Stirling Castle
Monumento a William Wallace
Killin – Falls of Dochart
Loch Tulla
Loch Leven
Chari en Ballachulish
Stirling Castle
Monumento a William Wallace
Killin – Falls of Dochart
Loch Tulla
Loch Leven
Chari en Ballachulish
Decididamente, Edimburgo es una ciudad sin alma. Una ciudad cerrada al mar que la acaricia nunca puede tener alma. A Edimburgo se le nota demasiado su insubstancialidad: no obedece a patrón alguno salvo al turístico. Sucia, reposada en un arsenal de edificios de piedra manchada por un tiempo sin misterio, se aferra indigente a los descoloridos rescoldos de sus novelistas.
Un ejército de hormigas aparentemente hacendosas pulula por sus calles desordenadas. No parece tampoco una ciudad atractiva para vivir. No posee una sola librería decente, sus calles están salpicadas de centros de apuestas, bancos y un número infinito de tienduchas regentadas por asiáticos, algunos de los cuales son las personas más afables con las que uno puede topar en la ciudad.
Su decadencia carece de encanto, porque no es una decadencia real, sino la incorporación de una ciudad otrora decadente e interesante a una modernidad frenética y ruidosa, al turismo, al servicio del nuevo ciudadano consumidor y papanatas.
Edimburgo, una ciudad con rincones indudablemente hermosos, pero plana, sin perspectiva ni profundidad...
Debo elegir un libro para el viaje. Esta misma tarde se acabó La vuelta al día en ochenta mundos de Cortázar. Miro en el estante de libros pendientes y desecho con la mirada aquellos voluminosos y pesados (los de Ryanair son unos estúpidos obsesionados con los gramos en las maletas). Escojo varios. El primero el El sueño eterno, de Chandler, publicado por El País y traducido por Inés Navarro y Antonio Gómez. Leo el primer párrafo:
Eran aproximadamente las once de la mañana, a mediados de octubre. El sol no brillaba, y en la claridad de las faldas de las colinas se apreciaba aspecto lluvioso. Llevaba mi traje azul con camisa azul oscuro, corbata y vistoso pañuelo fuera del bolsillo, zapatos negros y calcetines de lana del mismo color, adornados con campanas azul oscuro. Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno, y no me importaba que se supiese. Era todo lo que un detective privado y elegante debe ser. Iba a visitar a cuatro millones de dólares.
Entre Chandler y los traductores, decido por intuición que son los segundos los culpables de que devuelva el libro al estante. Y tomo otro. Sí, tal vez no estoy para ficciones, y éste me vendrá bien. La fuerza mayor, de Clément Rosset, subtitulado Notas sobre Nietzsche y Cioran, tiene un aspecto físico ligero y un prometedor subtítulo. Comienzo a leerlo y el Señor Rosset, protestando contra aquellos que magnifican en Nietzsche sus pensamientos dedicados al superhombre, a la voluntad de poder y al eterno retorno, se embarca en una descripción tan detallada como desvaída sobre la alegría vital. No me encuentro muy dispuesto a tragarme todas estas bobadas, por mucho que este hombre intente darles una apariencia filosófica. Peor aún cuando, hojeando el epílogo dedicado a Cioran, advierto que su superficialidad es tan insultante…
Cormac McCarthy, En la frontera (Debolsillo, traducción de Luis Murillo Fort). Tantos hablan maravillas de este hombre. El nuevo Salinger lo llaman:
(…) Cogió los pantalones que colgaban a los pies de la cama, la camisa, el chaquetón de loneta forrada con lana de manta y las botas y se fue a vestirse a oscuras en la cocina al tenue calor del hornillo y sostuvo las botas a la luz de la ventana para distinguir la derecha de la izquierda y se las calzó y salió a la cocina y cerró la puerta.
