viernes, 16 de mayo de 2008

De La Ñora a Gijón

Llovía. La gente se encontraba cansada, y el viento alborotaba la lluvia hasta hacer enojosa la tarde. La calidez del apartamento les atrajo irremediablemente, y por eso los acerqué a la casa. Luego, conduciendo hacia el mar, advertí esa agradable amplitud que trae siempre lo indeterminado, lo desconocido, cuando no te anima otro objetivo que el de vagar al arrullo de la canción azul. Bajé del coche y el vendaval se aliaba con ese gran monstruo de agua y sal…




Con mucha dificultad hice algunas fotos. Apenas podía mantener abierto el paraguas. Luego guardé la cámara y contemplé toda aquella furia gratuita, de algún modo diluyéndome, disolviendo todas mis complicaciones en un sencillo esquema primordial. El mar era un viejo corpulento que durante eras había azotado las costas, ya desde mucho antes de que Dios siquiera nos hubiese imaginado.

Un arroyo desembocaba en un lateral de la cala. Lo había visto al bajar del coche, y entonces me extrañó que un hombre mayor anduviera lanzando su caña en el fondo del valle por el que corría, porque sus aguas bajaban oscuras y sospechosas. A la vuelta, mirando el arroyo y comprobando que el viejo se había marchado, reparé en unas escaleras de piedra que, entre eucaliptos, subían hacia un lateral de la cala.


Comencé a subir protegido del viento y la lluvia. El silencio se rehizo, para ser interrumpido sólo por mi agitada respiración. La pendiente era grande, pero yo ascendía al acantilado como hacia una promesa. Arriba, desviándome de la escalera que continuaba subiendo, me esperaba un mirador donde las ráfagas de viento volvían a desordenar una lluvia menuda y persistente.


Desde el mirador pude contemplar la nitidez de la playa de la Ñora, y hacia poniente la línea de acantilados aparentemente inalcanzables…



Seguí haciendo fotos, hasta que no hubo rincón donde mis ojos no se hubiesen posado. Al fin decidí bajar, pero la escalera que subía aún más me llamaba con voz poderosa. Acaso un poco más de subida y volvería. Quedarían dos horas de luz, pero el cielo se oscurecía por momentos, amenazando con tormentas y desastres, aquel gran cielo infinito...

Unos metros más arriba encontré un camino, un camino suave que serpenteaba por el borde de los acantilados. Descendía suavemente para luego subir de nuevo, y de pronto perderse internándose en los bosques tierra adentro. No tenía prisa…


Y así fueron apareciendo acantilados, lenguas de piedra que se adentraban en el agua sometidas a la espuma y la rabia. La soledad y un virtual silencio me acompañaban en el esfuerzo de subir y bajar por el camino. La lluvia arreciaba y el paraguas servía de poco. Ah, qué dulzura sentirse allá, desvalido, presintiendo el trueno, la tormenta furibunda que podía romper como una gran ola sobre aquel pobre vagabundo…




Pasó casi una hora, y por no dar una oportunidad a la noche retrocedí sobre mis pasos. Justo antes de volverme, permanecí unos minutos extasiado ante la visión lejana del cabo de San Lorenzo, donde un infierno de olas entrechocaban y se deshacían contra una pequeña isla. Pensé que si me daba prisa podría tratar de encontrar un camino hasta la punta del cabo. Apreté el paso y pronto bajé las escaleras de la playa.

Miré un mapa, pero internado en el laberinto de carreteras de la costa acabé llegando a Gijón. Detuve el coche en un pequeño parque, El Rinconín. Una mujer se bajaba de su coche con un perro, y algún valiente corría entre los jardines. Subí por el sendero que acercaba a San Lorenzo, y el perfil de Gijón iba cambiando en cada metro de camino.




Arriba, junto a un camping de caravanas, ya en la Punta del Cervigón, el espectáculo de la lucha del agua y la roca me retuvo mucho tiempo, tanto que dio tiempo a que la noche apuntase sus primeras sombras. Como si fuera la primera vez que observaba el mar, permanecí allí, quieto, asombrado, durante mucho, mucho tiempo, y cuando quise recoger la grandeza de aquella lid de gigantes sólo pude captar este reflejo…


Seguí caminando bajo la lluvia y la sorpresa, el frío, el vendaval…


Pero al final ahí estaba, el Cabo de San Lorenzo, el círculo de mi pequeña aventura cerrado como un mundo diminuto, como un sueño innecesario que se desleía en la noche lenta…


Volví de nuevo, y entonces paseé por el parque, divisando a lo lejos a esa madre que dice adiós a lo que más quiso…




Gijón bendecido por la lluvia, y la noche que llegó imperceptible, acariciándome con sus manos de madre inmortal...

