martes, 29 de junio de 2010

Al infierno que te vayas…

Camarón062010 Era poco después del mediodía, pero con la calor de Sevilla el bar ya invitaba a una cerveza. Lo encontré paseando por la calle, y enseguida lo saludé. José Monge Cruz, Camarón, me miró con ese silencio con el que él miraba siempre, exactamente el mismo de mi tío Jesús, y se dejó saludar. Su sonrisa fue tímida, contenida, triste.

Me alegré mucho de verlo después de tanto tiempo. Pareció que aquel encuentro era un paso obligado en nuestras historias, como si estuviese previsto por alguna minúscula pero determinante fuerza natural, así que no me sorprendí en absoluto. La última vez que lo había visto, hace muchos años, Camarón deambulaba por la zona de La Florida, picoteando en los bares de la avenida con un rostro cadavérico y la vida destrozada por las drogas. Entonces no debíamos conocernos, porque yo me limité a mirarlo pasar. Pero hoy Camarón me saludó con cariño.

Entramos en el bar y noté su rostro algo desvaído, como si mis ojos tuvieran ese filtro que en el cine trata de ocultar las arrugas de las actrices. Fue lo primero que me extrañó, aunque mi extrañeza se disolvió al invadirme un deseo tremendo de tomar su cara en mis manos y acariciarlo como a un niño. Sentí tanta pena por él, tanta ternura se me vino a la garganta. ¿Cómo no me di cuenta de…?

Tomamos algo, ahora no recuerdo qué, como tampoco recuerdo de qué hablamos. Pero sí sé que apareció una amiga, una mujer que, cuando se lo presenté, se alegró de conocer a Camarón, una leyenda viva. Convencimos a José de que se viniera con nosotros. Se movía con dificultad, como si sus piernas se hubieran contagiado de la timidez de su corazón gitano. Entró en el coche, en el asiento de atrás. El cristal trasero del coche se bajaba como los de las puertas laterales, y eso debería haberme hecho sospechar, pero sólo empecé a creer que algo no andaba bien cuando, al bajar el cristal, una rama de naranjo, que al parecer estaba apoyada sobre el coche, se coló en el habitáculo, molestando a Camarón. La rama del naranjo tenía espinas, flores de azahar, pequeñas naranjas verdes y sólo hojas nuevas y diminutas de naranjo recién plantado. Debido a sus largas espinas, tuvimos problemas para sacar la extraña rama y cerrar de nuevo el cristal. Entre mi amiga y yo pudimos arreglar el problema, mientras Camarón se limitaba a echar el cuerpo adelante y mirar cómo hacíamos, como un chiquillo que dejara a sus padres deshacer un peligro.

Si lo pienso bien, recuerdo poco más de ese encuentro. Sólo sé que me desperté poco después y noté cómo poco a poco, como suele suceder con los sueños, los detalles se evaporaban al contacto con la vigilia. Nunca he sabido a ciencia cierta si aquel a quien vi vagando de bar en bar por La Florida era Camarón, aunque en el recuerdo, un recuerdo de este lado del espejo, se le parecía tanto… Esta noche volví a ver a Camarón, y ahora sí que era él, con seguridad, era él reconstruido con sus cantes en mi corazón, una prueba más de que los que se fueron nunca se han ido…

Y al infierno que te vayas
yo me voy a ir contigo,
que yo me voy a ir contigo,
porque yendo en tu compaña
llevo la gloria consigo.
Ay al infierno que te vayas,
me tengo que ir contigo.

Maíta de mi alma
que dirme dónde estás metía,
que dirme dónde estás metía,
ay que yo te llamaba a voces
y tú a mí no me respondías.
Ay que a voces yo te llamaba,
y tu a mí no me respondías.

Metí a la lotería,
yo metí a la lotería
y me tocó tu persona,
que era lo que yo quería.
Y me tocó tu persona,
que era lo que yo quería.

domingo, 27 de junio de 2010

Luna llena

Imagen0131Los alrededores del Estadio Olímpico quedaron hechos un basurero. Llenaban el lugar manadas de tipos desaseados, con camisetas negras, pantalones rotos y zapatillas deportivas gastadas, mostrando en general unas barriguitas prominentes y unas maneras afectadamente brutales. Muchas menos mujeres. Bastante más jóvenes de los yo pensaba. Muchos meaban sin pudor en cualquier sitio, y algunos daban camballadas entre la muchedumbre, tempranamente borrachos y pidiendo perdón en cada encontronazo con ojos perdidos en dios sabe qué lugares. Mucha, mucha calor, y ningún puestecillo ambulante, de los muchos que salpicaban el lugar, vendía cerveza, y yo me moría por una cerveza.

Dentro, en el estadio, habían cubierto el césped con plásticos celestes, y vendían cerveza a precios astronómicos. Además era Mahou. El escenario estaba rematado por dos gorras rojas con sus correspondientes cuernos diabólicos, idénticos a los que mucha gente lucía sobre sus cabezas. Mientras me tomaba la carísima cerveza, una sensación de dulce cataclismo se cernía sobre mí. ¿De dónde había salido tanta gente extraña? A pesar de la tosquedad de aquellos seres, mirándolos notaba cómo se removía el tiempo, cómo el alma programada del día saltaba en pedazos para dar paso a algo diferente y desconocido.

Los amigos con los que había quedado traían entradas de grada, así que me dispuse a ver el concierto solo, tratando de acercarme lo más posible al escenario. Mientras tocaban los teloneros, algo sosos, aproveché para comer algo y descansar. Luego fui tomando posición, y mientras la noche se tendía sobre el estadio aquello se fue llenando de gente expectante. Algunos llegaban disfrazados de Angus Young, otros de Brian Johnson, los más se conformaban con las camisetas o algunas banderas enrolladas en su cuerpo. Estuve a punto de tomar una foto de un grupo de chavales muy jóvenes: me emociona ver cómo el gusto por el rock no muere del todo.

Imagen0133Antes de empezar el concierto se colocaron a mi lado dos hombres en los que me había fijado antes. Uno de ellos llevaba una perilla muy cuidada y el pelo muy largo y embadurnado de gomina con efecto mojado, y el otro también llevaba el pelo largo y rizado. Parecían salidos de un tablao flamenco. El primero me miró y me extendió la mano, diciéndome: “Me llamo Miguel”. Le di mi mano, le dije mi nombre y le dediqué una sonrisa que era expresión de una camaradería especial. No volvimos a decirnos nada, y al rato habían desaparecido de mi lado.

El concierto comenzó con un vídeo divertidísimo y asombroso. Miles de vatios atronaban mis oídos, sobre todo el izquierdo, que aún hoy no se deshizo de todo el poder sonoro que ayer le entró. Allí estaban, por fin… Me vi en 1988, en Badajoz, conduciendo por la autopista y escuchando aquella música, y allí estaban ahora aquellos jodidos brutos, aquellos fascinantes amigos.

Imagen0137Poco a poco me fui animando, y acabé bailando como un poseso temas nuevos y antiguos, y en las manos no tenía puños ni dedos, sino unos cuernos que representaban mucho más que el símbolo de una gira. Con la mirada adoraba a Angus, que volaba con esa guitarra suya que era una pura extensión de sus brazos. Allí estaba el cataclismo…

Un hombrecillo regordete bailaba a mi izquierda, acompañado de su mujer, que claramente se aburría. Él lucía una camiseta negra con una foto de nuestro Silvio, y bailaba mirándonos por momentos a todos los que lo rodeábamos, compartiendo con nosotros su alegría. Le hice un gesto de aprobación apuntando a su camiseta, y él me respondió, también por gestos, diciendo que aquél también era grande, tanto como lo que oíamos. Delante teníamos a una pareja, ella muy guapa y alta, con un cuerpo escultural, y mientras todos mirábamos el concierto ella miraba hacia atrás, hacia su afortunada pareja, y lo abrazaba, y lo besaba, y se insinuaba, y le decía esto y aquello, y le sonreía y le contaba… Estuve a punto de llamar la atención de aquel hombre y decirle: “joder tío, lo siento, vaya el concierto que te está dando”. Aquella individua no se había enterado de dónde estaba, de lo que sonaba.

