martes, 31 de marzo de 2009

Gustocracia musical

Bendito mundo… Ya hablé de las delicias musicales que uno puede encontrar si se acostumbra a las noticias de Radio 5. Hoy la cosa me cogió con las manos llenas de mistol, recogiendo la cocina en el sopor de la sobremesa, y me tragué unos pasajes dignos de esta buena gente. En uno de esos microespacios que salpican su programación de retales, una mujer comentaba con científica profusión de cifras las perniciosas consecuencias que la tecnología está teniendo sobre los niños y niñas de este país. Todos los niños pasan más de tres horas al día delante de la televisión, mientras que ni por asomo dedican un tiempo igual a los estudios. Hablaba la buena mujer sobre los efectos nocivos de este hecho sobre la formación de los niños, reclamando la intervención de los padres para ismael_serranovigilar, con elegancia y respeto, los hábitos de sus infantes. Todo ello, supongo, en bien de la inteligencia de estos chiquillos, de su capacidad de razonamiento y de su sensibilidad.

La señora ilustraba la noticia con la canción que ahora siento presentarles. Sé que a algunos les costará mucho trabajo tragársela entera, pero tranquilos porque en un periquete se nota que la música del señor Serrano (autocantor de bien) es simple como un ladrillo, y sólo con escuchar las primeras estrofas se puede observar la asombrosa calidad de la letra. De todos modos, y tal vez pidiéndoles un esfuerzo sobrehumano, les aconsejo que oigan la canción completa, y luego se respondan honestamente si es para darle un sillón en la Real Academia o mejor concederle directamente el premio Nobel de Literatura.

Por supuesto, los amigos de Radio 5 no se conformaron con esa muestra extraordinaria de cultura inteligente y sensible, sino que en el siguiente espacio, dedicado expresamente a la música (sin reloj que poder mirar, y con las manos llenas de mistol, ¡cómo esperaba yo el boletín de noticias!), un locutor con voz de entendido presentó a un grupo peruano llamado Radio Quijada, de cuyo arte, lamentablemente, no he podido conseguir ninguna muestra. Créanme que me recordaron a aquellas cancioncitas de los Tres Sudamericanos… ¡Qué digo! Dejémoslo en Luis Aguilé, pero eso sí, sin su gracia proverbial y seguramente sin aquellas hermosas corbatas. Y el locutor los presentaba como si fuesen el no va más de la música tradicional mundial.

mana Ahora comprendo por qué el otro día le ocurrió aquello a mi hijo pequeño. En una clase de lengua y literatura, y abundando su profesora en cuestiones poéticas, la buena mujer quiso demostrar a los niños que la poesía brotaba por todos lados, y no se le ocurrió nada mejor que ponerles a los pobres míos una canción de Maná. “También esto es poesía”, parece que les dijo. No conozco un arte más instintivo y directo, ni ninguno tan maltratado (por una especie de gustocracia) que la música.

domingo, 29 de marzo de 2009

Dios y la primavera

Perdónenme el siguiente barullo de citas, pero me vienen al pelo. Jorgue Mínguez, en su artículo Lo malo de estar muerto, empieza diciendo:

OlivenzaLa mayoría de los hombres —escribe La Rochefoucauld— “mueren porque no pueden evitarlo”. Para paliar esta impotencia los humanos han inventado la ficción de la inmortalidad.

Luego, mi buen maestro Savater, cuenta en su libro La vida eterna que:

El hombre no cree en la inmortalidad porque cree en Dios, sino que cree en Dios porque cree en la inmortalidad.

Estas indicaciones sobre la génesis del sentimiento religioso en el ser humano me parecen tan incuestionables como, por ejemplo, el evolucionismo. Discutir sobre si el creacionismo tiene alguna verosimilitud me parece tan inútil como hacerlo sobre la calidad musical de La oreja de Van Gogh (Don Vicente nos perdone por el vano uso de su nombre). Del mismo modo, considero innecesario discutir sobre la obviedad de que los primeros sentimientos religiosos en el ser humano provienen de un lógico afán supersticioso, fruto a su vez de la combinación entre la necesidad de previsión, básica para la supervivencia, y de las insuperables limitaciones intelectuales. De ahí que la muerte sin solución haya supuesto siempre una fuente inagotable de superstición y de sentimientos religiosos.

No obstante, algo que no he entendido nunca es la diferencia entre superstición y religión; dejando a un lado a los grupos que transgreden flagrantemente la ley y vulneran los derechos fundamentales de sus acólitos, el resto de las organizaciones religiosas se dividen en religiones y supersticiones sólo por una cuestión de reputación: religión es un sistema de creencias en el que uno considera razonable depositar su fe, y superstición es en lo que creen los pobres diablos que no tienen acceso a la fe verdadera. Sobre este esquema ha surgido todo un mundo de iniciativas socioeconómicas que han tratado de unificar los sentimientos privados de la gente y de negociar con ellos, mundo en el que, a estas alturas, predomina un pequeño manojo de multinacionales (religiones), molestadas por todo un abanico de pequeñas y medianas empresas, o incluso grandes empresas poco respetuosas con las reglas del mercado (sectas).