Un ratito de risa...



Clochard en la noche

Clochard murmuró: «Me gusta resbalar en tus últimas palabras recogiéndolas a destiempo, contagiándolas de esta sorpresa nocturna. Me gusta rociarlas de aperturas y licencias, y luego bebérmelas como se bebe la limonada fresca con hierbabuena. Yo querría oírtelas, paladear sus sonidos salpicados de risas tuyas, sin la servidumbre de tener que imaginar la exquisita entonación de tu voz. Los días transcurren abrumados de ruidos, del tráfago insensato de los horarios, con las calles atestadas de viandantes tan lejanos, y mis sueños encallan en los inservibles zaguanes, entre cartones manoseados y sólidas tristezas. Pero a mí, cuando la noche se asienta, me gusta resbalar en tus últimas palabras, recogiéndolas sin tiempo, contagiándolas de esta eternidad anochecida».

lunes, 12 de mayo de 2008

La ingenuidad del paseante


No me puedo contener, lo tengo que decir. Y es que caminaba yo hace un rato hacia mis santas obligaciones diarias cuando llego a ese pasadizo del que ya os hablé alguna otra vez, uno construido con grandes bloques de cemento y uralita en la larga fachada de una manzana en rehabilitación. El pasadizo, que con frecuencia y sin aviso está cerrado, hoy estaba abierto, y por su anchura permite que dos personas pasen a la vez, siempre que cada una de ellas se aparte un poco.

Hoy venía yo escuchando a Mike Farris y dándole vueltas a varios pensamientos con los que me levanté, cuando diviso al fondo del pasillo a una mujer joven que viene en sentido contrario. Sigo caminando, la música aislándome del ruido del tráfico. La chica se acerca. Bueno, así a simple vista, y sin dedicarle más que un vistazo desde lejos, no es que sea el paradigma de cuerpo escultural, pero hoy vengo pensando en otras cosas, tendría que partirse por todos lados para que yo me fijara, eso sí, con educación, en su cuerpo. El pasadizo tiene aberturas a la avenida que lo ensanchan. La muchacha y yo coincidimos en uno de los tramos cubiertos, y comprobando que ella camina muy digna justo por el centro del pasillo me aparto y espero. La mujer pasa como una reina, el paso firme, la mirada en el horizonte, el porte majestuoso. Por un instante pensé que giraría la cabeza y me agradecería con un simple gesto la amabilidad, pero no, de esa esperanza pasé a la amarga constatación de que había cedido el paso a una estúpida maleducada. De veras, sé que hay gente pasándolo peor que yo, la mayor parte de ellas mujeres, pero, con todos los respetos, estoy hasta el coño del machismo imperante, y lo digo en serio, sin ironías...

domingo, 11 de mayo de 2008

La cultura y el vómito

Acabé de leer el libro de José Luis Ferris, Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, con la sensación de pertenecer a un país que ha sido tremendamente injusto con una persona apasionada y limpia, un hombre del que todos deberíamos sentirnos orgullosos. Pero a esta sensación se unía otra, una enseñanza más bien: en el pueblo, entre los muchos, hay cientos, miles, millones de personas que, sin haber escrito un verso, merecerían otro trato bien distinto por parte de esta sociedad.

El libro de Ferris, correctamente escrito y combinando pasión y rigor a partes iguales, nos relata la corta vida de un pastor nacido para las palabras, un hombre bastante común, enamoradizo, maleable en todo lo que de accesorio tiene la vida, pero honesto y limpio en sus valores de respeto a los demás. El pastor oriolano, animado por una fiebre juvenil, busca el reconocimiento en una capital estremecida por los vaivenes políticos, y llena de artistas consagrados, algunos de ellos instalados en una vanidad bien alejada de la poesía que publicaban. De entre los consagrados, Neruda y Aleixandre lo acogen con cariño, y adivinan en él y en su poesía esa ardiente sinceridad que, en mi opinión, es condición necesaria para que cualquier escrito valga algo. Por contra, Lorca, quién sabe si por una sensibilidad algo condicionada por su pulcro origen, desprecia tozudo a un Hernández que huele a campo, tal vez a pobre. Alberti y su mujer, María Teresa León, aceptan a ese pintoresco muchacho que decora sus afanes surrealistas.

