jueves, 18 de agosto de 2011

Tierra y silencio (8)

Tras el almuerzo y el paseo por Buonconvento, y sin planes concretos para ese día, decidimos pasar la tarde en la acogedora Siena. Entraban ganas de irse a vivir allí. Además, cada día, cada parte de cada día Siena posee una luz distinta. La tarde, en la que cayeron algunas lluvias, se puso preciosa, y la torre seguía atrayendo a mi cámara de un modo extraño…

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Al llegar a esta última iglesia, la de Santa Maria di Provenzano, escuchamos jaleo allá abajo, sonido de gentío, así que nos acercamos…

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Había espectadores realmente curiosos asistiendo a la procesión de los miembros de la contrada de la Torre, la del elefante…

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Cuando pasaron nos dirigimos a la Piazza di San Francesco, donde se encontraba el Oratorio di San Bernardino, que se nos quedó sin visitar dos días antes. En él hice alguna foto de la Torre y de cierto monje que se me parecía mucho a alguien conocido…

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Al salir, y aunque andaban en misa, visitamos la Basilica di San Francesco por dentro, con un vacío sólo aparentemente humilde, porque los muros estaban salpicados de obras de incalculable valor…

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Al salir comenzaron a caer una gotas enormes de lluvia, y tuvimos que refugiarnos bajo un árbol, creo que era un arce, y con la lluvia aún cayendo le robé a Siena esta foto a través de un jardín…

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A partir de ahí vagamos por Siena, a veces bajo la lluvia, descubriendo que alrededor de la plaza hay cientos de callejuelas por las que merece la pena perderse…

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Y al final la Piazza Il Campo, bajo otra luz, tan elegante… Entramos en una heladería que tenía su entrada por Via di Città, pero ofrecía a sus clientes un balcón precioso que en otros momentos supongo que será tremendamente codiciado, pero que ahora encontramos solo para nosotros. En él, extasiado por la vida de la plaza y de Siena, por los colores del sol sobre sus edificios, por los cielos irrepetibles, me bebí un riquísimo Spritz…

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Pero de pronto empezamos a escuchar de nuevo jaleo, un jaleo que provenía de la misma fuente que antes: la contrada de la Torre estaba llegando a la plaza. Al parecer cada contrada marcha una vez antes de la celebración del Palio, que fue precisamente anteayer, el 16 de agosto. Entraron por la curva de San Martino, la curva más peligrosa en la carrera del Palio, porque los caballos deben realizar un giro muy rápido de 95º, y donde murió en julio, en la primera celebración del Palio (se celebra dos días, a primeros de julio y a mediados de agosto), un caballo que chocó justo contra la columna interior de la curva. En menos de lo que pensamos, la plaza vibraba con los tambores, la banda, la propia gente de la contrada, que la fue llenando con sus abanderados y ante el asombro estremecido de los que los mirábamos aquella curiosa locura…

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La plaza volvió a quedarse silenciosa, con el murmullo de los turistas. Caía la noche y pronto tendríamos que volver a la casa. Siena se mostraba blanda, perfecta, como soñada…

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Al llegar a la casa nos hicimos pasta fresca, y la regamos con un Vernaccia di San Gimignano que andaba en los últimos sorbos, y por un Rosso di Montalcino más que sabroso. Al día siguiente comenzaríamos con los pueblos…

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miércoles, 17 de agosto de 2011

Tierra y silencio (7)

El día siguiente, el último del mes de julio, lo comenzamos con un aperitivo dulce y cercano: el castillo de Murlo, un pequeño burgo que por fuera parece mucho menos atractivo de lo que luego es por dentro.

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Desde el castillo de Murlo se puede ver una linda panorámica de Vescovado Murlo...

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Pero los rincones del burgo nos vuelven a llamar la atención. Hace calor y no hay casi nadie. Una chica que acaba de cerrar la biblioteca nos informa que la única trattoria que había en el lugar cerró este año, aunque por las noches están ofreciéndose conciertos de música clásica en la pequeña plaza del burgo.

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Desde el castillo se observa algunas haciendas sugerentes...