Mann Creer en Dios no me parece descabellado, o si quieren me parece tan descabellado como creer en las Hadas o en la salvación del Betis. No obstante, soy convencido partidario de lo descabellado siempre y cuando no comprometa mi libertad de pensamiento. Yo, por ejemplo, no creo en Dios pero sí creo en las Hadas, aunque el más mínimo indicio de que la existencia virtual de uno solo de estos hermosos seres trate de sustraerme alguna posibilidad de pensamiento sería suficiente para borrarlo de la lista de mis creencias. No digamos nada si una Hermandad de Representantes Infalibles de las Hadas en este Mundo Mortal se dedica a emitir reglas y liturgias sobre cómo y qué debemos creer los amantes de las Hadas.

Todo esto viene de una conversación mantenida en el blog de mi amiga T, referente a su entrada Del sentimiento primaveral, y la cita que hace de uno de los muchos párrafos enormes de La montaña mágica, del maestro Thomas Mann:

Nuestros sentimientos son la fuerza viril que despierta a la vida. La vida duerme. Quiere ser despertada para desposarse en la embriaguez con el divino sentimiento. Porque el sentimiento, joven, es divino. El hombre es divino en la medida en que es capaz de sentir. Es el sentimiento de Dios. Dios le ha creado para sentir a través de él. El hombre no es más que el órgano mediante el cual Dios se desposa con la vida, despierta y embriagada.

En este párrafo, que Mann pone en boca de un personaje ambiguo e interesantísimo, Mynheer Peeperkorn, Dios tiene un papel esencial, tan esencial que la misma existencia del ser humano no es más que un capricho del Altísimo, “el órgano mediante el cual Dios se desposa con la vida”. Y yo argumentaba, con la premura que exigen los comentarios, que aquí la idea de Dios era más Luftbild_Davos una figura literaria que una declaración de principios o creencias por parte de Mann. El autor recurre a una idea grandiosa de nuestra cultura para asombrar, para magnificar el paisaje que describe. ¡Cuánto más hermosa no será esta imagen si en vez de limitarnos a describir los detalles naturales del paisaje recurrimos, como Mann, al encuentro entre un ser fabuloso y la formidable naturaleza a través de nosotros mismos, de los pobres mortales! También le decía a T que no sabía muy bien si Mann era creyente o no, aunque ahora sé que sí lo era, y también que era un hombre profundamente preocupado por que los creyentes de las diferentes confesiones religiosas, e incluso los ateos, agnósticos y otros incrédulos de distintos pelajes, resolviéramos nuestras diferencias con la “simpatía humana y el respeto” (cita no sé si verídica que leí en los entresijos de Internet). Por supuesto, en la comprensión de lo que leemos siempre participan nuestras creencias y nuestros valores, pero la grandeza de Mann residía no sólo en la forma de tratar las vicisitudes de sus personajes, por encima de cualquier creencia en seres sobrenaturales, con simpatía humana y respeto, sino en cierta habilidad para transmitir la hermosa y profunda esencia de sus mensajes sin comprometerlos con asuntos de creencias privadas. Juraría que a Mann, en este párrafo, le interesa mucho más el paisaje primaveral, el milagro del renacimiento de los vivos colores de la vida bajo el manto nevado que se disuelve, y los propios personajes de sus novelas, que Dios mismo. Dios es divino en la medida en que está creado por el hombre como órgano mediante el cual acceder a rincones de la vida que aún no comprende, dicho sea con todos los respetos…

viernes, 27 de marzo de 2009

Náuseas

Conduzco hacia la residencia donde cuidan de mi padre. Se encuentra en un pueblo cercano a Sevilla. En la carretera lprostitutaocal que lleva a la residencia me detengo en el único semáforo que encontraré en todo el camino, junto a una hilera de naves desiguales y mal mantenidas que a esta hora están casi todas cerradas. Es aún de día, y nunca antes había visto a la muchacha. No tiene más de veinte años, es morena y lleva la ropa ceñida y un pantalón muy corto que deja ver sus piernas largas y hermosas. Con un gesto estudiadamente indolente enciende un cigarrillo. En el coche detenido delante de mí se remueven tres hombres jóvenes: la acaban de descubrir, y cuando el semáforo se abre avanzan un poco pero detienen el coche justo a la altura de la joven. Los tres ríen y, a través de las ventanillas abiertas, le dicen algo que no escucho, porque llevo la música muy alta. Ella les muestra indiferencia, porque sabe que no hará negocio alguno con ellos. Los individuos bromean con chulería y suficiencia, y mi mano se acerca lentamente al claxon, pero antes de lo haga sonar arrancan y los sigo. Se les ve agitados, gesticulando y riendo a carcajadas, y me asaltan unas ganas sinceras de vomitar…