Imagen0143Y al fin, tras un eterno y siempre corto concierto, sonó el último tema, como siempre el For Those About To Rock, We Salute You, y unos cañones surgieron en aquel escenario que fue todo el tiempo un saco de sorpresas. Traté de decirle algo al hombre regordete y se me pegó para que se lo dijera al oído: “ésta es una de las pocas cosas que nos hacen olvidar el sexo y a las mujeres”. Me contestó que no me había escuchado bien, pero que creía haberme entendido. Hizo un gesto hacia su mujer, callada y triste, y dijo que no estaba demasiado de acuerdo conmigo. Entonces le advertí sobre los cañones, y él se volvió enseguida para que su mujer tratara de verlos entre la muchedumbre. Un minuto después lo vi tomando una raya de cocaína, y al instante me ofreció otra a mí “para celebrar el momento”. Rehusé el ofrecimiento agradeciéndoselo, y él entonces dijo: “Bueno, pues ya que estamos la aprovecho yo”.

El final del concierto fue como debía ser, apoteósico. Entonces, mientras se encendían las luces, salí del estadio, caminé durante un buen trecho hasta Sevilla bajo una luna de la que me advirtieron, porque estaría llena; yo, sin embargo, creí que aún le faltaba un suspiro, tal vez un beso… La noche de cualquier modo se exhibía hermosa. Al llegar a la ciudad tomé una bicicleta hasta casa. Al dejar la bicicleta, en las calles desiertas, reviví aquellas noches de mi infancia, aquellas noches cálidas y serenas tomadas por el jazmín y los susurros, aquellas noches que uno no quería que acabaran nunca. Y pensé que, cuando muera, una de las pocas cosas que echaré de menos será la noche. En mis oídos, además, sobre todo en el izquierdo, aún resonaba lo que Brian Johnson había dicho en determinado momento del concierto, apuntando a su amigo Angus Young: “Este hombre tiene el diablo en sus dedos y el blues en su alma”. Y que me lleve el diablo si no era cierto…

miércoles, 23 de junio de 2010

Perturbado impostor

Gran PoderReconozco que lo que ha hecho este hombre es una tremenda barbaridad. Si algún atentado contra el patrimonio histórico-artístico hay que se parezca a un intento de homicidio, diría más, de magnicidio, es el que ha cometido este individuo contra el llamado Señor de Sevilla, el Santísimo Cristo del Gran Poder.

La noticia ha dado pie a que todos los medios de comunicación locales, periodistas de tronío y clérigos de diverso rango y aterciopelada devoción, así como cientos de sevillanos profundamente orgullosos de sus tradiciones, hayan elevado el clamor de sus quejas al cielo hirviente de Sevilla.

Las autoridades enviaron a la policía científica para determinar con precisión los trágicos hechos, pero todos respiramos granpoderagresoraliviados cuando supimos que el agresor había tenido la deferencia de no tocar a nuestro Señor en la cara. Al parecer de los entendidos, el valor artístico de la talla no es demasiado alto, pero su valor emocional para tantos sevillanos es tan extraordinario que cualquier amago de perdón hacia este individuo parece hoy impensable. Ni la atenuante de locura debería servir para justificar tan aberrante acción.

El sujeto, a la salida de los juzgados, preguntado por el motivo de su acción, respondía que él era la verdadera encarnación del espíritu de Jesús, y aunque alguna cosa digan en verdad los evangelios sobre ello, en el sentido de que todos somos parte de Dios, y a pesar de que este Yo soy Jesucristohombre, para declararse genuino Jesucristo, haya aducido un número de pruebas parecido al que presentan los que depositan en el Gran Poder prerrogativas propias sólo del hijo de Dios, es decir, ninguna, todo parece indicar que nunca podrá obtener el perdón de los sevillanos de bien.

Eso sí, no me cabe duda de que este hombre está loco. Coincidiendo con las palabras que esta mañana me envió mi amigo Alfonso, me pregunto asombrado: ¿cómo puede decir este hombre que es Jesucristo cuando todo el mundo sabe que Jesucristo soy yo?

lunes, 21 de junio de 2010

Los sonidos de la luna 6 cd1

front1 

Back2  

Me permito la libertad de incluir aquí el tema Flor y grana, del álbum homónimo del grupo Sotavento, en el que, además de tocar el violín y cantar, disfruta y vive nuestra amiga Raquel, magnífica intérprete y aún mejor fotógrafa (con esas dotes más allá de la técnica que los buenos fotógrafos tienen). Mil gracias a ti y a tus amigos.

jueves, 3 de junio de 2010

La clandestinidad del alma

hotel dolceDesde hoy se reúne en el Hotel Dolce de Sitges el Club Bilderberg. Este grupo, cuya composición es en principio secreta, reúne cada año, en un lugar diferente, a banqueros, expertos militares, personajes influyentes de los medios de comunicación, líderes políticos de Europa y América del Norte y miembros de la realeza. A pesar del supuesto secreto con el que se reúne, corren por ahí listas acreditadas de participantes, incluso para la reunión que comienza hoy. Por parte de España acudirán, entre otros, nuestra discreta y querida reina Sofía, nuestro preclaro y civilizado presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y nuestro prestigioso periodista y no menos soberbio novelista Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo PRISA.

Alrededor del Club Bilderberg, que se reúne desde 1954, se han creado todo tipo de especulaciones, apuntando generalmente a que es el verdadero centro de decisiones mundial. Uno se pregunta qué hace ahí el presidente del gobierno español, cuya cuota de poder en el mundo es tan limitada, pero parece ser costumbre invitar al presidente del país anfitrión. Así, zapaterodicen que Zapatero tratará de defender en una conferencia la salud de la economía española, y la confianza que los grandes deben tener hacia España...

Por supuesto, hagan lo que hagan estos excelsos individuos en el lujoso hotelito de Sitges, todo acaba siendo secreto. No hay conclusiones públicas, no hay periodistas, la policía (pagada por todo cristo) se encarga de que nadie, ni curiosos ni molestos grupúsculos antisistema, se acerque a los señoritos. Fuera de las teorías conspirativas, no se conoce quién o quiénes diseñan la lista de invitados, pero ya se sabe que entre amigos de este nivel las cosas siempre vienen rodadas. Personajes de muy variado pelaje han ido componiendo el auditorio del Club en todos estos años: Kissinger, Rumsfeld, Blair, Thatcher…

Recuerdo que, en tiempos del carismático Felipe González, verdadero adalid de todas estas modernidades financieras en España, hubo un incendio en un edificio de Madrid. La noticia pasó Felipe González 1desapercibida, y hoy me ha sido imposible localizarla; se decía que algunos bomberos o alguien del personal de seguridad del edificio vieron que en el desalojo de cierta sala surgió un buen grupo de políticos socialistas influyentes, algunos con cargos en el gobierno, y un buen número de banqueros y grandes empresarios. Nada se supo de esta reunión, que al parecer se estaba realizando en el más absoluto de los secretos. Desde entonces, siempre he pensado que mi voto no vale gran cosa. Esta intuición, por supuesto, era reafirmada por otros muchos datos que con sólo observar con cierta atención las noticias cotidianas cualquiera puede obtener.

Pero más allá de esta sensación bastante probable, en la que determinados políticos, banqueros y grandes empresarios, destacando entre ellos los de los medios de comunicación, son los que dirigen este país y este mundo, e incluso aunque al final todo fuera un episodio más de nuestra paranoia ciudadana, yo les haría hoy un par de preguntas al conciliador y buenazo de Zapatero, a la cariñosa y sonriente reina Sofía y al progresista y librepensador Cebrián:

¿Qué coño hacen ustedes en ese hotelito?