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Nos dirigimos desde allí a Buonconvento. Dado que el día anterior trasnochamos, nos hemos levantado tarde, así que ya va siendo hora de comer, que en la zona acostumbra a ser sobre la una y hasta no mucho más allá de las dos de la tarde. Buonconvento tampoco es un pueblo que nos hayan recomendado especialmente, pero luego comprobaremos que tiene un gran encanto. Antes, en el camino, hacemos una parada para fotografiar la Toscana más pura...

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En Buonconvento paseamos un rato buscando un lugar donde comer. Mientras caminamos las cámaras echan humo...

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Al fin, entramos a comer en el Albergo Roma, en Via Soccini, la calle principal de la zona antigua de Buonconvento. Para variar, una comida exquisita, un vino riquísimo, unos postres de lujo y un café inolvidable.

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Luego, para hacer mejor la digestión, seguimos conociendo este hermoso pueblo...

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martes, 16 de agosto de 2011

Tierra y silencio (6)

Viajamos hasta la Abadía de San Galgano, muy cerca de Chiusdino y Monticiano. El sol doraba el paisaje a esa hora de la tarde. Es una de las virtudes de la Toscana: el atardecer, los colores que descubre el sol en sus tierras.

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Reconozco que me sentía ilusionado como un niño, excitado ante lo que iba a ver dentro de la Abadía. La gente iba acudiendo...

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Por fin nos hicieron pasar. En el cielo fueron encendiéndose poco a poco las estrellas, y aunque el frío arreció durante la función, La Traviata sonó maravillosa. Los intérpretes estuvieron a una gran altura, y la pequeña orquesta que cabía bajo el escenario se comportó con mucha dignidad a pesar de su obligado tamaño. Viví la ópera como nunca la había vivido...

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Yo no estaba ni para hacer fotos ni para hacer nada más que escuchar y estremecerme. Así que les dejaré aquí un vídeo casero de mi amiga Chari, que con ciertos problemas captó un ratito adorable de la función…

lunes, 15 de agosto de 2011

El Gorrión Padre

Marquerite youcenar “Hice bien en dejarme llevar por la gran ola divina; no me arrepiento de haber sido rehecha por las manos del Señor. No me ha salvado ni de la muerte, ni del mal, ni del crimen, pues gracias a ellos nos salvamos. Me ha salvado tan sólo de la felicidad”. Así termina el relato titulado María Magdalena o la salvación, publicado por Marguerite Yourcenar en su libro Fuegos (Alfaguara, 1989).

La felicidad es un elemento difuso, es cierto, pero aquí Yourcenar lo equipara con la vida. Porque la vida, entre otras muchas cosas, es muerte, mal y crimen. Y el cristianismo, en mayor o en menor medida, como cualquier otra religión, de lo que nos salva es de la vida. Si somos creyentes, cualquier hecho, cualquier sensación, cualquier movimiento lo hacemos pasar por el tamiz de nuestras creencias.

Creo que el principal problema de los creyentes en un dios es su incapacidad para imaginar un mundo sin Él. Si por un instante lo consiguieran, posiblemente iniciarían su camino sin retorno hacia un ateísmo difuso y no militante. De la misma forma, un cristiano podría decirme que imaginase que Dios existe, que todo lo que se habla de Él, que todo lo que la tradición le atribuye es cierto. Bueno, aparte de que la mayoría de los ateos hemos pasado por esa etapa, hemos creído en un ser así y por tanto ya sabemos qué se siente creyendo en Dios, hay dos obstáculos fundamentales para que esa imagen nos cambiase la vida: primero, pensar que la historia sagrada y sus derivaciones es cierta sería como admitir la posibilidad, por ejemplo, de que una Mano y gorrión[1] pluma de gorrión que nos cayese sobre la cabeza venga de un Pájaro Divino, una especie de omnipotente y discreto Gorrión Padre que domina las leyes del universo hasta el punto de señalarnos con esa pluma, una pluma que, sin dar más explicaciones, nosotros sentimos (revelación) que es una señal Suya. Todo el mundo coincidirá conmigo en que esta eventualidad, aunque improbable, es por supuesto posible. Incluso, si yo fuera más dado a creer, podría argumentarles que si no creen en ella es por pura falta de fe. Pero ocurre que habría infinitas historias posibles como ésta, y el ser humano debería elegir entre ellas cuáles creer y cuáles no, y no mucho menos improbable parece la historia del gorrioncito que la del Dios cristiano y aún más la de su hijo Jesucristo.