Papá y niños Al llegar a la Residencia mi padre descansa en la cama. Ya es la tercera vez en las dos últimas semanas que tienen que encamarlo. Cada vez que se recupera tarda no más de un par de días en volver a derrumbarse, en doblarse en la silla de ruedas como si se le hubiese disuelto el esqueleto. Sobre la almohada su rostro dormido es el de un anciano moribundo. Los músculos de su cara, vencidos, son el resultado del estoico trabajo que requiere vencer de un modo u otro las dificultades de toda una vida. Lo miro en silencio, y tras esa sombra que queda de él veo al hombre animoso, al padre constante que fue, a ese amante de los niños que llenaba nuestros domingos con excursiones para explorar la ciudad y los alrededores. Pero hoy la habitación está vacía. Todos aquellos niños que él cuidó se olvidaron de él. Salvo sus tres hijos y una de las dos hermanas que le quedan (la otra sufre también del Alzheimer), nadie viene a verlo y a agradecerle con un beso toda aquella entrega. Aunque bien pensado, resulta estúpido esperar que, a estas alturas de la civilización, la vida nos recompense con justicia por nuestros cariños…

Vuelvo por la misma carretera. Diviso de nuevo a la joven prostituta, inclinada junto a un Mercedes grande y antiguo que se ha apartado de la carretera para detenerse junto a ella. Mientras espero el semáforo, la chica habla con el conductor, y luego abre la puerta y se mete en el coche. Al pasar a la altura del Mercedes sólo alcanzo a ver la cara del hombre, un tipo maduro con el pelo rizado y rasgos duros de tierra seca.

martes, 24 de marzo de 2009

Contra el respeto tolerado e indiferente

Me alegra leer, aunque sea con unos años de retraso, el artículo de Ángel Manuel Faerna, Cómo ser tolerante sin renunciar a tener razón (revista Claves de razón práctica, nº 118, pp. 71-76). En él encuentro reflexiones que confirman ciertas intuiciones que siempre tuve. ¡Cuántas veces no habré discutido sobre el significado más adecuadRoto - indiferenteo de la palabra tolerancia, y cuántas más no habré sufrido por el uso adulterado de la palabra respeto!

Casi siempre que, en una conversación, me han exigido tolerancia ha sido con la intención de evitar que mis argumentos rozaran las convicciones de mi interlocutor. Me pasó con frecuencia en aquellas juveniles conversaciones sobre religión, donde mis fieles amigos siempre terminaban recurriendo al falaz salvavidas de la tolerancia para proteger las flagrantes y respetables contradicciones de su fe. Y lo que me pasmaba era que la petición estaba de más, porque yo toleraba ya escrupulosamente las ideas de mis amigos: en ningún momento se me hubiera pasado por la imaginación recurrir a la fuerza para prohibirles pensar lo que pensaban. Estos amigos confundían el significado de tres palabras: tolerancia, respeto e indiferencia.

Y es que tolerar es sinónimo indudable de consentir, de permitir, en este caso de no prohibir a nadie creer en lo que le plazca. Por otra parte, respetar es un término algo más complejo, activo, interesado e interesante. La indiferencia todos sabemos lo que es. Así, una vez demostrada nuestra tolerancia por las ideas de los demás, una de dos, o nos sentimos indiferentes ante ellas o les demostramos nuestro respeto considerándolas, interesándonos por ellas, discutiéndolas, tomándolas en serio.

Llevo años insistiendo, sin mucho éxito, todo hay que decirlo, en que el respeto a las ideas de los demás reside en su consideración, en el reconocimiento y en la sana discusión de las mismas, mientras que el hecho de que nuestras ideas sean toleradas es un derecho fundamental como el de que no nos maten o, aún más, el de que no nos obliguen a escuchar discos de Jarabe de Palo.

El esquema tolerancia/respeto es un requisito de la libertad de pensamiento y de la búsqueda del bienestar, mientras que el de tolerancia/indiferencia produce acciones propias de una sociedad moribunda, irrazonable y estancada. Además, sólo se es tolerante y respetuoso con los demás si uno es tolerante y respetuoso con uno mismo, es decir, si uno es suficientemente autocrítico como para considerar que sus ideas e incluso sus convicciones nunca son definitivas. Nos diferenciamos de los animales no tanto en nuestra capacidad para tener convicciones, cuanto en el divertido y fructífero proceso de construcción (y destrucción) de nuestro pensamiento.

Dicho lo cual, recomiendo que, cuando queramos poner alguna de nuestras convicciones o creencias lejos del alcance de los argumentos (del respeto) de los demás, usemos otros términos para expresarnos. No digamos: “sé tolerante con mis ideas” o “respétame como persona”, porque con un “¡déjame en paz!” todo se entenderá mucho mejor. La gente respetuosa es la mar de tolerante…

sábado, 21 de marzo de 2009

Antiguos trazos (1988)

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Música: György Kurtág, Játékok (Bach transcriptions),
J.S. Bach Aus tiefer Not schrei ich zu dir (BWV 687), Márta Kurtág.

viernes, 20 de marzo de 2009

Quién te ha visto y quién te ve, Maribel

Por supuesto, todo el mundo tiene derecho a envejecer con la nobleza que estime oportuna…

 Gabriel

 

Sueños: Reconocerse

[Texto basado en un sueño auténtico de Nhaar y en su propio relato]

Suerte que ayer tomé algunos apuntes, porque si no a saber dónde andaría a estas alturas el sueño, quizá perdido en los recovecos interminables de mi memoria...