Es decir, que cada cual escriba como le salga de la entrepierna, y que los lectores aprendan a no asfixiarse con estos experimentos. Quizá sea el traductor, o tal vez la misma imprenta que se comió algunas comas, pero la historia comienza poco interesante y encima casi me da una parada respiratoria, así que mejor lo dejamos…
Total, que aquí ando decidiendo si me llevo un clásico, Las aventuras de Oliver Twist, de Dickens, o un libro cuya lectura hube de detener hace un tiempo, y que me pareció más que decente, Cuentos. Antología, de Julio Ramón Ribeyro. Pero para suavizar esta hartura que describo arriba, os regalo una cita del bueno de Julio, uno de los últimos párrafos de su vuelta al día:
Detesto al lector que ha pagado por su libro, al espectador que ha comprado su butaca, y que a partir de allí aprovecha el blando almohadón del goce hedónico o la
admiración por el genio. ¿Qué le importaba a Van Gogh tu admiración? Lo que él quería era tu complicidad, que trataras de mirar como él estaba mirando con los ojos desollados por un fuego heracliteano. Cuando Saint-Exupery sentía que amar no es mirarse el uno en los ojos del otro sino mirar junto en una misma dirección, iba más allá del amor de la pareja porque todo amor va más allá de la pareja si es amor, y yo escupo en la cara del que venga a decirme que ama a Miguel Ángel o a E.E. Cummings sin probarme que por lo menos en una hora extrema ha sido ese amor, ha sido también el otro, ha mirado con él desde su mirada y ha aprendido a mirar como él hacia la apertura infinita que espera y reclama.
Hasta la vuelta. Os recordaré desde el paraíso de las Tierras Altas…
Edimburgo, Stirling, Glencoe y Ballachulish, Skye, Drumnadrochit, Inverness, Cairngorms, Kintyre, Windermere, Lake District… Por debajo de ese futuro cercano corre mansamente, en instantes de sosiego, aunque con ese nervio suyo de cronopio piantado, feroz y voraz, el gran aventurero Julio. Va con sus vueltas al día picoteando los preparativos, salpicando manchitas de tinta en los mapas, descabalgando algunas previsiones por ver si alguno de los errores nos conducen a rincones conmovedores… Pero a ver, a ver… Yo, cuando me he puesto hace un momento ante el agujero blanco de la hoja de papel, quería escribir sobre otra cosa. Sobre la mitomanía, sobre los iconoclastas, sobre la gente indistinta y sobre el código social de los indistintos, sobre peterpanes de plastilina; y también sobre los monstruos que brotan de los negocios y sobre los negocios que brotan de los monstruos…
Michael Jackson ha muerto… Tranquilos, no voy a relatar la vida del difunto, porque a mí Michael Jackson me importa tanto como el vicegerente de la principal empresa de servicios de San Bebecaldos del Río, es decir, nada. Como ser humano le deseaba lo que, por defecto (mío), le deseo a todo ser humano: que le fuera muy bien. Es cierto que quizás venga bien usarlo como ejemplo de lo que mis hijos y los hijos e hijas de los demás deberían evitar, y ello sin recurrir más que a los hechos visibles, a las manifestaciones más claras y directas del finado, que no eran pocas.
Como digo, Michael Jackson no es el tema. Tampoco lo es directamente su música, alabada hoy por tantos: que si El Rey del Pop, que si un mito, que si una leyenda… No voy a insistir en que, en mi opinión, su música era efectista, machacona, simple y bastante estúpida. Todo como música, claro, porque si medimos el asunto por los dólares que produjo, el hombre fue un genio del show business, fuente de la que suele manar mucha basura y poco, poquísimo arte. Nadie puede negar que medio mundo ha bailado al compás de sus zarandajas, atraído por esa mezcla de psicopatía funky y movimientos ballet Zoom con complemento mano-en-los-huevos, pero ante todo por una distribución bestial y lujosa de sus pamplinas.
