viernes, 5 de octubre de 2012

El hechizo de la sencillez

A gato y ratón

En el autobús, delante de mí, ocupaban dos asientos preferentes un hombre mayor y una niña de unos seis o siete años, delgada, con largos rizos en su cabello brillante y oscuro, y el flequillo recogido con una hermosa flor de tela. Su cara delicada y sus gestos, bajando la mirada con frecuencia, denotaban timidez. Vestida con su uniforme de colegio, mantenía su mochila de ruedas al lado del asiento. El hombre, enfrente de ella, leía uno de esos periódicos gratuitos.

Repentinamente el hombre bajó el periódico, se inclinó sobre la niña y le dijo con voz poderosa:

― Nena, ya me has dado dos pataditas, y quiero cumplir otros ochenta años.

Y volvió a su periódico. La niña bajó una vez más la mirada, mientras la alegría que bañaba su semblante se diluía con rapidez, como se apaga una última luz. Los dedos de sus manos se removían sin saber dónde descansar, porque se sabía observada por los muchos pasajeros que llenábamos el autobús. Sonreí y crucé mi sonrisa con la de una mujer que también observaba la escena. Entonces miré desde arriba al anciano y pensé en el contraste entre la inocencia de la chiquilla y la oxidada irritación del hombre. Justo cuando empezaba a sentir antipatía por él, el viejo apartó otra vez el periódico y se dirigió a la niña con un tono algo más suave:

― Pero no te enfades, ¿vale? ―los ojos de la niña ocultos tras los párpados, fijos en el suelo―. ¿Te has enfadado? No, ¿verdad que no te has enfadado?

La chiquilla alzó la mirada un instante, en una muestra sutil de educación, y movió la cabeza para negar que se hubiera enfadado. Apenas los párpados volvieron a cubrir sus ojos, la niña se levantó, tomó su mochila y tiró de ella hacia el fondo del autobús. Allí su madre, de pie, cuidaba de dos pequeños que se removían sentados uno al lado del otro. La madre le dijo algo mientras ella se inclinaba sobre uno de los niños y le daba un leve beso en el pelo, un beso que la ayudara tal vez a disolver aquel sinsabor y regresar al hechizo de la sencillez…

sábado, 29 de septiembre de 2012

Farsas maravillosas

NiñasLa vida no es más que un intento constante de trascendencia, una farsa a veces tétrica, a veces maravillosa, aunque por lo común insulsa, con la que tratamos de aderezar nuestra verdadera posición en un universo sin sentido. Aunque la mentira no tiene por qué ser en todos los casos peor que la verdad, lo cierto es que nos engañamos sin descanso: actores siempre aficionados, interpretamos nuestra farsa temerosos de que el desfallecimiento de nuestras piadosas mentiras nos hunda en la indolencia, en la parálisis, en la nada con la que, en el fondo, está tejido todo. Por eso querríamos asegurar que nuestro papel, que nuestras mentiras son parte necesaria y constitutiva de este mundo, que nuestros desvaríos son la realidad; de ahí que nos cueste tanto concebir que sólo somos una especie más, una especie cuyo dudoso privilegio es ser capaz de pensar en sí misma, virtud que la empuja con facilidad a vertiginosas espirales de las que se encuentran liberados los animales.

Podríamos llamar lucidez a la capacidad de reconocer nuestro carácter de actores, de comediantes. La lucidez, esa frontera que sólo se puede cruzar una vez, y en un solo sentido, no tiene por qué ser de modo necesario la puerta a la desesperación, sino que también puede conducirnos a la propia vida, al juego; también puede ser la que nos ayuda a alejarnos de esa ridícula seriedad del actor que olvida que actúa, de la obtusa inocencia del intérprete que cree que él mismo está escribiendo el guión de su vida. Sobre un siempre improvisado libreto, los actores, a veces de modo genial, pueden interpretar la farsa. Resulta llamativo que el idioma inglés tenga la misma palabra para actuar y jugar, to play…