Le cuento: estoy en una fiesta, en un bar, no sé, en un local lleno de gente, y en eso aparece un chico que conoce a alguno de los que me acompañan. Nos saluda y a continuación llega más gente, acompañantes del recién llegado, y usted entre ellos.

Debe ser verano porque llevo un vestido muy corto y escotado, y recuerdo ahora este punto porque en el sueño siento mucha vergüenza; no suelo ir así a trabajar, y usted nunca me ha visto fuera del trabajo. Una debe cuidar su reputación, y en el sueño temo perderla por la pura casualidad de verle allí…

El sueño - Picasso El caso es que el chico empieza a presentar a unos y otros, y usted como si nada. Quiero decir que va y me saluda como a cualquiera de los demás, ¡como si no me conociese de nada! Al principio imagino que bromea, o que simplemente disimula. Quizá piensa que vengo acompañada... tal vez. Me divierte su actitud, pero al mismo tiempo me extraña: yo ¡una desconocida para usted! Increíble…

Y como usted lo quiere así, así ocurre; le sigo el juego, y también yo me hago la nueva, a ver... Parece divertido. El caso es que se sienta allí conmigo, y entre miradita y miradita al escote charlamos animadamente de esto y lo otro, y, conociéndolo como lo conozco, lo sé encandilado conmigo, con todo lo que digo. Ay, su cara alucinada... Y yo pasándomelo pipa, deslumbrándolo con mis comentarios y mi frescura.

En otra escena del sueño, uno de nuestros amigos comunes me confirma que usted anda emocionado conmigo, que dice usted no haberse topado nunca con una mujer con la que tiene tanto en común, una mujer que parece conocerlo desde siempre... ¡Y yo sin atreverme a contarle lo bien que lo conozco! No puedo estar segura de que me crea si se lo cuento, entre otras cosas porque ni yo misma puedo dar crédito a lo que está pasando, y porque usted bien podría pensar que todo es un montaje y yo una farsante.

No sé muy bien en qué momento me convenzo de que no disimula, de que realmente no me conoce de nada. Sí, un sueño simpático, y el lujo de una noche sin relojes engarzada en mi sueño…

miércoles, 18 de marzo de 2009

Calavera

kent1 Sostén, Hamlet, su calavera,
sus yertos huesos
de bufón hombre
que bufón me trajo
al mundo de los bufones.
Sostén su pétreo enigma
desvelado por esta muerte
que lo va alcanzando
tan cautelosa.

Somos cada vez más
eso que morimos,
la armazón tozuda y recia
que nos soporta,
los humores estrictos
y la tierna consunción
de estas flores afligidas
que un día crecieron
con nuestras conquistas.

Hay una fecha
que te amanece vacía,
con el solo quehacer
de morirte y morirte,
de indultar tu calavera
blanca de sus laberintos,
para guiarte lejos,
a los remotos latidos
de mi corazón.

Tu mirada se diluirá
en los vientos inútiles
del tiempo vano,
en los resquicios ciertos
de mi memoria,
y quedará tu calavera,
sobre la mano de Hamlet,
tu calavera recia y tozuda,
blanca y constante.

lunes, 16 de marzo de 2009

Humor manchego

ListosAcabo de ver, con no toda la concentración que hubiera deseado, la nunca suficientemente premiada película Volver, del más grande de los directores españoles de todos los tiempos. Y como ello no le pareció al destino suficiente alegría para mis ojos, a continuación asistí al estreno de un cortometraje titulado La concejala antropófaga. Estas cosas tiene el matrimonio, que compartir salón a veces trae lo que trae, aunque reconozco que vi estas maravillas así, de reojo.

He salido de la experiencia con la sensación de que uno de los dos se ha sumido en la absoluta gilipollez: o el mundo o yo. Y créanme que pensar que las dos obras que he visto son dos de las mierdas más espeluznantes que he contemplado en mi vida, y que mientras el mundo aplaude y premia a este individuo y a estos remedos de actores yo voy por ahí pensando que tienen menos arte que el Pressing Catch, tanta disparidad me hunde en una esquizofrenia la mar de preocupante. Esta noche, con la preocupación, creo que tardaré en dormirme por lo menos doce segundos…

sábado, 14 de marzo de 2009

Amy es increíble

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Los asesinos de Marta

Como con todos los procesos sociales, sería complicado establecer qué fue primero, si el huevo o la gallina, si fue primero la insidia de los medios de comunicación o lo fue ese apetito desmedido el caso de morbo que caracteriza a nuestra sociedad. Cuando yo era pequeño, de las tragedias se encargaba El caso, un periódico modesto incluso teniendo un público adicto y numeroso. Tal vez me confunda esa mano de dulzura que la nostalgia suele dar a las cosas, pero El caso y sus crónicas pretendían dar un toque Conan Doyle a su sensacionalismo (otra cosa distinta es que lo consiguiera), e incluso cuando El caso se leía se hacía con cierta sensación de andar invadiendo la intimidad de los otros, y por tanto pocos sucesos se hacía realmente famosos. Los delitos, por otra parte, eran en muchos casos presentados con un aura de heroísmo que hoy se torna imposible.

