lunes, 10 de agosto de 2009

Minuencia administrativa: La Señora Frog

La Señora Frog, entrada en los sesenta, con sus pasitos ínfimos, livianos, y envuelta en una nube de tics, se desliza por la escalera camino de la planta sótano. En el almacén encuentra a un hombre despeinado que, abstraído tras un mostrador y rodeado de cajas de varios tamaños, anota en maltratados albaranes unos garabatos ilegibles. La Señora Frog, jefe de la sección administrativa del área, se detiene entonces ante el mostrador y hace ademán de ponerse las gafitas doradas que cuelgan de su cuello, pero las vuelve a dejar caer sobre el pecho y comienza:

— ¿No? Buenos días. El escrito... Sí, verá. Las bandejas, si puede… ¿Las tiene azules?

El hombre despeinado, rollizo y sudoroso, calvo a rachas y con algunos rizos colgando sobre su frente, se vuelve hacia un muchacho que, a sus órdenes, cansina y ruidosamente, se desplaza de aquí para allá con bolsas y objetos que deja caer sin cuidado sobre las cajas.

— ¡Quique, coño, ¿vienen esos almanaques o qué?! —ruge el individuo, y luego, tras terminar de escribir sus garabatos en el albarán e inclinándose sobre la pila desordenada de papeles, mira por fin a la Señora Frog—. A ver, ¿qué quiere?

— Sí, bien —otra vez el amago de las gafas, con el cuello erecto y pequeños espasmos perfectamente sincronizados con su mirada imprecisa—, es que les enviamos a principios de mes un pedido, y era por si las bandejas podían ser azules —suena ahora una risita turbia—, porque el amarillo...

— ¿Qué bandejas?

frog4 El rostro de la Señora Frog parece hacerse mayor y más plano en un artificioso gesto de preocupación, y sus diminutos ojillos, muy separados y perdidos en la ancha inmensidad de su cara, se abren al límite. Aunque no hay enfado, el aparente enojo es sólo fruto del apuro que la Señora Frog siente al tener que reiniciar el discurso.

— Que como hicimos un pedido de material de oficina, Rocío decía que dos bandejas, pero menos mal que yo caí en que, además de las entradas y las salidas, podíamos tener una de firmas —el despeinado se arregla los desajustes de la pelambre mientras asiente con su cabeza de estibador—, y... ¿no?

— Vamos, usted quiere decirme que han hecho un pedido de bandejas, y que ahora las bandejas no las quiere amarillas...

— Bueno, pero... Rocío decía que...

— No hay problema, Señora, cogemos el albarán y anotamos el cambio. ¡Quique!

— Sí —interviene indecisa la Señora Frog, sometida a la correspondiente miríada de tics—, ya he entregado un escrito de modificación en el registro, ¿no?, y en cuanto lo firme el interventor...

— ¡Quique, tráete para esta mujer tres bandejas verdes de esas de plástico!

La Señora Frog, con ese balón de pelo frágil, ese casco abultado de laca y aire, se muestra incapaz de llevar hasta el final ninguno de sus tics, a los que se superponen muecas extravagantes e inesperadas. Parece que al fin va a conseguir colocarse los anteojos, unas lentes exiguas que, sin embargo, no tardan en caer de nuevo sobre su pecho. La Señora Frog, artificiosa, casi ficticia, con esa hechura añeja de vieja maniática, enciende de nuevo su mirada y, con voz quebrada por la emoción, dice:

— Pero el escrito de modificación no está firmado, y ahora... ¿No sé si me...? Vamos a hacer una cosa —el hombre despeinado, con la camisa de cuello sucio muy ajustada al torso, la mira boquiabierto—, usted me prepara el pedido, y en cuanto me envíen por correo interno la conformidad del interventor, yo le remito a usted la solicitud, porque ya las fechas no coinciden, y será mejor hacer un nuevo documento para...

— Un momento. ¿Qué número de pedido era?

— ¿El número de pedido? Sí, lo tengo por... —la jefe de sección administrativa revuelve unos papeles y continúa—. Sí, ésta es la conformidad que ya no sirve, y la solicitud interna al director, su respuesta..., el informe preceptivo de necesidades y... Es que debería tener este expediente ordenado pero como nunca... Rocío... Un momento... Sí, la notificación de... No, éste es el estudio previo de... Aquí está: dos, tres, cero, a, veinticinco, efe, zeta, hache, ¿no?