Se puede jugar a todo, también al orgullo, pero quien lo crea poseer como un valor sólido acaba en el ridículo; patético héroe de lo inexistente, se asemeja a esos otros seres que tratan de compensar sus carencias físicas desarrollando sin medida sus músculos, y acaban con una planta ridícula y un tufo inconfundible a complejo de inferioridad. La religión ha tratado de hurtarnos durante siglos la confrontación con la verdad, con el vacío, y cuando la religión se ha enmohecido, otras pequeñas religiones han ido sustituyéndola en el intento de no dejarnos nunca solos con nosotros mismos, solos en la orfandad anímica que nos constituye, algo que cambiaría en nosotros la manera de mirarlo todo. La personalidad es una de esas religiones, y una de las más exitosas a la hora de prestarnos un destino, de aportarnos un motivo aceptable para no derrumbarnos como un esqueleto descarnado: con ella nuestra razón de vivir está en nosotros mismos, en nuestro espíritu, que es como un bucle de la materia cuya complejidad parece permitirnos dejar de ser materia para ser algo más. Por supuesto, en nuestro desmedido pavor a la nada, no nos conformamos con el acto de cerrar los ojos que es la personalidad, sino que aprovechamos para desarrollar ese algo más y hacerlo crecer exponencialmente. Sobre unas premisas falsas construimos todo un edificio conceptual que acaba componiendo nuestro ser, nuestra individualidad, nuestra importancia…

Sin embargo, el juego, esa entrega incondicional a la vida, no pretende instituir nada. Se juega, simplemente se juega. En el juego podemos asumir nuestras inevitables contradicciones y podemos creer en lo que hacemos, podemos apasionarnos hasta el delirio, pero sin olvidar que nos bañamos en un mecanismo no iluso, sino ilusionado de pasiones. En el juego podemos vivir sin perdernos a nosotros mismos, sin dejar de flotar en el vacío del tiempo y la eternidad del espacio. Jugar es enternecerse hasta el infinito, construir pasiones espontáneas y sin pretensiones sobre el gris cotidiano. Jugando sin trampas sabemos pronto que los juegos sirven mientras duran, mientras actuamos en ellos, mientras nos entregamos a ellos como niños perdidos, mientras acariciamos una calavera y nos preguntamos por el destino del bufón que la llevó sobre sus hombros...

lunes, 17 de septiembre de 2012

Cómo hacer una película de éxito mundial

Verán, es bien fácil. Hay que fijarse en la máquina norteamericana: para elaborar una película de éxito basta que echen bruce willismano de un reparto de actores consagrados, es decir, al menos un par de rostros de esos que reconocen a la primera desde quiosqueros a registradores de la propiedad, porque al salir tanto en la caja tonta más que actores son ya patrimonio de la humanidad. Así, el casting debe contar invariablemente con un actor y una actriz de culto. En el galán, de culto significa que posee una enérgica personalidad, es decir, un estilo que, película tras película, el machote usa cansinamente, a ser posible sin demasiados gestos o matices que lo afeminen. Y en ella, ser actriz de culto la obliga a disponer, combinado con las justas dosis angelina-jolieinesperadas de inteligencia, de un cuerpazo inolvidable, una cantidad generosa de morbo y ese aquel que hace exclamar a ellas: ¡zorra!, y a ellos: ¡joder!

A continuación, no les queda otra que pagar por un guión ocurrente, con intríngulis, con ese suspense que aprendimos y que seguimos aprendiendo en la novela negra, género en el que, por cada obra decente, nos damos con doscientas de intríngulis pelado y mondado. Yo cuando leo esas novelas de misterio sin chicha me acuerdo de los pasatiempos del periódico o de la mismísima Corín Tellado, en aquellas fotonovelas de mi abuela. Pero el intríngulis nunca falta, siempre encontramos la trama laberíntica y la sorpresa final, en la que el que Fulanito, comedido y servicial, acaba convertido en un asesino en serie de cojones. El guión debe ser, además, uno de esos guiones-ensalada con una serie de imprescindibles ingredientes. En este sentido, hay temas socorridos, como por ejemplo el idilio que empieza con una repulsión mutua de los amantes, recurso que dio pie a películas fascinantes en el pasado (Historias de Filadelfia, El bazar de las sorpresas...), y que ahora, incluso mal aderezado, se usa hasta el abuso en películas con las que, para qué negarlo, el tiempo se nos pasa volando.