Yendo por mi ciudad no es complicado distinguir entre la chavalería más de un posible asesino de Marta. Ayer mismo, sobre las diez de la noche, cruzaba un pueblo con el coche y a lo lejos observé a un grupo de adolescentes que caminaban mitad por la acera y mitad por la carretera. Yo conducía muy despacio, pero conforme me acercaba uno de ellos se fue arrimando al centro de la calle, y a duras penas pasé el coche entre él y la acera contraria. El jovencito, de unos catorce o quince años, y de aspecto normal y corriente, se hizo el duro ante sus amigos, y yo, que no me creí lo que veía hasta que lo sobrepasé, casi rozo con el coche al valiente. Observando a ese chiquillo, me da por preguntarme qué no podrá hacer cuando cumpla unos cuantos años más, cuando su hombría suba enteros, cuando su falta de educación se complique con los enredos adultos… ¿Sería capaz de matar en un arrebato a una novia infiel? Es improbable que se convierta en un asesino en serie, claro, pero en su arriesgada vida, llena de demostraciones de poder, ¿no se le presentará la ocasión de estampar un cenicero en la cabeza de cualquier inocente?

Si observamos a los chavales un poco mayores, esos muchos que conducen hipermimados coches deportivos y que basan toda su personalidad en la chulería, deja entonces de resultar descabellada la afirmación de que hay sueltos muchos potenciales asesinos de Marta. El asesino efectivo de la muchacha nunca antes mató a nadie, se hizo asesino justo cuando se le cruzaron los cables y cometió la barbaridad por la que pasará toda su juventud en la cárcel. Sería probablemente un chaval más de los muchos que hay por las calles, con una familia rota, haciéndose a sí mismo, demostrándole cada día al mundo que él no tiene miedo, pasando cada día por encima de las convenciones y de los desgraciados que no somos reyes del mundo.

La necesidad biológica y cultural del adolescente (hombre y mujer) de identificarse, de enfrentarse al mundo para demostrarse quién es, de respetarse a sí mismo oponiéndose a lo establecido, se pudre y transforma en chulería y abuso, en desprecio por las mínimas normas de convivencia, y, por pura falta de medida, la travesura se convierte en delincuencia. Esto antes podía ser la excepción; ahora no lo es tanto, y mucho menos cuando esos usos se extienden, a niveles caseros y de un modo algo más controlado, a los grupos de chiquillos y chiquillas cuyo entorno sí trata de educarlos y protegerlos. Las posibilidades de que ocurran desgracias como ésta es tremendamente alta, y sólo la suerte y un Marta y Miguelúltimo rescoldo innato de responsabilidad en los individuos evitan que en las noches no se produzcan más asesinatos casuales.  Porque no dudo ni por un instante que este muchacho, el asesino confeso de Marta, es otra víctima del asunto. Las reglas del juego son las reglas del juego, y por tanto debe pagar su horrible comportamiento y el dolor que ha provocado no sólo a Marta, sino a todos los que la querían, pero ello no evita que sea una víctima, sino que más bien lo ratifica.

Y es que, como en otros asuntos, tenemos que aclararnos sobre si, con la justicia, queremos prevenir nuevos casos de violencia o simplemente ajusticiar al culpable. A mí me parece que, en la mayoría de los casos, nos conformamos con lo segundo, con la simple y dulce venganza. Sólo hay que mirar las protestas que se producen contra el hecho de que las cárceles no cumplan ni uno sólo de sus cometidos aparte de mantener encerrados a los malos. Sólo hay que observar la preocupación que los ciudadanos demostramos por el fracaso descarado de la escuela pública, que es, con muy contados y loables resquicios, un conjunto perfectamente idiota de servicios improvisados, cuyo principal cometido es justificar la molesta obligación que los poderes públicos tienen de promover esos valores trasnochados que son la educación, la sensibilidad y el respeto por el conocimiento. Sólo hemos de observar cómo, de una dictadura que consideraba delito un beso en la vía pública, hemos pasado a la práctica inexistencia de agentes de policía en nuestras calles, porque la democracia, al parecer, es eso, que cada uno disponga de su vida (y de la de los demás, claro) como mejor se le ocurra; y todos tan contentos por la selva.

