiencia ideas nocivas (una idea nociva es como un copo de nieve blanco...).

Por mi propensión al odio (un comportamiento en mí más frecuente de lo deseable), y por la sanidad que observo en la raramente alcanzable dicha del desprecio, puedo confirmar que esos pocos y pequeños desprecios míos acaban convirtiéndose, por puro contraste, en ascos ejemplares. Debo advertir que no me mueve pretensión alguna de abanderar verdades, ni de convertirme en más juez que en el que sentencia en el estrado de mi propio capricho y con la jurisprudencia restringida a donde alcanza mi humilde aura. Y es que el desprecio bien entendido posee esas otras virtudes: siempre es personal, y no agrede al despreciado, sólo lo desatiende, prescinde de él, lo desestima: no le quita nada, sólo no le da. Por supuesto, alguien podría entender que se produce una especie de agresión moral, pero únicamente se puede concluir tal cosa si se parte de la dudosa premisa de que todos tenemos la obligación moral de darnos a los demás. Y yo, espero que se me perdone, o mejor, que se me comprenda, considero que no hay amor, ni amistad, ni el más mínimo átomo de cariño que no languidezca, o incluso que no se desintegre, al contacto con la obligación, sea moral, marital o militar.

A estas alturas, se podría andar pensando que estos párrafos apologizan sobre un acto que, no cabe duda, no es de puro amor, no acerca al otro, sino más bien sobre un acto de gris indiferencia y triste desafecto hacia el prójimo (como a ti mismo, que diría Don José). Pero el mundo es como es, y a pesar de todos los buenos deseos que nos hagamos cada mañana, a pesar de que tratemos de orientar nuestros actos con principios y buenos propósitos, no podemos negar que cada día cruzarán nuestro camino elementos que nos provocarán odio, desprecio, repugnancia… En el mundo, en nuestras calles, junto a seres mágicos y a individuos básicamente bienintencionados, transita gente en mayor o menor medida indeseable, grotesca, desalmada, embrutecida, gente opuesta a la ecuanimidad, a la razón, que se ríe de los sueños, que se cuelga de los árboles de esta selva y maniobra para impedir con sus gritos bien adaptados que la sensibilidad suavice con luz las sombras del caos. Esta fauna también es parte de la realidad, y la única forma que conozco para tratarla sin caer en sus taras es el respeto, el respeto en su más alto sentido, en el de la consideración. Y cuando acabas de considerar a determinados seres, con mayor o menor vigor acabas despreciándolos, y a continuación olvidándote de ellos porque nuestro tiempo es escaso, y nuestros sentidos no dan abasto para tanto asombro.

Adoro mis desprecios, porque son la rehabilitación de mis odios, y porque me acercan un poco más a los bosques de hadas, y a las largas conversaciones entre duendes; porque su esencia de comportamiento cabal roza mis gestos como una brisa apaciguadora, y puedo acariciar y ser acariciado sin mucho miedo ni demasiado odio a la vida.

lunes, 14 de mayo de 2007

El juego

El juego, ese reino, o interregno (según se vea), ese mundo propio, recogido e infinito hacia el centro, esa pompa de jabón de mil reflejos irisados que siempre explota, dejando en tu cama y en tu aire el perfume de lo imposible. Habría que designarlo disciplina obligatoria en los colegios, para que los niños nunca olviden su condición, para que, en materia de sueños, nunca cumplan años. Aunque en los colegios el juego debería convertirse en método inexcusable, en suelo y cielo, en puertas y paredes, en el color insustituible de las pizarras.
(Extracto de los Escritos Futuros)

sábado, 5 de mayo de 2007

Mirá que sos...

Mirá que sos... Entrás en la casa y ni mu. ¿Qué menos que esbozar un saludo, siquiera ese pequeño rastro de caracolito misterioso que dejás al pasar? Pero no, caminás de puntilla como una bailarina, sin provocar el mínimo ruido, haciendo y deshaciendo los pasos como una diosa transparente, y antes de rajarte hurgás en los cajones de la casa, en busca de secretos y delicias. Pero juraría que vos ya sabés que podés comportarte conmigo a la criolla, porque yo transito la vida de puro vicio, y nada más lejos que yo de un alma podrida; arrabalero sí, y a mucha honra, y si querés un tanto safado, pero lo que me cuadra es el mero juego, la timba sin pelar a nadie, la milonga sentimental de a ratos, que de caprichosa acaba siendo la única farra que no se descompone en fiaca. Decí hola, miráme otra vez entre el montón de piojeras boludas, como descubriendo un nuevo continente. Decí algo, papirusa...