El hombre despeinado trata los albaranes con un desprecio insultante, les dobla las esquinas, mortifica y arruga su superficie, incluso en alguno se advierten manchas grasientas probablemente del desayuno. La Señora Frog da un pasito invisible hacia atrás mientras produce arrítmicos sonidos agudos, ruidos que recuerdan a los chillidos cansados de las tupidas selvas del Amazonas.

Mr__Frog_by_SirSpic— Pero este pedido es de sólo tres bandejas... Señora, esto lo cambiamos sobre la marcha y santas pascuas. Además —hombre resuelto, hombre rudo y enorme—, en el albarán no aparece el color, con lo que no tenga usted cuidado, que ahora mismo se las traemos verdes y asunto terminado.

— Azules, pero es que en la solicitud pusimos amarillas y...

— ¡Quique! ¡Que sean azules! ¡Y date prisa, joder!

— Uy, no... Es que... Así no se debe... Sin el informe... Yo me llevo el expediente, porque... Y sólo era que usted lo supiera para que no le cogiera de... ¿no?

— Nada, nada... No se preocupe de... ¡Eh, oye, pero qué... Dios mío...!

Nadie hubiera creído a Rocío capaz de aquello. Al contrario: dulce, cariñosa y soñadora, tal vez algo triste, trataba siempre de hacer su trabajo con pulcritud y eficacia, aunque todos sabían que sus esfuerzos eran vanos estando al servicio de la Señora Frog. Aun así, tras varios años de trabajo bajo su insensata jefatura, ella nunca había perdido la esperanza de organizar todo aquel desbarajuste. Por eso, todos los compañeros de la planta comprendieron que en ese instante Rocío irrumpiera en el almacén, y que, dejando al despeinado estibador con el mentón descolgado por el asombro, abordara a la Señora Frog. En pocos segundos sepultó su cuchillo más de quince veces en las fláccidas carnes de la mujer, la cual, tras mirar a la pobre Rocío con su cuchillo goteante en la mano, y entre grititos bañados de sangre, consiguió en un supremo y postrer esfuerzo colocarse sus doradas gafas y echar un último y arrobado vistazo al arduo y trascendental expediente de las bandejas.

jueves, 6 de agosto de 2009

Las montañas de oro

En ese primer instante andaba convencido de que estábamos en Las Hurdes. Ha nevado levemente, lo suficiente como para salpicar la calle de manchas blancas y brillantes. Desde el coche, por las ventanillas de aquel Citroën ZX de tres puertas que, negro y endeble, a tantos rincones amables nos acompañó, indicamos la nieve con esa alegría algo infantil que su blancura nos produce a los del sur. Pero en cierto momento, un instante indefinido, tal vez aún desde el coche, o quizás ya caminando calle abajo entre un gentío de turistas, observamos el paisaje dorado. Unas montañas altísimas y oscurecidas por nubes tormentosas se despliegan en el fondo, y sobre ellas destaca una franja de cumbres más bajas pero retorcidas hasta lo inconcebible, y bañadas por un sol dorado ciertamente irreal. De este lado de la calle miro la escena encuadrándola con los ojos: fondo oscuro sublime, plano central bañado en oro y primer plano con este gris de tarde nublada que se desliza con rapidez hacia la noche. Y también una multitud molesta de turistas que se agitan como moscas. Empuño la cámara, pero soy incapaz de ver las montañas doradas, sobre todo porque una pareja juguetea en una especie de mirador que sale de la carretera entre dos edificios. Espero un poco, pero la pareja se abraza, ella y él (¿los conozco, son esos vecinos de Jaén que mantienen tanto las distancias?) riendo y tomándose de las manos, separándose y volviéndose a unir con una pasión entre novelesca y dulzona, indiferentes ante la cantidad de gente que apunta sus cámaras hacia la escena... Imposible hacer la foto, y mientras la pareja se resiste a marchar el oro que cubre las montañas comienza a disolverse. Me muevo inquieto entre la bandada de turistas que sueltan grititos de asombro muy afectados, casi británicos... ¿Estoy en Gran Bretaña? ¿No eran Las Hurdes? No me asombra...