Tras el libro de Ferris esperaba uno de Ian Gibson. Era un regalo de mi gente, y hablaba de las vicisitudes sufridas por cuatro poetas durante la Guerra Civil: Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca y Miguel Hernández. Alcancé sólo la mitad de lo dedicado a Machado, y no pude seguir. Me aburría mortalmente. No obstante, en la forma de relatar de Gibson creí descubrir ese mismo aire de comprensión por todos esos poetas vanidosos que jugaban a las honduras con un ojo puesto en la adulación de los demás. A algunos de ellos no los he leído lo suficiente como para poder opinar sobre su poesía, además de que, como he repetido ya demasiado, entiendo poco de este lenguaje.

Gibson usa como hilo conductor de su libro las peripecias de Pablo Suero, periodista y dramaturgo argentino que llega a España para informar in situ sobre la situación española a los lectores de su periódico. Hablando del día que Suero conoce a Alberti y a su mujer, Gibson comenta:

“Después del homenaje [concedido a Valle-Inclán por una multitud de artistas], Suero conoce por primera vez a Alberti y María Teresa León. «Fui un viejo amigo de ellos desde ese instante», escribe. Unos días después los visita en el estupendo estudio que ocupan en una «torre» al final de la calle del Marqués de Urquijo (hoy una placa colocada al lado de la puerta recuerda la estancia de la pareja). El estudio da al parque del Oeste y, más allá, a la Casa de Campo” [pág. 32].

Algunas páginas más adelante, Gibson habla del día que Suero es llevado por Lorca a conocer a su familia, que por entonces residía en Madrid:

“Un día el poeta lleva a Suero a conocer a sus padres y hermanos, con quienes comparte un amplio piso de la calle de Alcalá, 96 (hoy, 102). […] A pesar de ser agricultores ricos de la Vega de Granada, «están con el pueblo español, se duelen de su pobreza y anhelan el advenimiento de un socialismo cristiano»” [pág. 35].

Para terminar las citas, apunto ésta con la que el autor comienza la descripción del día en que Suero visita a José Calvo Sotelo, uno de los líderes de la derecha:

“José Calvo Sotelo recibe al argentino media hora después en su lujosa mansión, con salones amplísimos, del barrio de Salamanca” [pág. 37].

Durante estas páginas obtuve la impresión de que Gibson alababa la esplendidez del estudio de Alberti y María Teresa León, y la amplitud y buena situación del piso de la familia García Lorca, pero que denunciaba la lujosa mansión de Calvo Sotelo. Y lo cierto es que todos andaban bien lejos de la paupérrima situación general del pueblo español. El señor Calvo Sotelo daba con ello lógico contenido a sus valores aristócratas, pero los otros, situados al lado del pueblo, comunistas y socialistas aseados y declarados, no daban precisamente demasiado ejemplo a ese pueblo que llenaba siempre sus escritos. Sé que no conviene simplificar la vida de gentes que vivieron una época difícilmente comprensible a tantos años de distancia; sería injusto parcelar el mundo en malos y buenos, pintarlo de negro o de blanco: nuestro mundo, por fortuna o desgracia, se encuentra lleno de grises. Pero el mundo artístico siempre ha seguido unas pautas de exclusividad y esplendor, por no hablar de exhibición, que no pocas veces me ha asqueado. Numerosos artistas lanzan al mercado consignas bellamente urdidas, pero que nada tienen que ver con sus vidas, con sus valores y pensamientos. Es un olor característico que tengo la desgracia de percibir, y que me repugna profundamente.