Más de Don José

Con esta edición, como otras tantas que se hayan publicado, se intenta de forma fácil y sencilla, la consulta sobre la misma, obteniéndose, como es obvio, la ayuda necesaria a entender y facilitar su manejo con las normas de tipología política o lo concerniente a las Comunidades Autónomas.

Recordar a modo de consulta el significado más fácil sobre los temas derivados de su contenido.

Cabe destacar en el caso de la Constitución Española de 1978, la inserción en el aspecto de su ordenamiento jurídico, acomodándose a sus preceptos y (continúa aún presentándose) dificultades muy notables a su acomodación de la normativa a las nuevas disposiciones Constitucionales.

Se pretende evitar de forma totalitaria el caos político existente, penetrando más aún si cabe con anotaciones entre las viejas leyes y la Constitución nueva, quedando con ella olvidadas las rencillas de épocas pasadas partiendo de nuevo.

(José Jiménez Silva, Historia Ilustrada y la Constitución Española, Sevilla, Jamais Sistema Edición, 2003).

jueves, 3 de mayo de 2007

Infusión templada de salvia

Y otras veces todo es rabia, asco por el más mínimo detalle que mueve la calma perfecta de la nada, aversión al más leve sonido que rompe el limpio silencio. Dejar el agua que calentabas para una infusión y cambiarte las zapatillas por los zapatos para bajar y echar una mano con unas bolsas, evitar encontrarte a cualquiera en el ascensor y saludar y mostrarte estúpidamente cortés, y luego volver y de nuevo cambiarte de zapatos, y no recalentar el agua para la infusión de salvia porque qué más da, al carajo la infusión de salvia, me la tomo templada, y tirar entonces el sobre de plástico de la bolsita de té en el cubo de basura orgánica, maldiciendo a la humanidad, y deseándole con ese gesto bobo de rebeldía que se hunda en el caos del que vino. Sí, otras veces, como hoy, sólo aceptarías gestos primarios, y borrarías de un manotazo el resto, toda esta jodida civilización de idiotas en la que vivimos, tanto ajetreo sin furia, tanta luz sin pasión, tanto movimiento grueso, grosero, sin contraste ni detalles… Aunque concluyes entonces que eres tú mismo el primer majadero que se cree toda esta payasada, el mayor de los necios jugando a las casitas un día y otro y otro, mintiendo y mintiéndote, dejándote llevar por la brisa viciada y deleznable del devenir de los ciudadanos gusanos. Estas otras veces las dulzuras diminutas callan, dispersas en las calles y las avenidas, acurrucadas en las plazas muertas, y agachan la mirada y permiten que la realidad se muestre desnuda, tal cual, con todos sus defectos, con todas sus maldades miserables, con toda su chabacana insuficiencia… Y apenas quedan entonces rincones donde descansar.

jueves, 19 de abril de 2007

Breve salto al Paraíso desalmado

Hay ocasiones en que algo, una pequeña descarga neuronal que recorre desmandada ciertos caminos en tu cerebro, o una imagen suave y sin aristas que se cuela en el fondo de tus pensamientos, o quizás un hecho trivial que interrumpe tus rutinas, como la visión de un viejo vagabundo que, al despertar entre sus cachivaches, enciende una colilla sucia; a veces algo, alguna minucia, estimula tu atención, y entonces basta mirar para ver. Algo parecido a ponerte esas gafas de rayos raros que te permiten ver a la gente desnuda, pero ahora es el mundo el que enseña sus vergüenzas, hábilmente disimuladas tras una capa de prisas, tras un manojo de miedos, tras una bruma de cansancio, tras esta irreprimible ansia de armonía-a-cualquier-precio. Sí, mirar y ver, una actividad que te aleja de tus tesoros cotidianos como si viajases a un rincón ignoto del mundo, dejando la caricia de las esperanzas muy, muy detrás...

viernes, 13 de abril de 2007

El comercio cronopial de lágrimas

Los cronopios lloran con un llanto nunca igual pero siempre inocente.

En ocasiones las lágrimas les brotan con motivo conocido, por ejemplo ante una ausencia irreparable. La cabeza se les puebla de recuerdos y de impulsos infantiles (es decir, caóticos, ilusionados), pero de súbito un retrato les muestra el rostro del adiós, y entonces sacan sus pañuelitos arrugados y esconden sus caritas de vagabundos en la oscuridad de sus ojos cerrados.