En segundo lugar, la historia cristiana, como la del Gorrión Padre, no nos hace falta para vivir, para sentir, para ejercer todos esos valores que la Historia Sagrada ha querido apropiarse durante dos siglos. No es que uno pueda ser bueno, gentil, caritativo, desprendido, compasivo, virtuoso, filántropo, misericordioso e incluso piadoso sin profesar el cristianismo ni ninguna otra religión, sino que se dan infinidad de ejemplos todos los días que demuestran que creer en Dios no es consustancial al hecho de ser una buena persona. La voluntad simple de no hacer a los demás lo que no me gustaría que me hicieran a mí, un principio bastante egoísta pero también bastante útil, sirve para ser un buen amigo y un magnífico vecino. Si uno, además, se educa en el gusto por la sonrisa y el disgusto por el dolor, propios y ajenos, pues entonces…

Por supuesto, en este punto es interesante recordar la obviedad de siempre: cada uno puede creer en lo que quiera. Estos párrafos no pretenden convertir a nadie sino sólo charlar sobre este tema, como hace un rato charlaba sobre los bellos rincones de la Toscana. Y de esta obviedad surge la consideración de que todos, al fin y al cabo, creemos en algo, y creemos que ese algo es importante, conveniente, útil y cierto. Pero ¿qué diferencia al cristianismo (y a las demás religiones) del resto de las creencias personales? Una diferencia innegable es su afán proselitista y su necesidad de constituirse en un sistema organizado. concilevaticani Por supuesto, como los mismos cristianos admiten, no hay un cristianismo, sino tantos cristianismos como cristianos. Si a San Pablo se le ocurrió alguna vez una genialidad sin par fue ésta, ésta precisamente: es fácil ser cristiano, porque puedes entregar tu vida o guardártela toda para ti sin compartir ni un gramo de ella. Puedes comportarte como un beato yendo de éxtasis en éxtasis, o puedes ser un pulcro inspector educativo, que no va nunca a la iglesia, que veranea en Benidorm y tiene todos los discos de Amaral. Todos podemos ser cristianos sin demasiado papeleo. Ha funcionado tan bien que la estratagema ha sido copiada, en mayor o menor medida, por todas las religiones con afán proselitista. Todos podemos ser cristianos simplemente con creer en Cristo y en su mensaje (aunque no tengamos ni la más ligera idea de cuál fue este mensaje). Como no podía ser de otro modo, como todo en la vida, esta estructura se ha traducido durante estos dos milenios al lenguaje económico y político: nunca le faltó a la Iglesia el poder ni el dinero. Pudo haber misioneros dejados de la mano de Dios, monjas que se pelearon en el barro con la muerte de niños e inocentes sin el más mínimo apoyo de sus orondos dirigentes, pero la Iglesia, la estructura, ésta que a la que ahora van a saludar un millón y medio de jovencitos y jovencitas, siempre ha tenido ropajes dorados y comida en abundancia. El asunto es tan patente que llega a parecer demagógico.

Pero si el truco fuera sólo éste, el reino de Dios habría pasado hace siglos. El truco se encuentra precisamente en que la religión, y el cristianismo en nuestro caso, pretende salvarnos de nuestra felicidad, trata de evitarnos la vida sumergiéndonos en ella con la escafandra de una imagen sagrada; una imagen que, a fin de cuentas, reporta riquezas mundanas a muchos hombres, sobre todo hombres, que se despatarran entre lujos desde hace dos mil años.