No obstante, el tema de esta entrada es otro, es el de esos entendidos, esos críticos oficiales u oficiosos que se creen expertos musicales por el mero hecho de acumular horas de audición y una gigantesca discoteca, esgrimiendo toneladas de eclecticismo y un caudal inagotable de aplausos generalizados, y creyendo que la música es una cuestión de información, y no de ilustrada sensibilidad. Estos profesionales del mundo musical comen de todo, igual celebran el último disco memorable de La oreja de Van Gogh que el de cualquier músico de veras. Los estilos son distintos, así pues, ¡alabanzas para todos, invita la casa! Lo que queda de aquel prehistórico Diego A. Manrique es una buena muestra del personaje del que hablo, con el agravante añadido de que este señor, imagino, debe plegarse a la publicidad musical pagada a sus jefes.
Pero si este tipo de entendido fuera el que aquí me interesa posiblemente ya andaría acabando, y no es así. Imagínense a un entendido que, bajo la capa de lisonjas que siempre tiene preparadas para sus críticas, esconde un corazón de literatura insólita…
Hace muy poco escribí en el blog de una amiga (que me permitirá seguro que no la nombre) un comentario sobre la muerte de Michael Jackson, indicando que el artista quedaría, más que en la de nadie, en la memoria de algunos críos, que descansarán de semejante figura paterna. Esto desató la desaforada defensa de un entendido amateur, y en esa defensa se deslizaron perlas como las que os reproduzco:
“Pobre Michael... como si no bastase con las cosas malas que se ha hecho a sí mismo, lo único que faltaría es que los demás renegásemos de todo lo bueno que tuvo para seguir haciéndole daño apoyado en habladurías, historias apócrifas y mierda esparcida”.
O esta otra:
“¿Cuál es el Michael Jackson verdadero? Pues seguramente todos ellos. Y entre ellos además hay un Michael que se cree un niño, que se niega a crecer, y que al pensar que es como ellos hace con ellos cosas que al código social que manejamos los demás nos rechina”.
Pobre Michael, ¿cómo se nos puede ocurrir hacerle daño con nuestro estúpido código social? A ese pobre chiquillo… de cincuenta años. ¡Maldito Capitán Garfio! Que aprendan los jueces cuando condenan a otros tantos pobres chiquillos ya creciditos, muchachos y muchachas de infancia triste y maltratada, y que acaban robando dios sabrá por qué. Como si no bastase con la vida terrible del ladrón o del asesino como para que ahora vengamos nosotros a joder la marrana con la justicia. Y que esos ladronzuelos de poca monta aprendan de Michael, que por evitar un juicio en el que era, obviamente, inocente, pagó sus buenos millones de dólares. Pero es que era tan bueno que incluso a esa madre arpía le quiso hacer el bien embadurnándola de dinero.
Pero me vuelvo a ir del tema. Hubo una intervención del entendido amateur donde rozaba la literatura insólita:
“Las personas que no somos distintas pasamos por el mundo sin que apenas se nos recuerde. Pero ese [sic] no es el caso de Michael. Él vivirá para siempre en la mente de millones y millones de personas que asocian su vida con algo bueno”.
Verán, esto lo entendí: ¿cómo alguien que, arrodillado ante el mundo de la farándula, se siente profundamente mediocre puede declararlo y a la vez exponer lo que piensa sobre todos los que lo rodean? Pues así, sin tapujos. Somos todos unos mediocres, y ahí tenemos a Michael, a Madonna, a Beyoncé, al Pato Donald… Lo que luego no entendí tan bien fue su rechazo ante la apelación que le hice como fan encendido:
“Gracias por lo de ‘fan encendido’, pero tengo una edad en que eso ya se cambió por ‘mitómano iconoclasta’, qué más quisiera yo!”.
Mitómano iconoclasta, ahí es nada. Debe ser como un socialista liberal, o como un encendido defensor de la oscuridad, aunque estos personajes sean bastante abundantes en la península ibérica… Eso sí, sólo un mitómano iconoclasta puede declarar esto:
“Pero de ahí a decir que los niños estarán más tranquilos ahora que se ha muerto… son posturas que me recuerdan mucho a otras que no me apetece recordar”.