Otras veces los razones de su llanto no estás tan claras, y las lágrimas surgen de un imposible, de una puerta cerrada con llave, de un espejo roto, de un solar antaño poblado de malas hierbas y veredas, y hoy destrozado por cómodos y cálidos edificios...

Los famas no saben que sus propias lágrimas, cuando son inocentes, poseen exactamente la misma composición que la de los cronopios, porque si lo supieran podrían llevarlas al mercado de sus vecinos, y trapichear con ellas en los quioscos de lágrimas, donde los cronopios las cambian por todo tipo de objetos preciosos. Los cronopios adoran las lágrimas como si fueran perlas, y las observan con sumo detenimiento, destacando en ésta su delicado sabor a melancolía, en aquélla las formas de saquito aterciopelado que la tensión superficial y su composición salina les concede, o en aquella otra la virtud de transformar la luz de una sonrisa posllanto en un carnaval de brillos inesperados.

Dicen que una vez un cronopio, al que algunas lenguas insustituibles pero maledicentes tachaban de fama, ofreció todo su reino por una sola lágrima, y eso sabiendo que a aquel pequeño diamante líquido lo sucederían otros muchos imposibles, y, claro está, otros muchos llantos.

Cielos

Observé el cielo de Santander y creí que iba a romperse. Pronto la bahía se encendería con rayos poderosos, pero ahora el cielo, del que aún no caía una sola gota de lluvia, parecía augurar una catástrofe. Las nubes componían un dibujo terrible, enlazándose unas a otras con rabia, deshaciéndose en grises agrietados, y arremolinándose en una danza retorcida y violenta de torbellinos y agujeros, arrugas inusitadas. Al fin, la tarde se oscureció palpablemente, hasta convertirse en una noche prematura, y el cielo estalló en una lluvia hambrienta, entreverada de interminables chispazos descomunales. Refugiados en los soportales de un edificio del puerto, tratamos de cazar con nuestras cámaras la visión de aquellos nervios encendidos del planeta, mientras el cielo había diluido su propia furia, sus gestos de fiera encrespada, para crear un fondo lechoso sobre el que los rayos iban y venían como gritos del propio mundo.

Hoy, cruzando un patio bajo la lluvia lenta del azahar, observé de nuevo el cielo, y creí descubrir algunas pinceladas de aquel otro, como el recordatorio de su poder. Las nubes se mostraban tranquilas, pero entre ellas surgían, aquí y allá, formas extrañas, muestras de otra dimensión, razones para nuestro desamparo...

lunes, 9 de abril de 2007

Santo Gredos




Doble descubrimiento

Hambriento de sorpresas, me encuentro con Suffocating The Bloom y As The World, dos discos divertidísimos de un grupo que se escondió hasta ahora en el todo vale de los noventa: Echolyn. Y mi cuñado, en ese afán investigador que le honra, me ha suavizado un poco esa pérdida que todos sufrimos con la muerte de Stevie Ray Vaughan, al informarme de este discípulo del tejano: Joe Bonamassa. La música como un tobogán...

lunes, 2 de abril de 2007

Nunca Jamás aquí y allá

Pistas para cronopios, en fase apenas inicial de análisis del escenario real (que no está fabricado sólo de realidades palpables, aunque tampoco de místicas baratas y obsesivas, espiritualismos prêt-à-porter)... Y sobre todo ese momento en que Barrie descubre que con sus juegos hace daño a la madre y a los niños, y resulta culpable, además, de intriga por excesivo cariño. La vida, que, además de tierras de ensueño, tiene estas cosas...