montañas sueño

El sol se atenuó tanto que ahora sólo queda una sucesión de grises, y la pareja ha desaparecido. Busco los servicios, entro realmente enfurecido por la poca educación de la gente, y cuando estoy lavándome las manos, en el vano de la puerta abierta aparece mi tía Carmen. Me lavo las manos con una pastilla de jabón negra y circular, pastilla que he cogido de un cajón lleno de otras pastillas muy coquetamente envueltas. Mi tía las mira sorprendida, como si hubiese visto una joyería al aire libre. Yo le comento que allí, en el Reino Unido, la gente es muy confiada y respetuosa con los espacios públicos, y que a nadie se le ocurriría tocar nunca aquellas pastillas de jabón si no es para usarlas en aquel lavabo. Mi tía me mira y mira el cajón, y sé que incluso en ella, una mujer decente como pocas, se enciende una duda: ¿por qué dejar que otros se lleven aquellos jabones tan coquetos? Somos españoles, y estos ingleses están un poco locos. Aun así, ella no coge ninguna pastilla...

Está sonando el despertador. Miro la hora con desgana, las siete menos cuarto, y me desperezo, y luego, para descansar del estiramiento, vuelvo a relajarme para disfrutar ese duermevela matinal. Aún me siento indignado con aquella pareja. Además, qué coraje no haber aprovechado aquel día cuando al día siguiente alguien había dicho que daban agua. Ahora que estoy despierto considero la forma en que debería haber actuado con aquella pareja. Si me hubiera acercado a ellos, incluso interponiéndome entre ellos y el paisaje, igual me lo hubiesen recriminado. La respuesta cualquiera la sabe: “sois vosotros los que estáis fastidiando con vuestras carantoñas idiotas e insensibles a un montón de gente, y ahora ¿me vais a pedir que no haga lo que vosotros mismos estáis haciendo?”. Estoy de nuevo soñando, reproduciendo la escena donde la pareja y el resto de turistas actúa de modo independiente a mí; aunque no lo suficientemente dormido como para no saber que debo levantarme, que tengo que ducharme e ir a trabajar. Me despabilo con esfuerzo, abro los ojos cuanto puedo y pienso que esa recaída en el sueño ha sido tan curiosa que debo apuntar los detalles en algún sitio, o al menos fijarlos en mi memoria para luego poder contarlos. Tantas veces he pensado así, para olvidar luego hasta el último segundo de mis oníricos viajes... Y repasando los principales sucesos vuelvo a caer en el sueño, y recuerdo que María, al momento de descubrir yo aquel paisaje inolvidable, bajó entregándome las llaves del coche: “ya está cerrado”, me dijo. O la cara de mi tía cuando yo, ante su gesto de incredulidad, le dije que así eran los ingleses; o Las Hurdes que no eran Las Hurdes, sino Gran Bretaña, aunque quién sabe, tal vez fuera justo la frontera entre Las Hurdes y Gran Bretaña, donde aún humeaban los rescoldos de otro sueño en Las Hurdes, que se aparece de pronto, pero que rechazo para ser fiel a la historia que aún me indignaba... Pero ahora vuelvo a zafarme de las manos blandas, de las caricias del sueño, y me levanto y con los ojos casi cerrados cruzo el pasillo oscuro, recojo a ciegas el cuaderno y enciendo la luz de la cocina para no despertar a los niños. Entonces escribo con caligrafía desordenada sobre el otro mundo, con los ojos prácticamente cerrados, sobre ese mundo que durante unos instantes extendió sus caminos hasta éste de todos los días.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De Las Hurdes a Mazagón (1992)

Para algunos era su primer encuentro con el mar. Recuerdo aquellos días como una dulce condena: la responsabilidad sobre tantos chiquillos, las travesuras, los descontentos, los enfados, los mismos desajustes de la organización. Pero todo acababa siempre regado por sus sonrisas, por la luz que manaba a raudales de aquellos ojitos impagables. Y entre ellos algunos rostros que regalaban cariño con un candor y una sinceridad tal que sus miradas se quedaron grabadas para siempre en mi memoria…