Fuente: 20 minutos Todos, votando a discreción a estos leales amigos de los banqueros (servidores públicos se proclaman) sin leer sus infumables programas de gobierno, y olvidándonos luego de exigir responsabilidades; todos, dejando la escuela en manos de indocumentados y aceptando con resignación que tantas veces el maestro de nuestros hijos sepa poco más que leer; todos, observando impávidos cómo bandadas de jóvenes recrean esquemas fascistas dentro de su entorno, y construyen su personalidad rompiendo principios que, lejos de castrar nuestra libertad, la preservan; todos, abdicando de nuestra responsabilidad de madres y padres, y embobándonos con ese puñado de consignas idiotas que el Gran Hermano Difuso derrama a todas horas en nuestras casas, todos, dejémonos de sentimentales solidaridades, somos asesinos de Marta.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El alcohol y la lucidez

Reproduzco casi textualmente una anécdota que mi buen amigo Alfonso me refiere esta misma mañana:

La abuela de Laura, encontrándose a un borracho el Viernes Santo (único día del año, junto al miércoles de ceniza, de estricto ayuno cristiano), le recrimina su querencia etílica en tan significativo día. El muchacho, con esa innegable seguridad y gracia que sólo da el alcohol, le responde: “Señora, cuando Dios sucumbe qué menos que el hombre se tambalee”.

1978

Tengo una relación difícil con los cantautores. La gran mayoría, utilizando el término acuñado por Les Luthiers, me parecen, más que cantautores, autocantores, y fundamentalmente unos latosos de tomo y lomo. Aute me deprime con esa voz exigua y sin contraste, Sabina me subleva con sus mentiras y esa chulería tan aplaudida como falaz, Ana Belén y Víctor Manuel me indignan con sus vanidosos disfraces, evito a Pedro Guerra y esa insoportable pachorra suya, me asombra el éxito de Ismael Serrano y de su burda imitación de Serrat… Pero todos éstos y muchos más coinciden en un punto: se conforman con unas letras más o menos elaboradas, y la música que fabrican suele ser un mero acompañamiento, y de una calidad infumable.

Hoy, sin embargo, me subí en el coche y escuché casi entero uno de los discos más hermosos que, en mi opinión, un cantautor haya elaborado en este país. He de reconocer que, haciendo recuento, no son tan pocos los cantautores que cantan en castellano que me gustan, y todos coinciden en el punto contrario de los anteriores: hacen música además de letras. Es cierto que algunos no componen temas excesivamente elaborados, pero poseen un sexto sentido para convertir una melodía en algo exclusivo e irrepetible. Por supuesto, del cantautor que gozo sin cansarme es de Javier Ruibal, cuyos últimos discos (Contrabando, Las damas primero y Lo que me dice tu boca) me parecen sobresalientes, con una música más que digna y unas letras y una interpretación por momentos geniales. Silvio Rodríguez estremece con su guitarra, con su maña, su sensibilidad y esos poemas suyos que, salvo excepciones, siembran de dudas nuestro pensamiento. Javier Krahe es un currante de serrat1la música, y no sólo cuida con esmero la calidad de sus canciones y de sus músicos, sino que escribe letras que combinan lucidez y humor de un modo inusual, añadidos a su adorable humanidad. Y luego está Serrat, un hombre inconstante que se dejó ir en determinado momento y al que, para mi gusto, le sobraron esas amistades en el poder supuestamente socialista que por entonces nos prometió tantas bibliotecas para luego convertirlas en bancos y grandes superficies. Serrat siempre fue más Serrat cuando buscó la intimidad, o cuando recitó poemas de hombres enteros.

Serrat posee discos prehistóricos, y en ellos la sinceridad se combina con una lógica falta de solidez que, con todo, no evita que produzca temas inolvidables. No obstante, en mi caso, empiezo a disfrutar de Serrat con los discos En tránsito y Cada loco con su tema, repasando a la vez muchos de sus discos anteriores. Pero con El sur también existe, disco que sigue a los dos mencionados, empiezo a desoírlo y a quedarme con el Serrat antiguo. Por entonces aún no había escuchado un disco que, con el tiempo, se convertiría en mi disco perfecto de Serrat: 1978. Un disco detenido, que hay que escuchar como se debe escuchar la buena música: con los ojos cerrados, dejándote llevar por esa corriente deliciosa que es la sensibilidad musical. Porque este disco es, sobre todo, elegante, de una elegancia insuperable, de una sutileza 1978que compensa con creces su sencillez musical: la gracia popular y esa profunda amargura disfrazada en Ciudadano y Qué bonito es Badalona; la imagen de una Cataluña hermosa y milenaria, reconciliándonos con un área de la península, maravillosa pero castigada por los chuscos nacionalismos, una imagen que Serrat derrama en la luz mediterránea de A una encina verde y Por las paredes (mil años hace), incluso en ese alegato en favor de la libertad de pensamiento y de la sensibilidad que es Tordos y caracoles; o ese retrato emocionante de la Luna de día, compañera de nuestras noches que se lanza a navegar el cielo azul; y esas dos historias de mujeres, la de una Cenicienta de porcelana que nos recuerda que en todos y cada uno de nosotros hay un pequeño niño extraviado, y la de una Irene de la que ya nunca pude desenamorarme. El disco termina con una conmovedora canción dedicada a Miguel Hernández, Historia conocida, que dice unas cuantas verdades sobre el amigo.

1978 es un disco callado, suave, amable y muy, muy elegante. Os dejo aquí, con permiso de Don Joan Manuel, en compañía de Irene

sábado, 7 de marzo de 2009

Diecisiete

Leyendo a Amado descubrió que, a la ruleta, el número favorito de Vadinho era el diecisiete, y que en él malgastaba los cuartos con indecente facilidad. Fue así como recordó aquella noche de Ajudel.