viernes, 30 de marzo de 2007

Ejemplo de hilo invisible

Por la brisa del caos, de un lugar derivas a otro. Y por eso, de hurgar muy niño en el sexo contenido e incitante de las fotonovelas de la abuela, y de transitar alguno de sus libritos de Marcial Lafuente Estefanía, desembocas en la curiosidad por esas aventuras ásperas y obligatorias que en la escuela eligen de un modo tan pacato: La familia de Pascual Duarte, El Lazarillo de Tormes, La Celestina... Luego, flotando en un desierto inadvertido, sin brújula ni rumbo, pasas el verano sumergido en la delirante levedad de Vázquez Figueroa, en los laberintos azafrán del precursor de la autoayuda y de la superación de nuestra hipocondría genética, T. Lobsang Rampa. Y bebiendo libros, casi sin saborearlos, llega el día preciso, cuando un amigo, al que sobre la cuerda floja de tu adolescencia imitas con pasión, te muestra Cien años de soledad. Te embarcas, pero a medio camino viras tu proa temblorosa y vuelves a puerto, mareado con tanto mapa y tanta tormenta. Al poco, sin embargo, y algo mejor pertrechado, vuelves a zarpar, y entonces surcas mares increíbles, mientras lamen el casco de tu barco palabras inolvidables. El viaje ya no cesa, se mete en tu sangre y, entre silencios y terrores, se mantiene ahí constante, como una invitación perpetua a naufragar. Y llegan Cervantes, Cortázar, Valera, Calvino, Tolkien, Sánchez Ferlosio... Aunque cierto día llegas a un puerto extraño y desenredas las primeras frases de un libro sobre tu unidimensionalidad, y tras el sudor el agua fresca de Savater y sus amigos, uno de los cuales resalta por su sinceridad y su insuperable dominio de las olas: Cioran. A partir de aquí el mar abierto, rumbos infinitos, peces diminutos como universos, grandes costas de abrigo, atardeceres solitarios, albas de aroma y sexo... En la brisa del caos, a la deriva con un hilo invisible en las manos...

martes, 27 de marzo de 2007

David el aventurero

(Juan, 11 años)
Érase un gnomo llamado David que era pobre. Lo único que tenía era una bola de queso y un trozo de pan. En aquella época, las cosas se pagaban con conchas de mar.

Las personas más ricas eran los pescadores y buzos, que estaban constantemente pescando conchas. El pequeño David decidió buscar un trabajo que le tuviese cerca del mar para pescar conchas y hacerse rico.

– Si no encuentro trabajo –pensó–, iré a buscarlas sin trabajo.

Dicho esto, se fue hacia la costa, donde vio a la gente con las caras alegres, no como en su barrio. Preguntó y preguntó hasta que, sin pensárselo dos veces, entró en una tienda, robó una escafandra y se tiró al agua.

Cuando tocó suelo, vio todo lleno de conchas y empezó a recogerlas una por una, hasta que no pudo coger más. Subió a la superficie, cogió las conchas que se le cayeron y se dirigió a su casa.

Cuando llegó, guardó las conchas y se fue de nuevo a la costa para coger más conchas.

Al cabo de tres horas, era más rico que el rey. Lo primero que hizo fué pagar la escafandra, luego fue a ver al rey para decirle que, al ser más rico que él, sería el nuevo rey. El rey dijo que sí, pero con una condición, que le dejara el puesto de Presidente del Gobierno.

David dijo que sí y también dijo que le repartieran 700 conchas a cada pobre.

Ya no hubo más pobres en el país de Gnomitas.
FIN

martes, 20 de marzo de 2007

Dragones


Genalguacil


Técnicos literarios

El otro día, leyendo las cartas de Cortázar, comprobé que el amigo Julio había animado y promocionado a Vargas Llosa para que publicara su primera novela, la cual le parecía fantástica. El 14 de noviembre de 2004, poco después de la victoria del bueno de Bush en las últimas elecciones estadounidenses, Mario Vargas Llosa publicó un artículo dominical en El País. Recuerdo que me indignó tanto que cometí la tontería de enviar una carta al Director de ese periódico, que no fue publicada, imagino, por motivos de espacio u oportunidad, o quién sabe si porque debe estar muy feo meterse con personajes tan ilustres. Creo que tanto artículo como carta siguen manteniendo su vigencia y su interés.

El artículo del maestro de la literatura decía así:

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TRIBUNA: PIEDRA DE TOQUE
MARIO VARGAS LLOSA

Los próximos cuatro años

(Publicado en El País, el 11 de noviembre de 2004)

¿Es posible prever las grandes líneas de lo que ocurrirá en el mundo a partir de la victoria de George Bush? La acción militar en Irak continuará, acaso de manera redoblada, a fin de conseguir que las elecciones prometidas se celebren a principios del próximo año y de ellas resulte un Gobierno iraquí más o menos representativo que, con un apoyo internacional amplio, pueda continuar la pacificación y democratización del país, como ocurre ahora en Afganistán. Este objetivo no es imposible, aunque nada fácil de alcanzar, vista la ferocidad y multiplicación de unas organizaciones terroristas que harán todo lo posible -y hasta lo inimaginable- por impedirlo.