Si llega a recordarlas, por lo que más quiera, que me las cuente, que ando preocupadísimo… Ay estos mitómanos iconoclastas… Eilean Donan Castle, Killin (39 escalones), Kilchurn Castle, Castlerigg Stone Circle, Inveraray, Stalker Castle, Wasdale…
En la penumbra de una habitación extiendo una serie de abalorios funerarios sobre una tela color crema. A mi lado se encuentra mi hijo mayor, ayudándome. Súbitamente advierto que la muerte no está aún decidida, que se sorteará entre otra persona y yo, y que si soy el agraciado al cabo de unas horas todos esos abalorios arderán conmigo para siempre. Y cayendo en ello me entristezco profundamente y lloro haciendo cuentas de lo que perderé, de que todo lo que tengo se perderá entre la ceniza, que dentro de unas horas tal vez no vea más a mi hijo mayor, ni al pequeño, ni a mi mujer, ni a nadie...
Pero ahora hay un toro suelto por la Carretera de Carmona, en la luz desvaída del amanecer. Un toro rojizo y poderoso que comienza a perseguir a un hombre de edad. El hombre trata de sortear al animal sin éxito, mientras nosotros miramos la escena sobrecogidos, y desde un lugar alto que no existe. De pronto el toro se revuelve, y aunque está lejos pienso que sería interesante salir de allí, y al pensarlo se lo estoy diciendo a mi mujer y a un amigo. Nos volvemos para escapar y estamos en la Avenida de la Constitución, junto a la Catedral, donde una muchedumbre se agita por algo que descubro por pura intuición. Otro toro, éste más joven, delgado y nervioso, aparece cuando la gente se aparta aterrorizada, y yo, al tratar de retroceder tropiezo con mi mujer y mi amigo y caigo al suelo.
Todo está ahora en calma. Paseo por calles estrechas de Sevilla, en la luz pálida de un crepúsculo casi noche, y en una de esas calles me encuentro con Alfonso del Real, que camina delante de mí remiso y tambaleante. Me acerco a él. Un inmenso cariño y una profunda pena me embargan al verlo. No sé si es el alcohol o la vejez lo que lo abruma, tal vez ambas aflicciones, pero parece no saber lo que se hace. Camina apesadumbrado, parándose de cuando en cuando, como buscando inocente alguna ruptura de lo esperable. Le hablo y él adapta su paso al mío sin esfuerzo, con naturalidad, sin caer en la pesadez de los bucólicos o los borrachos, y así caminamos juntos. Un poco más arriba de la calle entramos en un local lleno de gente, una especie de antiguo teatro o cine convertido en sala de actos, donde alguien va a intervenir para dar una conferencia o interpretar
alguna obra. Alfonso se levanta de su asiento y se dirige en voz alta a esa persona, arrastrando las palabras, viejo y perdido, y yo me siento incómodo, pero en el aire flota la sensación de que es un hombre que merece un homenaje porque la vida sólo le deparó vejez y soledad…
Con el escenario más borroso, observo desde una ventana cercana al techo un largo recinto lleno de estantes. Sigue siendo de noche y las luces están apagadas. La estancia está cerrada y levemente dibujada por el alumbrado tímido del exterior. En la puerta de cristal, por fuera, diviso a una mujer joven. Me coloco allí precisamente por ella. La miro, la acecho con deseo, dejando volar mi imaginación entre intimidades y confidencias. Tal vez sea la tienda en un hotel, parte de un intrincado laberinto donde persigo una mirada, sólo una mirada...
Una amiga me envía una invitación en Facebook para un juego, que consiste en saber con qué movimiento del arte te identificas, o para decirlo como realmente te lo presentan, qué movimiento del arte eres. No soy partidario de estas cosas, pero ya se sabe, de pronto te da por ahí y… Total, que respondo a unas cuantas preguntas salpicadas de faltas de ortografía, aunque curiosas en las respuestas que dan a elegir. Intento ser sincero, y en casi todas las preguntas la respuesta es la más cercana a la que daría libremente. La conclusión ha sido la siguiente:
Eres el Romanticismo. Tu uso de los colores oscuros sobre tonos cálidos y brillantes, denotan tu sensibilidad y dramatismo. Lo exótico y lo diferente son tu fascinación, buscas la expresión personal mas allá de la belleza y la exaltación de las emociones, las pasiones y los sentimientos. Tienes un carácter melancólico y pesimista, pero aun así, crees en los finales felices, aunque para ti la felicidad sea algo que solo llega después de la muerte. La búsqueda de la verdad, la libertad y el amor es el principal motor de tu vida.
