sábado, 2 de noviembre de 2013

Revolución y cultura

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[Artículo publicado en Acción Politeia]

Cuando hablamos de la rapiña y de la corrupción moral del presente deberíamos estar en condiciones de hurgar en las raíces de nuestro actual desconcierto. ¿Cómo podríamos esperar hoy una sociedad moralmente aceptable cuando ayer nos decantábamos completamente por el botín fácil e inmediato? Nos inclinamos, como una ley general, por la depredación frente a la creación.

Rafael Argullol, La dignidad de la belleza, en El País, 10 de marzo de 2013

 

La cultura es la actividad artística y espontánea de una comunidad educada. La cultura, en libertad, no necesita ministerios, ni mecenas oficiales interesados, y la administración pública sólo debería procurar leyes que la protejan de la voracidad de la industria cultural.

Hoy día la cultura tiene tres enemigos fundamentales, que prosperan como causa y consecuencia de una disminución palmaria del espesor cultural: la tutela ambiciosa y manipuladora de la administración pública, la rapiña inculta de la industria cultural y, el peor de los tres, la triste deriva de la educación.

España entró en el siglo XX con unas altísimas tasas de analfabetismo, y con una estrecha relación directa entre educación y nivel social, escandalosa en sí misma pero aún más comparada con lo que ocurría en el resto de Europa. Sólo la Segunda República, de un modo más o menos serio, quiso hacer llegar la escuela pública a todos los españoles, y lo que es más importante, se propuso crear un sistema en el que los maestros poseían e impartían cultura, un sistema en el que educación y cultura serían inseparables. El golpe de estado y la dictadura destrozaron esos propósitos, y sólo con la apertura del régimen a Europa y viceversa, se empezó a abordar, aún de un modo bastante epidérmico, la alfabetización universal de los españoles.

La transición a la democracia supuso, como sucedió en otros ámbitos sociales, una aparente ruptura de calidad con la dictadura. Es cierto que se impulsó la alfabetización y el acceso de los ciudadanos a unos eventos culturales que proliferaban en aquel ambiente recién ventilado. El interés político por el fomento de la cultura parecía sincero: todos recordamos los programas electorales de aquellos tiempos, en los que los candidatos prometían con generosidad bibliotecas, teatros, cines… En cada pueblo se inauguraba por entonces una casa de la cultura, aunque por lo común no tardara en ser invadida por las telarañas, o en el mejor de los casos utilizada para los festejos que ya venían celebrándose de antiguo. Si bien la alfabetización básica se extendió de una manera efectiva, la cultura siguió en manos de unas élites intelectuales ahora renovadas, ofreciéndose a la gente un producto elaborado, festivo y entretenido, en un esquema en el que el ciudadano seguía desempeñando un papel absolutamente pasivo. Todo esto, por supuesto, con sus correspondientes y contadas excepciones.

Dicha intelectualidad cultural, compuesta por aquellos artistas y profesores que tenían la suerte (merecida o no) de gustar a los medios especializados, por todos aquellos que, con arte o sin él, conseguían entrar en la cadena de producción cultural, se instalaba cada día más en la fama, aún más sagrada en tanto que ahora era democrática, en una fama que iba convirtiéndose progresivamente en valor en sí misma. Y por eso el producto cultural que se ofrecía, sin dejar nunca de ser fiesta y entretenimiento, fue transformándose más y más en un producto económico, en un artículo venal y rentable distribuido en un mercado feliz y contemplativo.

Una de las aberraciones del capitalismo real es la de haber desligado el éxito económico de un producto de la calidad del mismo. Hoy se consiguen más ventas modificando el mercado, de forma que éste no exija el producto de más calidad, sino el producido en las mejores condiciones para el beneficio. Exactamente esto ha pasado con el mercado cultural que los gobiernos de la Transición, especialmente los socialistas, promovieron en este país. En vez de promover en la sociedad un ambiente cultural de debate, de crítica, de interés por la sabiduría y por la excelencia artística, sin dar menos importancia a los medios y a la participación que a los fines, se optó por elaborar productos simples y superficiales, que se pueden clonar sin esfuerzo, bajando a la par las expectativas de un público que nunca llegó a salir del marasmo acrítico de la dictadura, ni a tomar en serio la cultura. Se adaptó así la demanda a la oferta, y justo a la oferta que menos exige a la industria cultural y que más la beneficia económicamente.