Pero, aun si el Gobierno de Bush alcanza este objetivo, el problema del Medio Oriente seguirá haciendo correr mucha sangre y manteniendo al mundo en vilo. La región continuará siendo un polvorín mientras el problema entre Israel y Palestina no encuentre solución. Y no la encontrará con una Administración que se ha identificado de manera automática con la política de Sharon, apoyando sus peores excesos y desafueros. ¿Moderará Bush su política ahora que ha desaparecido Arafat? Es difícil predecirlo. Una victoria de Kerry y los demócratas hubiera significado una actitud más flexible y equilibrada frente a este tema, y acaso un esfuerzo semejante al que llevó a cabo el presidente Clinton para lograr un acuerdo entre las partes, acuerdo que se frustró en las negociaciones de Camp David y de Taba por la intransigencia de Arafat.

La lucha contra el terrorismo internacional en todos los continentes, columna vertebral de la política de Bush que han legitimado los electores estadounidenses, mantendrá abierta la brecha que la intervención unilateral en Irak ocasionó entre Estados Unidos y Francia y Alemania (y, luego, también España). Aunque sin duda habrá gestos conciliatorios de ambas partes, las diferencias al respecto son demasiado profundas, y en esos tres países europeos los desplantes contra Estados Unidos traen todavía demasiados beneficios electorales a sus gobernantes (sobre todo, al desfalleciente presidente Chirac), como para que se restablezca la antigua colaboración y amistad atlántica. El distanciamiento tendrá un efecto muy negativo para la construcción de Europa, pues, contrariamente a lo que se quiere presentar como un diferendo radical entre Europa y Estados Unidos, la verdad es que en el seno de la Unión Europea existe una división muy grande al respecto, y que muchos países europeos, empezando por el Reino Unido, Italia, Polonia, la República Checa y todos los recién llegados a la Unión, no participan de la hostilidad franco-alemana y su peón español contra Washington. Con el senador Kerry en la Casa Blanca, el antagonismo se hubiera atenuado, sin duda, aunque no eclipsado.

Este asunto no es adjetivo a la edificación de Europa, el más ambicioso y trascendente proyecto que haya surgido en el seno de los países democráticos del Occidente. Y no lo es porque el Reino Unido -al igual que otros países pequeños jamás se integrará realmente a una Europa construida contra los Estados Unidos, como quisiera esa extraña alianza de fascistas, comunistas y nacionalistas europeos que constituyen la espina dorsal del movimiento antinorteamericano al que, con motivo de la guerra de Irak, han ido atrayendo a sectores democristianos y socialistas. Sin el Reino Unido, Europa nacería coja, tuerta y manca, podría ser presa fácil del mercantilismo económico al que Francia se resiste a renunciar y tarde o temprano reproduciría a nivel comunitario las taras nacionalistas de las que la Unión Europea, en su concepción prístina, debía redimir al Viejo Continente.

Para América Latina, la reelección de Bush representa la posibilidad de que nuevos países accedan al NAFTA, el Tratado de Libre Comercio del que es ya parte integrante México, y que se concrete el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), algo que con Kerry en la Casa Blanca no era nada seguro, pues su vicepresidente, el gobernador Edwards, ha sido un adversario resuelto de incorporar a aquel Tratado unos países que, según los industriales estadounidenses proteccionistas de los que era vocero, son competidores desleales por sus bajos salarios y sus condiciones laborales precarias. El riesgo de que la Administración Kerry mantuviera a raya a América Latina del mercado estadounidense y de que dificultara la descentralización industrial norteamericana hacia el sur del río Grande era considerable.

¿Se atreverá el presidente Bush, ahora que cuenta con el control de ambas cámaras y un inequívoco mandato, a hacer la gran reforma de la Seguridad Social que ha insinuado en su campaña y que los sectores más liberales del Partido Republicano le exigen? Al igual que en muchos países europeos, el sistema estatal de reparto está técnicamente quebrado en los Estados Unidos, pues, para cumplir con sus obligaciones en los próximos años, el Estado necesitaría la cinematográfica cantidad de 5 billones de dólares (es decir, cinco millones de millones). En su campaña, Bush insinuó que la reforma consistiría en permitir a los nuevos ciudadanos incorporados al sistema colocar parte de sus impuestos a la Seguridad Social en cuentas personales, lo que, en la práctica, equivaldría a una privatización parcial del sistema, tal como se hizo en Chile. Es una reforma muy audaz, y que, de llevarse a cabo, sentaría un modelo para el resto del Occidente, donde el crecimiento elefantiásico del Estado benefactor se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para la elevación o incluso el simple mantenimiento de los actuales niveles de vida de la población. Pero no hay garantías de que así suceda, pues, contrariamente a las teorías liberales que dice profesar Bush, su Administración ha sido una de las más gastadoras de la historia de Estados Unidos y la que más ha incrementado el déficit público. En este aspecto, Kerry hubiera tal vez restaurado la política económica de Clinton, que fue bastante liberal.