¿Me podrían explicar, como ciudadano, qué jodidos temas están ustedes discutiendo ahí, y con qué permiso?

Pirámide capitalistaY ahora al aire: ¿de esto se trataba la democracia? Entonces por mí se la pueden ir metiendo donde les quepa. No, no digo que nos devuelvan a aquellas dictaduras sangrientas, a las mismas que sufre hoy esa mitad del mundo que ustedes explotan y que aún no es digna siquiera de llenarse de tristes consumidores. Pero, hagan el favor, no me pidan el voto, no me pidan que escuche a esa banda de titiriteros ignorantes y ridículos que tienen contratados por todo el país, y que con métodos idiotas pretenden hacernos creer que la política existe, y que el poder reside en el pueblo.

Sí, la especie humana acabará por llenarlo todo de basura, por demostrar hasta qué punto puede estar podrida su alma, hasta dónde puede llegar su maldad. La mafia más elegante ha tomado el mando, ha depurado sus métodos y ahora este mundo no tiene, por supuesto, otra solución que la clandestinidad del alma.

jueves, 20 de mayo de 2010

Como setenta y cuatro soles

Mamá en bautizo Hoy cumples setenta y cuatro años, Mamá, como setenta y cuatro soles. Conservas ese rostro que todo el mundo asocia correctamente con la dulzura, aunque no podemos negar que eres de enfado fácil. Alguien debía yo tener a quien parecerme… También yo voy cumpliendo mis años, Mamá, y conforme los cumplo en mi mirada, en el dibujo cansado de mis ojos, en los gestos diminutos de mis pómulos y mejillas y en la actitud razonable de mis labios, voy notando la herencia de tu dulzura. No, no te digo que yo sea dulce, ya sabes lo arisco que puedo llegar a ser, pero tal vez al irte te hayas dejado atrás algunos gestos que se han ido acomodando a los rostros de los que te queremos.

Cuando te he dejado el ramo de flores en el jarrón chino he intuido tu alegría. Era un ramo pequeño pero precioso, ¿verdad? Al colocarlo, desde dentro de la tumba me ha llegado un rumor silencioso de sangre afianzada, de sangre buena. Verás, el jarrón lo he comprado en la tienda de los chinos, no es que pertenezca a ninguna dinastía ancestral, pero es bonito, clásico, y a ti te gusta, lo sé. Me has mirado emocionada, y te ha complacido hasta el trabajo que me tomé en lastrarlo de piedras para que no se caiga con el aire, en llenarlo de agua y distribuir en él las margaritas, los claveles, la rosa roja, y esas florecitas malvas que no sé cómo diablos se llaman. Todo eso bajo un calor de justicia, que aquí la primavera ya es historia y a las tres y media de la tarde estaban cayendo sobre el cementerio treinta y tantos grados. La abuela nos ha observado sonriendo, con esa risa pura que siempre gastó, y tu hermano Juan, es cierto que con alguna traza de melancolía, también ha sonreído, con los labios cerrados, como sigo recordándolo casi todos los días. Sorprendentemente, tu hermano Manolo, que tan fácil tenía la carcajada, ha permanecido serio, tal vez consciente por primera vez de que estábamos donde estábamos, y que aquel iba a ser por siempre su paisaje. Tú sabes cómo es él, siempre en la luna…

Pero lo que sé con seguridad es que ese rumor silencioso y esa imperceptible remoción de sentimientos se notaron inconfundibles en la quietud del solitario cementerio. Y sé, Mamá, que ya no hay vuelta atrás, que nunca hay vuelta atrás, que el tiempo tiene un solo sentido que nadie conoce. Pero quiero creer que sois la tierra fecunda sobre la que crecen tus nietos, y sé que de sólo pensarlo todos los enfados y todas las tristezas se evaporan de tu pecho, que vuelves a sonreír, contenta de andar todavía, siempre con nosotros.

Feliz cumpleaños, Mamá, te sigo queriendo mucho.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Dios ha ganado dos ángeles

Alguna vez escribí que los pensadores pesimistas tienen siempre mal cartel, pero que cualquier portada de cualquier periódico, o cualquier sección de titulares de cualquier informativo nos proporcionaba más razones para el pesimismo que todo lo que esos pensadores pudieran decir en su vida. Y con una diferencia: el pensamiento siempre busca soluciones, y en su defecto un consuelo razonable. En cambio, la realidad resulta siempre aplastante, definitiva. Sólo el pensamiento puede salvarnos, explicando los problemas, buscándoles solución o una alternativa tan humana como los propios problemas.

Ayer una mujer asfixió a sus dos hijos en un hotel de Lloret de Mar. Cuando la policía se había llevado a la mujer y retirado los cadáveres de una niña de cinco años y un bebé de uno, alguien dejó un ramo de flores en la puerta de la habitación donde se había cometido el crimen, con una nota que decía: “RIP. Dios ha ganado dos ángeles”. Dios tiene caminos detestables para ganar ángeles. Imagino que lo que empujó a esa madre a asfixiar a sus dos criaturas se encuentra precisamente contaminado de esta idea de Dios y del más allá, de este consuelo a través de la ceguera y de considerar irrelevante cuanto hagamos, como simples hijos del Todopoderoso, en este mundo que es sólo un lugar de paso.

Sólo hay dos posibilidades: Dios no existe, y entonces quien dejó el ramo es un pobre diablo incapaz de encontrar un consuelo más eficaz y menos podrido. O Dios existe, y es un verdadero cabrón, y quien dejó el ramo un instrumento ridículo de su perversidad. Nadie debería dudarlo, los chiquillos ya descansan en paz, en una paz exagerada...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Schopenhauer, Bono y Cortázar

En un librito donde se recogían fragmentos de su obra Parerga y Paralipómena, que Edaf publicó con el título El amor, la muerte y las mujeres, Schopenhauer decía lo siguiente:

Si gustáis de planes utópicos, os diré que la única solución al problema político y social sería el despotismo de los sabios y los justos, de una aristocracia pura y verdadera, obtenida mediante la generación por la unión de los hombres de sentimientos más generosos con las mujeres más inteligentes y agudas.

schopenhauer01 La filosofía de Schopenhauer supuso sin duda un paso decisivo hacia la sinceridad, y en este párrafo, en mi opinión, acertaba más por lo que implícitamente descalificaba que por lo que explícitamente proponía. A Schopenhauer le sobró, permítaseme la osadía, cierta dosis de esperanza para conseguir una descripción justa de la realidad. Porque no hay que ser muy avispado para comprender que esa liga de hombres sentimentales y generosos y de mujeres inteligentes y agudas es más una quimera que una utopía, algo más que improbable, algo realmente ilusorio. Sólo hay que andar cerca de la actividad política en cualquiera de sus niveles, o seguir las vicisitudes de la política general de este país para comprender que la corrupción ha alcanzado la raíz de cualquier ideal político que el ser humano haya imaginado nunca.

Cuando se discute la definición del hombre como animal sin solución se confunden varios niveles. Los que nunca pierden la fe y la esperanza en el progreso, y en otros dioses igual de insensatos, exponen múltiples ejemplos de personas buenas. Aceptarles esta aseveración no evita que el hombre social, que el ser humano en la colmena acabe comportándose de forma que esos contados hombres buenos, incluso la mayor o menor carga de bondad que todos podemos albergar, sean un obstáculo para que el interés y la codicia acaben imperando en cualquier sociedad. Así ha sido durante toda la historia de la humanidad, y experiencias aisladas y fugaces de organización social orientada al individuo y al bienestar general, son como manchas diminutas en el oscuro tapiz de la historia.