 Mazagón7Mazagón3Mazagón4

Mazagón2Mazagón6Mazagón5

Mazagón1

Agosto

Cuenta un chiste, sólo aparentemente machista, de un pobre hombre que naufragó en una isla desierta. Sufría con la sed y la soledad, y echaba de menos tantas cosas... De pronto, mientras el náufrago vigilaba el horizonte azul con los ojos entornados por el sol y la sal, una figura comenzó a surgir de entre las olas, y a acercarse a la playa. Cerrando aún más los ojos consiguió divisar las formas perfectas de una mujer despampanante, vestida apenas con un bikini negro y bien atrevido. La mujer, cuando ya el agua le llegaba por las rodillas, se metió la mano en la parte derecha del sostén y del seno derecho sacó un botellín de Cruzcampo cuya frescura se podía apreciar desde lejos. El hombre se relamió, mojando sus labios resecos sobre todo con la imaginación. Inmediatamente, y sin dejar de andar, la mujer metió su mano en la parte izquierda del sostén y sacó un inmaculado paquete de Winston. Gotas de sudor comenzaron a caer por la sien del náufrago, atento a los movimientos sensuales e insinuantes de la chica. Entonces, la mujer metió su mano en las braguitas del bikini, y en ese momento el náufrago pensó extasiado: “Uy como saque el Marca, uy como saque el Marca...”.

No sé por qué me acuerdo de este chiste (que no sé si habré contado ya en el blog), pero es que en estos días pasea uno por Sevilla con una calor de mil demonios, sí, pero las calles están prácticamente vacías, el ruido ha desaparecido de las avenidas, escasean agradablemente los coches, los carriles-bici se han vaciado de suicidas y torpes y las aceras de peatones movidos por la prisa y el cabreo. Y uno entonces no puede más que decir: “Uy como bajen las temperaturas, uy como bajen las temperaturas...”. Así que, repitan todos conmigo:

Agosto en Sevilla es una maravilla.

martes, 4 de agosto de 2009

Escocia: Shieldaig, Torridon, Inverness

06 Glencoe - Kyle of Lochalsh - Inverness

11 12.31.48 V1 Loch Garry

11 12.35.02 V1 Loch Garry

●   Loch Garry   ●

●                                                                                                                                     ●

11 12.47.31 H2 Loch Loyne

11 12.48.00 H2 Loch Loyne

●   Loch Loyne   ●

●                                                                                                                                     ●

11 13.53.08 H2 11 13.56.14 H2

11 14.05.16 H2 11 14.46.20 H2

11 14.47.19 H2

●   Eilean Donan Castle   ●

●                                                                                                                                     ●

11 17.35.54 H2 Strome Castle

●   Strome Castle   ●

●                                                                                                                                     ●

11 18.29.38 H2 Shieldaig

●   Shieldaig   ●

●                                                                                                                                     ●

11 19.15.48 H2 Loch Torridon

●   Loch Torridon   ●

●                                                                                                                                     ●

11 19.44.32 H2 Loch Clair

●   Loch Clair   ●

●                                                                                                                                     ●

11 21.31.51 V1

11 21.38.53 V1

●   Inverness Castle   ●

●                                                                                                                                     ●

11 22.10.46 V111 23.07.08 V111 23.09.27 H2

●   La Tortilla Asesina (Inverness)   ●

sábado, 1 de agosto de 2009

Vincent y Armando

Reconforta reencontrar a aquel lejano chiquillo de nueve o diez años, y ver en sus gustos que su corazón ha crecido hacia sí mismo con decisión. En sus cosas de Facebook descubro algunas músicas cercanas, su afición al bajo y este vídeo de Tim Burton que no conocía. Lo cuelgo aquí en tres versiones: doblada al español, versión original subtitulada y original en inglés, porque en esta última es el propio Vincent Price quien pone su voz a la narración. Que ustedes lo disfruten…

Español

Original con subtítulos

Inglés

¡Qué difícil es esto de la lectura!

Recuerdo que leí La madre de Gorki hace muchos años, en uno de esos períodos estivales donde encendía cada libro con la colilla del anterior. Más que recordarlo, lo imagino insertado entre algún libro de Marcuse, de Galbraith, de Canetti, de Anatole France o de Wenceslao Fernández Flórez, y leído en los autobuses, en las esperas de los ambulatorios y las colas de la administración educativa, en la tórrida cama de mi casa, arrullado por el ruidoso sueño de mi hermano.

Lo recuerdo porque creo que es el único libro de aquella época que leí y que luego taché sin escrúpulos de panfleto infumable, un texto donde el afán propagandístico se alzaba sobre el arte la_fenicey la elegancia. Ya entonces debía yo pensar que la ocasional utilidad del arte debe ser una consecuencia y no un objetivo, que el arte sólo consigue ser útil cuando no pretende serlo, cuando contiene algo con entidad suficiente como para no necesitar ser útil.