La reelección de Bush puede traer tremendos perjuicios a la sociedad norteamericanay a su sistema institucional, precisamente en el ámbito en el que, según todas las encuestas, el presidente batió de manera contundente a su adversario demócrata: el de los llamados "valores morales". Evangélicos y católicos integristas, y un vasto sector de familias no siempre identificadas con una iglesia, pero de moral tradicionalista y afincados principios puritanos, le dieron su voto para que frenara lo que consideran una desenfrenada liberalidad de costumbres y una tolerancia excesiva para todos las manifestaciones culturales y sexuales de la modernidad. Esto, en términos prácticos, significa que el Gobierno de Bush aumentará sus acciones legales contra el aborto, los matrimonios homosexuales, la eutanasia, la experimentación con células madre, y su apoyo a las campañas para que la religión se infiltre en las escuelas públicas, autorizando las oraciones al comienzo de las clases y una enseñanza de las ciencias compatible con la palabra bíblica. Éste es un camino peligrosísimo que puede deteriorar gradualmente la cultura de la libertad y restablecer diferentes formas de censura en la vida cultural y social de los Estados Unidos, así como restringir y abolir derechos individuales que son la más preclara expresión de una sociedad libre. En este dominio, no hay duda de que Kerry, pese a su voluble trayectoria y a su programa vacilante, era una opción preferible a la de Bush.

Sin embargo, admitiendo que el peligro de una reacción conservadora que lesione la democracia norteamericana existe luego de la última elección, hay que señalar también que, por fortuna para los Estados Unidos, gracias a una inveterada costumbre que echó raíces desde que llegaron allá los primeros europeos buscando una libertad religiosa que el Viejo Continente les negaba, el sistema de descentralización del poder a todos los niveles -político, educativo, económico, judicial, administrativo, cultural- ha hecho de aquél un país donde, según el ideal fijado por Popper para una sociedad democrática, los gobernantes no pueden hacer demasiado daño, porque el sistema, con sus contrapoderes y frenos legales, los ataja a tiempo. Por eso Estados Unidos no ha tenido un solo dictador a lo largo de toda su historia y por eso fue capaz de superar periodos tan riesgosos para la libertad como los del maccarthismo. Y la disidencia, aun la de corte más radical, ha existido y se ha manifestado incluso cuando parecía a punto de ser aplastada por una opinión pública que se identificaba totalmente con la política oficial, como durante los años de la guerra fría.

Algo más, incluso. No es imposible que ciertas expresiones truculentas y deslenguadas de la oposición a la Administración Bush, de bufones simpáticos a la manera de Michel Moore o de demagogos siniestros tipo Oliver Stone, hayan contribuido a ganar a aquél el apoyo de norteamericanos demócratas y liberales que de pronto se sintieron asustados o indignados por las exageraciones, deformaciones y simplificaciones de la guerra sucia electoral. De hecho, parece probado que el Partido Republicano presionó e intrigó para que el film anti-Bush de Moore Fahrenheit 9/11 se exhibiera en lugares de provincia donde jamás hubiera llegado por sus propios méritos.
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Mi inservible carta rezaba así:

Leí hace mil años, cuando era muy joven y aún más ignorante que ahora, La ciudad y los perros y La guerra del fin del mundo. Algo en esos libros, en apariencia delirantes, me transmitió frialdad. Del primero no recuerdo apenas nada, y del segundo apenas conservo la sensación de que el autor asistía con una profesional indiferencia a toda aquella sucesión de fantásticas tragedias. Desde entonces, me dejó de interesar Mario Vargas Llosa.