Vean un ejemplo miserable: el piadoso señor Bono confunde legalidad con legitimidad, el respeto a la ley con las entrañas. Como todos y cada uno de los políticos de este país que lucen un cargo mayor o menor, este individuo vive muy lejos del mundo que montones de familias habitan, jbono2 malviviendo en una lucha sucia contra la propia vida, con sueldos miserables, sumergidos en una diaria y humillante incertidumbre a la que estos tipos trajeados llaman libertad, chapoteando en los albañales de la educación y la cultura, recibiendo limosnas de los ayuntamientos, limosnas torpes e improvisadas por los propios alevines de la política. Este individuo ignora las relaciones tensas y insufribles que se dan en las madrigueras humanas cuando vivir es una jodida lucha sin salida, en la que no caben los proyectos individuales, sino sólo el sacrificio para subsistir y poder tomar unas cervezas en el bar o veranear unos días en la playa más abarrotada. Este tipo y sus camaradas usan la libertad como óptimo abono para las desigualdades, y preparan el camino a los más codiciosos, que son los que hacen la verdadera cultura cotidiana.

El señor Bono jura que su patrimonio y el de su familia son completamente legales, y quién se lo va a discutir. Lo que resulta pasmoso es ver la sangre fría con la que declara manejar millones de euros, él, que es uno de nuestros próceres, y que cobra un sueldo estratosférico para crear una sociedad donde todos tengamos oportunidades reales de desarrollar nuestras posibilidades, para que todos consigamos una cantidad proporcionada de felicidad. Pero claro, moverse por las zonas nobles de Madrid, codeándose con los que dirigen el festival, debe ser como andar viviendo en cocacola1 Andrómeda: ¿qué coño le importa a este sujeto ser responsable de un sistema que permite tales discriminaciones si el sistema funciona, si la colmena se entretiene, si él dispone de millones de euros para ser un cristiano feliz? Porque para más inri el señorito cree en Dios, y cuando habla adopta por momentos ese tonillo meloso de cura que la dictadura nos enseñó a relacionar con la bondad y el amor, y que ahora sabemos que esconde mentiras y codicia, cuando no vicios criminales.

Soluciones… No creo que las haya, aunque sí hay algo que hacer. Cortázar, en sus Papeles inesperados, insistía una y otra vez en la necesidad de denunciar las injusticias sin renunciar a sí mismo, a sus fantasías y a su felicidad, que eran aproximadamente lo mismo. Muy cercano a la revolución cubana, vivió con pasión los primeros momentos de la misma y luego siempre creyó en el futuro de un proyecto que, en muchos aspectos, parecía pretender realmente el bienestar de las personas. Varios años después, en algunos pasajes se adivina la preocupación de Cortázar por la evolución del régimen cubano, y declara por otro lado julio-cortazar1 su tristeza ante el rumbo sombrío que el capitalismo está tomando, dirigiéndose mucho más hacia la felicidad propugnada por Coca Cola y Nike que a un bienestar sensible y generoso, inteligente y agudo. Pero Cortázar sigue hoy teniendo razón en algo esencial: el sistema siempre tendrá una profunda fisura, un fallo que nos permite pensar como individuos, porque no somos abejas, sino seres humanos. El pensamiento es el verdadero hogar de la libertad, y el único que nos permite protestar, decir algo, compartir ideas, amar y mantener esa fisura para que el sistema criminal nunca sea perfecto, para que nunca llegue a estar perfectamente podrido. Los hombres sensibles y generosos y las mujeres inteligentes y agudas no podrán gobernar nunca este mundo, pero sí podrán seguir pensando, amándose en los resquicios de la codicia.

sábado, 8 de mayo de 2010

Jesús

Jesús

No sé por qué esta necesidad de escribirlo todo. Te miraba esta mañana, Jesús, poco antes de que se te llevaran, y cuanto te decía parecía no estar dicho hasta que no lo derramase aquí, hasta que no extendiese en este lugar las pequeñas hormiguitas oscuras que, algo inquietas, consiguen a veces acariciarnos los ojos y el alma. Te miraba ahí, tan callado, como si de pronto fueras a soltar uno de esos comentarios tuyos de siempre, esas ocurrencias que nos hacen sonreír aromando nuestro aire de inocencia, de sabiduría, de tierra…

Cada detalle a nuestro derredor era esta mañana un motivo perfecto para uno de tus pensamientos, y todos, excepto tú, nos debatíamos aquí y allí sumergidos en la pura incomprensión, cada uno saliendo a flote como mejor podía. La misma disposición de la sala, con un cuartito especial para ti, para ti que jamás quisiste ser protagonista de nada, te habría inspirado comentarios certeros y luminosos de no obstinarte tú en esa quietud. Pero ahí estabas, taciturno, tan reservado, por primera vez en los casi treinta años que dura nuestra amistad. Sobre la cadencia sombría de mi tristeza no pude evitar que, una vez más, me hicieses reír, y aunque tú te obstinabas en el silencio yo pude esta mañana, sin ninguna dificultad, inventarte los gestos, dibujar tu voz con su tono de siempre, e incluso ponerte las palabras en los labios mientras tus manos, tus dedos que siempre estuvieron para mí pegados a las cuerdas de un violonchelo, gesticulaban arriba y abajo como si estuvieses acariciando sus cuerdas y su mástil, o incluso dirigiendo toda una orquesta.

Ay, si no hubieses estado tan silencioso esta mañana te habrías reído. El cura, el mismo que soltó unos gorgoritos para despedir a mi padre, al que entonces debimos haber tirado tomates y lechugas, nada menos que citó el Apocalipsis. No sé cómo no estallaste en una de esas carcajadas tuyas cuando el pobre hombre se vio sometido a la ambigüedad continua entre tu nombre y el del hijo de Dios, y sobre todo cuando dijo aquello de:

“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. (…) Y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”.

Y tanto que pasó lo de antes, Jesús, ¿dónde puede tener uno más paz, dónde puede uno salvarse mejor de más muerte, pena, queja y dolor que criando malvas en ese parque de luz y silencio en el que ahora duermes la siesta? ¡Qué cachondo el cura! Y menos mal que a alguien (¿fuiste tú?) se le ocurrió pedirle que no cantase, porque entonces no cabe duda de que te habrías levantado y habrías dicho que ya está bien, que lo del jueguecito de nombres y lo de la gracia del apocalipsis vale, pero que eso de desafinar como un maldito en tu despedida, sobre ti que fuiste un amante de los sortilegios de la música…

Sé que sentiste un poco de pena cuando viste la calleja donde ibas a quedarte, con las malditas y eternas obras desordenándolo todo en los alrededores, y todos esos nichos vacíos, como si los hubiesen saqueado la noche anterior. Además, olía a flor podrida, pero el silencio de todos, de tu gente, mientras te subían y te encerraban bien no fueras a escaparte (¿ves?, volvemos a sonreír), alejó los malos olores y las obras y los desarreglos de la calleja. Entonces, esta mañana, de pronto, todo fue un encuentro entre tú y todos aquellos corazones que te mirábamos, Jesús.

En estos últimos años, con la marcha de gente que quise tanto, fui llegando a la conclusión de que los muertos se nos van a vivir aquí dentro del pecho. Creo que te lo dije hace unos meses, cuando nos abrazamos por la marcha de mi padre. Hoy contigo he confirmado del todo mi teoría, y sin esfuerzo alguno. Por que nunca hubo una sombra entre tú y este triste hombre que hoy has dejado aquí, algo más solo. No imaginas, amigo, cuánta luz diste a mis días, cuánto aprendí de ti, qué gran trozo de este cielo bajo el que hoy te hemos dejado es tuyo, tuyo para siempre.