Por otro lado, resulta esencial que en el filme exista un personaje bueno, pero bueno de exagerar, un ser gordito y dicharachero que es casi un padre para los protagonistas y que, lamentablemente, en su calidad de prescindible, muere trágicamente dándonos una pena infinita y justificando otro de los elementos primordiales del cine norteamericano: la venganza. La venganza es como una tensión creada en los primeros compases de la historia, y que nos hace suspirar cuando por fin la tensión se acaba con un balazo en la frente del malo. Además de las películas taquilleras, el cine norteamericano produce diariamente otros miles de largometrajes y telefilms basados exclusivamente en esa tensión de la venganza, y el público mundial, con sus grandes tragaderas, consume esos relatos que son como el vicio de fumar: coges el primer cigarrito porque mola, porque te ves muy bien en la postura del fumador; luego el cigarro, como decía el bueno de Quino, te fuma a ti y te crea dependencia, y cuando fumas más y calmas la dependencia andas tontamente convencido de que fumando sientes placer… Así pasa en el cine con la venganza: estás tan tranquilo ante la pantalla y de pronto ves que alguien comete una ignominia. Da igual que la película sea aún peor que una de Almodóvar, porque de inmediato te entra por el cuerpo una necesidad de justicia que no se calma hasta que el bueno, entre chorreones de sangre y destrozos generales, va y le pega el tiro de gracia al malandrín.

jokerY es que en cierto modo el misterio de un buen guión está realmente en el malo, que debe ser malo de verdad, como los hermanos Malasombra. Debe ser un tipo (y digo tipo porque las mujeres malas son mucho más complicadas para el éxito de taquilla) que coleccione hígados, o dedos meñique, o gritos desgarrados… Se descubrió hace no mucho la virtud de mostrar con detalle las tripas, los brazos descarnados, la muertes terribles de niños y personas inocentes en general, comprobando de paso la intrepidez de los protagonistas en su manejo forense de la situación, con ese ya clásico cosido de heridas, con inyecciones de toda clase, con un realismo asombroso en tajos, roturas de huesos, cráneos machacados o reventados que salpican de trocitos pegajosos de cerebro a toda la sala… Por supuesto, en el fondo el malo no será coleccionista de nada, sino que lo que en realidad desea es plantear enigmas a los buenos, ocultando pistas en los despojos de las víctimas, atrayendo a los protagonistas hacia la trampa final para la maldad definitiva, en la que el malo quiere, de una puñetera vez, vencer al bueno. El muy cabrón (¿ven lo que nos tira la venganza?) acabará recibiendo su merecido, con varios agujeros en su cuerpo de animal rastrero.

Escena de amor hollywoodTodo esto contrasta a la perfección con los protagonistas duchaditos pero informales, y les da una nitidez corporal la mar de interesante que hay que aprovechar para la inexcusable escena de amor. En ella hay que usar las técnicas más depuradas de ese cine auxiliar estadounidense que genera las películas de sexo blando, en las que el arte consiste en la habilidad para no enseñar nunca los órganos sexuales en vaporosas escenas de pasión sin pasión. Es verdad que si ella (ella o su doble, pero él no, por dios…) accede a enseñar un poco más de lo acostumbrado, entonces la película tendrá un valor añadido, pero no es imprescindible. Además, en estas escenas no conviene alejarse demasiado de los esquemas habituales, y se recomienda que besos, abrazos y posturas sean las que el público espera, con una doble función: demostrar lo amorosos que son los protagonistas, sin vicios inconfesables, y que la gente disfrute sin hacerse demasiadas preguntas ni despistarse. Cualquier error en la película, cualquier insistencia en algún tema puede llevar a la gente a pensar, y se trata justo de lo contrario, de entretener. Así pues, es necesario que cualquier asunto se trate con la suficiente prisa y superficialidad para que no se convierta en idea, y que así el espectador pase dos horas divertidas en las que si se asombra por algo sea por los efectos especiales. Uy, se me olvidaban: fundamentales los efectos especiales, y es frecuente encontrarnos con que, junto a la tensión de la venganza, estos efectos acaban siendo los pilares de una película.

Ford-and-camera-400Esencial resulta asimismo el manejo de la cámara. Aunque últimamente, con el florecimiento invasor de las cansinas series y con el legado de ese cine insoportable que llamaron Dogma, hay más y más películas que optan por la técnica del cámara borracho (¡si John Ford levantara la cabeza!), técnica en la que, con la simple pretensión de proporcionar realidad a la cinta, la cámara se mueve hasta el mareo, resulta sin embargo aconsejable que existan muchos primeros planos de los protagonistas, y que éstos pongan caritas estándar. Tanto para los gestos como para los planos más abiertos existe un manual de estilo, no excesivamente grueso, la verdad, pero sí suficiente.