Joder, debo leer más horóscopos, porque salvo en lo de la felicidad post mortem me parece que lo han clavado…
— Mi hija está en Londres —dijo X-una—, de viaje de fin de curso.
— Qué buen viaje —contestó Y—, y qué envidia, porque mi hijo fue hace poco de viaje de fin de curso a Tenerife. Y no es que aquello sea feo, pero desperdiciar esa oportunidad de viajar al extranjero, de conocer algo realmente distinto…
— Claro. ¿Y de veras que eligieron Tenerife?
— Bueno, en su clase eligieron París, pero en el resto de clases votaron por Tenerife. No importa demasiado, al fin y al cabo todos iban a ligar…
— ¿Todos? —intervino X-dos—. Y todas, ¿no?
— Querida X-dos, usé el genérico…
— Pero no está mal dejar claro que hablas de…
— Vamos a ver, X-dos, pensemos un poco. Coincidirás conmigo en que el genérico existe, y que podría ser usado con buenas intenciones. No obstante, me pides el uso de los dos géneros, y para ello te puede animar sólo una de dos razones: la primera sólo sería posible si antes de usarlo yo me hubiera estado refiriendo exclusivamente a los compañeros masculinos de mi hijo, pero éste no es el caso, ¿verdad? Hablé de la clase de mi hijo. Te creo suficientemente inteligente como para haberte percatado de esto. La segunda posible razón es que tú, por un motivo que no alcanzo a distinguir, sospeches que yo, al decir que “todos iban a ligar”, me estaba refiriendo sólo a los compañeros masculinos de mi hijo, y no a todos sus compañeros, masculinos y femeninos. Ya digo que no dudo de tu inteligencia y que descarto la primera razón, por lo que me quedo con la segunda. Así pues, tu pregunta no es más que un insulto, porque consideras que soy capaz de pensar en las amigas y amigos de mi hijo, y luego considerar que ellos van al viaje a ligar con ellas, mientras que ellas adoptan el papel pasivo que todos los machistas, incluido yo, pretendemos asignarles…
— Bueno, no exageres —interrumpió X-dos—, yo no quería…
— Pues si no era ésa tu intención deberías dejarte de tanto feminismo barato y tratar a las personas como tales personas, y no como a mujeres sojuzgadas y hombres maltratadores en potencia. Tu pregunta me insulta, pero no te preocupes, creo sinceramente que es un paso más que debéis dar algunas personas para conseguir que algún día las mujeres y los hombres seamos eso, personas.
— Creo que exageras… Además, aún no me aclaraste si hablabas de compañeros y compañeras, o sólo de compañeros.
— Por supuesto que hablaba sólo de los compañeros. Por dios, ¿cuándo se ha visto que las niñas tomen la iniciativa a la hora de ligar? Perdonadme, tengo cosas que hacer…
Gracias a Dios las noticias llegan a cansar, porque de otro modo nos sería imposible seguir siendo felices…
Cuando mi abuela murió fuimos a un marmolista de San Juan de Aznalfarache a encargar la lápida. Llevé en mi coche a mi madre, a mi tía Carmen y a mi tío Juan. Tras elegir el modelo de tumba y el aderezo de una Virgen del Carmen a la que mi abuela era muy devota (resonancias del mar, Santa Cruz de Tenerife donde nació, Cádiz, San Fernando...), yo propuse con timidez cincelar una frase en algún lugar de la tumba. No la llevaba preparada, y por eso, cuando mi gente se mostró abierta a la propuesta, tuve que improvisar algo ante la mirada del comercial. Reconozco que no se me ocurrió un epitafio brillante, pero igual reflejaba lo que todos sentíamos por mi abuela.
Para recordarte basta mirarnos el corazón, porque nunca morirás mientras vivamos.