Imagen0101

La sonrisa, hermano, es el aire por el que ha volado siempre nuestra comunicación, pero tras ella andan nuestros corazones, tu sensibilidad limpia, esa dulzura con la que lo escuchas todo, no sólo a Bach, a Elgar, a Dvořák, sino también la voz de tus amigos, y ese modo tuyo de pasear por la vida como si fuese mucho más sencillo de lo que parece. Todo lo que de ti quedó agazapado en mi pasado, en mis sosiegos, en mis veranos, en el tictac sigiloso del reloj, me ha regalado un pedazo grande de lo que soy. Tengo, Jesús, que escuchar ese Kirie, el que compusiste. Estoy seguro de que será lo mejor de ese otro lado tuyo, eso mismo que me conquistó reverberando en tu casa vacía, hace mil años, mientras ensayabas las suites de Bach una y otra vez, y los sonidos indecisos de tu violonchelo me iban enseñando a callar y a paladear la vida…

miércoles, 5 de mayo de 2010

Sierra sur

Heidi, Embalse de Zahara y Zahara de la Sierra (Cádiz)

 

Embalse de Zahara

 

Zahara de la Sierra

 

Zahara de la Sierra

 

Zahara de la Sierra

 

Olvera (Cádiz)

 

El fotógrafo en Zahara (foto de Heidrum Kube)

miércoles, 21 de abril de 2010

La derrota de la página escrita

Reconozco que este blog se pone a veces demasiado serio, así que apuntemos un chascarrillo. El último sábado, el a veces desternillante suplemento cultural de El País, Babelia, pedía a veintiún escritores bien actuales que aconsejaran a aquellos que desean unirse a la élite literaria nacional. No he leído todas las recomendaciones, dios me libre, pero entre algunas muy aburridas y tópicas he encontrado ciertas joyas. Reproduzco el párrafo aportado por mi admirada y nunca suficientemente enaltecida Elvira Lindo, y lo reproduzco completo porque no tiene desperdicio, de veras:
elviraweb Por desgracia, no se puede enseñar a escribir literatura a quien no tiene talento. El talento no se enseña. Sin embargo, a quien sí lo tiene, un buen maestro le puede servir de gran ayuda. Los mejores maestros se encuentran, sin ninguna duda, en la estantería. No se puede adquirir un estilo propio si no se lee y no se imita a los grandes escritores. La admiración y la emulación a los clásicos son el principio obligado de una carrera literaria. Después, están las escuelas de escritura. Son interesantes porque ponen al alumno en contacto con personas que comparten las mismas inquietudes. Lo deseable es que el alumno encuentre a un buen maestro. El buen maestro ha de enseñar a amar la literatura sin papanatería, pero sin malograr la inocencia del alumno. Lo ideal es encontrar un buen maestro que no esté lacrado por el resentimiento. Hay maestros que quieren imponer sus manías y sus prejuicios literarios a sus alumnos. Que les inoculan el desprecio, que es el pecado más estéril de los literatos. De ellos hay que huir como de la peste. Nada mejor que el maestro que enseña a admirar, en primer término, y a analizar las dificultades de la creación. De un taller literario es posible que sólo uno o dos alumnos tengan futuro, pero por esos dos diamantes en bruto merecen la pena todas las escuelas de letras.
A continuación, el férvido Pérez-Reverte, de un modo más escueto, contradice en parte a la talentosa Lindo:
perez-revert Escribir no es tanto cuestión de talento como de constancia. El trabajo, la dedicación y las lecturas son el camino más directo para tener éxito en la creación literaria. Con el tiempo, los escritores vamos cambiando y no es la misma novela la que escribes con 20 que la que escribes con 40, o con 60, porque tu corazón cambia con el tiempo, pero creo que todo escritor coherente debe pisar siempre el mismo territorio e ir desarrollándolo con los años. El lector siempre debe reconocer tu territorio. Desconfío del autor que cambia de territorio o que no lo deja claro en sus libros.
Así que ya saben ustedes: talento (que o se trae de fábrica, como ocurre con doña Elvira, o no hay tutía) y un buen maestro nada tiquismiquis, con buen humor y sin lacra. Y si son poco talentosos pueden optar por el otro camino: remangarse, hacerse un estilo a base de sudor, y pegar el pelotazo con, por ejemplo, las aventuras del Teniente Vergatiesa. Sea como fuere, de aquí a nada viajarán en primera clase, se quedarán en hoteles de lujo, y hordas aburridas se beberán sus libros en la playa. Y los de Babelia les llamarán para que hagan cultura.

De ingenuos y exaltados

Alegoría de la repúblicaUn compañero me envía la referencia a un periódico digital llamado La República. Entre la gente que conozco menudea la que exhibe símbolos republicanos, aquellos que portan con orgullo la bandera tricolor en la solapa o los que ponen sobre la pared carteles que reivindican el cambio de régimen. Es casi obligado ir desde el descontento con la existencia de una extensa familia real, que vive (a ver...) a cuerpo de rey gracias a los impuestos de todos, hasta la defensa de la república como panacea nostálgico-política.

A mi entender, existen dos cuestiones por las que todo este movimiento me parece descabellado. Una, porque se defiende la república creyendo proponer un régimen distinto al actual, cuando lo único que los diferencia es que en uno mantenemos un símbolo trasnochado en forma de rey, y en el otro nos ahorramos los gastos de este símbolo. Es decir, es una cuestión fundamentalmente económica, puesto que ni el rey ni sus familiares ejercen potestad política alguna. El hecho de que el rey sea por ley inviolable e irresponsable no deja de ser un agravio social, pero entre otros muchos agravios bastante más sangrantes, materializados en el día a día de todos, no parece suficiente para proponer un cambio de régimen. También está, obviamente, el aspecto estético del problema, que nos impulsa a pedir el fin de este juego de príncipes y princesas, pero ya digo, creo que hay injusticias más flagrantes y dañinas que nadie cuestiona.

La segunda razón por la que la defensa que se hace de la república me parece desatinada es porque, como en otros tantos movimientos políticos, en éste domina la pasión sobre la razón. Si consultamos el mentado periódico digital lo primero que uno percibe es el olor a soflama, el ruido panfletario que trata de imitar al de otras más tristes épocas. “A la militancia del PCA de la provincia de Málaga...”, “La Cultura y el movimiento republicano se conjuran para impulsar un gran SÍ A LA REPÚBLICA”, “Miles de republicanos toman el centro de Madrid”... Suena a ganas de gresca, a deseos de que las dos Españas vuelvan a enzarzarse. Todo en este periódico resulta obsesivamente radical, es decir, sólo hay blanco o negro, renunciando a los imprescindibles matices. Y así Cuba es su revolución gloriosa, Venezuela un bastión contra el imperialismo, y los otros, los no republicanos, fascistas contra los que combatir...

Monedas RepúblicaPero yendo más allá, hay que reparar en el objeto de nostalgia del republicano medio: la Segunda República española. Y así como el tabaco es un vicio que no produce placer sino de un modo negativo, es decir, cuando calma la horrible necesidad que antes ha creado, esta Segunda República tiene muchos más méritos en el contraste con la criminal dictadura que la interrumpió,  que en sus verdaderos éxitos políticos y sociales. Nadie puede negarle su mérito esencial: era una democracia, imperfecta como la actual, pero democracia al fin y al cabo, y por tanto a años luz del régimen dictatorial y asesino que vino a sustituirla. Y nadie puede negarle algunas virtudes tímidas y parciales en el campo de la educación o de la cultura. Pero su virtud esencial, es decir, su carácter democrático, no creo que se vea hoy mermada significativamente por la existencia de la familia real, y sí por cuestiones que, como entonces, parecen ya inherentes a la libertad humana, a saber, que la libertad legitima la diferencia, y de la diferencia, por la incultura, sólo hay un paso hacia la desigualdad y la injusticia. Admitimos (también se hizo en la República) esta desigualdad siempre que esté sancionada por la ley, pero la ley la han escrito siempre aquellos individuos que han salido mejor parados del reparto de igualdad. En la Segunda República española Miguel Hernández no fue tan libre como Federico García Lorca o Rafael Alberti, ni Azaña o Martínez Barrio vivieron su vida como los jornaleros a los que se negó una reforma agraria decente, como hoy nuestros ministros socialistas andan en otro tren de vida que los asalariados del montón. En la República fueron los muchachos burgueses, bondadosos ideólogos al calor de su bienestar económico, punta de lanza del arte, los que más disfrutaron de la República, en la que pasaban hambre muchísimas criaturas. Y cuando se trató de luchar contra las tropas franquistas, gran parte de estos adalides se mantuvieron en la retaguardia produciendo poemas y cuadros, y organizando timbas inolvidables, para acabar exilándose, llevando, eso sí, una vida de lujos en el extranjero. Entretanto los pobres, los de siempre, pagaron el verdadero precio de la libertad siendo asesinados, viviendo presos en las cárceles franquistas, o deshaciéndose de dolor en los campos de concentración europeos.

maria_teresa_leon_20rafael_albertiPor otra parte, identificar la recuperación de la memoria histórica con la reivindicación de una tercera república es otro de los movimientos interesados de aquellos que echan también de menos las barricadas, y sueñan con el glorioso renacer de aquellas ilusiones proletarias, siempre convertidas en consignas del poder totalitario supuestamente popular.