En fin, se trata de eso, de que la gente se distraiga, de que piense y se canse lo menos posible, de que no se despiste ni con la ética ni con la estética, y para ello nada mejor que estandarizar todos los elementos que pudieran complicar innecesariamente la trama. Por eso, algunos espectadores picajosos solemos desechar muchas películas como enésimas reediciones de otras tantas, y acabamos arrepintiéndonos de haber malgastado dos horas de nuestra vida en las peripecias del galán cowboy y su chatita buenorra, en su lucha denodada contra el mal y en pro del sueño americano. Por fortuna, cada vez quedan menos espectadores picajosos, y hasta nuestro cine nacional, ya olvidadas sus obras maestras, está abandonando las pretenciosas calaveradas, por otra parte zafias y chabacanas, de Almodóvar, y se está dedicando a adoptar el estilo yankee en sus nuevas producciones. Pronto, del séptimo arte, sólo nos quedará el ordinal y la ordinariez, pero ¡joder cómo nos entretendremos!

jueves, 6 de septiembre de 2012

Mishu

fobias23___484x363Siempre me gustaron los bichos… desde lejos. De pequeño me daban un pavor enorme, y aún conservo un asco (y miedo) patológico de las aves (volando me pueden llegar a parecer majestuosas, pero así, de cerca, me provocan pesadillas; por eso una de las aves que más asco me dan son las gallinas, a las que temo como un auténtico ejemplar). No niego que me enterneció siempre ver un cachorrito mamífero, e incluso hice amistad con los pequeños pajaritos de jaula que de niños teníamos en casa, por supuesto siempre que se mantuvieran dentro de la jaula. Esa ternura, sin embargo, siempre estuvo reñida con la amistad, y por eso siempre me negué a que entraran animales en mi casa, con sólo tres excepciones, inversamente ordenadas en el tiempo: unos peces de acuario, que fueron muriendo poco a poco por la dejadez de sus dueños menores de edad, y por la hartura consiguiente de los dueños mayores de edad; una tortuga muy linda, que un día apareció bocarriba y fiambre, creemos que porque unas pavesas de algún incendio cercano envenenaron el agua donde estaba; y por supuesto, la peor concesión a la entrada de animales en mi casa, la llegada sucesiva de mis dos enanos. Es cierto que estas últimas adquisiciones, como todo lo mejor de la vida, me trajeron tanta preocupación como felicidad, pero ahí estaba el machote que les escribe contemporizando radicalmente con el reino animal…

Y por todo ello, nunca imaginé que podría tener a un bicho (esta vez, un cuadrúpedo) paseándose por mi casa como si fuera suya. Al volver de las vacaciones, de las que intentaré dar cuenta en las próximas semanas, me encontré con que mi hijo mayor, a sus diecinueve añitos, nos pedía de regalo de cumpleaños un gato, un gatito persa que un amigo le ofrecía por no mucho dinero. Yo, al saberlo, miré al cielo pensando que Adrián pocas veces pide algo que no traiga consecuencias, pero mi mujer, por fortuna, si bien en la intimidad, se negó en redondo: tendremos que cuidarlo nosotros. Sabiéndolo, consciente de los gastos de un cuidado suficiente, y sabiendo de mi gusto a distancia de los animales, comencé a pensar en Cortázar, que tenía cara de gato, y en mi tío Jesús, que también era un gato, cariñoso, bueno, silencioso y observador. Y empecé a dar vueltas a la imagen que siempre tuve de los gatos. No me gustan demasiado los perros porque, pasando por inteligentes, creo que son serviles y depositan su entera personalidad en el dueño. Sin embargo, los gatos son limpios y viven su vida. Como nos dijo la veterinaria, no tenemos un animal en casa, tenemos un compañero de piso. Esto tiene sus inconvenientes, no lo dudo, pero siempre preferí a la gente, y por qué no a los animales, con su personalidad. Así que aquí tenemos al gato, Mishu, un gatito persa precioso, encantador, hasta cierto punto obediente, e incluso por momentos cariñoso. Espero no arrepentirme…

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viernes, 13 de julio de 2012

La métrica de la sabiduría

José María de los SantosJosé María de los Santos fue fundamentalmente un hombre bueno. Director de la Escuela de Trabajo Social, sociólogo, ideólogo andalucista y, según rumores, aún cura, poseía una vasta cultura, vasta sobre todo porque hervía en su corazón. Recuerdo que, en cuanto hicimos amistad, le comenté mi extrañeza por que no leyera nada de literatura, que todos los libros que abría versaran sobre sociología, antropología, política… No tardé mucho tiempo en explicarme yo mismo esa extrañeza.