    Y me acuerdo de todo esto porque vuelvo a encontrarme con problemas para elegir libro. Acabé anteayer el simpático Muerte en La Fenice, de Donna Leon (gracias, Lulilla), cuya historia, inteligente, intrigante, aunque mal traducida (para variar) y algo intrascendente, me atrapó con facilidad. Entonces eché mano de El demonio del absoluto, una extraña biografía de T.H. Lawence (Lawrence de Arabia, para los más cinéfilos) escrita por André Malraux. He estado dudando si poner escrita o perpetrada. Es cierto que Malraux murió sin concluir el libro, y que esta edición (la definitiva, según los expertos) se ha construido sobre el manuscrito muy avanzado y echando mano de muchísimas notas y versiones de cada capítulo; pero leyendo el prólogo advierto la razón que su autor Malrauxlleva cuando habla de la libertad de Malraux a la hora de escribir: y es que este buen hombre escribe dando montones de cuestiones por supuestas, hacinando los párrafos con referencias históricas tan particulares que, ni siquiera con las notas (recogidas incómodamente al final del libro), se entera uno bien de lo que dice. A eso le sumamos una forma de discurrir que, por un momento, quise creer que era un poco impresionista, pero que luego me di cuenta que se parecía más a un garabato, a la obra de un escritor disperso, informadísimo y algo narcisista, que cree que los demás somos capaces de leer su pensamiento. La introducción que él mismo hace a la biografía de Lawrence, reivindicando (eso parece entenderse, aunque no lo juraría) la aventura real sobre las leyendas y los mitos de la antigüedad, la alcancé (creo) por pura aproximación. Así que cuando, cauto, hojeé el primer capítulo para saber la forma en que comenzaba a describir al aventurero inglés, noté que seguían las referencias engarzadas con profusión en un texto embarullado, y me dije que no podría con sus cientos de páginas. Así que lo dejé. Y aquí viene mi primera pregunta: ¿qué hacer con un libro tan bien editado, caro, y que sabes que muy probablemente no leerás nunca?

Los peces de la amarguraElegí a continuación uno de mis regalos de cumpleaños: Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu. Le leí a Savater elogios de este libro, pero no recuerdo que el maestro apuntara si los elogios eran literarios o políticos, o ambas cosas. Porque aunque La madre de Gorki pretendía hacer propaganda de un régimen totalitario y perverso, y el libro de Aramburu tiene unas pretensiones sociales absolutamente loables, éste no deja de ser, como aquél, más un instrumento de propaganda que una obra literaria. En los dos primeros relatos que he leído hay momentos en que Aramburu no parece escribir mal, pero en otros su simpleza aburre. Y esta simpleza se traslada también a la verosimilitud de las historias que cuenta. Todos sabemos que hay muertos y víctimas del terrorismo, que hay familias con miedo, y pueblos completamentRibeyroe tomados por los enemigos de la democracia, pero poco más allá va la realidad de Aramburu, que construye unos personajes pazgüatos, fríos, lentos, incomprensibles, removiéndose torpemente en tramas inconsistentes. En ningún momento de los dos relatos he olvidado que estaba leyendo un libro.  Eso sí, tal vez se pretenda que los que no vivimos en el País Vasco comprendamos mejor la situación real de la gente, pero mucho me temo que, después de estos dos relatos, aún Aramburu no me haya contado nada nuevo, ni nada demasiado interesante. Una pena…

Así que… ¿Shakespeare, Grass, Cortázar, Borges, Dostoievski…? Jugar sobre seguro. Aunque tengo ahí a ese pozo inexplorado de buena literatura que es Julio Ramón Ribeyro…

jueves, 30 de julio de 2009

Escocia: Nevis Range y Glencoe

Dunire Guest House (Glencoe Village)

10 11.02.09 V1 Panorama

11 11.05.36 V1

10 11.03.07 V1 Panorama

Nevis Range

10 12.21.08 H2

10 12.27.27 V1

10 12.36.09 V1

10 13.29.19 H2

10 13.32.53 V1 Panorama

10 13.39.02 V1

10 13.46.17 H2 Panorama

Glencoe (desde Loch Ba y Loch Nah-Achlaise)

10 18.58.42 V1 Panorama

10 19.40.19 H2

10 20.01.57 H2 Panorama

Loch Nah-Achlaise

10 19.27.38 H2

Loch Ba

10 19.46.15 H2 Panorama

Glencoe

10 20.43.14 H2

10 20.43.53 H2 Panorama

10 20.57.09 H2

10 21.35.14 H2