No tardamos en comprobar que el único cambio cultural cualitativo que se buscó en la Transición, y el único que este período democrático ha conseguido con cifras destacadas, es el fortalecimiento de la industria cultural. La capacidad reflexiva de los ciudadanos, que pasan a denominarse consumidores culturales, no sólo no es necesaria en este proceso, sino que actúa como un obstáculo para los propósitos económicos de la industria. Así es como ésta, en connivencia con los gobiernos, o más bien habría que decir manejada por los mismos elementos que manejan los gobiernos, decidió que la educación, principal fuente de inteligencia ciudadana, se transformara en el espejismo de un buen sistema educativo, en la transmisión mecánica y ramplona de unos conocimientos básicos suficientes para el uso nada inteligente, basto y dócil, del mecanismo de compra y venta en el que se basa nuestra sociedad. Mientras durante la Transición hubo un período en el que la conciencia social se mantuvo, convirtiendo a los ciudadanos en un elemento importante a considerar en la toma de decisiones políticas, la conciencia cultural nunca llegó a formarse del todo, y pronto la cultura se democratizó convirtiéndola en una actividad fácil y accesible de distracción. Se dejaron las honduras, las complicaciones de una cultura de esfuerzo y profundidad, a seres extraños, periféricos, poco útiles, gente que molestaba cuestionando la alegre simplificación del genio.

Hoy basta observar de cerca los actuales movimientos de contestación, los movimientos alternativos y pretendidamente revolucionarios, para con muy pocas excepciones descubrir prácticas antiguas que adolecen, sobre todo, de una falta preocupante de creatividad. Algunas organizaciones, como los sindicatos, usan métodos de acción que ya parecían anticuados a mediados del siglo pasado, pero insisten en ellos perdiendo más y más fuerza. Las últimas huelgas educativas, en un triste panorama de desmovilización académica, y a pesar de contener voces discordantes que abogaban por unas acciones más imaginativas y eficaces, han demostrado que la contestación en este país no posee ni busca formas nuevas de enfrentarse al poder, un poder que incluso podría manifestarse encantado con esa válvula de escape que son las manifestaciones pacíficas, consoladoras y algo paralizadoras de la conciencia ciudadana.

Pero más que la falta de creatividad de los métodos usados para el cambio real de la sociedad, la característica más destacada de estos treinta y cinco años de democracia, y de la gran mayoría de las manifestaciones culturales, ha sido el desprecio por la propia cultura, por la cultura como actividad reflexiva y crítica, como forma de vida y de relación de la comunidad y de sus miembros, como método de conocimiento de uno mismo y de los demás. Nadie pone en duda la bondad de una sociedad aficionada a la cultura, pero todo se vuelve desastre si esa sociedad adora y se conforma con el aficionado, si el propio aficionado se considera artista, si cualquiera, sin conocer las más mínimas reglas ortográficas, se siente de profesión escritor. En esta sociedad, literatos que en el pasado habrían sido considerados mediocres son alabados por la industria como genios comparables a los más grandes, y sus libros se venden por millones y se maltraducen con prisas a montones de idiomas.

Todos consumimos los productos en serie de la industria cultural, y los aplaudimos mientras clamamos por la justicia social. Hay una coincidencia aberrante en la sociedad, que une a retrógrados y progresistas, al considerar que la cultura, la cultura sincera y profunda, es mera pose de una élite extraña de individuos que vienen a complicar algo tan sencillo como la extensión universal de la cultura. Si las élites fabricantes de cultura oficial, si las élites famosas están sancionadas por los gurús mediáticos, auténticos vendedores de sucedáneos culturales, y aceptadas por tirios y troyanos, las otras supuestas élites (absolutamente variadas y para nada gremiales) son despreciadas como gente molesta en una sociedad culturalmente feliz.

Uno de los métodos más extendidos de sancionar este estado de cosas es la teoría, hoy incuestionada, que establece que en lo cultural contra gustos no hay disputas. A la industria cultural, y por tanto a cualquier poder, le interesa que todos nos consideremos no sólo con el derecho a consumir la cultura que deseemos, sino con el derecho a tener razón en la elección, y aún mejor, participantes del colectivo creador. Nadie se equivoca, todo vale, todos somos artistas, y de ahí que cualquier producto cultural sea tan válido como otro, siempre y cuando produzca directa o indirectamente beneficios económicos, y más allá, siempre que nos haga pasar un buen rato. El crecimiento cultural de una persona consiste, precisamente, en la elevación progresiva del listón de sus gustos, en absoluto para limitar el abanico de delicias culturales a su alcance sino, muy al contrario, para aumentarlo y mejorarlo, porque cuanto más elaboración y más calidad posee una actividad cultural o una obra artística, más profundo y duradero es el placer que nos provoca. Pero hoy día no tenemos tiempo para ese modelo de crecimiento personal: en música, por ejemplo, disfrutamos orgullosos de los ritmos machacones y fatuos que la industria implanta en nuestros oídos, o exquisitos nos contentamos con algunos elementos aparentemente rompedores que sorprenden a los más con sus ripios ocurrentes. En literatura basta con leer, a veces con verdadera fruición, a los escritores de moda, que generalmente nos cuentan entretenidas historias con frases anodinas, en textos nada arriesgados, pretenciosos; son artistas del aparato que, en el mejor de los casos, usan correctamente los signos de puntuación. Aunque lo que usan siempre correctamente son esas técnicas pseudoliterarias de entretenimiento sin grandeza, sin sorpresa, sin asombro.