Y es que la ciencia, cuando posa junto a la poesía, suele salir maltrecha. Pocos podrían reivindicar la hermosura de lo científico, y además serían de inmediato calificados de cabezas cuadradas, de gente rara e insensible. Pero yo, cuando recuerdo mi adolescencia y a Gloria contándonos las peripecias del ribosoma y de la traducción genética, no sólo pienso en ciencia, sino en danza, en imaginación, en espectáculo. Luego, en mis pocos años de medicina, tuve la suerte de estudiar fisiología humana, que es, para los que no lo sepan, el estudio del funcionamiento de nuestros cuerpos; y allí conocí desde los sugerentes secretos de la contracción de un músculo hasta los intríngulis microscópicos de los prodigiosos poros celulares. Sobre todo advertí que la hermosura de la maquinaria corporal era producto del tiempo, del azar, de la ferocidad de los elementos naturales y de lo eluctable y lo fatal, y un rizo admirable y conmovedor de la vida. El cuerpo, además, es una máquina impresionista, porque sus pinceladas no son sólidas y nítidas, porque no funciona con mecanismos rígidos y perfectos, sino con desvaídas tendencias, con flujos probables, con estructuras blandas y dóciles que se unen para que, al final, podamos mirar el mar y estremecernos. Hasta la regla del todo o nada de los impulsos nerviosos en las neuronas se gesta en un vaivén anárquico de sustancias (al estilo Pollock), y luego estos adustos y eléctricos impulsos vuelven a disolverse en la dúctil e inconmensurable constitución reticular de nuestro cerebro.

Pollock

Y luego llegó José María, porque no toda la ciencia es biológica. También están las ciencias sociales, que no dejan de tener su rima. Y no sólo le debo a José María sus clases maestras, no sólo haber leído a autores emocionantes, sino ante todo haber despertado en mí ese deseo de conocer, ese gusto por lo bien dicho, por el pensamiento complejo y su correspondiente correlato vital: la sabiduría. Aún recuerdo con agrado la ingenuidad reveladora de Galbraith, esa forma limpia de mostrar el mundo salvaje de la economía, y aún puedo verme en la Plaza Nueva, montado en un autobús, tratando de desentrañar los primeros párrafos de El hombre unidimensional, de Marcuse, leyendo una y otra vez cada frase hasta conseguir el ritmo de lectura necesario, y disfrutando por fin con la comprensión del laberinto, y con mi sangre hirviendo de revolución. Y también le debo a José María haber descubierto a un Savater joven, increíble, certero, divertido, ingenioso, irreverente… Un Savater que fue una puerta a muchos paraísos. Leí con deleite uno de sus mejores libros, Panfleto contra el todo, que él haría bien hoy en releer, y a partir de ahí me bebí casi todos sus libros, llenos de panteísmos y libertades. Y por él me bebí al adusto pero minucioso Puente Ojea, ahondando en mi ateísmo, y me atreví a probar (sólo un sorbito) a Adorno, a Horkheimer, al pintoresco antropólogo político Pierre Clastres, al extravagante, extenuante y extraordinario Bataille… vagando entre las líneas y las ideas, con los ojos abiertos de par en par, bebiendo con avidez los requiebros de sus pensamientos. Y descubrí en Savater el perfil más interesante de Schopenhauer, y sobre todo a esos dos locos geniales que fueron Nietzsche y Cioran.

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nietzsche1A Nietzsche ya venía bebiéndomelo desde la adolescencia. Recuerdo, con diecisiete años mal cumplidos, una conversación con un cura jesuita bastante accesible acerca de El Anticristo. El cura me decía que era un libro muy interesante, pero que podía ser muy peligroso si no se lo sabía poner en contexto. Yo pensaba para mis adentros que su valor era precisamente romper todos los contextos. Y con José María y Savater supe algo del contexto de la obra de Nietzsche, y supe que ese contexto no la disminuía un centímetro. Hoy leo las innumerables cartas del alemán y me gusta aún más su vida que su obra.

cioran en bicicletaCon Cioran todo fue más tremendo. Me costó enredarme en sus aforismos, hasta que un día noté que leía a uno de los mejores escritores de la historia y a una de las personas más preclaras, más terriblemente sinceras y sentimentales que había leído en mi vida. Y si dejé de leer a Nietzsche (algo que realmente lamento), no he dejado nunca de leer a Cioran, que sigue sorprendiéndome con cada frase, con cada idea, con cada lamento y con cada ejercicio de admiración.