Nadie puede negar que los cristianos viven la vida, pero no la viven directamente, porque se escudan continuamente en lo que ellos creen que es el mensaje de Cristo. Digo en lo que ellos creen, porque todos creen no sólo en métodos distintos para cumplir ese mensaje, sino que creen en mensajes a veces radicalmente diferentes y contradictorios. El esquema es endiabladamente astuto: millones de personas creerán en algo distinto (lo que nos garantiza que en el saco caerán judíos y gentiles, nobles y plebeyos, tirios y troyanos), pero todas estarán unidas por el convencimiento de que Dios está ahí, tutelándolas sin tutelarlas, protegiéndolas de una muerte que sin embargo llega inapelablemente, y a veces de forma absolutamente cruel, prometiéndoles un reino que nunca llega, porque las promesas divinas y los caminos hacia la Tierra Prometida nunca llevan a otro sitio que a la propia vida, que continúa fluyendo indiferente a todas nuestras estúpidas creencias (en las que no sólo incluyo las religiosas, sino hasta la más mínima y más personal). Dios además, nos mira desde arriba con una sonrisita paternal cuando tratamos de comprender lo incomprensible, cuando de alguna de sus contradicciones tratamos de extraer conclusiones que siempre, indefectiblemente, acaban siendo pobres intentos mundanos de comprender el misterio de Dios.

30-noviembre-08blog Para ser políticamente correcto, y por muy enfadado que uno esté con el adocenamiento de tanta gente, con la extensión entre el rebaño del pensamiento bíblicamente tamizado a costa de un pensamiento mucho más personal, creativo y valiente, uno debe siempre opinar que el hecho religioso tiene que desarrollarse en el ámbito personal. Ahora hay muchos cristianos que opinan así: el Estado debe ser aconfesional, y los cristianos deben practicar sus ritos en la privacidad de sus templos y sus casas. Por supuesto, ya vimos antes que todos piensan que vivir es practicar el cristianismo (suena hasta obsceno: ser cristiano, una eventualidad confusa en un instante de los miles de millones de años del universo, antecede al hecho de vivir, de ser humano), y aunque esta privacidad puede ser muy discutible, el problema es mucho mayor que éste, porque por mucho que estos cristianos (cada vez más numerosos) critiquen las instituciones religiosas, no dejan nunca de promover su modificación pero no su disolución. Saben en el fondo, a veces de modo inconsciente, que si el aparato de la Iglesia se hunde, la religión que sustenta también se hunde. Son cristianos no porque estén de acuerdo con unos valores concretos, porque para ser cristiano no se pide estar de acuerdo con nada. Lo decía el otro día un tipo extraño que dirigía un seminario con un montón de pobres niños con cara ya de enfermos: no se elige el seminario, te eligen, eres llamado. Tú no tienes que estar de acuerdo con nada, aunque luego, en los infinitos cristianismos haya gente que se oponga a esto o a aquello. Los diferentes cristianismos son sólo el negocio de la Iglesia que permite agujeros en las almas de sus feligreses para que el viento de la realidad no se las lleve.

Pero decía al principio que si muchos cristianos pudieran imaginarse a sí mismos solos en el universo, solos sin Dios, acompañados únicamente (joder, sigue sonando obsceno) por sus hijos y sus amigos, por sus padres y sus hermanos, por sus tíos y sobrinos, e imaginaran cómo harían para bandearse en este mundo de locos, en ese momento comenzarían a abandonar a Dios como al despertar se abandona a un terror que nos ha amargado el sueño. Porque entre los cristianos, como entre los fontaneros o entre los aficionados a los boleros, hay gente inteligente y gente boba, valientes y cobardes, científicos y alquimistas, soñadores e individuos asquerosamente prácticos, pero todos, todos sin excepción, admiten que hasta la última de sus células le benedicto pertenece al Altísimo, y aunque modernas teorías conciliares argumentan la libertad de la voluntad humana, descargando a Dios de otro más de sus poderes, en el fondo todos se consideran hormiguitas que construyen, de una u otra forma, la colmena perfecta para Él, para su infinita gloria, una gloria de la que, al parecer, a los que sean buenos y fieles, aunque algunos opinan que también a los que no lo seamos, nos dará un trocito en el fin de los tiempos.

Pero ahora se trata de recibir a ese individuo siniestro con banderitas y cánticos simples, que vendrá a decirnos que si vivimos en Dios y bajo sus preceptos, todos podremos llegar a ser tan santos como el mismo Papa. ¿Y tan ricos? No, tan ricos no, dejémonos de tonterías mundanas, y conformémonos con protegernos de la felicidad.