En los primeros días de la Guerra, cuando cientos de miles de personas sufrían la violencia de la contienda, cuando montones de jóvenes eran arrancados de sus padres para luchar en un bando o en otro, para asistir a la sangre de sus amigos y familiares; cuando ingentes cantidades de mujeres, viudas o casi, demostraban su valor implacable sacando adelante a sus familias con enormes sacrificios, mientras sus padres, esposos e hijos luchaban y caían en una contienda incierta y sucia; o cuando esas otras mujeres también cogieron un fusil para defender a sus vecinos y su derecho a decidir el futuro; cuando todo esto pasaba, Miguel Hernández había decidido cantar su poesía en las trincheras, mientras luchaba al lado de sus iguales, sin faltar un solo día, compartiendo con el pueblo al que pertenecía un fusil y el silbido de las balas, el hacinamiento, el frío mortal que luego contribuyó a su muerte, o un rosario posterior de cárceles. Y mientras todo esto pasaba, en esos días de horror, Alberti, María Teresa León y otros usaban un escondrijo de lujo, proporcionado por el Gobierno de la República a sus artistas, para organizar fiestas de disfraces en las que no faltaba un detalle, ni siquiera el ineludible toque surrealista. De día se acercaban al frente y, en actos bien organizados, cantaban a aquellos pobres desgraciados algunas canciones que dios sabe si entenderían. Luego, con el deber cumplido y la conciencia y la camisa limpia, volvían a su madriguera lujosa y disfrutaban de la vida, porque a ver, si no, de dónde iban a sacar estos señoritos suficiente surrealidad para sus hermosas mentiras…

Miguel Hernández protagonizó allí un episodio que recuerda el de Cristo en el templo. El poeta, cansado y enfermo por su estancia en el frente, y preocupado porque tiene a su mujer y a su hijo en Alicante, tan lejos, acaba sublevándose contra aquel lujo y aquellos personajes enjabonados y pagados de sí mismos que juegan a la guerra. Por supuesto, recibe la respuesta que merece un muerto de hambre que apenas sabe vestir con corrección. Y hay que recordar ahora que Hernández, aun siendo el hombre que fue, tuvo tanta, tanta suerte al lado de otros millones de pobres diablos… Menos mal que luego fueron inmortalizados por las floridas mentiras de algunos poetas de manos impolutas y suaves, ascendientes de muchos de los que hoy vomitan nuestra cultura.

sábado, 10 de mayo de 2008

Los sonidos de la luna 5

5front1 Cruzar el río y morirse de amor en el Bosque, sumergirse en los alados caprichos, arrullado por los besos gratuitos y sometido a la libertad de una penumbra de cuento, entonando himnos azules sobre el verde escenario de la selva… La sangre, toda roja de ímpetu y aliviada por las tristezas necesarias, relumbra cierta y valiente bajo la piel translúcida de los seres mágicos…


[Si alguien los desea, que me escriba un mensaje. Veremos la forma de hacérselos llegar. No encuentro el modo de mantenerlos colgados…]
Cd Air 3 sonidos luna 2b sonidos3back Sonidos4b 5Back1 5Back2

jueves, 8 de mayo de 2008

Helmántica

Sin mar, titilan como estrellas petrificadas alumbrando los paseos calmantes, los diálogos a media voz, la media luna de una sonrisa sobre la que pasó el tiempo…
Monstruos perspicaces y prudentes, petulantes, inesperados se agazapan en los rincones y en las alturas, en los desagües y escondrijos, como excrecencias festivas del mal, como luminarias de la ciencia y el desorden primordial…
Hay un cielo tejido de piedra, y una piedra húmeda de cielo. Gaudeamus solemne, reciedumbre traviesa de los sentimientos que modelaron tejados y laberintos…
La Iglesia tortuosa, excesiva y asombrosa con sus vórtices de oración y clausura, con sus dominios terrenos, con sus revoltijos de misterios, y anzuelos armados del silencio que calma nuestra sed…
Diminutos como suspiros, nadando en el pasmo, navegábamos sin saber muy bien dónde andaba el cielo o el infierno…
Hay en Helmántica ríos de cauce blando que nos alivian de lo enorme, que nos llevan flotando entre la paz de los colores de la tarde…
Un alto para el vacío impreciso, para el eco temeroso, para el frío centenario y el órgano y sus latidos, lejos del mundo de los hombres…
La amabilidad del sol se derrama ante nosotros para componer un lienzo sin azar. El oro antiguo de las tardes…
El Tormes murmura historias olvidadas a nuestros resonados oídos, susurros dulces y tristes que acarician a Helmántica…
Cristo reinando en su muerte, presumiendo de su dolor, rigiendo con artes de sangre en feudos que en el fondo nunca fueron suyos…
Bares, cuentos y miradas, espejos y la máquina bulliciosa del regocijo funcionando con el trajín incansable de un veterano camarero, y fuera Helmántica…
Helmántica abierta, una ciudad que acaricia...