Ahora, más viejo que entonces y un poco menos ignorante, leyendo manifestaciones como su último artículo publicado en El País, creo poder explicarme aquella decisión de no seguir perdiendo el tiempo con este magnífico técnico de la literatura. Ese indecente modo suyo de elegir una simplificadora ingenuidad o una informada sabiduría, según convenga al tema del que habla, cuadra a la perfección con aquella frialdad que entonces sentí al leer sus libros. Sólo hay que ver cómo pasa de una descripción frívola y cegata del problema de Irak, a un análisis microscópico pero igual de torpe (o interesado) sobre las relaciones entre Europa y Estados Unidos.

Sólo un personaje de un liberalismo tan curioso puede hablar del “mercantilismo económico” francés, aliado de “fascistas, comunistas y nacionalistas” europeos, en contraposición con la ética y la bondad incontestables del Señor Bush y de su amigo Tony Blair. Sólo un hombre tan obsesivamente preocupado por su imagen de sabio defensor de la libertad y los derechos humanos puede calificar de “audaz” un modelo de seguridad social privada, y proponerlo como “modelo para el resto de Occidente”. Sólo una persona incapaz de mirar con un poco de compasión el fangal en que sobreviven sus compatriotas, que se debaten en una miseria nada ajena a esa ética que él aplaude, puede afirmar que la reelección de Bush va a beneficiar a toda América Latina.

Pero lo peor del artículo de Vargas Llosa es lo que dice de sí mismo: incapaz de enorgullecerse de sus ideas, de su conservadurismo radical y su insensibilidad acomodada, víctima tal vez de algunos restos de conciencia, une a la cal algo de falsa arena, y trata así de contentar, cobarde e inútilmente, a tirios y troyanos. No, definitivamente no volveré a perder el tiempo con sus libros.

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Hay demasiadas pistas que lo indican: el arte nunca será territorio de los técnicos, por muy sofisticados y prolijos que se muestren. Un mañoso mercader, un intrincado charlatán podrá engañarnos una vez, dos veces, pero no siempre. Un artista no es quien mejor sabe jugar con el lenguaje, sino aquel que sabe transmitir lo que vive, la grandeza de sus sentimientos, la riqueza de sus sensaciones, con elegancia y destreza, pero también con sinceridad e inocencia.

miércoles, 14 de marzo de 2007

Tarde de paseo


Hay una luz endiabladamente hermosa, que se cuela en el gran silencio, en ese que sólo rompen las ráfagas de aire jugando con los envoltorios de los ramos de flores que alguien arrojó, ya inservibles, a contenedores y basureros. Los cipreses saben dibujar sombras en la tarde dorada, y entre ellos divagan las tórtolas con sus aleteos metálicos, y algunos pajarillos diminutos que con sus lánguidos trinos acompañan al viento en su canción sosegada. El cementerio está desierto. Un aburrido conserje me ha saludado al entrar, y más adelante, al pasar la primera glorieta donde calla el Cristo de la Mieles, encuentro a un meditabundo guardia de seguridad, también deseando que llegue la hora de cerrar. Soy el único visitante.

Luego de una larga caminata, flanqueado por vanidosos panteones, criptas que se airean (abiertas como bostezos) y muros saturados de nichos y nombres oxidados, abandono la avenida principal y me interno en el laberinto de tumbas. Camino rodeado de un mar de cientos, de miles de cuerpos inertes que el tiempo va deshaciendo inmisericorde, un ejército de pruebas de nuestro abandono que algunas capas de mármol y madera no consiguen ocultarme. Siempre me encantó conocer ese atajo hasta la tumba de mi familia, y esa sensación de alcanzar el centro querido sorteando recodos idénticos, enredos de calles y el peligro constante de extraviarme en la maraña de sepulturas y cruces. Alcanzar el centro, el lugar exacto donde ella yace... Te levantas temprano por la mañana, te aseas y te vistes, programas tu día y tus afectos, repasas tus sueños imposibles y aprietas en tus manos las pequeñas delicias posibles que quedan como resto del recuento, y te lanzas a caminar, a disponer, a telefonear, a cumplir rituales trascendentales, y al final del día te espera una cama que recogerá tus últimas calorías, una cama donde te enfrías y desde la que ya ni siquiera el llanto de un niño que te echa de menos puede emocionarte. Y en nada, tras los trámites preceptivos, sin sueños ni delicias, sin teléfono ni rituales, acabas en un agujero oscuro y húmedo, derritiéndote en el tiempo, que en el cementerio pasa lenta, muy lentamente.