Manifestación 3

El esquema acaba siendo impecable, un bucle aparentemente indestructible: la industria cultural (o sea, la industria del entretenimiento) incluso tiene buena prensa, se muestra solidaria con la revolución, porque además la cultura es por definición de izquierdas y revolucionaria. Ofrece productos de baja calidad y, mediante el uso indiscriminado y subliminal de los medios y el destrozo en la educación (menos pensamiento y más memoria, y hasta eso sin molestar), convence a la sociedad de que sus productos son los mejores, que todos tenemos derecho a consumirlos, que todos somos de un modo un otro artistas, y que debemos defender nuestro derecho a ser definitivamente cultos consumiendo sus productos ligeros, frente a esos pocos y dispersos locos que son los que consideran la cultura no como un mero entretenimiento estático, sino como una búsqueda dinámica y una aventura. Al poder le interesa que esta industria cultural supuestamente revolucionaria domine; el poder y la industria se declaran asediados por sus artistas más revolucionarios, pero los subvencionan, los cuidan, los promocionan. Al poder, además, le interesa que la educación cree ciudadanos entretenidos, no le molesta que piensen en la revolución, ni que salgan a la calle a vocearla, pero se siente seguro cuando los ciudadanos, los que protestan y los que no, se contentan con el humor de zafias series de televisión, con la música ligera de un montón de cantamañanas, con libros frívolos e intrascendentes que leen de forma obsesiva, porque no le rompen el alma al lector, sino que la adormecen. El poder se siente más que satisfecho con una revolución así, con una revolución que, al fin y al cabo, nos iguala a todos en derechos, sobre todo en uno de los más importantes: el derecho a despreciar la filosofía y la reflexión, a considerar la cultura una pura diversión; a creer que nuestros gustos son sagrados, que están hechos, que vienen inscritos en nuestros genes y que nadie tiene derecho a cuestionarlos; a doblegarnos ante una industria cultural a la que le interesan los borregos más que los seres reflexivos y críticos, y que por eso desliga la cultura de la educación. Una revolución que nos iguala en el derecho a disfrutar sea como sea de la vida, a estar convencidos de que lo que cambiará definitivamente nuestra sociedad es el acceso igualitario a los productos artificiosos de este capitalismo salvaje y alienador en el que ya todos, retrógrados y progresistas, nos encontramos tan a gusto.

Si alguien se ha preguntado alguna vez por qué las revoluciones, hasta las más razonables y razonadas, han acabado fracasando, quizá pueda encontrar una respuesta en estas ideas. Tal vez su triunfo político nunca fue un triunfo cultural, tal vez el triunfo político (el de la sociedad, no el de los profesionales de la política) sea sólo una consecuencia del triunfo educativo y cultural, y baste perseguir éstos para conseguir aquél. Puede que en una sociedad culta y educada, en una sociedad donde todos busquen la obra bien hecha, donde todos crezcan personalmente admirando y persiguiendo la belleza, el esfuerzo, el asombro, contemplando la cultura como un medio de aumentar nuestra humanidad y no como un pasatiempo, puede que en una sociedad así no hiciera falta la revolución social. Pero si ésta ha de hacerse, y creo que ha de hacerse, no olvidemos que con canciones ligeras y libros de playa la revolución que consigamos nunca valdrá para gran cosa.

4 comentarios:

DIARIOS DE RAYUELA dijo...

Tienes un espíritu krausista encomiable. Rigor en la educación y baremos de calidad en la cultura. Hombres libres, honrados y cultos. Qué difícil aspiración. Pero no hay mejor utopía por la que luchar.
Un abrazo, Juanma.

Sir John More dijo...

En efecto, José Carlos, a fin de cuentas hay ideas, muy buenas ideas, que en el pasado se diluyeron en la política real, es decir, en la política de la mentira. Ideas que esperemos que algún día no sigan sonando nuevas.

Abrazos, caballero.

Enri dijo...

Totalmente de acuerdo con tu enfoque y con el comentario anterior. se habian espaciado un poco tus entregas pero veo que vale la pena la espera.
Un abrazo
Enrique

Sir John More dijo...

Gracias, Enrique, me alegra que te haya gustado. Espero prodigarme algo más, pero entre el libro y otros asuntos ando bien atareado. Un abrazo.