Decía el bueno de Cioran, en su hermoso Breviario de podredumbre: “Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir nosotros, con una inflexión de seguridad, invocar a los otros y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y verdugos de gran clase”. Pues eso...

domingo, 18 de abril de 2010

No voy más al cine

Hacía mucho tiempo que no pasaba tan mal rato, y además pagando. Y no vale achacarlo a que la sesión era de tarde infantil de domingo, porque durante varios años hube de ser asiduo de estas sesiones. Lo cierto es que la película también ha sido decisiva.

A mi derecha, en cuanto comenzó la película, descubrí a tres niñitas de unos ocho años, convenientemente armadas con sus bolsas de plástico atiborradas de chucherías. En los primeros segundos de la presentación de la película ya las niñas demostraron que venían a disfrutar, comentando sin pudor los detalles que iban apareciendo en la pantalla, y curiosamente no se oyó ninguna voz a sus espaldas, donde se encontraban los adultos que venían con ellas, una voz que les recordara que estaban en un cine. Así que las callé un par de veces, para descubrir pronto que debía ejecutar aquella acción e_0439ducativa cada medio minuto. El concierto para bolsa y golosina que dieron enseguida me indicó que aquello del silencio no iba a ser tan fácil. Aunque poco imaginaba en ese momento que la situación podía llegar a ser bastante peor. Justo en la fila de delante comenzó a llorar un chiquillo que no debía tener ni un año de vida. ¿A quién cojones se le había ocurrido llevarse al cine a un bebé?

La fila de delante estaba llena de gitanitos. Dos chiquillas adolescentes, tal vez con algo más de edad, habían desparramado a un montón de niños de variada edad, y entre ellos al bebé. Al parecer, con ellos, venía la abuela. Tras varios minutos escuchando al niño berrear, una de las niñas y la abuela se llevaron fuera al bebé, y pronto la muchachita estaba de vuelta, informando en voz alta y clara a su compañera. Ahí comenzó un nuevo concierto, esta vez de Los Chunguitos. Muy avanzada la película, justo después de decirle a una de las rubitas de mi derecha que por lo que más quisiera guardara ya la bolsa y dejara de estrujarla y de jugar con ella, el muchachito que estaba justo delante de ella se levantó, y se sentó en el respaldo de su asiento. Miró hacia atrás, y yo, sonriente, sin creer lo que veía y señalándole a la rubita, le dije: “No ve”. El niño, de unos diez años, me dijo: “Pues yo sí veo”. Una de las jóvenes, sin moverse, le dijo: “Siéntate bien”, y el niño obedeció con movimientos que indicaban que al fin y al cabo estaba más cómodo sentado. Mi hijo me dio un codazo y lo entendí: no hay que meterse con los gitanos, estas pobres personas a las que marginamos los payos, porque quién sabe si a la salida se te junta la familia extensa y te saca las tripas… Bueno, la rubita era demasiado pequeña, no tenía culpa de no tener educación, pero decidí que mi hijo tenía razón, y si el niño se volvía a levantar que lo sentaran los payos que habían traído a la rubita.

De atrás y mi izquierda llegaron golpes regulares, porrazos que se habían escuchado en algunos momentos de la película, y de pronto vi a una madre que le decía a su hijo, también de unos diez o doce años, que se estuviese quieto. Por supuesto, lo hizo cuando el niño ya había dado la lata a base de bien. Todo ello sobre el ruido de fondo que muy pocas veces cesó en la sala.

Alicia Tim Burton Pero lo peor, sin duda, fue la película. Tim Burton no sólo ha realizado una cinta aburrida y ridícula, sino que ha insultado gravemente a nuestra sensibilidad al utilizar a los personajes de Carroll en semejante bodrio, más bien al adulterarlos con la ayuda de un Johnny Depp que tiene de Sombrerero Loco lo que yo de Pio XII. Batallitas absurdas, monstruos mentecatos, reinas memas, actitudes imposibles, refrito insoportable de referentes descontextualizados del original y de gestos hurtados a otras películas del género… del género imbécil. Ni la guionista ni el director han debido leer a Carroll, y si lo leyeron no se enteraron de nada.

Que no, que no, que no vuelvo al cine…

viernes, 16 de abril de 2010

El inoportuno despertador

don_quixote_16 — Dígote Sancho que no me alcanza la memoria a esclarecer cuáles fueran los prelegómenos de mi sueño, pero que en su término y final se citaron y confundieron los goces más asombrosos del cielo con las más lóbregas escuridades del averno. Y tan profunda y aparatosa fue la visión que, hubiérase compuesto en tu caletre inocente de labriego, y por las mismas te hubiéremos hallado en tu despertar tan comido por el pasmo que ni Dios nuestro Señor fuera para sacarte del marasmo mortal. Y dígote, mi fiel Sancho, que todas las andanzas del mundo no me fueran sobradas para conjurar la sacudida funesta de este sueño, y que de no ser por mi natural decidido y la fuerza descomunal con que la faz de mi señora Dulcinea del Toboso, non plus ultra de la fermosura en este mundo, provee a mi voluntad, que yo mismo cayera cautivo en el espanto soberbio y encantador de aquesta imagen sublime que se me pareció al fin de mi soñar.

»Ahora pinta en tu deshabitado pensamiento, ahí elevado casi dos estados sobre tu vista, un murete de piedras, desos que se usan de lindes en los campos, y atravesándolo un camino que espaciadamente se hace curvo para el este de tu mirada. A ese promontorio ascendí por ver mejor lo que ocurría, porque la tarde perecía ya bajo negros y tormentosos enigmas, y he aquí que topeme con unas montañas tan altas como la áurea morada de aquellas dicharacheras deidades profanas, unas alturas gigantes que bordeaban el camino por la siniestra. Sus cumbres eran interminables y nevadas, y refulgían con traza de algodón, o más cumplidor sería decir que la nieve no era nieve, sino plumas de verdaderos ángeles, despidiendo una luz que habría podido brotar de los manantiales de la gloria. Y justo sobre esas nieves y esos fulgores, suspendidas en los cielos y manchándolos con la color del proprio terror, fuscas y ceñudas nubes peleaban con la luz para imponer sus tinieblas.

