lunes, 4 de junio de 2007

Georges Bataille, autófago

[Texto que escribí hace unos veinte años, excesivo en los términos, con un tono algo desagradable por académico, pero suficientemente entrañable por la pasión que destila]


Savater nos dice que «la experiencia que Bataille propone es la conquista de una auténtica soberanía, es decir, el acceso a una cumbre en la que el hombre pueda encontrarse plenamente extirpado de la funcionalidad y su posibilismo para enfrentarse sin ambages con lo imposible, esto es, con su propia esencia impracticable».


Andar por sus páginas supone demasiadas veces recorrer de nuevo las veredas que lo condujeron al éxtasis. Uno se encuentra de pronto respirando a un ritmo inusual, y todo por unos párrafos en los que Bataille se lanza al vacío y osa describirse. Sus palabras entran dentro de los ojos como disparos, encendidas, obligando a una atención que no permite el disimulo, que exige aquella sinceridad lectora, aquella que Nietzsche llamaba filología, para una pluma eminentemente sincera.


«Quien no muere por no ser más que un hombre, no será nunca más que un hombre», y para esos que manotean en el vacío más allá de nuestras idénticas cadencias, para esos que notan sus pies como dos plomos que alzar y sus manos como dos eternas posibilidades de ejecutar las quimeras, para esos se desgrana Bataille. Pero impone tales condiciones que incluso en éstos provoca el escándalo. Por eso fue expulsado del surrealismo, porque Bataille no se detiene ante ningún peligro, porque todas las etiquetas terminan sumidas en el terror a sus propias consecuencias y se tapan el rostro con algún límite salvador.


Cuando Bataille, desde su Biblioteca de Orléans, ha roto con todo usando el arma sensual de su pensamiento, no se resguarda; afronta con pasión su propia rotura, sin la que él andaría incompleto: autofagia, escepticismo que se condena en una sucesión infinita sin desechar la parálisis. «Nadie es sino un poder de abrir en uno mismo el vacío que le destruirá», nos espeta. Nosotros, desde nuestro sillón, compartimos esa culpabilidad de la existencia, pero sabemos que aún poseemos mecanismos de huida: la rutina termina siendo un cálido agujero donde abundan las justificaciones; la boba —pero eficaz— identificación de la muerte física con las muertes del pensamiento nos permite argumentar sensatamente sobre los inconvenientes del suicidio como si esa fuese la propuesta. Y el culto a la claridad, a la luz, a la sencillez simplona de nuestra civilización —la masa usando nuestra voz— viene de perlas cuando por fin queda claro que hablamos primero desde el tortuoso y reticular mundo del pensamiento, y ya no caben recursos al instinto de autoconservación.


Y no es esa renuncia la que escribe Bataille, la renuncia del suicidio, porque el suicidio reniega de todo pero termina claudicando a sí mismo. Es renunciar a oponerse a la suerte, al azar de nuestra existencia; es un jugar entregado bajo el dulce caos normativo de la vida misma. Esa suerte, olvidada por el cálculo presuntuoso que toma su aliento frío de nuestras propias limitaciones, es la plasmación del carácter lúdico de las profundidades humanas, incluso donde se advierten sus tintes más trágicos.

El hombre se encuentra, pues, acorralado entre la angustia y el juego. La suerte, «el efecto de una puesta en juego» incesante, permite el desconocimiento de la angustia, desconocimiento que es «deseo de reposo, de satisfacción». La angustia, por su parte, paraliza el curso del juego, produce instantes en los que el tiempo no corre sino que estalla destrozando nuestros motivos entonces inservibles. En medio pervive masificada la indecisión, el olvido, la muerte anticipada y gris de los muchos que, incapaces de abrir sus mentes, tampoco soportarían más de un par de embates de la angustia de haber nacido.

Podría inferirse cierta actitud negra en los planteamientos de Bataille. De ninguna de las maneras y por dos razones fundamentales. En primer lugar por un motivo indirecto: el de que cualquier escritor o artista que viva su obra, es decir, cualquiera que escriba creyendo lo que escribe, porque plasma en el papel trozos de su propia rebeldía e íntimos momentos de temor, ése está demostrando tal amor, si se quiere irracional y hasta congruente, por la existencia, que sin pretenderlo termina por encender el mismo sentimiento en otros. Y Bataille es uno de ellos, alguien de quien no se lee su literatura, sino de quien se es o no compañero y cómplice.


En segundo lugar, porque para Bataille la vida se basa en un sinsentido absoluto —la muerte que vendrá a interrumpirnos, a nosotros y a nuestras supuestas grandezas—, y, en sus palabras, «¿podría recibir el ser una autonomía más verdadera?». Por eso, «el secreto de vivir es sin duda la destrucción ingenua de lo que debía destruir en nosotros el gusto de vivir: es la infancia que triunfa sin grandes frases sobre los obstáculos que se oponen al deseo, es el tren desenfrenado del juego…» Luego de nuestra constatación de la condena eterna, de la angustia, sólo podemos recurrir a la ingenuidad del juego, donde todo se halla a nuestra disposición.


Sin duda, Georges Bataille, un gran desconocido, considerado por Foucault como uno de los escritores más importantes del siglo XX, es una magnífica fuente de aliento, aliento para desentrañar honestamente, poniendo toda la carne propia en el asador del lenguaje, esa inmensa tragedia que nos tocó en suerte: la vida y su inmenso plantel de eventualidades.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Arranca también de Bataille esa pasión por el juego? Supongo que el francés será una más de sus razones. Yo recuerdo haber leído en la edición de La Sonrisa Vertical su novela La Historia del Ojo. Estoy seguro de que anda aún por casa. Recuerdo haberla leído, sí, pero lamentablemente apenas nada más. Igual es momento de releer aquellas páginas.
Por cierto, el crío está muy simpático de vikingo. Espero que entre las nieblas de los lagos de Saliencia podáis vivir juntos nuevas aventuras. Al Lago del Valle también le sale por el medio un fabuloso islote que en los días oscuros del invierno parece la joroba de un misterioso animal semisumergido.
Un abrazo.

Sir John More dijo...

Sigo apuntando nombres de las maravillas que me aconsejas. El norte se me hace enorme, y es que te despistas y dices: cinco días en Galicia y otros cinco en Aigües Tortes, y te topas en medio con otra peregrinación de cientos de kilómetros cruzando el país. Hay veces que Sevilla está tan lejos de todo...

Y sí, Bataille... Pero si lo pienso a fondo, creo que entonces no entendí yo del todo el significado de esa palabra tremenda: juego. Tal vez adivinaba que tras las frases del señor Jorge Batalla había numerosos misterios, que, por cierto, a mí también me gustaría volver a transitar. Hace más de un año me compré un pequeño relato, El azul del cielo, y no fui capaz de leerlo, pero lo dejé como se dejan esos libros que sabes que aún no puedes leer. Te recomiendo una recopilación que Savater hizo en Alianza Editorial, El aleluya y otros textos. Para introducirse en Bataille creo que es lo mejor. Es un autor muy personal y duro de roer.

En fin, seguimos en contacto, y trataremos de visitar esa isla.

Un abrazo

e-catarsis dijo...

Pues yo sólo he leído de ese tipo Historia de un ojo que curiosamente compré a la vez que Pájaros de fuego ( Anais Nin)... y la verdad no recuerdo la razón de esta compra simultánea

Saludos es que sigo enredando por aquí