martes, 6 de mayo de 2008

Antipasiones: U2

Me asquea profundamente la música de U2. Me produce sarpullidos esa base machacona e insufrible que se repite en todas sus canciones, sobre la que la voz mediocre de ese personaje envanecido que es Bono realiza piruetas torpes, sin ninguna gracia. Aunque todos esos compromisos sociales suyos fueran sinceros, y le supusieran un verdadero esfuerzo, necesitaría la abnegación de un santo para compensar la vulgaridad de su música. En este vídeo pueden ver un ejemplo de lo que son capaces de hacer estos magníficos músicos.

Como desagravio, aquí pueden escuchar una verdadera canción de amor…

domingo, 4 de mayo de 2008

Año de la madre

Por encima de todas las tempestades, de todos los desiertos, de las dudas y las quimeras, con el color imprescindible del abrazo, con el aroma del último refugio, bajo manos templadas y un corazón valiente, aquí va un presente (y uno de esos instantes plenos) para la mejor madre que han podido toparse mis hijos, a la que nunca agradeceré bastante su cariño y sus cuidados.

jueves, 1 de mayo de 2008

Lanuza de cuento


A Angelines y Marcos, dos héroes sencillos

El pueblo de Lanuza se encuentra en el Valle de Tena, en plenos Pirineos aragoneses. Aunque mucha gente oyó hablar de Panticosa y su balneario, y de Formigal y su estación de esquí, también situados en el Valle de Tena, pocos conocen la existencia y la historia de este pueblo de ensueño. Nacido en el siglo XII, y dedicado a la agricultura y el pastoreo, en 1961 se encontró con que el gobierno de Franco pretendía embalsar las aguas del Gállego, un río que serpenteaba dulcemente por el valle, y sumergir las casas y calles de Lanuza. Sus habitantes fueron abandonando a regañadientes el pueblo hasta que en 1975 salió de él el último vecino. Entonces el pantano comenzó a subir, pero por diversas cuestiones no alcanzó a sumir a todo el pueblo en el desastre, y sólo las calles más bajas sufrieron la inundación.

Fue entonces cuando los vecinos que más nostalgia sentían de su pueblo comenzaron a luchar por recuperarlo. Primero debieron pelear porque la expropiación, por defecto irreversible, se hiciera reversible. Los responsables del asunto, amparados en unas expropiaciones obligatorias y mal pagadas, se negaban a devolver a sus dueños casas que no habían sufrido ni sufrirían nunca el nivel de las aguas. Pero los vecinos amaban su pueblo lo suficiente como para superar este obstáculo, y por fin muchos de ellos consiguieron recuperar las casas y la posibilidad de rehabilitar algunas y reconstruir la mayoría, puesto que si las aguas habían respetado a muchas de ellas, ni hicieron lo mismo la erosión del tiempo, la falta de cuidado y los repetidos saqueos.

Se estableció un límite por debajo del cual toda construcción era imposible debido al peligro de las aguas, y por encima de esa línea unos pocos hombres y mujeres trabajaron afanosamente durante años hasta conseguir un pueblo de cuento. No soy muy dado a los mitos, pero estas personas son un verdadero ejemplo de fortaleza y amor por las raíces, por esas raíces que no son excluyentes porque más que diferenciarnos nos unen: nuestro pasado, el escenario de nuestros sueños, los rincones donde nuestros padres nos acariciaron por primera vez, donde nos enamoramos y donde sufrimos, la tierra donde disfrutamos de vendavales y paseos, donde dijimos adiós a nuestra gente.

Hoy Lanuza anda llenándose de turistas, pero su condición de pueblecito dulce, su localización magnífica, sus gentes amables y acogedoras permitirán que Lanuza siga siendo por siempre una perla en el verde mar de los Pirineos.