Recogió a Erín y a los demás en una plaza cercana al domicilio de Rosa, la prima inseparable de Erín. Allá, no lejos del centro de la ciudad, sentados en los veladores de un bar, lo esperaban Ruth y Moonman, muy acaramelados, explotando aquel fin de semana de mentiras y dulzuras. Moonman componía infatigable unos deslucidos collages, presididos invariablemente por la luna, y su apodo era así una mezcla de obsesión e ingobernable vanidad. Ruth, por su parte, producía poesía a una velocidad que sólo era superada por la cándida insuficiencia de sus poemas. Así se habían conocido, ambos casados y con hijos, y tras mantener un largo idilio virtual se habían atrevido a cruzar el país para pasar algún que otro fin de semana de extravío y pecado.

dianaBesó a Erín, saludó a Ruth y a Moonman, y Rosa le presentó a Carlos, un hombre alto y silencioso, de movimientos serenos e inexpresivos. Erín le tomó la mano por debajo de la mesa y le sonrió con esa carita suya de niña hechicera.

Partieron pronto hacia Ajudel, un pueblo insulso de carretera, donde raramente nadie paraba: el lugar perfecto para evitar encuentros indeseables. Consistía apenas en algunas casas apiñadas al borde de la carretera comarcal, un hotel muy modesto y una plaza, también pegada a la carretera, donde bullían por las noches algunos bares.

Una vez alojados, salieron a comer algo en algún local de la plaza. Era una noche tibia y acogedora, y las cervezas de la cena los condujeron luego a un pequeño pub cercano, donde los parroquianos se mezclaban con la juventud de un modo impensable en la ciudad. La entrada de forasteros, pero sobre todo la alegría de Erín que lo besaba y giraba como un torbellino alrededor de su cuerpo, atrajeron pronto la atención de todos aquellos hombres maduros, e incluso de las parejas adolescentes que iban llenando el local.

Moonman deseaba a Erín, no había que ser demasiado avispado para notarlo. Al fin y al cabo, todos andaban pecando de una u otra forma, y ¿por qué razón habría Moonman de contenerse, mucho menos por principios radicalmente desterrados de aquel encuentro? Llevaba unos años de relación con Ruth, aunque sólo se habían encontrado físicamente algunos fines de semana, pero los suficientes como para que en Moonman se hubiese encendido de nuevo el deseo de búsqueda de nuevas experiencias; y Erín era una mujer hermosa, efusiva y liberal, y sobre todo gozaba con la admiración de los hombres.

Bebieron varias copas, y todos fueron perdiendo hasta el último rastro de inhibición. Erín lo abrazaba y lo besaba apasionada, y él se sentía a la vez embriagado y violento, porque el resto de los clientes los miraban con envidioso asombro. ¿Cómo podía él, que no se consideraba para nada un hombre atractivo, tener en sus brazos a una mujer como aquélla, enamorada, rendida, apretada contra sus labios como si fuera a asfixiarse de estar mucho tiempo sin beberlos?

Entonces ocurrió. Alguien, tal vez él mismo, propuso una partida de dardos. Rosa y Carlos se besaban ajenos a los demás, así que hicieron equipos las dos parejas, y entre los vapores del alcohol él supo de inmediato que aquello iba a ser un torneo de machos entre Moonman y él, una forma de demostrarle a una Erín inadvertida quién era el que más la merecía.

La partida avanzó muy igualada. Con una puntería inestable, él lanzaba los dardos entre besos largos e imprudentes de Erín, entre sus caricias desvergonzadas, pero el marcador se mantenía empatado. Erín lanzaba casi sin apuntar, pero la diana no se le resistía. Y llegó el momento. Sólo les restaban treinta y cuatro puntos, y Moonman y Ruth tendrían el siguiente tiro para llevarse la partida. Él trató de recuperar el equilibrio y apuntar, consciente de que la victoria suponía algo más que ganar una simple partida de dardos. Erín entonces lo abrazó, y él sintió cómo su tierno cuerpo se amoldaba al suyo como si ambos fueran las dos mitades de un mismo ser. el-beso-Géricault Erín reía, y cuando él iba a lanzar el dardo, tomándolo por la barbilla, le volvió el rostro hacia el suyo y lo miró con una de esas miradas que venían de lugares demasiado misteriosos como para preguntar por ellos. Lo besó y le soltó la barbilla. Él miró hacia la diana y sin pensarlo un instante más arrojó el dardo que fue a clavarse en el diecisiete. Aún quedaban otros diecisiete puntos. Así pues, tomó el dardo entre sus dedos, levantó el brazo, y esta vez fue él quien la miró a ella, muy serio al principio pero, con el dardo alzado en su mano derecha, no tardó en sonreír, y luego en reír francamente, con una risa que rebosó en los labios de Erín, y mientras la miraba, mientras la besaba y reía, y la abrazaba sabiéndola incomprensiblemente libre y suya a la vez, lanzó a ciegas el dardo, que fue a clavarse en el diecisiete. Erín saltó de alegría, y él la contemplaba como se contempla al agua limpia de un arroyo, que corriendo ladera abajo llevará su sencilla belleza hacia otros parajes, perdiéndose para siempre en los recodos de la vida.