godel-escher-bach-douglas-hofstadterNinguna de estas disciplinas tuvo nunca nada de cuadrado para mí, en ningún momento fueron más mecánicas que la poesía, sólo distintas. Los sentimientos que en ellas habían puesto sus autores, sus investigadores, eran tan humanos y estéticos como los que poetas y novelistas ponen en sus obras. Mucho después, gracias a mi amigo Juamba, descubrí un texto que compendiaba de alguna forma todo esto: Escher, Gödel y Bach, un eterno y grácil bucle, de Douglas R. Hofstadter. Es un libro divertido, en el que se abordan temas filosóficos, informáticos, biológicos, musicales, históricos, de ingeniería y arte, matemáticos… En él, Hofstadter demuestra que su amor por la vida puede infundirse al conocimiento, a la ciencia, porque la vida lleva haciendo poesía unos añitos más que nosotros.

martes, 3 de julio de 2012

Irlanda, verano de 2002

(Fotos tomadas con mi antigua Yashica 2000, réflex de carretes y viejos tiempos)

 

Cerca de Dublín hay un lago. Allí los niños lo iban a pasar mejor que en Dublín, y por eso no pisamos la ciudad. Por eso y porque Heidi nos recomendó los alrededores. Total, a los niños no los dejaban entrar en los pubs…

Wicklow Mountains

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Y tuvimos que darle a Heidi la razón. Los bosques y montañas de los alrededores de Dublín poseían toda la magia que suscita ese nombre: Irlanda…

Glendalough

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Al otro lado de la isla, al oeste, nos aguardaba un escenario indescriptible, un carnaval de dulzuras, la prueba de que el mundo puede seguir siendo un lugar habitable.

Connemara

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Playas infinitas y desiertas, cambios radicales de temperatura, el cielo con nubes de verdad, el viento y sus fragancias, el silencio y las risas de los niños, el mundo abierto de par en par…

Sky Road (Clifden)

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Detenernos junto al mar, cerca de esa vieja torre, con el caballo llamando a Adrián, con la luz del mar inundándolo todo, con el horizonte de islas, con el aire limpio…

Moyard

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No lleva este nombre por James Joyce, sino por Thomas Joyce, el jefe de un clan galés que en el siglo XIV se hizo con estas hermosas tierras. Mires donde mires, sólo ves obras de arte…

Joyce Country

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Llegas hasta ellos sin notarlo. Irlanda no es un país de anuncios. Una extensa llanura te conduce casi hasta su borde, donde los turistas se afanan por asomarse y llenar de adrenalina sus venas. Los frailecillos tapizan sus paredes con nidos, con sus vuelos nerviosos, pero nada puede perturbar la magnificencia insultante de estas rocas y del monstruo azul que les da contraste. Adrián, demasiado cerca del abismo, me dio el susto de mi vida…

Cliffs of Moher

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El pequeño y gastado cementerio, justo enfrente de la granja que nos acogió, solitaria, dominando la llanura, se me ofreció con toda su paz, con sus recuerdos de piedra, con sus emociones eternas…

Slieve Elva Farmhouse, cerca de Lisdoonsvarna

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Bordeamos el mar en el asombro continuo de las luces, en el posado armónico del monstruo azul, en la sensación inevitable de estar bendecidos por el paisaje, por el azar nublado, por los perfiles amables del horizonte, por una nítida alegría que igual era felicidad. Había curvas de puro amor. Luego, buscando delfines, el mar se enfadó un poco y nos enseñó sus dientes. No hay nada como un poco de peligro para sentirte vivo, vivo y diminutamente gigante.

Dingle Peninsula

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Charles Chaplin tiene una estatua de bronce, porque pasó allí muchos veranos, entre los colores de sus casas, paseando al borde de ese mar al que los niños hacen cosquillas con sus piedras. El mar y la paz, la furia y la caricia.

Waterville (Ring of Kerry)

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Recorríamos el borde accidentado de la costa descubriendo tesoros. Las pequeñas carreteras nos llevaban a lugares insospechados, retorciéndose entre las colinas, inventando toboganes y miradores sin fin, rincones inolvidables.

Lamb’s Head

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De pronto, un fuerte que lleva en pie dos mil trescientos años, un juego de piedras de la Edad de Hierro, un carrusel, un laberinto vertical para los niños que conquistan sus alturas.

Staigue Stone Fort, County Kerry

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Y para despedirnos, Irlanda nos ofreció uno de los lugares más bellos que he visitado. Las fotografías no reflejan su hermosa sencillez, su acogedora dulzura, el esplendor que apenas nos rozó porque debíamos volver, porque nos habíamos demorado demasiado en el camino…

Ring of Kerry

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