Andando el tiempo la frase, que he leído tantas, tantas veces, se ha mostrado adecuada para los que, tras mi abuela, dirigieron sus pasos a las lejanas Islas de los Bienaventurados. Al año siguiente murió repentinamente una de las mejores personas que he conocido, mi tío Juan, con sólo cuarenta y dos años. Su muerte nos afectó profundamente a todos porque nadie la esperaba. Ese fin de semana habíamos hecho algo insólito, un encuentro en homenaje a mi abuela: habíamos alquilado unas cabañas en un camping de la costa de Huelva, y se había reunido toda la familia incluido el primer nieto, mi hijo Adrián, para pasar el fin de semana en la playa. Mi tío había comenzado a disfrutar de las primeras vacaciones pagadas de su vida, porque era albañil (un albañil todo terreno), y sabiendo apenas leer y escribir había conseguido un puesto de profesor en una Escuela Taller. Lo pasamos muy bien, incluso yo,
que abjuro de la playa en verano. El domingo 18 de julio volvimos a casa; mi tío y su familia viajaron de vuelta en el coche de uno de mis hermanos. Era el año 1994, y se jugaba esa noche la final de la copa del mundo de fútbol entre Brasil e Italia. Mi tío la vio y, más bien tarde porque hubo prórroga, se fue a la cama. Sobre las dos de la mañana se levantó y le dijo a su mujer que no podía dormir, que tenía calor y quería tomar un poco el aire. Al parecer estuvo un rato asomado a la ventana del salón, y poco después cayó fulminado por un infarto. Mi primo, que entonces tenía apenas dieciocho años, intentó reanimarlo sin saber muy bien cómo, y en sus brazos terminó de morir.
Mi tío Manolo, pero especialmente mi abuela, mi tío Juan y mi madre, todos se mudaron a nuestros corazones, para morar desde entonces en un mar de recuerdos emocionantes, entre las innumerables muestras de cariño incondicional con las que alegraron nuestras vidas. El amor familiar surge tanto de la ficción social como de la fisiología, y en ambos campos supusieron un regalo para nosotros. Nos dieron un inusual ejemplo de fortaleza y ternura: nunca he conocido a otra gente más fuerte y decidida que ellos, a nadie que teniendo que enfrentarse a una vida tan difícil lo hiciera con tanto coraje y tanta bondad. Ahora, en nuestros corazones, queda el rojo líquido impregnado de ese valor, de ese cariño, de la suerte impagable que tuvimos teniéndolos tan cerca.
Para Isabel, que no desafina…
Se você disser que eu desafino, amor
Saiba que isso em mim provoca imensa dor
Só privilegiados têm ouvido igual ao seu
Eu possuo apenas o que Deus me deu
Se você insiste em classificar
Meu comportamento de antimusical
Eu mesmo mentindo devo argumentar
Que isto é bossa nova
Isto é muito natural
O que você não sabe nem sequer pressente
É que os desafinados também têm um coração
Fotografei você na minha Rolleyflex
Revelou se a sua enorme ingratidão
Só não poderá falar assim do meu amor
Ele é o maior que você pode encontrar viu
Você com a sua música esqueceu o principal
É que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
Que no peito dos desafinados
Também bate um coração
A mí lo del mal menor me gusta poco, la verdad, y mucho menos cuando el menor de los males es de por sí nefasto. Cada uno puede votar lo que le dejen, claro… quiero decir, cada uno puede votar lo que quiera, pero a mí en esto del voto no me vale lo del mal menor, lo que otros llaman el voto útil.
La gente me dice: si no votas te arriesgas a que vuelvan esos demonios casposos de siempre. Por supuesto, votar a mi amigo José Antonio Pino (Partido Socialista de Andalucía) o al Partido Por un Mundo Más Justo también sería un acto irresponsable, porque uno no debe votar positivamente, sino negativamente. No se vota para que salga periquito, sino para mantener lejos del poder a menganito. Es conveniente no leer los programas, no vaya a ser que te convenza cualquier pelagatos sin esperanzas de obtener un sólo parlamentario y tu voto termine en la urnalcantarilla.