»Las faldas y precipicios caían sobre el camino con un verdor vacilante, y mucho habría de errar mi entendimiento si no fuera aquel panorama digno de las tierras salvajes que, más allá de la Inglaterra, se desparraman con el nombre de Escotia. Pero advierte, Sancho, que jamás mis aventuras me llevaron por semejantes reinos, y que nunca vi pintura alguna que acaso se aparentase a esta visión. Por lo que no es de extrañar, mi fiel escudero, que otra vez sea cosa de encantadores ociosos, que andan pincelando inquietudes en mis sueños, y molestando mis pensamientos que, por otros modos, andarían un día y otro suspensos en el sin par recuerdo de los ojos de mi Dama. La fantasma de este sueño se ha enredado en mi celebro, y no hay fuerza humana ni divina que pueda ahuyentarla. Y menos si pienso en los carros que, desde el fondo del camino, se venían hacia mí en el sueño, y que se apresuraban como llevados por el diablo, diríase que fuyendo despavoridos del valle que era entonces la fauce imponente de un monstruo, pulida acaso por la desnuda hermosura de la naturaleza. Y doy en pensar, querido Sancho, que ese valle es tal el dibujo de la mesma vida, que para mí que es un camino de tormenta y espanto sobre el que brillan algunas quimeras caras y emocionantes. Pues que a qué habríamos de soportar tanto despertar y desfallecer, tanto amanecer naciente y tanta noche de derrota, si no fuera, antes y principalmente, por la verdad cierta de que mi vida pertenece a nuestro Padre celestial, mas también por esas luminiscencias con que los cielos de vez en vez nos regalan, lanzándolas como esperanzas por entre el mucho dolor y el corto entendimiento del hombre.

»Pero avivemos el paso, Sancho, que Damas desdichadas y torcidas fechorías aguardan la claridad de mi brazo, y mal me condujera yo si me dejase encandilar por una mera pintura soñada…

lunes, 12 de abril de 2010

Los reyes del autobús

Entonces los autobuses traqueteaban como las calesitas de la feria. Uno se montaba y tenía la sensación de estar metido en una caja de hojalata sobre cuatro ruedas. Las puertas, de cuatro hojas, ensordecían a los pasajeros al abrir y cerrar, y el autobús entero se removía como si fuera a descuajaringarse. Sin carril bus ni preferencias de ningún tipo, tardaban una eternidad en cruzar la ciudad, y en ellos leí libros y más libros, estudié exámenes enteros, incluso escribí el esquema de algunas cartas infinitas.

Encarnación Los autobuses eran una extensión elástica de los patios. La gente fumaba en ellos a sus anchas, abundaban las vecinas con sus dimes y diretes, y yo me enamoraba de algunas chiquillas sin atreverme nunca a declararles mi amor.

Los reyes del autobús eran aquellos personajes que conseguían romper esa paz de patio que reinaba en el trayecto, ese estruendo monótono que aislaba a la gente y que se acababa sólo al llegar al destino. De entre estos personajes, recuerdo especialmente a tres.

El tío de los pollitos era muy conocido en Sevilla. Dicen que se plantaba en la Plaza de la Encarnación con una caja de cartón con un pequeño agujero en el fondo, llenaba la caja de pañuelos y metía una mano por debajo, dejándola entre los pañuelos. A la vez, imitaba perfectamente el sonido de unos pollitos, que los pequeños que se le acercaban buscaban con ilusión. Luego venía el susto. Así pedía limosna. Pero eso es lo que dicen, porque yo lo recuerdo en el autobús, y es que debía vivir cerca de mi barrio. Y en el autobús seguía siendo el tío de los pollitos, y cada vez que veía a un chiquillo se quitaba su gorra inolvidable de cuadros, con orejeras, metía un pañuelo en ella y con la otra mano lo removía mientras imitaba el piar de los pollitos. Lo hacía sin mover la boca, y sonaba tan realista que ningún chiquillo dejaba de caer en la trampa. Pero en el autobús nunca pidió limosna. Lo hacía por divertir a los niños, que siempre acababan con una sonrisa. Luego él se guardaba el pañuelo, se ponía la gorra y volvía a quedar muy serio. Jamás olvidaré el contraste entre su seriedad y esas sonrisas que provocaba en los enanos… Dejé de verlo gradualmente, casi sin darme cuenta, y sólo muchos años después lo eché de menos…

Antoñito el de las palomitas era un chaval con problemas mentales. Su madre era muy mayor, y él parecía ser el fruto de un embarazo demasiado tardío. Era alto, menos joven de lo que todos pensábamos. Se agitaba imparable, condenadamente nervioso, e invariblemente vestía con un ancho pantalón que ataba mal a la cintura, alzándolo tanto que dejaba ver los calcetines, un chaleco raído, también metido por los pantalones, y una chaqueta que le colgaba enorme por las caderas. Tenía una cara alargada de cabra, con la barba rubia, rala y mal afeitada. Sin embargo, uno no podía evitar pensar que Antoñito podría haber sido muy guapo de haber nacido sin taras.

Incapaz de fijar la mirada en ningún sitio, cuando entraba en el autobús todo el mundo asistía encantado a sus ocurrencias. La madre ya se había acostumbrado a ellas, y casi había adoptado el papel de payaso serio en aquel barullo que formaba siempre su hijo. A Antoñito le encantaban las palomitas, que eran invariablemente todas las mujeres jóvenes que entraban en el autobús. Nunca vi que tocara ni molestara a ninguna, pero intentaba hablar con ellas. Sus ocurrencias nos hacían reír: entre balbuceos incomprensibles y salmodias inacabables soltaba de pronto alguna de una inesperada lucidez, por supuesto siempre relacionadas con sus palomitas. Y es que Antoñito podía ser anormal, pero no idiota. Todo lo estropeaba el típico mentecato que, celoso de la atención que convocaba en el autobús Antoñito, trataba de picarlo con soserías que cansaban al público e indignaban al propio muchacho. Tampoco supe nunca qué fue de él, aunque imagino que el día que su madre muriera él acabaría recogido en algún centro cerrado donde tal vez las palomitas escaseaban…

Pero el personaje que me resultó más cercano fue Rafaela, un homosexual que llegó a tener cierta amistad con mi madre. Rafaela era a todos los efectos una mujer. En unos tiempos donde la homosexualidad era un tema tabú, Rafaela se había ganado el estatus de mujer. Vestía con ropa de hombre, pero aderezada con pequeños detalles femeninos, y caminaba como una modelo, bamboleando su figura de cintura ficticia. Además, se pintaba los labios y se maquillaba, y en su pelo ni largo ni corto componía los mismos peinados que sus amigas y vecinas.

Sevilla 1982 A mí Rafaela siempre me pareció muy buena persona, y mucho más cuando supe que mi madre la estimaba. Aun así, un día mi madre me insinuó que tuviera cuidado. La forma blanda y huidiza en que me lo advirtió hizo que yo olvidase su consejo, y un día que volvía a casa en autobús me senté al lado de Rafaela. Yo tendría dieciséis o diecisiete años, y rápidamente la mujer encontró un tema de conversación. Me sentía bien hablando con ella, porque era un personaje gracioso y mal hablado, porque mi madre la estimaba y porque hablando con ella yo demostraba en cierta forma mi tolerancia con algo tan mal visto como la homosexualidad. Poco antes de llegar al barrio Rafaela encauzó la conversación por derroteros que no me gustaron, y recuerdo que me zafé con elegancia de aquellas insinuaciones, y me bajé despidiéndome de la mujer entendiendo por fin la advertencia de mi madre. Aun así, recuerdo que no tardé en pensar que Rafaela debía tener tantos problemas para encontrar cariño… Y que era normal que ella también buscara besos y caricias entre los demás. Rafaela nunca me molestó a partir de aquello. Como ocurrió con el tío de los pollitos y con Antoñito, cierto día me di cuenta de que hacía ya mucho tiempo que no sabía nada de ella. Y luego perdí la oportunidad de preguntarle a mi madre…

miércoles, 7 de abril de 2010

Un nuevo blog…

Espero que les guste…

http://levangelio.blogspot.com

Levangelio

La hija díscola de Dios

Sinead O'Connor - Nothing Compares Reconozco que la música de Sinead O’Connor me parece lamentable, insufrible, sobre todo aquel vídeo que la hizo famosa, tan calvita e interesante ella mientras canturreaba las tonterías que le había escrito aquel otro monstruo de la música, Prince, y repitiendo hasta la saciedad la maldita frasecita de Nothing compares 2 U. Me ponía de los nervios. A esas alturas, la mezcla de ridiculez y petulancia me debería haber provocado indiferencia, o como mucho una sonrisa, pero pensaba en los dineritos que se llevaba la muchacha con sus canturreos, y en las muchas almas colgadas de semejante bodrio, y me encendía...