Me asalta un deseo grande de hablarle a mi madre. A mi alrededor sólo sepulcros y un olor penetrante a flores quemadas. Pero sé que ella no me escuchará. Ella permanece dentro de mí, pero sin oídos. Conserva sus gestos, la fuerza descomunal que la condujo hasta el último día, su entrega discreta y misteriosa y su amor incondicional, pero no tiene oídos, ni manos; tampoco puede abrazarme. Y por ello me resisto a ese impulso de hablarle, de decirle que allá estoy, a su lado, tan cerca de ella, que me gustaría apartar la losa y buscarla y abrazarla aunque sólo queden de ella unos trazos desvaídos de lo que fue. Dejo que el silencio hable por mí, como hice durante tantos años, aunque tal vez ahora ella lo entienda mucho mejor que a mis palabras. Miro el reloj, porque podría quedarme encerrado en el cementerio. Acaricio el mármol de la tumba y doy dos pequeños golpes de despedida, convencido de que ella sentirá las pequeñas vibraciones que correrán del mármol a la madera, y de la madera a su cuerpo de luz inmortal. Y doy la espalda a la tumba, resignado con todo eso que se despliega ahí delante, zigzagueando por el laberinto, consumando los recorridos sin sorpresa en el plano detallado de mis días, y no me disgusta pensar que algún día descansaré con ella ahí dentro, en su confortable y fresco cobijo de tierra.

lunes, 12 de marzo de 2007

Museo...

La música emocionante de Murillo, los melancólicos atardeceres de Sánchez Perrier, la chiquilla de azúcar de Jiménez Aranda, Alpériz y sus sombras increíbles, la sed de otros mundos caminando detenida por el silencio del claustro, donde los niños deberían encontrarse algún día.

martes, 6 de marzo de 2007

La Luna eclipsada

El eclipse de Luna se produce cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna. El eclipse total de Luna ocurre en días de Luna llena, cuando los tres astros, el Sol, la Tierra y la Luna se alinean, y la Tierra proyecta su sombra sobre nuestro satélite. Lo hace en un ademán de protegerla de los rayos del Sol, y con suerte acaba oscureciéndola sensiblemente. La Luna, entonces, adquiere un tono rojizo y apagado, y su rostro alegre de Luna llena entristece a ojos vistas. Aun así, la Luna conserva durante el eclipse todas sus virtudes, esa ilusión con la que por lo común navega por el horizonte, esa elegancia con la que se cuelga como una trapecista yendo encendida entre el cénit y el ocaso, esa avidez con la que absorbe el parpadeo de esta estrella o el misterio de aquella galaxia. Existen documentos que atestiguan la posibilidad de que un eclipse de Luna pueda durar muchos días, meses incluso, tal vez años. A veces la Tierra se encela con el Sol y, olvidándose de las razones de su vagabundeo espacial y de los tesoros ocultos en las constelaciones, se obsesiona con esa gema que, cierto día de la Creación, decidió quedarse a orbitar alrededor de ella. Y así, la Tierra cambia ligeramente su paso, modifica determinados parámetros magnéticos y refuerza sus recursos gravitacionales, consiguiendo de este modo que la alineación se mantenga durante un tiempo indeterminado. Para alivio de la Luna, los científicos aseguran que, ya sea por las poderosas tensiones creadas por semejante actitud terráquea, ya por las peripecias del azar cósmico (no tan raras como se podría suponer), esta situación nunca adquiere carácter definitivo, permitiendo a la Luna, antes o después, volver a jugar en el firmamento, sonriendo mientras crece, reinando plena en el cielo de los veranos, cerrando luego sus ojos, suavemente, para descansar, e invocando sueños para los niños desde su nocturno refugio en la inmensidad. Gracias a estas investigaciones, y a sus irrefutables conclusiones científicas, hoy sabemos que la Luna nunca podrá dejar de ser Luna...

domingo, 4 de marzo de 2007

El llanto


El amigo Julio apuntaba en sus instrucciones para llorar, dentro de la Historia de Cronopios y de Famas, que “el llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente”. Hoy me di cuenta que a Julio se le escapó algo fundamental, y que invalida en parte su teoría: el acto que constituye verdaderamente el principio del fin del llanto es el suspiro, que consiste, como todos sabemos, en una inspiración profunda y una espiración como cargada de alivios. Podemos sonarnos los mocos todo lo enérgicamente que deseemos, pero el llanto no acabará hasta que no se produzca un suspiro definido, aunque luego, para borrar los efectos del llanto, nos sonemos concienzudamente y enjuguemos los restos de lágrimas y desconsuelo.