Para ser verdaderamente realista debo pasar por alto la realidad, debo ser optimista, reunir las contadas e interesadas bondades del poder (algunas libertades muy determinadas, algunos beneficios insustanciales de alto poder propagandístico, carreteras, centros comerciales, la televisión digital terrestre, carreras populares, ferias variadas, sombras del viento y manolitos gafotas, vacaciones en el mar…) y alegrarme con ellas sin fastidiar con las contradicciones, las mentiras y las maldades de los políticos más conspicuos, y de todos aquellos que en el futuro alcanzarán ese elixir de la delincuencia que es el poder.
En primer lugar, debería no atender a la organización de los partidos que pretenden representarnos, auténticas familias mafiosas en las que nada se obtiene con ideas y buenas intenciones, y todo si aciertas en tus amistades; redes oscuras y tramposas donde la picardía y el poder van de la mano.
Tendría que pasar por alto el hecho, palmario para cualquiera que no sea acólito de uno de esos partidos, de que ninguno de los que han probado de alguna forma el poder anteponga el servicio público y el bienestar de los ciudadanos a sus tinglados y jueguecitos más o menos rentables y derrochadores.
No debería tomar en cuenta el estado de nuestra cultura, dominada por desalmados entretenedores y empresarios del corazón, por cierto, amigos de cacerías y farras de los candidatos; ni habría de considerar la triste situación de nuestros centros educativos, la desaparición progresiva y general del cariño por la sabiduría, y la pasividad cínica y absoluta de estos catetos poderosos y guapos… y estas catetas poderosas y guapas, eso sí, éstas con ese toque femenino que tanto prometía…
Debería ignorar la situación de tantos y tantas jóvenes, cuyo destino sigue dependiendo fundamentalmente del entorno, porque para los candidatos ese entorno se mide en términos de mercado y no de convivencia. Por no hablar de los eternos asentamientos de chabolas, ni de las condiciones de explotación y necesidad en que viven los inmigrantes (pobres, claro), ni de las diferencias aún bestiales entre ricos y pobres, por supuesto separados por una gran clase media con un poder adquisitivo esencial para la maquinaria político-económica.
Porque tampoco debería uno liarse con esa preeminencia ostensible e insultante de los valores del mercado y el dinero sobre la propia democracia. Votar es elegir a los nuevos ricos de este país, a los nuevos amigos de banqueros y grandes empresarios, gente lista y despiadada capaz de cualquier cosa por obtener beneficios para sus empresas, y primas para ellos y sus amigotes.
No debería ocurrírsenos analizar a fondo los ingresos de todos estos tunantes, ni la forma en que se ganan la vida mientras están en el candelero ni luego, cuando lo abandonan para vivir la vida padre. Nos hablan de unos sueldos altos pero adaptados a su responsabilidad, pero no nos cuentan lo que cobran en dietas, por dar conferencias de risa, por ser consejeros de tantas empresas, todo ello sin contar con los artículos infumables que perpetran en los diarios afectos, las recomendaciones e intermediaciones clandestinas, los réditos de fondos oscuros en paraísos fiscales…
Pero todo esto y más lo soportaría yo sin rechistar si al menos no nos insultaran con ese discurso botarate que mantienen, si no pensaran que todos somos imbéciles y al menos trataran de engañarnos de un modo más inteligente. Son monstruos que aprobaron parvulitos por los pelos, gente de cerebro contrahecho, machotes insolentes, hembras que confunden la liberación femenina con estrenar un modelito cada día mientras gritan con faltas de ortografía, caricatos incultos que aprenden pronto a arrastrarse por la mierda y a treparse al primer sillón que les regalan por su fidelidad y obediencia al capo.
Debería mirar hacia otro lado y el día 7 ir a votar por el mal menor, pero cuando el mal menor es tan nefasto... Mi voto es algo demasiado serio para andar desperdiciándolo de manera tan tonta… Y encima el Betis en segunda: ¡que no voto, joé, que no voto!