Hoy leí un artículo que la buena de Sinead ha escrito sobre los abusos de niños cometidos por numerosos padres (y seguramente madres) de la Iglesia Católica, y en concreto sobre las repercusiones de este problema en su país, Irlanda. Y como siempre me pasa con los artículos obvios, entre los resquicios de la obviedad no he podido dejar de descubrir ciertos elementos perniciosos. Porque esta mujer escribe como católica, como devota y orgullosa ciudadana de un país católico, llegando incluso a insinuar que el dolor que uno puede sentir ante el abuso de unos chiquillos por parte de esos pálidos y repugnantes enfermos, de esos sucios criminales vestidos con grotescos ropajes, puede ser mayor para un católico que para uno que no lo sea. No es su mayor error, pero sí el primero, porque ante semejantes maldades ni nuestras creencias en seres superiores ni nuestros gustos personales deberían ser en absoluto determinantes. Estas aberraciones son una cuestión de mera humanidad. Pero admitamos que esta señora no se haya percatado que con las palabras uno suele decir mucho más que lo que literalmente dice, y que en el fondo no esté queriendo afirmar lo que afirma.

El mayor error que comete esta mujer reside en otra cuestión más sutil y peligrosa. Siempre he opinado que la ambigüedad de los grupos religiosos informales es muchísimo más funesta para la evolución del alma humana que la cerrazón y el conservadurismo de los grupos religiosos formales. Si veo llegar a un tipo del Opus Dei, o a un Hare Krishna, o a un Mormón o a un representante evangelista, mi simple entendimiento ya me previene de sus enseñanzas. En cambio, los acólitos-protesta, esos que, aceptando los principios religiosos que una sucesión impenitente de listos ha ido perfeccionando durante siglos, se nos pegan luego al hombro para gritar con nosotros contra la esclavitud y la alienación del ser humano, esos son los que me dan miedo, porque acaban convirtiendo ese compañerismo libertario en ecumenismo y en salvación, y además te pillan desprevenido.

evil-pope-children-christmas Sinead O’Connor se queja de la actitud del Papa, algo bien fácil de concebir ante individuo tan reaccionario y siniestro, pero ni siquiera roza el fondo del problema, puesto que habla aceptando el mismo mundo que la Iglesia Católica ha estado gestando durante muchos siglos. Se confunde la buena mujer al situar el mal en los laberintos vaticanos y en los rincones oscuros de las iglesias, porque el mal se encuentra precisamente en la extensión de una doctrina tramposa que, apropiándose interesadamente de valores universales como el bien y el amor, y situándose siempre al favor de los vientos del poder de cada época, trata de convertir al ser humano que cree para saber, en un ser que cuya fe ciega exige precisamente la renuncia a toda sabiduría. Con este trabajo, la Iglesia Católica, como otras muchas confesiones en el mundo, consigue dos objetivos: pacificar a las masas, aliviando con monsergas estúpidas a sus aquiescentes feligreses, y lo esencial, que haya siempre un número importante de ellos que dan soporte económico y político a la vida de lujos de sus dirigentes, y al mantenimiento de un ejército de personajes, de voz atiplada y sexualidad constreñida, que van por el mundo propagando una buena nueva de meridiana insensatez e inconsistencia, y de un mal gusto que raya en el insulto. Con este segundo objetivo colabora, tal vez sin ser demasiado consciente de ello, el contestatario pero no menos piadoso artículo de la artista dublinesa. Digo artista por entendernos, claro...

lunes, 5 de abril de 2010

Santa semana

Amelia, Armando, Vanesa, Maribel, mi buen amigo Carlos Moriano… ¡Y no nos hicimos fotos! Mis niños de Las Hurdes, convertidos en unas personas tan adorables como hace veinte años… Pero al día siguiente no se me olvidó hacerme la foto con Elena y Laura, en cuyas miradas reconocí algo inolvidable que había descubierto en el pasado…

017 28  Elena y Laura

Y con las ganas de haber visto a Virginia y a Sandra, y a otros muchos de mis niños, partimos para Gredos. La sierra nos recibió así, tan hermosa, que tuve que detener el coche antes de llegar al pueblo.

021 28 Hoyos y sierra panorama

Desde el balcón de El Pilar, la maravillosa casa rural de Teresa y Gema, se veían cosas así…

032 29 Hoyos

169v 31 Desde El Pilar

182 01 Hoyos

El primer día de Gredos amaneció oscuro, así que decidimos conocer Ávila, una ciudad en la que tal vez no me quedaría a vivir, pero que para un paseo nos pareció absolutamente linda.

066 29 Ávila

092 29 Ávila

Pero la sierra nos llamaba, la nieve lucía allí, tan cerca, casi al alcance de la mano. Al día siguiente subimos a la plataforma, y luego de que los niños se pusieran como una sopa revolcándose por la nieve, los más avezados subimos un trecho hasta la soledad adorable de la montaña.

131 30 Plataforma al Circo

149 30 Hacia el circo

157 30 Hacia el circo

160 30 Hacia el circo

161 30 Hacia el circo

Desde El Pilar, cada mañana, asistíamos a esta visión, siempre maravillosa, siempre distinta…

169s 31 Sierra de Gredos

Por cierto, en Hoyos, cerca de la carretera que baja hacia el Centro de Interpretación, y que luego sube a la Plataforma, está la casa de mis sueños…

194 01 Hoyos (la casa de mis sueños)

Luego de que Adrián y José Mari esquiaran en La Covatilla, tomamos un café en Candelario, donde hemos vuelto tantas veces…

173 31 La Covatilla (mi cuñado esperando a Adrián)

175 31 Candelario

Un nuevo día, de mañana dimos un paseo pueblo arriba, hacia un pequeño bosque de pinos que dominaba Hoyos del Espino y la sierra…

218 02  Al norte de Hoyos

228 02  Al norte de Hoyos

230 02  Al norte de Hoyos

Tras comernos un bocadillo riquísimo en las alturas, bajamos y, mientras José Mari y Ana se paseaban a caballo, Juan y yo decidimos partirnos las piernas por aquellas fabulosas cuestas… Y vaya si mereció la pena…

247 02  De bici por el Tormes 251 02  De bici por el Tormes 260 02  De bici por el Tormes 264 02  De bici por el Tormes 266 02  De bici por el Tormes 269 02  De bici por el Tormes 272 02  De bici por el Tormes 274 02  De bici por el Tormes 278 02  De bici por el Tormes

Un nuevo día… Decidimos bajar por el Puerto del Pico, recorrer la Vera, llegar a Garganta la Olla, cruzar al Jerte, hacia Piornal, y luego volver por el puerto de Tornavacas a Hoyos del Espino. Al final fue demasiado trayecto, pero visto lo visto tampoco creo que nadie se arrepintiera… Comenzamos parándonos en Guisando, donde buscamos inútilmente los celebres toros… Inútilmente lo digo en todos los sentidos… :-(

283 03 Guisando

Luego visitamos El Raso, donde, un poco más arriba, había un castro celta muy interesante. El paseo por él fue realmente agradable.

295 03 Castro celta en El Raso

 305 03 Castro celta en El Raso 311 03 Castro celta en El Raso

 315 03 Castro celta en El Raso 335 03 Castro celta en El Raso

Piornal y el Valle del Jerte, con muchos cerezos en flor, y el valle a punto de estallar de hermosura… Lástima que fuera tan tarde, y que fuera sábado, el día anterior a la partida…

338 03 Piornal 342 03 Valle del Jerte

 348 03 Valle del Jerte 356 03 Valle del Jerte

La mañana del domingo, para despedirnos, Hoyos amaneció de este modo…

374 04

Gracias a Teresa, a Gema y a su familia por su amabilidad y porque es un verdadero placer estar en su casa y en su tierra.

DSC04962