Ahora leía lo de que Vadinho, el desventurado Vadinho, prefería el diecisiete, y recordó aquella noche, y lo que escribió en su cuaderno…

Treinta y cuatro puntos, doble de diecisiete, el ruido, las copas, el desafío, pero sobre todo tú flotando por toda mi superficie como un barquito de vela, loco y divertido, juguetón con las olas de mi deseo. Cojo los tres dardos, pero busco un apoyo de azúcar, una canción para mis dedos y su puntería, y te encuentro a ti, tus hombros como dos nubes, tu espalda que se torna arcilla moldeable y obra de arte, tus brazos que atrás se aferran sobre un hombre perdido y desacostumbrado a tanta alegría. Miro la diana, apunto mis ojos por entre el viento de tu pelo, y a través del clamor de tu cariño vuela la primera flecha hacia su destino. Diecisiete, y tus labios vienen y se derriten incansables en los míos. Con el vigor de tu aliento, con un ojo en la diana, con el otro en tu corazón, parte el segundo dardo lleno de polvo dorado, y sin titubeos se incrusta en el centro del diecisiete y hace estallar la fiesta de tu risa. Y entonces diecisiete abrazos y diecisiete sabores, diecisiete ilusiones suspendidas en el gozo de nuestra victoria, diecisiete roces de mis dedos por tu rostro de fruta, diecisiete eternidades prendidas para alumbrar la fría noche del Tiempo. Te abrazo y el cielo se rompe en mil pedazos.

En algún lugar...

lunes, 2 de marzo de 2009

Alas

El martillo blanco del amor

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Música: Van der Graaf Generator, White Hammer.

Igual que el horizonte...

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Fernando Fernán Gómez, María Fernanda D'Ocón y Mario Moreno
en Don Quijote cabalga de nuevo, de Roberto Gavaldón.

El arco iris

Hace unas semanas conducía hacia Extremadura. Llovía. El extenso paisaje mostraba tormentas lejanas, aguaceros oscuros que se desplomaban sobre el horizonte. Me sentía bien, solo en el coche, con la música susurrando pequeños sueños, caliente mientras cruzaba aquella inmensidad de tierra, agua y viento.

No hay sol más hermoso que el que luce entre las inclemencias, el que asoma inesperado y manso entre las nubes y los aguaceros. Sólo su luz es realmente dorada. Y ese sol me alumbró justo cuando, allá a lo lejos, vi el arco iris.

La autovía giraba sorteando los cerros. Ya no caía agua sobre el parabrisas, y a mi paso el sol acariciaba al mundo. Pero unos kilómetros más allá aguardaba una cortina de agua y un escenario de invierno oscuro. Sobre este fondo había empezado a dibujarse, a la derecha, un ancho tramo de arco iris. Brotaba modesto del suelo, muy tumbado, sin ninguna pretensión de alcanzar grandes alturas. Pronto descubrí a la izquierda su otro pilar, y suavemente, mientras me acercaba a él, fueron uniéndose las dos columnas para formar un arco iris robusto, pero muy bajo.

Con las revueltas del camino el arco iris iba de un lado a otro de la marcha. El ambiente a mi alrededor lucía fresco, espléndido, diáfano como una verdad, pero mi mirada se fue prendiendo de la lluvia allá delante, del contraste entre la armonía soleada de mi derredor y aquel desorden de agua y sombras que esperaba unos cientos de metros más allá. Y en medio ese arco iris menudo pero vigoroso, en el que los colores encontraban espacio suficiente para mostrarse con una claridad asombrosa.

Entonces la autovía se orientó decididamente al arco iris, y supe de cierto que pasaría por debajo de aquel carnaval de colores. Me sentía fascinado, con los ojos clavados en el prodigio, soltando exclamaciones nerviosas y absurdas. Por unos instantes creí que, si la carretera subía un poco, podría rozar con el techo del coche su dintel de violetas. Era un arco iris perfecto, que enmarcaba mi paso con su inefable hermosura. Mientras lo cruzaba sobrecogido, la lluvia comenzó a emborronarme la vista, pero alcancé a ver cómo se disolvía en el caos de la tormenta en la que me adentraba.

Una amiga me dijo que ese arco iris era una puerta, una entrada hacia un tiempo distinto y mejor. Ella sabe que no creo en ese tipo de puertas, que no creo en las señales del destino. Para el descreído que soy, creer en estas pistas no es más que un modo candoroso de huir de la realidad, aunque quizá mi amiga piense que es precisamente el escepticismo el que me permite a mí huir de la esperanza. Pero yo sé que sólo vi el arco iris, un improvisado juego de luces y espejos, un efecto óptico del caos, una puerta imaginaria hacia mí mismo. ¿Hacia dónde si no?

Me alegra encontraros…